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sábado, marzo 19, 2011

San José, hombre de fe

Celebramos hoy, en plena Cuaresma, la fiesta de San José. Pero no es una ruptura en el ritmo de oración, penitencia y caridad que estamos tratando de forjar desde el pasado miércoles de ceniza. Al contrario, contemplar la figura y el ejemplo de nuestro Padre y Señor nos ayudará a afinar en el itinerario cuaresmal que nos llevará a celebrar mejor preparados la Pascua.

En la primera lectura tenemos una promesa mesiánica (2S 7,4-16). David se había propuesto construir un templo junto a su palacio, pero el Señor rechaza la oferta. En cambio, le manifiesta su voluntad de construirle una casa o dinastía a David. El sucesor de David construirá su templo. Y la dinastía quedará establecida para siempre (Campbell y O´Brien): Cuando tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré el trono de su realeza. Él construirá una casa para mi nombre, y yo consolidaré el trono de su realeza para siempre. Yo seré para él padre, y él será para mí hijo. Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia; tu trono permanecerá por siempre.

La liturgia pone este pasaje en relación con las palabras del Ángel en la Anunciación a María: El Señor Dios le dará el trono de David, su padre. Nos ayuda a pensar en los planes de Dios, que quiere contar con nosotros. Desde la eternidad, el Señor había previsto que San José (descendiente de David) permitiría el cumplimiento de la promesa  con su paternidad adoptiva. Desde luego, necesitaría el libre concurso del Santo Patriarca. Por eso esta fiesta nos habla de vocación, nos lleva a maravillarnos de los estupendos designios de Dios para nosotros, y a agradecerle que nos haya hecho hijos suyos y nos haya invitado a participar libremente en la aventura divina de la redención humana. A renovar nuestra entrega de amor a Dios. A querer amarlo con el mismo ardor –con obras- con que lo amó San José.

Benedicto XVI relaciona las dos lecturas de esta forma: “lo que Dios pide a David, es que confíe en Él. David no verá a su sucesor, «cuyo trono durará por siempre» (2S 7,16), porque este sucesor anunciado veladamente en la profecía es Jesús. David confía en Dios. Igualmente, José confía en Dios cuando escucha al mensajero, al Ángel, que le dice: «José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo» (Mt 1,20)”. El Papa alemán concluye que, “en la historia, José es el hombre que ha dado a Dios la mayor prueba de confianza, incluso ante un anuncio tan sorprendente”.

Por eso, no solo valoramos la vocación que Dios nos hizo, al mirar el proyecto para José. También nos lleva a admirarnos de su fe, de su fidelidad, como vemos en la Carta de Pablo a los romanos (4,13-22): Fue la justificación obtenida por la fe la que obtuvo para Abrahán y su descendencia la promesa de heredar el mundo. (…) Así, dice la Escritura: «Te hago padre de muchos pueblos».  Al encontrarse con el Dios que da vida a los muertos y llama a la existencia lo que no existe, Abraham creyó.

San José es como un nuevo Abraham, que confió en la vocación que el Señor le hacía –aunque no le ahorrara el claroscuro inicial, el temor a verse involucrado en un proyecto de magnitudes sobrenaturales-. También de él se puede predicar que, apoyado en la esperanza, creyó, contra toda esperanza, que llegaría a ser padre de muchas naciones, según lo que se le había dicho: «Así será tu descendencia». Por lo cual le valió la justificación. Por eso explica el Papa emérito que “en la historia, José es el hombre que ha dado a Dios la mayor prueba de confianza, incluso ante un anuncio tan sorprendente”.

Nosotros también somos partícipes de esa dinámica de la fe. Formamos parte de la  misma descendencia divina: somos hijos de la fe de Abraham y también de la respuesta esperanzada de José. Por eso el Santo Patriarca es llamado Maestro de la vida interior, porque nos enseña a creer, a confiar en Dios, a pesar de lo sorprendentes que puedan ser sus anuncios.

José nos da lecciones de fe y de abandono. Un resumen de su vida está en el Evangelio de Mateo (1,16-24): hizo lo que le había mandado el ángel del Señor. San José no obedeció a Dios en un solo momento determinado, sino en todas las circunstancias de su vida. En esa respuesta durante toda su vida habría como una “retroalimentación positiva”, por decirlo con términos científicos. Las actuaciones generosas de José eran reforzadas por el ejemplo de María: ¡qué santidad la de aquel hogar! Puede uno pensar que era una jaculatoria recurrente, que Jesús aprendería de ellos, la que pronunció en Getsemaní: Señor, dirían en los momentos grandes y en los pequeños de su vida: no se haga mi voluntad, sino la tuya. No se haga lo que yo quiero, sino lo que quieras Tú.

Por eso, en el Prefacio de la Misa tenemos una hermosa alabanza de San José. Dice que “él es el hombre justo  que diste por esposo  a la Virgen Madre de Dios;  el servidor fiel y prudente  que pusiste al frente de tu Familia  para que, haciendo las veces de padre,  cuidara a tu único Hijo,  concebido por obra del Espíritu Santo”. Y San Bernardino describe cómo vivió su excelsa vocación: “José fue elegido por el eterno Padre como protector y custodio fiel de sus principales tesoros, esto es, de su Hijo y de su Esposa, y cumplió su oficio con absoluta fidelidad”.

Por eso recomienda San Josemaría: “Quiere mucho a San José, quiérele con toda tu alma, porque es la persona que, con Jesús, más ha amado a Santa María y el que más ha tratado a Dios: el que más le ha amado, después de nuestra Madre. –Se merece tu cariño, y te conviene tratarle, porque es Maestro de vida interior, y puede mucho ante el Señor y ante la Madre de Dios (Forja, 554)”.

Nos admiramos de la fe, de la confianza de José. Y podemos pensar por contraste, con cierto desánimo, en nuestra pobre respuesta ante las maravillas que el Señor nos confía. Pero no se trata de eso. Al contrario, lo que el Señor espera es que aprovechemos esta Solemnidad para contar con su ayuda. En el 2009, el Papa Benedicto XVI predicaba en Camerún, pensando en la vocación del Patriarca, que sólo Dios podía dar a José la fuerza para confiar en el Ángel. Y proponía que sólo Dios nos dará la fuerza para cumplir nuestra misión como Él quiere: “Pedídselo. A Dios le gusta que se le pida lo que quiere dar. Pedidle la gracia de un amor verdadero y cada vez más fiel, a imagen de su propio amor. Como dice maravillosamente el salmo: Tu misericordia es un edificio eterno, más que el cielo has afianzado tu fidelidad (Sal 88,3)”.

Terminamos con una oración tradicional: “Oh Dios, que con inefable providencia te dignaste elegir a San José para esposo de tu Madre Santísima: te rogamos nos concedas que, pues le veneramos como protector en la tierra, merezcamos tenerle por intercesor en el Cielo”.


sábado, diciembre 18, 2010

San José y la voluntad de Dios


Llegamos al último domingo antes de la Navidad y la liturgia nos ayuda a prepararnos para celebrar esta solemnidad. En la primera lectura, aparece la famosa profecía de Isaías 7,14, tan fácil de memorizar (7x2=14). En ella, aparece el profeta delante del rey Ajaz, animándolo a que no haga alianzas con otros reyes, sino a confiar en que el Señor estará con él. Para garantizar la seriedad de su consejo, lo invita a pedirle un signo, que sea la muestra de que Dios está de su parte. Como el rey ya tiene la decisión tomada en contra, se justifica con un prejuicio Pseudo-religioso: “no lo pediré y no tentaré al Señor”. Entonces el profeta responde: -“Escuchad, casa de David: « ¿Os parece poco cansar a los hombres para que canséis también a mi Dios? Pues bien, el propio Señor os da un signo. Mirad, la virgen está encinta y dará a luz un hijo, a quien pondrán por nombre Emmanuel”.
La palabra original puede entenderse simplemente como “muchacha”: cuando al poco tiempo la joven esposa del Ajaz diera a luz un hijo, se podía entender que el signo anunciado quedaba cumplido. Pero quedó en la tradición popular ese anuncio como una señal también para el largo plazo. Y más tarde, al traducir estos textos al griego, se eligió la palabra “parthenos", virgen. La esperanza de Israel se aferraba a la venida del Mesías: “Ábranse los cielos y llueva de lo alto bienhechor rocío como riego santo”, decían las oraciones de los judíos de entonces.
Cuando el evangelista Mateo cuenta la generación de Jesucristo (1, 18-24), tiene muy en mente esta profecía. Oigamos su relato: “María, su madre, estaba desposada con José, y antes de que conviviesen se encontró con que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo”. Mateo insiste en la virginidad de María y explica que ella había firmado ya la ketubá, el acuerdo matrimonial. En la tradición judía, después de esta firma los esposos quedaban comprometidos, pero todavía no comenzaban a convivir. Esta segunda fase venía después de un tiempo, cuando se celebraba propiamente la boda ritual. En este intervalo, antes de que conviviesen, Mateo sitúa –con menos detalles que Lucas- la concepción virginal de Jesucristo: María se encontró con que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo.
En estas circunstancias, el autor sagrado presenta al último protagonista del Adviento, que cumple su papel de forma callada: José, su esposo, como era justo y no quería exponerla a infamia, pensó repudiarla en secreto. En pocas palabras queda perfilada la personalidad de este hombre: legalmente, es el esposo de María. Era justo. San Josemaría explica cómo se entiende esa justicia de vida: “José era efectivamente un hombre corriente, en el que Dios se confió para obrar cosas grandes. Supo vivir, tal y como el Señor quería, todos y cada uno de los acontecimientos que compusieron su vida. Por eso, la Escritura Santa alaba a José, afirmando que era justo. Y, en el lenguaje hebreo, justo quiere decir piadoso, servidor irreprochable de Dios, cumplidor de la voluntad divina; otras veces significa bueno y caritativo con el prójimo. En una palabra, el justo es el que ama a Dios y demuestra ese amor, cumpliendo sus mandamientos y orientando toda su vida en servicio de sus hermanos, los demás hombres” (Es Cristo que pasa, n. 40).
En este caso, Mateo aclara que la justicia –la santidad- de José se manifiesta con dos hechos: no quería exponerla a infamia, pensó repudiarla en secreto. Los Padres han entendido que se sentía indigno de participar en un misterio tan grande, de modo similar a Pedro, cuando le dice a Jesús: “aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador” o al centurión que dice: “no soy digno de que entres en mi casa”. San Bernardo dice que José, considerándose indigno pecador, pensaba que no podría convivir con una mujer de la cual reconocía, con profundo temor, su estupenda dignidad y superioridad: “veía, con sacro estupor, que ella portaba el signo cierto de la presencia divina y, como no podía comprender este misterio, quería dejar a su esposa”.
Aunque el Evangelio no explica la psicología de José, es fácil imaginarse cuánto le costaría tomar esta decisión. También en nuestra vida habrá momentos en los cuales nos cueste identificarnos con la voluntad de Dios, que se nos hace cuesta arriba: momentos de negarnos a nosotros mismos, tomar nuestra cruz de cada día y seguir a Cristo. Por eso, llama la atención la sencillez con la que describe el evangelista la decisión de José: como no quería exponerla a infamia, pensó repudiarla en secreto. Lo ve claro y, aunque le cuesta, se decide a hacer lo que ve más consecuente con la voluntad de Dios.
Por eso, San Josemaría –gran devoto josefino- le llamaba el hombre de la sonrisa y el encogimiento de hombros. Comentando esta escena, admiraba del santo Patriarca su respeto por la voluntad de Dios. Y es que cuántas veces nosotros quisiéramos rezar en el Padrenuestro: “hágase mi voluntad”. Y si no lo decimos, con nuestra actitud obramos así. Pidámosle hoy a José que nos ayude a tener esa vida interior, ese trato con María y con la Trinidad, que nos lleve a respetar la voluntad del Señor, a cumplirla con prontitud, a responder a las peticiones divinas con una sonrisa y un encogimiento de hombros, manifestación de fe, de acogida serena del designio de Dios, que siempre quiere lo mejor para nosotros, aunque no lo veamos claro en un primer momento.
Volvamos al relato: Consideraba él estas cosas, cuando un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: —José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Así es el Señor: a veces permite que no veamos clara la solución a un problema, para que nos abandonemos más plenamente en Él. Y cuando hemos decidido seguirlo, tomar nuestra cruz, descubrimos que ha estado siempre a nuestro lado, haciendo las veces de Cirineo. José pensó en un primer momento que su vocación era abandonar a María, pero el Señor le hace ver que no, que precisamente su misión en la vida será cuidar de ella y de su Hijo, que es el Mesías esperado, el hijo de Dios. Es más: tendrá que ejercer las veces de padre, lo cual está inserto en el encargo de darle el nombre: Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.
Benedicto XVI explica la vocación paternal de José: “es el evangelista san Mateo quien da mayor relieve al padre putativo de Jesús, subrayando que, a través de él, el Niño resultaba legalmente insertado en la descendencia davídica y así daba cumplimiento a las Escrituras, en las que el Mesías había sido profetizado como "hijo de David". Desde luego, la función de san José no puede reducirse a este aspecto legal. Es modelo del hombre "justo" (Mt 1, 19), que en perfecta sintonía con su esposa acoge al Hijo de Dios hecho hombre y vela por su crecimiento humano. Por eso, en los días que preceden a la Navidad, es muy oportuno entablar una especie de coloquio espiritual con san José, para que él nos ayude a vivir en plenitud este gran misterio de la fe”.
Con este relato Mateo aclara que la concepción de Jesús fue virginal, milagrosa, obra del Espíritu Santo. Por eso concluye su relato haciendo ver que todo esto sucedió para que se cumpliera lo que dijo el Señor por medio del Profeta: Mirad, la virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán por nombre Emmanuel, que significa Dios-con-nosotros. El evangelio cita la traducción griega de Is 7,14 (“la Virgen concebirá y dará a luz un hijo”) y aplica esta profecía a María, quien se mantiene virgen a pesar de haber concebido al Emmanuel, a Jesucristo, que es Dios con nosotros. Esta intervención de la tercera persona de la Santísima Trinidad es análoga a la que ocurre en la Resurrección, cuando restituye la vida a un cadáver. En la segunda lectura de hoy, leemos que san Pablo afirma con admiración que Jesús fue “constituido Hijo de Dios con poder por obra del Espíritu Santo, por la resurrección de entre los muertos” (Rm 1,4). Y se podría añadir aún el papel del Paráclito en la celebración de la Eucaristía, que recuerda también estos dos “descensos” en la historia de la Redención. Queda rechazada, en consecuencia, la teoría de que se trata de una versión más del mito de la mujer fecundada por los dioses (Puig).
La escena concluye mostrando a José, feliz porque ha recibido la más grande vocación que ha tenido alguien en la vida: cuidar del Mesías y de su madre. Pidámosle a la Sagrada Familia, que también pueda decirse, de nuestra respuesta a las llamadas divinas, por exigentes que sean, lo que narra San Mateo sobre la respuesta del Santo Patriarca: Al despertarse, José hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado, y recibió a su esposa.

lunes, mayo 03, 2010

San José Obrero. Día del trabajo



Hoy es 1 de mayo, fiesta internacional del trabajo. Para nadie es un secreto que el origen de esta festividad es una reivindicación comunista, que quería celebrar la lucha del proletariado. La Iglesia, como siempre, más que oponerse a la celebración del trabajo humano –un objetivo digno y justo- la purificó de la lucha de clases y la sublimó a la categoría de fiesta litúrgica, conmemorando a San José Obrero.

Hay muchas maneras de enfocar el trabajo: desde quien lo considera un castigo, como la famosa canción del “Negrito del Batey”, que decía: “A mí me llaman el negrito del Batey porque el trabajo para mí es un enemigo. El trabajar yo se lo dejo todo al buey, porque el trabajo lo hizo Dios como un castigo”. Hasta quienes, como los  llamados trabajo-adictos (“workaholics”) se consagran de tal modo a él que se olvidan de la familia, del descanso, de los amigos.

La Iglesia en cambio ofrece una visión dignificante y valorativa del trabajo. Por eso nos pone la labor profesional de José como un modelo a imitar. En el Evangelio de la Misa, ofrece un relato de San Mateo, que presenta a Jesús proclamando –con palabras y con obras- la llegada del Reino. Cuando llega a su ciudad natal, cuenta el evangelista que sus paisanos “se quedaban admirados y decían: —¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos poderes? ¿No es éste el hijo del artesano? ¿No se llama su madre María y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas?”

No les parece posible que aquel a quien vieron crecer, al que conocieron pequeñito, fuera ahora un personaje de reconocimiento internacional, como diríamos hoy. Pero a nosotros nos llama la atención las preguntas que se hacen: ¿No es éste el hijo del artesano? Precisamente por ese interrogante se emplea este pasaje en la Eucaristía del 1 de mayo.

San José Obrero, San José Artesano. Es impresionante que Jesús haya querido nacer en el hogar de un hombre trabajador, que haya aprendido de él un oficio para ganarse el pan. Los exégetas explican que se trataría de un trabajo mejor considerado que las labores del campo, pues implica creatividad. Al parecer, por aquellos años se estaba construyendo la cercana ciudad de Séforis y allí se dedicarían, San José y Jesús –su hijo adoptivo- a diversas labores de artesanía: puertas, herrajes, yugos, ornamentación, etc. Hoy celebramos entonces el trabajo humano contemplando el ejemplo de José, maestro del trabajador Jesús.

San Josemaría es reconocido como el gran apóstol contemporáneo del trabajo, y decía al respecto (Amigos de Dios, 56):“el trabajo es una estupenda realidad, que se nos impone como una ley inexorable a la que todos, de una manera o de otra, estamos sometidos, aunque algunos pretendan eximirse. Aprendedlo bien: esta obligación no ha surgido como una secuela del pecado original, ni se reduce a un hallazgo de los tiempos modernos. Se trata de un medio necesario que Dios nos confía aquí en la tierra, dilatando nuestros días y haciéndonos partícipes de su poder creador, para que nos ganemos el sustento y simultáneamente recojamos frutos para la vida eterna (Jn 4,36): el hombre nace para trabajar, como las aves para volar (Jb 5,7)”.

En su viaje a Francia, Benedicto XVI (12-IX-2008) explicaba el ambiente cultural en que se movía el Señor: En el mundo griego el trabajo físico se consideraba tarea de siervos. El sabio, el hombre verdaderamente libre, se dedicaba únicamente a las cosas espirituales; dejaba el trabajo físico como algo inferior a los hombres incapaces de la existencia superior en el mundo del espíritu. (…) El mundo greco-romano no conocía ningún Dios Creador; la divinidad suprema, según su manera de pensar, no podía, por decirlo así, ensuciarse las manos con la creación de la materia. «Construir» el mundo quedaba reservado al demiurgo, una deidad subordinada. (..) Muy distinto era el Dios cristiano: Él, el Uno, el verdadero y único Dios, es también el Creador. Dios trabaja; continúa trabajando en y sobre la historia de los hombres. En Cristo entra como Persona en el trabajo fatigoso de la historia”.

El trabajo es una participación en la obra de Dios. Señor: te damos gracias por estas enseñanzas, por hacernos asequible el camino de la santidad, de la identificación contigo, precisamente a través del trabajo cotidiano. ¡Cuánto tiempo habremos pasado sin conocer esta realidad estupenda! Y qué gozo la primera vez que nos enteramos de que no hacía falta abandonar ese ideal humano que nos atraía –la medicina, la música, la literatura, las matemáticas, el deporte, los viajes, la amistad- para estar cerca de ti.

Hoy podemos pensar en nuestro trabajo personal. Para muchos puede ser el estudio, la preparación para el futuro desempeño profesional: ¿cómo lo realizamos? ¿Con ilusión, esfuerzo, empeño, puntualidad? ¿O con pereza, distracciones, retrasos, mediocridad? En este rato de oración delante del Señor, comprometámonos con Él –quizá una vez más-  en que revisaremos el horario para hacerlo más exigente, en que comenzaremos y terminaremos a tiempo, en que lucharemos para rechazar las tentaciones, para no abrir más ventanas de las necesarias en el computador –quizá basta con dos como máximo-, en que retrasaremos la revisión del correo y la navegación en Internet para cuando hayamos acabado los deberes…

Cada uno sabrá qué le pide el Señor para santificar su trabajo y procurará formular propósitos para avanzar en ese camino. Quizá comenzar por proponerse trabajar más, como aconseja San Josemaría (Forja, n. 698):“Si queremos de veras santificar el trabajo, hay que cumplir ineludiblemente la primera condición: trabajar, ¡y trabajar bien!, con seriedad humana y sobrenatural”.

Me parece significativa una anécdota de Edith Stein, aquella filósofa judía que moriría mártir, ya cristiana, en un campo de concentración nazi: una tarde de verano cogió el 'Libro de su vida', de Santa Teresa, y lo leyó en una noche para terminar reconociendo: "¡Esto es la verdad!" Se decidió a bautizarse en la Iglesia Católica. Sus primeros pasos en la fe estuvieron marcados por el trabajo: estudió varios libros (los escritos de Santa Teresa, la “Iniciación al cristianismo” de Kierkegaard, literatura cristiana, Nuevo Testamento incluido...). La mañana siguiente a la lectura que reorientó su vida se compró un catecismo católico y un misal para estudiarlos concienzudamente. Su biógrafa concluye que, “junto al testimonio de la vida y la confesión de fe de determinados cristianos se sitúa la adquisición intelectual autodidacta y el hacerse a la liturgia de la Iglesia” (Cf. Ranff Viki, Edith Stein en busca de la verdad. Palabra, Madrid 2005, p. 117-8).

Concluyamos con otras palabras del Papa alemán sobre el trabajo, tomadas de una predicación en la fiesta de San José –su santo- (19-III-2006):“El trabajo reviste importancia primaria para la realización del hombre y para el desarrollo de la sociedad, y por esto es necesario que se organice y desarrolle siempre en el pleno respeto de la dignidad humana y al servicio del bien común. Al mismo tiempo, es indispensable que el hombre no se deje someter por el trabajo, que no lo idolatre, pretendiendo hallar en él el sentido último y definitivo de la vida”.

Y explica cómo debe ser un trabajo que dignifique al ser humano: “se necesita vivir una espiritualidad que ayude a los creyentes a santificarse a través del propio trabajo, imitando a San José, que cada día tuvo que proveer a las necesidades de la Sagrada Familia con sus manos y a quien por ello la Iglesia señala como patrono de los trabajadores. Su testimonio muestra que el hombre es sujeto y protagonista del trabajo. (…) Que junto a María, su Esposa, vele San José sobre todos los trabajadores y obtenga para las familias y para toda la humanidad serenidad y paz. Que contemplando a este gran Santo, los cristianos aprendan a testimoniar en todo ámbito laboral el amor de Cristo, fuente de solidaridad verdadera y de paz estable”.

viernes, marzo 19, 2010

San José, patrono de la vida interior

Celebramos hoy la solemnidad de San José, “patrono de la vida interior”. Podemos preguntarnos por qué es llamado de esa manera. Y me parece que la misma liturgia de la Misa nos da pistas para entenderlo. La antífona de entrada nos pone en contexto, al aplicar a José el piropo que da el Señor en una parábola a un santo: “este es el siervo prudente y fiel, a quien el Señor puso al frente de su familia”. Siervo bueno, justo, prudente, fiel, que tiene como encargo dirigir el hogar de Dios.

La oración colecta lo dice de modo más claro aún: “Dios todopoderoso, que quisiste poner bajo la protección de san José el nacimiento y la infancia de nuestro Redentor; concédele a tu Iglesia proseguir y llevar a término, bajo su patrocinio, la obra de la redención humana”. Es un gran calificativo para el Santo Patriarca: protector de las primicias de nuestra salvación, del nacimiento y la infancia de nuestro Redentor. Ya vamos captando una primera explicación de su patrocinio de la vida interior: él protegió el nacimiento y la infancia de Jesús. No alcanzamos a imaginarnos qué hubiera pasado sin su viaje a Egipto para liberar al Niño de la crueldad de Herodes, sin su apoyo material, sin su trabajo diario, sin su ejemplo y enseñanzas para Jesucristo, sin su protección. ¡Cuántos motivos para agradecerle, que nos haya cuidado el don más precioso que ha venido a la tierra!

El Prefacio resume su vocación diciendo que San José es “el hombre justo que diste por esposo a la Virgen Madre de Dios, el fiel y prudente servidor a quien constituiste jefe de tu familia para que, haciendo las veces de padre, cuidara a tu Hijo unigénito, concebido por obra del Espíritu Santo, Jesucristo, nuestro Señor”.

El Evangelio de la Misa nos presenta precisamente la historia de su vocación. El Evangelista Mateo (1, 16. 18-21. 24), que complementa al mejor narrador de la infancia de Jesús que es Lucas, nos cuenta lo siguiente: Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús llamado Cristo. De esta manera, se cumple lo que anunciaba el profeta Natán, como se lee en la primera lectura (2 Samuel 7, 4-5a. 12-14a. 16): «Ve y dile a mi siervo David: "Esto dice el Señor: Cuando hayas completado los días de tu vida y descanses con tus padres, suscitaré después de ti un linaje salido de tus entrañas y consolidaré su reino. Él edificará una casa en honor de mi nombre y yo mantendré el trono de su realeza para siempre. Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo. Tu casa y tu reino permanecerán para siempre en mi presencia y tu trono será firme también para siempre”. Esta profecía anuncia que el Mesías pertenecerá a la dinastía de David, a la cual pertenecía San José.

Volvamos al relato de Mateo: “La generación de Jesucristo fue así: María, su madre, estaba desposada con José, y antes de que conviviesen se encontró con que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo”. María estaba comprometida y, antes de que conviviesen, concibió virginalmente a Jesús. Es clara la intención de Mateo de mostrar la pureza inmaculada de María. Algunos autores, para resaltar esa idea, representan a José como un anciano. Pero a San Josemaría no le gustaba ese modo de proceder. Decía que no hace falta esperar a la vejez para vivir de modo casto.

Y predicaba, sobre la juventud y la castidad del Patriarca: “San José debía de ser joven cuando se casó con la Virgen Santísima, una mujer entonces recién salida de la adolescencia. Siendo joven, era puro, limpio, castísimo. Y lo era, justamente, por el amor. Solo llenando de amor el corazón podemos tener la seguridad de que no se encabritará ni se desviará, sino que permanecerá fiel al amor purísimo de Dios”. Patrono de la vida interior, porque nos enseña el valor de la pureza y nos alcanza del Señor la gracia para vivirla. Cuando sintamos los ramalazos de sensualidad, podremos acudir al José joven, puro, limpio, castísimo, para que nos enseñe a llenar el corazón de amor a Dios. ¡Cuánto querría José a su Esposa, al Niño, como Protector que era de las primicias de nuestra Redención!

Continúa el Evangelio: “Antes de que conviviesen se encontró con que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, como era justo y no quería exponerla a infamia, pensó repudiarla en secreto”. La llamada del Señor no está exenta de dudas, de tentaciones, de oscuridad, de Cruz. Así le pasó también a José. Quien se sabía llamado para vivir una vocación matrimonial con la mujer más perfecta de la creación, experimenta el misterio de Dios. Sabe que sucede algo misterioso, en el género del milagro. No duda un solo momento de la integridad de su Esposa. Se siente indigno de permanecer a su lado, al experimentar que Ella participa de una situación especial con Dios. ¡Cuánto habrá sufrido, al pensar que la mejor decisión era apartarse, para que María pudiera dedicarse por completo a su nueva llamada! Por eso la piedad popular considera esta escena como el primer dolor de San José. San Josemaría lo consideraba de esta manera: “¿Os imagináis a San José, que amaba tanto a la Santísima Virgen y sabía de su integridad sin mancha? ¡Cuánto sufriría viendo que esperaba un hijo!”

“Consideraba él estas cosas, cuando un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: —José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo”. El Señor premia la espera y la decisión generosa de José. Premia su fe y su humildad, como muchos siglos antes lo había hecho con Abraham, protagonista de la segunda lectura de la Misa de hoy, quien, “apoyado en la esperanza, creyó, contra toda esperanza”. “Solo la revelación de Dios Nuestro Señor, por medio de un Ángel, le tranquilizó. Había buscado una solución prudente: no deshonrarla, marcharse sin decir nada. Pero ¡qué dolor!, porque la amaba con toda el alma. ¿Os imagináis su alegría, cuando supo que el fruto de aquel vientre era obra del Espíritu Santo?”

El Señor premia la fe y la humildad de José, con la luz, con la revelación del ángel. Otra enseñanza más para nosotros, de nuestro Maestro de vida interior: cuando lleguen las dudas hay que tomar decisiones en la oración y contrastarlas con el consejo prudente de quien representa al Señor: la dirección espiritual. José había tomado la decisión más dura, y el Ángel le muestra por dónde quiere llevarlo Dios:

"Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados". No solamente le dice que siga considerando a María como su esposa, sino que le asigna un nuevo encargo: hacer las veces de padre con Jesús, que es lo que significa ponerle el nombre. El Señor premia siempre, justo en los puntos en los que ha exigido. Si a Abraham le pidió el sacrificio de su hijo, lo hace padre de muchas naciones. Si a José le demandó su amor matrimonial, lo convierte en Esposo y Padre de María y de Jesús, en Patrono de la Iglesia universal.

Al despertarse, José hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado. Es como la última faceta del retrato de José, que nos transmite el Evangelio, su obediencia pronta. Lo comentaba el Cardenal Ratzinger, que hoy celebra su santo: “Hace poco pude ver (…) un relieve procedente de un retablo portugués de la época barroca, en el que se muestra la noche de la fuga hacia Egipto. Se ve una tienda abierta, y junto a ella un ángel en postura vertical. Dentro, José, que está durmiendo, pero vestido con la indumentaria de un peregrino, calzado con botas altas como se necesitan para una caminata difícil. Si en primera impresión resulta un tanto ingenuo que el viajero aparezca a la vez como durmiente, pensando más a fondo empezamos a comprender lo que la imagen nos quiere sugerir. Duerme José, ciertamente, pero a la vez está en disposición de oír la voz del ángel (Mt 2,13ss). Parece desprenderse de la escena lo que el Cantar de los Cantares había proclamado: Yo dormía, pero mi corazón estaba vigilante (Cant 5,2). Reposan los sentidos exteriores, pero el fondo del alma se puede franquear. En esa tienda abierta tenemos una figuración del hombre que, desde lo profundo de sí mismo, puede oír lo que resuene en su interior o se lo diga desde arriba; del hombre cuyo corazón está lo suficientemente abierto como para recibir lo que el Dios vivo y su ángel le comuniquen”.

Concluimos con una oración a San José, tomada de San Josemaría (Forja, 553): “San José, Padre y Señor nuestro, castísimo, limpísimo, que has merecido llevar a Jesús Niño en tus brazos, y lavarle y abrazarle: enséñanos a tratar a nuestro Dios, a ser limpios, dignos de ser otros Cristos. Y ayúdanos a hacer y a enseñar, como Cristo, los caminos divinos –ocultos y luminosos–, diciendo a los hombres que pueden, en la tierra, tener de continuo una eficacia espiritual extraordinaria”.