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sábado, noviembre 09, 2013

La resurrección de los muertos

Estamos llegando al final del año litúrgico. En el mes de noviembre, la Iglesia nos invita a considerar las verdades eternas: la muerte, el juicio, el cielo, el purgatorio y el infierno. Por eso comenzamos el mes venerando a todos los santos e, inmediatamente después, pidiendo por el descanso eterno de todos los fieles difuntos.

Los últimos domingos del tiempo ordinario consideramos las controversias finales de Jesús en Jerusalén, los días previos a su pasión y a su muerte. Después de la entrada triunfal del domingo de ramos, san Lucas presenta cuatro controversias y una parábola: los miembros del Sanedrín le preguntan a Jesús por el origen de su autoridad ―a lo que Él responde que antes le digan de dónde provenía la misión de Juan―; después el Señor narra la parábola de los viñadores homicidas; la segunda discusión es sobre el impuesto al César. Por último, el mismo Jesús formula un enigma que remite a la primera pregunta, sobre la fuente de su autoridad.

En la tercera polémica, que consideramos este domingo, aparece un grupo muy peculiar: el de los saduceos (Lc 20,27-38). Se le acercaron algunos de los saduceos que niegan la resurrección y le preguntaron… Aunque no tenemos muchos documentos históricos, debido a su desaparición a manos romanas en el año 70, sabemos que los saduceos eran un grupo de judíos poderosos, tanto laicos como sacerdotes (mientras los fariseos representaban a las clases populares). Gracias a su poder de mediación ante los gobernantes de turno, siempre tuvieron en sus manos el cargo del sumo sacerdote y, por tanto, el control del Templo y del Sanedrín. Su ideología, que buscaba compatibilizar el amor a Dios y a la ley con la apertura a la cultura griega, se caracterizaba por negar la vida después de la muerte (como resume san Lucas al presentar la controversia).

Pero vayamos a la pregunta que los saduceos le hicieron a Jesús. Se trata de un caso hipotético, que raya en lo ridículo, una historia con la que se burlaba de quienes –como los escribas, los esenios de Qumrán y los fariseos- creían en la resurrección de los muertos:—Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si muere el hermano de alguien dejando mujer, sin haber tenido hijos, su hermano la tomará por mujer y dará descendencia a su hermano.
Se refieren a la ley del levirato (Dt 25,5), que manifestaba el deseo de sobrevivir en los hijos, y con base en la cual formulan su conspicua argumentación: Pues bien, eran siete hermanos. El primero tomó mujer y murió sin hijos. Lo mismo el segundo. También el tercero la tomó por mujer. Los siete, de igual manera, murieron sin dejar hijos. Después murió también la mujer. Entonces, en la resurrección, la mujer ¿de cuál de ellos será esposa?, porque los siete la tuvieron como esposa.

Con esta historia, los saduceos se morían de la risa al ridiculizar las creencias que ―según ellos― no estaban el Pentateuco y dejaban a los creyentes en aparente desventaja. El pueblo estaría expectante para ver cómo respondía Jesús ante semejante planteamiento. Jesús les dijo: —Los hijos de este mundo, ellas y ellos, se casan; sin embargo, los que son dignos de alcanzar el otro mundo y la resurrección de los muertos, no se casan, ni ellas ni ellos. El rabino recurre a sus dotes dialécticas para resolver por superación un caso tan ramplón, que limitaba la vida eterna al ejercicio de la sexualidad. Enseña que la vida gloriosa no es una simple continuación material del discurrir terreno, sino una vida nueva, en la cual queda superada la necesidad del matrimonio para la prolongación de la especie.

Para profundizar en su argumentación, el Señor avanza: Porque ya no pueden morir otra vez, pues son iguales a los ángeles e hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección. Con estas palabras, insistía en la existencia de los seres angélicos, pues los saduceos ―en su concepción materialista de la vida― también negaban la existencia de los ángeles y los demonios (al menos, de los ángeles custodios, cf. Hch 23,28).

Y como este grupo de personajes, que en realidad terminaron siendo los más encarnizados enemigos de Jesús, solo creían en el Pentateuco, el Señor les arguye con un texto del Éxodo (3,6): Que los muertos resucitarán lo mostró Moisés en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor Dios de Abrahán y Dios de Isaac y Dios de Jacob. Pero no es Dios de muertos, sino de vivos; todos viven para Él. Dios de vivos. Para el cual todos viven. Así concluye la discusión, en el contexto de su cercana pascua. Jesús les recuerda la Alianza de Dios con los patriarcas, a la cual el Señor siempre ha sido fiel. Y esa fidelidad reclama la continuidad más allá de la muerte, que no puede ser más fuerte que Dios (cf. Rossé).

Es lo que reclama el segundo libro de los macabeos (7,1-2.9-14)―considerado no canónico por los saduceos―, que relata el martirio de los siete hermanos con su madre: En aquellos días, arrestaron a siete hermanos con su madre. El rey los hizo azotar con látigos y nervios para forzarlos a comer carne de cerdo, prohibida por la Ley. Uno de ellos habló en nombre de los demás: –¿Qué pretendes sacar de nosotros? Estamos dispuestos a morir antes que quebrantar la ley de nuestros padres. El segundo, estando para morir, dijo: –Tú, malvado, nos arrancas la vida presente; pero, cuando hayamos muerto por su ley, el rey del universo nos resucitará para una vida eterna. Después se divertían con el tercero. Invitado a sacar la lengua, lo hizo en seguida y alargó las manos con gran valor. Y habló dignamente: –De Dios las recibí y por sus leyes las desprecio; espero recobrarlas del mismo Dios. El rey y su corte se asombraron del valor con que el joven despreciaba los tormentos. Cuando murió éste, torturaron de modo semejante al cuarto. Y cuando estaba para morir, dijo: –Vale la pena morir a manos de los hombres cuando se espera que Dios mismo nos resucitará. Tú, en cambio, no resucitarás para la vida. Esta familia entrega su vida a manos del invasor porque confía en la resurrección de los justos y el castigo de los malvados más allá de la muerte.

De ahí proviene la fe de los cristianos, que se plasma en el último artículo del Credo, sobre  la resurrección de la carne: «Creer en la resurrección de los muertos ha sido desde sus comienzos un elemento esencial de la fe cristiana. “La resurrección de los muertos es esperanza de los cristianos; somos cristianos por creer en ella” (Tertuliano): ¿Cómo andan diciendo algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos? Si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si no resucitó Cristo, vana es nuestra predicación, vana también vuestra fe… ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron (1Co 15, 12 - 14. 20)» (n.991). En esto consiste la esperanza cristiana, virtud sobre la que podemos detenernos en nuestro diálogo con el Dios de vivos.

Se trata de un tema del que poco se habla en el mundo de hoy. Y del que estamos muy necesitados. Por eso, Benedicto XVI consideró oportuno dedicarle toda una encíclica, la Spe salvi. En ella, resumía la búsqueda del ser humano a lo largo de la historia de una esperanza que justifique dedicarle la vida: en el plano personal, el amor o el éxito; en la dimensión universal, la ciencia o el progreso. Sin embargo, cuando estas esperanzas se cumplen, se ve claramente que esto, en realidad, no lo era todo. Está claro que el hombre necesita una esperanza que vaya más allá. Es evidente que sólo puede contentarse con algo infinito, algo que será siempre más de lo que nunca podrá alcanzar.

Las esperanzas humanas, sobre todo cuando están encerradas en el hombre mismo, tienen una gran posibilidad de fracaso. Y eso explica el pesimismo de muchos contemporáneos. ¡Tienen razón para ser pesimistas! No podemos confiar ni de nosotros mismos. Todos tenemos experiencia del pecado original, en nuestro interior y también alrededor. Pero el mensaje de Jesús sale a nuestro encuentro: su Padre es un Dios de vivos; todos viven para Él. Y por eso el papa Benedicto podía decir en su encíclica: Sin la gran esperanza, que ha de superar todo lo demás, aquellas no bastan. Esta gran esperanza sólo puede ser Dios, que abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros por sí solos no podemos alcanzar. Dios es el fundamento de la esperanza; pero no cualquier dios, sino el Dios que tiene un rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo, a cada uno en particular y a la humanidad en su conjunto.

Sin embargo, esta formulación puede quedarse en el pasado, en el siglo I de nuestra era. Puede no decirnos nada a nosotros mismos, si nos lo proponemos. Hace falta hacerse cargo de ese amor dirigido a nosotros. Dejarse querer por Dios. Salir a su encuentro. Allí está la raíz de la verdadera esperanza. Miremos cómo define la esperanza el Catecismo de la iglesia: «es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo» (n. 1817).

Por eso es virtud teologal, porque su origen, su motivación y su contenido están en el mismo Dios, en la vida sobrenatural con Él, para siempre: Su reino no es un más allá imaginario, situado en un futuro que nunca llega; su reino está presente allí donde Él es amado y donde su amor nos alcanza. Sólo su amor nos da la posibilidad de perseverar día a día con toda sobriedad, sin perder el impulso de la esperanza, en un mundo que por su naturaleza es imperfecto.

La esperanza cristiana mira lejos, a la vida eterna y, precisamente por eso, tiene alcance histórico. Ilumina el día a día. Le da sentido al trabajo: cumplimos una misión divina, reconciliar el mundo con Dios, y esperamos entregarle un mundo mejor a la próxima generación. En ese esfuerzo nos sabemos mirados y asistidos por Dios, que nos garantiza el triunfo final, que es compatible con las derrotas parciales en nuestras batallas cotidianas. Y por ese motivo el cristiano es optimista, alegre, esperanzado: porque sabe que Dios le ama y le espera al final de su vida. Sabe que, como dice el Señor en el Evangelio que estamos considerando, todos viven para Él: “Es tiempo de esperanza, y vivo de este tesoro. No es una frase, Padre me dices, es una realidad”. Entonces..., el mundo entero, todos los valores humanos que te atraen con una fuerza enorme amistad, arte, ciencia, filosofía, teología, deporte, naturaleza, cultura, almas..., todo eso deposítalo en la esperanza: en la esperanza de Cristo (San Josemaría, Surco, n.293).

En la encíclica sobre la esperanza, Benedicto XVI formula unos «lugares» en los que se aprende y se ejercita esa virtud teologal. Considerémoslos en nuestro diálogo con el Señor, para que nos sirva de punto de examen y nos ayuden a formular algún propósito concreto:

- la oración, en primer lugar: Cuando ya nadie me escucha, Dios todavía me escucha. Cuando ya no puedo hablar con ninguno, ni invocar a nadie, siempre puedo hablar con Dios. Si ya no hay nadie que pueda ayudarme -cuando se trata de una necesidad o de una expectativa que supera la capacidad humana de esperar-, Él puede ayudarme (n.32).

- en segundo término, el actuar y el sufrir. Esforzarnos por cambiar el mundo, por iluminarlo, para ayudar a los otros, nos hace ejercitar la esperanza y nos convierte en ministros de esa virtud para las demás personas. Esa actuación incluye la aceptación del dolor y el sufrimiento. No se trata de masoquismo, sino de saber que la realidad humana incluye la cruz. Hay que luchar para disminuir las penas de la humanidad, desde luego; pero también hay que promover la aceptación del sufrimiento, ayudando a los pobres y a los enfermos con el consuelo y la caridad cristiana: Sufrir con el otro, por los otros; sufrir por amor de la verdad y de la justicia; sufrir a causa del amor y con el fin de convertirse en una persona que ama realmente, son elementos fundamentales de humanidad, cuya pérdida destruiría al hombre mismo (n.39).

En este mismo punto, Benedicto XVI aludía a la necesidad actual de la mortificación cristiana, un tema que para algunos parecía superado o innecesario: La idea de poder «ofrecer» las pequeñas dificultades cotidianas, que nos aquejan una y otra vez como punzadas más o menos molestas, dándoles así un sentido, eran parte de una forma de devoción todavía muy difundida hasta no hace mucho tiempo, aunque hoy tal vez menos practicada. ¿Qué quiere decir «ofrecer»? Estas personas estaban convencidas de poder incluir sus pequeñas dificultades en el gran com-padecer de Cristo, que así entraban a formar parte de algún modo del tesoro de compasión que necesita el género humano. De esta manera, las pequeñas contrariedades diarias podrían encontrar también un sentido y contribuir a fomentar el bien y el amor entre los hombres. Quizás debamos preguntarnos realmente si esto no podría volver a ser una perspectiva sensata también para nosotros (n.40).

Acudamos a la Virgen Santísima, Esperanza nuestra, para que nos ayude a ejercitar esa virtud teologal: que seamos almas de oración, de caridad, de sacrificio, que vivamos para el Señor, que es Dios de vivos. Pidámosle que nos encienda en el afán santo de habitar todos juntos en la casa del Padre. Nada podrá preocuparnos, si decidimos anclar el corazón en el deseo de la verdadera Patria: el Señor nos conducirá con su gracia, y empujará la barca con buen viento a tan claras riberas. (San Josemaría, Amigos de Dios, n.221).

miércoles, agosto 17, 2011

Los invitados a las bodas

1. En la recta final de su Evangelio, Mateo presenta a Jesús en el Templo, discutiendo con las autoridades judías. El maestro responde con tres “parábolas de juicio”, la última de las cuales vamos a contemplar en este rato de oración:  

—El Reino de los Cielos es como un rey que celebró las bodas de su hijo y envió a sus siervos a llamar a los invitados a las bodas.  

 Una vez más Jesús compara el Reino con un banquete nupcial, en línea con la predicación de los profetas que anunciaban el matrimonio del Señor –el Hijo- con su pueblo.
Pero éstos no querían acudir. Así somos, Señor. Tú nos invitas a gozar de tu intimidad divina y nosotros nos quedamos dedicados a lo nuestro. Nos inquieta que tus llamadas nos quiten nuestra alegría. Como si te tuviéramos miedo…
El Señor, que generosamente ha dispuesto su gran mesa –como dice Lucas en el pasaje paralelo- insiste una vez más, como había hecho en el Antiguo Testamento. Nuevamente envió a otros siervos diciéndoles: «Decid a los invitados: mirad que tengo preparado ya mi banquete, se ha hecho la matanza de mis terneros y mis reses cebadas, y todo está a punto; venid a las bodas»

Nos insistes para que nos dejemos querer, para que vayamos a la fiesta del amor. Pero nosotros ponemos trabas, nos hacemos los difíciles, como si te hiciéramos un favor. Encontramos oficios más interesantes. Incluso, intentamos apagar la voz de tu llamado recurriendo a la violencia: Pero ellos, sin hacer caso, se marcharon: quien a su campo, quien a su negocio. Los demás echaron mano a los siervos, los maltrataron y los mataron.
El banquete ha sido un verdadero fracaso. Quizá el Señor hubiera podido reaccionar olvidándose de compartir su riqueza, de abrir las puertas de su casa a los vecinos hasta que llegara un desagravio proporcional. Pero Dios actúa distinto a nosotros. Si bien castiga a los invitados originales, Luego les dijo a sus siervos: «Las bodas están preparadas pero los invitados no eran dignos. Así que marchad a los cruces de los caminos y llamad a las bodas a cuantos encontréis». 

2. La llamada se hace ahora universal, la invitación a todos aquellos que, si bien no pertenecían al grupo de los amigos, ahora pueden hacer parte de él. Basta una respuesta afirmativa a la vocación divina.
También ahora el Señor nos envía: marchad a los cruces de los caminos y llamad a las bodas a cuantos encontréis. Esa es nuestra misión de bautizados, llenar de invitados el banquete del Señor: Los siervos salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos; y se llenó de comensales la sala de bodas.  
Benedicto XVI muestra la necesidad imperiosa de esta labor: “La urgencia de la evangelización no está motivada tanto por la cuestión sobre la necesidad de conocer el Evangelio para la salvación individual de cada persona, cuanto más bien por esta gran concepción de la historia: para que el mundo alcance su meta, el Evangelio tiene que llegar a todos los pueblos”. (Joseph Ratzinger-Benedicto XVI, Jesús de Nazaret. Segunda parte, pp. 58-59).
Vocación al apostolado. Llamados para llamar. San Pablo era muy consciente de esa dimensión apostólica de su ministerio y por eso exclamaba: ¡Ay de mí, si no evangelizara! ¿Tenemos nosotros también esa urgencia de acercar a Dios a nuestros amigos? ¿Nos damos cuenta de que quien posee el tesoro de la amistad divina no puede quedarse con ella para sí mismo, sino que debe compartirla con cuantos se encuentre?
Apostolado de amistad. Cuentan del Beato John Henry Newman, que “era un hombre más bien reservado, pero de una extraordinaria talla intelectual y humana, tenía un gran número de amigos y mantenía su amistad sobre todo por la correspondencia: se conservan más de diez mil de sus cartas. Naturalmente, le ayudaban sus excepcionales dotes intelectuales: tenía mucho que contar y que compartir” (Cf. I. Ker, JHN, Una biografía). Cada uno a su modo, debemos sentir como dirigidas a nosotros esas palabras del Señor: marchad a los cruces de los caminos y llamad a las bodas a cuantos encontréis.
De este modo animaba San Josemaría a los cristianos que trabajan en medio de la calle: “Donde haya almas capaces de servir a Dios, allí hemos de estar presentes para llevarlas a Cristo. Hemos de hacer llegar a sus oídos esta invitación del Gran Rey: todo está a punto, venid al banquete. ¡Id a todos los caminos!, ¡que vayáis! Os lo he repetido tantas veces porque no es lo nuestro quedarnos en casa, sino acudir a todos los caminos, buscando las almas donde estén, para traerlas luego al Señor”. 

Aprovechemos esta meditación para sacar propósitos, para pensar en personas queridas a las que no hemos hecho partícipes de tanto gozo y pensemos cómo acercarlas a Dios: dándoles buen ejemplo, dialogando sobre sus dudas de fe, hablándoles de la oración, de la confesión, de la Eucaristía…
Los primeros invitados estaban pagados de sí mismos: no necesitaban alegrías ajenas, provenientes de otra persona. Les bastaba con sus negocios y con sus familias. Los otros no tienen nada, agradecen lo que les llegue. Reciben la invitación como quien se gana la lotería. Agradezcamos la liberalidad de Dios, que quiso llamarnos a “malos y buenos”, pues de otra manera, ¿cómo aspiraríamos tal dignidad? 

Así lo agradecía San Josemaría: ¿No os conmueve, hijos?: a todos llama el Señor. De ese montón eres tú y soy yo, de ésos que ha querido buscar en las encrucijadas de los caminos. Y hemos venido como estos hombres de la parábola: cojos, ciegos, sordos.
3. La parábola termina con un epílogo más exigente aún: Entró el rey para ver a los comensales, y se fijó en un hombre que no vestía traje de boda; y le dijo: «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin llevar traje de boda?» Pero él se calló.
El traje de boda es la vida de la gracia, el amor de Dios. San Gregorio Magno lo glosa diciendo: «¿Qué debemos entender por vestido nupcial, sino la caridad? Entra, pues, en las bodas, pero no lleva el vestido nupcial el que estando en la Iglesia católica tiene fe, pero le falta caridad».

Benedicto XVI cita precisamente estas palabras para referirse a la necesaria preparación para celebrar o participar en la Santa Misa: “deberíamos preguntarnos si llevamos puesto este vestido del amor. Pidamos al Señor que aleje toda hostilidad de nuestro interior, que nos libre de todo sentimiento de autosuficiencia, y que de verdad nos revista con el vestido del amor, para que seamos personas luminosas y no pertenezcamos a las tinieblas” (Homilía, 5-IV-2007).
Podemos examinar nuestra vida con otra reflexión de San Josemaría: “Me gusta comparar la vida interior a un vestido, al traje de bodas de que habla el Evangelio. El tejido se compone de cada uno de los hábitos o prácticas de piedad que, como fibras, dan vigor a la tela. Y así como un traje con un desgarrón se desprecia, aunque el resto esté en buenas condiciones, si haces oración, si trabajas..., pero no eres penitente —o al revés—, tu vida interior no es —por decirlo así— cabal” (Surco, 649).
Entonces el rey les dijo a los servidores: «Atadlo de pies y manos y echadlo a las tinieblas de afuera; allí habrá llanto y rechinar de dientes». Se trata de una llamada más a la vigilancia, con la amorosa amenaza para que sepamos dirigirnos al camino de la felicidad, rechazando los cantos de sirena que pretenden apartarnos de Dios. 

Así lo enseña, por ejemplo, el Concilio Vaticano II: “Como no sabemos ni el día ni la hora, es necesario, según el consejo del Señor, estar continuamente en vela. Así, terminada la única carrera que es nuestra vida en la tierra (cf. Hb 9,27), mereceremos entrar con él en la boda y ser contados entre los santos y no nos mandarán ir, como siervos malos y perezosos al fuego eterno, a las tinieblas exteriores, donde "habrá llanto y rechinar de dientes"(Mt 22,13   y 25, 30)" (LG, 48)”.
Antes de terminar, podemos pensar en el ejemplo de la Virgen, fiel a la llamada, siempre bien ataviada con su traje de Hija, Madre y Esposa de Dios. Que ella nos ayude a tomarnos en serio nuestra relación con el Señor. Que su ejemplo nos impulse a hacer apostolado. 

De esa manera, seremos menos indignos de la llamada, nos contaremos en el número de los elegidos de los que habla el Canon romano de la Misa: “iubeas grege numerari”. Y por ese camino escucharemos con alegría, no por nuestros méritos, sino por la misericordia infinita de Dios, la última enseñanza de este pasaje del Evangelio: Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos.

sábado, noviembre 14, 2009

Vida más allá de la muerte (Los novísimos)





A la salida del Templo, le dijeron a Jesús: “Maestro, ¡mira qué piedras y qué edificios!”. Siempre y en todas partes es habitual el regionalismo, la admiración de las grandes obras del propio pueblo. Explica la Biblia de Navarra que los judíos pensaban que el día del juicio del Señor sería terrible para los impíos, pero glorioso para los hebreos. La majestuosidad del Templo era señal de esa futura gloria. En este caso, el Señor no respondió con la típica afirmación diplomática del estilo: “es de los más bonitos que he visto”. Es más, corrige la interpretación en boga y añade que el Templo sería destruido. No se trataba de ser aguafiestas, sino de anunciar lo que le pasaría a Él mismo y a sus seguidores a lo largo de los siglos: también la predicación del Evangelio será en medio de lucha y contradicciones. En su libro Jesús de Nazaret, el Papa resalta que este discurso se pronuncia en el contexto previo a la Pasión y a la muerte en la Cruz.



El Señor habla de la llegada del Hijo del Hombre al final de los tiempos: en aquellos días, después de aquella tribulación, el sol se oscurecerá y la luna no dará su resplandor, y las estrellas caerán del cielo, y las potestades de los cielos se conmoverán. Entonces verán al Hijo del Hombre que viene sobre las nubes con gran poder y gloria. Y entonces enviará a los ángeles y reunirá a sus elegidos desde los cuatro vientos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo.



El año litúrgico suele traer estos textos apocalípticos para cerrar las últimas semanas, como una llamada a estar atentos para la llegada definitiva del Señor, pues nadie sabe de ese día y de esa hora: ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino el Padre.



Jesús aprovecha que hay un árbol de higos en las cercanías y predica con una parábola: Aprended de la higuera esta parábola: cuando sus ramas están ya tiernas y brotan las hojas, sabéis que está cerca el verano. Así también vosotros, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que es inminente, que está a las puertas. En verdad os digo que no pasará esta generación sin que todo esto se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. A partir del momento en que florece, la higuera tarda un mes en dar fruto. Así la Iglesia vivirá entre Adviento y Pascua. Como nadie conoce el momento preciso, hay que estar en vigilancia constante, en una confiada espera en el Señor (Howard V. y Peabody D.). El fundamento para esa “resistencia paciente” (Harrington D.), para esa constante vigilancia, es la expectación del eschaton, de la llegada de Cristo en su gloria.



Para fortalecer el cariz esperanzador de este pasaje, la liturgia lo relaciona, en la semana XXXIII, con el comienzo del capítulo 12 del libro de Daniel: “En aquel tiempo se levantará Miguel, el gran príncipe que está al frente de los hijos de tu pueblo". El profeta anuncia la salvación del pueblo de Dios por medio de Miguel, arcángel protector. Los inscritos en el libro son los fieles.

Este pasaje es una muestra de la fe en la Resurrección que comenzaba a madurar en el Antiguo Testamento. La Resurrección no será igual para todos: para unos, será de vida eterna; para otros, de eterna ignominia. Se concluye que los últimos tiempos comienzan con la muerte y resurrección de Cristo y la lucha ya no será entre naciones sino entre el maligno y la Iglesia del Resucitado. Lo importante no es la espera del fin del mundo, sino reconocer los signos humildes de la acción de Cristo resucitado (Léonard).



Lucha y contradicciones. Vigilancia y oración. Espera confiada, resistencia paciente. A todo eso nos debe mover el final de un año más. A prepararnos para el momento definitivo, que es cuando nos llegue el día de dar el paso a la vida eterna. Por eso la Iglesia predica sobre los novísimos, las cuatro verdades eternas. Juan Pablo II decía que “la Iglesia tampoco puede omitir, sin grave mutilación de su mensaje esencial, una constante catequesis sobre lo que el lenguaje cristiano tradicional designa como los cuatro novísimos del hombre: muerte, juicio (particular y universal), infierno y gloria. En una cultura, que tiende a encerrar al hombre en su vicisitud terrena más o menos lograda, se pide a los Pastores de la Iglesia una catequesis que abra e ilumine con la certeza de la fe el más allá de la vida presente; más allá de las misteriosas puertas de la muerte se perfila una eternidad de gozo en la comunión con Dios o de pena lejos de Él. Solamente en esta visión escatológica se puede tener la medida exacta del pecado y sentirse impulsados decididamente a la penitencia y a la reconciliación”.



En el libro “Cruzar el umbral de la esperanza” le preguntaban, precisamente: “¿El paraíso, el purgatorio y el infierno todavía "existen"?” Y el Papa polaco recordaba con gratitud la fuerza de la antigua predicación sobre estos temas: “¡Cuántas personas fueron llevadas a la conversión y a la confesión por estas prédicas y reflexiones sobre las cosas últimas! Además, hay que reconocerlo, ese estilo pastoral era profundamente personal: "Acuérdate de que al fin te presentarás ante Dios con toda tu vida, que ante Su tribunal te harás responsable de todos tus actos, que serás juzgado no sólo por tus actos y palabras, sino también por tus pensamientos, incluso los más secretos." Se puede decir que tales prédicas, perfectamente adecuadas al contenido de la Revelación del Antiguo y del Nuevo Testamento, penetraban profundamente en el mundo íntimo del hombre. Sacudían su conciencia, le hacían caer de rodillas, le llevaban al confesonario, producían en él una profunda acción salvífica".



Hay una vieja leyenda que nos puede ayudar a plantearnos el tema de la muerte. Se llama "El hombre que sabía el día de su muerte": Joven conde Rodolfo. Una fría tarde de octubre de 1321 se internó en el bosque, persiguiendo una presa difícil. Cuando ya empezaba a oscurecer, se encontró unas ruinas de lo que resultó ser una antigua capilla abandonada. A pesar del polvo y el desorden, decidió dormir allí. Entrada la noche, lo despertó un ruido de campanas y se encontró en un funeral. Preguntó por quién se celebraba y le respondieron que un joven caballero que se había perdido en el bosque y que había sido encontrado muerto ese día, 26 de octubre de 1371. El conde Rodolfo se estremeció y decidió acercarse al catafalco y descubrió que el muerto era ¡él mismo!, cincuenta años más viejo. Dio un grito de susto y... se despertó. Se dio cuenta de que el sueño era un aviso: moriría exactamente en 50 años.

Pensándolo bien, tomó una decisión: vivir 25 años de placeres y otros 25 de penitencia. Sintió que había pasado poco tiempo cuando descubrió que ya había pasado la primera mitad del plazo, que había dedicado a diversiones, cacerías, fiestas y también pecados. Tomó entonces una segunda decisión: dedicar los siguientes 15 años al placer y esperar los últimos 10 años para el arrepentimiento. Este período pasó más rápido aún que el primero, por lo que decidió hacer de nuevo una división del tiempo restante y así hasta que le quedaba una semana.

Citó para esos días a todos sus parientes con el fin de despedirse en una fiesta monumental, que duró varios días. Cuando llegó el 25 de octubre, y solo le quedaba una jornada, sintió que necesitaba descansar un poco para poder entonces confesarse, recibir la unción y la comunión y prepararse para la muerte.

Pero cuando ya estaba acostado sintió los dolores y pidió que llamaran al sacerdote. Mientras buscaban al párroco, el Conde Rodolfo comenzó a arrepentirse por haber desperdiciado 50 años mientras observaba lo rápido que bajaba la arena en su reloj de mesa, y se daba cuenta de que si el sacerdote no se daba prisa se quedaría sin la esperada reconciliación con Dios. Cuando escuchó el carruaje que traía al párroco, se dio cuenta de que era demasiado tarde: antes de que él entrara, sonó la campana que anunciaba el nuevo día. Desesperado, el Conde soltó un horrible alarido y... se despertó de verdad.

Con gran alivio, notó que estaba frente al crucifijo enmohecido de la capilla en ruinas, en mitad del bosque, donde había entrado solo unas horas antes para reposar. Pero el joven conde Rodolfo tomó en serio el misericordioso aviso. De ahí en adelante, buscó la santidad en medio de sus ocupaciones, acudió a la Misa y a la oración con frecuencia, tuvo gran devoción a la Santísima Virgen y procuró acercar a Dios a sus amigos. Mediante el examen de conciencia y la confesión frecuente, se mantuvo siempre preparado para el momento más importante de su vida: el día de su encuentro definitivo con Dios. (Inspirado en: Caballeros de la Virgen. Historias para niños... o adultos con fe. Bogotá 2006, p. 66-69)



Juan Pablo II explicaba que hoy día “la escatología es profundamente antropológica, pero a la luz del Nuevo Testamento está sobre todo centrada en Cristo y en el Espíritu Santo, y es también, en un cierto sentido, cósmica”. También afirmaba que “los hombres siguen teniendo esta convicción. Los horrores de nuestro siglo no han podido eliminarla: "Al hombre le es dado morir una sola vez, y luego el juicio" (cfr. Hebreos 9,27). Y que “desde siempre el problema del infierno ha turbado a los grandes pensadores de la Iglesia, desde los comienzos, desde Orígenes, hasta nuestros días, (…) ¿Puede Dios, que ha amado tanto al hombre, permitir que éste Lo rechace hasta el punto de querer ser condenado a perennes tormentos? Y, sin embargo, las palabras de Cristo son unívocas. En Mateo habla claramente de los que irán al suplicio eterno (cfr. 25,46). ¿Quiénes serán éstos? La Iglesia nunca se ha pronunciado al respecto. Es un misterio verdaderamente inescrutable entre la santidad de Dios y la conciencia del hombre”.



Para explicar el purgatorio se inspiraba en “las Obras místicas de san Juan de la Cruz. La "llama de amor viva", de la que él habla, es en primer lugar una llama purificadora. (…) No nos encontramos aquí frente a un simple tribunal. Nos presentamos ante el poder del mismo Amor. Es sobre todo el Amor el que juzga. Dios, que es Amor, juzga mediante el amor. Es el Amor quien exige la purificación, antes de que el hombre madure por esa unión con Dios que es su definitiva vocación y su destino”. Y éste es el Cielo, la comunión con el Hijo del Hombre de que nos habla el Evangelio de Marcos.


Acudimos a Santa María, para que pida por nosotros en los dos momentos más importantes de nuestra vida: “ahora y en la hora de nuestra muerte”. Amén.



sábado, julio 25, 2009

Peregrinos: muerte y esperanza


 Santa Misa de funeral.

1ª. Lectura: Ap 14,13: Ellos descansan de sus trabajos porque sus obras los acompañan.
Sal 63: Mi alma está sedienta de ti, Dios mío.
Lc 23: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. No está aquí, resucitó.

Celebramos hoy las exequias de nuestro hermano Luis Enrique. Es una circunstancia que nos hace enfrentarnos con esa realidad inexorable de la muerte. Como dice el poeta del siglo de oro español: “Yo, ¿para qué nací? / -para salvarme /que tengo que morir es infalible”...

Es dura la realidad de la muerte. Y es tan humana, que hasta el Señor Jesucristo aceptó padecerla, como acabamos de leer en el Evangelio: hacia las tres de la tarde, en medio de las penumbras de aquel Viernes Santo,
“Jesús, con voz potente, exclamó: ‘Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu’. Y dicho esto, expiró”.

Imaginémonos el corazón de su Madre. Pensemos en los sentimientos de Juan. A cada uno de ellos, el Señor les había encomendado mutuamente su cuidado: Ahí tienes a tu hijo, le había dicho a María; ahí tienes a tu Madre, le recomendó a Juan.

La escena de la Piedad, del amante que recibe entre sus brazos el cadáver de su amado, se repite cada día. Hoy lo vemos en esta queridísima familia.

Sé de un niño –no tenía mucho más de catorce años - que experimentó también el dolor de la separación por la muerte de su padre. Contaba que, al confirmarse la noticia, sintió como un hachazo que lo partía en dos. Parece que es una experiencia frecuente.

En ese momento, surgen interrogantes sobre la nueva vida: ¿qué será de nuestra existencia sin ti? Y recordamos tantos momentos gratos, cuando le teníamos entre nosotros: las salidas, los juegos, los consejos, los paseos, la vida diaria. Y también nos vienen a la mente algunas desavenencias: y sabemos descubrir esa disculpa que hace unos meses o unos años no supimos encontrar para darle un perdón más rápido. Hoy sabemos que, también aquello que nos costaba entender, siempre era para nuestro bien.

También nos pueden venir remordimientos, por palabras que no debimos haber dicho. O por lo que dejamos de hacer: podríamos haber agradecido, aprendido o comprendido más. Pero también es importante saber que –así como es natural el perdón y la disculpa de nuestra parte por sus posibles errores- él nos ha perdonado: sonríe pensando en nuestro dolor, con su gesto característico, y nos dice: tranquilos, todo está bien.

El muchachito del que hablaba al comienzo contaba que, durante las horas del velorio, uno pasa como por un túnel: agradece la visita de los parientes, de los amigos, pero experimenta esa soledad tremenda de la muerte, el temor ante el futuro sin ese bastón del ser querido.

Y piensa en las virtudes de la persona que se ha ido: como en este caso, en que hablamos de un buen padre, un buen esposo, un buen cristiano. Que deja –por Providencia de Dios, que siempre sabe escoger el mejor momento- una familia ya autónoma, con hijos profesionales. Que se va con la satisfacción del deber cumplido.

Asistir a unas exequias siempre nos interpela con la verdad de la muerte, decíamos. Sin querer ser trágico, es fácil pensar que un día nos llegará el momento, a cada uno, de partir. Y esa visión nos ayuda a ver de otro modo las aspiraciones que nos motivan cada día.

Es el último recuerdo que aquél muchacho me transmitía sobre el entierro de su padre: dice que -después del funeral- en la procesión con el féretro por la nave de la iglesia, el coro entonó un himno muy conocido, que él mismo había cantado muchas veces. Pero en la solemnidad del momento, entendió la verdad de esa doctrina que en forma musical quiso el Señor recordarle, y recordarnos ahora:
“Nos hallamos aquí en este mundo que tu amor nos dio, pero la meta no está en esta tierra: es un Cielo que está más allá”.

En medio del dolor que nos causa la separación, nos llena de consuelo y de esperanza la convicción de que enterramos a un hombre santo. Al comienzo del año sacerdotal, la Iglesia nos recuerda que, por el hecho de estar bautizados y confirmados, todos participamos del sacerdocio de Cristo –en modos diversos, los laicos y los clérigos-.

Luis Enrique era un buen padre, un buen esposo, un buen trabajador, precisamente porque era un buen cristiano. El sábado pasado le administré el sacramento de la unción de enfermos y pude constatar lo bien preparado que estaba para dar este paso. Y fue preparando a su familia con cariño, con fortaleza –sin apenas quejarse-, con visión sobrenatural.

San Josemaría, a quien Luis Enrique tenía mucha devoción –hasta el punto de hacerse Cooperador del Opus Dei- decía que morir es como casarse. Y sugería que, cuando nos llegara el momento, pidiéramos la intercesión de la Virgen:
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora… Y concluía: “¡Y verás a la hora de la muerte! ¡Qué sonrisa tendrás a la hora de la muerte! No habrá un rictus de miedo, porque estarán los brazos de María para recogerte”.

Esto fue lo que sucedió en la hora de la muerte de Luis Enrique: antenoche, lo último que hizo la familia fue rezar el Rosario. Y ayer, al comenzar el día de Nuestra Señora del Carmen, Luis Enrique se encontró con los brazos de María para recogerlo, la Virgen se lo llevó a la Casa del Padre. Y ahora, desde allí, nos sigue cuidando, y no dejará de pedir al Señor por nuestras necesidades.

Nosotros seguiremos rezando por él, como un deber de justicia, pero estamos convencidos de lo que escuchamos en la primera lectura:
“Dichosos los difuntos que mueren en el Señor: ellos descansan de sus trabajos porque sus obras los acompañan”. Y estamos aquí testimoniando que las obras buenas de Luis Enrique fueron muchas, y se lo agradecemos, a él y, en primer lugar, al Señor por habernos dado este modelo de conducta.

Podemos terminar meditando los últimos versos que consolaron a aquel amigo cuando era casi un niño y que ojalá hoy también nos ayuden a ejercitar nuestra esperanza.
“Somos los peregrinos que vamos hacia el Cielo. La fe nos ilumina: nuestro destino no se halla aquí. La meta está en lo eterno, nuestra patria es el Cielo. La esperanza nos guía y el amor nos lo entreabre ya”.

Bogotá, 17-VII-2009

sábado, noviembre 18, 2006

Motivos de esperanza


Cada año, en la segunda mitad de noviembre, la liturgia de la Iglesia expone un tema que genera temor en la sociedad actual: el fin del mundo. El ser humano se asusta ante la posibilidad de que esta vida se acabe. Y, al mismo tiempo, cualquier película que hable de este asunto tiene taquilla asegurada.

En teología, la materia que estudia estos argumentos, llamada “Escatología”, es una de las que más controversias suscita: ¿en qué consiste propiamente la muerte? ¿qué sucede después de ella? ¿qué son esas estructuras conocidas como el cielo, el purgatorio, el infierno? ¿en verdad existen, o son mitos ya superados?

Precisamente por eso la Iglesia insiste en el anuncio de este tema, no sea que, inmersos en la barahúnda de la existencia cotidiana, nos vaya a suceder lo que decía la revista Time: «Nunca hemos corrido tan deprisa hacia ninguna parte».

La Revelación cristiana nos enseña que esta vida terrena tiene un origen y un destino, que es Dios. Y con esa instrucción no solo no le quita horizontes al pensamiento, sino que, por el contrario, le abre perspectivas. Juan Pablo II exponía en la Encíclica Fides et Ratio que uno de los problemas del hombre y la mujer contemporáneos es la falta de sentido. Y el anuncio de una meta a la cual se orienta nuestra vida es precisamente ese rumbo que tanto necesitamos. 

Ya en el Antiguo Testamento se prefigura la visión profética (Daniel 12,1-3): surgirá Miguel, el gran príncipe, protector de tu pueblo. Será un tiempo de angustia como no hubo otro desde que existen las naciones. Cuando llegue ese momento, todos los hijos de tu pueblo que estén escritos en el libro se salvarán. Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra despertarán: unos para la vida eterna, otros para la vergüenza, para el castigo eterno.

Por eso en el Salmo 15 le pedimos al Señor: Enséñanos el camino de la vida. Se trata de pedir a Dios que nos ayude a comportarnos como hijos de su pueblo, escritos en el libro de los bautizados: Señor, tú eres mi alegría y mi herencia, mi destino está en tus manos. Por eso se me alegra el corazón y todo mi ser descansa tranquilo; porque no me abandonarás en el abismo, ni dejarás a tu fiel experimentar la corrupción.

En este contexto se puede recordar la llamada del Maestro: Velad y orad, para que podáis presentaros sin temor ante el Hijo del hombre. Las personas de fe no tienen temor ante la muerte, ni ante el futuro, pues saben que, si velan y oran, se presentarán ante Aquél al que han procurado amar a lo largo de su vida, que sus nombres están escritos en el libro de los elegidos.

Las enseñanzas de Evangelio siempre nos llenan de esperanzas (Mc 13,24-32): Entonces verán venir al Hijo del hombre entre nubes con gran poder y gloria; él enviará entonces a los ángeles y reunirá de los cuatro vientos a sus elegidos, desde el extremo de la tierra al extremo del cielo.

San Agustín previene ante la tentación –que ya tuvieron los tesalonicenses— de esperar al último momento para portarse bien, hasta cuando Jesús esté a punto de llegar. Dice el Obispo de Hipona: “No pongamos resistencia a su primera venida y no temeremos la segunda”. Con la primera venida se refiere a la predicación de la Iglesia. Si nos esforzamos por vivir de acuerdo con sus enseñanzas, no hay por qué temer el día del juicio final. Esta actitud se favorece en la vida individual del cristiano, pero también en su vida social y eclesiástica, por la virtud de la esperanza. Se trata de una virtud teologal, que nos ayuda a enfrentar la vida con ojos optimistas.

En agosto de 2006, un sacerdote le preguntaba a Benedicto XVI si había esperanza para una diócesis pequeña, en una sociedad postmoderna, llena de dificultades, etc. La respuesta fue: “Respondo sin dudarlo: sí. Naturalmente, tenemos esperanza: la Iglesia está viva. Tenemos dos mil años de historia de la Iglesia, con tantos sufrimientos, incluso con tantos fracasos. Pensemos en la Iglesia en Asia menor, la grande y floreciente Iglesia de África del norte, que con la invasión musulmana desapareció. Por tanto, porciones de Iglesia pueden desaparecer realmente, como dice san Juan en el Apocalipsis, o el Señor a través de san Juan: Si no te arrepientes, iré donde ti y cambiaré de su lugar tu candelero (Ap 2,5). Pero, por otra parte, vemos cómo entre tantas crisis la Iglesia ha resurgido con nueva juventud, con nueva lozanía.

En el siglo de la Reforma, la Iglesia católica parecía en realidad casi acabada. Parecía triunfar esa nueva corriente, que afirmaba: ahora la Iglesia de Roma se ha acabado. Y vemos que con los grandes santos, como Ignacio de Loyola, Teresa de Ávila, Carlos Borromeo, y otros, la Iglesia resurgió. Encontró en el concilio de Trento una nueva actualización y una revitalización de su doctrina. Y revivió con gran vitalidad. Lo vemos también en el tiempo de la Ilustración, en el que Voltaire dijo: "Por fin se ha acabado esta antigua Iglesia, vive la humanidad". Y ¿qué sucedió, en cambio? La Iglesia se renovó. En el siglo XIX florecieron grandes santos, hubo una nueva vitalidad con tantas congregaciones religiosas: la fe es más fuerte que todas las corrientes que van y vienen. Lo mismo sucedió en el siglo pasado. Hitler dijo en cierta ocasión: "La Providencia me ha llamado a mí, un católico, para acabar con el catolicismo. Sólo un católico puede destruir el catolicismo". Estaba seguro de contar con todos los medios para destruir por fin al catolicismo. Igualmente la gran corriente marxista estaba segura de realizar la revisión científica del mundo y de abrir las puertas al futuro: "la Iglesia está llegando a su fin, está acabada". Pero la Iglesia es más fuerte, según las palabras de Cristo. Es la vida de Cristo la que vence en su Iglesia.

También en tiempos difíciles, cuando faltan las vocaciones, la palabra del Señor permanece para siempre. Y, como dice el Señor mismo, el que construye su vida sobre esta roca de la palabra de Cristo, construye bien. Por eso, podemos tener confianza. Vemos también en nuestro tiempo nuevas iniciativas de fe. Vemos que en África la Iglesia, a pesar de todos sus problemas, tiene una gran floración de vocaciones que estimula. Y así, con todas las diversidades del panorama histórico de hoy, vemos -y no sólo, creemos- que las palabras del Señor son espíritu y vida, son palabras de vida eterna. San Pedro dijo: Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros hemos creído y conocido que tú eres el santo de Dios (Jn 6,69). Y viendo a la Iglesia de hoy; viendo la vitalidad de la Iglesia, a pesar de todos sus sufrimientos, podemos decir también nosotros: hemos creído y conocido que tú tienes palabras de vida eterna y, por tanto, una esperanza que no defrauda”.

La comunión de los santos es otro motivo de esperanza: "La consideración de esta realidad alimentará además nuestra esperanza cuando las fuerzas del mal se hagan presentes con mayor virulencia en el mundo, abriendo quizá una puerta al pesimismo. ¡No demos cabida a esta tentación, hijas e hijos míos!" (Echevarría, Carta 1-XI-2006)

Son palabras que recuerdan aquellas otras de San Josemaría: "Es posible que muchas veces triunfe aquí el enemigo de Dios. Pero eso no nos va a retraer de trabajar, porque Cristo también está aquí triunfando, en medio de los hombres. Todas las criaturas -también Satanás y sus espíritus malignos- se rinden ante la majestad de Jesucristo y le sirven. El Señor sigue triunfando ahora en medio de los hombres. Cristo no ha fracasado: su vida y su doctrina están fecundando continuamente la tierra. ¡Optimistas, pues!"

De frente a un futuro incierto, cuando la sociedad parece en ocasiones querer alejarse de Dios, la actitud cristiana ha de ser la misma: Naturalmente, tenemos esperanza: la Iglesia está viva. Desde el Calvario contamos, además, con otro motivo de esperanza: la Madre de Dios, que pasó a ser entonces también Madre nuestra. A ella acudimos con esa jaculatoria tradicional: Santa María, Esperanza nuestra, ruega por nosotros.