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sábado, diciembre 05, 2015

Rogad al dueño de la mies que mande trabajadores a su mies

I. El profeta Isaías es el protagonista de los primeros días del Adviento. Hemos considerado esta semana, en primer lugar, el capítulo 11, cuando anuncia sus “Promesas de paz” ante la destrucción causada por la invasión asiria. La primera profecía consiste en que brotará un “nezer”, un renuevo (vivo) del tronco (seco) de Jesé, y de su raíz florecerá un vástago. Sobre él se posará el espíritu del Señor.

Más adelante, en el capítulo 25, hemos considerado el banquete del Señor, que la liturgia relaciona claramente con el salmo 22 (Habitaré en la casa del Señor por años sin término) y con la multiplicación de los panes (Mt 15), mostrando así que la profecía se cumplió con el nacimiento de Jesús en la “casa del pan” que es Belén.

También hemos meditado sobre el cántico de acción de gracias que Isaías transcribe en el capítulo 26: Que entre un pueblo justo, que observa la lealtad. El evangelio de Mateo (7,27) anuncia en qué consiste esa lealtad exigida para entrar en la ciudad de Dios, en el reino de los cielos: El que cumple la voluntad del Padre.

En ese recorrido “a vuela pluma” por la extensa obra del profeta del adviento, hemos visto en el capítulo 29 sus promesas escatológicas: “muy pronto el Líbano se convertirá en vergel y el vergel parecerá un bosque. Aquel día, oirán los sordos las palabras del libro; sin tinieblas ni oscuridad verán los ojos de los ciegos. Igual que en los casos anteriores, la liturgia muestra su realización en Jesucristo, con la curación de los dos ciegos que creyeron en Él (Mt 9).

De esa manera llegamos hoy al capítulo 30 del profeta Isaías. Ante la insensatez política de Judá, el Señor promete la renovación del universo y una nueva creación: Pueblo de Sión, que habitas en Jerusalén, no tendrás que llorar, se apiadará de ti al oír tu gemido. Estamos a punto de comenzar el año de la misericordia, y vemos aquí una manifestación de ese amor paternal de Dios por sus criaturas: apenas te oiga, te responderá.

Nos habla de la importancia de no rumiar nuestras quejas, de no quedarnos a solas con nuestros sufrimientos y tentaciones. Dios, Padre misericordioso, está siempre atento a nuestros gemidos. Es más, el Espíritu Santo suscita desde nuestro interior esas lamentaciones que quizá nos resistimos a expresar en voz alta. O que sí exteriorizamos por nuestra cuenta, pero sin querer dirigirlas al Señor.

II. Ya nos hemos dado cuenta de que la liturgia suele poner en diálogo la primera lectura con el Evangelio. Esto lo hace los domingos del tiempo ordinario, pero en el Adviento ocurre cada día. Veamos entonces qué pasaje ha escogido la Iglesia para ilustrar la enseñanza del profeta sobre la piedad del Señor ante sus hijos.

Se trata del Evangelio de Mateo, al final del capítulo noveno: Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia. Estamos preparándonos para la celebración de la Navidad y vemos por qué razón Dios quiso hacerse hombre: para recorrer nuestras sendas, para evangelizar y para curar…

Aquí vemos esbozadas tres dimensiones de la misericordia divina, que tendremos ocasión de considerar con profundidad a lo largo del próximo año: Tú, Señor, quieres acompañarnos en el camino, como hiciste con los discípulos de Emaús, para enseñarnos la clave de nuestra existencia, el camino de la felicidad eterna, y para curar nuestras enfermedades: la ignorancia de la inteligencia, el descamino de la voluntad, la inclinación desordenada de nuestra concupiscencia. 

Por ese deseo divino de curarnos, el santo Padre Francisco ha indicado en la Bula “Misericordiae vultus” que durante el próximo año el sacramento de la reconciliación ha de estar en el centro de todas las celebraciones: «Muchas personas están volviendo a acercarse al sacramento de la Reconciliación y entre ellas muchos jóvenes, quienes en una experiencia semejante suelen reencontrar el camino para volver al Señor, para vivir un momento de intensa oración y redescubrir el sentido de la propia vida. De nuevo ponemos convencidos en el centro el sacramento de la Reconciliación, porque nos permite experimentar en carne propia la grandeza de la misericordia. Será para cada penitente fuente de verdadera paz interior» (n.17).

Pero sigamos considerando cómo ejemplifica Mateo esas tres dimensiones de la misericordia de Jesús: Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor». La compasión es una de las características que denominan a Dios en el Antiguo Testamento, es el nombre que Dios revela a Moisés: Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad (Ex 34,6). Jesús observa a su pueblo en desorden, disperso, desanimado. ¿Cómo hubiéramos reaccionado nosotros ante semejante panorama? Quizás con desespero y enojo, muy probablemente notorios, pero al menos desde luego difíciles de controlar por dentro.

Jesús en cambio se compadeció. Como al padre del hijo pródigo, se le conmovieron las entrañas. El diccionario tiene un sinónimo interesante para la misericordia: conmiseración. Que viene a ser algo así como hacerse cargo de la pasión, del dolor, de la miseria ajena. Pero no basta con un sentimiento interior. La verdadera compasión incluye obrar, salir al encuentro de las necesidades del otro, como intentaremos hacer el próximo año renovando el esfuerzo por vivir las obras de misericordia espirituales y corporales.

¿Cómo manifiesta Jesús su conmiseración ante el pueblo extenuado? ¿Cuál es su estrategia para superar ese abandono? ¿Cómo ejerce su pastoreo divino? –Entonces dice a sus discípulos: «La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies».

Para nuestra sociedad pragmática y activista, la indicación del Señor es un escándalo. ¡El gran consejo es que recemos! La compasión divina es enseñarnos a pedir… Pero de hecho fue lo que el Maestro ilustró con su propia vida: antes de los grandes momentos, de los milagros más elocuentes, del drama de la pasión y muerte, Jesús oraba. Tanto, que sus discípulos se sintieron movidos a pedirle que les enseñara a rezar, como hacía Juan Bautista para preparar su llegada. Gracias a esa petición nos llegó el Padrenuestro, que compendia todas las facetas de la oración cristiana.

Estamos en el sexto día de la novena a la Inmaculada, y hoy ha aparecido en la página web del Opus Dei la carta pastoral del Prelado sobre el Año de la misericordia. En uno de sus apartes, Mons. Echevarría recuerda un pasaje de los últimos años de san Josemaría, cuando sintió que el Señor le daba una clave para su oración en ese tiempo difícil para la Iglesia en el mundo: «Voy a deciros algo que Dios nuestro Señor quiere que sepáis. Los hijos de Dios en el Opus Dei adeámus cum fidúcia —hemos de ir con mucha fe— ad thronum glóriæ, al trono de la gloria, la Virgen Santísima, Madre de Dios y Madre nuestra, a la que tantas veces invocamos como Sedes Sapiéntiæ, ut misericórdiam consequámur, para alcanzar misericordia» (San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 9-IX-1971, cit. en Carta pastoral, 5-XII-2015, n.8).

La Virgen aparece en el Adviento  como el conducto más apropiado para dirigir nuestra oración al Señor. Ella es modelo de persona orante: Así recibió la embajada, así permaneció al pie de la Cruz, y en Pentecostés, y hasta la Asunción al cielo, donde permanece intercediendo por sus hijos. Por esa razón, uno de los objetivos de la Novena a la Inmaculada es poner mayor diligencia en la oración con amor filial a la Santísima Virgen, madre de Dios y de la Iglesia, y Madre nuestra, porque Ella es el atajo para que el Señor escuche más prontamente nuestras peticiones; el camino expedito para alcanzar la misericordia divina: «Supliquemos hoy a Santa María que nos haga contemplativos, que nos enseñe a comprender las llamadas continuas que el Señor dirige a la puerta de nuestro corazón. Roguémosle: Madre nuestra, tú has traído a la tierra a Jesús, que nos revela el amor de nuestro Padre Dios; ayúdanos a reconocerlo, en medio de los afanes de cada día; remueve nuestra inteligencia y nuestra voluntad, para que sepamos escuchar la voz de Dios, el impulso de la gracia» (San Josemaría, ECP, n.174).

III. De esta manera reunimos una vez más el anuncio del profeta con el Evangelio del día. Isaías auguraba que el Señor se apiadará de ti al oír tu gemido. Y Jesús nos confirma en que debemos, ante la escasez de operarios, rogar al Señor de la mies.

Jesucristo nos enseña a rezar, nos garantiza la eficacia de la petición, y la Virgen nos ayuda a hacerlo, con su intercesión y su ejemplo. Pero ¿cuál es la intención que Jesús quiere que pidamos, para que las ovejas puedan andar como si tuvieran pastor, para que no estén extenuadas y abandonadas? -Entonces dice a sus discípulos: «La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies».

En el diagnóstico está el inicio del tratamiento. El problema de siempre en la humanidad es que, por causa del pecado, muchas veces nos desentendemos del verdadero trabajo, de ayudar a nuestros hermanos los hombres a escuchar la voz del Buen Pastor, yendo nosotros por delante. Aprovechemos este rato de oración, reunidos bajo el manto de María, para pedirle a nuestra Madre que nos ayude a orar como hacía Ella, dispuestos a escuchar la Palabra de Dios y a ponerla en práctica. Jesús indica que el problema no es de escasez de medios: La mies es mucha. El problema es que los trabajadores son pocos.

Y podríamos añadir que, además, los que estamos en el campo trabajamos mal: «Cuando pensamos, hijos míos, en las hambres de verdad que hay en el mundo; en la nobleza de tantos corazones que no tienen luz; en la flaqueza mía y en la vuestra, y en la de tantos que tenemos motivos para estar deslumbrados por la luz del Señor; cuando sentimos la necesidad de sembrar la Buena Nueva de Cristo, para que se pueda hacer esa siega de vida, esa siega de flor, nos acordamos –y es cosa que hemos meditado muchas veces– de aquel andar de Cristo hambriento por los caminos de Palestina» (San Josemaría, Apuntes tomados en una meditación, 26-III-1964, cit. por Echevarría J., Carta pastoral 1-VII-2009).

Señor: ayúdanos a despertar, en estos días previos a la fiesta de tu Madre, las ansias de trabajar en tu viña. Muéstranos cómo aprovechar mejor la jornada para dar más frutos. Ayúdanos a descubrir las ansias de tu corazón: rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies.

Benedicto XVI explicaba que esta petición «quiere decir también que no podemos "producir" vocaciones, sino que deben venir de Dios. No podemos reclutar personas, como sucede tal vez en otras profesiones, por medio de una propaganda bien pensada, por decirlo así, mediante estrategias adecuadas. La llamada, que parte del Corazón de Dios, siempre debe encontrar la senda que lleva al corazón del hombre. Con todo, precisamente para que llegue al corazón de los hombres, también hace falta nuestra colaboración. Ciertamente, pedir eso al Dueño de la mies significa ante todo orar por esa intención, sacudir su Corazón, diciéndole: "Hazlo, por favor. Despierta a los hombres. Enciende en ellos el entusiasmo y la alegría por el Evangelio. Haz que comprendan que éste es el tesoro más valioso que cualquier otro, y que quien lo descubre debe transmitirlo"» (Discurso, 14-IX-2006).


Así podríamos concluir nuestra oración, considerando también que la misericordia divina se concreta, en este pasaje evangélico, enviándoles operarios. Sin embargo, Dios quiere que seamos parte integrante de su misión, involucrándonos en la oración por esa intención prioritaria. Padre misericordioso: te pedimos, obedeciendo a tu Hijo, y por intercesión de la Virgen, que envíes trabajadores a tu mies. 

sábado, julio 06, 2013

Misión de los setenta y dos discípulos

Desde los comienzos de la humanidad la violencia ha irrumpido para obstaculizar las relaciones entre los seres humanos y de ellos con la creación y con Dios. Adán y Eva ante Dios, Abel y Caín, son los primeros exponentes de discordias que han continuado en el tiempo hasta llegar a los actuales conflictos nacionales y de orden mundial.
Pero también desde los primeros momentos el Señor ha anunciado que su misericordia se manifestaría en reconciliación, en un regalo de paz. Por ejemplo, en el capítulo 66 de Isaías (10-14) ―que es la última parte del libro, en la que trata del juicio final de Dios― promete unos cielos nuevos y una tierra nueva, también anuncia que hará nacer un nuevo pueblo (la Iglesia) y que hará derivar hacia esa familia suya, como un río, la paz. En respuesta a ese anuncio, alabamos a Dios con el Salmo 65: Aclamad al Señor, tierra entera.
Este es el contexto en el que leemos un pasaje del capítulo décimo de Lucas, que la liturgia propone para el XIV domingo. Estamos en la segunda parte del libro, que trata del ministerio de Jesús mientras sube hacia Jerusalén. Lucas hace un paralelo entre este peregrinaje y la predicación  de la primera parte: como Jesús fue rechazado en Nazaret, así lo es en Samaria; y de la misma forma en que envió a los Doce de misión apostólica, así ahora manda a los discípulos, como veremos en este pasaje: Después de esto designó el Señor a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos delante de él a toda ciudad y lugar adonde él había de ir. Y les decía: —La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al señor de la mies que envíe obreros a su mies.
De estas primeras palabras pueden surgir muchas consideraciones: el designio del Señor ―su llamada―, el envío a la misión apostólica para preparar los caminos a donde él había de ir, el afán de almas: «Desgarra el corazón aquel clamor ―¡siempre actual!― del Hijo de Dios, que se lamenta porque la mies es mucha y los obreros son pocos. ―Ese grito ha salido de la boca de Cristo, para que también lo oigas tú: ¿cómo le has respondido hasta ahora?, ¿rezas, al menos a diario, por esa intención?» (San Josemaría, Forja, n.906).
En la misma línea de la importancia de la oración por el apostolado, podemos considerar este otro consejo: «La mies es mucha y pocos los operarios. ―“Rogate ergo!” ―Rogad, pues, al Señor de la mies que envíe operarios a su campo. La oración es el medio más eficaz de proselitismo» (Ídem, Camino, n.800).
Pero continuemos para llegar al punto que la liturgia resalta hoy en este pasaje, que son las instrucciones del Señor para el empeño misionero de entonces y de ahora: Id: mirad que yo os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa ni alforja ni sandalias, y no saludéis a nadie por el camino. En la casa en que entréis decid primero: «Paz a esta casa». Y si allí hubiera algún hijo de la paz, descansará sobre él vuestra paz; de lo contrario, retornará a vosotros.
Así encontramos la palabra clave que une la primera lectura con el Evangelio: la paz.  Por eso el Señor habla de ir como corderos en medio de lobos. Pobres, desprendidos, para que se note que las esperanzas están puestas en Dios, no en los medios ni en las influencias humanas. Hombres de paz. Corderos, como Jesucristo. Mensajeros, portadores de esa paz que el Señor anunciaba en el Antiguo Testamento. En la casa en que entréis decid primero: «Paz a esta casa». 
El Señor cuenta con nosotros para ser sembradores de paz y de alegría en nuestro ambiente. Como enseña un teólogo contemporáneo, «Ser sembradores de paz y alegría reclama serenidad de ánimo, dominio sobre el propio carácter, capacidad para olvidarse de uno mismo y pensar en quienes le rodean; actitudes e ideales humanos, que la fe cristiana refuerza, al proclamar la realidad de un Dios que es amor, más concretamente, que ama a los hombres hasta el extremo de asumir Él mismo la condición humana y presentar el perdón como uno de los ejes de su mensaje» (Illanes, 9-I-2002).
Por eso hemos de pedir la paz, de fomentarla a nuestro alrededor, de buscarla por todos los medios. Esto implica por nuestra parte un notorio esfuerzo humano. En concreto, atacar la soberbia ―raíz de muchos malentendidos― con la humildad, para perdonar, para pedir perdón.  
Así lo explicaba Benedicto XVI: «Los cristianos no deben nunca ceder a la tentación de convertirse en lobos entre los lobos; el reino de paz de Cristo no se extiende con el poder, con la fuerza, con la violencia, sino con el don de uno mismo, con el amor llevado al extremo, incluso hacia los enemigos. Jesús no vence al mundo con la fuerza de las armas, sino con la fuerza de la cruz, que es la verdadera garantía de la victoria. Y para quien quiere ser discípulo del Señor, su enviado, esto tiene como consecuencia el estar preparado también a la pasión y al martirio, a perder la propia vida por él, para que en el mundo triunfen el bien, el amor, la paz. Esta es la condición para poder decir, entrando en cada realidad: Paz a esta casa» (Ángelus, 261011).
Conscientes de que no depende de nuestras capacidades, cada día lo pedimos en la Misa antes de comulgar: «Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, danos la paz». De esa manera nos damos cuenta de que la paz viene de Dios. Y de que las enemistades, los odios, los conflictos, son fruto del pecado. Por lo tanto, la paz entre los hombres es fruto de la paz con Dios.
Es una enseñanza muy actual del Concilio Vaticano II: «La paz no es la mera ausencia de la guerra, ni se reduce al solo equilibrio de las fuerzas adversarias, ni surge de una hegemonía despótica, sino que con toda exactitud y propiedad se llama obra de la justicia (Is 32,7). Es el fruto del orden plantado en la sociedad humana por su divino Fundador, y que los hombres, sedientos siempre de una más perfecta justicia, han de llevar a cabo. (…) En la medida en que el hombre es pecador, amenaza y amenazará el peligro de guerra hasta el retorno de Cristo; pero en la medida en que los hombres, unidos por la caridad, triunfen sobre el pecado, pueden también reportar la victoria sobre la violencia hasta la realización de aquella palabra: De sus espadas forjarán arados, y de sus lanzas hoces. Las naciones no levantarán ya más la espada una contra otra y jamás se llevará a cabo la guerra (Is 2,4) (Gaudium et Spes, n.78)
Los discípulos cumplen su misión preparatoria por los treinta y seis poblados cercanos, orgullosos al experimentar los poderes que les había dado la obediencia al mandato de Cristo: Volvieron los setenta y dos llenos de alegría diciendo: —Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre
Pero el Señor les hace ver el verdadero motivo por el cual deben estar alegres: Él les dijo: —Veía yo a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad, os he dado potestad para aplastar serpientes y escorpiones y sobre cualquier poder del enemigo, de manera que nada podrá haceros daño. Pero no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos más bien de que vuestros nombres están escritos en el cielo.
Tener la paz, dar la paz. Si este es nuestro objetivo en la vida, seremos muy felices en la tierra y después felicísimos en el Cielo, porque habremos sembrado la semilla del amor, de la esperanza y del perdón. 
Es la invitación que nos hace el papa Francisco: «No seáis nunca hombres y mujeres tristes: un cristiano jamás puede serlo. Nunca os dejéis vencer por el desánimo. Nuestra alegría no es algo que nace de tener tantas cosas, sino de haber encontrado a una persona, Jesús; que está entre nosotros; nace del saber que, con él, nunca estamos solos, incluso en los momentos difíciles, aun cuando el camino de la vida tropieza con problemas y obstáculos que parecen insuperables, y ¡hay tantos! Y en este momento viene el enemigo, viene el diablo, tantas veces disfrazado de ángel, e insidiosamente nos dice su palabra. No le escuchéis. Sigamos a Jesús. Nosotros acompañamos, seguimos a Jesús, pero sobre todo sabemos que él nos acompaña y nos carga sobre sus hombros: en esto reside nuestra alegría, la esperanza que hemos de llevar en este mundo nuestro. Y, por favor, no os dejéis robar la esperanza, no dejéis robar la esperanza. Esa que nos da Jesús» (Papa Francisco, Homilía 240313).
Santa María, causa de nuestra alegría, haznos sembradores de la paz y la alegría que tu Hijo nos trajo a la tierra.

jueves, julio 01, 2010

La misión apostólica


Después de esto designó el Señor a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos delante de él a toda ciudad y lugar adonde él había de ir.

¿Después de qué? -El Señor acaba de plantear las exigencias de la vocación al apostolado: “el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza”. “Los muertos deben enterrar a sus muertos –le respondió Jesús a un huérfano–; tú vete a anunciar el Reino de Dios”. Por último, a uno que le pidió permiso para despedirse de sus parientes, le increpó el Señor: “Nadie que pone su mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios”.

Después de esto, designó otros setenta y dos. Es un número simbólico, relacionado con la cantidad de naciones que menciona el Antiguo Testamento. Es decir, así como el Señor llamó a un Apóstol por cada tribu de Israel, así elige a un discípulo por cada nación gentil. El Papa resume el sentido de este pasaje: “Cuando Lucas habla de un grupo de setenta, además de los Doce, el sentido está claro: en ellos se anuncia el carácter universal del Evangelio, pensado para todos los pueblos de la tierra”.


“A toda la tierra alcance su pregón”, proclaman con frecuencia los salmos. Dios quiere que seamos conscientes de que la vocación a la santidad, de la que hablamos la semana pasada, no es un bien personal y egoísta sino difusivo de suyo: la cercanía con Jesús es un fuego que debe contagiarse.

2 Y les decía: —La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al señor de la mies que envíe obreros a su mies.

En un pasaje sobre la misión apostólica, uno esperaría una serie de trucos prácticos: que empiecen por las sinagogas, que busquen a las personas más religiosas, etc. Pero el Señor nos muestra dónde se encuentra la clave de toda labor de apostolado: en la oración. Rogad al dueño de la mies. Comenta San Josemaría: "Desgarra el corazón aquel clamor —¡siempre actual!— del Hijo de Dios, que se lamenta porque la mies es mucha y los obreros son pocos.  —Ese grito ha salido de la boca de Cristo, para que también lo oigas tú: ¿cómo le has respondido hasta ahora?, ¿rezas, al menos a diario, por esa intención?" (Forja, n. 906).

En un encuentro con sacerdotes, le preguntaban al Papa Benedicto cuáles deben ser las prioridades en la misión de almas. Y el Santo Padre respondió glosando este Evangelio: “Para esta primera gran misión que Jesús encomendó a esos setenta y dos discípulos, les dio tres imperativos: orad, curad y anunciad. Creo que debemos encontrar el equilibrio entre estos tres imperativos esenciales, tenerlos siempre presentes como centro de nuestro trabajo”.

El primer imperativo es “Rogad al dueño de la mies”. “Orad, es decir: sin una relación personal con Dios todo el resto no puede funcionar, porque realmente no podemos llevar a Dios, la realidad divina y la verdadera vida humana a las personas, si nosotros mismos no vivimos una relación profunda, verdadera, de amistad con Dios en Cristo Jesús”.

Esta es una misión para todos los cristianos. Aprovechemos este momento para pedir al Señor: “¡Jesús, almas!... ¡Almas de apóstol!: son para ti, para tu gloria. Verás como acaba por escucharnos” (Camino, n. 804). Pidamos al Señor que no falten las vocaciones en la Iglesia. Que cada vez sean más las personas que se toman como dirigidas a ellas las palabras del Señor: “sed perfectos como vuestro Padre celestial”. Lo pediremos con nuestra vida entera, que debe convertirse toda ella en “una relación profunda, verdadera, de amistad con Dios en Cristo Jesús”. Que seamos amigos de Cristo, para que cada vez sean más los obreros que vengan a la mies del Señor.

2. El segundo imperativo es curar: “en la ciudad donde entréis y os reciban, curad a los enfermos que haya en ella”.

El Papa lo comenta así: “Jesús dijo: curad a los enfermos, a los abandonados, a los necesitados. (...) Por tanto, como se dice, es preciso conocer a las ovejas, tener relaciones humanas con las personas que nos han sido encomendadas, mantener un contacto humano y no perder la humanidad, porque Dios se hizo hombre y así confirmó todas las dimensiones de nuestro ser humano”.

Éste es uno de los puntos significativos del cristianismo, siempre y en todo lugar. En la Encíclica “Deus Caritas Est” se resume la misión de la Iglesia en tres puntos: culto, servicio, anuncio. Veintiún siglos después, la clave sigue siendo la misma: culto (liturgia, oración), servicio (diaconía, caridad), anuncio (kerigma, apostolado).

Ya hemos hablado de ser almas de oración, amigos de Jesús. Pues la piedra de toque de ese amor es la caridad fraterna: pensemos qué tanto cuidamos las visitas a las personas más pobres o necesitadas (como dice el Papa, puede darse el caso de personas con sus necesidades materiales resueltas, pero en la soledad, el abandono o el sufrimiento). Y también miremos cómo es nuestra caridad con las que tenemos a la mano, en el día a día: parientes, compañeros de estudio o de trabajo, especialmente aquella persona cuyo trato nos cuesta un poco más.

A veces, quizá por nuestra soberbia o nuestro egoísmo perdemos ese “contacto humano”, tratamos secamente a las almas. En este momento pienso en una anécdota de San Josemaría, que en alguna ocasión tuvo que atender a una persona hosca, difícil. “Procuré tratarlo como lo hubiera hecho Jesús”, escribió después en sus apuntes. Esta es la medida de la auténtica caridad, “porque Dios se hizo hombre y así confirmó todas las dimensiones de nuestro ser humano”.

Un aspecto concreto de ese cuidado es el material, pero más importante aún es la preocupación por el alma de nuestros conocidos. Así lo recuerda el Papa: "lo humano y lo divino siempre van juntos. A mi parecer, a este "curar", en sus múltiples formas, pertenece también el ministerio sacramental. El ministerio de la Reconciliación es un acto de curación extraordinario, que el hombre necesita para estar totalmente sano. (…) Debemos curar los cuerpos, pero sobre todo —este es nuestro mandato— las almas. Debemos pensar en las numerosas enfermedades, en las necesidades morales, espirituales, que existen hoy y que debemos afrontar, guiando a las personas al encuentro con Cristo en el sacramento, ayudándoles a descubrir la oración, la meditación, el estar en la iglesia silenciosamente en presencia de Dios”.

Todo cristiano debe sentir en su vida el peso de las almas de toda la humanidad y de sus amigos en concreto: pedir por ellos, quererlos, preocuparse por sus necesidades, perder el miedo a preguntarle: “tú, ¿hace cuánto no te confiesas? –si quieres, te presento a mi confesor…” Eso es tratarlos como lo hubiera hecho Jesús, la auténtica caridad.



3. De este modo empatamos con el tercer imperativo, que es el anuncio: Decidles: «El Reino de Dios está cerca de vosotros». Salid a las plazas y decid: «(…) sabed esto: el Reino de Dios está cerca»”.

“¿Qué anunciamos nosotros? Anunciamos el reino de Dios. Pero el reino de Dios no es una utopía lejana de un mundo mejor, que tal vez se realizará dentro de cincuenta años o quién sabe cuándo. El reino de Dios es Dios mismo, Dios que se ha acercado y se ha hecho cercanísimo en Cristo. Este es el reino de Dios: Dios mismo está cerca y nosotros debemos acercarnos a este Dios tan cercano porque se ha hecho hombre, sigue siendo hombre y está siempre con nosotros en su Palabra, en la santísima Eucaristía y en todos los creyentes. Por consiguiente, anunciar el reino de Dios quiere decir hablar de Dios hoy, hacer presente la palabra de Dios, el Evangelio y, naturalmente, anunciar al Dios que se ha hecho presente en la sagrada Eucaristía”.

No basta con el buen ejemplo. Hay que hablar, también a los que parecen más alejados. Cuenta J. Eugui la anécdota de una persona que venció los respetos humanos y le habló de Dios a un amigo: “Me lo refiere un conocido. Iba dando una vuelta con un amigo y tuvo el arranque de manifestarle con toda sencillez que él siempre, es decir, todos los días, hacía una visita al Santísimo en alguna iglesia, y, puesto que se encontraban delante de una abierta, pues que aprovechaba; que a ver qué le parecía acompañarle en tan buena acción. El amigo se mosqueó un poco y contestó que él, mejor se quedaba fuera; cosa que hizo:


-Tú haz lo que te apetezca, pero yo no entro.


A la salida todavía hubo un poco de sorna:


-¿Y qué, te dijo algo?


Pero mi conocido tiene "cintura", y contestó al instante:


-Pues sí; me dijo que te espera.


Es curioso. Del tema no se volvió a hablar, pero el rejón, como se dice en ambientes taurinos, había quedado dentro, bien clavado. Este hombre ya no se pudo ese día, ni en los sucesivos, quitarse de la cabeza lo de "me dijo que te espera". Y acabó por concertar una cita con un sacerdote para tratar sobre la marcha de su vida hasta ese momento. Qué sé yo: son cosas de la gracia divina...”

Aunque seamos poca cosa, aunque tengamos miserias, el Señor quiere contar con nosotros para aumentar el número de obreros en su mies. Así concluye el Papa su consideración del Evangelio que meditamos: “Uniendo estas tres prioridades, y teniendo en cuenta todos los aspectos humanos, nuestros límites, que debemos reconocer, podemos realizar bien nuestra misión”.

Acudimos a la Santísima Virgen, Reina de los Apóstoles, para que aprendamos de su ejemplo a comunicar a muchas almas el hambre de tratar a Dios, de vivir la caridad cristiana y de hacer apostolado.

sábado, julio 07, 2007

Deseos de paz


La violencia y las guerras son un flagelo de toda sociedad. Desde los cuatro puntos cardinales y a través de los tiempos se levanta el clamor de muchedumbres impotentes pidiendo el regalo de la paz, de la cordura, de la justicia, del amor. A veces parece que el poder de los fuertes y de los violentos se burlara de la petición multitudinaria de los pacíficos y de los sencillos. Pero la liturgia y la Sagrada Escritura salen al encuentro del ser humano tentado por la desesperanza.

En la semana XIV del tiempo ordinario se invita a la memoria de las cosas buenas que Dios ha hecho por nosotros: “Recordaremos, Señor, los dones de tu amor en medio de tu templo. Que todos los hombres de la tierra te conozcan y alaben, porque es infinita tu justicia”. Y en la Colecta de ese mismo domingo se explica la razón de la esperanza, que es el valor infinito de la salvación alcanzada por Cristo: “Dios nuestro, que por medio de la muerte de tu Hijo has redimido al mundo de la esclavitud del pecado, concédenos participar ahora de una santa alegría y, después en el cielo, de la felicidad eterna”.

El profeta Isaías presenta, en sus últimos capítulos (66,10-14), una imagen de Dios novedosa en el Antiguo Testamento: lo hace ver como una madre que lleva a sus hijos abrazados, los alimenta y les da el mejor regalo materno, que según el profeta es la paz: Alégrense con Jerusalén, gocen con ella todos los que la aman; para que se alimenten de su pechos, se llenen de sus consuelos y se deleiten con la abundancia de su gloria. Porque así dice el Señor: "Yo haré correr la paz sobre ella, como un río, y la gloria de las naciones como un torrente desbordado. Como niños serán llevados en el regazo y acariciados sobre sus rodillas; como un hijo a quien su madre consuela, así los consolaré yo. En Jerusalén serán ustedes consolados. Al ver esto se alegrará su corazón y sus huesos florecerán como un prado; y los siervos del Señor conocerán su poder".

Cuando el Catecismo de la Iglesia explica la revelación de Dios como Trinidad, comienza con un apartado sobre “El Padre revelado por el Hijo”. Y cita este pasaje de Isaías: Al designar a Dios con el nombre de “Padre”, el lenguaje de la fe indica principalmente dos aspectos: que Dios es origen primero de todo y autoridad trascendente y que es al mismo tiempo bondad y solicitud amorosa para todos sus hijos. Esta ternura paternal de Dios puede ser expresada también mediante la imagen de la maternidad (cf. Is 66,13; Sal 131,2) que indica más expresivamente la inmanencia de Dios, la intimidad entre Dios y su criatura. El lenguaje de la fe se sirve así de la experiencia humana de los padres que son en cierta manera los primeros representantes de Dios para el hombre (…) conviene recordar que Dios transciende la paternidad y la maternidad humanas (cf. Sal 27,10), aunque sea su origen y medida (cf. Ef 3,14; Is 49,15): Nadie es padre como lo es Dios” (n. 238).

Dios es nuestro padre, es la única verdadera fuente del don de la paz. Por eso, el fundamento de la vida espiritual de muchos cristianos es el sentirse hijos pequeños de Dios. Así lo describe de modo bello San Josemaría Escrivá: “Tenía por costumbre, no pocas veces, cuando era joven, no emplear ningún libro para la meditación. Recitaba, paladeando, una a una, las palabras del Pater Noster, y me detenía —saboreando— cuando consideraba que Dios era Pater, mi Padre, que me debía sentir hermano de Jesucristo y hermano de todos los hombres. No salía de mi asombro, contemplando que era ¡hijo de Dios! Después de cada reflexión me encontraba más firme en la fe, más seguro en la esperanza, más encendido en el amor. Y nacía en mi alma la necesidad, al ser hijo de Dios, de ser un hijo pequeño, un hijo menesteroso. De ahí salió en mi vida interior vivir mientras pude —mientras puedo— la vida de infancia, que he recomendado siempre a los míos, dejándolos en libertad” (Carta 8-XII-1949, n. 41 en (Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, pag 404).

La promesa de Isaías se cumple en el capítulo décimo de san Lucas, en el que se presenta la misión de los 70 ó 72 discípulos, con sus exigencias: estos discípulos -nosotros mismos- somos el río de paz que Dios Padre envía al mundo. Como dice la Biblia de Navarra, “Jesús envía ahora a otros setenta y dos discípulos a «toda ciudad y lugar» (v. 1) con instrucciones muy semejantes a las que había dado a los Doce (cfr 9,1-5). El número 72 tal vez aluda a los descendientes de Noé (cfr Gn 10) que formaban las naciones antes de la dispersión de Babel (cfr Gn 10,32). En todo caso parece que señala la universalidad de la misión de Cristo”. Fabris cuenta que en algunos manuscritos se habla de 70 discípulos, como 70 son las naciones de la tierra, según la visión judía, o el número de colaboradores de Moisés en la tradición bíblica.

Según este autor, Lucas quiere justificar con este relato la misión de todos los discípulos y no solo de los doce apóstoles. El estilo y el método de la misión cristiana son los mismos que tenían los Doce. Navarra concluye que, junto a la universalidad de la misión, las palabras de Jesús apuntan también a la urgencia de evangelizar. Dos notas que estarán presentes en la acción misionera de la Iglesia: «Hoy se pide a todos los cristianos, a las iglesias particulares y a la Iglesia universal la misma valentía que movió a los misioneros del pasado y la misma disponibilidad para escuchar la voz del Espíritu.

“La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al señor de la mies que envíe obreros a su mies. Id: mirad que yo os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa ni alforja ni sandalias, y no saludéis a nadie por el camino. En la casa en que entréis decid primero: «Paz a esta casa». Y si allí hubiera algún hijo de la paz, descansará sobre él vuestra paz; de lo contrario, retornará a vosotros. Permaneced en la misma casa comiendo y bebiendo de lo que tengan, porque el que trabaja merece su salario. No vayáis de casa en casa. Y en la ciudad donde entréis y os reciban, comed lo que os pongan; curad a los enfermos que haya en ella y decidles: «El Reino de Dios está cerca de vosotros».

Las exigencias de vida ascética para los discípulos son una ilustración, según Gnilka, de lo que es el reinado de Dios que predican Jesús y ellos mismos. Tienen conciencia de estar a merced de ese Dios que anuncian, testimonian que se han confiado a aquel que va a erigir su reinado. Por eso el silencio (no saludéis a nadie por el camino), que debe orientar la atención hacia su palabra sobre el Reino, con la que iban de un lado para otro como llevando un regalo precioso.

Por eso en la antífona anterior al Evangelio se consideran las palabras de Pablo: “Que en vuestros corazones reine la paz de Cristo; que su palabra habite en vosotros con toda su riqueza". Hijos de Dios, comprometidos con la paz entre todos los hermanos del mundo, que eso somos. Terminamos con una reflexión sobre la naturaleza de la paz que propuso el Concilio Vaticano II: "La paz no es la mera ausencia de la guerra, ni se reduce al solo equilibrio de las fuerzas adversarias, ni surge de una hegemonía despótica, sino que con toda exactitud y propiedad se llama obra de la justicia (Is 32, 7). (…) La paz es también fruto del amor, el cual sobrepasa todo lo que la justicia puede realizar. La paz sobre la tierra, nacida del amor al prójimo, es imagen y efecto de la paz de Cristo, que procede de Dios Padre. En efecto, el propio Hijo encarnado, Príncipe de la paz, ha reconciliado con Dios a todos los hombres por medio de su cruz, y, reconstituyendo en un solo pueblo y en un solo cuerpo la unidad del género humano, ha dado muerte al odio en su propia carne y, después del triunfo de su resurrección, ha infundido el Espíritu de amor en el corazón de los hombres” (GS 78).