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sábado, febrero 21, 2009

Misericordia de Dios y perdón de los pecados




Supongo que todos tenemos, más lejos o más cerca, un amigo o un pariente con alguna limitación física. Cuando yo era muy pequeño, me sorprendió el accidente de una tía mía que, yendo en moto, perdió su pierna izquierda. 

Recuerdo mis visitas al Hospital donde, además de montar en ascensor, para nosotros los pequeños era gran pasatiempo pasearla por los largos pasillos. También conviví en el Colegio Mayor Aralar con el famoso sacerdote Luis de Moya, que después de un accidente automovilístico quedó tetrapléjico y hoy día continúa predicando, confesando, celebrando cada día la Santa Misa, y hasta administrando su página web, que enlacé en su nombre.


Conté las dos historias que más cerca tengo, porque seguramente cada quien tiene las suyas. En el Evangelio de Marcos (2, 1-12) aparece la escena de un grupo de amigos en los que se cumplía el mismo suceso: de hecho, uno de ellos mismos era paralítico. La escena se desarrolla en Cafarnaún, probablemente en casa de Pedro, que era el centro desde donde partía el apostolado inicial de Jesucristo. Ya había corrido la fama por la población, de las enseñanzas del Maestro y también de las curaciones. Quizá el grupo de amigos venía de otro pueblo, pues ya antes Jesús había curado a prácticamente todos los enfermos de allí. El caso es que estos hombres, animados por la fama que había adquirido el huésped de Pedro, se deciden a llevar su amigo a esa ciudad.


Es normal que una persona quiera servir a sus amigos más necesitados. Pero también puede suceder que ese servicio cueste más de lo que inicialmente planea. Así les sucedió a estos personajes. San Marcos cuenta que “se supo que estaba en casa y se juntaron tantos, que ni siquiera ante la puerta había ya sitio. Y les predicaba la palabra”. Es interesante comprobar que, más que milagros físicos, en este caso el Señor les brinda su predicación. Nos imaginamos a los niños colgados de las ventanas, la gente de afuera pidiendo silencio para poder oír. Quizá alguien más letrado tomaba nota. Entre el público había de todo: también autoridades molestas por la popularidad del nuevo predicador.


Los cinco amigos no contaban con el obstáculo de la multitud. Quizá alguno pensó en volver a casa, regresar otro día que hubiera menos afluencia. Pero otro –quizá el mismo paralítico, lleno de esperanza- diría que era necesario aprovechar esa ocasión, no fuera a ser que el Maestro no tornara. Sigue narrando Marcos que “entonces vinieron trayéndole un paralítico, llevado entre cuatro. Y como no podían acercarlo hasta él a causa del gentío, levantaron la techumbre por el sitio en donde se encontraba y, después de hacer un agujero, descolgaron la camilla en la que yacía el paralítico. Al ver Jesús la fe de ellos, le dijo al paralítico: —Hijo, tus pecados te son perdonados.


Para algunos, puede suponer un fracaso: ¿tanto esfuerzo, para una simple fórmula penitencial? Para los escribas, fue la ocasión del escándalo. Así comenta San Marcos: “Estaban allí sentados algunos de los escribas, y pensaban en sus corazones: «¿Por qué habla éste así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?»” Todavía no pueden acusarlo, pues no dijo: “yo te perdono”, sino que pronunció la forma ambigua en pasivo: “tus pecados te son perdonados” (Dios Padre te perdona a través de mí). Seguramente, la sensación del minusválido fue muy distinta: sentiría en su corazón la alegría del perdón divino, la tranquilidad, la inocencia que todos experimentamos después de la confesión. Quizá este puede ser el primer propósito: tener la misma fe de aquellas personas, para acercar nuestros amigos al sacramento de la Confesión.


Benedicto XVI explica que “Al obrar así, muestra que quiere sanar, ante todo, el espíritu. El paralítico es imagen de todo ser humano al que el pecado impide moverse libremente, caminar por la senda del bien, dar lo mejor de sí. En efecto, el mal, anidando en el alma, ata al hombre con los lazos de la mentira, la ira, la envidia y los demás pecados, y poco a poco lo paraliza. Por eso Jesús, suscitando el escándalo de los escribas presentes, dice primero: “Tus pecados quedan perdonados”.


Pero Jesús conoce mejor que nadie nuestros corazones, y decide reforzar –como otras muchas veces- su predicación con milagros y llenar de alegría el corazón de los cinco amigos que tenían tanta fe. “Y enseguida, conociendo Jesús en su espíritu que pensaban para sus adentros de este modo, les dijo: — ¿Por qué pensáis estas cosas en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil decirle al paralítico: «Tus pecados te son perdonados», o decirle: «Levántate, toma tu camilla y anda»? Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar los pecados –se dirigió al paralítico–, a ti te digo: levántate, toma tu camilla y vete a tu casa”. ¡Cómo habrá sido esa mirada de Jesús! Nos la imaginamos sonriente, cariñosa, al tiempo que llena del imperio divino.


La predicación del Papa sobre este pasaje continuaba: “El mensaje es claro: el hombre, paralizado por el pecado, necesita la misericordia de Dios, que Cristo vino a darle, para que, sanado en el corazón, toda su existencia pueda renovarse. También hoy la humanidad lleva en sí los signos del pecado, que le impide progresar con agilidad en los valores de fraternidad, justicia y paz, a pesar de sus propósitos hechos en solemnes declaraciones. (…) Pero la palabra de Dios nos invita a tener una mirada de fe y a confiar, como las personas que llevaron al paralítico, a quien sólo Jesús puede curar verdaderamente. La opción de fondo de mis predecesores, especialmente del amado Juan Pablo II, fue guiar a los hombres de nuestro tiempo hacia Cristo Redentor para que, por intercesión de María Inmaculada, volviera a sanarlos”.


El mensaje es claro, dice el Papa: necesitamos la misericordia de Dios. Y el Catecismo de la Iglesia, en el n. 1421, saca la conclusión que nos puede ayudar a formular otro propósito concreto con ocasión de esta lectura: “El Señor Jesucristo, médico de nuestras almas y de nuestros cuerpos, que perdonó los pecados al paralítico y le devolvió la salud del cuerpo, quiso que su Iglesia continuase, con la fuerza del Espíritu Santo, su obra de curación y de salvación, incluso en sus propios miembros. Ésta es la finalidad de los dos sacramentos de curación: del sacramento de la Penitencia y de la Unción de los enfermos”.


Necesitamos la misericordia de Dios. Y Él nos la ofrece, como al paralítico, en el sacramento de la Penitencia. Por eso concluye el Papa: “También yo he escogido proseguir por este camino. De modo particular, con mi primera encíclica, Deus caritas est, he querido indicar a los creyentes y al mundo entero a Dios como fuente de auténtico amor. Sólo el amor de Dios puede renovar el corazón del hombre, y la humanidad paralizada sólo puede levantarse y caminar si sana en el corazón. El amor de Dios es la verdadera fuerza que renueva al mundo. Invoquemos juntos la intercesión de la Virgen María para que todos los hombres se abran al amor misericordioso de Dios, y así la familia humana pueda sanar en profundidad de los males que la afligen”.


Si nos abrimos al amor misericordioso de Dios, sanaremos en profundidad nuestros males. Se podrá decir, de nosotros y de los amigos que acerquemos a la confesión, lo mismo que del paralítico: “Y se levantó, y al instante tomó la camilla y salió en presencia de todos, de manera que todos quedaron admirados y glorificaron a Dios diciendo: —Nunca hemos visto nada parecido”.