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sábado, julio 21, 2012

El descanso cristiano


Después de la misión apostólica, Marcos relata el regreso de los discípulos que le cuentan a Jesús todas las peripecias de sus correrías apostólicas: Reunidos los apóstoles con Jesús, le explicaron todo lo que habían hecho y enseñado. Le narran los milagros, las curaciones, los exorcismos; pero también la doctrina que estuvieron predicando, lo que habían aprendido a su lado.

Y les dice: —Venid vosotros solos a un lugar apartado, y descansad un poco. Llama la atención esta actitud paternal del Señor, su preocupación por los detalles más pequeños, su cuidado por aquel grupo de discípulos, que conforman su nueva familia, en la que Él atiende incluso lo más material, como el descanso.

Tenemos que aprender del Señor a cuidar de esos tiempos de pausa en el trabajo, tan necesarios para recuperar las fuerzas físicas pero también para no dejarnos apabullar por la barahúnda del movimiento social en el que nos movemos. Descansar es parte importante de la santificación de la vida cotidiana, del trabajo y de la familia. Puede suceder que, so capa de ser muy competentes en el trabajo, terminemos convertidos en esclavos de la profesión y echando por la borda incluso la familia o la relación con Dios.

En nuestros días es importante relativizar el trabajo. La ocupación laboral no es lo más importante. Primero está Dios, el hogar, el servicio a los demás. Desde luego, siempre hemos enseñado que el trabajo es medio para encontrarse con Dios, para sacar adelante la familia y para servir a la sociedad. Pero si deja de ser medio y se convierte en fin, estamos desenfocados. Y lamentablemente, hay una fuerte corriente social que invita a elevar el trabajo a un lugar que no le corresponde. Por eso es importante escuchar al Señor que nos recuerda: Venid vosotros solos a un lugar apartado, y descansad un poco.

También hemos de saber descansar. San Josemaría enseñaba que “el descanso no es no hacer nada: es distraernos en actividades que exigen menos esfuerzo” (Camino, n.357). Urge profundizar en esa antropología del descanso y de la fiesta, que tan bien ha expuesto J. Pieper (“Una teoría de la fiesta”). El cristiano es el que mejor sabe descansar, porque lo hace con Dios, celebrando su creación y su redención. 


Y se marcharon en la barca a un lugar apartado ellos solos. El Señor se dirige con los discípulos a Betsaida Julia, llamada así en honor a la hija de Augusto. Se trata de un lugar desértico, para descansar a solas, en familia, los discípulos y Él. Podríamos decir que, después de la vida austera de Juan Bautista y los cuarenta días de Jesús en el desierto, es el primer retiro espiritual del cristianismo que nos transmite el Evangelio. Estar en un lugar apartado ellos solos, con Dios. Nos habla de la importancia del recogimiento para la vida interior.

En nuestros días, parece como si la gente huyera del silencio. Hasta los sitios tradicionalmente recogidos, como los aeropuertos o los hospitales, se han llenado de pantallas que salen al encuentro de los consumidores. Es un fenómeno comercial, pero manifiestan la creciente incapacidad que tienen nuestros contemporáneos de quedarse en un lugar apartado ellos solos. Por eso cuesta tanto la lectura, el estudio individual y, cómo no, la oración personal. El Evangelio de hoy es una invitación a redescubrir la importancia de la vida interior, de la meditación, del estudio, del silencio para poder escuchar la voz de Dios.

También en nuestra vida laboral tenemos que encontrar esos momentos para estar a solas con el Señor, en la intimidad con Él, para hablar de Tú a tú, personalmente, contándole nuestras cosas. En la jornada laboral tendremos esos momentos de meditación, pero hay que preverlo además en el plan semanal, mensual y anual. Es el sentido del domingo, que el Beato Juan Pablo II explicó magistralmente en su Carta Dies Domini: día del Señor, día de Cristo, pero también día de la Iglesia y del ser humano.

Podemos sacar el propósito de recordar, en nuestro apostolado personal, la importancia del precepto dominical: ningún domingo sin Misa, puede ser una buena meta, para nosotros, para nuestra familia y para nuestros amigos. Hemos de enseñarles, ante todo con nuestro ejemplo, que conviene adelantar la asistencia a la Misa en lugar de retrasarla. Y que al programar los paseos de fin de semana debe estar prevista la Santa Misa en el mejor momento. Será manifestación de fe sacrificar la visita a algún lugar atractivo si no garantiza la participación en la Eucaristía dominical. 

También se les puede explicar que este mandamiento se cumple asistiendo a la Misa el sábado por la tarde. Otro consejo, ya no para turistas, sino para estudiantes, es que en tiempo de exámenes conviene ir a Misa temprano el domingo, para evitar las afugias de último momento, cuando no ha rendido mucho el estudio. Que no falte la Misa dominical, ningún domingo sin Misa.

El Evangelio apunta tres asuntos más. En primer lugar, el motivo del descanso, que era el trabajo extremo que caracterizaba las jornadas del Señor y sus discípulos: Porque eran muchos los que iban y venían, y ni siquiera tenían tiempo para comer. Aunque hemos hablado del descanso necesario, tampoco hemos de quejarnos si en alguna ocasión debemos trabajar un poco más de la cuenta. Siempre que tengamos las medidas de prudencia que hemos mencionado antes, debemos agradecer al Señor que nos permita identificarnos con Él en su laboriosidad. Y aprender a trabajar como Él, sin mentalidad de víctimas.

Pero los vieron marchar, y muchos los reconocieron. Y desde todas las ciudades, salieron deprisa hacia allí por tierra y llegaron antes que ellos. Como entonces, también hoy las almas tienen necesidad de Dios y nosotros, que somos sus discípulos, debemos estar dispuestos a sacrificar incluso nuestro merecido descanso si hiciera falta en un caso extremo, para comunicarles las maravillas divinas. Vemos que así hizo el Señor, en lo que constituye el núcleo de la Liturgia de la Palabra del domingo XVI del ciclo B:

Al desembarcar vio una gran multitud y se llenó de compasión por ella, porque estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas. Una vez más, vemos a Jesús pendiente de los demás. Al comienzo, del descanso de sus apóstoles. Ahora, de la muchedumbre que salió a su encuentro en Betsaida Julia. La Liturgia nos hace considerar que se está cumpliendo una profecía de Jeremías (23,1-6): Yo mismo reuniré el resto de mis ovejas de todos los países adonde las expulsé, y las volveré a traer a sus dehesas, para que crezcan y se multipliquen. Les pondré pastores que las pastoreen; ya no temerán ni se espantarán, y ninguna se perderá. Jesús aparece como ese Buen Pastor, hijo de David, que acoge a sus ovejas y las cuida de los malos pastores.

Por eso, es lógico que el Salmo de la Misa sea el número 23: El Señor es mi pastor, nada me falta. El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas. Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan. 

Llama la atención en qué consiste el pastoreo de Jesús en este pasaje. Aunque más adelante habrá una multiplicación de los panes, que consideraremos el próximo domingo, San Marcos nos dice cómo se manifiesta la compasión del Señor por sus ovejas: y se puso a enseñarles muchas cosas. El pasto que Jesús nos ofrece es su Revelación, sus enseñanzas, la doctrina que la Iglesia nos dispensa. 

 Acudimos a la Virgen Santísima, Madre de la Iglesia, para que nos enseñe el camino del seguimiento de su Hijo durante el trabajo y también en las horas del descanso. Que además estemos dispuestos a trabajar con esmero por el reino de su Hijo y a asimilar las enseñanzas que, como Buen Pastor, nos transmite a través de su Iglesia.

sábado, julio 25, 2009

Cinco panes y dos peces

Hacemos una pausa en el relato evangélico de San Marcos, que hace una semana nos dejó con Jesús frente a una gran multitud, de la cual sintió compasión porque andaban como ovejas que no tienen pastor. 

La misericordia se nota en que les enseña. Pero además hace un milagro portentoso. Es aquí donde cede la palabra al apóstol San Juan, que le da mayor realce al signo y una gran explicación teológica. Por eso, durante los próximos cinco domingos consideraremos el capítulo sexto del cuarto evangelio, uno de los pasajes más profundos del Nuevo Testamento.

Después de esto partió Jesús a la otra orilla del mar de Galilea, el de Tiberíades. Iniciativa de Jesús, busca a la gente. Quiere que todos se salven, no se contenta con esperarlos. Así espera que nosotros salgamos al encuentro de las almas, para llevarles el tesoro de la vida divina y que también aprendamos de ellas en ese diálogo maravilloso de la amistad. 

Le seguía una gran muchedumbre porque veían los signos que hacía con los enfermos. Así somos: lo buscamos por interés, cuando lo necesitamos. Después, cuando las cosas van bien, nos olvidamos de Él; dejamos que pase a ocupar un segundo lugar. Perdón, Señor. Que no confiemos más en nuestras fuerzas. Que no sigamos contentos con nuestra mediocridad. Que no te sigamos por los signos que puedes hacer en nuestro favor, sino por amor desinteresado, para tratar de retornar en parte tu amor hasta la muerte.

Jesús subió al monte y se sentó allí con sus discípulos. Pronto iba a ser la Pascua, la fiesta de los judíos. La intimidad con Jesús requiere esfuerzo. Por eso es frecuente la figura del monte. Cercanía de la Pascua, que trae a la mente el sacrificio pascual de Jesús. Era una buena fecha, de tiempo fresco, lo cual nos ayuda a entender lo que a continuación nos describe San Juan:

Jesús, al levantar la mirada y ver que venía hacia él una gran muchedumbre, le dijo a Felipe: — ¿Dónde vamos a comprar pan para que coman éstos? –lo decía para probarle, pues él sabía lo que iba a hacer. El Señor se preocupa de sus seguidores. Es previsivo: sabe lo que hará. Sin embargo, quiere contar con nuestro pobre aporte humano. Se dirige a nosotros, pone a prueba nuestra creatividad. Quiere que seamos sus instrumentos inteligentes, no simples máquinas repetidoras. Por eso pregunta a Felipe: — ¿Dónde vamos a comprar pan para que coman éstos?

¡Cuántas veces nos habremos visto interpelados, tentados como Felipe, por cuestiones similares! El Señor pone en nuestras manos una familia, unas personas, una entidad, una labor apostólica, y parece como si todo dependiera de nuestro esfuerzo. Ante esos retos, caben varias reacciones: intentar arreglarlo todo con las propias fuerzas, o dejar que sea Dios por su cuenta el que se encargue -mientras nosotros, perezosos, nos desentendemos-, o actuar como el Evangelio de hoy:

Felipe le respondió: —Doscientos denarios de pan no bastan ni para que cada uno coma un poco. Es la reacción “realista”. Se ve que Felipe era un hombre práctico, quizá cumplía con frecuencia ese papel de secretario –aunque era Judas el que llevaba la bolsa-: preveía, calculaba y daba su veredicto. En esta ocasión, su cuenta dice que, para dar a cada una de las personas de esa multitud, no alcanzarían ni doscientos jornales, unos cuatro millones de pesos colombianos de hoy.

Doscientos jornales. Un dineral. Doscientos días de trabajo, les pide el Señor a sus Apóstoles de un momento a otro. Y no para construir la sede central de su apostolado, o para prever las necesidades futuras, sino para “despilfarrarlos”, atendiendo a una muchedumbre transitoria. ¡Cuánto nos enseña el Señor! Esta escena va en la línea de la Encíclica “Caritas in veritate”: nos muestra la lógica de la gratuidad, de la generosidad, del don, que ha venido a instaurar Jesucristo, por encima de nuestra tacañería, de nuestra codicia, de nuestro egoísmo.

Los apóstoles se han ido empapando de la lógica divina, y no tienen vergüenza de plantear sus pobres aportaciones: “Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo: —Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero, ¿qué es esto para tantos?”

Estamos hablando de una necesidad de cuatro millones de pesos en pan, y el muchacho no tiene problema en aportar unos diez o quince mil pesos… Hay que dar de comer a una muchedumbre, y él ofrece comida para dos. ¡Parece ridículo! Así es nuestra aportación en las obras de Dios: por mucho que hagamos, no deja de ser verdaderamente desproporcionado. Pero el Señor quiere que demos nuestros cinco panes y los dos peces, aunque no sea nada, comparado con la Obra de Dios.

El muchacho, que somos tú y yo en este pasaje, le entrega al Señor todo lo que tiene. Quizá era la previsión para la cena en su casa, pero tiene la fe suficiente para entregarla al Maestro. No piensa en sí mismo, ni en sus planes: lo prioritario es ayudar, hacer de cirineo en este momento para Jesús.

Señor, dinos ahora en esta oración: ¿Cuáles son esos panes y esos peces que Tú estás esperando que te entregue? ¿Cómo puedo ayudarte a tu labor de buen pastor en el mundo de hoy? – Quizá nos pides que te demos el corazón, que no lo compartamos tanto, que no te dejemos las migas… O que empleemos en tus cosas los mejores tiempos, o que sacrifiquemos un poco nuestras aficiones, nuestros planes personales, al servicio de los demás… Pregúntale tú concretamente qué panes te está pidiendo, cuáles peces le puedes dar…

Al ver Jesús que Andrés y el muchacho habían entendido su lógica, dijo: —Mandad a la gente que se siente –había en aquel lugar hierba abundante. Y se sentaron un total de unos cinco mil hombres. Si contamos tantas mujeres como varones –podrían ser más, pues ellas son más piadosas- y tres muchachitos en promedio por pareja –teniendo en cuenta la fecundidad judía de aquella época-, podemos hablar de unas 25.000 personas, cuatro millones de pesos en pan no bastan… ¿Qué pensarían los apóstoles ante ese mandato, ante esa locura desproporcionada? ¿Cuáles habrán sido los comentarios de Judas, a baja voz, con los que estaban a su lado?

Jesús tomó los panes y, después de dar gracias (alusión a la Eucaristía), los repartió a los que estaban sentados, e igualmente les dio cuantos peces quisieron. No toca de a pan por cabeza: se trata de un banquete mesiánico, que muestra el cumplimiento de las promesas antiguas: Comerán todos hasta saciarse. O, como leíamos en la primera lectura, comerán y sobrará, según la promesa del profeta Eliseo, que también repartió panes de cebada entre un grupo grande. ¡Qué generosidad, Señor; qué magnánimo eres! ¡Cuánto tenemos que aprender de Ti! ¡Qué deseos de confiar más en tu grandeza!

Cuando quedaron saciados, les dijo a sus discípulos: —Recoged los trozos que han sobrado para que no se pierda nada. Y los recogieron, y llenaron doce cestos con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. Dice San Josemaría: ¿Y para qué recoger los restos? ¿Para qué? Para que, con esos doce grandes cestos de pan que han sobrado, comamos nosotros ahora y nos alimentemos de la fe. De la fe en Él, que es capaz de obrar todo eso superabundantemente, por el amor que tiene a los hombres, por el amor que tiene a la Iglesia, por el deseo de redimir, de salvar a las gentes.

También nosotros podemos acudir a Jesucristo, llenos de fe como este santo sacerdote, y decirle: ¡Señor, que sobren cestos ahora mismo!¡Hazlo generosamente!¡Que se vea que eres Tú!

También la multitud aquella creyó en el Señor viendo el signo que Jesús había hecho, decían: —Éste es verdaderamente el Profeta que viene al mundo.


El Señor nos da una última enseñanza de esperar el momento oportuno, la “hora” prevista por el Padre: Jesús, conociendo que estaban dispuestos a llevárselo para hacerle rey, se retiró otra vez al monte él solo.