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Mostrando las entradas de mayo, 2010

Santísima Trinidad

El tiempo de Pascua termina con la Solemnidad de Pentecostés, el octavo domingo después de Resurrección. Al día siguiente, recomienza el tiempo ordinario, que se había suspendido a partir del miércoles de ceniza. Sin embargo, en esta nueva etapa, la liturgia nos propone una serie de fiestas que nos ayudan a meditar en los misterios centrales de nuestra fe. En concreto, cuatro celebraciones que sintetizan la historia de la salvación: la Santísima Trinidad, el Santísimo Cuerpo y la Sangre de Cristo, el Sagrado Corazón de Jesús y, al finalizar el año, Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo.
Celebramos hoy la primera de estas grandes Solemnidades: la Santísima Trinidad. El Catecismo de la Iglesia (n. 234) explica que se trata del misterio central de la fe y de la vida cristiana: “Es el misterio de Dios en sí mismo. Es la fuente de todos los demás misterios de la fe, la luz que los ilumina. Es la enseñanza más fundamental y esencial en la jerarquía de las verdades de fe”.
Cuentan de un e…

Pentecostés: sed del agua viva

Llegamos al final del ciclo pascual. Después de casi cien días que incluyen la preparación cuaresmal, el triduo y la cincuentena pascual, celebramos hoy la Solemnidad de Pentecostés, con la que se concluye este tiempo fuerte, fortísimo, y pasamos de nuevo al ritmo corriente del tiempo ordinario en la liturgia de la Iglesia.
Es un buen momento para hacer examen y ver cómo hemos aprovechado estos días en que la gracia del Señor nos facilita recomenzar nuestra vida interior, la conversión, el decidirnos a tomarnos más en serio la llamada de Dios a la santidad y al apostolado cristiano.
Como la Solemnidad de Pentecostés es tan grande, la liturgia ofrece dos celebraciones: una vigilia y una Misa del día. El Evangelio de la primera está tomado de San Juan (7,37-39). Para entenderlo mejor, hay que contextualizarlo: se trata de la fiesta de los Tabernáculos, que se remontaba a la natural petición de agua abundante en una zona desértica. Los judíos la convertirían después en la celebración en g…

Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que te quiero

Al final de la cincuentena pascual, leemos de nuevo el final del Evangelio de Juan (21,15-19): “Cuando acabaron de comer, le dijo Jesús a Simón Pedro: —Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? Le respondió: —Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Le dijo: —Apacienta mis corderos. Volvió a preguntarle por segunda vez: —Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Le respondió: —Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Le dijo: —Pastorea mis ovejas. Le preguntó por tercera vez: —Simón, hijo de Juan, ¿me quieres? Pedro se entristeció porque le preguntó por tercera vez: «¿Me quieres?», y le respondió: —Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que te quiero. Le dijo Jesús: —Apacienta mis ovejas”.
Los Padres de la Iglesia ven, en este pasaje evangélico, a Jesús que actúa como Buen Pastor. Después de las negaciones de Pedro, el Señor le otorga el primado que le había anunciado: el poder de las llaves. Benedicto XVI comenta en Jesús de Nazaret: “Se confía a Pedro la misma tarea de pastor que pertenece a Jesús (…). Sin e…

Santa pureza

Seguimos meditando el discurso de la despedida del Señor, en la última cena, que nos transmite San Juan: —Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él.
Guardar la palabra de Dios, como muestra de que le amamos. Si alguno me ama… Hablaremos con Dios en esta oración sobre el amor de Dios que se manifiesta en la virtud de la santa pureza. Caridad y pureza… La castidad no se explica a sí misma, sino desde el Amor, como predicaba San Josemaría (Amigos de Dios, n. 119): ¡Qué hermosa es la santa pureza! Pero no es santa, ni agradable a Dios, si la separamos de la caridad. La caridad es la semilla que crecerá y dará frutos sabrosísimos con el riego, que es la pureza. Sin caridad, la pureza es infecunda, y sus aguas estériles convierten las almas en un lodazal, en una charca inmunda, de donde salen vaharadas de soberbia.
Dios siembra en nuestra alma, con el bautismo, la semilla de las virtudes teologales. Nosotros debemos corresponder a ese …

Caridad y paz de Dios

Jesús le respondió: —Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama, no guarda mis palabras; y la palabra que escucháis no es mía sino del Padre que me ha enviado.
Tomás pregunta a Jesús sobre su revelación, que los Apóstoles entendían reservada solo a ellos, mientras –según la mentalidad de la época- se pensaba que el Mesías se manifestaría al mundo entero. El Señor le hace ver que Él se manifiesta, fundamentalmente, a quien le ama y demuestra ese amor con obras: guardando su palabra. A continuación concreta en qué consiste esa revelación: en ser depositarios del amor del Padre y de la inhabitación de la Trinidad en el alma.
Al comienzo del discurso, Jesús había dicho que se iba para preparar una morada en la casa del Padre. Ahora complementa esa promesa con otro anuncio: no solo viviremos en la casa del Padre, sino que nosotros mismos seremos sus huéspedes. Es la manera de cumplir las promesas del Antiguo Testame…

El mandamiento nuevo

San Juan es el evangelista que describe la última cena de modo más extenso. Su narración puede dividirse en tres grandes partes: los capítulos 13 y 14 (lavatorio, salida de Judas, y plan de partida y regreso de Cristo); los capítulos 15 y 16 (Cristo y la Iglesia: la viña, los dolores de parto) y el capítulo 17 (oración sacerdotal de Jesús). En esta meditación consideraremos el comienzo del relato.
El lavatorio de los pies no aparece en ningún otro evangelio y es el contexto en el cual Jesucristo formula  una sentencia que será nuestro tema de meditación para hoy. Después de haberse agachado a limpiar los pies de sus discípulos, el Señor formula una orden que los apóstoles jamás olvidarían, que marcaría su actividad en el futuro, que terminaría siendo el ADN de la Iglesia naciente. Se trata del llamado mandamiento nuevo: que os améis unos a otros. Como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor unos a otros.
Estas palabr…

San José Obrero. Día del trabajo

Hoy es 1 de mayo, fiesta internacional del trabajo. Para nadie es un secreto que el origen de esta festividad es una reivindicación comunista, que quería celebrar la lucha del proletariado. La Iglesia, como siempre, más que oponerse a la celebración del trabajo humano –un objetivo digno y justo- la purificó de la lucha de clases y la sublimó a la categoría de fiesta litúrgica, conmemorando a San José Obrero.
Hay muchas maneras de enfocar el trabajo: desde quien lo considera un castigo, como la famosa canción del “Negrito del Batey”, que decía: “A mí me llaman el negrito del Batey porque el trabajo para mí es un enemigo. El trabajar yo se lo dejo todo al buey, porque el trabajo lo hizo Dios como un castigo”. Hasta quienes, como los  llamados trabajo-adictos (“workaholics”) se consagran de tal modo a él que se olvidan de la familia, del descanso, de los amigos.
La Iglesia en cambio ofrece una visión dignificante y valorativa del trabajo. Por eso nos pone la labor profesional de José com…

Camino, verdad y vida

Estamos leyendo en la liturgia la segunda parte del Evangelio de San Juan, llamada “el libro de la hora”, que comienza en el capítulo 13 con la última cena, después de haber expuesto antes el llamado “libro de los signos”. En la primera parte de este libro de la hora, Juan expone con detalladamente la última cena. Después del lavatorio de los pies, Juan narra el “discurso de despedida”.
En la primera parte de ese discurso, Jesús comienza tranquilizando a los discípulos, que habían quedado conmovidos ante el anuncio de las negaciones de Pedro: “No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí”.
Al mismo tiempo, los anima anunciándoles que les preparará un lugar en el Cielo, pues ellos serán fieles: De lo contrario, ¿os hubiera dicho que voy a prepararos un lugar? Cuando me haya marchado y os haya preparado un lugar, de nuevo vendré y os llevaré junto a mí, para que, donde yo estoy, estéis también vosotros. Aludiendo a estas palabras, Santa Teresa comenzaría su clásico es…