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domingo, agosto 30, 2009

Limpieza de corazón



San Marcos explica, en el capítulo séptimo de su Evangelio, que los fariseos y todos los judíos nunca comen si no se lavan las manos muchas veces, observando la tradición de los mayores; y cuando llegan de la plaza no comen, si no se purifican; y hay otras muchas cosas que guardan por tradición: purificaciones de las copas y de las jarras, de las vasijas de cobre y de los lechos. Y le preguntaban los fariseos y los escribas: —¿Por qué tus discípulos no se comportan conforme a la tradición de los mayores, sino que comen el pan con manos impuras?

Se refieren a impureza (koinos) levítica. Más que “todos los judíos”, como dice aquí Marcos para explicar a sus destinatarios gentiles, se trata solo de algunos judíos, en concreto los fariseos, que promovían la extensión a los laicos de las reglas de pureza exigidas a los sacerdotes cuando celebraban el culto judío.

Él les respondió: —Bien profetizó Isaías de vosotros, los hipócritas, como está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está muy lejos de mí.

Jesús no rechaza la pureza, sino la tradición farisaica sobre la Ley: hace notar cómo han terminado sustituyendo la Ley de Dios por leyes de los hombres (permitían que una persona no ayudara a sus padres –no cumpliera el cuarto mandamiento- si ofrecía ese dinero para el culto).

Y aprovecha para aclarar en qué consiste la pureza de corazón: las cosas que salen del hombre, ésas son las que hacen impuro al hombre (v. 15): Porque del interior del corazón de los hombres proceden los malos pensamientos, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, los deseos avariciosos, las maldades, el fraude, la deshonestidad, la envidia, la blasfemia, la soberbia y la insensatez. Todas estas cosas malas proceden del interior y hacen impuro al hombre (v. 23).

Lo que sale del corazón es lo que hace impuro al hombre: los hechos perversos y los vicios. Gnilka explica que el acento recae en cuál es la verdadera impureza: la moral. Jesucristo rechaza la piedad formal, legalista. No quiere abolir la pureza cultual, sino la deformación de la esencia de la fe. 
Por eso, estuvo dispuesto a contraer la impureza cultual cuando compartía la mesa con publicanos y pecadores. Y lo mismo sucede con el sábado: Jesús cura y hace otras transgresiones, pues “el sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado”.

Su pensamiento acerca de la rígida piedad farisaica queda expuesto con la parábola del fariseo y el publicano: lo importante no es cumplir rigideces jurídicas, sino tener un corazón limpio, puro, contrito, humilde y reconocedor de la grandeza de Dios. Esta doctrina quedará resumida en el sermón del monte: bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Limpieza de corazón. No se trata de una serie de negaciones, sino de una labor positiva, de una afirmación gozosa, como le gustaba decir a San Josemaría. En Camino dedica un capítulo, en la cuarta parte, para meditar sobre la santa pureza. Y uno de los primeros puntos (el 123) se refiere precisamente a que la decisión de vivir la castidad –fruto de la acción del Espíritu Santo- no es una carga, sino una corona triunfal. Con ella nos llega la alegría y la paz. Por eso también aclaraba que, para una persona normal, esta lucha debe ocupar el cuarto o quinto lugar (Amigos de Dios, 179). En esa misma línea, cuando hablaba de la pureza sacerdotal, decía que es una corona de la iglesia (n. 71).

Limpieza de corazón. Muchas personas la viven por naturaleza: porque están ocupadas, porque trabajan bastante, porque están bien enamoradas, porque son “normales”. El cristiano la vive por esas mismas razones, pero sobre todo como fruto del Espíritu Santo, y porque su fe le enseña el valor del cuerpo, de la materia, de su sexualidad. El creyente se sabe creado por Dios, sabe que no “tenemos” un cuerpo, sino que “somos” cuerpo y alma.

Flannery O’Connor, famosa escritora católica estadounidense, decía (en “El hábito de ser”) que esta doctrina es es la más absolutamente espiritual de todas las posiciones de la Iglesia. Y que la raíz de estas enseñanzas “radica, tal vez, en la resurrección del cuerpo. Es nuevamente una doctrina espiritual y va más allá de nuestro entendimiento”. También explicaba que no se pueden pensar sobre este tema “en términos de conveniencia, sino a la luz de la naturaleza humana bajo Dios”.

San Josemaría resumía los medios para vencer en la lucha por esta virtud: “Hemos de ser lo más limpios que podamos, con respeto al cuerpo, sin miedo, porque el sexo es algo santo y noble –participación en el poder creador de Dios–, hecho para el matrimonio. Y, así, limpios y sin miedo, con vuestra conducta daréis el testimonio de la posibilidad y de la hermosura de la santa pureza. (…) Cuidad esmeradamente la castidad, y también aquellas otras virtudes que forman su cortejo –la modestia y el pudor–, que resultan como su salvaguarda. No paséis con ligereza por encima de esas normas que son tan eficaces para conservarse dignos de la mirada de Dios: la custodia atenta de los sentidos y del corazón; la valentía –la valentía de ser cobarde– para huir de las ocasiones; la frecuencia de los sacramentos, de modo particular la Confesión sacramental; la sinceridad plena en la dirección espiritual personal; el dolor, la contrición, la reparación después de las faltas. Y todo ungido con una tierna devoción a Nuestra Señora, para que Ella nos obtenga de Dios el don de una vida santa y limpia”. (Amigos de Dios, 180).

Precisamente así terminamos: acudiendo a Santa María, Madre del Amor Hermoso, para que nos alcance del Señor la limpieza de corazón, el don de una vida santa y limpia.

sábado, septiembre 02, 2006

La corrección fraterna o “exhortación mutua”


En el Nuevo Testamento, el Apóstol Santiago (1,17-27) da ejemplo de preocupación por su grey: Pongan en práctica la Palabra. Hermanos: Todo beneficio y todo don perfecto viene de lo alto, del Creador de la luz, en quien no hay ni cambios ni períodos de sombra. Por su propia voluntad nos engendró, por medio del Evangelio, para que fuéramos como la primicia de sus criaturas. Acepten dócilmente la Palabra que ha sido sembrada en ustedes y es capaz de salvarlos. Pongan en práctica esa Palabra y no se limiten a escucharla, engañándose a ustedes mismos. La religión pura e intachable a los ojos de Dios Padre consiste en visitar a huérfanos y viudas en sus tribulaciones y en guardarse de este mundo corrompido”

Orígenes profundiza en el sentido del amor a Cristo que significa preocuparse por el bienestar espiritual de nuestros hermanos: "Cuando preparamos nuestro corazón con las diversas virtudes para acogerle a él o a los suyos, ya lo estamos recibiendo a Él mismo como peregrino en la casa de nuestro corazón. (...) Cuando visitamos a alguno de nuestros hermanos débiles, y con nuestras reflexiones, reprensiones, consuelos o con la plegaria o bien con una obra buena lo hemos inducido a mejorar en Cristo, hemos visitado al mismo Cristo y lo hemos reconfortado en su enfermedad". 

Y Jesús no se para en contemplaciones a la hora de hablar con claridad a los fariseos, para hacerles ver la hipocresía en que andan metidos (Marcos (7, 1-23): Dejan a un lado el mandamiento de Dios para aferrarse a las tradiciones humanas. “En aquel tiempo se acercó a Jesús un grupo de fariseos y algunos letrados de Jerusalén y vieron que algunos de sus discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavárselas. Así que los fariseos y los letrados le preguntaron: "¿Por qué tus discípulos comen con manos impuras y no siguen la tradición de los antepasados?" Jesús les contestó: "Qué bien profetizó Isaías de ustedes, hipócritas, como está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos. Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios y siguen las tradiciones de los hombres". 

El Papa Benedicto XVI, comenta –en un encuentro con Obispos- la segunda Epístola a los Corintios (2 Co 13, 11: Hermanos, alegraos; sed perfectos; exhortaos mutuamente; tened un mismo sentir; vivid en paz, y el Dios de la caridad y de la paz estará con vosotros): «Exortamini invicem». La corrección fraterna es una obra de misericordia. Ninguno de nosotros se ve bien a sí mismo ni ve bien sus faltas. Y por eso es un acto de amor útil para constituir el complemento el uno del otro, para ayudarnos a vernos mejor, a corregirnos. Pienso que una de las funciones de la colegialidad es precisamente la de ayudarnos, también en el sentido del imperativo precedente, la de conocer las lagunas que nosotros mismos no queremos ver - «Ab occultis meis munda me» dice el Salmo - de ayudarnos para que nos abramos y podamos ver estas cosas.

Naturalmente, esta gran obra de misericordia de ayudarnos los unos a los otros para que cada uno pueda realmente encontrar la propia integridad, la propia funcionalidad como instrumento de Dios, exige mucha humildad y amor. Sólo se conseguirá si viene de un corazón humilde que no se pone por encima del otro, no se considera mejor del otro, sino sólo instrumento para ayudarse recíprocamente. Sólo si se siente esta profunda y verdadera humildad, si se siente que estas palabras vienen del amor común, del afecto colegial en el cual queremos servir juntos a Dios, podremos, en este sentido, ayudarnos con un gran acto de amor. También aquí el texto griego añade algunos matices, la palabra griega es «Paracaleisthe»; es la misma raíz de la cual también viene la palabra «Paracletos, paraclesi», consolar. No sólo corregir, sino también consolar, compartir los sufrimientos del otro, ayudarlo en las dificultades. Y también esto me parece un gran acto de verdadero afecto colegial. En las tantas situaciones difíciles que nacen hoy en nuestra pastoral, alguno se encuentra realmente un poco desesperado, no ve cómo puede ir adelante. En aquel momento tiene necesidad de consuelo, tiene necesidad de que alguien esté con él en su soledad interior y cumpla la obra del Espíritu Santo, del Consolador: la de dar coraje, la de acompañarnos, apoyarnos mutuamente, ayudados por el Espíritu Santo mismo que es el gran Paráclito, el Consolador, nuestro Abogado que nos ayuda. Por lo tanto, es una invitación a hacer nosotros mismos «ad invicem» la obra del Espíritu Santo Paráclito. (Benedicto XVI, Homilía 03-10-05)

De San Josemaría cuenta su biógrafo Vásquez de Prada que, uno de los puntos en que no transigía, era el mal gusto y la chabacanería. Tampoco se hacían esperar las correcciones en los temas que lindaban con la ordinariez. A este propósito cuenta Jesús Urteaga que, al regresar el Padre cierto día a Diego de León, se encontró con un desagradable olor a pescado frito por toda la casa. No me importa —dijo— que coman sardinas. Pero no consiento que la casa huela a sardinas. En una de las residencias de mujeres en Roma había un busto de yeso dorado, con peluca, a lo Luis XIV. Además de feo no era apropiado en la decoración de la casa. El Padre lo vio e invitó a sus hijas a que lo dejaran caer, como por descuido. Cosa que hicieron con sumo gusto. En cambio, guardaba las cosas humildes, de las que sacaba lección por su simbolismo.

Los Mandamientos: ¿afirmación o amenaza?


La Oración Colecta del Domingo XXII alaba a Dios por su misericordia, que es "el límite del mal", según la convicción del Beato Juan Pablo IIEsa misericordia, de acuerdo con las lecturas de hoy, se manifiesta en los mandamientos. 

Sin embargo, para cumplirlos a fondo hace falta pedir, ante todo, el don del Espíritu Santo como condición para crecer y perseverar en la unión con Él: Dios misericordioso, de quien procede todo lo bueno; inflámanos con tu amor y acércanos más a ti, a fin de que podamos crecer en tu gracia y perseveremos en ella.

Las lecturas hablan de los mandamientos, tema de discusión en la sociedad moderna. Se ven como prohibiciones, negaciones, cuestiones retrógradas en un mundo libre. En su primera entrevista como Pontífice, en agosto de 2005, Benedicto XVI anunciaba que su principal objetivo al viajar a Colonia para encontrarse con más de un millón de jóvenes era mostrar lo contrario: 

«Quisiera mostrarles lo bonito que es ser cristianos, ya que existe la idea difundida de que los cristianos deben observar un inmenso número de mandamientos, prohibiciones, principios, etc., y que por lo tanto el cristianismo es, según esta idea, algo que cansa y oprime la vida y que se es más libre sin todos estos lastres». 

En otra ocasión, el Papa explicaba que los Mandamientos no son negaciones, sino afirmaciones; no son motivo de vergüenza para el creyente, sino de alegría, pues marcan un sentido para la vida: «Podríamos decir que el rostro de Dios, el contenido de la cultura de la vida, el contenido de nuestro gran "sí", se expresa en los diez Mandamientos, que no son un paquete de prohibiciones, de "no", sino que presentan en realidad una gran visión de vida. Son un "sí" a un Dios que da sentido al vivir (los tres primeros mandamientos); un "sí" a la familia (cuarto mandamiento); un "sí" a la vida (quinto mandamiento); un "sí" al amor responsable (sexto mandamiento); un "sí" a la solidaridad, a la responsabilidad social, a la justicia (séptimo mandamiento); un "sí" a la verdad (octavo mandamiento); un "sí" al respeto del otro y de lo que le pertenece (noveno y décimo mandamientos)».

En la primera lectura se considera el discurso de Moisés antes de que su pueblo entrara en la tierra prometida. El autor sagrado (Dt 4,1-2.6-8) presenta los mandamientos en el contexto de la prerrogativa que supone ser el pueblo elegido por Dios. Antes ha narrado el cariño de Dios por sus hijos, demostrado a lo largo de la travesía por el desierto. La especial cercanía del pueblo hebreo con el Señor se manifiesta en que Él les ha manifestado su voluntad al revelar sus palabras, sus preceptos, sus mandamientos: «Ahora, Israel, escucha los mandatos y decretos que yo os mando cumplir. No añadáis nada a lo que os mando ni suprimáis nada; así cumpliréis los preceptos del Señor, vuestro Dios, que yo os mando hoy. Ponedlos por obra, que ellos son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos. ¿hay alguna nación tan grande que tenga los dioses tan cerca como lo está el Señor Dios de nosotros, siempre que lo invocamos? Y, ¿cuál es la gran nación, cuyos mandatos y decretos sean tan justos como toda esta ley que hoy os doy?»
 
Complementario es el Salmo 14, que identifica la mirada grata de Dios con el cumplimiento de la Ley: Salmo 14. ¿Quién será grato a tus ojos, Señor? El que procede honradamente y obra con justicia; el que es sincero en sus palabras y con su lengua a nadie desprestigia. Quien no hace mal al prójimo ni difama al vecino; quien no ve con aprecio a los malvados, pero honra a quienes temen al Altísimo. Quien presta sin usura y quien no acepta soborno en perjuicio de inocentes, ése será agradable a los ojos de Dios eternamente.

En el Nuevo Testamento, el consejo del Apóstol Santiago (1,17-27) es idéntico, solo que pone el énfasis en las obras que manifiestan la fe: Poned en práctica la Palabra. “Hermanos: recibid con mansedumbre la palabra sembrada en vosotros, capaz de salvar vuestras almas. Pero tenéis que ponerla en práctica y no sólo escucharla engañándoos a vosotros mismos. Porque quien considera atentamente la ley perfecta de la libertad y persevera en ella, ése será bienaventurado al llevarla a la práctica”.

Benedicto XVI lo expresa en su primera Encíclica (nn. 19-20): “«Ves la Trinidad si ves el amor», escribió san Agustín […] El amor al prójimo, enraizado en el amor a Dios, es ante todo una tarea para cada fiel, pero lo es también para toda la comunidad eclesial, y esto en todas sus dimensiones: desde la comunidad local a la Iglesia particular, hasta abarcar a la Iglesia universal en su totalidad. También la Iglesia en cuanto comunidad ha de poner en práctica el amor”.

Contemplando las discusiones de Jesús con los fariseos cuando se iba acercando el final de su vida pública, vemos claramente que la Ley era una preparación para recibir el Evangelio: Por su propia voluntad, el Padre nos engendró por medio del Evangelio, para que fuéramos, en cierto modo, primicias de sus criaturas. Pero corremos el riesgo de quedarnos en la mera palabrería, en el legalismo o en el fingimiento. Una vez más, san Marcos (7,1-23) describe el distanciamiento entre Jesús y los hipócritas, aquellos que aparentaban (literalmente “se ponían la máscara”) de piadosos, pero no actuaban en consecuencia. 

Un llamado de atención para nosotros que, si nos descuidamos, podemos ser los fariseos de hoy que actúan para la tribuna: Dejan a un lado el mandamiento de Dios para aferrarse a las tradiciones humanas: Bien profetizó Isaías de vosotros, los hipócritas, como está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está muy lejos de mí. Inútilmente me dan culto, mientras enseñan doctrinas que son preceptos humanos.  Abandonando el mandamiento de Dios, retenéis la tradición de los hombres". Hemos hablado de cumplir los mandamientos, pero con espíritu humilde, para no caer en la hipocresía.

San Ireneo recuerda que, tanto en la Ley como en el Evangelio, el primero y principal mandamiento es amar a Dios; por lo cual Pablo dice que amar –a Dios y al prójimo- es cumplir la ley entera. En el mismo sentido, el Salmo 143 habla de cantar para el Señor con el arpa de diez cuerdas, que son los mandamientos. Benedicto XVI lo glosa con palabras de San Agustín, señalando que la caridad es la clave para afinar las diez cuerdas, que son los mandamientos: 

«El arpa de diez cuerdas es para él la ley, compendiada en los diez mandamientos. Pero de estas diez cuerdas, de estos diez mandamientos, tenemos que encontrar la clave adecuada. Sólo si se hacen vibrar estas diez cuerdas, estos diez mandamientos, con la caridad del corazón suenan bien. La caridad es la plenitud de la ley. Quien vive los mandamientos como dimensiones de la única caridad, canta realmente el «canto nuevo». La caridad que nos une a los sentimientos de Cristo es el verdadero «canto nuevo» del «hombre nuevo», capaz de crear también un «mundo nuevo». Este Salmo nos invita a cantar con «el arpa de diez cuerdas», con un nuevo corazón, a cantar con los sentimientos de Cristo, a vivir los diez mandamientos en la dimensión del amor, a contribuir así a la paz y a la armonía del mundo».

Acudamos a la Virgen Santísima, "espejo de justicia", de santidad, como la llamamos en las letanías del Rosario. Ella nos alcanzará del Señor la gracia de inflamarnos en su amor y de acercarnos más a Él. Si miramos el ejemplo, que la Virgen nos brinda, de obediencia rendida a la voluntad de Dios, podremos de verdad crecer en la gracia y perseverar en ella.