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lunes, febrero 22, 2010

tentaciones de Jesús



Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó del Jordán y fue conducido por el Espíritu al desierto, donde estuvo cuarenta días y fue tentado por el diablo. No comió nada en estos días, y al final sintió hambre.

El primer domingo de Cuaresma, la Iglesia nos invita a considerar las tentaciones de Jesús. El Catecismo (n. 538) lo resume de esta manera: “Los Evangelios hablan de un tiempo de soledad de Jesús en el desierto inmediatamente después de su bautismo por Juan: "Impulsado por el Espíritu" al desierto, Jesús permanece allí sin comer durante cuarenta días; vive entre los animales y los ángeles le servían (cf. Mc 1,12-13). Al final de este tiempo, Satanás le tienta tres veces tratando de poner a prueba su actitud filial hacia Dios. Jesús rechaza estos ataques que recapitulan las tentaciones de Adán en el Paraíso y las de Israel en el desierto, y el diablo se aleja de él "hasta el tiempo determinado" (Lc 4,13).

Jesús es el nuevo Israel: como el pueblo elegido, padece tentación; pero, a diferencia de los israelitas, vence al demonio. En su libro “Jesús de Nazaret”, Benedicto XVI ve en las tentaciones una pregunta sobre qué es lo que cuenta verdaderamente en la vida humana, cuál es el auténtico bien del ser humano.


Entonces le dijo el diablo: —Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan.  Y Jesús le respondió:—Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre.

En esta tentación el diablo pone a prueba (Si eres Hijo de Dios) la filiación divina que Dios Padre había proclamado poco antes en el bautismo. El Papa comenta que “aquí aparece claro el núcleo de toda tentación: apartar a Dios que, ante todo lo que parece más urgente en nuestra vida, pasa a ser algo secundario, o incluso superfluo y molesto. Poner orden en nuestro mundo por nosotros solos, sin Dios, contando únicamente con nuestras propias capacidades, reconocer como verdaderas sólo las realidades políticas y materiales, y dejar a Dios de lado como algo ilusorio, ésta es la tentación que nos amenaza de muchas maneras. Es propio de la tentación adoptar una apariencia moral: no nos invita directamente a hacer el mal, eso sería muy burdo. Finge mostrarnos lo mejor: abandonar por fin lo ilusorio y emplear eficazmente nuestras fuerzas en mejorar el mundo. Además, se presenta con la pretensión del verdadero realismo. Lo real es lo que se constata: poder y pan. Ante ello, las cosas de Dios aparecen irreales, un mundo secundario que realmente no se necesita”.

Poder y pan. ¡Cuántas veces nos movemos por esas prioridades! Con dolor podemos decir que casi siempre… Mi futuro, mi carrera, mis proyectos. Incluso en las labores de caridad, podemos caer en el riesgo de poner en primer lugar el pan, las necesidades físicas –no es que no sean importantes- antes que la dignidad de hijos de Dios, la espiritualidad, la formación humana y sobrenatural. Sin embargo, concluye el Papa, en alusión a las multiplicaciones de pan, como prefiguración de la Eucaristía, “Jesús no es indiferente al hambre de los hombres, a sus necesidades materiales, pero las sitúa en el contexto adecuado y les concede la prioridad debida”.

Después el diablo lo llevó a un lugar elevado y le mostró todos los reinos de la superficie de la tierra en un instante y le dijo: —Te daré todo este poder y su gloria, porque me han sido entregados y los doy a quien quiero. Por tanto, si me adoras, todo será tuyo. Y Jesús le respondió: —Escrito está: Adorarás al Señor tu Dios y solamente a Él darás culto.

En la segunda tentación el diablo le ofrece a Jesús el reinado de este mundo a cambio de un homenaje a él. Una vez más, la tentación del poder, del dinero, de los bienes terrenos o de la caduca gloria humana. Dice el Papa que ésta “resulta ser la tentación fundamental, se refiere a la pregunta sobre qué debe hacer un salvador del mundo. (…) Jesús ha traído a Dios y, con El, la verdad sobre nuestro origen y nuestro destino; la fe, la esperanza y el amor”.

Entonces lo llevó a Jerusalén, lo puso sobre el pináculo del Templo y le dijo: —Si eres Hijo de Dios, arrójate de aquí abajo, porque escrito está: Dará órdenes a sus ángeles sobre ti para que te protejan y te lleven en sus manos,  no sea que tropiece tu pie contra alguna piedra. Y Jesús le respondió: —Dicho está: No tentarás al Señor tu Dios.

En la tercerta tentación el demonio le propone a Jesús escapar de la muerte en virtud de ser Hijo de Dios (Eunsa). Comenta el Papa que “esta escena sobre el pináculo del templo hace dirigir la mirada también hacia la cruz. Cristo no se arroja desde el pináculo del templo. No salta al abismo. No tienta a Dios. Pero ha descendido al abismo de la muerte, a la noche del abandono, al desamparo propio de los indefensos. Se ha atrevido a dar este salto como acto del amor de Dios por los hombres. Y por eso sabía que, saltando, sólo podía caer en las manos bondadosas del Padre”. El Señor nos muestra dónde tenemos que poner nuestras esperanzas.

Y terminada toda tentación, el diablo se apartó de él hasta el momento oportuno.

El momento oportuno será el triduo pascual, cuando Cristo venció definitivamente al poder del mal. El Catecismo (n.540) concluye que “Cristo venció al Tentador a favor nuestro: "Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado" (Hb 4, 15)”.

Es lo que predicaba, lleno de alegría, San Agustín (Salmo 60): “nos incluyó en sí mismo cuando quiso verse tentado por Satanás. Nos acaban de leer que Jesucristo, nuestro Señor, se dejó tentar por el diablo. ¡Nada menos que Cristo tentado por el diablo! Pero en Cristo estabas siendo tentado tú, porque Cristo tenía de ti la carne, y de él procedía para ti la salvación; de ti procedía la muerte para él, y de él para ti la vida; de ti para él los ultrajes, y de él para ti los honores; en definitiva, de ti para él la tentación, y de él para ti la victoria. Si hemos sido tentados en él, también en él vencemos al diablo. ¿Te fijas en que Cristo fue tentado, y no te fijas en que venció? Reconócete a ti mismo tentado en él, y reconócete también vencedor en él”.

La Iglesia se une todos los años, durante los cuarenta días de Cuaresma, al Misterio de Jesús en el desierto. Es el sentido de esta cuaresma, como dice el prefacio de la Misa: “Cristo nuestro Señor, al abstenerse durante cuarenta días de tomar alimento, inauguró la práctica de nuestra penitencia cuaresmal y, al rechazar las tentaciones del Enemigo, nos enseñó a sofocar la fuerza del pecado”.

Comenzábamos citando al Papa, que ve en este episodio una pregunta sobre qué es lo que cuenta verdaderamente en la vida humana, cuál es el auténtico bien del ser humano. En el mismo texto, Benedicto XVI concluye que “en la lucha contra Satanás ha vencido Jesús: frente a la divinización fraudulenta del poder y del bienestar, frente a la promesa mentirosa de un futuro que, a través del poder y la economía, garantiza todo a todos, El contrapone la naturaleza divina de Dios, Dios como auténtico bien del hombre”.

domingo, marzo 01, 2009

Cuaresma: Jesús y las tentaciones


Comenzamos la Cuaresma el pasado miércoles de ceniza. Al imponérnosla, el sacerdote quizá nos dijo: “Conviérte y cree en el Evangelio”. Comenzamos un tiempo fuerte del año litúrgico. Como dice el Concilio Vaticano II (SC, 109), se trata de prepararnos para celebrar el misterio pascual, entregados más intensamente a oír la palabra de Dios y a la oración. ¿En qué consiste la preparación? La declaración conciliar habla de dos modos de hacerlo: “sobre todo mediante el recuerdo o la preparación del bautismo y mediante la penitencia”.

Antes, cuando la gente se convertía al catolicismo en la adultez, estos cuarenta días se tomaban como preparación para el bautismo, que se tenía en la noche de Pascua. Ahora, para casi todos será un tiempo de recordar los compromisos bautismales: rechazar a Satanás, “a sus pompas y a sus obras”. De hecho, el Concilio también insiste en la importancia de inculcar a los fieles “junto con las consecuencias sociales del pecado, la naturaleza propia de la penitencia, que lo detesta en cuanto es ofensa de Dios; no se olvide tampoco la participación de la Iglesia en la acción penitencial y encarézcase la oración por los pecadores”. (Los énfasis son añadidos).

Rechazar el pecado, mostrar que lo detestamos: acudiendo a la oración del cuerpo, que es la penitencia. De eso nos hablan las lecturas de la Misa del primer domingo de Cuaresma, que trata el tema de las tentaciones del Señor. El relato de Marcos (1, 12-15) es el más parco para describir la escena. Después del Bautismo del Señor, nos dice simplemente: Enseguida el Espíritu lo impulsó hacia el desierto. Y estuvo en el desierto cuarenta días mientras era tentado por Satanás. Estaba con los animales, y los ángeles le servían. El desierto tiene muchos significados en la Biblia. Ya desde el Antiguo Testamento, representaba “un lugar o un tiempo de prueba y al mismo tiempo de gracia y revelación” (B. Escaffre).

Y gracia y revelación es lo que ocurre en el llamado monte de la cuarentena, donde se nos revelan varios aspectos de Jesucristo. El Prefacio propio de esta Misa describe que Cristo “consagró la práctica de nuestra penitencia cuaresmal con un ayuno de cuarenta días; y, venciendo todas las tentaciones del demonio, nos enseñó a dominar las seducciones del pecado, para que, celebrando con espíritu renovado el misterio pascual, podamos llegar un día a la Pascua eterna”.

Se nos ofrecen varios elementos: en primer lugar, la penitencia (“consagró la práctica de nuestra penitencia cuaresmal con un ayuno de cuarenta días”). Además, las tentaciones y el pecado (“venciendo todas las tentaciones del demonio, nos enseñó a dominar las seducciones del pecado”). Por último, nos habla de lo que supone su victoria (“para que, celebrando con espíritu renovado el misterio pascual, podamos llegar un día a la Pascua eterna”).

Consideremos en nuestra oración el primer aspecto: la mortificación. Jesús nos da ejemplo de penitencia, celebra la primera cuaresma, como decía Juan Pablo II. A nosotros no se nos pide ir al desierto a alimentarnos con grillos o con raíces de árboles, pero sí se nos invita a que afinemos en nuestras mortificaciones pequeñas pero constantes: "Penitencia es el cumplimiento exacto del horario que te has fijado, aunque el cuerpo se resista o la mente pretenda evadirse con ensueños quiméricos. Penitencia es levantarse a la hora. Y también, no dejar para más tarde, sin un motivo justificado, esa tarea que te resulta más difícil o costosa. La penitencia está en saber compaginar tus obligaciones con Dios, con los demás y contigo mismo, exigiéndote de modo que logres encontrar al tiempo que cada cosa necesita. Eres penitente cuando te sujetas amorosamente a tu plan de oración, a pesar de que estés rendido, desganado o frío" (San Josemaría, Amigos de Dios, 138).

Con ese criterio, podemos concretar más aún: "Penitencia es tratar siempre con la máxima caridad a los otros, empezando por los tuyos. Es atender con la mayor delicadeza a los que sufren, a los enfermos, a los que padecen. Es contestar con paciencia a los cargantes e inoportunos. Es interrumpir o modificar nuestros programas, cuando las circunstancias –los intereses buenos y justos de los demás, sobre todo– así lo requieran. La penitencia consiste en soportar con buen humor las mil pequeñas contrariedades de la jornada; en no abandonar la ocupación, aunque de momento se te haya pasado la ilusión con que la comenzaste; en comer con agradecimiento lo que nos sirven, sin importunar con caprichos (Íbidem).

El segundo punto que menciona el Prefacio es las tentaciones y el pecado (“venciendo todas las tentaciones del demonio, nos enseñó a dominar las seducciones del pecado”). Es impresionante escuchar que Jesús padeció tentaciones. Tanto, que algún teólogo duda de su autenticidad, porque no habría testigos para comunicarlo a los evangelistas. No tiene en cuenta al único testigo: a Jesucristo mismo. Es admirable la sinceridad de Jesús, que les habría contado a sus discípulos, con toda sencillez, que cuando tuvo hambre en el desierto le dieron ganas de convertir las piedras en pan. Los apóstoles quizá reirían en la primera ocasión, pero después caerían en la cuenta de todo lo que eso significaba: Jesús padeció tentaciones, como las padecemos nosotros.

Cuando escuchamos que el Señor nos llama a ser santos, sentimos por dentro el contraste de nuestra indignidad, precisamente por las tentaciones que padecemos. Por eso decía al principio que este pasaje está lleno de gracia y revelación. Dios nos muestra que las tentaciones en sí no son malas. Lo malo es caer en ellas. Por eso, no dice que debemos pedir en la oración que no permita que tengamos tentaciones, sino que enseña a orar: “no nos dejes caer en la tentación”. El Compendio del Catecismo (n. 596) lo resume así: “Pedimos a Dios Padre que no nos deje solos y a merced de la tentación. Pedimos al Espíritu saber discernir, por una parte, entre la prueba, que nos hace crecer en el bien, y la tentación, que conduce al pecado y a la muerte; y, por otra parte, entre ser tentado y consentir en la tentación. Esta petición nos une a Jesús que ha vencido la tentación con su oración. Pedimos la gracia de la vigilancia y de la perseverancia final”.

“Venciendo todas las tentaciones del demonio, nos enseñó a dominar las seducciones del pecado”. Pidamos a Jesús que en esta Cuaresma aumente en nosotros el rechazo al pecado. Que huyamos de las tentaciones. Propongámonos huir de las ocasiones que nos acechan. Y rechazar también el pecado venial, porque cuando se ama no hay falta pequeña. Como decía San Josemaría en Surco (n. 139): “mucho duele al Señor la inconsciencia de tantos y de tantas, que no se esfuerzan en evitar los pecados veniales deliberados. ¡Es lo normal —piensan y se justifican—, porque en esos tropiezos caemos todos! Óyeme bien: también la mayoría de aquella chusma, que condenó a Cristo y le dio muerte, empezó sólo por gritar —¡como los otros!—, por acudir al Huerto de los Olivos —¡con los demás!—,... Al final, empujados también por lo que hacían "todos", no supieron o no quisieron echarse atrás..., ¡y crucificaron a Jesús! —Ahora, al cabo de veinte siglos, no hemos aprendido”.

Pidamos a la Santísima Virgen que en esta Cuaresma encontremos la penitencia en las cosas pequeñas de cada día y rechacemos el pecado mortal y también el pecado venial deliberado.