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sábado, julio 13, 2013

El buen samaritano

San Lucas presenta una ampliación de las enseñanzas de Jesús, camino de Jerusalén. La primera de ellas se da con ocasión de un diálogo del Maestro con un doctor de la Ley, que dijo para tentarle: —Maestro, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?  

El Señor le responde hablándole de la ley, los mandamientos, la revelación, presente en la Sagrada Escritura y en la tradición del pueblo de Dios: — ¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees tú? Y éste le respondió: — Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo. Y le dijo: —Has respondido bien: haz esto y vivirás. Pero él, queriendo justificarse, le dijo a Jesús: — ¿Y quién es mi prójimo? (Lc 10,25-37).

Jesús no responde directamente; lo hace a través de la parábola del buen samaritano: —Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos salteadores que, después de haberle despojado, le cubrieron de heridas y se marcharon, dejándolo medio muerto. El descenso a Jericó era de unos treinta kilómetros, descendiendo unos quinientos metros. La vía era estrecha y culebrera y pasaba por zonas desérticas y solitarias. Por lo tanto, era muy insegura, pues ―además― tenía bastantes cuevas donde podían esconderse los salteadores.

Bajaba casualmente por el mismo camino un sacerdote y, al verlo, pasó de largo. Igualmente, un levita llegó cerca de aquel lugar y, al verlo, también pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje se llegó hasta él y, al verlo, se llenó de compasión. Como en otros relatos similares, esta parábola de Jesús tiene perfectamente delineados los personajes: la víctima es un judío, al que no le ayudan los representantes de la misericordia divina, el sacerdote y el levita. Este último, que tenía funciones menos importantes en el culto, al menos se acerca, pero también pasa de largo. Probablemente ambos regresaban de ejercer su ministerio en el Templo y, como eran celosos cumplidores de la ley, no atienden al herido por temor a contaminarse.

En cambio, el que se compadece es precisamente un samaritano, prototipo de la enemistad con el pueblo israelita. El libro del Sirácida dice que son un «pueblo estúpido» que «mi alma detesta» (Si 50,25-26). Los judíos no podían decir «amén» a la oración de un samaritano. Tampoco las judías podían casarse con los oriundos de esa zona que, por lo demás, no podían testimoniar en los juicios: su declaración no tenía ningún valor. Los de Samaría no eran considerados simples paganos, sino apóstatas, cismáticos. Hay que decir que también los samaritanos tenían su parte en la enemistad: pocos años antes, un grupo de ellos había esparcido huesos humanos en la explanada del Templo, para profanarla.

Curiosamente, en la parábola es uno de esos «enemigos» el que se mueve a compasión: Se acercó y le vendó las heridas echando en ellas aceite y vino. Lo montó en su propia cabalgadura, lo condujo a la posada y él mismo lo cuidó. No es una simple ayuda, una curiosidad mínima. El samaritano se excede: lo cura él mismo, le cede su medio de transporte, lo lleva a un sitio por el que hay que pagar -no al mesón público-, deja dinero de sobra para pagar su atención -el salario de dos días- y cuenta abierta por si hiciera falta. Pero, lo más importante: él mismo lo cuidó.

Con esta parábola cambia la perspectiva del diálogo: a la pregunta ¿quién es mi prójimo? Responde Jesús con la parábola y otro nuevo interrogante: ¿Cuál de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los salteadores? El doctor de la ley responde con nobleza: —El que tuvo misericordia con él. —Pues anda —le dijo Jesús—, y haz tú lo mismo.

Esa es la enseñanza para nosotros hoy. Fijaos en que no es éste un ejemplo que el Señor expone sólo para pocas almas selectas, porque enseguida añadió, contestando al que le había preguntado —a cada uno de nosotros—: anda, y haz tú lo mismo (San Josemaría, Amigos de Dios, n.157). 

Benedicto XVI proponía esta parábola como un programa para la Iglesia del siglo XXI. En la encíclica Deus Caritas Est (n.15) explicaba: la parábola del buen samaritano nos lleva sobre todo a dos aclaraciones importantes. Mientras el concepto de “prójimo” hasta entonces se refería esencialmente a los conciudadanos y a los extranjeros que se establecían en la tierra de Israel, y por tanto a la comunidad compacta de un país o de un pueblo, ahora este límite desaparece. Mi prójimo es cualquiera que tenga necesidad de mí y que yo pueda ayudar. Se universaliza el concepto de prójimo, pero permaneciendo concreto. Aprendamos del Señor a ver, en todas las personas con las que nos encontramos, otros hijos de Dios y a tratarlas como tales. Mi prójimo es todo el que me necesite. No me molesta, sino que me permite ejercitar mi vocación, parecerme a Jesús, y quererlo en aquel por quien Él dio su vida. 

De hecho, la segunda aclaración de la encíclica (n.25) es que Amor a Dios y amor al prójimo se funden entre sí: en el más humilde encontramos a Jesús mismo y en Jesús encontramos a Dios. Enséñanos, Señor, a verte en las personas que nos necesitan, especialmente en los más humildes y necesitados.

La parábola del buen samaritano, dice Benedicto XVI, sigue siendo el criterio de comportamiento y muestra la universalidad del amor que se dirige hacia el necesitado encontrado “casualmente” (cf. Lc 10,31), quienquiera que sea. Como en toda la predicación del Señor, Él mismo es el modelo de las enseñanzas. Se acercó y le vendó las heridas echando en ellas aceite y vino. Lo montó en su propia cabalgadura, lo condujo a la posada y él mismo lo cuidó.

Por eso los íconos que representan este pasaje del Evangelio muestran que el primer buen samaritano fue Jesús, quien curó nuestras heridas con el aceite de su caridad —puede verse en el vino una alusión a la Eucaristía—, cargó con nuestras miserias, nos condujo a la casa del Padre y cuidó de nosotros con su gracia. El Papa Francisco nos invita a imitar esa misericordia de Jesús: Dios siempre quiere la misericordia y no la condena hacia todos. Quiere la misericordia del corazón, porque Él es misericordioso y comprende nuestras miserias, nuestras dificultades y pecados. Señor, ¡danos este corazón misericordioso! Esto es lo que hace el samaritano: imita la misericordia de Dios, la misericordia hacia el necesitado (Angelus, 14-VII-2013).

Pidamos a la Santísima Virgen que cada día vivamos mejor el programa del cristiano —el programa del buen samaritano, el programa de Jesús—, que es un “corazón que ve” (Benedicto XVI, 2006, n.31). Que el nuestro sea un corazón que ve dónde se necesita amor, misericordia, y actúe en consecuencia.

viernes, julio 13, 2007

El buen samaritano

Un amigo nos contaba en estos días, mientras íbamos en el carro, que tenía temor de que su reciente novia le fuera infiel. No había poder humano capaz de convencerlo de que, si la quería de veras, podía confiar en ella. Y es que en el mundo en que nos movemos surgen paradojas que, si nos descuidamos, pueden paralizarnos en nuestro caminar.

Una es, por ejemplo, la lucha entre la caridad y el egoísmo; el amor y la desconfianza; pensar que el que ama y confía es un ingenuo; el peligro del utilitarismo… y de ser utilizado. Esta espiral termina afectando incluso la relación con Dios: ¿cuánto hay que darle? ¿Hasta dónde? ¿Para qué sirve? ¿Por qué pide tanto? Como Benedicto XVI repite a los jóvenes, los mandamientos, la ley, su voluntad, pueden parecer falsamente como una carga pesada, un fardo. Se trataría de un precio muy alto a cambio de una bienaventuranza en el más allá, que quizá está demasiado allá, poco acá.

En el libro del Deuteronomio (30, 10-14) aparece una respuesta a estos interrogantes: los mandamientos están a tu alcance; cúmplelos. No son superiores a tu fuerza; no están en el cielo, ni tampoco están al otro lado del mar. Por el contrario, todos mis mandamientos están muy a tu alcance: en tu boca y en tu corazón, para que puedas cumplirlos. Por eso se le puede responder a Dios, como hizo Pedro: Tus palabras, Señor, son espíritu y vida. Tú tienes palabras de vida eterna. 

Lucas presenta un diálogo de Jesús con un doctor de la Ley que se levantó y dijo para tentarle:—Maestro, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna? Jesús le responde con lo que hemos visto: la ley, los mandamientos, la revelación presente en la sagrada escritura y en la tradición del pueblo de Dios: —¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees tú? Y éste le respondió: —Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo. Y le dijo: —Has respondido bien: haz esto y vivirás. Pero él, queriendo justificarse, le dijo a Jesús: —¿Y quién es mi prójimo?
 
Jesús no responde directamente, sino con la famosa parábola del Buen Samaritano: —Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos salteadores que, después de haberle despojado, le cubrieron de heridas y se marcharon, dejándolo medio muerto. Bajaba casualmente por el mismo camino un sacerdote y, al verlo, pasó de largo. Igualmente, un levita llegó cerca de aquel lugar y, al verlo, también pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje se llegó hasta él y, al verlo, se llenó de compasión. Se acercó y le vendó las heridas echando en ellas aceite y vino. Lo montó en su propia cabalgadura, lo condujo a la posada y él mismo lo cuidó.

Cambia la perspectiva: a la pregunta "¿quién es mi prójimo?" Responde Jesús con la parábola y la contrapregunta: ¿Cuál de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los salteadores? El doctor responde con nobleza: —El que tuvo misericordia con él. —Pues anda –le dijo Jesús–, y haz tú lo mismo. Esa es la enseñanza para nosotros hoy. San Josemaría comenta (Amigos de Dios, n.157): "¿Os acordáis de la parábola del buen samaritano? Fijaos en que no es éste un ejemplo que el Señor expone sólo para pocas almas selectas, porque enseguida añadió, contestando al que le había preguntado –a cada uno de nosotros–: anda, y haz tú lo mismo"

Benedicto XVI propone esta parábola como un programa para la iglesia del siglo XXI. En el n. 15 de la encíclica Deus Caritas Est, explica: La parábola del buen Samaritano (cf. Lc 10, 25-37) nos lleva sobre todo a dos aclaraciones importantes. Mientras el concepto de «prójimo» hasta entonces se refería esencialmente a los conciudadanos y a los extranjeros que se establecían en la tierra de Israel, y por tanto a la comunidad compacta de un país o de un pueblo, ahora este límite desaparece. Mi prójimo es cualquiera que tenga necesidad de mí y que yo pueda ayudar. Se universaliza el concepto de prójimo, pero permaneciendo concreto. Aunque se extienda a todos los hombres, el amor al prójimo no se reduce a una actitud genérica y abstracta, poco exigente en sí misma, sino que requiere mi compromiso práctico aquí y ahora. La Iglesia tiene siempre el deber de interpretar cada vez esta relación entre lejanía y proximidad, con vistas a la vida práctica de sus miembros. (…)[la segunda es que] Amor a Dios y amor al prójimo se funden entre sí: en el más humilde encontramos a Jesús mismo y en Jesús encontramos a Dios.

Más adelante, en el n. 25, explica la triple tarea de la Iglesia:anunciar la Palabra de Dios, celebrar los Sacramentos y servir, la caridad. Como la Iglesia es la familia de Dios en el mundo (qué bella definición...), en esta familia la parábola del buen Samaritano sigue siendo el criterio de comportamiento y muestra la universalidad del amor que se dirige hacia el necesitado encontrado « casualmente » (cf. Lc 10, 31), quienquiera que sea. No obstante, quedando a salvo la universalidad del amor, también se da la exigencia específicamente eclesial de que, precisamente en la Iglesia misma como familia, ninguno de sus miembros sufra por encontrarse en necesidad. En este sentido, siguen teniendo valor las palabras de la Carta a los Gálatas: « Mientras tengamos oportunidad, hagamos el bien a todos, pero especialmente a nuestros hermanos en la fe » (6, 10).

Por último, en el n. 31 explica que, según el modelo expuesto en la parábola que comentamos la caridad cristiana es ante todo y simplemente la respuesta a una necesidad inmediata en una determinada situación: los hambrientos han de ser saciados, los desnudos vestidos, los enfermos atendidos para que se recuperen, los prisioneros visitados, etc. (...) Un primer requisito fundamental es la competencia profesional, pero por sí sola no basta. En efecto, se trata de seres humanos, y los seres humanos necesitan siempre algo más que una atención sólo técnicamente correcta. Necesitan humanidad. Necesitan atención cordial. En resumen, "el programa del cristiano —el programa del buen Samaritano, el programa de Jesús— es un «corazón que ve». Este corazón ve dónde se necesita amor y actúa en consecuencia".