Mostrando las entradas con la etiqueta fidelidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta fidelidad. Mostrar todas las entradas

lunes, enero 04, 2016

Epifanía: "vieron al niño con María y lo adoraron".

Una estrella que supera al sol en luz y hermosura, anuncia que, con carne humana, Dios ha venido a la tierra (Himno de la Liturgia de las horas). En la segunda semana de Navidad se conmemora la manifestación pública, universal si se quiere, de la gloria del Hijo de Dios a los pueblos de la tierra. San León Magno predica que «la misericordiosa providencia de Dios, que ya había decidido venir en los últimos tiempos en ayuda del mundo que perecía, determinó de antemano la salvación de todos los pueblos en Cristo». Una consideración muy oportuna para el año de la misericordia, destacar que la Encarnación de Jesucristo y su paulatina revelación a todas las gentes procede del corazón clemente del Señor.
Como anuncia el profeta Isaías, el Niño es Luz para los gentiles que andaban en tinieblas (60,1-6). Desde entonces, continúa iluminando las mentes de las personas rectas que buscan, quizá a tientas, la verdad de su vida, del universo que habitan, del Dios que explica su origen y su destino. Esa estrella sigue titilando a la espera de que los seres humanos de todos los tiempos descubran el cosmos inmaterial que hay más allá de la naturaleza física. Como dice el Prefacio de la Misa, «hoy has revelado en Cristo, para luz de todos los pueblos, el misterio de nuestra salvación; pues al manifestarse tu Hijo en nuestra carne mortal, nos hiciste partícipes de la gloria de su inmortalidad».
Nos hace pensar en la llamada universal a la santidad, como dice el salmo 71: Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos de la tierra. «Nuestro Señor se dirige a todos los hombres, para que vengan a su encuentro, para que sean santos. No llama sólo a los Reyes Magos, que eran sabios y poderosos; antes había enviado a los pastores de Belén, no ya una estrella, sino uno de sus ángeles (cfr. Lc 2,9). Pero, pobres o ricos, sabios o menos sabios, han de fomentar en su alma la disposición humilde que permite escuchar la voz de Dios» (ECP 33).
Esa luz divina que centellea para nosotros es la misma que guio el camino de los Reyes Magos, como narra con detalle el evangelista san Mateo (2,1-12):  Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo». En el centro de esta Solemnidad se encuentra la peregrinación de los reyes magos. No está claro el número de «reyes» que acudieron a adorar al Mesías judío, pues algunas tradiciones hablan de tres, siete o hasta doce. Lo que sí es sabido es que al menos uno procedía de Persia: «Cuando, a principios del siglo VII, el rey persa Cosroes II invadió Palestina, destruyó las basílicas que la piedad cristiana había edificado en memoria del Salvador, excepto una: la Basílica de la Natividad, en Belén. Y esto por una sencilla razón: en su entrada figuraba la representación de unos personajes vestidos con atuendo persa, en actitud de rendir homenaje a Jesús en brazos de su Madre» (Loarte, J. [2012]. La Virgen María. Madrid: Palabra, p.118).
Tampoco hay claridad sobre la profesión de esos «magos». Parece que se trataba de sabios, de astrónomos, ¡científicos, diríamos hoy! Vieron la estrella, y percibieron en su luz —por acción del Espíritu Santo— el anuncio del nacimiento del Mesías prometido a los judíos (en esa época, se asociaba la llegada de grandes personajes con fenómenos siderales).
Más tarde, la señal en el cielo desaparecería. Sin embargo, los Magos no se echaron para atrás. Continuaron hacia el rumbo que les había señalado. Su actitud puede servirnos de ejemplo en nuestro tiempo, cuando parece que cuesta mucho la perseverancia a los compromisos adquiridos, la fidelidad al propio camino —a la vocación—, a la pureza, a la fe. De los Reyes podemos aprender la importancia de responder afirmativamente cada que veamos la voluntad de Dios para nosotros… Y también cuando se oscurezca ese designio inicial, que es para siempre, a lo largo del itinerario concreto de nuestra vida.
El ejemplo de los Reyes magos nos lleva a sacar ese propósito de ser maduros, de entregarle al Señor nuestra libertad para liberarnos de nuestros vicios, de nuestros apegamientos, de nuestras pequeñeces. Y a defender esa entrega con uñas y dientes, cuidando el tesoro de la llamada divina, creciendo cada día en el amor de Dios, también a través de las dificultades, de las luchas y de las caídas, grandes o pequeñas.
Se presentaron en Jerusalén preguntando: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo». En el relato bíblico podemos observar la prudencia de estos hombres que perseveraron en su empeño de obedecer al llamado divino, pero que además preguntaron a las personas indicadas para orientarles: en este caso, al rey y a su Sanedrín. Aprendemos de esa manera la relación de la obediencia con la prudencia, con la sinceridad.
Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó y toda Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: «En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta: “Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las poblaciones de Judá, pues de ti saldrá un jefe que pastoreará a mi pueblo Israel”». De pasada vemos la importancia del estudio teológico, para conocer a Jesús. Y de la formación profesional, del aprovechamiento del tiempo, para santificar el mundo y reconciliarlo con Dios; también para resolver las dudas de nuestros contemporáneos.
Aunque en este caso también se nota que la ciencia sin caridad hincha, de nada sirve, como vemos que le sucede al rey Herodes, paranoico de su poder, que maquinó la manera de acabar con aquel pretendiente a su trono, como había acabado antes con sus dos hijos para evitar que le quitaran su pobre realeza: Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: «Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo».  Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino.
Después de buscar consejo, los reyes lo siguieron. No basta con ser sinceros, con hablar y preguntar. Es necesario cumplir lo que se nos aconseja. Unir la docilidad a la sinceridad. Esa coherencia de vida siempre tiene su recompensa. El Señor premia la madurez de un alma que pone los medios para cumplir su voluntad, aunque haya dejado de verla transitoriamente. Es lo que les sucedió a los reyes magos: y, de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño.
La retribución divina por la fidelidad de los reyes consistió en que redescubrieron la llamada con una luz nueva, con el esplendor madurado en la contradicción. Por ese motivo el evangelista resalta que, al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. El gozo cristiano tiene sus raíces en forma de cruz (Cf. ECP, n.43). La verdadera felicidad es fruto de haber compadecido con Cristo para cumplir la voluntad del Padre. Y su contenido no es un placer efímero, sino la duradera amistad con Dios mismo: entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron.
Comenta Antonio Aranda que «El camino de fe de los Magos, conducidos por la estrella, culminó ante el Niño “en brazos de su Madre”. El camino vocacional del cristiano es también mariano, pero no sólo en el punto de llegada, sino en toda su extensión: María, en realidad, está maternalmente presente en cada una de sus etapas haciéndolo seguro. En cierto modo, como escribió el autor en otro de sus escritos, cabe decir que Ella misma es la senda segura: “A Jesús siempre se va y se ´vuelve` por María”. En ese sentido, continuando con la analogía entre el camino de fe de los Magos hacia Belén y el camino vocacional del cristiano hacia la santidad, y dando un paso en profundidad, María puede ser comparada con la estrella: “Los Reyes Magos tuvieron una estrella; nosotros tenemos a María, Stella maris, Stella Orientis”». (ECP, Edición crítica, n.38).

A la Virgen Santísima, Madre de misericordia, le pedimos que interceda ante el Señor para que nos conceda lo que le pedimos en la oración Colecta de la Misa: «Tú que revelaste este día a tu Hijo unigénito a los pueblos gentiles, por medio de una estrella, concede a los que ya te conocemos por la fe poder contemplar un día, cara a cara, la hermosura infinita de tu gloria».

sábado, agosto 25, 2012

¿También vosotros queréis marcharos?


En medio de la contemplación del relato de San Marcos, que es el autor que consideramos este año, llegamos al final del excursus eucarístico que hemos hecho durante cinco semanas, escuchando el capítulo sexto del Evangelio de San Juan, 

Ya hemos presenciado en nuestra oración la multiplicación de los panes y de los peces, la oración de Jesús, el sermón de la sinagoga en el que se presentaba como el Pan bajado del cielo, necesario para la vida eterna. Ante el realismo de su predicación (el que no come mi carne y no bebe mi sangre no tiene vida), el auditorio queda enfrentado a lo que San Pablo llamaba el “escándalo” de Cristo. Las palabras del Señor son radicales y la respuesta debe ser igual: no caben medias tintas.

Por eso San Juan continúa su relato: Al oír esto, muchos de sus discípulos dijeron: —Es dura esta enseñanza, ¿quién puede escucharla? Duele ver que, justo después del anuncio del don más grande, de la promesa del sacramento del amor, surja esta reacción en un buen número de sus seguidores (no de las multitudes oportunistas, sino de sus discípulos).

Pero el Señor no pretende contemporizar, diluir la predicación anterior en subterfugios diplomáticos. Por el contrario, da un paso adelante en su discurso. Jesús, conociendo en su interior que sus discípulos estaban murmurando de esto, les dijo: —¿Esto os escandaliza? Pues, ¿si vierais al Hijo del Hombre subir adonde estaba antes?

Con estas palabras, el Maestro manifiesta su origen, explicita su naturaleza: es el Hijo de Dios, bajado del cielo. Al mismo tiempo, pensaría con dolor humano y al mismo tiempo muy unido a la voluntad del Padre en que la manera para lograr esa ascensión adonde estaba antes sería a través de la muerte en la Cruz y de la posterior resurrección.

La Eucaristía es fruto del sacrificio del Calvario, además de ser sacramento de unidad, y vínculo de caridad. El Papa Benedicto XVI insiste bastante en que estas dos dimensiones -sacrificio y banquete- no pueden estar separadas. Y cuando asistimos a la Santa Misa debemos unirnos a ambas órbitas: unirnos al sacrificio de Cristo, llevando nuestras propias penitencias, nuestros sufrimientos, el esfuerzo de cada día. De esa manera, por la unión con el Señor nos uniremos más a nuestros hermanos en la Iglesia y en toda la humanidad.

Jesús continúa la explicación de su enseñanza: El espíritu es el que da vida, la carne no sirve de nada: las palabras que os he hablado son espíritu y son vida. No se trata de un gnosticismo que rechaza la carne, pues Él mismo acababa de mostrar que su carne sería la salvación del mundo, sino de una invitación a buscar la unión con Él, que se quedará en el sacramento del altar y que nos enviará su Espíritu Santo para que nos acompañe y nos oriente por el camino de la santidad: de la unión con Él, de la escucha de sus palabras. Por eso decimos en el Credo cada domingo que creemos en el Espíritu Santo, “Señor y dador de vida” (Dominum et vivificantem, como quiso llamar el Beato Juan Pablo II su encíclica sobre la Tercera Persona de la Trinidad).

Resumiendo todo el capítulo sexto del Evangelio de San Juan, Benedicto XVI explica: «Aquel que se ha hecho hombre se nos da en el Sacramento, y solo así la Palabra eterna se convierte plenamente en maná, el don ya hoy del pan futuro. Después, el Señor reúne todos los aspectos una vez más: esta extrema materialización es precisamente la verdadera espiritualización: “El Espíritu es quien da vida: la carne no sirve de nada”» (Jesús de Nazaret).

Las palabras que os he hablado son espíritu y son vida. Así como en el Antiguo Testamento el principal regalo de Moisés había sido el maná, ahora Jesús enseña que el don con que nos alimentará son sus palabras. Las que nos transmite el Evangelio, las que nos comunica en la oración personal o en la confesión o en la dirección espiritual. ¡Qué importante es el diálogo con el Señor, escuchar esas palabras que son espíritu y son vida!

«Vivir según el Espíritu Santo es vivir de fe, de esperanza, de caridad; dejar que Dios tome posesión de nosotros y cambie de raíz nuestros corazones, para hacerlos a su medida. Una vida cristiana madura, honda y recia, es algo que no se improvisa, porque es el fruto del crecimiento en nosotros de la gracia de Dios. En los Hechos de los Apóstoles, se describe la situación de la primitiva comunidad cristiana con una frase breve, pero llena de sentido: perseveraban todos en las instrucciones de los Apóstoles, en la comunicación de la fracción del pan y en la oración» (San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 134).

Las palabras de Jesús que son espíritu y son vida nos llevan a vivir de fe. Sin embargo, hay algunos de vosotros que no creen. En efecto, Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían y quién era el que le iba a entregar. San Juan narra con dolor la traición de Judas y de todos los que no tuvieron fe en el Señor, que no creyeron en su Encarnación ni en su presencia real en la Eucaristía. Como invitando a sus lectores a desagraviar con una vida eucarística más delicada, más plena, más enamorada.

Y añadía: —Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí si no se lo ha concedido el Padre. Como para que quede claro que en el seguimiento de Cristo, si bien tiene gran importancia la voluntad del discípulo, el factor más importante es la vocación, como regalo de Dios. Te damos gracias, Señor, porque nos has concedido ese don maravilloso de tu llamada, nos has llevado a tu Hijo, presente en el Evangelio y en la Eucaristía y nos has invitado a escucharlo y a seguirlo, a estar con Él, a vivir en Él, con Él y en Él.

Desde ese momento muchos discípulos se echaron atrás y ya no andaban con él. Es la conclusión lógica del itinerario de incredulidad que habían recorrido: habían comenzado por dudar de su origen divino (¿No es éste Jesús, el hijo de José, de quien conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo es que ahora dice: «He bajado del cielo»). Más adelante no quisieron aceptar la posibilidad de comulgar su cuerpo y su sangre (se pusieron a discutir entre ellos: —¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?). Ahora, desde luego, no son capaces de seguirlo, de dar la vida como Él (muchos de sus discípulos dijeron: —Es dura esta enseñanza, ¿quién puede escucharla?).

Estamos asistiendo a un estrepitoso fracaso humano de la metodología pastoral de Jesucristo. Un analista contemporáneo diría que no fue capaz de capitalizar la popularidad que siguió al milagro de la multiplicación de los panes y de los peces. Y quizás le recomendaría moderar sus palabras, para tratar de reconquistar a las personas indecisas. La reacción de Jesús asombraría: Entonces Jesús les dijo a los doce: —¿También vosotros queréis marcharos?

El Señor confronta la voluntad de sus seguidores: no podemos estar con Él por sus dádivas, ni por sentimiento. La fidelidad tiene que ser indiscutida, basada en convicciones profundas. Con una libertad actual, renovada en cada instante.

Como la de Pedro, que a pesar de sus miserias pasadas y futuras –más adelante lo negará en la noche del Jueves Santo- le respondió: —Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Santo de Dios.

Juan Pablo II comenta, invitando a los jóvenes a seguir al Señor como aquellos apóstoles que fueron fieles en el momento de la dispersión: “Sólo Cristo tiene palabras que resisten al paso del tiempo y permanecen para la eternidad. [...] En la pregunta de Pedro: ¿A quién iremos? está ya la respuesta sobre el camino que se debe recorrer. Es el camino que lleva a Cristo. Y el divino Maestro es accesible personalmente; en efecto, está presente sobre el altar en la realidad de su cuerpo y de su sangre. En el sacrificio eucarístico podemos entrar en contacto, de un modo misterioso pero real, con su persona, acudiendo a la fuente inagotable de su vida de Resucitado”.

A la Virgen María, Virgen fiel, encomendamos nuestros propósitos de seguir a su Hijo en la oración, en la Eucaristía, en la Cruz, ofreciéndole -como Ella- nuestra vida entera.

viernes, julio 22, 2011

María Magdalena

Celebramos la fiesta de santa María Magdalena, y en el Evangelio de la Misa nos topamos con el final de la vida terrena de Jesús. Han pasado los dolorosos momentos de la pasión y muerte de nuestro Señor. Al tercer día, se cumplirían todas las promesas por las cuales aquellos seguidores lo habían dejado todo. Después de la «noche del alma» que pasaron durante el Viernes y el Sábado Santos, aquellos discípulos recibirían el premio a su fe y a su perseverancia: podrían ver cumplidas las Escrituras con la Resurrección de Jesús.
¡Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también vuestra fe!, aseguraba san Pablo (1 Co 15,14). Detengámonos, en nuestro diálogo con Jesucristo, para considerar una aparición del Señor glorioso, que nos podrá servir para darnos más cuenta de que esa llamada a la santidad y al apostolado que hemos meditado hasta ahora no es un acontecimiento del pasado, perdido en la historia. Contemplar a Jesús vivo, por todos los siglos, nos hará experimentar la actualidad de esa vocación que dirige a cada alma; nos facilitará comprender cuál es su voluntad para nuestra vida, como le sucedió a María Magdalena la mañana del domingo de Pascua.
Ella es uno de los personajes más importantes del día cuya aurora fue testigo de la Resurrección. El himno de las Vísperas de su fiesta ofrece un rápido repaso de su biografía: «Oh María, estrella radiante de Magdala, mujer afortunada, a quien el Señor allegó mediante el estrecho vínculo de su Amor. Tras descubrir su imperio para expulsar a los demonios, le agradeces tu curación, gozosa de haber trocado tus cadenas por la fe».
Mujer afortunada, discípula de Jesús, que descubrió el mejor negocio: cambiar las cadenas del pecado por la fe y el amor a Jesucristo. Varias oraciones de la Misa se centran en esa «fuerza de su amor, que le llevó a seguir de cerca las huellas del Maestro y acompañarle, ya para siempre, con el afán solícito de servirle».
Una peculiaridad de la vida de esta santa es que siguió y sirvió a Jesús hasta la muerte, mientras los demás huían. Sin embargo, el Evangelio de la Misa se fija en una escena posterior, en el relato de la Resurrección (Jn 20,1.11-18): El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro. Muy temprano, todavía a oscuras. Estamos en la Vigilia Pascual, y María se dirige a la tumba de su amado.
Fidelidad de María. En el peor momento, ante el abandono, la soledad y el escarnio público, ella da la cara: madruga al sepulcro para acompañar al Maestro. No busca el consuelo en el descanso ni en sus caprichos, sino estando cerca de Él. Lo tiene claro: sin Jesús, nada vale la pena. Fidelidad, a pesar de las circunstancias adversas. Fidelidad, independientemente del día o de la hora. Fidelidad para siempre, pase lo que pase. Fidelidad, perseverancia en la oración, en la búsqueda, en el amor, en la espera. Por eso es llamada «modelo de los que buscan a Jesús».
Ante esa generosidad, uno esperaría la respuesta magnánima de Dios. Por el contrario, el dolor aumenta: Y vio la losa quitada del sepulcro. Quizá desde lejos observó esa anomalía y, mientras las demás mujeres acudían a la sepultura, ella decidió regresar a Jerusalén para contar la noticia a los apóstoles: Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».
Más tarde, mientras Pedro y Juan descubrían la misteriosa realidad del sepulcro vacío, estaba María fuera, junto al sepulcro, llorando. «¡El sepulcro vacío! María Magdalena llora, hecha un mar de lágrimas. Necesita al Maestro. Había ido allí para consolarse un poco estando cerca de Él, para hacerle compañía, porque sin el Señor no merece la pena ninguna cosa. Persevera María en oración, le busca por todos los sitios, no piensa más que en Él. Hijos míos, frente a esa fidelidad, Dios no se resiste: para que tú y yo saquemos consecuencias; para que aprendamos a amar y a esperar de verdad» (San Josemaría, apuntes de la predicación, 24-VII-1964, citado por Echevarría J., 2016).
Amor y fe: María se dirigió al sepulcro, para acompañar un cadáver. El sitio que para otros significaba corrupción e impureza legal, para esta mujer era un sagrario. Después, continuó perseverante en su oración, a pesar de que ni siquiera observaba el cuerpo inerte. San Gregorio alaba su fidelidad: «Busca al que no halla. Lo que da fuerza a las buenas obras es la perseverancia en ellas». Lloró María. No pudo creer lo que dijeron Pedro y Juan: que los sudarios habían permanecido intactos, plegados, como si Jesús hubiese salido de ellos sin alterarlos. No terminó de imaginarlo —como nosotros—, hasta que le pudo la curiosidad y, mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús.
Aquellos seres son un premio para su fe. Nunca estamos solos, Dios no deja ahogar la esperanza de sus fieles; nos acompaña y consuela. Nos brinda la comunión de los santos en la Iglesia, la fraternidad cristiana, que tanta falta hace. Dios nos envía compañeros de camino, para ayudarnos a perseverar en nuestro ideal de amor. Ellos le preguntan: «Mujer, ¿por qué lloras?». Ella les contesta: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto». Tulerunt Dominum. Pensamos en el pecado de tres días atrás: Tolle, tolle! decía la turbamulta rechazando a Jesús: —¡Fuera, fuera, crucifícalo!
Dicho esto, se vuelve y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Jesús le dice: «Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?». Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta: «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré». Vio Jesús, y no supo de quién se trataba. El Maestro, que juega con nosotros, para madurar la virtud de la fidelidad, para ponerla a prueba, le preguntó: —Mujer, ¿por qué lloras? Ella dio la cara una vez más: si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré.
Llegamos al momento más emotivo de la escena. Jesús le dice: «¡María!». Hasta entonces, la apariencia física de aquel hombre era irreconocible. Pero, de un momento a otro, al pronunciar el nombre propio, la Magdalena descubrió con quién hablaba. Jesús es el Buen Pastor, que llama a las ovejas por su nombre. Y las ovejas reconocen su voz. Ella se vuelve y le dice: «¡Rabboni!», que significa: «¡Maestro!».
Celebramos a María Magdalena como pionera: fue la primera en descubrir la tumba abierta y la primera en comunicarlo a los discípulos. Ahora será la primera en recibir una misión del Resucitado. Jesús le dice: «No me retengas, que todavía no he subido al Padre. Pero, anda, ve a mis hermanos. Jesús le pide que no intente retenerlo, noli me tenere, pues se verán de nuevo. Y porque experimentará su presencia y su cercanía de un modo distinto, como filiación y como fraternidad: ve a mis hermanos y diles: «Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro».
Santo Tomás dice que ella es «la apóstol de los apóstoles», por la nueva vocación que el Señor le otorgó: ve a mis hermanos y diles… Este es el motivo por el cual el papa Francisco elevó su memoria a la categoría de fiesta, como fruto de la llamada actual «a reflexionar más profundamente sobre la dignidad de la mujer, la nueva Evangelización y la grandeza del misterio de la misericordia divina» (Decreto Apostolorum Apostola, 3-VI-2016).
Con ocasión de esta actualización de la liturgia, se proclamó un nuevo prefacio para la fiesta, en el cual se alaba a María Magdalena, por el amor hacia Jesús que venimos meditando: «pues ella lo había amado en vida, lo había visto morir en la cruz, lo buscaba yacente en el sepulcro, y fue la primera en adorarlo resucitado de entre los muertos; y Él la honró ante los apóstoles con el oficio del apostolado, para que la buena noticia de la vida nueva llegase hasta los confines del mundo».
Pero vale la pena considerar no solo su vocación al apostolado, sino el anuncio que Jesús le encomendó: «Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro». Ya no somos siervos sino amigos. Somos hermanos, hijos del mismo Padre. Desde luego, en órdenes diversos, pues Él es la filiación subsistente y nosotros hijos por adopción: «Ahora no lo puede tocar, retenerlo. La relación anterior con el Jesús terrenal ya no es posible. Se trata aquí de la misma experiencia a la que se refiere Pablo: Si conocimos a Cristo según la carne, ya no lo conocemos así. Si uno está en Cristo, es una criatura nueva. El viejo modo humano de estar juntos y de encontrarse queda superado. Ahora ya sólo se puede tocar a Jesús junto al Padre» (Benedicto XVI, 2011, p.331).
Caminar junto al Crucificado. No olvidemos que María Magdalena estuvo al pie de la Cruz, al lado de la Madre de Dios. Que ayudó a preparar el cuerpo de Jesús antes de depositarlo en el sepulcro. Que perseveró con fidelidad integérrima, consecuencia del amor. Que recorrió ese camino «del encerramiento en sí mismo» (siete demonios) «hasta la dimensión nueva del amor divino que abraza el universo» (Ibidem): María la Magdalena fue y anunció a los discípulos: «He visto al Señor y ha dicho esto».
El amor y la fidelidad son apostólicos. Por esa razón, María Magdalena es ejemplo de fidelidad personal proselitista: «La humanidad necesita mujeres y hombres así: capaces de acudir sin cansancio a la misericordia divina, leales al pie de la Cruz, atentos a escuchar —en las tareas ordinarias de cada jornada— el propio nombre de los labios del Resucitado» (Echevarría, 2016).

Concluyamos entonces nuestra meditación pidiendo al Padre, con la oración colecta de la Misa: «Dios nuestro: Cristo, tu Unigénito, confió —antes que a nadie— a María Magdalena la misión de anunciar a los suyos la alegría pascual; concédenos a nosotros, por la intercesión y el ejemplo de aquella cuya fiesta celebramos, anunciar siempre a Cristo resucitado y verle un día glorioso en el reino de los cielos».

sábado, noviembre 13, 2010

Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas



1. Al final de su evangelio, San Lucas presenta a Jesucristo en Jerusalén. Después de la entrada triunfal el Domingo de ramos, el Señor aparece impartiendo sus enseñanzas en el Templo, que era el orgullo de los jerosolimitanos, pues estaba adornado con bellas piedras y ofrendas votivas.
El origen de este edificio se remonta al Templo de Salomón, que había sido destruido en el siglo VI a.C. Después del exilio de Babilonia, Zorobabel lo reconstruyó, pero le quedó pequeño y simple. Ya en tiempos cercanos al nacimiento de Jesús, el rey Herodes el Grande, amante de la arquitectura, hizo un gran proyecto para reconstruirlo: solo trabajaron sacerdotes, para que no lo construyeran manos impuras. Comenzó la obra el 19 a.C. y no terminó la última decoración hasta el 64 d.C.
En la escena que presenta el tercer evangelio (Lc 21,5-19), Jesucristo lo ve casi concluido (corría más o menos el año 27 d.C., o sea que la obra llevaba unos 46 años, como dice el evangelio de Juan 2,20). Era mucho más grande que el de Salomón y ofrecía una vista maravillosa: además del tamaño colosal, ostentaba una decoración radiante y los materiales riquísimos (“bellas piedras y ofrendas votivas”).
En este contexto de admiración y orgullo por la restauración del templo, san Lucas presenta el llamado discurso escatológico de Jesucristo: —Vendrán días en los que de esto que veis no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida. Puede ser que cuando Lucas escribiera su evangelio ya se hubiera dado el asedio romano ordenado por Tito en al año 70, que acabó con la nación judía por muchos siglos. Sin embargo, las palabras de Jesús van más allá de la profecía sobre la destrucción de Jerusalén, que sería arrasada por completo en el 132, a causa de una insurrección.
Las palabras de este discurso pertenecen al género apocalíptico, que se caracteriza porque contiene imágenes llenas de misterio: Cuando oigáis hablar de guerras y de revoluciones, no os aterréis, porque es necesario que sucedan primero estas cosas. Pero el fin no es inmediato.—Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino; habrá grandes terremotos y hambre y peste en diversos lugares; habrá cosas aterradoras y grandes señales en el cielo.
A este género literario también pertenece la primera lectura, en la que el profeta Malaquías (3,19-20) anuncia “el día del Señor”: Mirad que llega el día, ardiente como un horno: malvados y perversos serán la paja, y los quemaré el día que ha de venir-dice el Señor de los ejércitos-, y no quedará de ellos ni rama ni raíz. Pero a los que honran mi nombre los iluminará un sol de justicia que lleva la salud en las alas.
2. El Señor no solo anuncia la destrucción del Templo y de la ciudad entera, ocurrida como castigo por no haber escuchado al Profeta de Dios, sino también las persecuciones que vendrían sobre sus seguidores: antes de todas estas cosas os echarán mano y os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, llevándoos ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre: esto os sucederá para dar testimonio. (…) Seréis entregados incluso por padres y hermanos, parientes y amigos, y matarán a algunos de vosotros y todos os odiarán a causa de mi nombre.
Ante estas persecuciones, venidas incluso de mano de los seres queridos, el Señor pide serenidad, no dejarse engañar ni aterrarse, pues el fin no es inmediato. Además, anuncia su asistencia continua: convenceos de que no debéis tener preparado de antemano cómo os vais a defender; porque yo os daré palabras y sabiduría que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios. Los apóstoles experimentarían poco después de la Pascua la verdad de estas palabras. El Jesús rechazado resucitará y dará fuerza a sus discípulos, como se nota en los casos de Esteban y de Pablo.
A esta verdad se refiere Benedicto XVI en su Exhortación “Verbum Domini”, que dedica varios pasajes al apostolado cristiano: “El Verbo de Dios nos ha comunicado la vida divina que transfigura la faz de la tierra, haciendo nuevas todas las cosas (cf. Ap 21,5). Su Palabra no sólo nos concierne como destinatarios de la revelación divina, sino también como sus anunciadores. Él, el enviado del Padre para cumplir su voluntad (cf. Jn 5,36-38; 6,38-40; 7,16-18), nos atrae hacia sí y nos hace partícipes de su vida y misión. El Espíritu del Resucitado capacita así nuestra vida para el anuncio eficaz de la Palabra en todo el mundo” (VD 90).
Hagamos examen sobre qué tan en serio nos tomamos la dimensión apostólica de nuestra vocación cristiana. Si somos conscientes de esa misión para la cual nos capacita el Espíritu del Resucitado. Y saquemos propósitos. Como dice J. Echevarría, “Muchas veces, la lucha personal consistirá precisamente en realizar un plan apostólico; en vencer este o aquel otro respeto humano y hablar de Cristo a una persona amiga; en dejar de lado la propia comodidad y los propios planes, para conversar con alguien o atender una actividad de formación cristiana; en superar la timidez o la cobardía para corregir a otro o invitarle a ser más generoso con Dios” (Eucaristía y vida cristiana, 109).
3. Por último, el Señor garantiza que, a pesar de las dificultades, sus discípulos triunfarán como fruto de la perseverancia: Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá. Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas. Escribe el Prelado del Opus Dei que “el texto permite entender "poseeréis vuestras almas", y así lo leyeron los Padres, siguiendo la Vulgata. Este significado en realidad no difiere del anterior: la salvación del alma significa su posesión, el señorío sobre nosotros mismos con la ayuda de Dios; y esa salvación se logra como se alcanza la posesión de cualquier bien: después de un proceso de adquisición, después de contratar y definir los detalles de la compra o de la herencia, después de luchar por conseguirlo”.
En las dos ocasiones, sigue diciendo Javier Echevarría, “la frase del Señor apunta a lo mismo: a inculcarnos que la identificación con Él (la salvación personal, el fruto de toda la vida) no se consigue en un instante: requiere por nuestra parte continua atención con una perseverancia fiel hasta el final; exige no apartarse del camino, rechazar la mala impaciencia y no descuidar el esfuerzo por conquistar el premio, "a pesar de los pesares".
San Josemaría insistía en la importancia de esta virtud de la lealtad, base humana para la virtud sobrenatural de la fidelidad, con un aforismo sencillo: “comenzar es de todos, perseverar es de santos” (Camino, 983). Así preparaba un guión para predicar sobre este tema: “«Decisión de tener una vida más santa, de vivir vida interior.... No es lo mismo prometer y cumplir, ni empezar que perseverar.... Son muchas las flores de un árbol en primavera..., pero la mayor parte no llegan a resolverse en fruto: son muchos los niños que nacen, pero son muchos menos los que llegan a la plenitud de los años.... Por eso pudo exclamar S. Jerónimo: «Coepisse multorum est, ad culmen pervenisse paucorum»: el empezar a vivir bien es de muchos, el llegar hasta la cumbre de la perseverancia en el bien obrar es de pocos”.
Se aplican en este contexto las famosas y claras palabras de santa Teresa: "No parar hasta el fin, que es llegar a beber de esta agua de vida (...). Digo que importa mucho, y el todo, una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabájese lo que se trabajare, murmure quien murmurare, siquiera llegue allá, siquiera se muera en el camino o no tenga corazón para los trabajos que hay en él, siquiera se hunda el mundo" (Camino de perfección, 21,2).
Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas. En este penúltimo domingo del tiempo ordinario podemos hacer balance de lo que va corrido del año y pedir perdón al Señor por nuestras impaciencias, por nuestra falta de perseverancia. Porque a veces nos hemos dejado llevar de las turbaciones, de las emociones instantáneas que se oponen a los sentimientos profundos que el Señor ha grabado en nuestro corazón.
Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas. El Señor sabía las duras tentaciones a las que se enfrentarían los apóstoles. Por eso quiso animarlos, asegurándoles que –a pesar de todo- si eran pacientes y perseverantes, triunfarían. Y ellos dejaron obrar la gracia de Dios en sus almas y vencieron. Con esa misma confianza acudimos a nuestra Madre, Virgen fiel, para que nos alcance del Señor la gracia de la perseverancia final en nuestra vocación apostólica. Para esa invocación pueden servirnos las palabras de San Josemaría: “Si quieres ser fiel, sé muy mariano”. “Confía. Vuelve. Invoca a la Señora y serás fiel” (Camino, 514)

viernes, agosto 06, 2010

El administrador fiel y prudente


Después de la parábola del rico necio, el Señor concluye su discurso insistiendo en la necesidad de poner el corazón en el Reino de Dios, no en los bienes materiales: No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino. Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos bolsas que no se estropeen, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla. Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón (Lc 12,32-34).
Una señal clara de que ansiamos el Reino como el mayor don de Dios, de que tenemos puesto en él nuestro corazón, es que estamos vigilantes y preparados para la venida del Señor. Este es el anuncio del Evangelio que empezamos a considerar ahora. En primer lugar, Jesús invita a estar vigilantes predicando la parábola de los siervos del señor que vuelve de nupcias: Tened ceñida vuestra cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los hombres que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame. Bienaventurados aquellos criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; en verdad os digo que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y, acercándose, les irá sirviendo. Y, si llega a la segunda vigilia o a la tercera y los encuentra así, bienaventurados ellos.
Tener las cinturas ceñidas recuerda el gesto de los hebreos en la noche pascual, antes de salir hacia el desierto: significa la disposición para emprender el camino. Lo mismo sucede con la figura de las lámparas encendidas, que rememora la fiesta del matrimonio, cuando la novia esperaba con sus amigas a que llegara el prometido para recogerla. También trae a la imaginación la parábola de las vírgenes prudentes: se trata de esperar en vela, vigilantes, prestos a la voz del Señor cuando nos llame.
Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, velaría y no le dejaría abrir un boquete en casa. Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre (Lc 12,35-40). En el contexto de la espera de la segunda venida de Cristo, recordemos la lección de san Pablo a los tesalonicenses (a quienes tuvo que escribirles una segunda carta, amonestándolos porque se habían entregado a la vida cómoda, cuando entendieron que la llegada del Señor era inminente). Ahora, Jesús recuerda el deber de estar en vela, como los sirvientes vigilan preparados para el momento de la llegada de su amo.
Esta expectación es característica del cristianismo y debemos preguntarnos si vivimos con esa perspectiva de la vida eterna como lo verdaderamente importante o si, como el rico necio o como el joven rico, nos dejamos contaminar por creer que nuestras posesiones, nuestros talentos, las virtudes que hemos fomentado, nos sostendrán por siempre. Si así fuera, aprovechemos este rato de oración para pedirle al Señor: sé Tú quien nos dé la fuerza para ser fieles, para aguardar con las cinturas ceñidas y con las lámparas encendidas.
Fiel a su estilo gráfico, el Señor concluye su enseñanza: ¿Quién es el administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre para que reparta la ración de alimento a sus horas? Bienaventurado aquel criado a quien su señor, al llegar, lo encuentre portándose así. En verdad os digo que lo pondrá al frente de todos sus bienes (Lc 12,41-48). La parábola del administrador nos presenta las virtudes que Dios espera de nosotros: quieres, Señor, que seamos buenos administradores, fieles y prudentes, laboriosos, previsores, obedientes y responsables.
Pero si aquel criado dijere para sus adentros: «Mi señor tarda en llegar», y empieza a pegarles a los criados y criadas, a comer y beber y emborracharse, vendrá el señor de ese criado el día que no espera y a la hora que no sabe y lo castigará con rigor, y le hará compartir la suerte de los que no son fieles.
La vigilancia que Tú, Señor, nos pides se concreta, en primer lugar, en la fidelidad. En la situación actual, esta virtud parece que estuviera en crisis. Aparentemente es muy difícil, o casi imposible, comprometerse para toda la vida. Y, sin embargo, Tú, Señor, no dejas de ser fiel. Y esperas que también nosotros lo seamos, que vivamos sin doble vida: sin importar los cambios de ánimo, la situación de salud, económica o familiar. Esperas nuestro compromiso de administradores leales, como tantas almas entregadas a Ti, numerosos matrimonios cristianos, y todos los santos del Cielo, que fueron fieles a tu Hijo, algunos incluso padeciendo martirio.
Viene a la mente la figura de la Beata Teresa de Calcuta, de quien se supo que padeció «la noche oscura del alma», situación por la que han pasado muchos santos, que consiste en perder toda motivación en su relación con Dios, y en sufrir para ser fieles al llamado. Cuando se supo esto, algunos reaccionaron con sorpresa. El postulador de su causa de beatificación respondió que veía, en la actitud de la Madre Teresa, un antídoto frente al sentimentalismo de nuestra cultura: «La tendencia en nuestra vida espiritual, y también en la actitud más general respecto al amor, es que lo que cuenta son nuestros sentimientos. Si así fuera, la totalidad del amor sería lo que sentimos. Pero el amor auténtico a alguien requiere compromiso, fidelidad y vulnerabilidad. La Madre Teresa no “sentía” el amor de Cristo, y podría haber cortado. Pero se levantaba a las 4.30 cada mañana por Jesús, y era capaz de escribirle: “Tu felicidad es lo único que quiero”. Este es un poderoso ejemplo, incluso en términos no puramente religiosos». Y concluía el P. P. Kolodiejchuk (2009) que esta actitud puede indicar también a otras personas cómo sobrellevar los momentos de oscuridad o de crisis espiritual, a lo largo de una vida no fácil, al servicio de los demás.
Continuemos con la parábola: el criado que, conociendo la voluntad de su señor, no se prepara ni obra de acuerdo con su voluntad, recibirá muchos azotes; pero el que, sin conocerla, ha hecho algo digno de azotes, recibirá menos. Al que mucho se le dio, mucho se le reclamará; al que mucho se le confió, más aún se le pedirá. El amor auténtico requiere compromiso, fidelidad. Por eso el Señor habla de vigilar como administradores fieles y prudentes. San Josemaría explicaba que la labor formativa de la juventud consiste en «enseñarles a luchar». Nunca es tarde para aprender, pero esa época es el mejor momento para adquirir hábitos. Y el resto de la vida, ¡a esforzarse por consolidarlos! En eso consiste la vigilancia de la que habla el Evangelio.
Para quien procura ser un buen cristiano, las caídas aparatosas, inesperadas y sorpresivas no son lo corriente. No es ése el modo de actuar del demonio: más bien intenta llevar a las almas por una pendiente resbaladiza, para que descuiden su lucha, su vigilancia. Un día, retrasamos la oración porque estamos un poco indispuestos; otro, porque tenemos muchos quehaceres; al siguiente, porque necesitamos ese tiempo para el apostolado (¡!) y, cuando menos pensamos, comenzamos a ceder en puntos de mayor envergadura. Se nos hacen cuesta arriba las prácticas que antes vivíamos con gusto —aunque costaran—, y las pasiones (la soberbia y la impureza, por ejemplo) aparecen con insidia renovada. Resurgen de nuevo los respetos humanos y las justificaciones: «tampoco hay que ser fanáticos», «no se trata de ir muy rápido», etc.
Por eso el Señor nos invita a la vigilancia, a cuidar la lucha en lo pequeño —que no se acabe el aceite en la alcuza—, para que después no caigamos en lo grande: «Mucho duele al Señor la inconsciencia de tantos y de tantas, que no se esfuerzan en evitar los pecados veniales deliberados. ¡Es lo normal —piensan y se justifican—, porque en esos tropiezos caemos todos! Óyeme bien: también la mayoría de aquella chusma, que condenó a Cristo y le dio muerte, empezó sólo por gritar —¡como los otros!—, por acudir al Huerto de los Olivos —¡con los demás!—,... Al final, empujados también por lo que hacían “todos”, no supieron o no quisieron echarse atrás..., ¡y crucificaron a Jesús! —Ahora, al cabo de veinte siglos, no hemos aprendido» (S, 139).
En el pasaje que contemplamos aparecen unas virtudes que nos ayudan a concretar la fidelidad que pedimos al Señor en este rato de oración: los administradores fieles y prudentes son aquellos que se esfuerzan por ser laboriosos, previsores, obedientes y responsables; son aquellos que dan la ración adecuada a la hora debida, a los que su señor, al llegar, lo encuentre portándose así. Laboriosidad: una virtud que debería caracterizarnos a los que tenemos el trabajo ordinario como medio de santificación. Dar la ración a la hora adecuada: hacer lo que se debe hoy, ahora y estar en lo que se hace. No dilatar los plazos. No dejar las cosas para después. No distraernos —evitar la tentación de «navegar» en internet mientras trabajamos—, hacer rendir el tiempo: «Una hora de estudio, para un apóstol moderno, es una hora de oración» (C, 335).
El papa Francisco cuenta que su padre lo mandó a trabajar en una fábrica de medias, siendo apenas un adolescente. Más adelante consiguió puesto en un laboratorio por las mañanas, mientras estudiaba por las tardes. Y hace el siguiente balance: «Le agradezco tanto a mi padre que me haya mandado a trabajar. El trabajo fue una de las cosas que mejor me hizo en la vida y, particularmente, en el laboratorio aprendí lo bueno y lo malo de toda tarea humana». Con tono de nostalgia, agrega: «Allí tuve una jefa extraordinaria (...). La quería mucho. Recuerdo que cuando le entregaba un análisis, me decía: “Ché… ¡qué rápido que lo hiciste!”. Y, enseguida, me preguntaba: “¿Pero este dosaje lo hiciste o no?”. Entonces, yo le respondía que para qué lo iba a hacer si, después de todos los dosajes de más arriba, ése debía dar más o menos así. “No, hay que hacer las cosas bien”, me reprendía. En definitiva, me enseñaba la seriedad del trabajo. Realmente, le debo mucho a esa gran mujer» (Rubin y Ambrogetti, 2013, p.34).
La última virtud que el Señor pone en la caracterización del administrador fiel y prudente es que conoce la voluntad de su amo, es previsor y obedece. No se contraponen la creatividad y la obediencia. Es más, para obedecer hace falta iniciativa, pues esta virtud requiere hacer propia la voluntad del que manda. ¡Qué mala prensa tiene hoy día la obediencia! Y resulta que Jesús la alaba como una característica importante de la fidelidad. Y nos da ejemplo. San Pablo resumía la actitud del Señor con estas palabras: Jesucristo fue obediente hasta la muerte y muerte de cruz.
Acudamos a nuestra Madre María, Virgen fiel, para que ella nos alcance la prudencia, la laboriosidad y la obediencia que permitan decir al Señor, cuando nos tenga que juzgar: Bien, siervo bueno y fiel, ¡entra en el Reino de tu Señor!