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sábado, noviembre 09, 2013

La resurrección de los muertos

Estamos llegando al final del año litúrgico. En el mes de noviembre, la Iglesia nos invita a considerar las verdades eternas: la muerte, el juicio, el cielo, el purgatorio y el infierno. Por eso comenzamos el mes venerando a todos los santos e, inmediatamente después, pidiendo por el descanso eterno de todos los fieles difuntos.

Los últimos domingos del tiempo ordinario consideramos las controversias finales de Jesús en Jerusalén, los días previos a su pasión y a su muerte. Después de la entrada triunfal del domingo de ramos, san Lucas presenta cuatro controversias y una parábola: los miembros del Sanedrín le preguntan a Jesús por el origen de su autoridad ―a lo que Él responde que antes le digan de dónde provenía la misión de Juan―; después el Señor narra la parábola de los viñadores homicidas; la segunda discusión es sobre el impuesto al César. Por último, el mismo Jesús formula un enigma que remite a la primera pregunta, sobre la fuente de su autoridad.

En la tercera polémica, que consideramos este domingo, aparece un grupo muy peculiar: el de los saduceos (Lc 20,27-38). Se le acercaron algunos de los saduceos que niegan la resurrección y le preguntaron… Aunque no tenemos muchos documentos históricos, debido a su desaparición a manos romanas en el año 70, sabemos que los saduceos eran un grupo de judíos poderosos, tanto laicos como sacerdotes (mientras los fariseos representaban a las clases populares). Gracias a su poder de mediación ante los gobernantes de turno, siempre tuvieron en sus manos el cargo del sumo sacerdote y, por tanto, el control del Templo y del Sanedrín. Su ideología, que buscaba compatibilizar el amor a Dios y a la ley con la apertura a la cultura griega, se caracterizaba por negar la vida después de la muerte (como resume san Lucas al presentar la controversia).

Pero vayamos a la pregunta que los saduceos le hicieron a Jesús. Se trata de un caso hipotético, que raya en lo ridículo, una historia con la que se burlaba de quienes –como los escribas, los esenios de Qumrán y los fariseos- creían en la resurrección de los muertos:—Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si muere el hermano de alguien dejando mujer, sin haber tenido hijos, su hermano la tomará por mujer y dará descendencia a su hermano.
Se refieren a la ley del levirato (Dt 25,5), que manifestaba el deseo de sobrevivir en los hijos, y con base en la cual formulan su conspicua argumentación: Pues bien, eran siete hermanos. El primero tomó mujer y murió sin hijos. Lo mismo el segundo. También el tercero la tomó por mujer. Los siete, de igual manera, murieron sin dejar hijos. Después murió también la mujer. Entonces, en la resurrección, la mujer ¿de cuál de ellos será esposa?, porque los siete la tuvieron como esposa.

Con esta historia, los saduceos se morían de la risa al ridiculizar las creencias que ―según ellos― no estaban el Pentateuco y dejaban a los creyentes en aparente desventaja. El pueblo estaría expectante para ver cómo respondía Jesús ante semejante planteamiento. Jesús les dijo: —Los hijos de este mundo, ellas y ellos, se casan; sin embargo, los que son dignos de alcanzar el otro mundo y la resurrección de los muertos, no se casan, ni ellas ni ellos. El rabino recurre a sus dotes dialécticas para resolver por superación un caso tan ramplón, que limitaba la vida eterna al ejercicio de la sexualidad. Enseña que la vida gloriosa no es una simple continuación material del discurrir terreno, sino una vida nueva, en la cual queda superada la necesidad del matrimonio para la prolongación de la especie.

Para profundizar en su argumentación, el Señor avanza: Porque ya no pueden morir otra vez, pues son iguales a los ángeles e hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección. Con estas palabras, insistía en la existencia de los seres angélicos, pues los saduceos ―en su concepción materialista de la vida― también negaban la existencia de los ángeles y los demonios (al menos, de los ángeles custodios, cf. Hch 23,28).

Y como este grupo de personajes, que en realidad terminaron siendo los más encarnizados enemigos de Jesús, solo creían en el Pentateuco, el Señor les arguye con un texto del Éxodo (3,6): Que los muertos resucitarán lo mostró Moisés en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor Dios de Abrahán y Dios de Isaac y Dios de Jacob. Pero no es Dios de muertos, sino de vivos; todos viven para Él. Dios de vivos. Para el cual todos viven. Así concluye la discusión, en el contexto de su cercana pascua. Jesús les recuerda la Alianza de Dios con los patriarcas, a la cual el Señor siempre ha sido fiel. Y esa fidelidad reclama la continuidad más allá de la muerte, que no puede ser más fuerte que Dios (cf. Rossé).

Es lo que reclama el segundo libro de los macabeos (7,1-2.9-14)―considerado no canónico por los saduceos―, que relata el martirio de los siete hermanos con su madre: En aquellos días, arrestaron a siete hermanos con su madre. El rey los hizo azotar con látigos y nervios para forzarlos a comer carne de cerdo, prohibida por la Ley. Uno de ellos habló en nombre de los demás: –¿Qué pretendes sacar de nosotros? Estamos dispuestos a morir antes que quebrantar la ley de nuestros padres. El segundo, estando para morir, dijo: –Tú, malvado, nos arrancas la vida presente; pero, cuando hayamos muerto por su ley, el rey del universo nos resucitará para una vida eterna. Después se divertían con el tercero. Invitado a sacar la lengua, lo hizo en seguida y alargó las manos con gran valor. Y habló dignamente: –De Dios las recibí y por sus leyes las desprecio; espero recobrarlas del mismo Dios. El rey y su corte se asombraron del valor con que el joven despreciaba los tormentos. Cuando murió éste, torturaron de modo semejante al cuarto. Y cuando estaba para morir, dijo: –Vale la pena morir a manos de los hombres cuando se espera que Dios mismo nos resucitará. Tú, en cambio, no resucitarás para la vida. Esta familia entrega su vida a manos del invasor porque confía en la resurrección de los justos y el castigo de los malvados más allá de la muerte.

De ahí proviene la fe de los cristianos, que se plasma en el último artículo del Credo, sobre  la resurrección de la carne: «Creer en la resurrección de los muertos ha sido desde sus comienzos un elemento esencial de la fe cristiana. “La resurrección de los muertos es esperanza de los cristianos; somos cristianos por creer en ella” (Tertuliano): ¿Cómo andan diciendo algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos? Si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si no resucitó Cristo, vana es nuestra predicación, vana también vuestra fe… ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron (1Co 15, 12 - 14. 20)» (n.991). En esto consiste la esperanza cristiana, virtud sobre la que podemos detenernos en nuestro diálogo con el Dios de vivos.

Se trata de un tema del que poco se habla en el mundo de hoy. Y del que estamos muy necesitados. Por eso, Benedicto XVI consideró oportuno dedicarle toda una encíclica, la Spe salvi. En ella, resumía la búsqueda del ser humano a lo largo de la historia de una esperanza que justifique dedicarle la vida: en el plano personal, el amor o el éxito; en la dimensión universal, la ciencia o el progreso. Sin embargo, cuando estas esperanzas se cumplen, se ve claramente que esto, en realidad, no lo era todo. Está claro que el hombre necesita una esperanza que vaya más allá. Es evidente que sólo puede contentarse con algo infinito, algo que será siempre más de lo que nunca podrá alcanzar.

Las esperanzas humanas, sobre todo cuando están encerradas en el hombre mismo, tienen una gran posibilidad de fracaso. Y eso explica el pesimismo de muchos contemporáneos. ¡Tienen razón para ser pesimistas! No podemos confiar ni de nosotros mismos. Todos tenemos experiencia del pecado original, en nuestro interior y también alrededor. Pero el mensaje de Jesús sale a nuestro encuentro: su Padre es un Dios de vivos; todos viven para Él. Y por eso el papa Benedicto podía decir en su encíclica: Sin la gran esperanza, que ha de superar todo lo demás, aquellas no bastan. Esta gran esperanza sólo puede ser Dios, que abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros por sí solos no podemos alcanzar. Dios es el fundamento de la esperanza; pero no cualquier dios, sino el Dios que tiene un rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo, a cada uno en particular y a la humanidad en su conjunto.

Sin embargo, esta formulación puede quedarse en el pasado, en el siglo I de nuestra era. Puede no decirnos nada a nosotros mismos, si nos lo proponemos. Hace falta hacerse cargo de ese amor dirigido a nosotros. Dejarse querer por Dios. Salir a su encuentro. Allí está la raíz de la verdadera esperanza. Miremos cómo define la esperanza el Catecismo de la iglesia: «es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo» (n. 1817).

Por eso es virtud teologal, porque su origen, su motivación y su contenido están en el mismo Dios, en la vida sobrenatural con Él, para siempre: Su reino no es un más allá imaginario, situado en un futuro que nunca llega; su reino está presente allí donde Él es amado y donde su amor nos alcanza. Sólo su amor nos da la posibilidad de perseverar día a día con toda sobriedad, sin perder el impulso de la esperanza, en un mundo que por su naturaleza es imperfecto.

La esperanza cristiana mira lejos, a la vida eterna y, precisamente por eso, tiene alcance histórico. Ilumina el día a día. Le da sentido al trabajo: cumplimos una misión divina, reconciliar el mundo con Dios, y esperamos entregarle un mundo mejor a la próxima generación. En ese esfuerzo nos sabemos mirados y asistidos por Dios, que nos garantiza el triunfo final, que es compatible con las derrotas parciales en nuestras batallas cotidianas. Y por ese motivo el cristiano es optimista, alegre, esperanzado: porque sabe que Dios le ama y le espera al final de su vida. Sabe que, como dice el Señor en el Evangelio que estamos considerando, todos viven para Él: “Es tiempo de esperanza, y vivo de este tesoro. No es una frase, Padre me dices, es una realidad”. Entonces..., el mundo entero, todos los valores humanos que te atraen con una fuerza enorme amistad, arte, ciencia, filosofía, teología, deporte, naturaleza, cultura, almas..., todo eso deposítalo en la esperanza: en la esperanza de Cristo (San Josemaría, Surco, n.293).

En la encíclica sobre la esperanza, Benedicto XVI formula unos «lugares» en los que se aprende y se ejercita esa virtud teologal. Considerémoslos en nuestro diálogo con el Señor, para que nos sirva de punto de examen y nos ayuden a formular algún propósito concreto:

- la oración, en primer lugar: Cuando ya nadie me escucha, Dios todavía me escucha. Cuando ya no puedo hablar con ninguno, ni invocar a nadie, siempre puedo hablar con Dios. Si ya no hay nadie que pueda ayudarme -cuando se trata de una necesidad o de una expectativa que supera la capacidad humana de esperar-, Él puede ayudarme (n.32).

- en segundo término, el actuar y el sufrir. Esforzarnos por cambiar el mundo, por iluminarlo, para ayudar a los otros, nos hace ejercitar la esperanza y nos convierte en ministros de esa virtud para las demás personas. Esa actuación incluye la aceptación del dolor y el sufrimiento. No se trata de masoquismo, sino de saber que la realidad humana incluye la cruz. Hay que luchar para disminuir las penas de la humanidad, desde luego; pero también hay que promover la aceptación del sufrimiento, ayudando a los pobres y a los enfermos con el consuelo y la caridad cristiana: Sufrir con el otro, por los otros; sufrir por amor de la verdad y de la justicia; sufrir a causa del amor y con el fin de convertirse en una persona que ama realmente, son elementos fundamentales de humanidad, cuya pérdida destruiría al hombre mismo (n.39).

En este mismo punto, Benedicto XVI aludía a la necesidad actual de la mortificación cristiana, un tema que para algunos parecía superado o innecesario: La idea de poder «ofrecer» las pequeñas dificultades cotidianas, que nos aquejan una y otra vez como punzadas más o menos molestas, dándoles así un sentido, eran parte de una forma de devoción todavía muy difundida hasta no hace mucho tiempo, aunque hoy tal vez menos practicada. ¿Qué quiere decir «ofrecer»? Estas personas estaban convencidas de poder incluir sus pequeñas dificultades en el gran com-padecer de Cristo, que así entraban a formar parte de algún modo del tesoro de compasión que necesita el género humano. De esta manera, las pequeñas contrariedades diarias podrían encontrar también un sentido y contribuir a fomentar el bien y el amor entre los hombres. Quizás debamos preguntarnos realmente si esto no podría volver a ser una perspectiva sensata también para nosotros (n.40).

Acudamos a la Virgen Santísima, Esperanza nuestra, para que nos ayude a ejercitar esa virtud teologal: que seamos almas de oración, de caridad, de sacrificio, que vivamos para el Señor, que es Dios de vivos. Pidámosle que nos encienda en el afán santo de habitar todos juntos en la casa del Padre. Nada podrá preocuparnos, si decidimos anclar el corazón en el deseo de la verdadera Patria: el Señor nos conducirá con su gracia, y empujará la barca con buen viento a tan claras riberas. (San Josemaría, Amigos de Dios, n.221).