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domingo, septiembre 13, 2015

Primer anuncio de la muerte y resurrección



En el capítulo octavo de su evangelio, san Marcos presenta una peculiar encuesta que hizo Jesús sobre quién decía la gente que era Él, y qué habían comprendido los apóstoles sobre su persona y su misión. Pedro respondió con audacia que Jesús era el Mesías y el Maestro los conminó a guardar esa verdad como un secreto. Pero podemos preguntarnos cuál era el sentido último de ese diálogo, y lo podemos intuir con el anuncio que el Señor hizo a continuación, cuando comenzó a enseñarles que tendría que padecer mucho, ser rechazado y llevado a la muerte.
Jesús mostró que la clave de su mesianismo pasaba por la Cruz, como lo habían predicho los profetas; por ejemplo, en los cánticos del siervo del Señor que presenta Isaías (50,5-9): Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no escondí el rostro ante ultrajes y salivazos. Pero al mismo tiempo Pedro, representante de nuestra falta de fe, le reprendió por decir tales cosas justo cuando acaba de confirmarles en el esplendor de su mesianismo: Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Jesús, a su vez, le hizo ver que estaba razonando con lógica humana ante el modo de obrar de Dios. Quizás todavía solo entendía el papel de Jesús en clave política, como casi todos sus contemporáneos. Por esa razón, Jesús no dudó en corregirlo de modo llamativo: «¡Ponte detrás de mí, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!».
La reconvención puede considerarse enigmática, el famoso vade retro, que se solía traducir como apártate de mí, y que ahora se ha mejorado con la versión ponte detrás de mí, que el papa Benedicto XVI glosaba: «No me señales tú el camino; yo tomo mi sendero y tú debes ponerte detrás de mí. Pedro aprende así lo que significa en realidad seguir a Jesús (…). Nosotros, como Pedro, debemos convertirnos siempre de nuevo. Debemos seguir a Jesús y no ponernos por delante. Es él quien nos muestra la vía. Así, Pedro nos dice: tú piensas que tienes la receta y que debes transformar el cristianismo, pero es el Señor quien conoce el camino. Es el Señor quien me dice a mí, quien te dice a ti: sígueme. Y debemos tener la valentía y la humildad de seguir a Jesús, porque él es el camino, la verdad y la vida» (Catequesis, 17-V-2006).
La increpación de Jesús a Pedro se completa y explica con la siguiente invitación: Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque, quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará. Es como una nueva vocación, de hecho muchas personas han sentido el llamado divino al escuchar estas palabras: «Es la ley exigente del seguimiento: hay que saber renunciar, si es necesario, al mundo entero para salvar los verdaderos valores, para salvar el alma, para salvar la presencia de Dios en el mundo» (Ibídem).
La vocación cristiana exige que la cruz sea un componente insustituible. La única manera de seguir a Jesucristo es negándonos a nosotros mismos, a nuestros egoísmos, a nuestra sensualidad, rechazar las tentaciones que pretenden apartarnos del camino. Para seguir a Jesús hay que negarse, pero también tomar positivamente la cruz, buscarla en las circunstancias ordinarias. Por eso es tan importante que, en nuestra lucha interior, tengamos una lista de mortificaciones, de pequeños sacrificios que son como la oración del cuerpo, con los que vamos condimentando la jornada: desde el primer momento, podemos ofrecer el «minuto heroico», la levantada en punto, que tanto nos ayuda a vivir con talante de lucha. Cada uno puede hablar con el Señor, comprometerse con Él en otros pequeños ofrecimientos a lo largo del día: bañarse con agua fría; dejar ordenados el cuarto y  el baño antes de salir; comer con templanza, en la cantidad y en la calidad; llegar puntualmente al trabajo, aprovechar el tiempo, evitar las distracciones en el uso del internet y de las redes sociales, trabajar con intensidad, vivir la caridad en el sitio de trabajo, llegar a casa sonriendo, a pesar del cansancio de la jornada laboral, etc.
La consideración de este pasaje nos debe confirmar en nuestra decisión de seguir a Jesucristo en su camino a la cruz. De identificarnos con Él, como sugiere san Pablo: Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo (Ga 6,14). Santo Tomás de Aquino es uno de los primeros en presentar la cruz como la mejor escuela en la que podemos aprender la ciencia de la identificación con Jesucristo en virtudes como la caridad, la paciencia, la humildad o la obediencia: «La pasión de Cristo tiene el don de uniformar toda nuestra vida. El que quiera vivir con rectitud, no puede rechazar lo que Cristo no despreció, y ha de desear lo que Cristo deseó. En la cruz no falta el ejemplo de ninguna virtud. Si buscas la caridad, ahí tienes al Crucificado. Si la paciencia, la encuentras en grado eminente en la cruz. Si la humildad, vuelve a mirar a la cruz. Si la obediencia, sigue al que se ha hecho obediente al Padre hasta la muerte de cruz».
Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. El sentido del sufrimiento, del dolor, del tomar la cruz cotidiana no es masoquista, sino que consiste en ir detrás de Cristo, de acompañarlo en su tarea salvadora, de ser corredentores con Él. No es cuestión de cumplir unos propósitos, sino de destinar la vida, de gastarla en servicio para el Señor y para las almas. Porque, quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará.
Sin embargo, no hemos de olvidar el planteamiento inicial del pasaje que estamos contemplando: El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, (…) y resucitar a los tres días. ¡Hay esperanza! Se trata de un plan divino, para salvarnos. La última palabra no es de dolor y de muerte, sino de alegría y de vida: «Sólo cuando el hombre, siendo fiel a la gracia, se decide a colocar en el centro de su alma la cruz, negándose a sí mismo por amor a Dios, estando realmente desprendido del egoísmo y de toda falsa seguridad humana, es decir, cuando vive verdaderamente de fe, es entonces y sólo entonces cuando recibe con plenitud el gran fuego, la gran luz, la gran consolación del Espíritu Santo. Es entonces también cuando vienen al alma esa paz y esa libertad que Cristo nos ha ganado, que se nos comunican con la gracia del Espíritu Santo» (ECP, n.137).
La alegría tiene sus raíces en forma de cruz. Porque en el seguimiento de Cristo hasta el sacrificio del calvario encontramos la realización de su llamado para que seamos corredentores con Él. Es lo que consideramos en el cuarto misterio doloroso del santo Rosario: «No te resignes con la Cruz. Resignación es palabra poco generosa. Quiere la Cruz. Cuando de verdad la quieras, tu Cruz será... una Cruz, sin Cruz. Y de seguro, como El, encontrarás a María en el camino».