Mostrando las entradas con la etiqueta esperanza. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta esperanza. Mostrar todas las entradas

sábado, noviembre 09, 2013

La resurrección de los muertos

Estamos llegando al final del año litúrgico. En el mes de noviembre, la Iglesia nos invita a considerar las verdades eternas: la muerte, el juicio, el cielo, el purgatorio y el infierno. Por eso comenzamos el mes venerando a todos los santos e, inmediatamente después, pidiendo por el descanso eterno de todos los fieles difuntos.

Los últimos domingos del tiempo ordinario consideramos las controversias finales de Jesús en Jerusalén, los días previos a su pasión y a su muerte. Después de la entrada triunfal del domingo de ramos, san Lucas presenta cuatro controversias y una parábola: los miembros del Sanedrín le preguntan a Jesús por el origen de su autoridad ―a lo que Él responde que antes le digan de dónde provenía la misión de Juan―; después el Señor narra la parábola de los viñadores homicidas; la segunda discusión es sobre el impuesto al César. Por último, el mismo Jesús formula un enigma que remite a la primera pregunta, sobre la fuente de su autoridad.

En la tercera polémica, que consideramos este domingo, aparece un grupo muy peculiar: el de los saduceos (Lc 20,27-38). Se le acercaron algunos de los saduceos que niegan la resurrección y le preguntaron… Aunque no tenemos muchos documentos históricos, debido a su desaparición a manos romanas en el año 70, sabemos que los saduceos eran un grupo de judíos poderosos, tanto laicos como sacerdotes (mientras los fariseos representaban a las clases populares). Gracias a su poder de mediación ante los gobernantes de turno, siempre tuvieron en sus manos el cargo del sumo sacerdote y, por tanto, el control del Templo y del Sanedrín. Su ideología, que buscaba compatibilizar el amor a Dios y a la ley con la apertura a la cultura griega, se caracterizaba por negar la vida después de la muerte (como resume san Lucas al presentar la controversia).

Pero vayamos a la pregunta que los saduceos le hicieron a Jesús. Se trata de un caso hipotético, que raya en lo ridículo, una historia con la que se burlaba de quienes –como los escribas, los esenios de Qumrán y los fariseos- creían en la resurrección de los muertos:—Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si muere el hermano de alguien dejando mujer, sin haber tenido hijos, su hermano la tomará por mujer y dará descendencia a su hermano.
Se refieren a la ley del levirato (Dt 25,5), que manifestaba el deseo de sobrevivir en los hijos, y con base en la cual formulan su conspicua argumentación: Pues bien, eran siete hermanos. El primero tomó mujer y murió sin hijos. Lo mismo el segundo. También el tercero la tomó por mujer. Los siete, de igual manera, murieron sin dejar hijos. Después murió también la mujer. Entonces, en la resurrección, la mujer ¿de cuál de ellos será esposa?, porque los siete la tuvieron como esposa.

Con esta historia, los saduceos se morían de la risa al ridiculizar las creencias que ―según ellos― no estaban el Pentateuco y dejaban a los creyentes en aparente desventaja. El pueblo estaría expectante para ver cómo respondía Jesús ante semejante planteamiento. Jesús les dijo: —Los hijos de este mundo, ellas y ellos, se casan; sin embargo, los que son dignos de alcanzar el otro mundo y la resurrección de los muertos, no se casan, ni ellas ni ellos. El rabino recurre a sus dotes dialécticas para resolver por superación un caso tan ramplón, que limitaba la vida eterna al ejercicio de la sexualidad. Enseña que la vida gloriosa no es una simple continuación material del discurrir terreno, sino una vida nueva, en la cual queda superada la necesidad del matrimonio para la prolongación de la especie.

Para profundizar en su argumentación, el Señor avanza: Porque ya no pueden morir otra vez, pues son iguales a los ángeles e hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección. Con estas palabras, insistía en la existencia de los seres angélicos, pues los saduceos ―en su concepción materialista de la vida― también negaban la existencia de los ángeles y los demonios (al menos, de los ángeles custodios, cf. Hch 23,28).

Y como este grupo de personajes, que en realidad terminaron siendo los más encarnizados enemigos de Jesús, solo creían en el Pentateuco, el Señor les arguye con un texto del Éxodo (3,6): Que los muertos resucitarán lo mostró Moisés en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor Dios de Abrahán y Dios de Isaac y Dios de Jacob. Pero no es Dios de muertos, sino de vivos; todos viven para Él. Dios de vivos. Para el cual todos viven. Así concluye la discusión, en el contexto de su cercana pascua. Jesús les recuerda la Alianza de Dios con los patriarcas, a la cual el Señor siempre ha sido fiel. Y esa fidelidad reclama la continuidad más allá de la muerte, que no puede ser más fuerte que Dios (cf. Rossé).

Es lo que reclama el segundo libro de los macabeos (7,1-2.9-14)―considerado no canónico por los saduceos―, que relata el martirio de los siete hermanos con su madre: En aquellos días, arrestaron a siete hermanos con su madre. El rey los hizo azotar con látigos y nervios para forzarlos a comer carne de cerdo, prohibida por la Ley. Uno de ellos habló en nombre de los demás: –¿Qué pretendes sacar de nosotros? Estamos dispuestos a morir antes que quebrantar la ley de nuestros padres. El segundo, estando para morir, dijo: –Tú, malvado, nos arrancas la vida presente; pero, cuando hayamos muerto por su ley, el rey del universo nos resucitará para una vida eterna. Después se divertían con el tercero. Invitado a sacar la lengua, lo hizo en seguida y alargó las manos con gran valor. Y habló dignamente: –De Dios las recibí y por sus leyes las desprecio; espero recobrarlas del mismo Dios. El rey y su corte se asombraron del valor con que el joven despreciaba los tormentos. Cuando murió éste, torturaron de modo semejante al cuarto. Y cuando estaba para morir, dijo: –Vale la pena morir a manos de los hombres cuando se espera que Dios mismo nos resucitará. Tú, en cambio, no resucitarás para la vida. Esta familia entrega su vida a manos del invasor porque confía en la resurrección de los justos y el castigo de los malvados más allá de la muerte.

De ahí proviene la fe de los cristianos, que se plasma en el último artículo del Credo, sobre  la resurrección de la carne: «Creer en la resurrección de los muertos ha sido desde sus comienzos un elemento esencial de la fe cristiana. “La resurrección de los muertos es esperanza de los cristianos; somos cristianos por creer en ella” (Tertuliano): ¿Cómo andan diciendo algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos? Si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si no resucitó Cristo, vana es nuestra predicación, vana también vuestra fe… ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron (1Co 15, 12 - 14. 20)» (n.991). En esto consiste la esperanza cristiana, virtud sobre la que podemos detenernos en nuestro diálogo con el Dios de vivos.

Se trata de un tema del que poco se habla en el mundo de hoy. Y del que estamos muy necesitados. Por eso, Benedicto XVI consideró oportuno dedicarle toda una encíclica, la Spe salvi. En ella, resumía la búsqueda del ser humano a lo largo de la historia de una esperanza que justifique dedicarle la vida: en el plano personal, el amor o el éxito; en la dimensión universal, la ciencia o el progreso. Sin embargo, cuando estas esperanzas se cumplen, se ve claramente que esto, en realidad, no lo era todo. Está claro que el hombre necesita una esperanza que vaya más allá. Es evidente que sólo puede contentarse con algo infinito, algo que será siempre más de lo que nunca podrá alcanzar.

Las esperanzas humanas, sobre todo cuando están encerradas en el hombre mismo, tienen una gran posibilidad de fracaso. Y eso explica el pesimismo de muchos contemporáneos. ¡Tienen razón para ser pesimistas! No podemos confiar ni de nosotros mismos. Todos tenemos experiencia del pecado original, en nuestro interior y también alrededor. Pero el mensaje de Jesús sale a nuestro encuentro: su Padre es un Dios de vivos; todos viven para Él. Y por eso el papa Benedicto podía decir en su encíclica: Sin la gran esperanza, que ha de superar todo lo demás, aquellas no bastan. Esta gran esperanza sólo puede ser Dios, que abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros por sí solos no podemos alcanzar. Dios es el fundamento de la esperanza; pero no cualquier dios, sino el Dios que tiene un rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo, a cada uno en particular y a la humanidad en su conjunto.

Sin embargo, esta formulación puede quedarse en el pasado, en el siglo I de nuestra era. Puede no decirnos nada a nosotros mismos, si nos lo proponemos. Hace falta hacerse cargo de ese amor dirigido a nosotros. Dejarse querer por Dios. Salir a su encuentro. Allí está la raíz de la verdadera esperanza. Miremos cómo define la esperanza el Catecismo de la iglesia: «es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo» (n. 1817).

Por eso es virtud teologal, porque su origen, su motivación y su contenido están en el mismo Dios, en la vida sobrenatural con Él, para siempre: Su reino no es un más allá imaginario, situado en un futuro que nunca llega; su reino está presente allí donde Él es amado y donde su amor nos alcanza. Sólo su amor nos da la posibilidad de perseverar día a día con toda sobriedad, sin perder el impulso de la esperanza, en un mundo que por su naturaleza es imperfecto.

La esperanza cristiana mira lejos, a la vida eterna y, precisamente por eso, tiene alcance histórico. Ilumina el día a día. Le da sentido al trabajo: cumplimos una misión divina, reconciliar el mundo con Dios, y esperamos entregarle un mundo mejor a la próxima generación. En ese esfuerzo nos sabemos mirados y asistidos por Dios, que nos garantiza el triunfo final, que es compatible con las derrotas parciales en nuestras batallas cotidianas. Y por ese motivo el cristiano es optimista, alegre, esperanzado: porque sabe que Dios le ama y le espera al final de su vida. Sabe que, como dice el Señor en el Evangelio que estamos considerando, todos viven para Él: “Es tiempo de esperanza, y vivo de este tesoro. No es una frase, Padre me dices, es una realidad”. Entonces..., el mundo entero, todos los valores humanos que te atraen con una fuerza enorme amistad, arte, ciencia, filosofía, teología, deporte, naturaleza, cultura, almas..., todo eso deposítalo en la esperanza: en la esperanza de Cristo (San Josemaría, Surco, n.293).

En la encíclica sobre la esperanza, Benedicto XVI formula unos «lugares» en los que se aprende y se ejercita esa virtud teologal. Considerémoslos en nuestro diálogo con el Señor, para que nos sirva de punto de examen y nos ayuden a formular algún propósito concreto:

- la oración, en primer lugar: Cuando ya nadie me escucha, Dios todavía me escucha. Cuando ya no puedo hablar con ninguno, ni invocar a nadie, siempre puedo hablar con Dios. Si ya no hay nadie que pueda ayudarme -cuando se trata de una necesidad o de una expectativa que supera la capacidad humana de esperar-, Él puede ayudarme (n.32).

- en segundo término, el actuar y el sufrir. Esforzarnos por cambiar el mundo, por iluminarlo, para ayudar a los otros, nos hace ejercitar la esperanza y nos convierte en ministros de esa virtud para las demás personas. Esa actuación incluye la aceptación del dolor y el sufrimiento. No se trata de masoquismo, sino de saber que la realidad humana incluye la cruz. Hay que luchar para disminuir las penas de la humanidad, desde luego; pero también hay que promover la aceptación del sufrimiento, ayudando a los pobres y a los enfermos con el consuelo y la caridad cristiana: Sufrir con el otro, por los otros; sufrir por amor de la verdad y de la justicia; sufrir a causa del amor y con el fin de convertirse en una persona que ama realmente, son elementos fundamentales de humanidad, cuya pérdida destruiría al hombre mismo (n.39).

En este mismo punto, Benedicto XVI aludía a la necesidad actual de la mortificación cristiana, un tema que para algunos parecía superado o innecesario: La idea de poder «ofrecer» las pequeñas dificultades cotidianas, que nos aquejan una y otra vez como punzadas más o menos molestas, dándoles así un sentido, eran parte de una forma de devoción todavía muy difundida hasta no hace mucho tiempo, aunque hoy tal vez menos practicada. ¿Qué quiere decir «ofrecer»? Estas personas estaban convencidas de poder incluir sus pequeñas dificultades en el gran com-padecer de Cristo, que así entraban a formar parte de algún modo del tesoro de compasión que necesita el género humano. De esta manera, las pequeñas contrariedades diarias podrían encontrar también un sentido y contribuir a fomentar el bien y el amor entre los hombres. Quizás debamos preguntarnos realmente si esto no podría volver a ser una perspectiva sensata también para nosotros (n.40).

Acudamos a la Virgen Santísima, Esperanza nuestra, para que nos ayude a ejercitar esa virtud teologal: que seamos almas de oración, de caridad, de sacrificio, que vivamos para el Señor, que es Dios de vivos. Pidámosle que nos encienda en el afán santo de habitar todos juntos en la casa del Padre. Nada podrá preocuparnos, si decidimos anclar el corazón en el deseo de la verdadera Patria: el Señor nos conducirá con su gracia, y empujará la barca con buen viento a tan claras riberas. (San Josemaría, Amigos de Dios, n.221).

sábado, julio 25, 2009

Peregrinos: muerte y esperanza


 Santa Misa de funeral.

1ª. Lectura: Ap 14,13: Ellos descansan de sus trabajos porque sus obras los acompañan.
Sal 63: Mi alma está sedienta de ti, Dios mío.
Lc 23: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. No está aquí, resucitó.

Celebramos hoy las exequias de nuestro hermano Luis Enrique. Es una circunstancia que nos hace enfrentarnos con esa realidad inexorable de la muerte. Como dice el poeta del siglo de oro español: “Yo, ¿para qué nací? / -para salvarme /que tengo que morir es infalible”...

Es dura la realidad de la muerte. Y es tan humana, que hasta el Señor Jesucristo aceptó padecerla, como acabamos de leer en el Evangelio: hacia las tres de la tarde, en medio de las penumbras de aquel Viernes Santo,
“Jesús, con voz potente, exclamó: ‘Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu’. Y dicho esto, expiró”.

Imaginémonos el corazón de su Madre. Pensemos en los sentimientos de Juan. A cada uno de ellos, el Señor les había encomendado mutuamente su cuidado: Ahí tienes a tu hijo, le había dicho a María; ahí tienes a tu Madre, le recomendó a Juan.

La escena de la Piedad, del amante que recibe entre sus brazos el cadáver de su amado, se repite cada día. Hoy lo vemos en esta queridísima familia.

Sé de un niño –no tenía mucho más de catorce años - que experimentó también el dolor de la separación por la muerte de su padre. Contaba que, al confirmarse la noticia, sintió como un hachazo que lo partía en dos. Parece que es una experiencia frecuente.

En ese momento, surgen interrogantes sobre la nueva vida: ¿qué será de nuestra existencia sin ti? Y recordamos tantos momentos gratos, cuando le teníamos entre nosotros: las salidas, los juegos, los consejos, los paseos, la vida diaria. Y también nos vienen a la mente algunas desavenencias: y sabemos descubrir esa disculpa que hace unos meses o unos años no supimos encontrar para darle un perdón más rápido. Hoy sabemos que, también aquello que nos costaba entender, siempre era para nuestro bien.

También nos pueden venir remordimientos, por palabras que no debimos haber dicho. O por lo que dejamos de hacer: podríamos haber agradecido, aprendido o comprendido más. Pero también es importante saber que –así como es natural el perdón y la disculpa de nuestra parte por sus posibles errores- él nos ha perdonado: sonríe pensando en nuestro dolor, con su gesto característico, y nos dice: tranquilos, todo está bien.

El muchachito del que hablaba al comienzo contaba que, durante las horas del velorio, uno pasa como por un túnel: agradece la visita de los parientes, de los amigos, pero experimenta esa soledad tremenda de la muerte, el temor ante el futuro sin ese bastón del ser querido.

Y piensa en las virtudes de la persona que se ha ido: como en este caso, en que hablamos de un buen padre, un buen esposo, un buen cristiano. Que deja –por Providencia de Dios, que siempre sabe escoger el mejor momento- una familia ya autónoma, con hijos profesionales. Que se va con la satisfacción del deber cumplido.

Asistir a unas exequias siempre nos interpela con la verdad de la muerte, decíamos. Sin querer ser trágico, es fácil pensar que un día nos llegará el momento, a cada uno, de partir. Y esa visión nos ayuda a ver de otro modo las aspiraciones que nos motivan cada día.

Es el último recuerdo que aquél muchacho me transmitía sobre el entierro de su padre: dice que -después del funeral- en la procesión con el féretro por la nave de la iglesia, el coro entonó un himno muy conocido, que él mismo había cantado muchas veces. Pero en la solemnidad del momento, entendió la verdad de esa doctrina que en forma musical quiso el Señor recordarle, y recordarnos ahora:
“Nos hallamos aquí en este mundo que tu amor nos dio, pero la meta no está en esta tierra: es un Cielo que está más allá”.

En medio del dolor que nos causa la separación, nos llena de consuelo y de esperanza la convicción de que enterramos a un hombre santo. Al comienzo del año sacerdotal, la Iglesia nos recuerda que, por el hecho de estar bautizados y confirmados, todos participamos del sacerdocio de Cristo –en modos diversos, los laicos y los clérigos-.

Luis Enrique era un buen padre, un buen esposo, un buen trabajador, precisamente porque era un buen cristiano. El sábado pasado le administré el sacramento de la unción de enfermos y pude constatar lo bien preparado que estaba para dar este paso. Y fue preparando a su familia con cariño, con fortaleza –sin apenas quejarse-, con visión sobrenatural.

San Josemaría, a quien Luis Enrique tenía mucha devoción –hasta el punto de hacerse Cooperador del Opus Dei- decía que morir es como casarse. Y sugería que, cuando nos llegara el momento, pidiéramos la intercesión de la Virgen:
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora… Y concluía: “¡Y verás a la hora de la muerte! ¡Qué sonrisa tendrás a la hora de la muerte! No habrá un rictus de miedo, porque estarán los brazos de María para recogerte”.

Esto fue lo que sucedió en la hora de la muerte de Luis Enrique: antenoche, lo último que hizo la familia fue rezar el Rosario. Y ayer, al comenzar el día de Nuestra Señora del Carmen, Luis Enrique se encontró con los brazos de María para recogerlo, la Virgen se lo llevó a la Casa del Padre. Y ahora, desde allí, nos sigue cuidando, y no dejará de pedir al Señor por nuestras necesidades.

Nosotros seguiremos rezando por él, como un deber de justicia, pero estamos convencidos de lo que escuchamos en la primera lectura:
“Dichosos los difuntos que mueren en el Señor: ellos descansan de sus trabajos porque sus obras los acompañan”. Y estamos aquí testimoniando que las obras buenas de Luis Enrique fueron muchas, y se lo agradecemos, a él y, en primer lugar, al Señor por habernos dado este modelo de conducta.

Podemos terminar meditando los últimos versos que consolaron a aquel amigo cuando era casi un niño y que ojalá hoy también nos ayuden a ejercitar nuestra esperanza.
“Somos los peregrinos que vamos hacia el Cielo. La fe nos ilumina: nuestro destino no se halla aquí. La meta está en lo eterno, nuestra patria es el Cielo. La esperanza nos guía y el amor nos lo entreabre ya”.

Bogotá, 17-VII-2009

sábado, enero 31, 2009

Optimismo y esperanza cristiana



Comienza un nuevo año, al menos en lo laboral, para muchos. Aunque ya llevamos un mes, el inicio de febrero nos hace caer en la cuenta de que el año nuevo no da espera: ¡ya gastamos la duodécima parte! Y el inicio de un año siempre crea expectativas: es famoso el chiste del fanático de un equipo malo de fútbol que repite: “este año sí”. Pero también nos acechan miedos: la crisis económica, los vaivenes de la política, las normas que emanarán los gobernantes de turno, si seremos capaces de lograr los objetivos, cómo responderá nuestra salud… En la vida interior, un poco de lo mismo: cómo responderemos a lo que nos pide Dios; dudamos de nuestras capacidades, parece que cada vez fuéramos peores o, al menos, que no mejoramos. Como si las tentaciones fueran mayores o nuestras defensas cada vez más débiles. Por fuera y por dentro se nota la “mancha viscosa que extienden los sembradores del odio”: crece la tentación del pesimismo.

Por otra parte, la liturgia del IV domingo nos muestra motivos para la esperanza: en la primera lectura, el Señor anuncia a Moisés que siempre tendremos un profeta como él: “yo suscitaré en medio de tus hermanos un profeta como tú; pondré mis palabras en su boca y él les dirá lo que yo le mande”. Sabemos que esa promesa se cumplió en Jesucristo, el profeta definitivo y eterno.

En el ciclo B meditamos cada domingo el Evangelio de Jesucristo escrito por San Marcos, el segundo en antigüedad, que reproduce la predicación de Pedro. Aunque hay pocos comentarios de los Padres sobre este Evangelio, es uno de los más valorados actualmente por su cercanía al tiempo de Cristo y su espontaneidad, que facilitan “meterse” más en las escenas, acercarse más a Jesús. En el Evangelio de Marcos se insiste mucho en lo que hoy se llama “el misterio de Jesús”: es decir, el repetido mandato de guardar el secreto de su mesianismo, de su condición de Hijo de Dios.

Es lo que vemos en el primer capítulo (vv. 21-28), donde notamos que se cumple la profecía de Moisés: “Entraron en Cafarnaún y, en cuanto llegó el sábado, fue a la sinagoga y se puso a enseñar. Y se quedaron admirados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene potestad y no como los escribas. Se encontraba entonces en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu impuro, que comenzó a gritar: —¿Qué tenemos que ver contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a perdernos? ¡Sé quién eres: el Santo de Dios! Y Jesús le conminó: —¡Cállate, y sal de él! Entonces, el espíritu impuro, zarandeándolo y dando una gran voz, salió de él. Y se quedaron todos estupefactos, de modo que se preguntaban entre ellos: — ¿Qué es esto? Una enseñanza nueva con potestad. Manda incluso a los espíritus impuros y le obedecen. Y su fama corrió pronto por todas partes, en toda la región de Galilea”.

En el relato vemos precisamente lo que dijimos antes: Jesús rechaza el reconocimiento que le hacen los demonios como Santo de Dios. Pero podemos fijarnos en la conclusión de la escena: la gente queda atónita, “estupefacta”, por la autoridad del nuevo Profeta, que incluso domina a los espíritus maléficos.

Podemos tomarlo como una respuesta a nuestros miedos, a esos malos espíritus que sentimos alrededor y que pueden llenarnos de miedo. Encontramos la razón última del anuncio de los dos recientes Papas a la humanidad: “no tengáis miedo”, nos repiten. Vienen a la memoria unas palabras de San Josemaría que han llenado de optimismo a muchos:  

Es posible que muchas veces triunfe aquí el enemigo de Dios. Pero eso no nos va a retraer de trabajar, porque Cristo también está aquí triunfando, en medio de los hombres. Todas las criaturas -también Satanás y sus espíritus malignos- se rinden ante la majestad de Jesucristo y le sirven. El Señor sigue triunfando ahora en medio de los hombres. Cristo no ha fracasado: su vida y su doctrina están fecundando continuamente la tierra. ¡Optimistas, pues!”

Lo vimos en el Evangelio, y lo notamos también hoy: Cristo también está aquí triunfando, en medio de los hombres. Aunque a veces no se note, aunque parezca que vence el mal, El Señor sigue triunfando ahora en medio de los hombres. La conclusión, contemplando el relato de hoy, no puede ser otra que: ¡Optimistas, pues!

Pero la actitud cristiana supera con mucho al optimismo humano. Los hijos de Dios sabemos que en Cristo se cumple la promesa de Moisés: es uno de nuestros hermanos, en su boca están las palabras de Dios y nos dice lo que manda el Señor. Es más: se encuentra de continuo junto a nosotros. Y nos manda: Duc in altum! ¡Mar adentro y echad vuestras redes para la pesca! (Lc 5,4). Por eso, superamos todos los temores, porque Él está comandando la barca. Y si sentimos miedo, nos repite: “Tened confianza. Soy Yo. No temáis” (Mt 14, 27).

El Apóstol de las gentes nos enseña que la esperanza “no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado”. Y esa esperanza nos impulsa a enfrentar el nuevo año con conciencia de misión: “Movidos por la fuerza de la esperanza, lucharemos para borrar la mancha viscosa que extienden los sembradores del odio, y redescubriremos el mundo con una perspectiva gozosa, porque ha salido hermoso y limpio de las manos de Dios, y así de bello lo restituiremos a El” (San Josemaría, Amigos de Dios, n. 219).

Redescubrir el mundo: mirarlo con el filtro de la mirada divina, que ―al crearlo― vio que era bueno. Adquirir la perspectiva gozosa del materialismo cristiano: el mundo es bueno, porque viene de Dios y porque la vida y la doctrina de Cristo están fecundando continuamente la tierra. Pero la esperanza no es pasiva: nos mueve a esa maravillosa misión de restituirle a Dios el mundo hermoso, limpio y bello.

La esperanza, enseña el Compendio del Catecismo de la Iglesia (n. 387), “es la virtud teologal por la que deseamos y esperamos de Dios la vida eterna como nuestra felicidad, confiando en las promesas de Cristo, y apoyándonos en la ayuda de la gracia del Espíritu Santo para merecerla y perseverar hasta el fin de nuestra vida terrena”. Esta virtud nos enseña el verdadero valor de las cosas de la tierra, que no son más que instrumentos para alcanzar el verdadero bien, que es el Señor.

Decíamos al comienzo que, ante el empuje de un nuevo año, podemos sentirnos incapaces. Puede ser una situación buena, si nos lleva a reaccionar humildemente, acudiendo a Dios, apoyándonos en la ayuda de la gracia del Espíritu Santo, no en nuestras fuerzas. 

La esperanza nos ayuda a vencer todas las asechanzas del enemigo. Por eso San Pablo (1 Tes 5,8) también nos invita a que “estemos revestidos con la coraza de la fe y de la caridad, con el yelmo de la esperanza de salvación”. Ese yelmo nos ayudará a mantener fija la cabeza, con la mirada en el cielo.

Para esta batalla contamos con el apoyo de Nuestra Madre, María. Ella, “Esperanza nuestra”, cuidará de nosotros cada que la invoquemos, especialmente cuando estemos más necesitados. Nos lo garantiza la misma Palabra de Dios, no solo al comienzo del Nuevo Testamento, en el Evangelio de Marcos, sino también al final, en el último libro de la Biblia. Como explica Benedicto XVI, “Todas las fuerzas de la violencia del mundo parecen invencibles, pero María nos dice que no lo son. La Mujer, como nos muestran el Apocalipsis y el Evangelio, es más fuerte porque Dios es más fuerte. Ciertamente, en comparación con el dragón, tan armado, esta Mujer, que es María, que es la Iglesia, parece indefensa, vulnerable. Y realmente Dios es vulnerable en el mundo, porque es el Amor, y el amor es vulnerable. A pesar de ello, él tiene el futuro en la mano; vence el amor y no el odio; al final vence la paz (Homilía 15-VIII-06).

martes, diciembre 25, 2007

Navidad: alegría, optimismo, esperanza




La Misa de la vigilia de Navidad comienza pidiendo al Señor que, “así como ahora acogemos a tu Hijo, llenos de júbilo, como a nuestro redentor, así también cuando venga como juez, podamos recibirlo llenos de confianza”. Y uno puede pensar qué sentido tiene hablar de júbilo en un tiempo como el nuestro, lleno de eventos negativos de todo tipo. Alguno puede llegar a preguntarse, quizá, si no tendrán razón los que piensan que la Navidad es un momento de anestesia, medio mítico, sin mayores consecuencias verdaderas.

Por el contrario, la liturgia está llena de ecos del anuncio de los ángeles: “¡Os anuncio una gran alegría!”. En la primera lectura, el capítulo 62 (1-5) de Isaías presenta una celebración jubilosa de Jerusalén: el Señor se ha complacido en ti. Una voz se eleva intercediendo por la bienamada, que fue abandonada por un tiempo: “tu esposo será tu Creador”, había dicho el capítulo 54. (Pelletier):Por amor a Sión no me callaré y por amor a Jerusalén no me daré reposo, hasta que surja en ella esplendoroso el justo y brille su salvación como una antorcha. Entonces las naciones verán tu justicia, y tu gloria todos los reyes. Te llamarán con un nombre nuevo, pronunciado por la boca del Señor. Serás corona de gloria en la mano del Señor y diadema real en la palma de su mano. Ya no te llamarán "Abandonada", ni a tu tierra "Desolada"; a ti te llamarán "Mi complacencia" y a tu tierra, "Desposada", porque el Señor se ha complacido en ti y se ha desposado con tu tierra. Como un joven se desposa con una doncella, tu hacedor se desposará contigo; como el esposo se alegra con la esposa, así se alegrará tu Dios contigo”. 

En la misma línea canta el Salmo 88: Hoy nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. "Hice un juramento a David mi servidor, pacté una alianza con mi elegido: Consolidaré tu dinastía para siempre y afirmaré tu trono eternamente. El me podrá decir: Tú eres mi padre, el Dios que me protege y que me salva. Yo jamás le retiraré mi amor ni violaré el juramento que le hice". 

En la Navidad de 1971, San Josemaría escribía a sus hijos una tarjeta de felicitación en la que les daba la clave para la alegría verdadera, que solo se encuentra en el Señor: Que Él (Dios) y su Santísima Madre, Madre Nuestra (…) nos concedan una Santa Navidad, y nos den la gracia de una entrega cada día más delicada y generosa. Es deseo del Señor, y también será una gran alegría para este Padre vuestro, que recemos mucho —clama, ne cesses! (Carta, en EF-711200-2). El 23 de agosto de ese año, San Josemaría había descubierto con la gracia de Dios, la importancia de que vayamos con fe al trono de la gloria, para alcanzar misericordia: adeamus cum fiducia ad thronum gloriae, a María, ut misericordiam consequamur. Por eso se entiende que, si acudimos con fe a María, alcanzaremos la misericordia divina, que es el fundamento de nuestra alegría. Muchos regalos grandes, también muchas vocaciones fieles, han llegado de la mano de la Virgen: en un mes dedicado a ella, en una fiesta suya, un sábado… 

Y es que María es el trono de la gloria, la que porta a su Hijo y nos lo muestra, igual que antes en el pesebre, ahora en el Sagrario, en los sacramentos, en la oración. Como dice el Prelado del Opus Dei en la carta que escribió a sus hijos en diciembre del 2007,¡Es tan fácil reconocer la asistencia de Nuestra Señora en cada paso de nuestra vida! Consideremos sosegadamente esta protección en el silencio fecundo de la oración, y descubriremos con mayor claridad aún la actuación constante de nuestra Madre del Cielo, hasta en los acontecimientos aparentemente más pequeños de nuestra existencia. Ha sido Ella quien, con el poder de su Hijo, nos ha defendido tantas veces de las insidias del enemigo de las almas, nos ha ayudado a vencer las tentaciones, nos ha hecho superar los obstáculos que se interponían en ese caminar hacia Dios. Ha sido Ella—porque así lo ha dispuesto el Señor—quien nos ha alcanzado luces y gracias nuevas, que han germinado en nuestros corazones, a pesar de la poquedad personal de cada uno”. 

Un año antes del momento en que San Josemaría sintió que Dios le sugería la jaculatoria adeamus cum fiducia ad thronum gloriae, a María, ut misericordiam consequamur, también había escuchado de Dios, el 6 de agosto de 1970, lo siguiente: sigue rezando, con clamor, con fortaleza; no dejes de rezar, que te escucho. Clama, ne cesses! ¿Cómo no conservar la alegría y el optimismo sobrenatural con esa certeza?

El fundamento de esa alegría es que Mesías, el Señor, está entre nosotros. En el comienzo del Evangelio de Mateo (1, 18-25) se relata cómo, a través de José, “hijo de David”, Jesús se convierte legalmente en descendiente del rey poeta. No temas, saluda el ángel a José, como antes a María. El nombre del hijo significa Salvador (Hoy nos ha nacido un Salvador): del pecado, que restablece la relación rota con Dios. La cita de Isaías no solo afirma la maternidad virginal de María, sino también que, en la persona de Jesús, se cumple el oráculo: Dios-con-nosotros (al final de este Evangelio Jesús dirá: “Yo (Enmanuel) estoy con vosotros todos los días hasta el final del mundo” (Pelletier). 

Al reconocer que Dios está con su pueblo, las naciones serán bendecidas en Sión (Leske): “La generación de Jesucristo fue así: María, su madre, estaba desposada con José, y antes de que conviviesen se encontró con que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, como era justo y no quería exponerla a infamia, pensó repudiarla en secreto. Consideraba él estas cosas, cuando un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: —José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados. Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que dijo el Señor por medio del Profeta: Mirad, la virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán por nombre Enmanuel, que significa Dios-con-nosotros. Al despertarse, José hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado, y recibió a su esposa. Y, sin que la hubiera conocido, dio ella a luz un hijo; y le puso por nombre Jesús”. 

Optimismo, alegría sobrenatural, pues Dios hoy ha bajado para quedarse siempre con nosotros, Él es el Enmanuel. Por eso, pase lo que pase en el nuevo año, nunca perderemos la paz. San Josemaría predicaba una idea similar: Es posible que muchas veces triunfe aquí el enemigo de Dios. Pero eso no nos va a retraer de trabajar, porque Cristo también está aquí triunfando, en medio de los hombres. Todas las criaturas -también Satanás y sus espíritus malignos- se rinden ante la majestad de Jesucristo y le sirven. El Señor sigue triunfando ahora en medio de los hombres. Cristo no ha fracasado: su vida y su doctrina están fecundando continuamente la tierra. ¡Optimistas, pues!

Le pedimos al Señor esa alegría, ese optimismo sobrenatural, que nos aumente la esperanza. También hacemos el propósito de pedirlo más este nuevo año (Clama, ne cesses!). Y como nos detiene un poco el temor a nuestra indignidad, ponemos como intercesora a la que es Trono de la Gloria, nuestra Madre María. Así se cumplirán, también ahora, los deseos de aquella tarjeta que escribió San Josemaría en 1971: Que Él (Dios) y su Santísima Madre, Madre Nuestra —adeamus cum fiducia ad thronum gloriae, a María, ut misericordiam consequamur—, nos concedan una Santa Navidad, y nos den la gracia de una entrega cada día más delicada y generosa. Es deseo del Señor, y también será una gran alegría para este Padre vuestro, que recemos mucho —clama, ne cesses!

sábado, noviembre 18, 2006

Motivos de esperanza


Cada año, en la segunda mitad de noviembre, la liturgia de la Iglesia expone un tema que genera temor en la sociedad actual: el fin del mundo. El ser humano se asusta ante la posibilidad de que esta vida se acabe. Y, al mismo tiempo, cualquier película que hable de este asunto tiene taquilla asegurada.

En teología, la materia que estudia estos argumentos, llamada “Escatología”, es una de las que más controversias suscita: ¿en qué consiste propiamente la muerte? ¿qué sucede después de ella? ¿qué son esas estructuras conocidas como el cielo, el purgatorio, el infierno? ¿en verdad existen, o son mitos ya superados?

Precisamente por eso la Iglesia insiste en el anuncio de este tema, no sea que, inmersos en la barahúnda de la existencia cotidiana, nos vaya a suceder lo que decía la revista Time: «Nunca hemos corrido tan deprisa hacia ninguna parte».

La Revelación cristiana nos enseña que esta vida terrena tiene un origen y un destino, que es Dios. Y con esa instrucción no solo no le quita horizontes al pensamiento, sino que, por el contrario, le abre perspectivas. Juan Pablo II exponía en la Encíclica Fides et Ratio que uno de los problemas del hombre y la mujer contemporáneos es la falta de sentido. Y el anuncio de una meta a la cual se orienta nuestra vida es precisamente ese rumbo que tanto necesitamos. 

Ya en el Antiguo Testamento se prefigura la visión profética (Daniel 12,1-3): surgirá Miguel, el gran príncipe, protector de tu pueblo. Será un tiempo de angustia como no hubo otro desde que existen las naciones. Cuando llegue ese momento, todos los hijos de tu pueblo que estén escritos en el libro se salvarán. Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra despertarán: unos para la vida eterna, otros para la vergüenza, para el castigo eterno.

Por eso en el Salmo 15 le pedimos al Señor: Enséñanos el camino de la vida. Se trata de pedir a Dios que nos ayude a comportarnos como hijos de su pueblo, escritos en el libro de los bautizados: Señor, tú eres mi alegría y mi herencia, mi destino está en tus manos. Por eso se me alegra el corazón y todo mi ser descansa tranquilo; porque no me abandonarás en el abismo, ni dejarás a tu fiel experimentar la corrupción.

En este contexto se puede recordar la llamada del Maestro: Velad y orad, para que podáis presentaros sin temor ante el Hijo del hombre. Las personas de fe no tienen temor ante la muerte, ni ante el futuro, pues saben que, si velan y oran, se presentarán ante Aquél al que han procurado amar a lo largo de su vida, que sus nombres están escritos en el libro de los elegidos.

Las enseñanzas de Evangelio siempre nos llenan de esperanzas (Mc 13,24-32): Entonces verán venir al Hijo del hombre entre nubes con gran poder y gloria; él enviará entonces a los ángeles y reunirá de los cuatro vientos a sus elegidos, desde el extremo de la tierra al extremo del cielo.

San Agustín previene ante la tentación –que ya tuvieron los tesalonicenses— de esperar al último momento para portarse bien, hasta cuando Jesús esté a punto de llegar. Dice el Obispo de Hipona: “No pongamos resistencia a su primera venida y no temeremos la segunda”. Con la primera venida se refiere a la predicación de la Iglesia. Si nos esforzamos por vivir de acuerdo con sus enseñanzas, no hay por qué temer el día del juicio final. Esta actitud se favorece en la vida individual del cristiano, pero también en su vida social y eclesiástica, por la virtud de la esperanza. Se trata de una virtud teologal, que nos ayuda a enfrentar la vida con ojos optimistas.

En agosto de 2006, un sacerdote le preguntaba a Benedicto XVI si había esperanza para una diócesis pequeña, en una sociedad postmoderna, llena de dificultades, etc. La respuesta fue: “Respondo sin dudarlo: sí. Naturalmente, tenemos esperanza: la Iglesia está viva. Tenemos dos mil años de historia de la Iglesia, con tantos sufrimientos, incluso con tantos fracasos. Pensemos en la Iglesia en Asia menor, la grande y floreciente Iglesia de África del norte, que con la invasión musulmana desapareció. Por tanto, porciones de Iglesia pueden desaparecer realmente, como dice san Juan en el Apocalipsis, o el Señor a través de san Juan: Si no te arrepientes, iré donde ti y cambiaré de su lugar tu candelero (Ap 2,5). Pero, por otra parte, vemos cómo entre tantas crisis la Iglesia ha resurgido con nueva juventud, con nueva lozanía.

En el siglo de la Reforma, la Iglesia católica parecía en realidad casi acabada. Parecía triunfar esa nueva corriente, que afirmaba: ahora la Iglesia de Roma se ha acabado. Y vemos que con los grandes santos, como Ignacio de Loyola, Teresa de Ávila, Carlos Borromeo, y otros, la Iglesia resurgió. Encontró en el concilio de Trento una nueva actualización y una revitalización de su doctrina. Y revivió con gran vitalidad. Lo vemos también en el tiempo de la Ilustración, en el que Voltaire dijo: "Por fin se ha acabado esta antigua Iglesia, vive la humanidad". Y ¿qué sucedió, en cambio? La Iglesia se renovó. En el siglo XIX florecieron grandes santos, hubo una nueva vitalidad con tantas congregaciones religiosas: la fe es más fuerte que todas las corrientes que van y vienen. Lo mismo sucedió en el siglo pasado. Hitler dijo en cierta ocasión: "La Providencia me ha llamado a mí, un católico, para acabar con el catolicismo. Sólo un católico puede destruir el catolicismo". Estaba seguro de contar con todos los medios para destruir por fin al catolicismo. Igualmente la gran corriente marxista estaba segura de realizar la revisión científica del mundo y de abrir las puertas al futuro: "la Iglesia está llegando a su fin, está acabada". Pero la Iglesia es más fuerte, según las palabras de Cristo. Es la vida de Cristo la que vence en su Iglesia.

También en tiempos difíciles, cuando faltan las vocaciones, la palabra del Señor permanece para siempre. Y, como dice el Señor mismo, el que construye su vida sobre esta roca de la palabra de Cristo, construye bien. Por eso, podemos tener confianza. Vemos también en nuestro tiempo nuevas iniciativas de fe. Vemos que en África la Iglesia, a pesar de todos sus problemas, tiene una gran floración de vocaciones que estimula. Y así, con todas las diversidades del panorama histórico de hoy, vemos -y no sólo, creemos- que las palabras del Señor son espíritu y vida, son palabras de vida eterna. San Pedro dijo: Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros hemos creído y conocido que tú eres el santo de Dios (Jn 6,69). Y viendo a la Iglesia de hoy; viendo la vitalidad de la Iglesia, a pesar de todos sus sufrimientos, podemos decir también nosotros: hemos creído y conocido que tú tienes palabras de vida eterna y, por tanto, una esperanza que no defrauda”.

La comunión de los santos es otro motivo de esperanza: "La consideración de esta realidad alimentará además nuestra esperanza cuando las fuerzas del mal se hagan presentes con mayor virulencia en el mundo, abriendo quizá una puerta al pesimismo. ¡No demos cabida a esta tentación, hijas e hijos míos!" (Echevarría, Carta 1-XI-2006)

Son palabras que recuerdan aquellas otras de San Josemaría: "Es posible que muchas veces triunfe aquí el enemigo de Dios. Pero eso no nos va a retraer de trabajar, porque Cristo también está aquí triunfando, en medio de los hombres. Todas las criaturas -también Satanás y sus espíritus malignos- se rinden ante la majestad de Jesucristo y le sirven. El Señor sigue triunfando ahora en medio de los hombres. Cristo no ha fracasado: su vida y su doctrina están fecundando continuamente la tierra. ¡Optimistas, pues!"

De frente a un futuro incierto, cuando la sociedad parece en ocasiones querer alejarse de Dios, la actitud cristiana ha de ser la misma: Naturalmente, tenemos esperanza: la Iglesia está viva. Desde el Calvario contamos, además, con otro motivo de esperanza: la Madre de Dios, que pasó a ser entonces también Madre nuestra. A ella acudimos con esa jaculatoria tradicional: Santa María, Esperanza nuestra, ruega por nosotros.