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sábado, octubre 06, 2007

Vida de fe


Me decía un alumno al comenzar el curso de Introducción al cristianismo que él no tenía fe, porque había estudiado dos semestres de biología. Algunos compañeros se rieron, pues en la clase anterior habíamos visto cómo no había incompatibilidad entre la ciencia y la fe, y habíamos visto casos como el del Beato Stenon, científico y sacerdote que descubrió los conductos que llevan su nombre en la glándula parótida. Sin embargo, la historia de este muchacho no es un caso aislado. Responde a un estereotipo según el cual la fe es para pobrecitos mentales que no tienen otra explicación para el mundo distinta a la sobrenatural. La ciencia sería un estado mayor de edad que solo alcanzan quienes logran superar el estado inferior.

Como esta meditación se dirige a creyentes, no me detendré a explicar la falacia de ese argumento, pero sí podemos pensar hasta qué punto estamos convencidos de las palabras que transmite el profeta Habacuc: “el justo vivirá por su fe". En el capítulo 17 del Evangelio de San Lucas aparece una exclamación estupenda de los apóstoles: —Auméntanos la fe. San Josemaría se inspira en ese pasaje para el punto 580 de Camino: “Pide humildemente al Señor que te aumente la fe. —Y luego, con nuevas luces, juzgarás bien las diferencias entre las sendas del mundo y tu camino de apóstol”. 

Pedro Rodríguez comenta que en este punto se unen dos virtudes «fundamentales» para el cristiano: la fe y la humildad. Así lo explica San Agustín, hablando de Jesús y la Cananea: «Nunca encontré tanta fe en Israel (Mt 8, 10). ¿Qué significa tanta fe? -Tan grande. ¿De dónde procede esa grandeza? -De la pequeñez, es decir, lo grande procede de la humildad» (San Agustín, Sermón 77, 12).

En el Nuevo Testamento, explica G. Barth, la fe es el concepto teológico central para designar la recta relación con Dios y la religión cristiana en general. Se puede traducir como: “considerar verdadero”, “obedecer” o “confiar”. Recuerdo, a propósito de la confianza, una anécdota de un Obispo de los Andes peruanos: “Cuentan que unos turistas en Machu Picchu observaron un obrero que pasaba con su carretilla de un cerro al otro, sobre un simple cable de acero. Con susto observaban al hombre que caminaba tranquilo y seguro de sí mismo. -¡Qué seguridad! exclamaron todos. El guía les preguntó: ¿Ustedes creen que aquel hombre va seguro? -Sí, claro; si no, ya se hubiera venid abajo él y la carretilla, contestaron. -Esto es lo que esperaba escuchar de ustedes, porque ahora el obrero volverá a pasar por el cable, pero con uno de ustedes montado en la carretilla. ¿Quién se apunta?... Nadie se apuntó. "Creían" que iba seguro. Pero no se "fiaban". Dice Enrique Pélach: Yo tampoco me fiaría, pero "en la carretilla de Dios" sí me monto. Sé que puedo fiarme de Él. En: Abancay. Rialp, Madrid 2005, 61.

La respuesta del Señor a la petición de los Apóstoles es de una profundidad maravillosa, como todo el Evangelio: —Si tuvierais fe como un grano de mostaza, diríais a esta morera: arráncate y plántate en el mar, y os obedecería. Jesucristo exagera a posta, para mostrar la grandeza de la fe. Gerard Rossé dice que este pasaje se aplica a la vida cristiana, en particular a la oración. Los Apóstoles deben tener una medida más grande de fe, debido a su labor de llevar a los hombres a la fe misma y sobre todo porque son los responsables de la comunidad. La petición Auméntanos la fe muestra que se trata de un don que solo el Señor puede dar y acrecentar. También llama la atención la exageración del Señor, que debe entenderse así: la fe, por pequeña que sea, ya es eficaz. Y es particularmente pedida a los responsables de la comunidad. 

Comentando estas palabras del Evangelio, San Josemaría escribe: “Jesucristo pone esta condición: que vivamos de la fe, porque después seremos capaces de remover los montes. Y hay tantas cosas que remover... en el mundo y, primero, en nuestro corazón. ¡Tantos obstáculos a la gracia! Fe, pues; fe con obras, fe con sacrificio, fe con humildad. Porque la fe nos convierte en criaturas omnipotentes: y todo cuanto pidiereis en la oración, como tengáis fe, lo alcanzaréis”.

Pero esas palabras de Jesús, “Si tuvierais fe…”, no solo se refieren a la actitud del apóstol, sino también a los efectos que conlleva el ser personas de fe: como muestra el punto 588 de Camino: «Omnia possibilia sunt credenti» —Todo es posible para el que cree (Mc 9, 22). —Son palabras de Cristo. —¿Qué haces, que no le dices con los apóstoles: «adauge nobis fidem!» —¡auméntame la fe!? 

No es un simple consejo, sino experiencia vivida: el Autor, explica Pedro Rodríguez, se aferró muchas veces a esta petición de los Apóstoles. Escribía en 1933: «A pesar de mis miserias sin cuento, seguí pidiendo oraciones y, de modo especial –adauge nobis fidem!– que me aumentara el Señor la fe, por aquella oración. Y creo que Jesús vuelve a moverme, a pesar de mi resistencia». La conclusión del capítulo sobre Fe en el libro mencionado subraya –y pone en relación– el poder y la fuerza de la fe y la necesidad de pedirla, pues es un don de Dios.

Deben surgir propósitos concretos: pedir al Señor que nos aumente la fe, que “vuelva a movernos”, es lo primero. Pedirle que nos ayude a que sea una fe humilde. Y que sea una fe viva, operativa: que lleve a obrar en consecuencia con lo que se cree, a ser coherentes, sacrificados, personas que saben que Dios pondrá el incremento pero que también cuenta con el aporte humano. Fe en la lucha ascética, en los medios sobrenaturales. Fe que lleva a obrar de acuerdo con lo que el Señor muestra en la oración, a darle lo que nos pide, aunque nos cueste. Fe en la oración, pues como dice el n. 2732 del Catecismo de la Iglesia, “la tentación más frecuente, la más oculta, es nuestra falta de fe. Esta se expresa menos en una incredulidad declarada que en unas preferencias de hecho. Se empieza a orar y se presentan como prioritarios mil trabajos y cuidados que se consideran más urgentes”.

Podemos concluir con unas palabras de Benedicto XVI sobre la fe de María (15-VIII-2006): “Escuchemos una vez más las palabras de Isabel, que se completan en el Magníficat de María: «Dichosa la que ha creído». El acto primero y fundamental para transformarse en morada de Dios y encontrar así la felicidad definitiva es creer, es la fe en Dios, en el Dios que se manifestó en Jesucristo y que se nos revela en la palabra divina de la sagrada Escritura.

Creer no es añadir una opinión a otras. Y la convicción, la fe en que Dios existe, no es una información como otras. Muchas informaciones no nos importa si son verdaderas o falsas, pues no cambian nuestra vida. Pero, si Dios no existe, la vida es vacía, el futuro es vacío. En cambio, si Dios existe, todo cambia, la vida es luz, nuestro futuro es luz y tenemos una orientación para saber cómo vivir.

Por eso, creer constituye la orientación fundamental de nuestra vida. Creer, decir: «Sí, creo que tú eres Dios, creo que en el Hijo encarnado estás presente entre nosotros», orienta mi vida, me impulsa a adherirme a Dios, a unirme a Dios y a encontrar así el lugar donde vivir, y el modo como debo vivir. Y creer no es sólo una forma de pensamiento, una idea; como he dicho, es una acción, una forma de vivir. Creer quiere decir seguir la senda señalada por la palabra de Dios”.