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sábado, enero 31, 2015

Actividad en Cafarnaún

San Marcos, en su estilo directo y gráfico, enseña desde el primer momento cuál era el talante de Jesús: lo muestra como un predicador exigente y polémico. Antes de narrar los primeros milagros, aparece el Señor en la sinagoga haciendo los primeros pasos con su grupo de discípulos (Mc 1,21-28): Y entran en Cafarnaún y, al sábado siguiente, entra en la sinagoga a enseñar; estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los escribas.

Es significativo que la liturgia (domingo IV-B) relaciona este pasaje con el capítulo 18 del Deuteronomio, en el que Moisés promete al pueblo un nuevo profeta: El Señor, tu Dios, te suscitará de entre los tuyos, de entre tus hermanos, un profeta como yo. Con esta promesa comienza Benedicto XVI su libro sobre Jesús de Nazaret. Llama la atención que Dios no promete un nuevo rey, como David, sino un nuevo profeta, al estilo de Moisés.

El papa alemán expone el contexto en el que se anuncia esa promesa: en medio de un ambiente agorero, que buscaba adivinar el futuro a través de magos y brujas —como siguen haciendo, tantos siglos después, cantidades de personas en todo el mundo—. Por eso, antes de la promesa del profeta, el Señor anuncia una prohibición: no haya entre los tuyos vaticinadores, ni astrólogos, ni agoreros, ni hechiceros, ni encantadores, ni espiritistas, ni adivinos, ni nigromantes; porque el que practica eso es abominable para el Señor.

La conclusión es clara, según el mismo autor: frente al deseo de conocer el futuro a través de los adivinos, Dios invita al camino de la fe que supone escuchar al profeta. Después de comprobar que la tierra prometida no era la salvación definitiva, el Señor promete la liberación verdadera, el éxodo más radical, que exige un nuevo Moisés.

¿Y cuál es la característica más importante de ese sucesor del patriarca hebreo? —Para algunos teólogos, especialmente de la antigua teología de la liberación, sería su capacidad política de guiar a un pueblo, de enfrentar a los opresores, de ser un modelo para el dirigente guerrillero. Pero no es ese el rasgo distintivo que señala el Deuteronomio. La peculiaridad esencial de Moisés no es el liderazgo, ni los portentos a favor de su pueblo: es la oración, que él contemplaba la figura del Señor y que podía hablar con Dios cara a cara, como con un amigo.

Y ese será el punto decisivo del profeta prometido. Su misión no será tanto la de anunciar el futuro, ni la de dirigir políticamente al pueblo, cuanto la de mostrar el rostro de Dios. Es lo que vemos en Jesús, que les enseñaba con autoridad y no como los escribas. También ahora el Señor debe ser nuestro profeta, quien nos guíe en el camino de la verdadera liberación, en el éxodo definitivo, que no es el de las cadenas temporales, sino el de los lazos del pecado. Y que no nos lleva a un terreno transitorio, sino a la felicidad definitiva, a la vida eterna.

 Por eso hemos de acudir a Él para conocer cuál es el camino recto. Y escuchar su palabra: en el Evangelio, en la liturgia, en la predicación, en el Magisterio. Profundizar en la doctrina, conocer las enseñanzas del dogma y la moral que enseña la iglesia, que es el cuerpo místico de Cristo. Y transmitirlas a los demás. No podemos quedarnos con ese tesoro para nosotros mismos. El Señor quiere contar con nosotros como profetas para nuestro tiempo, que tengamos un corazón a la medida del suyo.

Para andar ese camino es importante imitar a Moisés o al mismo Cristo: hablar con Dios cara a cara, como se habla con un amigo, buscando su rostro y su voluntad para nosotros en la oración, en la confesión, en la dirección espiritual.  Vayamos concretando en nuestro diálogo con Dios cómo podemos mejorar en esos puntos: si tenemos tiempo fijo y hora fija para esos ratos de intimidad con Dios, con qué intensidad acudimos a esos momentos, aislándonos de las distracciones que nos ofrecen los aparatos electrónicos o nuestra propia imaginación.

Examinemos también con qué periodicidad acudimos al sacramento del perdón, con cuánto propósito de la enmienda, para rechazar las malas inclinaciones. También miremos si podemos animar a otros amigos para que también ellos se beneficien de la misericordia divina. Además, podemos considerar en este momento cómo es nuestra docilidad en la dirección espiritual, que se manifiesta —entre otros puntos— en la puntualidad, en la sinceridad, en el esfuerzo por poner en práctica lo que nos han sugerido.

Volvamos al episodio de la sinagoga de Cafarnaún, con el que empezamos esta meditación. San Marcos relata la curación de un endemoniado: Había precisamente en su sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo y se puso a gritar: «¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios». Jesús lo increpó: «¡Cállate y sal de él!».

El Señor no permite que los demonios manifiesten su naturaleza divina y los obliga a custodiar “el secreto mesiánico”. El papa Benedicto XVI explicaba que Jesús se empeñaba en esa prudencia para evitar una tentación diabólica, la de aplazar el encuentro con la cruz y dedicarse a la farándula, a la vida pública, a la gloria mundana: «La cruz de Cristo será la ruina del demonio; y por eso Jesús no deja de enseñar a sus discípulos que, para entrar en su gloria, debe padecer mucho, ser rechazado, condenado y crucificado, pues el sufrimiento forma parte integrante de su misión» (Ángelus, 1-II-2009).

En la vida ordinaria, Jesús nos habla a través de las alegrías, pero también de las contradicciones. Ayúdanos, Señor, a comprender que la clave de la eficacia apostólica es la unión con el Padre, el amor a su voluntad. Danos la gracia para tomar, como Tú, la decisión de ir a Jerusalén, de tomar la Cruz cada día. Enséñanos a descubrirte en esas circunstancias,  a tener visión sobrenatural.

«La Virgen María guardó en su corazón de madre el secreto de su Hijo y compartió con él la hora dolorosa de la pasión y la crucifixión, sostenida por la esperanza de la resurrección» (Íbidem.).  A Ella acudimos para que nos enseñe a seguir a su Hijo, para que Él sea nuestro maestro, nuestro guía y nuestro modelo. Que sea para nosotros el Camino, la Verdad y la Vida.

sábado, enero 28, 2012

Jesús, el profeta

La liturgia nos presenta un texto de Moisés en el cuarto domingo del tiempo ordinario: el anuncio de la figura del profeta (Dt 18,15-20). Estos personajes, junto con los jueces, los reyes y los sacerdotes, fueron las instituciones que guiaron al pueblo de Israel. En realidad, el primer gran profeta fue Moisés mismo, quien hablaba en nombre de Dios y anunciaba el significado de los sucesos históricos, también de los futuros, por lo cual los israelitas tenían prohibido acudir a hechiceros de ningún tipo, pues con ellos estaba el único Dios.

Pero en la exégesis de este pasaje se ha visto otro anuncio mesiánico: el Señor, tu Dios, suscitará un profeta como yo en medio de tus hermanos; a él lo escucharéis. Pondré mis palabras en su boca, y les dirá lo que yo le mande. En su libro Jesús de Nazaret, el Papa Benedicto explicó varias veces estas palabras: hizo notar que al final del Deuteronomio se dice con nostalgia que, a pesar de todo, no había surgido en Israel otro profeta como Moisés. El pueblo iba madurando la idea de que la llegada a la tierra prometida no lo era todo. Quedaba faltando ese nuevo Moisés que hablara con Dios cara a cara (Dt 34,10).

El libro del Éxodo muestra que la relación de Moisés con Dios tiene sus límites. Está cerca del Señor, pero no puede ver su rostro: solo la espalda: Podrás ver mi espalda, pero mi rostro no lo verás (Ex 33,23). Este hecho le da más fuerza a la promesa: el último profeta, el nuevo Moisés, podrá ver lo que no logró el primero, verá a Dios de verdad cara a cara. Hablará de lo que ha visto en plenitud, no por la espalda. Quiere decir que la Alianza con ese nuevo Moisés será superior a la del Sinaí. Esa sería la esperanza de Israel por muchos siglos…

Por eso se entiende la reacción del pueblo de Cafarnaúm al ver predicar a Jesús en la sinagoga, al comienzo de su vida pública (Mc 1,21-28): Entraron en Cafarnaúm y, en cuanto llegó el sábado, fue a la sinagoga y se puso a enseñar. Y se quedaron admirados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene potestad y no como los escribas.

Jesús es el profeta que enseña con autoridad la Palabra de Dios -Él mismo es el Verbo eterno-. Y confirma su predicación con obras: con milagros, con curaciones, con exorcismos, como vemos en el mismo pasaje evangélico: Se encontraba entonces en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu impuro, que comenzó a gritar: —¿Qué tenemos que ver contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a perdernos? ¡Sé quién eres: el Santo de Dios! Y Jesús le conminó: —¡Cállate, y sal de él! Entonces, el espíritu impuro, zarandeándolo y dando una gran voz, salió de él. Y se quedaron todos estupefactos, de modo que se preguntaban entre ellos: — ¿Qué es esto? Una enseñanza nueva con potestad. Manda incluso a los espíritus impuros y le obedecen. Y su fama corrió pronto por todas partes, en toda la región de Galilea”.

Idéntica reacción se verá más adelante, por ejemplo después de la multiplicación de los panes: Este sí que es el profeta que tenía que venir al mundo (Jn 6,14). O tras el anuncio del agua de la vida, en la fiesta de las Tiendas, cuando la gente dice: Este es de verdad el profeta (Jn 7,40).

Como saben los lectores de su libro, la tesis fundamental del papa teólogo es que Jesús es el nuevo Moisés, el profeta anunciado, que ve a Dios cara a cara. La fundamenta en el testimonio de San Juan: A Dios nadie lo ha visto jamás; el Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer (Jn 1,18). En Jesús, explica Benedicto XVI, se cumple con creces la promesa del nuevo profeta. En Él se ha hecho plenamente realidad lo que en Moisés era sólo imperfecto: Quien ha venido es más que un profeta, es más que Moisés. Él vive ante el rostro de Dios no sólo como amigo, sino como Hijo; vive en la más íntima unidad con el Padre.

El papa alemán concluía su argumentación diciendo que “solo quien es Dios, ve a Dios: Jesús. El habla realmente a partir de la visión del Padre, a partir del diálogo permanente con el Padre, un diálogo que es su vida. Si Moisés nos ha mostrado y nos ha podido mostrar sólo la espalda de Dios, Jesús en cambio es la Palabra que procede de Dios, de la contemplación viva, de la unidad con El”.

Decíamos antes que Jesús es el profeta que enseña con autoridad la Palabra de Dios, porque Él mismo es el Verbo. Así comienza la Carta a los hebreos: En diversos momentos y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas. En estos últimos días nos ha hablado por medio de su Hijo.

Pero la palabra de Jesús no queda anclada en el pasado. Él continúa su magisterio a lo largo del tiempo: con su gracia en las almas, hablando a cada una en la oración y con los sucesos de la vida. La consideración de la jornada en Cafarnaúm que describe San Marcos no puede quedarse en la admiración por el cumplimiento de la profecía o por la autoridad con la que Cristo muestra su divinidad. Debemos darnos cuenta de que Jesús es el profeta que el Padre nos envía a nosotros también hoy. Y hemos de escucharlo con el cuidado y la docilidad con que lo atendían aquellos primeros seguidores suyos.

El Señor nos dio ejemplo también en este aspecto. Y vemos que en Él se cumple la palabra de Moisés, porque nos comunica lo que escucha al Padre. Por eso el Evangelio lo presenta en muchas ocasiones retirado en oración. De allí proviene la autoridad que le reconoce el pueblo a su doctrina, de su contacto permanente con el Padre y con el Espíritu, de su fundamento interior. 

Ese es el compromiso de estas lecturas: escuchar a Jesús como el profeta anunciado, caminar con Él, implicarnos en la comunión con Dios. Es una propuesta revolucionaria, la de trascender los límites humanos y vivir como hijos suyos.  Podemos hacer examen sobre cómo marcha nuestra vida de oración en lo que va del año: si le estamos dedicando los mejores momentos a ese retiro con Dios, o si ya vamos dejando que los avatares del día a día nos obliguen a posponerla, a hacerla en peores circunstancias de tiempo o de lugar. Al comienzo de un nuevo año laboral o académico, aprovechemos este rato de oración para concretar propósitos: tiempo fijo y hora fija para nuestros diálogos con el Señor. Y adelantarlos, cuando tengamos una jornada más apretada.

Jesús nos habla en la oración y en los sucesos de la vida, decíamos. También habla en el Evangelio, como recuerda la Exhortación Verbum Domini. Otro buen propósito para este año es cuidar ese rato diario de lectura del Nuevo Testamento, buscando allí la palabra del Señor para ese día. Lo que allí leamos nos servirá para la jornada, pero también podremos ampliar sus resonancias en nuestra vida más adelante, en la oración.

Además, el Señor también nos habla con el Magisterio de la Iglesia: con las enseñanzas de los papas, de los obispos, de los santos. Por eso, como preparación para el año de la fe, el Papa Benedicto invitó a releer con más frecuencia el Catecismo de la Iglesia y su Compendio. Allí se nos dan, como dice la introducción del Compendio, “todos los elementos esenciales y fundamentales de la fe de la Iglesia, de manera tal que constituye una especie de vademécum, a través del cual las personas, creyentes o no, pueden abarcar con una sola mirada de conjunto el panorama completo de la fe católica”.

El Salmo 94 une, como todos los domingos, la primera lectura con el Evangelio. Al anuncio mosaico del envío de un profeta y a la manifestación de Jesús como el cumplimiento de la profecía, el mediador que enseña con autoridad, la Iglesia responde con una invitación: Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón».

Acudamos a la Virgen Santa, Madre de Cristo y de la Iglesia, para que, con palabras de la introducción al Compendio, puedan todos reconocer y acoger cada vez mejor la inagotable belleza, unicidad y actualidad del Don por excelencia que Dios ha hecho a la humanidad: Su Hijo único, Jesucristo, que es el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14,6).

sábado, enero 31, 2009

Optimismo y esperanza cristiana



Comienza un nuevo año, al menos en lo laboral, para muchos. Aunque ya llevamos un mes, el inicio de febrero nos hace caer en la cuenta de que el año nuevo no da espera: ¡ya gastamos la duodécima parte! Y el inicio de un año siempre crea expectativas: es famoso el chiste del fanático de un equipo malo de fútbol que repite: “este año sí”. Pero también nos acechan miedos: la crisis económica, los vaivenes de la política, las normas que emanarán los gobernantes de turno, si seremos capaces de lograr los objetivos, cómo responderá nuestra salud… En la vida interior, un poco de lo mismo: cómo responderemos a lo que nos pide Dios; dudamos de nuestras capacidades, parece que cada vez fuéramos peores o, al menos, que no mejoramos. Como si las tentaciones fueran mayores o nuestras defensas cada vez más débiles. Por fuera y por dentro se nota la “mancha viscosa que extienden los sembradores del odio”: crece la tentación del pesimismo.

Por otra parte, la liturgia del IV domingo nos muestra motivos para la esperanza: en la primera lectura, el Señor anuncia a Moisés que siempre tendremos un profeta como él: “yo suscitaré en medio de tus hermanos un profeta como tú; pondré mis palabras en su boca y él les dirá lo que yo le mande”. Sabemos que esa promesa se cumplió en Jesucristo, el profeta definitivo y eterno.

En el ciclo B meditamos cada domingo el Evangelio de Jesucristo escrito por San Marcos, el segundo en antigüedad, que reproduce la predicación de Pedro. Aunque hay pocos comentarios de los Padres sobre este Evangelio, es uno de los más valorados actualmente por su cercanía al tiempo de Cristo y su espontaneidad, que facilitan “meterse” más en las escenas, acercarse más a Jesús. En el Evangelio de Marcos se insiste mucho en lo que hoy se llama “el misterio de Jesús”: es decir, el repetido mandato de guardar el secreto de su mesianismo, de su condición de Hijo de Dios.

Es lo que vemos en el primer capítulo (vv. 21-28), donde notamos que se cumple la profecía de Moisés: “Entraron en Cafarnaún y, en cuanto llegó el sábado, fue a la sinagoga y se puso a enseñar. Y se quedaron admirados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene potestad y no como los escribas. Se encontraba entonces en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu impuro, que comenzó a gritar: —¿Qué tenemos que ver contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a perdernos? ¡Sé quién eres: el Santo de Dios! Y Jesús le conminó: —¡Cállate, y sal de él! Entonces, el espíritu impuro, zarandeándolo y dando una gran voz, salió de él. Y se quedaron todos estupefactos, de modo que se preguntaban entre ellos: — ¿Qué es esto? Una enseñanza nueva con potestad. Manda incluso a los espíritus impuros y le obedecen. Y su fama corrió pronto por todas partes, en toda la región de Galilea”.

En el relato vemos precisamente lo que dijimos antes: Jesús rechaza el reconocimiento que le hacen los demonios como Santo de Dios. Pero podemos fijarnos en la conclusión de la escena: la gente queda atónita, “estupefacta”, por la autoridad del nuevo Profeta, que incluso domina a los espíritus maléficos.

Podemos tomarlo como una respuesta a nuestros miedos, a esos malos espíritus que sentimos alrededor y que pueden llenarnos de miedo. Encontramos la razón última del anuncio de los dos recientes Papas a la humanidad: “no tengáis miedo”, nos repiten. Vienen a la memoria unas palabras de San Josemaría que han llenado de optimismo a muchos:  

Es posible que muchas veces triunfe aquí el enemigo de Dios. Pero eso no nos va a retraer de trabajar, porque Cristo también está aquí triunfando, en medio de los hombres. Todas las criaturas -también Satanás y sus espíritus malignos- se rinden ante la majestad de Jesucristo y le sirven. El Señor sigue triunfando ahora en medio de los hombres. Cristo no ha fracasado: su vida y su doctrina están fecundando continuamente la tierra. ¡Optimistas, pues!”

Lo vimos en el Evangelio, y lo notamos también hoy: Cristo también está aquí triunfando, en medio de los hombres. Aunque a veces no se note, aunque parezca que vence el mal, El Señor sigue triunfando ahora en medio de los hombres. La conclusión, contemplando el relato de hoy, no puede ser otra que: ¡Optimistas, pues!

Pero la actitud cristiana supera con mucho al optimismo humano. Los hijos de Dios sabemos que en Cristo se cumple la promesa de Moisés: es uno de nuestros hermanos, en su boca están las palabras de Dios y nos dice lo que manda el Señor. Es más: se encuentra de continuo junto a nosotros. Y nos manda: Duc in altum! ¡Mar adentro y echad vuestras redes para la pesca! (Lc 5,4). Por eso, superamos todos los temores, porque Él está comandando la barca. Y si sentimos miedo, nos repite: “Tened confianza. Soy Yo. No temáis” (Mt 14, 27).

El Apóstol de las gentes nos enseña que la esperanza “no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado”. Y esa esperanza nos impulsa a enfrentar el nuevo año con conciencia de misión: “Movidos por la fuerza de la esperanza, lucharemos para borrar la mancha viscosa que extienden los sembradores del odio, y redescubriremos el mundo con una perspectiva gozosa, porque ha salido hermoso y limpio de las manos de Dios, y así de bello lo restituiremos a El” (San Josemaría, Amigos de Dios, n. 219).

Redescubrir el mundo: mirarlo con el filtro de la mirada divina, que ―al crearlo― vio que era bueno. Adquirir la perspectiva gozosa del materialismo cristiano: el mundo es bueno, porque viene de Dios y porque la vida y la doctrina de Cristo están fecundando continuamente la tierra. Pero la esperanza no es pasiva: nos mueve a esa maravillosa misión de restituirle a Dios el mundo hermoso, limpio y bello.

La esperanza, enseña el Compendio del Catecismo de la Iglesia (n. 387), “es la virtud teologal por la que deseamos y esperamos de Dios la vida eterna como nuestra felicidad, confiando en las promesas de Cristo, y apoyándonos en la ayuda de la gracia del Espíritu Santo para merecerla y perseverar hasta el fin de nuestra vida terrena”. Esta virtud nos enseña el verdadero valor de las cosas de la tierra, que no son más que instrumentos para alcanzar el verdadero bien, que es el Señor.

Decíamos al comienzo que, ante el empuje de un nuevo año, podemos sentirnos incapaces. Puede ser una situación buena, si nos lleva a reaccionar humildemente, acudiendo a Dios, apoyándonos en la ayuda de la gracia del Espíritu Santo, no en nuestras fuerzas. 

La esperanza nos ayuda a vencer todas las asechanzas del enemigo. Por eso San Pablo (1 Tes 5,8) también nos invita a que “estemos revestidos con la coraza de la fe y de la caridad, con el yelmo de la esperanza de salvación”. Ese yelmo nos ayudará a mantener fija la cabeza, con la mirada en el cielo.

Para esta batalla contamos con el apoyo de Nuestra Madre, María. Ella, “Esperanza nuestra”, cuidará de nosotros cada que la invoquemos, especialmente cuando estemos más necesitados. Nos lo garantiza la misma Palabra de Dios, no solo al comienzo del Nuevo Testamento, en el Evangelio de Marcos, sino también al final, en el último libro de la Biblia. Como explica Benedicto XVI, “Todas las fuerzas de la violencia del mundo parecen invencibles, pero María nos dice que no lo son. La Mujer, como nos muestran el Apocalipsis y el Evangelio, es más fuerte porque Dios es más fuerte. Ciertamente, en comparación con el dragón, tan armado, esta Mujer, que es María, que es la Iglesia, parece indefensa, vulnerable. Y realmente Dios es vulnerable en el mundo, porque es el Amor, y el amor es vulnerable. A pesar de ello, él tiene el futuro en la mano; vence el amor y no el odio; al final vence la paz (Homilía 15-VIII-06).