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sábado, enero 25, 2014

La conversión de san Pablo

Celebramos hoy una fiesta importante en la vida de la Iglesia, al comienzo del año: la conversión del apóstol san Pablo. También concluimos el octavario por la unidad de los cristianos, una semana en la que imploramos la intercesión del apóstol de las gentes para que todos seamos uno, como pidió el Señor en la última cena.
En nuestro diálogo con el Señor, contemplemos algunos trazos de la vida de esta columna de la Iglesia: Antes de llamarse Pablo, era un fariseo que vivía en la actual Turquía, en Tarso, una ciudad de 300.000 habitantes, donde se ofrecían estudios superiores en artes liberales, una verdadera metrópoli. Pertenecía además a una familia judía, hebreo de pura cepa (Flp 3,5) pero además ciudadano romano, un privilegio que no muchos israelitas poseían.
Pablo era orgullosamente judío, como lo vemos en las descripciones que él mismo hace, por ejemplo en la defensa que transmite el libro de los Hechos (22,3): Yo soy judío, nacido en Tarso de Cilicia, educado en esta ciudad e instruido a los pies de Gamaliel según la observancia de la Ley patria, y estoy lleno de celo de Dios como lo estáis vosotros en el día de hoy. El primer título que se recibía en las escuelas de los escribas era el de “doctor no ordenado”, que le permitía juzgar algunas causas menores. Después de los cuarenta años de edad, se le imponían las manos y pasaba a ser escriba en plenitud.
Judío y doctor no ordenado, parece que Pablo veía en el nuevo camino inspirado por Jesús de Nazaret una amenaza contra el Templo y más específicamente contra la Ley que había transmitido Moisés y de la que él aspiraba a ser consumado exponente y defensor. Por eso continúa el sermón que veíamos antes: Yo perseguí a muerte este Camino, encadenando y encarcelando a hombres y mujeres, como me lo puede atestiguar el sumo sacerdote y todo el Sanedrín. De ellos recibí cartas para los hermanos y me encaminé a Damasco para traer aherrojados a Jerusalén a quienes allí hubiera, con el fin de castigarlos.
Nadie puede dudar del celo con el que este fariseo perseguía la maldad que veía encarnada en el cristianismo, tanto que su primera aparición en la Escritura es sosteniendo los vestidos de los que lapidaban a san Esteban, el primer mártir que entregó su vida después de la muerte de Jesús (Hch 7,54-60).
Pero solo Dios conoce sus caminos para los hombres. Ninguna persona en el mundo podía sospechar lo que acontecería al líder de aquella tropa perseguidora del incipiente cristianismo en el camino a Damasco. Escuchemos de nuevo a Saulo de Tarso: Pero cuando iba de camino, cerca de Damasco, hacia el mediodía, me envolvió de repente una gran luz venida del cielo, caí al suelo y oí una voz que me decía: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?».
Durante muchos años, Saulo meditaría esas primeras palabras con las que el Señor lo llamó al apostolado en medio de la gran luz de su verdad. En rigor, el objeto de las rabias del tarsense no era Jesús de Nazaret, sino los cristianos que amenazaban la perduración de las tradiciones religiosas, del Templo y de la Ley. Pensaría que Jesús, al fin y al cabo, ya había recibido su merecido. Por ese motivo le llamaría mucho la atención la respuesta de aquella voz a su pregunta: Yo respondí: «¿Quién eres, Señor?» Y me contestó: «Yo soy Jesús Nazareno, a quien tú persigues».
El Señor se identifica con sus seguidores. Vive en ellos. Siente como dirigidas a Él las alabanzas o los rechazos que reciban sus discípulos. Cuando Saulo perseguía a los cristianos,en realidad atacaba a Jesús. Esa es la causa de la respuesta: «Yo soy Jesús Nazareno, a quien tú persigues». Muchos años después, el Apóstol podrá formular una consecuencia de esta revelación: vivo, pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí (Gal 2,20).
Todos los relatos de vocación son encantadores. Y esta breve autobiografía de san Pablo no tiene desperdicio. Generalmente, después de la iniciativa divina, viene el diálogo del interesado, que pregunta por las cosas que no entiende, pero que también formula sus disposiciones más íntimas: el joven rico, por ejemplo, mostró el cobre de su egoísmo ante la invitación para que dejara todo y siguiera al Señor.
Saulo de Tarso respondió de una manera que muestra el talante de su carácter, que era de una sola pieza: buscaba la verdad, y por seguirla una vez vista hacía lo que fuera. Hasta entonces había entendido que la antigua Alianza era la última palabra y por eso la defendía con uñas y dientes. Ahora, el mismo Autor del Nuevo Testamento se le aparecía en persona como luz copiosa y la respuesta de Saulo es un modelo para nosotros.
El fariseo de Tarso no puso condiciones, ni exigió explicaciones ulteriores, sino que, simplemente, formuló una pregunta: Yo dije: «¿Qué tengo que hacer, Señor?». Es una cuestión que muchas veces tendremos que hacernos cada uno de nosotros, en la oración personal: «¿Qué tengo que hacer, Señor?, ¿cuál es tu voluntad para mí?». Si procuramos verla y cumplirla en nuestra vida, tendremos la clave de la verdadera felicidad, que incluye asumir la Cruz del Señor, como hizo Jesús en el Huerto de los Olivos: No se haga mi voluntad, sino la tuya.
«Una vez preguntaron a San Josemaría: ¿cómo saber lo que Dios pide a cada uno? Y ésta fue su respuesta: “¿Y por qué no se lo preguntas a Él? No es una salida de tono: te advierto que te responderá”. Y añadía a renglón seguido: “Tú, que tienes vida interior, en cualquier momento puedes ponerte en la presencia de Dios: en una iglesia, en la calle, en tu habitación, en clase... ¡Donde quieras! Pídele perdón por tus debilidades y por las mías, y después dile: Señor, ¿qué quieres que haga?, como le decía San Pablo. Y te advierto que el Señor, a veces, pide cosas que cuestan...”» (J. Echevarría, Carta pastoral, 1-VII-2008).
Aprovechemos la consideración de la vida de Pablo para hacernos ese interrogante, preguntémosle al Señor qué espera de nosotros este año en nuestra vida laboral, en el estudio, en la familia, en las relaciones sociales. Estemos abiertos a escuchar también exigencias que nos cuesten: servir, ayudar, hacer apostolado con nuestros amigos, dar la cara por la Iglesia. O incluso entregar la vida al Señor, como hizo este apóstol al escuchar las palabras de Ananías: «El Dios de nuestros padres te ha elegido para que conocieras su voluntad, vieras al Justo y oyeras la voz de su boca, porque serás su testigo ante todos los hombres de lo que has visto y oído».

Acudamos a la Santísima Virgen para que también nosotros conozcamos la voluntad de Dios, veamos a su Hijo en la oración y en los sacramentos, y –en consecuencia- seamos también testigos ante todos los hombres de lo que veamos y oigamos. Es lo que pedimos en la oración colecta de la Misa, con la que concluimos este rato de oración: «Señor, Dios nuestro, tú que has instruido a todos los pueblos con la predicación del apóstol san Pablo, concede a cuantos celebramos su Conversión caminar hacia ti, siguiendo su ejemplo, y ser ante el mundo testigos de tu verdad».

sábado, septiembre 24, 2011

Parábola de los dos hijos

Jesús se encuentra en Jerusalén, ya en los últimos días de su vida terrenal. En el apretado resumen de los últimos capítulos de su Evangelio, Mateo presenta las controversias con los fariseos (21,28-32). En una de ellas, el Señor muestra con una parábola que sus contrincantes no han sido buenos hijos de Dios: “Un hombre tenía dos hijos; dirigiéndose al primero, le mandó: «Hijo, vete hoy a trabajar en la viña»”.

Se trata de una parábola más sobre agricultores. Pero en este caso, el dueño no se relaciona con los operarios sino con sus propios hijos, que viven gracias a la viña y la recibirán en herencia cuando él fallezca. Los muchachos están directamente implicados en ella. No harían ningún favor si van a trabajar allí: es una obligación de justicia. Hasta un buen negocio. Imaginemos que somos uno de ellos, pensemos a cuál de los dos grupos pertenecemos.

El padre los invita a trabajar en la viña. El primero contestó: «No quiero». Suena grosero y maleducado. Y muy común, por lo demás. ¿Cuántos hijos no responden de ese modo a sus padres? Si así lo hacían hace veinte siglos, tampoco podemos escandalizarnos de esa rebeldía –y comodidad- que se repite en nuestro tiempo. Lo malo es que también nosotros respondemos de esa manera a las peticiones del Señor, cuando nos pide más entrega, más lucha, apartar pronto las ocasiones de pecado, apagar las tentaciones en los primeros chispazos, cuando nos invita a seguirle en su entrega a los demás, en el olvido de nosotros mismos. ¡Cuántas veces respondemos, como  el primer hijo, «No quiero»!

El padre no respondió a la mala respuesta de su hijo. Quizá esbozó un gesto de desencanto y se dirigió entonces al segundo y le dijo lo mismo. Sin embargo, la conciencia del primero le ayudó a recapacitar. Pensó que no había hecho bien al responder de ese modo a un padre al que tanto debía. Se dio cuenta de su error, lo reconoció, se arrepintió después y fue.

Es un verdadero proceso de conversión, en el que también podemos imitarlo. Ya que nos hemos parecido a él en su respuesta negativa al Padre, podemos imitarlo también en su decisión de cambio, en su arrepentimiento con obras, en su rectificación. Quizá en alguna ocasión nos rebelemos —como el hijo mayor que respondió: no quiero-, pero sabremos reaccionar, arrepentidos, y nos dedicaremos con mayor esfuerzo al cumplimiento del deber (San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 57).

Dios está pendiente de nuestra reacción y nos acoge inmediatamente, como el padre del hijo pródigo. Ya lo había profetizado Ezequiel (18,20-22), hablando de la actitud misericordiosa del Señor ante el arrepentimiento del pecador: si el impío se convierte de todos los pecados que cometió, guarda todos mis preceptos y obra justicia y derecho, ciertamente vivirá, no morirá. No le serán recordados ninguno de los delitos que cometió. Vivirá por la justicia que ha practicado. Por eso, suplica el Salmo 24: “recuerda, Señor, que tu misericordia es eterna”.

Conversión. Acoger la misericordia de Dios. El Evangelio nos llama a rectificar nuestra mala conducta. Esta era la característica principal de la predicación de Juan Bautista, y Jesús comenzó su enseñanza con la misma invitación: “Arrepentíos. Convertíos”.

San “Josemaría lo expresó en dos puntos breves y gráficos de Camino: "Comenzar es de todos; perseverar, de santos"; "La conversión es cosa de un instante. -La santificación es obra de toda la vida". El itinerario del cristiano exige una actitud de permanente y renovada conversión, porque se ha de crecer constantemente en la riqueza espiritual del trato con Dios. Esta perseverancia implica empeño, decisión, concretar propósitos en un santo afán por rectificar y mejorar cada día un poco, sin ceder al cansancio y menos aún al desánimo” (Echevarría J. Itinerarios de vida cristiana).

Rectificar, decidirse a la conversión, exige una profunda humildad: reconocer el propio error, algo que va en contra de nuestra soberbia. Y también hace falta ser muy humildes para saberse necesitados de la gracia de Dios: “Se equivocaría, sin embargo, quien considerara esa perseverancia en la conversión como fruto de la propia y exclusiva fuerza de voluntad. La conversión -como la fe, con la que está íntimamente relacionada- es don de Dios. Y también viene de Él la constancia en el esfuerzo en el que la mudanza se prolonga” (Ibídem).

Volvamos al diálogo del padre con el segundo hijo. Éste le respondió: «Voy, señor». Si ante la respuesta del primer hijo el agricultor sintió desencanto, la actitud pronta del segundo le devolvió la tranquilidad: tenía con quien contar, la pequeña viña estaría atendida, se cumpliría el proyecto que tenía para aquella jornada. Pero no fue. Todo se quedó en promesas. Como nosotros también: cuántos propósitos que no cumplimos en la vida de oración, en el apostolado, en el trabajo.

Por eso Jesús pregunta, como resumen de la parábola: ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?  Esta es la clave de la vocación cristiana. Lo que señala al buen hijo. La distinción de familiaridad con Jesús: ¿quiénes son mi madre y mis hermanos? –todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre: los que oyen la palabra de Dios y la cumplen.  

Hacer la voluntad del Padre. En otra ocasión, Jesús mismo dijo que en eso consistía su alimento. Y nos enseñó a pedir en el Padrenuestro que se haga su voluntad en la tierra como en el cielo. Y lo mostró como requisito para gozar de la comunión con Él: No todo el que me dice: «Señor, Señor», entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre.

¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?  Esa es la pregunta que interesa. La que debemos hacernos  en todo momento: ¿estoy cumpliendo la voluntad de Dios? Con este trabajo, con esta diversión, con esta actitud, con este pensamiento, ¿estoy colaborando en las faenas de la viña del Señor?, ¿edifico la Iglesia?, ¿cumplo la palabra de Dios en mi vida?

Hacer la voluntad del padre. Amarla hasta superar nuestra debilidad. "Obedece sin tantas cavilaciones inútiles... Mostrar tristeza o desgana ante el mandato es falta muy considerable. Pero sentirla nada más, no sólo no es culpa, sino que puede ser la ocasión de un vencimiento grande, de coronar un acto de virtud heroico. No me lo invento yo. ¿Te acuerdas? Narra el Evangelio que un padre de familia hizo el mismo encargo a sus dos hijos... Y Jesús se goza en el que, a pesar de haber puesto dificultades, ¡cumple!; se goza, porque la disciplina es fruto del Amor" (San Josemaría, Surco, n. 378). 

—El primero –dijeron ellos. Todos tenemos claro cuál es el camino para llegar ser felices, para ser santos: cumplir la voluntad del padre, aunque en un primer momento nos cueste decirle que sí. Por eso Jesús dirá que vino a curar a los enfermos, a llamar a los pecadores. Y por eso recrimina a las autoridades religiosas de ese tiempo, que se tenían por justificadas delante de Dios. 

El Señor privilegia la respuesta de los dos grupos más mal vistos en esa época: los publicanos y las prostitutas. Estos, al reconocerse necesitados, se convirtieron con más facilidad -como Mateo, Zaqueo, la samaritana o María Magdalena...- y por eso van primeros en el camino de la justificación: —En verdad os digo que los publicanos y las meretrices van a estar por delante de vosotros en el Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros con un camino de justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y las meretrices le creyeron. Pero vosotros, ni siquiera viendo esto os arrepentisteis después para poder creerle”.

Podemos concluir con otras palabras de Mons. Echevarría, que nos invitan a acudir a la intercesión de nuestra Madre para responder como el primer hijo, cumpliendo la voluntad del Señor y convirtiéndonos de la primera reacción negativa: “en la historia de muchas almas, el primer paso del retorno a la casa del Padre ha brotado de un encuentro con María. Éste es otro motivo más para invocar a la Virgen Santa como "Causa de nuestra alegría". De Ella nació el Salvador del mundo. A través de Ella se torna al camino que conduce a su Hijo, porque -como recordaba el Fundador del Opus Dei-, "a Jesús siempre se va y se "vuelve" por María".

sábado, diciembre 18, 2010

San José y la voluntad de Dios


Llegamos al último domingo antes de la Navidad y la liturgia nos ayuda a prepararnos para celebrar esta solemnidad. En la primera lectura, aparece la famosa profecía de Isaías 7,14, tan fácil de memorizar (7x2=14). En ella, aparece el profeta delante del rey Ajaz, animándolo a que no haga alianzas con otros reyes, sino a confiar en que el Señor estará con él. Para garantizar la seriedad de su consejo, lo invita a pedirle un signo, que sea la muestra de que Dios está de su parte. Como el rey ya tiene la decisión tomada en contra, se justifica con un prejuicio Pseudo-religioso: “no lo pediré y no tentaré al Señor”. Entonces el profeta responde: -“Escuchad, casa de David: « ¿Os parece poco cansar a los hombres para que canséis también a mi Dios? Pues bien, el propio Señor os da un signo. Mirad, la virgen está encinta y dará a luz un hijo, a quien pondrán por nombre Emmanuel”.
La palabra original puede entenderse simplemente como “muchacha”: cuando al poco tiempo la joven esposa del Ajaz diera a luz un hijo, se podía entender que el signo anunciado quedaba cumplido. Pero quedó en la tradición popular ese anuncio como una señal también para el largo plazo. Y más tarde, al traducir estos textos al griego, se eligió la palabra “parthenos", virgen. La esperanza de Israel se aferraba a la venida del Mesías: “Ábranse los cielos y llueva de lo alto bienhechor rocío como riego santo”, decían las oraciones de los judíos de entonces.
Cuando el evangelista Mateo cuenta la generación de Jesucristo (1, 18-24), tiene muy en mente esta profecía. Oigamos su relato: “María, su madre, estaba desposada con José, y antes de que conviviesen se encontró con que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo”. Mateo insiste en la virginidad de María y explica que ella había firmado ya la ketubá, el acuerdo matrimonial. En la tradición judía, después de esta firma los esposos quedaban comprometidos, pero todavía no comenzaban a convivir. Esta segunda fase venía después de un tiempo, cuando se celebraba propiamente la boda ritual. En este intervalo, antes de que conviviesen, Mateo sitúa –con menos detalles que Lucas- la concepción virginal de Jesucristo: María se encontró con que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo.
En estas circunstancias, el autor sagrado presenta al último protagonista del Adviento, que cumple su papel de forma callada: José, su esposo, como era justo y no quería exponerla a infamia, pensó repudiarla en secreto. En pocas palabras queda perfilada la personalidad de este hombre: legalmente, es el esposo de María. Era justo. San Josemaría explica cómo se entiende esa justicia de vida: “José era efectivamente un hombre corriente, en el que Dios se confió para obrar cosas grandes. Supo vivir, tal y como el Señor quería, todos y cada uno de los acontecimientos que compusieron su vida. Por eso, la Escritura Santa alaba a José, afirmando que era justo. Y, en el lenguaje hebreo, justo quiere decir piadoso, servidor irreprochable de Dios, cumplidor de la voluntad divina; otras veces significa bueno y caritativo con el prójimo. En una palabra, el justo es el que ama a Dios y demuestra ese amor, cumpliendo sus mandamientos y orientando toda su vida en servicio de sus hermanos, los demás hombres” (Es Cristo que pasa, n. 40).
En este caso, Mateo aclara que la justicia –la santidad- de José se manifiesta con dos hechos: no quería exponerla a infamia, pensó repudiarla en secreto. Los Padres han entendido que se sentía indigno de participar en un misterio tan grande, de modo similar a Pedro, cuando le dice a Jesús: “aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador” o al centurión que dice: “no soy digno de que entres en mi casa”. San Bernardo dice que José, considerándose indigno pecador, pensaba que no podría convivir con una mujer de la cual reconocía, con profundo temor, su estupenda dignidad y superioridad: “veía, con sacro estupor, que ella portaba el signo cierto de la presencia divina y, como no podía comprender este misterio, quería dejar a su esposa”.
Aunque el Evangelio no explica la psicología de José, es fácil imaginarse cuánto le costaría tomar esta decisión. También en nuestra vida habrá momentos en los cuales nos cueste identificarnos con la voluntad de Dios, que se nos hace cuesta arriba: momentos de negarnos a nosotros mismos, tomar nuestra cruz de cada día y seguir a Cristo. Por eso, llama la atención la sencillez con la que describe el evangelista la decisión de José: como no quería exponerla a infamia, pensó repudiarla en secreto. Lo ve claro y, aunque le cuesta, se decide a hacer lo que ve más consecuente con la voluntad de Dios.
Por eso, San Josemaría –gran devoto josefino- le llamaba el hombre de la sonrisa y el encogimiento de hombros. Comentando esta escena, admiraba del santo Patriarca su respeto por la voluntad de Dios. Y es que cuántas veces nosotros quisiéramos rezar en el Padrenuestro: “hágase mi voluntad”. Y si no lo decimos, con nuestra actitud obramos así. Pidámosle hoy a José que nos ayude a tener esa vida interior, ese trato con María y con la Trinidad, que nos lleve a respetar la voluntad del Señor, a cumplirla con prontitud, a responder a las peticiones divinas con una sonrisa y un encogimiento de hombros, manifestación de fe, de acogida serena del designio de Dios, que siempre quiere lo mejor para nosotros, aunque no lo veamos claro en un primer momento.
Volvamos al relato: Consideraba él estas cosas, cuando un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: —José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Así es el Señor: a veces permite que no veamos clara la solución a un problema, para que nos abandonemos más plenamente en Él. Y cuando hemos decidido seguirlo, tomar nuestra cruz, descubrimos que ha estado siempre a nuestro lado, haciendo las veces de Cirineo. José pensó en un primer momento que su vocación era abandonar a María, pero el Señor le hace ver que no, que precisamente su misión en la vida será cuidar de ella y de su Hijo, que es el Mesías esperado, el hijo de Dios. Es más: tendrá que ejercer las veces de padre, lo cual está inserto en el encargo de darle el nombre: Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.
Benedicto XVI explica la vocación paternal de José: “es el evangelista san Mateo quien da mayor relieve al padre putativo de Jesús, subrayando que, a través de él, el Niño resultaba legalmente insertado en la descendencia davídica y así daba cumplimiento a las Escrituras, en las que el Mesías había sido profetizado como "hijo de David". Desde luego, la función de san José no puede reducirse a este aspecto legal. Es modelo del hombre "justo" (Mt 1, 19), que en perfecta sintonía con su esposa acoge al Hijo de Dios hecho hombre y vela por su crecimiento humano. Por eso, en los días que preceden a la Navidad, es muy oportuno entablar una especie de coloquio espiritual con san José, para que él nos ayude a vivir en plenitud este gran misterio de la fe”.
Con este relato Mateo aclara que la concepción de Jesús fue virginal, milagrosa, obra del Espíritu Santo. Por eso concluye su relato haciendo ver que todo esto sucedió para que se cumpliera lo que dijo el Señor por medio del Profeta: Mirad, la virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán por nombre Emmanuel, que significa Dios-con-nosotros. El evangelio cita la traducción griega de Is 7,14 (“la Virgen concebirá y dará a luz un hijo”) y aplica esta profecía a María, quien se mantiene virgen a pesar de haber concebido al Emmanuel, a Jesucristo, que es Dios con nosotros. Esta intervención de la tercera persona de la Santísima Trinidad es análoga a la que ocurre en la Resurrección, cuando restituye la vida a un cadáver. En la segunda lectura de hoy, leemos que san Pablo afirma con admiración que Jesús fue “constituido Hijo de Dios con poder por obra del Espíritu Santo, por la resurrección de entre los muertos” (Rm 1,4). Y se podría añadir aún el papel del Paráclito en la celebración de la Eucaristía, que recuerda también estos dos “descensos” en la historia de la Redención. Queda rechazada, en consecuencia, la teoría de que se trata de una versión más del mito de la mujer fecundada por los dioses (Puig).
La escena concluye mostrando a José, feliz porque ha recibido la más grande vocación que ha tenido alguien en la vida: cuidar del Mesías y de su madre. Pidámosle a la Sagrada Familia, que también pueda decirse, de nuestra respuesta a las llamadas divinas, por exigentes que sean, lo que narra San Mateo sobre la respuesta del Santo Patriarca: Al despertarse, José hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado, y recibió a su esposa.