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Los invitados a las bodas

1. En la recta final de su Evangelio, Mateo presenta a Jesús en el Templo, discutiendo con las autoridades judías. El maestro responde con tres “parábolas de juicio”, la última de las cuales vamos a contemplar en este rato de oración:  

—El Reino de los Cielos es como un rey que celebró las bodas de su hijo y envió a sus siervos a llamar a los invitados a las bodas.  

 Una vez más Jesús compara el Reino con un banquete nupcial, en línea con la predicación de los profetas que anunciaban el matrimonio del Señor –el Hijo- con su pueblo.
Pero éstos no querían acudir. Así somos, Señor. Tú nos invitas a gozar de tu intimidad divina y nosotros nos quedamos dedicados a lo nuestro. Nos inquieta que tus llamadas nos quiten nuestra alegría. Como si te tuviéramos miedo…
El Señor, que generosamente ha dispuesto su gran mesa –como dice Lucas en el pasaje paralelo- insiste una vez más, como había hecho en el Antiguo Testamento. Nuevamente envió a otros siervos diciéndoles: «Decid a los invitados: mirad que tengo preparado ya mi banquete, se ha hecho la matanza de mis terneros y mis reses cebadas, y todo está a punto; venid a las bodas»

Nos insistes para que nos dejemos querer, para que vayamos a la fiesta del amor. Pero nosotros ponemos trabas, nos hacemos los difíciles, como si te hiciéramos un favor. Encontramos oficios más interesantes. Incluso, intentamos apagar la voz de tu llamado recurriendo a la violencia: Pero ellos, sin hacer caso, se marcharon: quien a su campo, quien a su negocio. Los demás echaron mano a los siervos, los maltrataron y los mataron.
El banquete ha sido un verdadero fracaso. Quizá el Señor hubiera podido reaccionar olvidándose de compartir su riqueza, de abrir las puertas de su casa a los vecinos hasta que llegara un desagravio proporcional. Pero Dios actúa distinto a nosotros. Si bien castiga a los invitados originales, Luego les dijo a sus siervos: «Las bodas están preparadas pero los invitados no eran dignos. Así que marchad a los cruces de los caminos y llamad a las bodas a cuantos encontréis». 

2. La llamada se hace ahora universal, la invitación a todos aquellos que, si bien no pertenecían al grupo de los amigos, ahora pueden hacer parte de él. Basta una respuesta afirmativa a la vocación divina.
También ahora el Señor nos envía: marchad a los cruces de los caminos y llamad a las bodas a cuantos encontréis. Esa es nuestra misión de bautizados, llenar de invitados el banquete del Señor: Los siervos salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos; y se llenó de comensales la sala de bodas.  
Benedicto XVI muestra la necesidad imperiosa de esta labor: “La urgencia de la evangelización no está motivada tanto por la cuestión sobre la necesidad de conocer el Evangelio para la salvación individual de cada persona, cuanto más bien por esta gran concepción de la historia: para que el mundo alcance su meta, el Evangelio tiene que llegar a todos los pueblos”. (Joseph Ratzinger-Benedicto XVI, Jesús de Nazaret. Segunda parte, pp. 58-59).
Vocación al apostolado. Llamados para llamar. San Pablo era muy consciente de esa dimensión apostólica de su ministerio y por eso exclamaba: ¡Ay de mí, si no evangelizara! ¿Tenemos nosotros también esa urgencia de acercar a Dios a nuestros amigos? ¿Nos damos cuenta de que quien posee el tesoro de la amistad divina no puede quedarse con ella para sí mismo, sino que debe compartirla con cuantos se encuentre?
Apostolado de amistad. Cuentan del Beato John Henry Newman, que “era un hombre más bien reservado, pero de una extraordinaria talla intelectual y humana, tenía un gran número de amigos y mantenía su amistad sobre todo por la correspondencia: se conservan más de diez mil de sus cartas. Naturalmente, le ayudaban sus excepcionales dotes intelectuales: tenía mucho que contar y que compartir” (Cf. I. Ker, JHN, Una biografía). Cada uno a su modo, debemos sentir como dirigidas a nosotros esas palabras del Señor: marchad a los cruces de los caminos y llamad a las bodas a cuantos encontréis.
De este modo animaba San Josemaría a los cristianos que trabajan en medio de la calle: “Donde haya almas capaces de servir a Dios, allí hemos de estar presentes para llevarlas a Cristo. Hemos de hacer llegar a sus oídos esta invitación del Gran Rey: todo está a punto, venid al banquete. ¡Id a todos los caminos!, ¡que vayáis! Os lo he repetido tantas veces porque no es lo nuestro quedarnos en casa, sino acudir a todos los caminos, buscando las almas donde estén, para traerlas luego al Señor”. 

Aprovechemos esta meditación para sacar propósitos, para pensar en personas queridas a las que no hemos hecho partícipes de tanto gozo y pensemos cómo acercarlas a Dios: dándoles buen ejemplo, dialogando sobre sus dudas de fe, hablándoles de la oración, de la confesión, de la Eucaristía…
Los primeros invitados estaban pagados de sí mismos: no necesitaban alegrías ajenas, provenientes de otra persona. Les bastaba con sus negocios y con sus familias. Los otros no tienen nada, agradecen lo que les llegue. Reciben la invitación como quien se gana la lotería. Agradezcamos la liberalidad de Dios, que quiso llamarnos a “malos y buenos”, pues de otra manera, ¿cómo aspiraríamos tal dignidad? 

Así lo agradecía San Josemaría: ¿No os conmueve, hijos?: a todos llama el Señor. De ese montón eres tú y soy yo, de ésos que ha querido buscar en las encrucijadas de los caminos. Y hemos venido como estos hombres de la parábola: cojos, ciegos, sordos.
3. La parábola termina con un epílogo más exigente aún: Entró el rey para ver a los comensales, y se fijó en un hombre que no vestía traje de boda; y le dijo: «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin llevar traje de boda?» Pero él se calló.
El traje de boda es la vida de la gracia, el amor de Dios. San Gregorio Magno lo glosa diciendo: «¿Qué debemos entender por vestido nupcial, sino la caridad? Entra, pues, en las bodas, pero no lleva el vestido nupcial el que estando en la Iglesia católica tiene fe, pero le falta caridad».

Benedicto XVI cita precisamente estas palabras para referirse a la necesaria preparación para celebrar o participar en la Santa Misa: “deberíamos preguntarnos si llevamos puesto este vestido del amor. Pidamos al Señor que aleje toda hostilidad de nuestro interior, que nos libre de todo sentimiento de autosuficiencia, y que de verdad nos revista con el vestido del amor, para que seamos personas luminosas y no pertenezcamos a las tinieblas” (Homilía, 5-IV-2007).
Podemos examinar nuestra vida con otra reflexión de San Josemaría: “Me gusta comparar la vida interior a un vestido, al traje de bodas de que habla el Evangelio. El tejido se compone de cada uno de los hábitos o prácticas de piedad que, como fibras, dan vigor a la tela. Y así como un traje con un desgarrón se desprecia, aunque el resto esté en buenas condiciones, si haces oración, si trabajas..., pero no eres penitente —o al revés—, tu vida interior no es —por decirlo así— cabal” (Surco, 649).
Entonces el rey les dijo a los servidores: «Atadlo de pies y manos y echadlo a las tinieblas de afuera; allí habrá llanto y rechinar de dientes». Se trata de una llamada más a la vigilancia, con la amorosa amenaza para que sepamos dirigirnos al camino de la felicidad, rechazando los cantos de sirena que pretenden apartarnos de Dios. 

Así lo enseña, por ejemplo, el Concilio Vaticano II: “Como no sabemos ni el día ni la hora, es necesario, según el consejo del Señor, estar continuamente en vela. Así, terminada la única carrera que es nuestra vida en la tierra (cf. Hb 9,27), mereceremos entrar con él en la boda y ser contados entre los santos y no nos mandarán ir, como siervos malos y perezosos al fuego eterno, a las tinieblas exteriores, donde "habrá llanto y rechinar de dientes"(Mt 22,13   y 25, 30)" (LG, 48)”.
Antes de terminar, podemos pensar en el ejemplo de la Virgen, fiel a la llamada, siempre bien ataviada con su traje de Hija, Madre y Esposa de Dios. Que ella nos ayude a tomarnos en serio nuestra relación con el Señor. Que su ejemplo nos impulse a hacer apostolado. 

De esa manera, seremos menos indignos de la llamada, nos contaremos en el número de los elegidos de los que habla el Canon romano de la Misa: “iubeas grege numerari”. Y por ese camino escucharemos con alegría, no por nuestros méritos, sino por la misericordia infinita de Dios, la última enseñanza de este pasaje del Evangelio: Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos.

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