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domingo, febrero 02, 2014

La presentación del Señor

Celebramos hoy la presentación de Jesús en el Templo, fiesta intrínsecamente unida a la purificación de su Madre. Son como dos caras de la misma moneda: cristológica y mariana, como ocurre también con la Encarnación del Hijo de Dios y la Anunciación a María. Ya hemos visto antes la dimensión mariana, ahora meditaremos, de la mano de la liturgia del día, la visión cristológica.
Después de la doble ceremonia para la purificación de la madre (el sacrificio de expiación y el holocausto), venía la presentación del Niño, también llamada “rescate”, porque se remonta a la obligación de consagrar el primogénito al Señor (Éx 13,1-3): «Conságrame todo primogénito israelita; el primer parto, lo mismo de hombres que de ganados, me pertenece». Cuando se estableció que los únicos encargados del culto divino serían los descendientes de la tribu de Leví, se estableció el “rescate” a modo de compensación, pagando cinco siclos de plata (equivalente a veinte días de trabajo) para el tesoro de los sacerdotes.
La casuística tenía algunas particularidades: tenía que hacerse después del mes de nacido. Si el niño moría antes, no había que hacer el tributo. Tampoco era necesario viajar a Jerusalén para pagarlo: se podía cancelar ante el sacerdote del propio distrito. Por último, digamos que si el niño tenía las deformidades que en aquel entonces inhabilitaba para el sacerdocio, también cesaba la obligación de pagar. Como María y José estaban relativamente cerca de Jerusalén, fueron gozosos a cumplir humildemente esa exigencia legal, aunque eran conscientes de que el Verbo no tenía obligación de ser rescatado. Es lo que celebra el Himno de la Liturgia de las horas: «El que desde la sede del Padre rige la corte espléndida de los Ángeles, el mismo que estableció el cielo, la tierra y el mar, no desdeñó someterse por entero, a los preceptos ceremoniales de la Ley sagrada, ni a los mandamientos dictados a Moisés».
La Carta a los Hebreos elogia esa actitud de Jesucristo, que vivió desde la más temprana infancia (2, 14-18): Los hijos de una familia son todos de la misma carne y sangre, y de nuestra carne y sangre participó también Jesús; así, muriendo, aniquiló al que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo, y liberó a todos los que por miedo a la muerte pasaban la vida entera como esclavos (…). Por eso tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser sumo sacerdote compasivo y fiel en lo que a Dios se refiere, y expiar así los pecados del pueblo.
María y José pensarían en la profecía misteriosa de Malaquías (Ml 3,1-4), que comienza hablando de un mensajero, que Jesús mismo identificaría con Juan Bautista: Mirad, yo envío a mi mensajero, para que prepare el camino ante mí. Pero lo extraordinario del oráculo es que anunciaba que sería el mismo Dios quien entraría en su Templo y que su llegada sería terrible: Entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis. Miradlo entrar –dice el Señor de los ejércitos–. ¿Quién podrá resistir el día de su venida , ¿Quién quedará en pie cuando aparezca? Será un fuego de fundidor, una lejía de lavandero: se sentará como un fundidor que refina la plata, como a plata y a oro refinará a los hijos de Leví, y presentarán al Señor la ofrenda como es debido. A solas, María y José comentarían el privilegio que tenían de ser los testigos del cumplimiento de esa promesa. Y quizás entonarían el antiguo salmo 24, que habla precisamente del ingreso de Dios al Templo: ¡Portones!, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la gloria. ¿Quién es ese Rey de la gloria? -El Señor, héroe valeroso; el Señor, héroe de la guerra.
La liturgia que rememora la presentación del Señor es muy catequética. Así, la monición al comienzo de la procesión explica lo que celebramos: en primer lugar, que Jesús cumple la ley. Pero también marca la palabra clave de esta jornada: «Hoy es el día en que Jesús fue presentado en el templo para cumplir la ley, pero sobre todo para encontrarse con el pueblo creyente». Encuentro del Señor con el pueblo, Hypapante. Así se llama en griego la fiesta de hoy. Jesús viene a liberarnos. Sale a nuestro encuentro en cada día, en cada persona que encontramos, en las distintas circunstancias que tenemos que enfrentar. No estamos solos. Siempre Él está con nosotros, a nuestro lado.
En medio de la narración, cuyos protagonistas son los miembros de la Sagrada Familia, aparecen dos personajes, dos profetas, que anuncian ya presente al Mesías esperado. Así lo describe la misma monición al comienzo de la Misa: «Impulsados por el Espíritu Santo, llegaron al templo los santos ancianos Simeón y Ana que, iluminados por el mismo Espíritu, conocieron al Señor y lo proclamaron con alegría». La liturgia remarca que hoy es un día pneumatológico, que un protagonista esencial de esta fiesta es la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. El Espíritu Santo, que había colmado de gracia a María y la había convertido en Madre de Jesús, también impulsa a esos ancianos profetas para que salgan al encuentro del Mesías. Les recompensa su santidad, su docilidad, su esperanza, mostrándoles al Salvador en persona.
Es bonito ver la relación de esas personas con el Espíritu Santo, la naturalidad con la que el evangelista narra su vida de oración, las promesas, la fidelidad, la perseverancia, y también su alegría al palpar el cumplimiento de las profecías: Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: -«Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel».
Simeón aparece con todo el reconocimiento de su santidad, hombre pobre como Jesús, templo del Espíritu Santo, que vivió la virtud de la esperanza en grado sumo y que pudo gozar ya de la visión del Ungido de Dios. El canto que entona, el “Nunc dimittis”, lo rezan muchos cristianos cada noche antes de acostarse, para cerrar el día como Himno de las Completas. En él se reconoce que Jesús es el Salvador, la Luz, la gloria de Israel. Por eso es que esta fiesta ha tomado esa dimensión prevalentemente cristológica, para profundizar en esos títulos que el Evangelio nos revela sobre la naturaleza de nuestro Señor
El prefacio de la Misa los resume con profunda teología: “Hoy, tu Hijo es (1) presentado en el templo y (2) es proclamado por el Espíritu como Gloria de Israel y luz de las naciones. Por eso, nosotros, llenos de alegría salimos al encuentro del Salvador, mientras te alabamos con los ángeles y los santos cantando sin cesar”. Jesús es la luz del mundo que viene a iluminar nuestras tinieblas. Nos ilumina, nos aclara el camino, nos enseña el sendero. Se nos muestra como el modelo. Y además nos trae al Espíritu Santo, que nos facilita la lucha, el esfuerzo por salir a su encuentro. Por eso en la oración colecta pedimos «que podamos presentarnos ante ti plenamente renovados en el espíritu». Y en la monición inicial concluía diciendo que «de la misma manera nosotros, congregados en una sola familia por el Espíritu Santo, vayamos a la casa de Dios, al encuentro de Cristo. Lo encontraremos y lo conoceremos en la fracción del pan, hasta que vuelva revestido de gloria». Todo esto lo celebramos con la procesión de las candelas. Esa luz simboliza al Señor que es nuestro faro y al mismo tiempo nos compromete a nosotros para que seamos instrumentos de ese Sol divino que quiere iluminar a los demás con nuestro ejemplo.
Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre: -«Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma». No se le oculta a María el precio de la redención: la Cruz de su Hijo, que también Ella portará a su lado.
La última profetisa que aparece en la escena es otra persona que pertenece al grupo de los pobres de Israel. También con ella se cumplen todas las escrituras, por ese motivo agradecía a Dios y daba testimonio a los sencillos, a los creyentes: Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén.
El Catecismo (n.529) resume el sentido de la fiesta con estas palabras: «La Presentación de Jesús en el templo (cf. Lc 2,22-39) lo muestra como el Primogénito que pertenece al Señor (cf. Ex 13,2.12-13). Con Simeón y Ana toda la expectación de Israel es la que viene al Encuentro de su Salvador (la tradición bizantina llama así a este acontecimiento). Jesús es reconocido como el Mesías tan esperado, “luz de las naciones” y “gloria de Israel”, pero también “signo de contradicción”. La espada de dolor predicha a María anuncia otra oblación, perfecta y única, la de la Cruz que dará la salvación que Dios ha preparado “ante todos los pueblos”».

La oración para después de la comunión resume nuestras expectativas de esta vida y nos marca el talante de nuestra lucha por ser otros Cristos a lo largo del año que empieza: Señor, tú que colmaste las esperanzas del anciano Simeón de no morir antes de ver al Mesías; completa en nosotros la obra de tu gracia por medio de esta comunión. La Virgen Santísima, nuestra Señora de la Candelaria, nos ayudará para que sepamos buscar siempre a Cristo en esta vida y podamos llegar a contemplarlo en la eternidad.

sábado, junio 11, 2011

Pentecostés

Celebramos hoy la fiesta de Pentecostés. Este nombre significa, simplemente, que han pasado cincuenta días desde la Pascua. También los judíos celebraban esta Solemnidad con una peregrinación a Jerusalén para agradecer a Dios el don de la tierra y la primera cosecha del grano. A esa dimensión natural, la religión hebrea añadió la gratitud por la Alianza.
San Lucas describe, en el libro de los Hechos, que después de la Ascensión del Señor los apóstoles estaban “en un mismo lugar. Y de repente sobrevino del cielo un ruido, como de un viento que irrumpe impetuosamente, y llenó toda la casa en la que se hallaban. Entonces se les aparecieron unas lenguas como de fuego, que se dividían y se posaban sobre cada uno de ellos. Quedaron todos llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les hacía expresarse” (Hch 2,1-4).
Para el cristianismo, Pentecostés significa la venida del Espíritu de Jesús. Es una buena ocasión para hablar con el Señor de esta Persona divina, a veces tan olvidada (Cf. San Josemaría, “El Gran Desconocido”, en: Es Cristo que pasa, nn.127-138). 

La teología católica lo representa con muchos símbolos, a cual más hermoso: “el agua viva, que brota del corazón traspasado de Cristo y sacia la sed de los bautizados; la unción con el óleo, que es signo sacramental de la Confirmación; el fuego, que transforma cuanto toca; la nube oscura y luminosa, en la que se revela la gloria divina; la imposición de manos, por la cual se nos da el Espíritu; y la paloma, que baja sobre Cristo en su bautismo y permanece en Él” (Compendio del Catecismo, n. 139).
La narración de San Lucas nos muestra a los discípulos perseverando “unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y con María, la madre de Jesús”. Es significativo este detalle: la Virgen congrega, aúna ese grupo temeroso de discípulos perseguidos por las autoridades judías. En ese ambiente fraternal, de oración, es en el que Lucas presenta la teofanía cósmica, que también recuerda la Alianza del Sinaí: “de repente sobrevino del cielo un ruido, como de un viento que irrumpe impetuosamente, y llenó toda la casa”.
De esta forma, queda claro que el Espíritu viene del cielo, que todos y cada uno de los discípulos reciben el don prometido por Jesucristo. ¿Qué significado tiene esta escena? ¿Cuáles son las consecuencias? - “Jesucristo glorificado infunde su Espíritu en abundancia y lo manifiesta como Persona divina, de modo que queda plenamente revelada la Trinidad Santa” (Compendio n. 144).
A los que recibimos la fe desde pequeños nos parece normal hablar del Credo con toda sencillez: “Creo en Dios Padre todopoderoso, en Jesucristo su único Hijo, en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida”, pero acuñar esas fórmulas de fe requirió varios siglos de razonamiento teológico, de profundización en la doctrina revelada por parte de muchos santos, con la ayuda divina. Este es uno de los principales efectos de esta solemnidad: comprender un poco más del misterio de la Trinidad, cuya fiesta celebraremos precisamente el próximo domingo.
El segundo aspecto del punto citado nos servirá para concretar algún propósito para esta semana: “La misión de Cristo y del Espíritu se convierte en la misión de la iglesia, enviada para anunciar y difundir el misterio de la comunión trinitaria”. No celebramos Pentecostés simplemente para recordar nuestra fe en las Personas divinas. La fe compromete. Exige coherencia con la vida.
Compromiso. Cuando recibimos el Espíritu Santo –en el Bautismo, en la Confirmación- al mismo tiempo experimentamos la obligación de ser menos indignos. Recibimos, con la gracia, con la vida de Dios, una misión: la misma de Cristo y del Espíritu: anunciar y difundir el misterio de la fe. Transmitir este tesoro a muchísimas personas, para que también ellas gocen de la posibilidad maravillosa de estar en comunión con Dios.
Así lo expresa el Prefacio de la Misa: para llevar a plenitud el misterio pascual, enviaste hoy el Espíritu Santo sobre los que habías adoptado como hijos por su participación en Cristo.  

Es lo que vemos en la escena de los Hechos: “Quedaron todos llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les hacía expresarse”. Comienza el apostolado público de los testigos: “Varones de Galilea…” Los demás quedan estupefactos, dice Lucas. Más tarde añade que atónitos. Algunos incluso se burlan.  Entre los destinatarios del mensaje y la misión de Jesús, hay una amplia representación de todo Israel.
Los apóstoles empiezan a cumplir el encargo que el Señor les había transmitido, como vemos en el Evangelio del día, según la versión que Juan ofrece de Pentecostés: “Al atardecer de aquel día, el siguiente al sábado, con las puertas del lugar donde se habían reunido los discípulos cerradas por miedo a los judíos, vino Jesús, se presentó en medio de ellos y les dijo: —La paz esté con vosotros. Y dicho esto les mostró las manos y el costado. Al ver al Señor, los discípulos se alegraron. Les repitió: —La paz esté con vosotros. Como el Padre me envió, así os envío yo. Dicho esto sopló sobre ellos y les dijo: —Recibid el Espíritu Santo”.
¿Cómo puede explicarse que los discípulos, hasta entonces temerosos y huidizos, de un momento a otro hayan adquirido una capacidad de convicción tal que, en la primera predicación de Pedro se hayan convertido tres mil almas? - Lo aclara el Prefacio de la Misa: “Aquel mismo Espíritu que, desde el comienzo, fue el alma de la Iglesia naciente; el Espíritu que infundió el conocimiento de Dios a todos los pueblos; el Espíritu que congregó en la confesión de una misma fe a los que el pecado había dividido en diversidad de lenguas”.
También hoy el Espíritu Santo sigue siendo el alma de la Iglesia, infunde el conocimiento de Dios y nos congrega en la unidad. La oración colecta hace un resumen de su misión en la vida del cristiano: “por el misterio de Pentecostés santificas a tu Iglesia extendida por todas las naciones; concede al mundo entero los dones de tu Espíritu Santo y continúa realizando hoy, en el corazón de tus fieles, la unidad y el amor de la primitiva Iglesia”.
Pidámosle que hoy nos llene de sus dones y de sus frutos. Que  nos encienda en amor a Dios, que nos haga santos y apostólicos. Podemos hacerlo con un himno litúrgico: “Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo. Padre amoroso del pobre; don, en tus dones espléndido; luz que penetra las almas; fuente del mayor consuelo. Entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos. Mira el vacío del hombre, si tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado, cuando no envías tu aliento”.
Devoción y docilidad al Espíritu Santo. Propongámonos tratarlo más y escucharlo con mayor atención. Nos puede servir la anécdota de un pequeño acólito llamado Karol Wojtyla: una vez se distrajo ayudando a Misa. Su papá, que asistía a esa Eucaristía, le dijo: quizá te distrajiste porque te faltó encomendarte al Espíritu Santo. Y le regaló un libro con oraciones a la Tercera Persona de la Trinidad que el futuro Papa conservó hasta su muerte.
Acudamos a la Esposa del Espíritu Santo, la Virgen Santísima, para que también nosotros  –como Ella- nos esforcemos por seguir dócilmente sus inspiraciones.



domingo, mayo 23, 2010

Pentecostés: sed del agua viva


Llegamos al final del ciclo pascual. Después de casi cien días que incluyen la preparación cuaresmal, el triduo y la cincuentena pascual, celebramos hoy la Solemnidad de Pentecostés, con la que se concluye este tiempo fuerte, fortísimo, y pasamos de nuevo al ritmo corriente del tiempo ordinario en la liturgia de la Iglesia.

Es un buen momento para hacer examen y ver cómo hemos aprovechado estos días en que la gracia del Señor nos facilita recomenzar nuestra vida interior, la conversión, el decidirnos a tomarnos más en serio la llamada de Dios a la santidad y al apostolado cristiano.

Como la Solemnidad de Pentecostés es tan grande, la liturgia ofrece dos celebraciones: una vigilia y una Misa del día. El Evangelio de la primera está tomado de San Juan (7,37-39). Para entenderlo mejor, hay que contextualizarlo: se trata de la fiesta de los Tabernáculos, que se remontaba a la natural petición de agua abundante en una zona desértica. Los judíos la convertirían después en la celebración en gratitud por el agua que el Señor les había dado en el desierto. Al mismo tiempo, formaba parte de la esperanza mesiánica. Como explica Benedicto XVI, esperaban que el nuevo Moisés, el Mesías, trajese el pan y el agua duraderos, dones básicos para la vida.

En la Fiesta de los Tabernáculos, el sacerdote llevaba al Templo agua de la fuente de Siloé en una copa de oro y rociaba con ella el altar a través de un embudo de plata. Mientras tanto, se leían profecías de Isaías y de Ezequiel sobre la venida del Mesías y sobre los torrentes de agua viva que brotarían del Templo. Este ritual permite contextualizar las palabras de Jesús (Jn 7,37-39): Si alguno tiene sed, venga a mí; y beba quien cree en mí. Como dice la Escritura, de sus entrañas brotarán ríos de agua viva.

San Pablo explicará que en Jesús se cumple la antigua profecía: «todos comieron el mismo alimento espiritual y todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo» (1 Co 10, 3s). Jesús se presenta como la roca que da el agua viva, así como en otro momento dirá que Él es el pan de vida.

Benedicto XVI comenta que Jesús “se presenta aquí —de modo similar a lo que hizo ante la Samaritana— como el agua viva a la que tiende la sed más profunda del hombre, la sed de vida, de «vida... en abundancia» (Jn 10, 10); una vida no condicionada ya por la necesidad que ha de ser continuamente satisfecha, sino que brota por sí misma desde el interior. Jesús responde también a la pregunta: ¿cómo se bebe esta agua de vida? ¿Cómo se llega hasta la fuente y se toma el agua? «El que cree en mí...». La fe en Jesús es el modo en que se bebe el agua viva, en que se bebe la vida que ya no está amenazada por la muerte”.

—Si alguno tiene sed, venga a mí; y beba quien cree en mí. La sed es sinónimo de necesidad; la saciedad, de autosuficiencia. Aquí aparece la fe relacionada con la humildad, con la petición de ayuda. Para beber el agua viva, para gustar del pan de vida, hace falta creer que Jesús nos los puede dar.

Viene a la mente Agustín de Hipona, con su búsqueda infatigable de respuesta a sus interrogantes existenciales. Al final podrá escribir, como prólogo de sus Confesiones, lo siguiente: «Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».

Señor: ayúdanos a tener esta actitud, al finalizar la Pascua. Que no perdamos esta santa inquietud de buscarte cada día, con la novedad del alma que se sabe necesitada, que no es autosuficiente. Danos, Señor, la humildad necesaria para creer en ti y acercarnos a beber en esa fuente de agua vida que es tu Corazón amoroso.

Como dice la Escritura, de sus entrañas brotarán ríos de agua viva. El que se acerca a Jesús encuentra un manantial inagotable de agua que salta hasta la vida eterna. Así lo expresa San Basilio en su gran libro sobre el Espíritu Santo: así como los cuerpos nítidos y brillantes, cuando les toca un rayo de sol, se tornan ellos mismos brillantes y desprenden de sí otro fulgor, así las almas que llevan el Espíritu son iluminadas por el Espíritu Santo y se hacen también ellas espirituales y envían la gracia a otras. De ahí viene entonces la presciencia de las cosas futuras, la comprensión de las secretas, la percepción de las ocultas, la distribución de los dones, la ciudadanía del cielo, las danzas con los ángeles; de ahí surge la alegría sin fin, la perseverancia en Dios, la semejanza con Dios y lo más sublime que se puede pedir: el endiosamiento”.

Se refirió con esto al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él, pues todavía no había sido dado el Espíritu, ya que Jesús aún no había sido glorificado. Esa agua viva aparecerá  simbolizada en la Cruz, cuando la lanza del soldado haga manar sangre y agua del costado de Jesús. De esta manera, el Evangelista anuncia lo que narrará en los últimos dos capítulos: la comunicación del Espíritu Santo por parte del Señor Resucitado. Por eso se pregunta San Agustín: “¿cómo entender que todavía no había sido dado el Espíritu ya que Jesús aún no había sido glorificado, si no en el sentido de que aquella dádiva, donación o misión del Espíritu Santo habría de comunicarse en el futuro, después de la glorificación de Cristo, como jamás lo había sido antes?”

Acudamos a la Santísima Virgen, Esposa del Espíritu Santo, para que ella nos lleve a la fuente de aguas vivas, para que seamos instrumentos del Señor. Alcánzanos, Madre nuestra, la limpieza por parte del Divino Paráclito, para que podamos desprender ese fulgor de su luz; para que las personas que se acerquen a nosotros se sientan impulsadas a amarle más, para que nosotros también nos convirtamos en espirituales al contacto con su gracia, y podamos transmitirla a los demás, como hicieron los Apóstoles aquella mañana de Pentecostés.

sábado, mayo 10, 2008

El aire nuevo del Espíritu Santo

Hay una serie de realidades que están ahí y no nos damos cuenta o no nos fijamos en ella. Por ejemplo, en la fisiología humana: la respiración, la circulación, etc. Si no recibiésemos aire por un buen rato, o si el corazón dejara de funcionar, falleceríamos. Pero nos acostumbramos a vivir sin pensar en esto: tampoco se trata de estar siguiendo nuestro propio pulso a cada momento...

En la vida espiritual, pasa lo mismo: hay unas realidades vitales para nuestra existencia, en las que pensamos poco. Una de ellas es la acción del Espíritu Santo en nosotros. San Josemaría titula una homilía de Pentecostés llamándolo así: "El Gran Desconocido". De su propia vida interior, podemos tomar una experiencia para nuestra vida. Cuando era un joven sacerdote, su director espiritual le sugirió: "Frecuente el trato con el Espíritu Santo. No le hable: óigale".

Siempre me gusta pensar cómo habríamos reaccionado nosotros ante ese consejo: quizá lo hubiéramos llevado una o dos veces a la oración, cuando no hubiéramos pensado que era poco profundo, sin sustancia. Esa es la diferencia entre una vida discreta y la respuesta santa a las mociones del Espíritu. San Josemaría reaccionó de un modo que aparece velado en el punto 430 de Forja: "No te limites a hablar al Paráclito, ¡óyele!

En tu oración, considera que la vida de infancia, al hacerte descubrir con hondura que eres hijo de Dios, te llenó de amor filial al Padre; piensa que, antes, has ido por María a Jesús, a quien adoras como amigo, como hermano, como amante suyo que eres...

Después, al recibir este consejo, has comprendido que, hasta ahora, sabías que el Espíritu Santo habitaba en tu alma, para santificarla..., pero no habías "comprendido" esa verdad de su presencia. Ha sido precisa esa sugerencia: ahora sientes el Amor dentro de ti; y quieres tratarle, ser su amigo, su confidente..., facilitarle el trabajo de pulir, de arrancar, de encender...

¡No sabré hacerlo!, pensabas. —Oyele, te insisto. El te dará fuerzas, El lo hará todo, si tú quieres..., ¡que sí quieres!

—Rézale: Divino Huésped, Maestro, Luz, Guía, Amor: que sepa agasajarte, y escuchar tus lecciones, y encenderme, y seguirte y amarte".

El Espíritu Santo es como el aire para nuestra vida espiritual. La fiesta de Pentecostés constituye un buen momento para formular el propósito de hablarle y, sobre todo, de oírle más. Pidamos a su Esposa, en el mes mariano, que nos ayude a agasajarlo como Divino Huésped, a escuchar sus lecciones de Divino Maestro, a encendernos con su Luz; a seguir su Guía, a amarlo como lo hizo ella.



miércoles, diciembre 05, 2007

Esposa de Dios Espíritu Santo

Diciembre 4
Estamos ya en el quinto día de la Novena en honor de la Inmaculada Concepción de María y las lecturas de hoy siguen animándonos a preparar la venida del Mesías. En concreto, nos hablan de la estrecha relación del Cristo esperado con el Espíritu Santo. Isaías (11, 1-10) dice que brotará un fruto del tronco de Jesé y que el Espíritu del Señor se posará sobre él. Y san Lucas (10, 21-24) complementa esa lectura con la narración del éxtasis de Jesús: “Se llenó de gozo en el Espíritu Santo y dijo: —Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños”. Hace unos días leíamos cómo a San Josemaría le conmovían otras palabras de este mismo discurso: “nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre, ni quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo”.

Juan Pablo II escribió sobre el papel de la Virgen en nuestra relación con el Espíritu Santo, que la colma a ella y a los apóstoles “con la plenitud de sus dones, obrando en ellos una profunda transformación con vistas a la difusión de la buena nueva”. En otro momento decía: “de la misma manera que, en la Encarnación, el Espíritu había formado en su seno virginal el cuerpo físico de Cristo, en Pentecostés el mismo Espíritu viene para animar su Cuerpo místico”.

Nos viene a la mente aquel punto de Camino (496): ¡Cómo gusta a los hombres que les recuerden su parentesco con personajes de la literatura, de la política, de la milicia, de la Iglesia!... —Canta ante la Virgen Inmaculada, recordándole: Dios te salve, María, hija de Dios Padre: Dios te salve, María, Madre de Dios Hijo: Dios te salve, María, Esposa de Dios Espíritu Santo... ¡Más que tú, sólo Dios!
Hemos meditado los días anteriores que también nosotros debemos profundizar en la relación de hijos del Padre y como hermanos de Jesucristo. Hoy le pedimos a nuestra Madre que nos ayude a ser dóciles a la acción del Espíritu Santo en nuestras almas, respondiendo siempre como ella a las inspiraciones del Paráclito: “Hágase”.

Hubo un momento en la vida de San Josemaría cuando el director espiritual le ayudó a descubrir otro “Mediterráneo” en su vida interior. Precisamente lo animó a tener amistad con la tercera persona de la Santísima Trinidad: “No hable: óigale”, le aconsejó. Y lo que sucedió en el alma del Fundador de la Obra fue lo siguiente: “Desde Leganitos, haciendo oración, una oración mansa y luminosa, consideré que la vida de infancia, al hacerme sentir que soy hijo de Dios, me dio amor al Padre; que, antes, fui por María a Jesús, a quien adoro como amigo, como hermano, como amante suyo que soy... Hasta ahora, sabía que el Espíritu Santo habitaba en mi alma, para santificarla..., pero no cogí esa verdad de su presencia. Han sido precisas las palabras del P. Sánchez: siento el Amor dentro de mí: y quiero tratarle, ser su amigo, su confidente..., facilitarle el trabajo de pulir, de arrancar, de encender... No sabré hacerlo, sin embargo: El me dará fuerzas, El lo hará todo, si yo quiero... ¡que sí quiero! Divino Huésped, Maestro, Luz, Guía, Amor: que sepa el pobre borrico agasajarte, y escuchar tus lecciones, y encenderse, y seguirte y amarte. –Propósito: frecuentar, a ser posible sin interrupción, la amistad y trato amoroso y dócil del Espíritu Santo. Veni Sancte Spiritus!..».

Dos años más tarde, en 1934, compuso una oración, que –según P. Rodríguez- parece la secuencia entre el consejo recibido –«¡óigale!»– y la experiencia sobrenatural –«He oído tu voz». Como el año mariano es un tiempo de conversión, conviene frecuentar mucho al Divino Paráclito, y para eso nos puede servir la oración del Fundador de la Obra: «Ven, ¡oh Santo Espíritu!: ilumina mi entendimiento, para conocer tus mandatos: fortalece mi corazón contra las insidias del enemigo: inflama mi voluntad... He oído tu voz, y no quiero endurecerme y resistir diciendo: después..., mañana. Nunc coepi! ¡Ahora!, no vaya a ser que el mañana me falte. ¡Oh, Espíritu de verdad y de Sabiduría, Espíritu de entendimiento y de consejo, Espíritu de gozo y de paz!: quiero lo que quieras, quiero porque quieres, quiero como quieras, quiero cuando quieras... ».

Madre de Dios y madre nuestra, Esposa de Dios Espíritu Santo: ayúdanos a recorrer este camino, a dejar obrar a tu esposo en nuestra alma, para que podamos seguir de cerca de tu Hijo. Ayúdanos a hacer nuestras las tres actitudes que ayudan a tener más familiaridad con el Paráclito: docilidad, vida de oración, unión con la Cruz. (Cf. Es Cristo que pasa, 135)

Por ejemplo, uno de los Cardenales que eligió a Benedicto XVI describía así los días del Cónclave: “Para mí, fueron un continuo recurrir al Espíritu Santo, a quien tengo gran devoción. Me pude recoger más en casa, para rezar mucho y encomendarme a la Virgen, la esposa del Espíritu Santo. (...) La emoción que se siente en la Capilla Sixtina llevando el voto en alto hacia el altar donde se halla la urna, bajo el Juicio Final de Miguel Ángel, es indescriptible. Entonces se pronuncia el juramento solemne de elegir en conciencia al que parece más digno para ser el sucesor del Apóstol Pedro como Pastor de la Iglesia universal. La responsabilidad es muy grande. Yo es la cosa más seria que he podido hacer en mi vida. Había un silencio en la Capilla Sixtina enorme, un gran espíritu de oración y recogimiento. Yo cogí la costumbre de ir encomendando al Espíritu Santo a los que iban pasando en fila delante para votar, porque pensaba que ellos también me encomendaban a mí”. (Julián Herranz, ABC, 24-IV-05)

Ojalá nosotros también, siguiendo estos ejemplos, de la mano de María nos animemos a escuchar en el fondo de nuestra alma al Espíritu Santo (No hable: óigale”) y a corresponder a sus inspiraciones con mucha docilidad, vida de oración y unión con la Cruz de Cristo.

viernes, mayo 25, 2007

Pentecostés. Apostolado


Apartes de la homilía de Benedicto XVI en Pentecostés del 2005 :


La primera lectura y el evangelio del domingo de Pentecostés nos presentan dos grandes imágenes de la misión del Espíritu Santo. La lectura de los Hechos de los Apóstoles narra cómo el Espíritu Santo, el día de Pentecostés, bajo los signos de un viento impetuoso y del fuego, irrumpe en la comunidad orante de los discípulos de Jesús y así da origen a la Iglesia. Para Israel, Pentecostés se había transformado de fiesta de la cosecha en fiesta conmemorativa de la conclusión de la alianza en el Sinaí (…)

Israel llegó a ser pueblo de forma plena precisamente a través de la alianza con Dios en el Sinaí. El encuentro con Dios en el Sinaí podría considerarse como el fundamento y la garantía de su existencia como pueblo. El viento y el fuego, que bajaron sobre la comunidad de los discípulos de Cristo reunida en el Cenáculo, constituyeron un desarrollo ulterior del acontecimiento del Sinaí y le dieron nueva amplitud. En aquel día, como refieren los Hechos de los Apóstoles, se encontraban en Jerusalén, "judíos piadosos (...) de todas las naciones que hay bajo el cielo" (Hch 2, 5). Y entonces se manifestó el don característico del Espíritu Santo: todos ellos comprendían las palabras de los Apóstoles: "La gente (...) les oía hablar cada uno en su propia lengua" (Hch 2, 6).

El Espíritu Santo da el don de comprender. Supera la ruptura iniciada en Babel -la confusión de los corazones, que nos enfrenta unos a otros-, y abre las fronteras. El pueblo de Dios, que había encontrado en el Sinaí su primera configuración, ahora se amplía hasta la desaparición de todas las fronteras. El nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, es un pueblo que proviene de todos los pueblos. La Iglesia, desde el inicio, es católica, esta es su esencia más profunda. San Pablo explica y destaca esto en la segunda lectura, cuando dice: "Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu" (1 Co 12, 13). La Iglesia debe llegar a ser siempre nuevamente lo que ya es: debe abrir las fronteras entre los pueblos y derribar las barreras entre las clases y las razas. En ella no puede haber ni olvidados ni despreciados. En la Iglesia hay sólo hermanos y hermanas de Jesucristo libres.

El viento y el fuego del Espíritu Santo deben abrir sin cesar las fronteras que los hombres seguimos levantando entre nosotros; debemos pasar siempre nuevamente de Babel, de encerrarnos en nosotros mismos, a Pentecostés. Por tanto, debemos orar siempre para que el Espíritu Santo nos abra, nos otorgue la gracia de la comprensión, de modo que nos convirtamos en el pueblo de Dios procedente de todos los pueblos; más aún, san Pablo nos dice: en Cristo, que como único pan nos alimenta a todos en la Eucaristía y nos atrae a sí en su cuerpo desgarrado en la cruz, debemos llegar a ser un solo cuerpo y un solo espíritu.

La segunda imagen del envío del Espíritu Santo, que encontramos en el evangelio, es mucho más discreta. Pero precisamente así permite percibir toda la grandeza del acontecimiento de Pentecostés. El Señor resucitado, a través de las puertas cerradas, entra en el lugar donde se encontraban los discípulos y los saluda dos veces diciendo: "La paz con vosotros". (…) Al saludo de paz del Señor siguen dos gestos decisivos para Pentecostés; el Señor quiere que su misión continúe en los discípulos: "Como el Padre me envió, también yo os envío" (Jn 20, 21).Después de lo cual, sopla sobre ellos y dice: "Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos" (Jn 20, 23). El Señor sopla sobre sus discípulos, y así les da el Espíritu Santo, su Espíritu. El soplo de Jesús es el Espíritu Santo. Aquí reconocemos, ante todo, una alusión al relato de la creación del hombre en el Génesis, donde se dice: "El Señor Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida" (Gn 2, 7). El hombre es esta criatura misteriosa, que proviene totalmente de la tierra, pero en la que se insufló el soplo de Dios. Jesús sopla sobre los Apóstoles y les da de modo nuevo, más grande, el soplo de Dios. En los hombres, a pesar de todos sus límites, hay ahora algo absolutamente nuevo, el soplo de Dios. La vida de Dios habita en nosotros. El soplo de su amor, de su verdad y de su bondad.

viernes, mayo 11, 2007

El Espíritu Santo nos lo recordará


En el capítulo 14 de San Juan se presenta el contexto de la última cena y los discursos de despedida. En ellos, Jesús exclama: «Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él». Son palabras que nos hacen recordar el discurso de Benedicto XVI a los jóvenes en Brasil (10-V-2007): «Los mandamientos conducen a la vida, lo que equivale a decir que ellos nos garantizan autenticidad. Son los grandes indicadores que nos señalan el camino cierto. Quien observa los mandamientos está en el camino de Dios. No basta conocerlos. El testimonio vale más que la ciencia, o sea, es la propia ciencia aplicada. No nos son impuestos desde afuera, ni disminuyen nuestra libertad. Por el contrario: constituyen impulsos internos vigorosos, que nos llevan a actuar en esta dirección. En su base está la gracia y la naturaleza, que no nos dejan inmóviles. Necesitamos caminar. Nos impulsan a hacer algo para realizarnos a nosotros mismos. Realizarse a través de la acción es volverse real. Nosotros somos, en gran parte, a partir de nuestra juventud, lo que queremos ser. Somos, por así decir, obra de nuestras manos».


En ese sentido, Jesús continúa: «El que no me ama, no guarda mis palabras; y la palabra que escucháis no es mía sino del Padre que me ha enviado. Os he hablado de todo esto estando con vosotros; pero el Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, Él os enseñará todo y os recordará todas las cosas que os he dicho». De las varias maneras en que se puede traducir el nombre “Paráclito” del Espíritu Santo, “consolador” es una de las más apropiadas: San Juan nos muestra que el consuelo que Jesús da a los discípulos ante su inminente partida, además de la promesa de su regreso, es la del envío del Espíritu Santo.

Como explica la Biblia de Navarra, si en el Antiguo Testamento Dios había prometido estar entre el pueblo, ahora habla de una presencia del Padre y del Hijo en cada persona, convirtiéndola en templo del Espíritu Santo. Esa presencia es la clave de la santidad. Como decía el Papa en el mismo discurso, «Queridos jóvenes, Cristo os llama a ser santos. Él mismo os convoca y quiere andar con vosotros, para animar con Su espíritu los pasos del Brasil en este inicio del tercer milenio de la era cristiana. Pido a la Señora Aparecida que os conduzca, con su auxilio materno y os acompañe a lo largo de la vida».


El Espíritu Santo nos recuerda lo que Jesús dijo. Lo vemos en el Nuevo Testamento, cuando los Apóstoles pueden enseñar a los no judíos (Hechos 15, 1-2.22-29): «Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables: que os abstengáis de carne sacrificada a los ídolos, de sangre, de animales estrangulados y de la fornicación. Haréis bien en apartaros de todo esto». Se trata de la enseñanza apostólica del Maestro: la Iglesia está llamada a ser santa y también fecunda.
Lo muestra el autor del Apocalipsis (21,10-14.21-23) en un pasaje que, de acuerdo con la Biblia de Navarra, es el momento culminante del libro: la instauración plena del Reino de Dios. Se trata de un mundo nuevo sobre el que habitará la humanidad renovada –la nueva Jerusalén- y cuya llegada está garantizada por la Palabra del Dios eterno y todopoderoso. Esa humanidad –el Pueblo de Dios- es presentada como la Esposa del Cordero y descrita detalladamente como una ciudad maravillosa en la que reinan Dios Padre y Cristo. Que la Ciudad baje del cielo significa que la instauración del reino mesiánico se realizará por el poder de Dios y conforme a su voluntad. Las puertas simbolizan la universalidad de la Iglesia, como dice el salmo 66: “Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben”.


Benedicto XVI también anima a los jóvenes a cumplir los mandamientos, a ser santos, pero también a ser apostólicos, dejándose llevar por el fuego del Espíritu Santo: «Sois jóvenes de la Iglesia, por eso yo os envío para la gran misión de evangelizar a los jóvenes y a las jóvenes que andan errantes por este mundo, como ovejas sin pastor. Sed los apóstoles de los jóvenes, invitadles a que vengan con vosotros, a que hagan la misma experiencia de fe, de esperanza y de amor; se encuentren con Jesús, para que se sientan realmente amados, acogidos, con plena posibilidad de realizarse. Que también ellos y ellas descubran los caminos seguros de los Mandamientos y por ellos lleguen hasta Dios».