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sábado, agosto 15, 2009

Asunción de la Virgen



Como Aurora rebosante de luz, Te encumbras en lo alto del Cielo, Sol resplandeciente y bellísima Luna, oh María. Hoy asciende al Trono de la gloria, la Reina del mundo, por gracia de su Hijo, que existe antes del lucero.

Celebramos hoy la fiesta de la Asunción de nuestra Señora. El año pasado, Benedicto XVI decía que esta Solemnidad “nos impulsa a elevar la mirada hacia el cielo. No un cielo hecho de ideas abstractas, ni tampoco un cielo imaginario creado por el arte, sino el cielo de la verdadera realidad, que es Dios mismo: Dios es el cielo. Y Él es nuestra meta, la meta y la morada eterna, de la que provenimos y a la que tendemos (...). Es una ocasión para ascender con María a las alturas del espíritu, donde se respira el aire puro de la vida sobrenatural y se contempla la belleza más auténtica, la de la santidad”. En su carta de agosto, el Prelado del Opus Dei invita a hacer examen sobre nuestro espíritu contemplativo: “¿Cómo y con qué asiduidad recurrimos a la Virgen para proceder siempre y en todo con sentido sobrenatural? ¿Pedimos a nuestra Madre que crezca en nuestras almas el espíritu contemplativo?”

Elevada por encima de los Ángeles, y sobre los coros celestiales, es la única Mujer que transciende de los méritos de todos los Santos. San Juan Damasceno, el más ilustre transmisor de esta tradición, compara la asunción de la Virgen con sus demás privilegios: «Convenía que aquella que en el parto había conservado intacta su virginidad conservara su cuerpo también después de la muerte libre de la corruptibilidad. Convenía que aquella que había llevado al Creador como un niño en su seno tuviera después su mansión en el cielo. Convenía que la esposa que el Padre había desposado habitara en el tálamo celestial. Convenía que aquella que había visto a su Hijo en la cruz y cuya alma había sido atravesada por la espada del dolor, del que se había visto libre en el momento del parto, lo contemplara sentado a la derecha del Padre. Convenía que la Madre de Dios poseyera lo mismo que su Hijo y que fuera venerada por toda criatura como Madre y esclava de Dios.»

Pío XII, después de hacer esa cita, resume los motivos de fondo que justifican la Asunción de nuestra Madre: primero, la solidaridad con su Hijo (“asociada generosamente a la obra del divino Redentor”). También nosotros podemos asociarnos con generosidad a la redención, por medio de nuestros pequeños –o grandes- sacrificios: una sonrisa, pasar por alto impertinencias y defectos de los que conviven con nosotros, dar buen ejemplo, hacer apostolado…

Además, el Papa que proclamó este dogma presenta la antítesis con Eva (“los santos padres presentan a la Virgen María como la nueva Eva, asociada al nuevo Adán, íntimamente unida a él, aunque de modo subordinado, en la lucha contra el enemigo infernal”). En el evangelio de la Misa del día, la Virgen alaba a Dios “porque ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso, cuyo nombre es Santo”: Se opone a la soberbia del demonio, representado en la primera lectura: el dragón del Apocalipsis es adversario de Dios en el AT y se identifica con la serpiente de Gn 3, a la que se le anunció su derrota a manos del hijo de la Mujer.

Y por eso, el Papa proclamaba solemnemente (Pio XII, Const. Apost. Munificentissimus Deus, l-XI-1950): Pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial.

Al que había dado calor en su seno y colocado en un pesebre, lo contempla ahora, como Rey del Universo, desde la gloria del Padre. Como escribió San Josemaría, misterio de amor es éste. La razón humana no alcanza a comprender. Sólo la fe acierta a ilustrar cómo una criatura haya sido elevada a dignidad tan grande, hasta ser el centro amoroso en el que convergen las complacencias de la Trinidad. Sabemos que es un divino secreto. Pero, tratándose de Nuestra Madre, nos sentimos inclinados a entender más —si es posible hablar así— que en otras verdades de fe [Cristo que pasa, 171].

Nuestra Madre está en el Cielo. Nos ha precedido y allí nos aguarda. Nos alcanza del Señor las gracias necesarias para lograrlo. Cuántas conversiones se basan en esta presencia maternal de la Virgen, que es como un sello de nuestra fe cristiana: cuenta una de las primeras mujeres del Opus Dei en Kenia que Chepkoetch es una muchacha africana perteneciente a la tribu kalenjin. Un día explicó -recordando el paganismo de sus antepasados- cómo entre su gente siempre se había adorado a un solo Dios, que para ellos estaba en el sol. Le ofrecían, en el día más largo del año, el cordero más blanco de los rebaños. En tiempos de su abuela llegaron misioneros católicos y protestantes, y su abuela iba una semana a escuchar las explicaciones de una misión y a la siguiente las de la otra. Y fue la Madre de Dios la que hizo que se convirtiera a la fe católica, después de algún tiempo. Pensó -entre otras muchas razones- que la religión que tenía una Madre como la Virgen María debía ser la mejor de todas.

El canto del Magnificat, que es el Evangelio de la Misa del día, es –según Benedicto XVI- un retrato, un verdadero icono de María, en el que podemos verla tal cual es. Karris explica que, en el Magnificat, María glorifica a Dios (“María exclamó: —Proclama mi alma las grandezas del Señor, y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador”) por lo que está haciendo a favor de los hombres mediante su hijo. Se regocija porque la promesa se cumplió. Dios puso los ojos en la humildad de su esclava (He aquí la esclava del Señor, había dicho), por eso la llamarán bienaventurada todas las generaciones (la primera de las cuales es la de Isabel: bienaventurada tú, que has creído, le había dicho al saludarla).

“Su misericordia se derrama de generación en generación sobre los que le temen”, lo que Dios hizo en María se universaliza ahora… Protegió a Israel su siervo, recordando su misericordia, como había prometido a nuestros padres”: Dios es fiel. El cumplimiento definitivo será el nacimiento de Jesús.

Terminamos acudiendo a nuestra Madre con el Himno que hemos meditado a lo largo de esta oración: “Ruega por nosotros a tu Hijo oh Virgen de las vírgenes, para que, ya que Tú le diste de lo nuestro, Él nos conceda de lo Suyo”.

viernes, agosto 15, 2008

Asunción de María

Canta la liturgia en honor de la Asunción: “Oh Virgen María, alegría del mundo y estrella nueva del Cielo, que engendraste al Sol, de Quien Tú misma eres creadora: no dejes de acercar tu mano y auxiliar al caído. Puesto que nadie ignora que Tú eres la Escala tendida por Dios, por medio de la cual el Verbo descendió al mundo ayúdanos a escalar hasta la cumbre del Cielo. El coro beatísimo de los Ángeles y el de los Apóstoles y los Profetas, te admiran como la Criatura más alta y noble, después de Dios”. La Misa de hoy comienza con esta antífona: “Alegrémonos todos en el Señor y alabemos al Hijo de Dios, junto con los ángeles, al celebrar hay la Asunción al cielo de nuestra Madre, la Virgen María”.

Y en la oración colecta se resumen nuestros sentimientos de este día: “Dios todopoderoso y eterno, que hiciste subir al cielo en cuerpo y alma a la inmaculada Virgen María, Madre de tu Hijo; concédenos vivir en este mundo sin perder de vista los bienes del cielo y con la esperanza de disfrutar eternamente de su gloria”. La confianza en esa Escalera tendida por Dios, que no deja de acercar su mano y de auxiliar al caído, nos ayuda a poner los ojos donde tienen que estar: en la vida eterna, en la gloria divina.

Ya en el siglo IV un texto de San Efrén afirma que el cuerpo de la Virgen no sufrió corrupción, que puede interpretarse como una de las primeras alusiones a esta fiesta. También lo sugieren San Ambrosio y San Gregorio de Nisa. Y con toda claridad lo afirma San Epifanio. A mediados del siglo VI ya se celebraba en Oriente la fiesta de la koimesis o Dormición de la Virgen, recuerdo del “tránsito” de María al Cielo. En el siglo VII quedó definitivamente establecida en Roma como fiesta de la “Asunción de Santa María”, con toda la solemnidad. 

En 1950, Pío XII proclamó la constitución Munificentissimus Deus, en la que afirmaba que es “dogma divinamente revelado que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial”. Antes de proclamar el dogma, este Papa hizo lo mismo que su antecesor Pío IX había hecho en 1854, para proclamar el dogma de la Inmaculada Concepción con la bula Ineffabilis Deus: consultó a todo el episcopado, para que quedara claro que el fundamento de la proclamación del dogma era la fe católica. Como escribe Bastero, “toda la Iglesia –docente y discente- creía la Asunción de la Virgen como verdad revelada por Dios”.

El significado teológico de esta fiesta consiste en creer que María es la primera redimida por su Hijo. La perfección con que fue redimida abarca toda su existencia, desde la Concepción Inmaculada hasta su glorificación, que hoy celebramos: la Asunción a los cielos y su consideración como Reina. Por eso van unidas las dos fiestas: justo una semana después, el 22 de agosto, se celebra la fiesta de María Reina. Lo enseñaba Pablo VI: “la solemnidad de la Asunción se prolonga jubilosamente en la celebración de la fiesta de la realeza de María, que tiene lugar ocho días después y en la que se contempla que ella, sentada junto al rey de los siglos, resplandece como reina e intercede como madre”

El fundamento de esta gloria es su maternidad divina y humana: por su unión con Jesús, recibió de modo especial las gracias que Él nos alcanzó. Esto explica todos los dogmas marianos: la Inmaculada Concepción, la virginidad perpetua, la maternidad divina, su Asunción a los cielos.

Por eso canta la Iglesia: “Como Aurora rebosante de luz, te encumbras en lo alto del Cielo, Sol resplandeciente y bellísima Luna, oh María. Hoy asciende al Trono de la gloria la Reina del mundo, por gracia de su Hijo, que existe antes del lucero. Elevada por encima de los Ángeles, y sobre los coros celestiales, es la única Mujer que transciende de los méritos de todos los Santos. Al que había dado calor en su seno y colocado en un pesebre, lo contempla ahora, como Rey del Universo, desde la gloria del Padre”. 

También lo recuerda el Catecismo de la Iglesia en el punto 966: “Finalmente, la Virgen Inmaculada, preservada libre de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue llevada a la gloria del cielo y elevada al trono por el Señor como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los Señores y vencedor del pecado y de la muerte” (LG 59; cf. DS 3903). 

La Asunción de la Santísima Virgen constituye una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos: En tu parto has conservado la virginidad, en tu dormición no has abandonado el mundo, oh Madre de Dios: tú te has reunido con la fuente de la Vida, tú que concebiste al Dios vivo y que, con tus oraciones, librarás nuestras almas de la muerte (Liturgia bizantina, Tropario de la fiesta de la Dormición)”.

El fundamento escriturístico lo encontramos en las lecturas de la fiesta: Una mujer vestida de sol, la luna a sus pies. (Ap 11, 19a; 12, 1-6a.10ab). También el Salmo 44: de pie, a tu derecha, está la reina. Escucha hija, mira y pon atención; olvida tu pueblo y la casa de tus padres. Has cautivado al rey con tu hermosura; él es tu Señor, inclínate ante él. En medio de festejos y cantos, entran en el palacio real. Y la primera carta a los corintios (15, 20-27): Resucitó primero Cristo, como primicia; después los que son de Cristo.

Terminamos con la oración para después de la comunión: Tú que nos has hecho participes de este sacramento de vida eterna, concédenos, Señor, por intercesión de la Virgen María en este día de su Asunción al cielo, alcanzar la gloria de la resurrección.

miércoles, agosto 23, 2006

San Bartolomé, un hombre sin doblez ni engaño.


(24 de agosto) En la Antífona de entrada se nos pide: Anuncia, día tras día, que la salvación viene de Dios; proclama sus maravillas a todas las naciones. En respuesta nosotros suplicamos, en la Oración colecta, fortaleza para nuestra fe, sinceridad como la de Bartolomé y eficacia en el apostolado de la Iglesia: «Fortalece, Señor, nuestra fe para que sigamos a Cristo con la misma sinceridad de san Bartolomé, apóstol; y concédenos, por su intercesión, que la Iglesia sea un instrumento eficaz de salvación para todos los seres humanos».
La primera lectura de la fiesta está tomada del Apocalipsis (21,9-14), donde el ángel le dice a san Juan: —Ven, te mostraré a la novia, la esposa del Cordero. Y el autor describe la visión del nuevo mundo, después de que se ha vencido el mal definitivamente: Me llevó en espíritu a un monte de gran altura y me mostró la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo de parte de Dios, reflejando la gloria de Dios: su luz era semejante a una piedra preciosísima, como la piedra de jaspe, transparente como el cristal. Tenía una muralla de gran altura con doce puertas, y sobre las puertas doce ángeles y unos nombres escritos que son los de las doce tribus de los hijos de Israel. Tres puertas al oriente, tres puertas al norte, tres puertas al sur y tres puertas al occidente. La muralla de la ciudad tenía doce pilares y en ellos los doce nombres de los doce apóstoles del Cordero.
La iglesia, esposa del Cordero, baja del cielo. Es un regalo de la Trinidad a los hombres. También es la continuación del pueblo elegido, es el nuevo Israel (por eso los nombres de las doce tribus). La continuidad en el tiempo la darán los doce pilares de la ciudad: los doce apóstoles, uno de los cuales es san Bartolomé, cuya fiesta celebramos hoy.
También nosotros somos Discípulos y queremos decir, como el salmista (Sal 144): Señor, que tus obras te den gracias, y tus fieles te bendigan; que proclamen la gloria de tu reinado y hablen de tus hazañas. Que den a conocer a los hombres tus proezas, la gloria y el esplendor de tu reinado. Podemos examinar cómo aprovechamos apostólicamente las circunstancias en las que se habla de la Iglesia, aunque sea burlándose de ella. A cuántas personas hemos procurado acercar a la Iglesia, a los sacramentos, a la dirección espiritual.
El Evangelista san Juan nos cuenta al comienzo de su relato (1,45-51) la historia de la vocación de san Bartolomé: Felipe encontró a Natanael y le dijo: —Hemos encontrado a aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los Profetas: Jesús de Nazaret, el hijo de José. Entonces le dijo Natanael: —¿De Nazaret puede salir algo bueno?—Ven y verás –le respondió Felipe. Aprendamos del ejemplo de este Apóstol, que no se arredra ante la descortés negativa inicial de su amigo, que deberá superar los prejuicios pueblerinos. Felipe tiene fe en que aquel joven rabino es el Mesías, y por eso lo anuncia con valentía. Pensemos a quién podríamos decir, como a Natanael —Ven y verás.
Señor, en esta escena también aprendemos de ti a tratar a las personas. Quizá nosotros hubiéramos reaccionado con soberbia al saber del comentario irrespetuoso del cananeo, tal vez con otra observación acerca de los defectos de su pueblo. Tu reacción, en cambio, es de completa acogida: Vio Jesús a Natanael acercarse y dijo de él: —Aquí tenéis a un verdadero israelita en quien no hay doblez.
¡Cuánto habrías rezado al Padre, Señor, por esa vocación! ¡Qué bien conocías de su ánimo impetuoso ―como el de Pedro―, que sería muy importante para defender el Evangelio por media Asia después de tu ascensión  a los cielos! Y, quizás para que supiéramos del valor que le das a esa virtud, lo defines con su sencillez, con su sinceridad, con su humildad. —Aquí tenéis a un verdadero israelita en quien no hay doblez. Por eso decíamos que la colecta de la Misa centra su petición en que nos hagas sinceros como él: «Fortalece, Señor, nuestra fe para que sigamos a Cristo con la misma sinceridad de san Bartolomé».
 Le contestó Natanael: —¿De qué me conoces? Respondió Jesús y le dijo: —Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi. Uno de los misterios que solo sabremos en el cielo es este: ¿qué pensaba Natanael cuando estaba debajo de la higuera, para que Jesús se refiriera justo a ese momento como la clave para que entendiera con quién estaba hablando? No solo es misteriosa la afirmación de Jesús, sino también el cambio de actitud del nuevo apóstol. Respondió Natanael: —Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.
Parte de esa virtud que Jesús valora en Bartolomé es precisamente la humildad para reconocer que estaba en el error, para acoger en su vida la verdad de Dios. Pero no se trata de un simple cambio de idea, sino de aceptar el proyecto del Señor para él, de cambiar su derrotero y seguir a Jesús hasta dar la vida en el martirio.
El Señor eleva la mirada de los apóstoles, citando una profecía de Daniel. Contestó Jesús: —¿Porque te he dicho que te vi debajo de la higuera crees? Cosas mayores verás. Y añadió: —En verdad, en verdad os digo que veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del Hombre. Confirma que Él es el Mesías, que está acompañado por el Padre, como Jacob en el sueño de la escala; pero también anuncia que en Él se cumplirán las profecías sobre el Hijo del Hombre: los discípulos ―nosotros también― debemos acompañarlo en su entrega sacerdotal, hasta el sacrificio de la Cruz.
Pocos días después, esos jóvenes seguidores de Jesús creerían en Él al ver cómo convertía quinientos litros de agua en vino de la mejor calidad. Y lo haría precisamente en Caná, la tierra de Natanael. Podría tomarse como un detalle con ese muchacho hasta pocos días antes cegado por el regionalismo. Pero sabemos también que la principal protagonista de ese pasaje es la Madre de Dios. La Virgen adelantó el momento de los signos de su Hijo y, de esa manera, también aceleró la fe de aquellos seguidores para que fueran idóneos de la vocación de Apóstoles.
También a Ella acudimos para que nos alcance del Señor las gracias necesarias que hemos pedido en esta celebración: «Fortalece, Señor, nuestra fe para que sigamos a Cristo con la misma sinceridad de san Bartolomé, apóstol; y concédenos, por su intercesión, que la Iglesia sea un instrumento eficaz de salvación para todos los seres humanos».