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jueves, abril 03, 2014

Curación del paralítico de Betzata


Después de la curación del hijo del funcionario real, el capítulo quinto del evangelio de san Juan continúa con otro milagro: el autor sagrado demuestra con hechos la realidad de las afirmaciones que más adelante formulará Jesús, cuando manifieste su divinidad.

Después de esto se celebraba una fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. De acuerdo con su costumbre, el autor del cuarto evangelio ubica temporalmente el suceso de acuerdo con las fiestas judías. Para Benedicto XVI es muy probable que se trate de Pentecostés, aunque algunos digan que podría ser la Pascua. Luego viene la  ubicación espacial: Hay en Jerusalén, junto a la puerta de las ovejas, una piscina, llamada en hebreo Betzata, que tiene cinco pórticos, bajo los que yacía una muchedumbre de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos. En el siglo XIX se encontraron los vestigios de esta piscina, al nororiente de la ciudad, junto a la puerta llamada también probática, porque era el sitio por donde entraban los animales ―entre ellos las ovejas (próbata, en griego)― que se sacrificarían en el Templo.

Los alrededores de la piscina estaban ocupados por muchos pordioseros, que esperaban la curación en aquellas aguas que tenían fama de milagrosas. Jesús entra por esa puerta a Jerusalén ―quizás para no llamar la atención, pero también para estar cerca de las personas que sufrían― y de inmediato su afán de almas le lleva a obrar el bien: Estaba allí un hombre que padecía una enfermedad desde hacía treinta y ocho años. Jesús, al verlo tendido y sabiendo que llevaba ya mucho tiempo, le dijo: —¿Quieres curarte? Desde luego, es una pregunta retórica para facilitar el diálogo con aquella alma a la cual llegará la salvación esa mañana. La respuesta nos servirá para hacer nuestro diálogo con el Señor. El enfermo le contestó: —Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se mueve el agua; mientras voy, baja otro antes que yo.

No tengo a nadie, hominem non habeo. Estas son unas palabras que nos deben golpear con frecuencia en nuestro diálogo con el Señor. Pensemos cuántos paralíticos tenemos a nuestro alrededor, esperando la ocasión propicia para acercarse a Dios, y cuántos de ellos no encuentran quién les señale el camino, alguien que les dé ejemplo, que los acompañe en el proceso de aproximación a esa fuente de aguas vivas que es el corazón de Jesús: «Piensan con frecuencia los hombres que nada les impide prescindir de Dios. Se engañan. Aunque no lo sepan, yacen como el paralítico de la piscina probática: incapaces de moverse hacia las aguas que salvan, hacia la doctrina que pone alegría en el alma. La culpa es, tantas veces, de los cristianos; esas personas podrían repetir hominem non habeo, no tengo ni siquiera uno que me ayude» (San Josemaría, “Lealtad a la Iglesia”).

Comprometámonos con el Señor en este momento. Sin creernos mejores que nadie, pensemos que tenemos un tesoro para compartir con los demás, que es la amistad con Jesucristo, la doctrina clara sobre su misericordia para todos: «Todo cristiano debe ser apóstol, porque Dios, que no necesita a nadie, sin embargo nos necesita. Cuenta con nosotros para que nos dediquemos a propagar su doctrina salvadora» (Ibidem). Miremos en este momento a cuál amigo en concreto podríamos acercarnos, como hizo Jesús con el paralítico, y llevarle a la salud espiritual que proviene de Dios.

El Maestro, aun sabiendo las consecuencias en su contra que conllevaría su acción, se presenta como ese hombre que el pobre paralítico había esperado durante toda su vida, y le indica: —Levántate, toma tu camilla y ponte a andar. El efecto es inmediato: Al instante aquel hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar. Aquel hombre, después de una vida entera postrado, obedece con prontitud. Después de un instante de desconcierto, empieza a sentir la  fuerza en sus miembros y se levanta con decisión. Contemplar su respuesta pronta nos puede servir para que comparemos nuestra débil contestación, muchas veces retrasada con excusas injustificadas. Quizás padecemos otro tipo de parálisis, la espiritual, que podemos considerar a la luz de las acciones del pordiosero que estamos contemplando.

También es san Josemaría quien hace esa exégesis novedosa, en un texto escrito originalmente como Instrucción para sus hijos espirituales y que al final quedó recogido y ampliado en el n.168 de Forja: «Hay una sola enfermedad mortal, un solo error funesto: conformarse con la derrota, no saber luchar con espíritu de hijos de Dios. Si falta ese esfuerzo personal, el alma se paraliza y yace sola, incapaz de dar frutos... ―Con esa cobardía, obliga la criatura al Señor a pronunciar las palabras que El oyó del paralítico, en la piscina probática: «hominem non habeo!»¡no tengo hombre! ―¡Qué vergüenza si Jesús no encontrara en ti el hombre, la mujer, que espera!» (cf. Instrucción, 1-IV-1934, nn. 96s, citada en Rodríguez P., Edición crítica de Camino, n. 761).

Señor: no queremos fallarte con nuestra cobardía, con nuestra dejadez, con la falta de lucha que paraliza el alma. Ayúdanos, como al paralítico de Betzata, para que nos levantemos con presteza, con el espíritu de hijos tuyos. Que te busquemos con nuestro esfuerzo en esos puntos concretos que nos han señalado en la dirección espiritual o en la confesión, ¡que puedas contar con nosotros, a pesar de que seamos tan poca cosa!

El relato continúa con la discusión sobre el sábado y la naturaleza de Jesús: Aquel día era sábado. Entonces le dijeron los judíos al que había sido curado: —Es sábado y no te es lícito llevar la camilla. Él les respondió, con palabras que recuerdan a las del ciego de nacimiento: —El que me ha curado es el que me dijo: «Toma tu camilla y anda». Un hombre que tiene el poder de curar una enfermedad de casi cuarenta años de duración es un profeta y tiene todo el derecho de indicar cómo se vive mejor la restricción laboral del sábado.

Pero también como en el caso del ciego, las autoridades preguntan: —¿Quién es el hombre que te dijo: «Toma tu camilla y anda»? Quizás sospechan que ha regresado a la Ciudad Santa aquel profetilla del norte con ínfulas mesiánicas. El hombre que había sido curado no sabía quién era, pues Jesús se había apartado de la muchedumbre allí congregada. Poco después, Jesús se le hace el encontradizo y le da un último consejo, más importante que la misma curación. Después de esto lo encontró Jesús en el Templo y le dijo: —Mira, estás curado; no peques más para que no te ocurra algo peor.

No peques más. El Señor nos hace ver que la limitación física es un mal relativo, pues no separa de Dios, sino que, al contrario, puede unir bastante a la Cruz que el mismo Dios quiso cargar por nosotros. Jesucristo nos enseña con este pasaje que el verdadero mal no es el dolor o la enfermedad, sino la ofensa a Dios. El pecado es la auténtica parálisis espiritual. Como enseña el Catecismo, «El pecado mortal destruye la caridad en el corazón del hombre por una infracción grave de la ley de Dios; aparta al hombre de Dios, que es su fin último y su bienaventuranza, prefiriendo un bien inferior. El pecado venial deja subsistir la caridad, aunque la ofende y la hiere» (n.1855).

Como al paralítico de Jerusalén, el Señor nos saca de esa postración del pecado por medio del sacramento de la alegría, que es la Reconciliación. Así lo explica Ocáriz, al recomendar la práctica de la confesión frecuente. Dice que es necesario «mostrar la grandeza del amor de Dios, que nos espera siempre con los brazos abiertos, que nos sale al encuentro, para levantarnos, purificarnos, fortalecernos, dándonos además la seguridad de su perdón mediante las palabras del confesor. San Josemaría llamaba en ocasiones al sacramento de la Penitencia, “sacramento de la alegría”; la alegría que surge del corazón de quien se sabe liberado del mal y personalmente amado por Dios» (Dios, Iglesia y mundo).

Se marchó aquel hombre y les dijo a los judíos que era Jesús el que le había curado. Da testimonio de la verdad, sin saber que aquellas palabras acarreaban dificultades para el Señor. El cuarto evangelista concluye el pasaje mostrando la respuesta de esas autoridades a una revelación tan palmaria de su divinidad: Por esto los judíos con más ahínco intentaban matarle, porque no sólo quebrantaba el sábado, sino que también llamaba a Dios Padre suyo, haciéndose igual a Dios.

Acudamos a la Virgen Santísima, que contemplaría con dolor cómo rechazaban aquellos hombres el amor que su Hijo había traído al mundo, su cobardía, su pecado, su parálisis espiritual. Y pidámosle que la nuestra sea una respuesta como la del paralítico: inmediata, decidida. Que rechacemos el pecado como el único verdadero mal, y que acerquemos a nuestros amigos a la Confesión, sacramento de la alegría. De esta manera, Jesús encontrará en nosotros «el hombre, la mujer, que espera». 

lunes, febrero 03, 2014

Curación del endemoniado de Gerasa

Después del discurso de las parábolas, Marcos narra una serie de milagros de Jesús, con los cuales los discípulos van profundizando en la naturaleza de su Maestro (es reiterativa la pregunta: ¿quién es éste?), hasta concluir con la respuesta de Pedro en Cesarea de Filipo: Tú eres el Hijo de Dios vivo.
El primer prodigio es la tempestad calmada, que muestra el poder de Dios sobre la naturaleza y que también simboliza su protección a la Iglesia en medio de las tempestades con las que debe enfrentarse en este mundo. El siguiente milagro es el que consideraremos en esta meditación: la curación del endemoniado de Gerasa, al llegar a la otra orilla del mar. Al comienzo de su actividad, ya Jesús había hecho un exorcismo en la sinagoga de Cafarnaún. Ahora, en tierra de gentiles, también su primer portento es una expulsión del demonio: Y llegaron a la orilla opuesta del mar, a la región de los gerasenos. Gerasa estaba en la Decápolis, una región de paganos, como se nota por la presencia de una piara de cerdos, que los judíos no podían cuida ni comer. Estaba ubicada unos 48 kms al sudeste del mar de Galilea.
Nos habla del afán misionero de nuestro Señor, Luz de las naciones, que no limita su afán apostólico al pueblo hebreo, sino que está abierto a todas las gentes. También nosotros debemos compartir esas ansias de llevar el mensaje divino hasta el último rincón del mundo: «Quienes han encontrado a Cristo no pueden cerrarse en su ambiente: ¡triste cosa sería ese empequeñecimiento! Han de abrirse en abanico para llegar a todas las almas. Cada uno ha de crear –y de ensanchar– un círculo de amigos, sobre el que influya con su prestigio profesional, con su conducta, con su amistad, procurando que Cristo influya por medio de ese prestigio profesional, de esa conducta, de esa amistad» (S. Josemaría Escrivá, Surco, n.193). 
Con ese espíritu se entiende una anécdota del venerable Álvaro del Portillo: «Durante los desplazamientos, también procuraba transmitir su amor a Dios a las personas que conocía de manera casual: en una iglesia, por la calle, entre el personal de los aviones o de los aeropuertos. Así, estando de paso en París, encontró a un joven africano en la Catedral de Notre Dame. Le saludó y entabló una conversación afectuosa. El joven se sintió atraído por el cariño y el celo sacerdotal de don Álvaro, y después comenzó a escribirle. Como consecuencia de ese trato, decidió entrar en el seminario y, con el tiempo, recibió la ordenación sacerdotal. Ahora, es párroco en Ottawa (Canadá), y en su oficina campea una foto de don Álvaro, al que se dirige afectuosamente llamándole “papá”» (Medina, 2012, 588).
Pero volvamos a la escena en Gerasa: Apenas salir de la barca, vino a su encuentro desde los sepulcros un hombre poseído por un espíritu impuro, que vivía en los sepulcros y nadie podía tenerlo sujeto ni siquiera con cadenas; porque había estado muchas veces atado con grilletes y cadenas, y había roto las cadenas y deshecho los grilletes, y nadie podía dominarlo. Y se pasaba las noches enteras y los días por los sepulcros y por los montes, gritando e hiriéndose con piedras. Es una escena macabra. Aparece un hombre que vivía en los sepulcros y por los montes, sitios reservados para la incomunicación, el riesgo, el desamparo. Es una representación gráfica de la pérdida de la dignidad que conlleva caer en la muerte y la oscuridad que entraña el pecado, una lamentable realidad que encadena y aparta de la comunión con Dios y con los hombres. Y que a quien más daña es al mismo pecador, quien termina haciéndose daño también a sí mismo.   
Ese es el principal efecto del demonio en las personas. Más que las manifestaciones espectaculares que difunden algunas películas, el daño más grave que nos puede causar es apartarnos de Dios y de los hombres al arrastrarnos a pecar. Como escribía don Álvaro del Portillo: «Pretende Lucifer que no nos percatemos de que las iniquidades —grandes o pequeñas— que se oponen al reinado de Cristo en las almas proceden concretamente de que las tres concupiscencias de las que nos habla san Juan —la soberbia de la vida, la avaricia, la sensualidad (cfr. 1 Jn2, 16)— arraigan en el corazón humano como fuerzas devastadoras (…). Por esto —y María nos previene contra esta diabólica estrategia—, Satanás está tan obstinado en que no se interesen los hombres por la vida interior, en que no aprecien la necesidad de luchar, en que no se descubra la relación estrecha entre los pecados personales y la oposición al reinado de Cristo en el alma de los hombres. (Carta pastoral, 2-II-1979, n.16. Publicado en 2013, n. 204)
Es llamativo el diálogo entre el diablo y nuestro Señor: los demonios usan el nombre de Jesús tratando de dominarlo. Parece que no sabían propiamente quién era e intentaban engañarlo con estrategias dialécticas: Al ver a Jesús desde lejos, corrió y se postró ante él; y gritando con gran voz, dijo: —¿Qué tengo yo que ver contigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? ¡Te conjuro por Dios que no me atormentes! –porque le decía: «¡Sal, espíritu impuro, de este hombre!»
Por lo visto, el demonio empezaba a experimentar la potencia divina, se daba cuenta de que el Reino de Dios empezaba a irrumpir en aquellos tiempos. Casciaro (1994) explica que los exorcismos muestran que el demonio iba perdiendo su poder sobre los hombres, signo de que habían llegado los tiempos mesiánicos. Y que las victorias de Cristo sobre Satanás habían comenzado con el ayuno y las tentaciones de Jesús en el desierto, y tendrían su momento culminante en la Cruz y que alcanzará su meta definitiva en el juicio universal. Vemos entonces la importancia que tienen la oración y la penitencia. Esa es la batalla en la que estamos involucrados: la implantación del Reino de Dios en nuestro tiempo, pero antes que nada en nosotros mismos. El triunfo de Cristo es una llamada a la esperanza, al optimismo sobrenatural, pues ―como dice san Pablo― para los que aman a Dios, todas las cosas son para bien.
Jesús se dirige al demonio invasor. Si el diablo no pudo sacarle el nombre a Jesús, el Señor demuestra su poder obligándolo a identificarse. Y le preguntó: —¿Cuál es tu nombre? Le contestó: —Mi nombre es Legión, porque somos muchos. Y le suplicaba con insistencia que no lo expulsara fuera de la región. Había por allí junto al monte una gran piara de cerdos paciendo. Y le suplicaron: —Envíanos a los cerdos, para que entremos en ellos. Y se lo permitió. Salieron los espíritus impuros y entraron en los cerdos; y la piara, alrededor de dos mil, se lanzó corriendo por la pendiente hacia el mar, donde se iban ahogando.
Eficacia de la palabra divina. Lo mismo que en este caso, así ocurre con nuestros pecados que son anulados con la fórmula sacramental de la penitencia, que deberíamos buscar con más frecuencia y contrición. Como predicaba don Álvaro del Portillo: «Todos tenemos al alcance de la mano los medios idóneos para vencer el pecado y crecer en amor de Dios. Estos medios son los sacramentos de la Iglesia, de modo especial la Confesión y la Eucaristía. Hoy, al pensar en la Inmaculada, en aquella que no tiene mancha, podemos preguntarnos: ¿cuál es mi actitud ante el sacramento de la Penitencia? ¿Me acerco con la oportuna frecuencia a este tribunal de misericordia, en el que Dios mismo perdona nuestras culpas? ¿Hago bien el examen de conciencia, y me confieso antes de comulgar cuando mi alma se haya manchado por una ofensa grave a Dios? ¿Reconozco mis pecados, sin esconderlos ni disimularlos, y los confieso al sacerdote, que me escucha en nombre del Señor? ¿Estoy dispuesto a luchar para que Dios Nuestro Señor reine en mi alma? ¿Alejo de mí las ocasiones próximas de pecado?» (Homilía, 8-XII-1979, recogida en 2013, n.251)
Los porqueros huyeron y lo contaron por la ciudad y por los campos. Y acudieron a ver qué había pasado. Llegaron junto a Jesús, y vieron al que había estado endemoniado –al que había tenido a «Legión»– sentado, vestido y en su sano juicio. Sería la ocasión de agradecer a Dios por haberlos visitado, de congratularse por haber recuperado a su vecino sano y salvo, por haberle devuelto su dignidad. Pero el evangelista añade que les entró miedo. Pero no solo es temor, sino avaricia. Y lo expulsan de sus terrenos –de donde los demonios no querían salir- por haberles echado a perder un buen capital representado en los dos mil cerdos: Los que lo habían presenciado les explicaron lo que había sucedido con el que había estado poseído por el demonio y con los cerdos. Y comenzaron a rogarle que se alejase de su región.
La actitud del antiguo endemoniado es distinta: En cuanto él subió a la barca, el que había estado endemoniado le suplicaba quedarse con él; pero no lo admitió, sino que le dijo: —Vete a tu casa con los tuyos y anúnciales las grandes cosas que el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti. Se fue y comenzó a proclamar en la Decápolis lo que Jesús había hecho con él. Y todos se admiraban. El geraseno le pide formar parte de los discípulos, pero el Señor le manifiesta que su vocación es quedarse en su sitio, con sus parientes y vecinos, pero igualmente apostólica. Ser enviado en su lugar, anunciar la misericordia del Señor: «Para que las personas que tratamos escuchen las mociones del Señor, que a todos llama a la santidad, se requiere que vivan habitualmente en estado de gracia. Por eso, el apostolado de la Confesión cobra una importancia particular. Sólo cuando media una amistad habitual con el Señor —amistad que se funda sobre el don de la gracia santificante—, las almas están en condiciones de percibir la invitación que Jesucristo nos dirige: “Si alguno quiere venir en pos de mí...” (Mt 16, 24)» (Carta pastoral, 1-XII-1993, recogida en 2013, n.350).

Acudamos a la Virgen Inmaculada, para pedirle que nos haga tan delicados con el Señor como Ella: que nos ayude a rechazar hasta el más mínimo pecado venial deliberado, a huir de todas las ocasiones de ofender a Dios, que nos dé ese amor a la Confesión propio de las almas santas y que seamos, como el geraseno del Evangelio, apóstoles de la misericordia divina. 

viernes, septiembre 20, 2013

El perdón de la mujer pecadora

El primer Ángelus que pronunció el papa Francisco después de su elección, estuvo marcado por una palabra: misericordia. Y aquel mediodía del domingo 17 de marzo, con apenas cuatro días de pontificado, contó una anécdota que aún perdura en quienes la escucharon: «Recuerdo que, en 1992, apenas siendo Obispo, (…) se acercó una señora anciana, humilde, muy humilde, de más de ochenta años. La miré y le dije: “Abuela, ¿desea confesarse? Sí, me dijo. Pero si usted no tiene pecados…”. Y ella me respondió: “Todos tenemos pecados”. Pero, quizá el Señor no la perdona... “El Señor perdona todo”, me dijo segura. Pero, ¿cómo lo sabe usted, señora? “Si el Señor no perdonara todo, el mundo no existiría”».
Ahora contemplaremos en nuestra oración una escena del Evangelio que muestra la realidad de estas palabras (Lc 7,36-50). Un fariseo, llamado Simón, lo invitó a un banquete en su casa. Un fariseo le rogaba que fuera a comer con él y, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. Jesús sale al encuentro de todo tipo de personas: enfermas y pobres, pero también dirigentes, como en este simposio, en que lo acompañaba la crema y nata de la sociedad religiosa de Galilea, probablemente en gratitud por la predicación del sábado anterior en la sinagoga. Todos allí se considerarían de lo mejor; de hecho, algunos podrían serlo, pues se esforzaban por cumplir la ley de Dios, incluso exagerando. El problema es que unos se quedaban en ese aparentar, se ufanaban de su religiosidad y así permanecían en la buena opinión que tenían de sí mismos, en lugar de avanzar hacia el Señor. Muy probablemente, algunos asistirían al banquete para ver si descubrían señales erróneas en ese aparente profeta venido de Cafarnaún.
También nosotros, que gozamos criticando a los escribas y a los fariseos, podemos caer en esos mismos defectos, si descuidamos nuestro trato con el Señor, la imitación de su mansedumbre y su humildad de corazón. Podemos quedarnos pagados de nuestras aparentes virtudes, de nuestros esfuerzos, de las labores apostólicas que desarrollamos, y quizá olvidamos que la clave de la eficacia está en la oración, en la lucha ascética, en el amor de Dios.
Hasta ahora, hemos visto a Jesús en la zona interna de la casa, recostado a la mesa. Pero el evangelista rompe el ambiente festivo del banquete con la irrupción de una visitante inesperada: En esto, una mujer que había en la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino trayendo un frasco de alabastro lleno de perfume y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando. No se atreve a mirarlo a la cara, sino que se queda por detrás, humildemente, realizando una labor de esclavos (como el mismo Jesús haría en la última cena), reconociendo al Mesías en aquel comensal extranjero.
Entre los invitados se formaría un ambiente de malestar, pues todos conocían la reputación de aquella mujer: ¿quién la había dejado entrar?, ¿cómo se atrevía a romper la armonía de unas personas tan puras, ella que era la mujer pecadora de la ciudad? Es bonito ver que se trata de un personaje anónimo, en la que estamos representados todos los hombres, la Iglesia entera. Además de lavar los pies al Señor, la mujer llora. Reconoce su culpa y la expía con obras de penitencia. Es un modelo de la contrición, que estamos invitados a imitar.
Esta actitud penitencial ocupa un puesto significativo en la Sagrada Escritura. Podemos meditar ahora en otros modelos de conversión: en primer lugar, yéndonos al Antiguo Testamento, pensemos en la compunción del rey David después de varios pecados execrables todos lo son. Cuando cayó en la cuenta de su grave error, compuso el hermosísimo salmo 50: Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado. Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado. Contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad en tu presencia. También podemos pensar en el hijo pródigo, con esa decisión que le humillaba pero que no temió aceptar: Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros».
Vemos en estas escenas las etapas del camino de regreso a la casa del Padre. El Compendio del Catecismo (n.303) las resume en los llamados «actos propios del penitente»: «un diligente examen de conciencia; la contrición (o arrepentimiento), que es perfecta cuando está motivada por el amor a Dios, imperfecta cuando se funda en otros motivos, e incluye el propósito de no volver a pecar; la confesión, que consiste en la acusación de los pecados hecha delante del sacerdote; la satisfacción, es decir, el cumplimiento de ciertos actos de penitencia, que el propio confesor impone al penitente para reparar el daño causado por el pecado» (subrayados añadidos).
La mujer del Evangelio cayó en la cuenta de su error, fue consciente de la necesidad de manifestar públicamente su arrepentimiento, ya que pública era su condición de pecadora. En su generosidad, decidió romper un frasco carísimo, de alabastro, con el perfume más selecto de su ajuar. Por sus obras podemos ver que había descubierto, en aquel hombre de Nazaret, más que un profeta. Lo que aquellos fariseos, expertos en doctrina y piedad, no fueron capaces de ver. ¡Cuántas veces nosotros somos como esos fariseos soberbios, que no reconocemos al Señor cerca, que no lo imitamos en su misericordia, porque pensamos que no necesitamos su perdón!
No sabemos cuándo habría sido el primer encuentro de la pecadora con Jesucristo. Quizá escuchándolo en el sermón del monte, o en la sinagoga, se habría movido al arrepentimiento, decidió cambiar de vida y al saber de la invitación al banquete en casa de Simón se fue sin dilaciones para pedir, con las obras de su penitencia, el perdón de tantos pecados: se puso a regarle los pies con las lágrimas, se los enjugaba con los cabellos de su cabeza, los cubría de besos y se los ungía con el perfume.
Por la mente de los invitados correría la tentación que el evangelista asigna a Simón: Si este fuera profeta sabría quién y qué clase de mujer es la que lo está tocando, pues es una pecadora. El Señor, que podía leer la mente de sus interlocutores, desenmascaró la actitud peyorativa de su anfitrión con la parábola de los dos deudores. Jesús respondió y le dijo: «Simón, tengo algo que decirte». Él contestó: «Dímelo, Maestro». «Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de ellos le mostrará más amor?».
Jesús le ofrece la oportunidad de convertirse, de responder de modo misericordioso, abriéndose al perdón divino que se estaba revelando en su casa. Sin embargo, la respuesta es diplomática, sin compromiso. Respondió Simón y dijo: «Supongo que aquel a quien le perdonó más». Supongo, no me involucro. Jesús insiste con su actitud acogedora. Y él le dijo: «Has juzgado rectamente».
Al ver que nada conseguía con el grupo de los fariseos, el Señor los desenmascara aplicando la pequeña parábola a la situación que estaba viviendo. Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? He entrado en tu casa y no me has dado agua para los pies; ella, en cambio, me ha regado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con sus cabellos. Tú no me diste el beso de paz; ella, en cambio, desde que entré, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume».
Jesús reclamó los detalles de etiqueta que aquel hombre, en su soberbia, no había querido vivir con Él. La mujer pecadora, humilde, consciente de su indignidad, comenzó a adquirir un nuevo estatus ante aquel grupo de ricos (por fuera), que en realidad eran pobres (por dentro). El Señor no ocultó su dolor por las omisiones de Simón, como se duele ante nuestras apatías: «cuando una persona extraña nos mira con indiferencia, no nos importa demasiado; pero si es un ser querido quien nos trata así, con desafecto, ¡cómo nos duele su comportamiento! Y a Jesús, ¿no van a dolerle tus negligencias, tus precipitaciones, tus descuidos, tus indelicadezas?» (San Josemaría, citado por http://homiletica.org/lluciapou/lluciapousabate 238.pdf).
«Por eso te digo: sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho». Jesús les demuestra que, si la prueba de que era profeta consistía en conocer el estado moral de la mujer, lo conocía: era muy pecadora. Pero, a la vez, les anuncia en qué consiste el nuevo profetismo, su condición mesiánica: en que no ha venido a condenar, sino a perdonar. A revelarnos el amor divino y la posibilidad de amarlo.
También podemos colegir de las palabras del Señor que al que mucho se le perdona, más debe amar: «Qué buena razón la de aquel sacerdote, cuando predicaba así: «Jesús me ha perdonado toda la muchedumbre de mis pecados —¡cuánta generosidad!—, a pesar de mi ingratitud. Y, si a María Magdalena le fueron perdonados muchos pecados, porque amó mucho, a mí, que todavía me ha perdonado más, ¡qué gran deuda de amor me queda!». ¡Jesús, hasta la locura y el heroísmo! Con tu gracia, Señor, aunque me sea preciso morir por Ti, ya no te abandonaré» (F, n.210).
«Pero al que poco se le perdona, ama poco». Nuestro amor a Dios es una respuesta a su perdón, a su iniciativa gratuita de salvarnos; pero también debe suceder al contrario: la misericordia divina ha de ser una fuente de amor, de una relación renovada con el Señor. El amor de la pecadora se manifiesta en obras de caridad y gratitud (lágrimas, besos, perfume), porque había sido perdonada. Por la magnitud de sus acciones vemos la profundidad de su conversión.
 El Evangelio de Lucas afirma que hay un vínculo íntimo entre el amor y el perdón de Dios. Por eso Jesús anunció a la pecadora: «Han quedado perdonados tus pecados». Asistimos a las primicias de lo que más tarde quedaría instituido como el sacramento de la reconciliación, y que estaba anunciado desde el Antiguo Testamento. También a David se le proclamó el perdón cuando reconoció su culpa y la expió con oración y penitencia: David respondió a Natán: «He pecado contra el Señor». Y Natán le dijo: «También el Señor ha perdonado tu pecado. No morirás» (2S 12,7-13).
El amor de Dios se manifiesta con el perdón. La humildad de Jesús explica que se abaje hasta casi pedirnos que nos dejemos reconciliar. Es lo que dice San Pablo (2Co 5,18-20): En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios. ¡Cuántas veces el afán de almas de los sacerdotes se manifiesta precisamente en esa disponibilidad para facilitar el reencuentro del hijo pródigo con su padre misericordioso!
Los demás convidados empezaron a decir entre ellos: «¿Quién es este, que hasta perdona pecados?». Esta pregunta perdura a través de los siglos. El escándalo del cristianismo llega, en el fondo, a este interrogante: ¿Cómo puede Dios perdonarnos nuestras faltas? Como en la filosofía del conocimiento, también en el amor existe el peligro del escepticismo: con una falsa humildad, podemos dudar de nuestra dignidad para ser perdonados o, con desconocimiento de la misericordia divina, poner en tela de juicio la capacidad del Señor para perdonarnos. Sin embargo, en esta escena vemos cuál es el camino para recibir el perdón divino: amar a Dios, arrepentirnos de nuestras faltas, manifestar la contrición con obras. Esta mujer manifestó su conversión llorando, derrochando un perfume, haciendo una declaración pública de penitencia. Y recibió la absolución: «Han quedado perdonados tus pecados».
Pero él dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado, vete en paz». Las obras de penitencia eran manifestación de amor, pero también de fe en el poder salvador de Jesucristo, de apertura al don divino que Él comunicaba. El perdón de los pecados es para quien tenga fe. A San Josemaría le daban mucha paz estas consideraciones, saber que el Señor nos perdona siempre, que nos ama tanto, que conoce de las flaquezas humanas, y sabe de qué barro tan vil estamos compuestos. De hecho, la Iglesia conmemora esa faceta del corazón misericordioso de Jesús, su amor por nosotros hasta el extremo, en una fiesta propia que celebramos el viernes después del Corpus.
Volvamos a las primeras palabras del papa Francisco sobre la misericordia de Dios, con las que comenzamos esta meditación, y que han ayudado a tantas personas a volver a Dios a través del sacramento de la penitencia. «No olvidemos esta palabra: Dios nunca se cansa de perdonar. Nunca. “Y, padre, ¿cuál es el problema?” El problema es que nosotros nos cansamos, no queremos, nos cansamos de pedir perdón. Él jamás se cansa de perdonar, pero nosotros, a veces, nos cansamos de pedir perdón. No nos cansemos nunca, no nos cansemos nunca. Él es Padre amoroso que siempre perdona, que tiene ese corazón misericordioso con todos nosotros. Y aprendamos también nosotros a ser misericordiosos con todos. Invoquemos la intercesión de la Virgen, que tuvo en sus brazos la Misericordia de Dios hecha hombre».
A Ella, que es conocida como la Madre de misericordia, le pedimos que nos alcance la fe para confiar en la clemencia de su Hijo, acudir con frecuencia al sacramento de la reconciliación, y así escuchar, como la mujer del Evangelio, las palabras de absolución que Jesús nos dirige a través del sacerdote: «Han quedado perdonados tus pecados. Tu fe te ha salvado, vete en paz».

domingo, marzo 17, 2013

La mujer adúltera


En el camino cuaresmal hacia el monte del Calvario, el quinto domingo de este período penitencial nos presenta una escena singular (Jn 8,1-11). Tan llamativa, que fue omitida en varios códices antiguos del Evangelio de san Juan. Como si los editores se sintieran escandalizados por la misericordia de Jesús. Sin embargo, la Iglesia siempre la ha considerado canónica, inspirada por el Espíritu Santo: Jesús marchó al Monte de los Olivos. Muy de mañana volvió de nuevo al Templo, y todo el pueblo acudía a él; se sentó y se puso a enseñarles.

Jesús nos da ejemplo de oración y de amor a las almas. Y aquellos habitantes de Jerusalén nos enseñan la importancia de acudir al encuentro con Él, para acoger sus enseñanzas. En medio de su labor magisterial, se empezó a escuchar un barullo que rompía la tranquilidad del Templo. Los escribas y fariseos trajeron a una mujer sorprendida en adulterio y la pusieron en medio.

No deja de ser llamativa y estrambótica la escena. Imaginemos a esa pobre mujer, humillada, con la reputación por el suelo: el pecador que la acompañó en su delito la abandonó en el castigo, los jueces la acusaron a ella pero al otro lo dejaron ir en paz.  Maestro le dijeron―, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio.

No conocemos los detalles de la historia. Pero imaginamos el consejo de san Bernardo: siempre hemos de pensar bien de las personas, aunque las veamos actuar mal: “¡muy grande habrá sido la tentación!”, puede ser la disculpa que se les puede ofrecer.

Esta escena del Evangelio nos ayuda a entender la magnitud del pecado. Podemos confrontar la situación de esta mujer con la del otro pecador, que contemplamos la semana pasada: con el hijo pródigo, que terminó cuidando cerdos. Ambos experimentaron la abyección, la soledad, el abandono, el rechazo de la comunidad a la que los sometió su conducta extraviada.

Esta mujer padece la traición del marido (algunos comentaristas suponen que pudo haber caído en una trampa que le tendió quien quería repudiarla para quedar libre y asumir una nueva esposa con todas las bendiciones), también la traición del cómplice y de los vecinos. Quizás había caído en esa situación por envidia o en venganza, quién sabe. 

En cualquier caso, su situación es similar a la del hijo pródigo, que había caído en una situación inferior a la de los animales más despreciados en la religión judía. Es el escenario del abandono y soledad que padece el pecador, antesala del infierno. Como dice el Concilio Vaticano II, “El pecado es, en definitiva, una disminución del hombre mismo, que le impide alcanzar la propia plenitud” (GS 13). 

Mientras la tentación nos presenta el pecado como la máxima fuente de autoafirmación, de placer, de crecimiento, en realidad es el mayor fracaso de nuestra vocación a la felicidad. En cambio, la virtud ―la santidad― es la que nos lleva a desarrollar de manera más completa nuestra potencialidad. Por eso los más grandes hombres y mujeres, los más avanzados, los más completos y los que más bien han hecho a los demás han sido siempre los santos.

El tiempo de Cuaresma nos invita a reconocernos pecadores. Como decía el Cardenal Bergoglio cuando le  preguntaron cómo examinaba su vida y su ministerio delante de Dios: «No quiero mandarme la parte, pero la verdad es que soy un pecador a quien la misericordia de Dios amó de una manera privilegiada. Desde joven, la vida me puso en cargos de gobierno —recién ordenado sacerdote fui designado maestro de novicios, y dos años y medio después, provincial— y tuve que ir aprendiendo sobre la marcha, a partir de mis errores porque, eso sí, errores cometí a montones. Errores y pecados. Sería falso de mi parte decir que hoy en día pido perdón por los pecados y las ofensas que pudiera haber cometido. Hoy pido perdón por los pecados y las ofensas que efectivamente cometí».

Muy diferente es la actitud de los acusadores de la mujer adúltera: Moisés en la Ley nos mandó lapidar a mujeres así; ¿tú qué dices? Este es otro pecado que poco se comenta al meditar la escena de la mujer adúltera. El pecado de los acusadores, que miran la paja en el ojo ajeno pero no ven la viga en el propio. Como explica Mons. Echevarría, «en la dificultad para la comprensión y la compasión, influye también la ignorancia de las propias culpas: cuando no se reconocen los pecados personales, se descubren sólo las faltas de los demás y se les acusa sin piedad, como quedó patente en el episodio de la mujer adúltera» (Eucaristía y vida cristiana).

Siguiendo en esta segunda línea, la cuaresma nos invita a mejorar nuestro espíritu de examen, a reconocer nuestras culpas. En eso consistía, en últimas, la falla de los acusadores, que terminaron cayendo en soberbia, en envidia y en deseos de acabar con Dios: —se lo decían tentándole, para tener de qué acusarle. Habían maquinado la caída de la mujer, pero en realidad iban buscando motivos para atacar a Jesús. En realidad, la adúltera era un medio para el deicidio. Un pecado lleva a otro. Y mientras tanto, llamaban “Maestro” a Jesús, se presentaban como los adalides del derecho y la religión. Porque no se conocían. No se daban cuenta de los verdaderos móviles de su actuación.

Examen. «Mira tu conducta con detenimiento. Verás que estás lleno de errores, que te hacen daño a ti y quizá también a los que te rodean. –Recuerda, hijo, que no son menos importantes los microbios que las fieras. Y tú cultivas esos errores, esas equivocaciones –como se cultivan los microbios en el laboratorio–, con tu falta de humildad, con tu falta de oración, con tu falta de cumplimiento del deber, con tu falta de propio conocimiento... Y, después, esos focos infectan el ambiente. –Necesitas un buen examen de conciencia diario, que te lleve a propósitos concretos de mejora, porque sientas verdadero dolor de tus faltas, de tus omisiones y pecados» (San Josemaría Escrivá, Forja, 481).

Ahora veamos cuál es, en cambio, la actitud del Señor: Pero Jesús, se agachó y se puso a escribir con el dedo en la tierra. ¿Qué escribías, Señor, en aquella polvareda de Jerusalén? No lo sabemos. Solo nos has transmitido la continuación de la escena, con tu veredicto final, que es antológico: Como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: —El que de vosotros esté sin pecado que tire la piedra el primero. Y agachándose otra vez, siguió escribiendo en la tierra.

La provocación había sido artera: lo habían puesto a escoger entre la ley de Moisés y la misericordia que tanto predicaba. Como en la pregunta por los impuestos del César o la resurrección de la mujer casada siete veces, la argumentación ponía contra las cuerdas al Maestro de Nazaret. Sin embargo, como en los otros casos, la respuesta es sencilla y contundente. La ley sigue vigente, pero la misericordia de Dios es mayor que nuestra maldad. Y todos somos pecadores, no solamente los reconocidos públicamente como tales. Estos, vale la pena recordarlo, llevarán la delantera en el reino de los cielos (Mt 21,31).

Pero tampoco podemos cargar las tintas sobre los acusadores, pues al menos tienen un gesto noble en el pasaje que estamos contemplando: Al oírle, empezaron a marcharse uno tras otro, comenzando por los más viejos, y quedó Jesús solo, y la mujer, de pie, en medio. Porque también hubieran podido aferrarse a la convicción de su inocencia y comenzar la lapidación. Pero aquel anciano que se marchó de primero dando ejemplo a los demás merece una consideración especial. Reconoció sus pecados, se dio cuenta ―fue una gracia que le concedió el Dios que tenía en frente― que no tenía ningún derecho a recriminar los pecados ajenos sin mirarse a sí mismo.

La escena concluye de una manera esplendorosa: Jesús se incorporó y le dijo: —Mujer, ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado? —Ninguno, Señor –respondió ella. Le dijo Jesús: —Tampoco yo te condeno

Como ha explicado el Papa Francisco, «el rostro de Dios es el de un padre misericordioso, que siempre tiene paciencia. (…) El problema es que nos cansamos de pedir perdón. Él no se cansa nunca de perdonar, pero nosotros, a veces, nos cansamos de pedir perdón. ¡No nos cansemos nunca, no nos cansemos nunca! Él es el Padre amoroso que siempre perdona, que tiene un corazón de misericordia para todos nosotros. Y así nosotros aprendemos a ser misericordioso con todos. Invoquemos la intercesión de la Virgen que tuvo entre sus brazos la Misericordia de Dios hecha hombre». 

Que también nosotros sepamos acudir al Sacramento de la misericordia en esta cuaresma, para escuchar como dirigidas a nosotros las palabras del Señor a la mujer adúltera: vete y a partir de ahora no peques más.

viernes, junio 29, 2012

Resurrección de la hija de Jairo y curación de la hemorroísa


Después del exorcismo al endemoniado de Gerasa, Jesús atravesó de nuevo en barca a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor y se quedó junto al mar (Mc 5,21). El Señor regresa de la zona oriental del lago, de donde había sido rechazado porque había echado a perder una numerosa piara. Para aquellas personas, fue más fuerte el dolor por la desaparición de unos cerdos que la alegría por la salud del joven coterráneo. Nosotros nos situamos junto a los doce apóstoles y la gran muchedumbre, ansiosos de escuchar las enseñanzas del Maestro.

Sin embargo, una escena inesperada interrumpe la predicación: un hombre importante, miembro del consejo de ancianos de la sinagoga local, logra hacerse paso entre la multitud y acercarse a Jesucristo. Cuando llega a su presencia, hace un gesto de humildad: Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies, rogándole con insistencia: «Mi niña está en las últimas; ven, impón las manos sobre ella, para que se cure y viva». Jesucristo acepta la humilde petición del jefe de la sinagoga, no se hace de rogar, y movido por su infinita misericordia hacia las personas que sufren se fue con él y lo seguía mucha gente que lo apretujaba.

El Evangelio nos presenta el drama de la muerte. En este caso, más dura aún, por tratarse de una niña de doce años. La liturgia de la Iglesia relaciona este pasaje con unas palabras del libro de la Sabiduría (1,13-2,24), que ofrecen una esperanza para el morir: Dios no ha hecho la muerte, ni se complace destruyendo a los vivos. Él todo lo creó para que subsistiera. El libro de la Sabiduría aclara que la muerte no estaba prevista en el diseño original de Dios. Esta obra significa una madurez de la revelación, al abrir la esperanza religiosa a la eternidad con el Señor.

El Evangelio amplía esa enseñanza, como vemos en el inserto que san Marcos incluye de camino a la casa de Jairo: se trata del episodio de la hemorroísa, que con su fe logró un milagro esperado por años: Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Había sufrido mucho a manos de los médicos y se había gastado en eso toda su fortuna; pero, en vez de mejorar, se había puesto peor. Si la primera escena nos planteaba el drama de la muerte, la impureza legal que padecía esta mujer ofrece otro interrogante relacionado con él: la contrariedad del sufrimiento humano, del mal, de su origen y su posible solución. Si Dios hizo todo bueno, ¿cómo se explica la maldad en el mundo? ¿Por qué hay tanta injusticia, tanta corrupción? ¿Por qué sufren los inocentes como la hemorroísa― y gozan los malvados como Barrabás o el epulón―? Yendo más lejos, ¿Por qué la muerte, si tenemos ansias de inmortalidad? ¿Por qué muere una niña joven, como la hija de Jairo?

Son preguntas que se han hecho las personas desde los comienzos de la humanidad, y el libro de la Sabiduría ofrece una respuesta que también se remonta al principio, al pecado original: Dios creó al hombre incorruptible y lo hizo a imagen de su propio ser. El texto sagrado subraya que Dios hizo buenos al mundo y al hombre. Es más: al ser humano lo creó a su imagen y semejanza, nos hizo libres. No quiso esclavos autómatas, sino personas que pudieran dialogar con Él como los hijos con su Padre. Mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo. Y los primeros padres cayeron libremente en la trampa del mal, pecaron y —en consecuencia— comenzó la mortalidad de los seres humanos.

Sin embargo, la Sagrada Escritura enseña que lo verdaderamente importante no es la muerte física, sino la muerte espiritual —el pecado— que es la causa de todos los males, el único verdadero mal: «como consecuencia del pecado original, la naturaleza humana quedó debilitada en sus fuerzas, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al dominio de la muerte, e inclinada al pecado (inclinación llamada “concupiscencia”)» (CCCE, n.418). Dios creó al ser humano para el bien y para la eternidad, pero el pecado ocasionó la tendencia hacia el mal y la muerte. El Señor no creó esas inclinaciones, la culpa fue de la soberbia humana, que llevó a usar de modo erróneo el tesoro de la libertad. Sin embargo, el pecado no es la última palabra, pues ya en el mismo Génesis (3,15) Dios promete un redentor de esa culpa. Se trata de su Hijo, al que vemos cumpliendo esa misión en el pasaje del Evangelio que estamos meditando.

Volvamos a pensar en la hemorroísa: Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando: «Con solo tocarle el manto curaré». Aquella mujer era consciente de su debilidad y decide acercarse al que la puede curar. También nosotros tenemos miserias, del cuerpo y del espíritu. Aprovechemos este rato de oración para hacer examen, para reconocer nuestros vicios y para pedir a Dios que nos ayude a rechazarlos cada vez con más firmeza. Señor: queremos ser fieles a tu misión de luz, rechazar las obras de las tinieblas; aborrecer la más pequeña insinuación de pecado, aunque sea venial. Ayúdanos con tu gracia cada vez que la envidia del diablo remueva nuestra concupiscencia y nos presente más atractivo el camino de la muerte, como hizo con Adán y Eva. Ayúdanos a aprovechar la gracia que nos llega con los sacramentos, especialmente en la Reconciliación y en la Eucaristía. De esa manera, recomenzaremos todas las veces que haga falta en esos puntos concretos que más nos cuestan y experimentaremos la sensación de salud que advirtió la hemorroísa: Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias y notó que su cuerpo estaba curado.

Pero la historia no termina aquí, pues Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió enseguida, en medio de la gente y preguntaba: «¿Quién me ha tocado el manto?». Jesús conocía de sobra todo lo que había sucedido, pero consideró conveniente que aquella mujer hiciera pública la gracia recibida, para bien de ella y de quienes la escuchaban —incluidos nosotros, muchos siglos más tarde—. Mientras los discípulos se sorprenden por la pregunta (Ves cómo te apretuja la gente y preguntas: «¿Quién me ha tocado?»), la mujer se acercó, al comprender lo que le había ocurrido, se le echó a los pies y le confesó toda la verdad. Ya estaba curada de su enfermedad física, pero permanecía con miedo, asustada y temblorosa, sin saber qué le iba a pasar. De esa manera comienza la segunda parte del milagro, que es la curación del alma.

Confesar toda la verdad es parte de la virtud de la sinceridad, un elemento muy importante en el camino de la lucha ascética y, por tanto, de la santidad. El Señor saca grandes bienes de nuestra sencillez: desde el punto de vista psicológico, nos sirve para desahogarnos, incluso para aclarar las diversas facetas del asunto que nos remuerde; por lo que concierne a la ascética, nos garantiza la compañía de la oración y el consejo de quien escucha nuestra confidencia —que, obviamente, debe ser la persona adecuada: el Buen Pastor de nuestras almas—. Además, también nos ayuda a crecer en humildad, una virtud que es manifestación, «fruto y señal» de la fe que es la protagonista de los milagros que estamos contemplando: tanto la hemorroísa como Jairo tuvieron mucha fe para acercarse a tocar el manto de Jesús o a pedirle un favor casi imposible, pero también para abandonarse por completo ante su Palabra (Cf. S, n.324).

El segundo signo de Jesús, la salvación espiritual, es el más importante y definitivo, por esa razón proclama con solemnidad: Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu enfermedad. «¿Te persuades de cómo ha de ser nuestra fe? Humilde. ¿Quién eres tú, quién soy yo, para merecer esta llamada de Cristo? ¿Quiénes somos, para estar tan cerca de Él? Como a aquella pobre mujer entre la muchedumbre, nos ha ofrecido una ocasión. Y no para tocar un poquito de su vestido, o un momento el extremo de su manto, la orla. Lo tenemos a Él. Se nos entrega totalmente, con su Cuerpo, con su Sangre, con su Alma y con su Divinidad. Lo comemos cada día, hablamos íntimamente con Él, como se habla con el padre, como se habla con el Amor. Y esto es verdad. No son imaginaciones» (AD, n.199).

Mientras tanto, el padre de la niña moribunda escuchaba el diálogo y la conclusión que acabamos de considerar. En su interior pediría a Dios que le diese una fe como la de esta mujer, que permitiera un milagro como el que ella había recibido. Sin embargo, todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: «Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?». Una lanzada profunda atravesaría el alma de Jairo. Pensaría con dolor en el tiempo que habían perdido con aquella mujer, y sentiría como Marta, la hermana de Lázaro, en otra ocasión: si hubieras llegado a tiempo mi hija no hubiera fallecido… Sin embargo, también recordaría las palabras elogiosas para la hemorroísa: tu fe te ha salvado. El mismo Señor se lo recalcó: «No temas; basta que tengas fe».

La gente se dispersaría con facilidad, al ver que el caso no daba esperanza. Los tres discípulos más cercanos, los mismos que más adelante acompañarían a Jesús en el Tabor y en Getsemaní, fueron los elegidos para acompañarle en esta situación hasta entonces inaudita. Llegan a casa del jefe de la sinagoga y encuentra el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos y después de entrar les dijo: «¿Qué estrépito y qué lloros son estos? La niña no está muerta; está dormida». Se reían de él. Jairo continúa en su prueba de fe: ya no hay multitudes, ni siquiera el conjunto de los doce discípulos. Solo están Jesús, los tres testigos, su esposa y él. Los vecinos más cercanos le retiran toda esperanza. Y la posibilidad que Jesús plantea, a la que Jairo se aferra como última ilusión, desaparece para su familia en medio de unas burlas. Es probable que en alguna ocasión el Señor permita que nos enfrentemos a situaciones que exijan muchísima fe, como la hemorroísa con su enfermedad de doce años o como Jairo, creyendo contra toda posibilidad. Pero esa virtud teologal debe crecer cada día, en la vida ordinaria; por esa razón debemos pedírsela a Dios, ejercitarla con frecuencia, profundizar en las verdades doctrinales y transmitirla a nuestros conocidos.

Pero él los echó fuera a todos y, con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes, entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo: Talitha qumi (que significa: «Contigo hablo, niña, levántate»). La niña se levantó inmediatamente y echó a andar; tenía doce años. Y quedaron fuera de sí llenos de estupor. Los verbos que utiliza el evangelista en esta escena para narrar el «levantamiento» de la niña son los mismos que usará después para describir la resurrección de Jesús. Alcanzan plenitud las enseñanzas del libro de la Sabiduría: Dios no ha hecho la muerte, ni se complace destruyendo a los vivos. Él todo lo creó para que subsistiera. Dios creó al hombre incorruptible y lo hizo a imagen de su propio ser. Si el Señor cuida así de la existencia terrenal de una persona, ¿qué no hará por nuestra salud espiritual?


Por eso el milagro más significativo no es la salud de la hemorroísa, ni la resurrección del cuerpo. Lo importante es la salud del alma, que recibimos en el sacramento de la penitencia y que fortalecemos en la Eucaristía. Por ese motivo, Jesús le dijo a la hemorroísa: tu fe te ha salvado. Considerando estos dos milagros se colige que «no es la confianza en un gesto mágico lo que puede salvar, sino el encuentro personal con Jesús mediante la fe» (Fabris, citado por Casciaro, 1994, p. 327). Por eso mismo concluimos nuestra oración, conscientes de que el Señor se dirige hoy a nosotros como antes a Jairo: No temas, basta que tengas fe. Y le respondemos, acudiendo a la intercesión de la Virgen, Maestra de fe y de humildad, con otras peticiones del Evangelio: Señor, yo creo, pero ayuda mi falta de fe. ¡Auméntame la fe!

martes, septiembre 20, 2011

Mateo y el perdón de los pecados

Celebramos la fiesta de San Mateo, también conocido como Leví de Alfeo. Se trata de un hombre que trabajaba como publicano, recaudador de impuestos. Esta profesión era muy mal vista por los fariseos de la época. Más aún: eran considerados una clase despreciable. Como recaudaban impuestos para los romanos, se decía que eran traidores.

Como se trataba de un negocio despreciable, quienes lo practicaban incurrían en impureza legal (como también sucedía con los asneros, los camelleros, marineros, actores, pastores, tenderos, médicos y adivinos, además de los asesinos y los ladrones). Los rabinos aprobaban el mentirles para escapar a los impuestos. Desde luego, se consideraba que no podían pertenecer al reino mesiánico.


Sin embargo, la actitud de Jesús ante ellos era diferente: podemos recordar la parábola del fariseo y el publicano, en la que éste sale mejor parado con su oración, al quedarse lejos, sin siquiera levantar los ojos al cielo, sino golpeándose el pecho y diciendo: «Oh Dios, ten compasión de mí, que soy un pecador» (Lc 18,9-14).

Soy un pecador. ¡Qué difícil es reconocer esa situación! Es normal escuchar a las estrellas de la farándula, del fútbol, de la política, decir con el mayor desparpajo: “no me arrepiento de nada”. La Biblia, en cambio, enseña que el justo cae siete veces en un día. Pero es muy difícil reconocerlo. Recuerdo la anécdota de un taxista, que hablaba sobre este tema con un sacerdote. En un momento determinado, el conductor dijo con la tranquilidad de los famosos que él no se confesaba porque consideraba en conciencia que no había pecado nunca. El sacerdote, hombre experimentado y de buen humor, le respondió inmediatamente: “por favor, deme un autógrafo. ¡Usted es un hombre excepcional!” Poco después, contaba el taxista, se confesaron él y su esposa.

Por eso se entiende tan fácilmente que un hombre que pueda decir ten compasión de mí, que soy un pecador,  reciba el perdón igual de fácil. Y al revés: el único pecado que no se puede perdonar es el de quien rechaza la oferta del perdón. 

Pero vayamos al Evangelio que narra la vocación de Mateo, nombre que significa “don, regalo de Dios”. La narración se sitúa a orillas del lago Genesaret, cerca de Cafarnaúm, ciudad fronteriza donde el puesto aduanero tendría bastante movimiento. El llamado es muy sencillo: Jesús vio a un hombre sentado al telonio, que se llamaba Mateo, y le dijo: —Sígueme.

Jesús lo llama en medio de su trabajo, donde estaría -como lo representa Caravaggio- contando las monedas: “Lo que a ti te maravilla a mí me parece razonable. ¿Que te ha ido a buscar Dios en el ejercicio de tu profesión? Así buscó a los primeros: a Pedro, a Andrés, a Juan y a Santiago, junto a las redes: a Mateo, sentado en el banco de los recaudadores... Y, ¡asómbrate!, a Pablo, en su afán de acabar con la semilla de los cristianos” (San Josemaría Escrivá, Camino, 799).   

Podemos aprovechar para hacer examen, pues también a nosotros el Señor nos ha llamado a ser santos en medio de la profesión. ¿Cómo nos esforzamos por encontrar a Jesús en medio de nuestras ocupaciones? ¿Procuramos trabajar con espíritu de sacrificio, siguiendo el ejemplo del Maestro, que no vino a ser servido sino a servir?

Que Jesús se acerque a Mateo y lo elija como discípulo significa, desde luego, que se le perdonan los pecados. No es llamado por sus méritos, sino para que se note la misericordia de Dios. El Señor llama a los que quiere, sin tener en cuenta las discriminaciones de los fariseos. Esta actitud de Jesús fue causa de escándalo para muchos en su época terrenal. Y lo sigue siendo ahora. 

Pero al Maestro no lo retraen esas miras humanas. Al contrario, vemos en el Evangelio que Jesús sella su vocación participando en un banquete: Ya en la casa, estando a la mesa, vinieron muchos publicanos y pecadores y se sentaron también con Jesús y sus discípulos. Los fariseos, al ver esto, empezaron a decir a sus discípulos: — ¿Por qué vuestro maestro come con publicanos y pecadores? Pero él lo oyó y dijo: —No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos.

Jesús muestra públicamente su misericordia con los pecadores compartiendo la mesa con ellos, “tomándose la foto” sin ningún prejuicio. No espera que vayan a él, como hacía Juan Bautista. Al contrario, él mismo sale a su encuentro, como en el caso de Zaqueo y en el que estamos contemplando, de Mateo. No le importa que, por esta actitud, lo tilden de “comilón y bebedor, amigo de publicanos y de pecadores”. Jesús asume la amistad con los pecadores como parte de su misión: “para eso vine”. 

Jesucristo resume y compendia toda la historia de la misericordia divina: (…) ¡Qué seguridad debe producirnos la conmiseración del Señor!  (...) Los enemigos de nuestra santificación nada podrán, porque esa misericordia de Dios nos previene; y si —por nuestra culpa y nuestra debilidad— caemos, el Señor nos socorre y nos levanta (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa,7).

También ahora el Señor sale a nuestro encuentro, si nos reconocemos necesitados de su misericordia. Nos busca, quiere nuestra amistad. Está ávido de perdonarnos, de socorrernos y levantarnos. Para eso vino. Solo falta tener la capacidad de respuesta rápida que tuvo el publicano Mateo: Él se levantó y le siguió.

Levantarnos y seguirlo. Una respuesta prontísima ante un llamado de tal categoría supone un conocimiento previo, un discernimiento interior. Quizá Mateo seguía a Jesús de lejos. O el apostolado de un amigo (¿su colega Zaqueo?) le iría abriendo horizontes hasta hacerlo idóneo para recibir la llamada divina.


Terminemos nuestra oración acudiendo a la Virgen Santísima. Pidámosle que nos alcance la fuerza para levantarnos y seguir a Jesús, que nos espera, como  hizo Mateo hace veinte siglos. De esa manera, experimentaremos en primera persona el final del Evangelio de hoy: no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores.