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Santa María, madre de Dios

  


   
Temas: 1. Santa María, madre de Dios. 2. Madre de Dios y madre nuestra. 3. Esperanza nuestra.

“Oh, María, llena de todas las gracias, Puerta abierta para Cristo que Él, como Rey, franquea, permaneciendo desde el principio y para siempre cerrada”.

La Navidad es una fiesta cristológica, en la cual celebramos que “salió del claustro de la Virgen el Hijo del eterno Padre”. Pero también festejamos que su madre, una representante del género humano, nos trae “la esperanza ilimitada”.

San Josemaría escribió que “todas las fiestas de Nuestra Señora son grandes, porque constituyen ocasiones que la Iglesia nos brinda para demostrar con hechos nuestro amor a Santa María. Pero si tuviera que escoger una, entre esas festividades, prefiero la de hoy: la maternidad divina de la Santísima Virgen” (AD, n. 274). Se entiende que una persona para la cual sus grandes amores son Cristo y María goce con una solemnidad que conmemora su vínculo humano y divino. Quizá por esa misma razón le gustaba repetir que “la maternidad divina de Santa María es un brillante en la corona de Dios”[1].

María es llamada en el Evangelio “madre de Jesús” y “madre del Señor” sin ningún problema, no hay polémica para aceptarla como tal. Pero el testimonio más clave es la epístola de san Pablo a los Gálatas (4,4), que la liturgia escogió como segunda lectura de esta solemnidad: “cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer”. Con un silogismo simple, se colige que si Jesús es el Hijo de Dios y nació de María, ella es su madre, la madre del Verbo encarnado, la madre de Dios.

Así lo expresa el Compendio del Catecismo (n. 95): “María es verdaderamente Madre de Dios porque es la madre de Jesús. En efecto, aquél que fue concebido por obra del Espíritu Santo y fue verdaderamente Hijo suyo, es el Hijo eterno de Dios Padre. Es Dios mismo”.

Los padres de la Iglesia (san Ignacio, san Justino, san Irineo y Tertuliano) resaltaron la maternidad de María para insistir en que Jesús era verdadero hombre, en respuesta a los gnósticos y a los docetas que negaban la humanidad de Cristo y su realidad corporal. Este fue el origen de la palabra Theotokos, madre de Dios, que empezó a utilizarse desde finales del siglo III, por ejemplo en la súplica “Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios…”, que es quizá la oración mariana más antigua.

En el siglo IV el símbolo niceno-constantinopolitano (381) afirmó la maternidad divina de María en respuesta a Arrio (que negaba la divinidad del Logos y la corporeidad de Jesús). Cincuenta años más tarde, el concilio de Éfeso reselló esa fe ante las herejías de Nestorio, quien decía que María era Christotokos, madre de Cristo-hombre, pero no de Dios. Por esa razón, el concilio decretó que María debería ser llamada Theotokos. San Juan Pablo II escribió al respecto que

con este título, que encuentra amplio eco en la devoción del pueblo cristiano, María aparece en la verdadera dimensión de su maternidad: es madre del Hijo de Dios, a quien engendró virginalmente según la naturaleza humana y educó con su amor materno, contribuyendo al crecimiento humano de la persona divina, que vino para transformar el destino de la humanidad. (Audiencia, 13-IX-1995)

2. En la primera lectura escuchamos la bendición del libro de los Números (6, 22-27), que los sacerdotes pronunciaban sobre el pueblo al salir de su oficio litúrgico: “El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz”. Esta bendición no promete bienes materiales, sino la protección divina, la contemplación del rostro del Señor, su bondad, su misericordia y su paz.

El papa Francisco explicó que la iglesia, al utilizarla en esta solemnidad, nos recuerda que la Virgen es “la primera destinataria de esta bendición. Se cumple en ella, pues ninguna otra criatura ha visto brillar sobre ella el rostro de Dios como María, que dio un rostro humano al Verbo eterno, para que todos lo puedan contemplar" (Homilía, 1-1-2015).

Y así llegamos al Evangelio del día, cuyos protagonistas nos representan, en los cuales nos sentimos identificados: los sencillos pastores. Unos versículos antes, san Lucas ha escrito que en aquella misma región de Belén, donde acababa de nacer Jesús, "había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño". Son personas humildes, pobres, trabajadoras. María se sentiría a gusto entre ellos: así eran sus familiares. Ese es el ambiente en el que Jesús quiso pasar sus primeros momentos en la tierra.

Por esa razón, el evangelio de la Misa que celebra la maternidad divina de María comienza centrando nuestra atención en el pesebre, donde se encuentra Jesús acompañado de su Madre: “Fueron corriendo y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre” (Lc 2,16). San Lucas añade que, “al verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores”.

¿Pero cuáles cosas admirables tenían para contar aquellos pobres trabajadores nocturnos? - contaron que un Ángel se les había aparecido, que la gloria del Señor los había envuelto de claridad, ¡habían estado en el cielo!, que el mensajero divino les había anunciado el nacimiento del Salvador, del Mesías, del Señor. Y que la señal que les había dado era: “encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre». Ahora sí entendemos que san José y María “se admiraban de lo que les habían dicho los pastores”. No porque ellos no lo supieran, sino por la ruptura del secreto, quizá pensaban que, como había sucedido durante los nueve meses pasados, solo estarían enterados ellos dos, más la familia de Isabel, Zacarías y Juan.

Pero san Lucas no solo resalta que la promesa del Ángel a los pastores se cumplió cuando ellos pudieron ver a la sagrada Familia, sino que además subraya un aspecto que podemos considerar con detenimiento hoy: “María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”. El papa Francisco explica que

“La Virgen nos hace entender cómo acoger el evento de la Navidad: no superficialmente, sino en el corazón. Nos indica el verdadero modo de recibir el don de Dios: conservarlo en el corazón y meditarlo. Es una invitación dirigida a cada uno de nosotros a rezar contemplando y gustando este don que es Jesús mismo”. (Ángelus, 1-1-2018)

La Navidad, a pesar de ser un tiempo de fiesta y alegría, también debe significar para nosotros una meditación más profunda en lo que significa el misterio de la Encarnación de Dios, que haya querido asociar a una humilde mujer en su misión redentora, escogiéndola como su madre y preparándola para que fuera también madre nuestra.

Tú, Señor, nos invitas a que también nosotros conservemos todas estas cosas, y que las meditemos en nuestro corazón. Tenemos multitud de información, de lecturas pendientes, de retos para cumplir, de pasatiempos que nos esperan. Pero esta fiesta nos enseña que el secreto está en rezar, en contemplar, en adorar, en gustar del regalo que es el mismo Niño.

Con mayor razón en tiempos de dificultades, de contradicciones, de pandemias, de incertidumbre ante el futuro. Por eso, el papa también les dijo a sus colaboradores de la curia que los tiempos de crisis son momentos para rezar más:

Es fundamental no interrumpir el diálogo con Dios, aunque sea agotador. Rezar no es fácil. No debemos cansarnos de rezar siempre (cf. Lc 21,36 [Estad despiertos en todo tiempo, pidiendo que podáis escapar de todo lo que está por suceder y manteneros en pie ante el Hijo del hombre]; 1 Ts 5,17 [Sed constantes en orar]). No conocemos otra solución a los problemas que estamos experimentando que rezar más y, al mismo tiempo, hacer todo lo que podemos con mayor confianza. La oración nos permitirá “esperar contra toda esperanza” (cf. Rm 4,18). (Discurso, 21-12-2020)

Este puede ser el primer propósito ante el ejemplo de María: perseverar en la oración, aprender de ella a pedir, a adorar, a agradecer, a desagraviar, a confiar, a esperar.

3. “Encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre”. La mejor manera de comenzar el año es encontrar a María como la Madre de Dios y también como madre nuestra. Otra invitación del papa a lo largo de la pandemia ha sido “a estar llenos de esperanza”. Y ahora nos habla de reconocer la crisis pero con la esperanza y la luz del Evangelio. Y no es casualidad que a la Virgen la llamemos tantas veces al día “esperanza nuestra”, con esa jaculatoria tomada de la Salve.

Esperanza nuestra: ella nos dio a su Hijo, que nos hizo hijos del Padre. Esa es la clave de la esperanza cristiana. No consiste en repetir, de modo voluntarista, un "todo irá bien" que no se sabe quién lo garantiza. Nosotros podemos repetir: "La seguridad de sentirme –de saberme– hijo de Dios me llena de verdadera esperanza" (AD, n. 208).

En el discurso a la curia antes mencionado, el papa les hablaba a sus colaboradores de la crisis que hemos experimentado durante el año de la pandemia. Todos hemos tenido nuestras dificultades: personales, familiares, institucionales, mundiales. Por ese motivo, Francisco nos recuerda que

el tiempo de crisis es un tiempo del Espíritu, entonces, incluso ante la experiencia de la oscuridad, de la debilidad, de la fragilidad, de las contradicciones, del desconcierto, ya no nos sentiremos agobiados, sino que mantendremos constantemente una confianza íntima de que las cosas van a cambiar, que surge exclusivamente de la experiencia de una Gracia escondida en la oscuridad. (Discurso, 21-12-2020)

La esperanza del cristiano, la que estamos invitados a contagiar en tiempos de dificultad, se fundamenta en que Cristo nos hizo sus hermanos, nos elevó a la dignidad de hijos de Dios y nos dio a la Virgen como Madre. Por esa razón,

la Navidad tiene sobre todo un sabor de esperanza porque, a pesar de nuestras tinieblas, la luz de Dios resplandece. Su luz suave no da miedo; Dios, enamorado de nosotros, nos atrae con su ternura, naciendo pobre y frágil en medio de nosotros, como uno más. (Francisco, Homilía, 24-12-2016)

Si María es nuestra esperanza, si acudimos a ella como nuestra madre, si aprendemos de su ejemplo a conservar lo que nos suceda y a meditarlo en el corazón, a pesar de las crisis nos sucederá lo mismo que a los pastores: “Y se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho”.



[1] Cit. por Echevarría, J. (1988). Testimonio. En: Positio super vita et virtutibus, Romana et matriten. Beatificationis et Canonizationis Servi Dei Iosephmariae Escrivá de Balaguer, Roma, pro manuscripto, p. 308.

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