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domingo, febrero 10, 2013

Mar adentro


Celebramos hoy el quinto domingo del tiempo ordinario. Seguimos considerando los inicios del Evangelio de San Lucas. Al comienzo, narra los inicios del apostolado del Señor en Galilea: el anuncio del cumplimiento de las Escrituras en la sinagoga, la predicación –el Discurso del Llano y las Parábolas del Reino- que confirma con milagros. Desde muy temprano en su narración, Lucas presenta la elección de los discípulos, como veremos hoy (5,1-11).

Estaba Jesús junto al lago de Genesaret y la multitud se agolpaba a su alrededor para oír la palabra de Dios. «Vamos a acompañar a Cristo en esta pesca divina. Jesús está junto al lago de Genesaret y las gentes se agolpan a su alrededor, ansiosas de escuchar la palabra de Dios. ¡Como hoy! ¿No lo veis? Están deseando oír el mensaje de Dios, aunque externamente lo disimulen. Quizá algunos han olvidado la doctrina de Cristo; otros -sin culpa de su parte- no la aprendieron nunca, y piensan en la religión como en algo extraño. Pero, convenceos de una realidad siempre actual: llega siempre un momento en el que el alma no puede más, no le bastan las explicaciones habituales, no le satisfacen las mentiras de los falsos profetas. Y, aunque no lo admitan entonces, esas personas sienten hambre de saciar su inquietud con la enseñanza del Señor» (San Josemaría, Amigos de Dios, n. 260).

Y vio dos barcas que estaban a la orilla del lago; los pescadores habían bajado de ellas y estaban lavando las redes. Estaban cansados, en la última faena antes de retirarse a gozar de un merecido descanso, más necesario si ―como era el caso― todos los esfuerzos habían resultado infructuosos. Aquellos hombres ven cómo se dirige a ellos un predicador itinerante y hace una operación inesperada: Entonces, subiendo a una de las barcas, que era de Simón, le rogó que la apartase un poco de tierra. Y, sentado, enseñaba a la multitud desde la barca.

¡Cómo te metes en nuestra vida, Señor! Casi sin dar tiempo a que Pedro reaccione ―conocemos su impetuosidad por otros pasajes― y te adueñas de su barca. Será la primera petición de muchas otras que llegarán hasta dar la vida en Roma. Todo comenzó con una subida a la barca, más la petición de apartarla un poco de tierra. Mientras el Señor hablaba, quizás el Espíritu Santo le hacía sonar en sus oídos las profecías del Antiguo Testamento: Y serán enseñados por Dios.

Cuando terminó de hablar, le dijo a Simón: —Guía mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca. «Es Cristo el amo de la barca; es Él quien prepara la faena: para eso ha venido al mundo, para ocuparse de que sus hermanos encuentren el camino de la gloria y del amor al Padre. El apostolado cristiano no lo hemos inventado nosotros. Los hombres, si acaso, lo obstaculizamos: con nuestra torpeza, con nuestra falta de fe» (Ibidem).

¡Mar adentro!, Duc in altum! Estas palabras del Señor fueron la consigna que escogió el Beato Juan Pablo II para la Iglesia del siglo XXI y pueden aplicarse especialmente a nosotros durante este Año de la Fe: «Al comienzo del nuevo milenio, mientras (...) se abre para la Iglesia una nueva etapa de su camino, resuenan en nuestro corazón las palabras con las que un día Jesús, después de haber hablado a la muchedumbre desde la barca de Simón, invitó al Apóstol a "remar mar adentro" para pescar: Duc in altum (Lc 5, 4)» (Beato Juan Pablo II, Novo millennio ineunte).

Simón quiere obedecer, pero antes plantea las dificultades objetivas: —Maestro, hemos estado bregando durante toda la noche y no hemos pescado nada. Ellos eran pescadores, conocían muy bien las peculiaridades de la faena mucho más que el artesano de Nazaret. «La contestación parece razonable. Pescaban, ordinariamente, en esas horas; y, precisamente en aquella ocasión, la noche había sido infructuosa. ¿Cómo pescar de día? Pero Pedro tiene fe: Pero sobre tu palabra echaré las redes. Decide proceder como Cristo le ha sugerido; se compromete a trabajar fiado en la Palabra del Señor. ¿Qué sucede entonces?» (San Josemaría Escrivá, cit.)

Lo hicieron y recogieron gran cantidad de peces. Tantos, que las redes se rompían. Entonces hicieron señas a los compañeros que estaban en la otra barca, para que vinieran y les ayudasen. Vinieron, y llenaron las dos barcas, de modo que casi se hundían. Los apóstoles aprenden, desde el primer momento, que no pueden confiar en sus propias fuerzas, en su experiencia, en su sabiduría. Por ese camino, las redes quedarán vacías. En cambio, si tenemos fe en el Capitán de la barca, en el nombre de Cristo, los frutos desbordarán nuestros sueños.

Pedro es ejemplar en este pasaje. En primer lugar, por la fe que le lleva a guiar la barca mar adentro y pescar cantidades ingentes de peces. Después, para manifestar con humildad que era indigno de la llamada: Cuando lo vio Simón Pedro, se arrojó a los pies de Jesús, diciendo: —Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador. Pues el asombro se había apoderado de él y de cuantos estaban con él, por la gran cantidad de peces que habían pescado. Lo mismo sucedía a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. «Jesús, al salir a la mar con sus discípulos, no miraba sólo a esta pesca. Por eso, cuando Pedro se arroja a sus pies y confiesa con humildad: apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador, Nuestro Señor responde: no temas, de hoy en adelante serán hombres los que has de pescar. Y en esa nueva pesca, tampoco fallará toda la eficacia divina: instrumentos de grandes prodigios son los apóstoles, a pesar de sus personales miserias» (Ibidem).

Acudamos a la Virgen Santísima para que nos ayude a tener una fe como la de Pedro, que nos lleve a obedecer los planes maravillosos que el Señor puede plantearnos. Y una humildad como la de los discípulos, para reconocer que sin Él nada podemos. Y una docilidad que nos lleve a responder con la vida entera, como termina la escena: Y ellos, sacando las barcas a tierra, dejadas todas las cosas, le siguieron.

sábado, enero 21, 2012

Pescadores de hombres

1. Después de las vacaciones de fin de año, tornamos a nuestro encuentro semanal en estos diálogos con el Señor. Durante este año seguiremos el Evangelio de San Marcos, discípulo de San Pedro. Marcos escribió su Evangelio para los paganos de Roma, y por eso es un texto muy utilizado en la catequesis. Por ejemplo, en el Jubileo del año 2000, el Beato Juan Pablo II lo recomendó con insistencia.

La primera parte de este Evangelio es como un prólogo a la actividad de Jesús: narra brevemente la misión de Juan Bautista, el Bautismo del Señor y las tentaciones en el desierto. Inmediatamente después, comienza a describir el ministerio de Jesús, con el pasaje que contemplamos hoy (Mc 1, 14-20):  

Después de haber sido apresado Juan, vino Jesús a Galilea predicando el Evangelio de Dios, y diciendo: —El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está al llegar; convertíos y creed en el Evangelio.
 
Con estas pocas palabras, San Marcos resume la predicación del Maestro: el anuncio del Reino y la llamada a la conversión. El tercer misterio de luz. Juan Pablo II lo resume así: Misterio de luz es la predicación con la cual Jesús anuncia la llegada del Reino de Dios e invita a la conversión (cf. Mc 1,15), perdonando los pecados de quien se acerca a Él con humilde fe, iniciando así el ministerio de misericordia que Él continuará ejerciendo hasta el fin del mundo, especialmente a través del sacramento de la Reconciliación confiado a la Iglesia.

Llamada a la conversión. El Reino está dentro de nosotros, cuando dejamos que Jesús sea nuestro dueño; cuando acogemos su llamada a la reconciliación, cuando tenemos humildad y fe para acercarnos al sacramento de la penitencia. Jesús aparece como un nuevo Jonás, pues también el profeta -como leemos en la primera lectura- anunciaba la llamada a la conversión: «¡Dentro de cuarenta días Nínive será destruida!»
 
Benedicto XVI explica en qué consiste esa conversión que el Señor espera de nosotros al inicio del año: “La invitación a la conversión es un impulso a volver a los brazos de Dios, Padre tierno y misericordioso, a fiarse de él, a abandonarse en él como hijos adoptivos, regenerados por su amor. La Iglesia, con sabia pedagogía, repite que la conversión es ante todo una gracia, un don que abre el corazón a la infinita bondad de Dios. Él mismo previene con su gracia nuestro deseo de conversión y acompaña nuestros esfuerzos hacia la plena adhesión a su voluntad salvífica. Así, convertirse quiere decir dejarse conquistar por Jesús (cf. Flp 3,12) y "volver" con él al Padre. La conversión implica, por tanto, aprender humildemente en la escuela de Jesús y caminar siguiendo dócilmente sus huellas” (Catequesis, 060208).

Ayúdanos, Señor, a acoger tu gracia, el don de tu bondad que nos abre el corazón para recibir tus designios, para hacer tu voluntad. Queremos dejarnos conquistar por Ti y regresar contigo al Padre, como hijos pródigos. Quizá en estas pocas semanas Tú has permitido que experimentemos una vez más nuestras miserias y la grandeza de tu misericordia, para que comencemos el año confiando más en Ti y menos en nosotros. Quizá esa esa la escuela de Jesús en la que tenemos que aprender con humildad a seguir dócilmente sus huellas. 

Ojalá en nuestra vida se repita la historia de los ninivitas, que “creyeron en Dios, proclamaron el ayuno y se vistieron de saco, grandes y pequeños. Y vio Dios sus obras, su conversión de la mala vida; se compadeció y se arrepintió Dios de la catástrofe con que había amenazado a Nínive, y no la ejecutó”.

2. Las lecturas del tercer domingo del tiempo ordinario no solo hablan de conversión, sino también –como el domingo anterior- ponen el ejemplo de varias vocaciones, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. El segundo domingo se leían las vocaciones de Samuel y de Mateo. Hoy leeremos la de Jonás y los cuatro primero discípulos. 


Es muy conocida la historia del profeta, a la que aludimos antes: En aquellos días, vino la palabra del Señor sobre Jonás: «Levántate y vete a Nínive, la gran ciudad, y predícale el mensaje que te digo.» Dios llama a su profeta, y Jesús a sus discípulos:

Y, mientras pasaba junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés, el hermano de Simón, que echaban las redes en el mar, pues eran pescadores. Y les dijo Jesús: —Seguidme y haré que seáis pescadores de hombres.

Marcos es muy esquemático y breve en sus descripciones: no presenta nada de la psicología de sus personajes, apenas esboza el contexto de la llamada. Sin embargo, es fácil imaginarse la escena, con aquellos hombres echando sus redes al mar, cuando reciben la invitación del Rabino de Nazaret.

Los predicadores de esa época esperaban que sus oyentes se animaran a seguirles, pero Jesús lo hace de modo diverso: es Él quien llama, quien elige a sus seguidores, como antes en el Antiguo Testamento lo había hecho con sus profetas. También a nosotros nos llama, sin mérito alguno de nuestra parte, quizá simplemente porque estamos más necesitados.

En este pasaje vocacional podemos meditar sobre varios elementos, además de la iniciativa divina, que acabamos de mencionar. El siguiente aspecto es el lugar: junto al mar de Galilea, en plena faena de pesca. Echaban las redes en el mar, pues eran pescadores. Es la esencia del mensaje que predicaba San Josemaría: 

Lo que a ti te maravilla a mí me parece razonable. - ¿Que te ha ido a buscar Dios en el ejercicio de tu profesión? Así buscó a los primeros: a Pedro, a Andrés, a Juan y a Santiago, junto a las redes: a Mateo, sentado en el banco de los recaudadores... Y, ¡asómbrate!, a Pablo, en su afán de acabar con la semilla de los cristianos (Camino, n. 799).

Sé de muchas personas que al contemplar estas escenas se han maravillado y han descubierto el rostro de Jesús que las llamaba: —Seguidme y haré que seáis pescadores de hombres. Jesús les habla de su profesión, para abrirles horizontes insospechados: no pescar animales para la mesa, sino almas para el Cielo. Ya no se trata de ganar el sustento facilitando el alimento de las personas, sino santificarse en la profesión llevando la felicidad a los amigos. En eso consiste la nueva profesión de pescadores de hombres.

Al inicio de un nuevo año, el Señor quiere contar con nosotros para que le sigamos de cerca y le llevemos almas, a las que les anunciemos, como Jonás a los ninivitas, la llamada a la conversión. Ojalá nuestra respuesta tenga la prontitud de estos cuatro pescadores: al momento, dejaron las redes y le siguieron, se dice de Andrés y Pedro. De los Boanerges, se cuenta una entrega similar: dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se fueron tras él.

Estos discípulos no se plantean las dificultades, la locura que significa dejar todo tirado de un momento a otro. Han tenido fe humilde en aquel predicador, han descubierto en Él al Mesías, y no han dudado. Han jugado toda su vida a una carta y han vencido: por eso hoy los conocemos como Santos apóstoles. A cambio de su generosidad, alcanzaron el ciento por uno. Por seguir al Maestro dejando las redes, recibieron la felicidad eterna y una pesca milagrosa a través de los siglos. 

Acudamos a la Virgen Santísima, Reina de los Apóstoles, para que también nosotros seamos generosos, como Jonás y como los discípulos, cuando sintamos la voz de Cristo que nos llama a convertirnos y a ser pescadores de hombres.

viernes, febrero 02, 2007

Apostolado. Pescadores de hombres



Cuando un psiquiatra quiere descubrir los síntomas psicóticos de un paciente aparentemente normal, una pregunta clave es la siguiente: ¿tiene usted alguna misión en la vida? Muchas veces, en la respuesta surgen ambiciones maníacas, inalcanzables, que manifiestan una enfermedad de fondo. A pesar de jugar con trampa, podemos hacernos ahora esa misma pregunta, pues no solo es síntoma psiquiátrico tener una respuesta, sino también no tenerla.

En la anterior anotación considerábamos el misterio de la vocación. Dios llama, desde antes de crearnos, como vimos en el caso de Jeremías. Pero… ¿llama para qué? La vocación es al mismo tiempo una misión, tiene un contenido concreto, que es el sentido de la vida. Es lo que vemos en el caso de Isaías, que –aún siendo consciente de su indignidad: “Soy un hombre de labios impuros, que habito en un pueblo de labios impuros, y he visto con mis propios ojos al Rey y Señor todopoderoso”- recibe la vocación en forma de pregunta: “oí la voz del Señor, que decía: "¿A quien enviaré?, ¿quién irá por nosotros?" Respondí: "Aquí estoy yo, envíame". En el Nuevo Testamento (Lucas 5,1-11) la misión es muy clara: Síganme, dice el Señor a unos pescadores, y yo los haré pescadores de hombres. La respuesta de estos hombre es ejemplar: Dejándolo todo, lo siguieron.

Dejarlo todo y seguirlo. Decirle que nos envíe. Es lo que Benedicto XVI consideraba al inicio de su nueva vocación, la de Papa, en la homilía de inicio de ministerio (24-IV-05): “También hoy se dice a la Iglesia y a los sucesores de los apóstoles que se adentren en el mar de la historia y echen las redes, para conquistar a los hombres para el Evangelio, para Dios, para Cristo, para la vida verdadera. Los Padres han dedicado también un comentario muy particular a esta tarea singular. Dicen así: para el pez, creado para vivir en el agua, resulta mortal sacarlo del mar. Se le priva de su elemento vital para convertirlo en alimento del hombre. Pero en la misión del pescador de hombres ocurre lo contrario. Los hombres vivimos alienados, en las aguas saladas del sufrimiento y de la muerte; en un mar de oscuridad, sin luz. La red del Evangelio nos rescata de las aguas de la muerte y nos lleva al resplandor de la luz de Dios, en la vida verdadera. Así es, efectivamente: en la misión de pescador de hombres, siguiendo a Cristo, hace falta sacar a los hombres del mar salado por todas las alienaciones y llevarlo a la tierra de la vida, a la luz de Dios. Así es, en verdad: nosotros existimos para enseñar Dios a los hombres. Y únicamente donde se ve a Dios, comienza realmente la vida. Sólo cuando encontramos en Cristo al Dios vivo, conocemos lo que es la vida. No somos el producto casual y sin sentido de la evolución. Cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario. Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con él. La tarea del pastor, del pescador de hombres, puede parecer a veces gravosa. Pero es gozosa y grande, porque en definitiva es un servicio a la alegría, a la alegría de Dios que quiere hacer su entrada en el mundo”.