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martes, diciembre 08, 2015

Inmaculada Concepción: Causa de nuestra alegría, Virgen purísima y Madre de misericordia.

La liturgia que celebra la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María nos ayuda a considerar varios aspectos de la piedad filial mariana. En concreto, podemos meditar sobre tres jaculatorias dirigidas a la Virgen: Causa de nuestra alegría, Virgen purísima y Madre de misericordia.
Causa de nuestra alegría, en primer lugar. La antífona de entrada nos pone desde el comienzo en un ambiente de júbilo: Desbordo de gozo en el Señor, y me alegro con mi Dios: porque me ha puesto un traje de salvación, y me ha envuelto con un manto de justicia, como novia que se adorna con sus joyas (Is 61,10). Estas palabras corresponden a la exclamación del pueblo de Dios agradecido por haber experimentado la misericordia y el consuelo de Dios durante el duro camino de vuelta desde el exilio de Babilonia (Cf. Benedicto XVI. Homilía, 13-V-2010). San Juan Pablo II dice que es como un Magníficat.
Desbordo de gozo en el Señor, y me alegro con mi Dios. Es la primera idea de esta festividad, una invitación a deleitarse con la alegría de la gracia, a descubrir que el secreto de la felicidad humana está en la decisión de optar por Dios. Por eso el Evangelio del día se recrea en el saludo del Ángel, que es como la justificación de la solemnidad (Lc 1,28): Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo (Chaîre kecharitomene, ho Kyrios meta sou).
Estas palabras, que tradicionalmente se traducen como un simple saludo normal («Ave», en latín; «Dios te salve», en castellano), en realidad tienen mucho trasfondo bíblico. De hecho, aparecen cuatro veces en la versión griega del Antiguo Testamento, y siempre en relación con la alegría que debe causar la promesa del Mesías: el canto de Sofonías, libro cortísimo pero trascendental con su famosa profecía: Alégrate hija de Sion, grita de gozo Israel, regocíjate y disfruta con todo tu ser (So 3, 14); el de Joel: No temas, tierra; goza y alégrate (Jl 2, 21); o la de Zacarías, que nos recuerda el domingo de ramos: ¡Salta de gozo, Sión; alégrate, Jerusalén! Mira que viene tu rey, justo y triunfador, pobre y montado en un borrico, en un pollino de asna (Za 9, 9); más la promesa mesiánica en medio de las Lamentaciones: ¡Alégrate y salta de júbilo, hija de Edón!; también a ti llegará la copa (Lm 4, 21).
Por todas partes la Iglesia nos invita a festejar, esa es la clave del cristianismo: gózate, alégrate, regocíjate, disfruta. Benedicto XVI concluía un comentario sobre la Anunciación diciendo que el saludo del ángel a María es «una invitación a la alegría, a una alegría profunda, que anuncia el final de la tristeza que existe en el mundo ante el límite de la vida, el sufrimiento, la muerte, la maldad, la oscuridad del mal que parece ofuscar la luz de la bondad divina. Es un saludo que marca el inicio del Evangelio, de la Buena Nueva» (Discurso, 19-XII-2012).
Con la concepción de María comienza la plenitud de los tiempos. La Iglesia del Nuevo Testamento arranca su andadura. Y por eso su conmemoración es una explosión de alegría en medio del Adviento. Celebramos, en primer lugar, que Dios haya querido preparar una «digna morada para el Hijo», como dice la oración Colecta de la Misa. Gracias, Señor, por ese designio salvador para la humanidad entera, y para cada uno de tus hijos. Gracias por tu Madre, que también es Madre nuestra, gracias por su respuesta generosa, y llena de santidad, que es modelo de nuestra correspondencia a la propia vocación. Por eso la llamamos en el Rosario «Causa de nuestra alegría», porque con su sí al llamado divino hizo posible que entrara en la tierra la historia de la redención.
Quizá es san Pablo el que mejor esboza una teología de la vocación en su carta a los efesios (1,3-6), segundo texto escogido para enriquecer la celebración de la Virgen Inmaculada: Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos. El apóstol explica en qué consiste esa bendición: Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor. San Josemaría consideraba, con base en estas palabras paulinas, que también nosotros —tanto como la Virgen, aunque con misiones distintas— «somos hijos de Dios, escogidos por llamada divina desde toda la eternidad» (ECP, 160). Y concluía que «esta elección gratuita, que hemos recibido del Señor, nos marca un fin bien determinado: la santidad personal» (AD, 2).
Así entramos en la segunda jaculatoria que pensábamos considerar en esta meditación. La santidad de María se remonta al primer momento de su existencia, como pregona el Prefacio de la Misa: «Preservaste a la Virgen María de toda mancha de pecado original, para que en la plenitud de la gracia fuese digna madre de tu Hijo. Purísima había de ser, Señor, la Virgen que nos diera el Cordero inocente que quita el pecado del mundo». Virgen Purísima. ¡Qué gusto da pronunciar estos piropos dirigidos a nuestra Madre! Así lo hace un himno de la Liturgia de las Horas: «Porque es justo, porque os ama, porque vais su madre a ser, os hizo Dios tan purísima como Dios merece y es». Se entiende, en este contexto, la tradicional petición a la Virgen: «Ave María, Purísima, sin pecado concebida: rogad por nosotros que recurrimos a Vos».
Al presentarnos a María como Virgen purísima, el Señor nos enseña que Ella es el modelo de la respuesta a esa vocación que nos ha concedido desde antes de crear el mundo, desde antes del pecado original. Por eso en la primera lectura nos remontamos al primer relato de la expulsión del paraíso, durante la cual Dios mismo hizo la primera promesa mesiánica, el protoevangelio, al declarar a la serpiente: pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia; esta te aplastará la cabeza cuando tú la hieras en el talón.
San Juan Pablo II reunió, en su encíclica mariana, las dos lecturas bíblicas que enmarcan el Evangelio de la Anunciación: «María, Madre del Verbo encarnado, está situada en el centro mismo de aquella “enemistad”, de aquella lucha que acompaña la historia de la humanidad en la tierra y la historia misma de la salvación. María permanece así ante Dios, y también ante la humanidad entera, como el signo inmutable e inviolable de la elección por parte de Dios, de la que habla la Carta paulina. Esta elección es más fuerte que toda experiencia del mal y del pecado, de toda aquella “enemistad” con la que ha sido marcada la historia del hombre. En esta historia María sigue siendo una señal de esperanza segura» (RM, n.11).
En el triunfo de la Virgen Purísima sobre el pecado estamos incluidos —y llamados— cada uno de nosotros. La celebración de la Inmaculada Concepción no es solo para admirar, sino para comprometernos a imitar la fidelidad de nuestra Madre. Por ese motivo, el prefacio de la Misa no solo resalta la Concepción Inmaculada de María, su pulcritud original, sino que también pondera las consecuencias para sus hijos en la Iglesia: el Señor la preservó para que fuera no solo la digna madre de Jesús, sino también el «comienzo e imagen de la Iglesia, esposa de Cristo, llena de juventud y de limpia hermosura» (Prefacio).
Con estas palabras descubrimos que ese texto del prefacio de la Misa es un tratado de mariología, pero también de eclesiología: no solo retrata a la Virgen, sino que esboza una figura de lo que cada uno de nosotros debe ser. Y así llegamos a la tercera idea: al agradecer a Dios por la Virgen como Causa de nuestra alegría y darnos cuenta de la llamada a ser santos como la Virgen Purísima, quizá surja la tentación del desaliento al ver nuestra indignidad, y también nuestra incapacidad para acoger un objetivo tan elevado.
Por esa razón, la liturgia nos presenta al mismo tiempo a la Virgen como Madre de misericordia. Ese es el motivo por el cual podemos alegrarnos en esta fiesta a pesar de nuestras debilidades: nosotros formamos parte de ella, somos continuadores de ese linaje de gracia, miembros de la familia de Dios en el mundo, que es la Iglesia. Y ese es otro motivo por el que convenía que la Virgen fuera concebida sin pecado original: como sigue diciendo el Prefacio, se trataba de entregarnos «el Cordero inocente que quita el pecado del mundo», pero también de que Ella sería la «Purísima que, entre todos los hombres, es abogada de gracia, y ejemplo de santidad».
María no es solo modelo de entrega a la vocación, sino también abogada ante el Corazón de su Hijo cuando el nuestro se quiera rebelar. Por eso anunció el papa Francisco en la bula Misericordiae vultus que la solemnidad de la Inmaculada Concepción «indica el modo de obrar de Dios desde los albores de nuestra historia. Después del pecado de Adán y Eva, Dios no quiso dejar la humanidad en soledad y a merced del mal. Por esto pensó y quiso a María santa e inmaculada en el amor (cfr Ef 1,4), para que fuese la Madre del Redentor del hombre. Ante la gravedad del pecado, Dios responde con la plenitud del perdón. La misericordia siempre será más grande que cualquier pecado y nadie podrá poner un límite al amor de Dios que perdona».
El santo Padre ha dicho que su insistencia en este tema no fue invención suya, sino inspiración del Espíritu Santo. Desde el inicio de su pontificado, ha sido un mensaje que ha calado profundamente en todas las almas, también las de muchas personas que llevaban años y décadas sin acercarse al sacramento de la reconciliación: «Dios no se cansa de perdonar, somos los hombres los que nos cansamos de pedir perdón».
La Virgen no solo es la Madre de la misericordia, la abogada que intercede por nosotros ante su Hijo, sino que también sale a nuestro encuentro, nos busca para que vayamos a reconciliarnos con ese Padre bueno que nos espera con los brazos abiertos. Ella nos invita a acoger la misericordia divina, a que volvamos a la casa del Padre, como enseña la parábola del hijo pródigo: «la misericordia que Dios muestra nos ha de empujar siempre a volver. Hijos míos, mejor es no marcharse de su lado, no abandonarle; pero si alguna vez por debilidad humana os marcháis, regresad corriendo. Él nos recibe siempre, como el padre del hijo pródigo, con más intensidad de amor» (San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 27-III-1972, citado por Echevarría J., Carta pastoral, 5-XII-2015).
Una manera concreta de resellar ese compromiso de imitar a nuestra Madre es proponernos rezar con mayor atención el Santo Rosario. El papa Francisco cuenta que él aprendió a rezarlo mejor viendo cómo lo hacía san Juan Pablo II: «Una tarde fui a rezar el Santo Rosario que dirigía el Santo Padre. Él estaba delante de todos, de rodillas. El grupo era numeroso. Veía al Santo Padre de espaldas y, poco a poco, fui entrando en oración. No estaba solo: rezaba en medio del pueblo de Dios al cual yo y todos los que estábamos allá pertenecíamos, conducidos por nuestro Pastor. En medio de la oración me distraje mirando la figura del Papa: su piedad, su unción era un testimonio. Y el tiempo se me desdibujó; y comencé a imaginarme al joven sacerdote al seminarista, al poeta, al obrero, al niño de Wadowice... en la misma posición en que estaba ahora: rezando Ave María tras Ave María. Y el testimonio me golpeó. Sentí que ese hombre, elegido para guiar a la Iglesia, recapitulaba un camino recorrido junto a su Madre del cielo, un camino comenzado desde su niñez. Y caí en la cuenta de la densidad que tenían las palabras de la Madre de Guadalupe a san Juan Diego: “No temas. ¿Acaso no estoy yo aquí, que soy tu Madre?” Comprendí la presencia de María en la vida del Papa. El testimonio no se perdió en un recuerdo. Desde ese día rezo cotidianamente los 15 misterios del Rosario» (Ivereigh, El gran reformador, p. 371).

Madre nuestra, que has sido elegida por Dios como nuestro ejemplo de santidad: alcánzanos la gracia de una nueva mudanza en nuestra vida, para que preparemos el pesebre de nuestro corazón desterrando el pecado y luchando por crecer en unión con tu Hijo Jesucristo. Causa de nuestra alegría, Virgen purísima y Madre de misericordia, ruega por nosotros.

miércoles, septiembre 09, 2015

El nacimiento de la Virgen María

Nueve meses después de celebrar la Inmaculada Concepción de María, la Iglesia conmemora su nacimiento el 8 de septiembre. Y en la liturgia de esta fiesta se repite la invitación al gozo, a la alegría, como es natural en la celebración familiar del cumpleaños de la Madre. Pero en este caso es más explicable aún, porque hablamos del nacimiento de la Madre de Dios y madre nuestra: «Por Ti, los hijos de la tierra comenzaron a serlo también del Cielo, pues ambos órdenes quedaron entre sí admirablemente reconciliados» (Himno de Laudes).


Con el nacimiento de María se aproxima la plenitud de los tiempos, la llegada de aquel momento esperado a lo largo de los siglos, para el cual Dios mismo había ido preparando a su pueblo desde Abraham, pasando por Moisés y los profetas, como Miqueas —cuyo oráculo se lee en la primera lectura de la Misa: Y tú, Belén Efratá, pequeña entre los clanes de Judá, de ti voy a sacar al que ha de gobernar Israel; sus orígenes son de antaño, de tiempos inmemoriales. Por eso, los entregará hasta que dé a luz la que debe dar a luz—.
Esa enigmática mujer (la que debe dar a luz) se identificaría más adelante con la profetizada en Isaías 7,14 (Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Enmanuel). Ha nacido por fin como una chiquilla más de una aldea cercana a Jerusalén, no lejos de la piscina probática, fruto tardío del matrimonio de Ana y Joaquín. De genealogía privilegiada, aunque su máximo esplendor sería el que llegaría varios años más tarde, como dice otro himno de la liturgia: «Oh María, Virgen Reina, del linaje de David, más noble todavía por tu Hijo, que por tu estirpe».
Por eso se entiende la exultación de san Andrés de Creta, el famoso mariólogo citado en el Oficio de lecturas: «El nacimiento de la Madre de Dios es el exordio de todo este cúmulo de bienes, exordio que hallará su término y complemento en la unión del Verbo con la carne que le estaba destinada (…). Hoy ha sido construido el santuario creado del Creador de todas las cosas, y la creación, de un modo nuevo y más digno, queda dispuesta para hospedar en sí al supremo Hacedor».
La Misa de la fiesta comienza con una invitación gozosa: «Celebremos con júbilo el Nacimiento de la santísima Virgen María, de ella salió el sol de justicia, Cristo, nuestro Dios». En la Anunciación, el Arcángel san Gabriel la saludará con la misma invitación a la alegría: Chaire, alégrate, llena de gracia. Así arranca el Nuevo Testamento y de la misma forma concluye: con los Ángeles invitando a la alegría de la resurrección. La fiesta del nacimiento de María es un anticipo del gozo que significará la llegada del Dios hecho hombre. Como explica Benedicto XVI, «conviene comprender el verdadero significado de la palabra chaire: ¡Alégrate! Con este saludo del ángel —podríamos decir— comienza en sentido propio el Nuevo Testamento (…). La alegría aparece en estos textos como el don propio del Espíritu Santo, como el verdadero don del Redentor. Así pues, en el saludo del ángel se oye el sonido de un acorde que seguirá resonando a través de todo el tiempo de la Iglesia y que, por lo que se refiere a su contenido, también se puede percibir en la palabra fundamental con la cual se designa todo el mensaje cristiano en su conjunto: el Evangelio, la Buena Nueva».
Si nos preguntamos qué otra motivación puede tener esa alegría, encontraremos la respuesta en la oración colecta de la Misa, que pide al Señor el don de su gracia «para que, cuantos hemos recibido las primicias de la salvación por la maternidad de la Virgen María, consigamos aumento de paz en la fiesta de su Nacimiento». ¿De qué paz pedimos aumento? De la que recibimos en primicias con la natividad de María, de la paz que proviene de sabernos in spe salvi, salvados por Jesucristo. La paz, la alegría, de sabernos hijos de Dios, justificados, partícipes de su gracia santificante: redimidos, pacificados, perdonados.
Precisamente en esa línea es muy oportuno que el Evangelio de la Misa sea la genealogía de Jesús según san Mateo, que incluye personas de toda condición social y moral: desde grandes personajes como Abraham, Isaac y Jacob, pasando por reyes, hasta gente común y corriente, incluyendo conocidos pecadores. Benedicto XVI concluía que «la genealogía, con sus figuras luminosas y oscuras, con sus éxitos y sus fracasos, nos demuestra que Dios también escribe recto con los renglones torcidos de nuestra historia. Dios nos deja nuestra libertad y, sin embargo, sabe encontrar en nuestro fracaso nuevos caminos para su amor. Dios no fracasa. Así esta genealogía es una garantía de la fidelidad de Dios, una garantía de que Dios no nos deja caer y una invitación a orientar siempre de nuevo nuestra vida hacia Él, a caminar siempre nuevamente hacia Cristo».
En la misma línea, san Josemaría comentaba que «en la genealogía de Jesucristo, encontramos hombres y mujeres —antepasados de José y de María— que a veces no fueron un modelo. Con esa lección, seguro que la Madre de Dios quiere que consideremos que Ella, siendo toda limpia —¡Inmaculada! —, nos acepta con nuestras manchas. Y cuando nos acercamos a Ella y a Jesús, con la conciencia limpia, con la voluntad llena de buenos deseos, entonces todo lo pasado no cuenta. Podemos rehacer nuestra vida, y para eso a lo largo de la jornada habremos de rectificar el rumbo más de una vez».
Es una de las grandes enseñanzas de esta fiesta, el principal motivo de nuestro gozo y nuestra paz: Dios conoce nuestras miserias, pero no nos rechaza por ellas. Al contrario, ha venido a nuestro encuentro, ha enviado a su Hijo para hacernos hermanos suyos, y en su misericordia nos garantiza la gracia necesaria para vencer contra las tentaciones del diablo: «Quiero que vosotros y yo  —concluye San Josemaría— tengamos esa visión de lucha; que no perdamos nunca de vista que en la vida interior es necesario pelear sin desánimo; que no nos desalentemos cuando al intentar servir a Dios, no una vez sino muchas, tengamos que rectificar».
Justo cuando se acerca el Jubileo de la Misericordia, damos gracias a Dios por haberse desbordado en su amor hacia nosotros, queriendo que nos llamáramos hijos suyos y también de su Madre. Conociendo nuestras malas inclinaciones, vino a nuestro encuentro para liberarnos, para redimirnos, como recordamos en la Oración sobre las ofrendas: «Jesús, que con su nacimiento no menoscabó su integridad, sino que la santificó, nos libre del peso de nuestros pecados».
La paz que pedíamos en la oración colecta es entonces la verdadera paz: la paz de la conciencia, de sabernos reconciliados con Dios, libres del peso de nuestros pecados. No impecables, no inmaculados como María, sino perdonados una y otra vez en el sacramento de la misericordia que su hijo nos ganó muriendo por nosotros en la Cruz. Por esa razón la antífona de comunión recuerda a Mt 1,21: la Virgen dará a luz un hijo que salvará al pueblo de sus pecados.
En el patíbulo del Calvario Jesús mismo nos entregó a su Madre como Madre nuestra. Es como una manifestación externa del perdón que nos estaba consiguiendo. Por eso uno de los títulos con los que más frecuentemente la llamamos es «Madre de Misericordia», porque sabemos que Ella es el atajo para volver a su Hijo cuando lo perdemos por el pecado; que Ella es la luz que ilumina el camino verdadero en tiempos de borrascas interiores; que también intercede ante Dios para alcanzarnos las gracias que necesitamos en las batallas de la lucha ascética. Es lo que ilustra la petición del Himno de Vísperas: «Dejando lejos lo antiguo, trasplántanos a este germen nuevo, donde, por Ti, se confiere a los hombres un sacerdocio regio. Desata con tus preces el nudo de nuestras culpas y por medio de tus méritos, condúcenos hasta el Premio del Cielo».
Considerar la omnipotencia de María, madre de Misericordia, nos llena de esperanza para nuestro combate interior. Un buen propósito es acudir con más frecuencia a su intercesión. Pero ojalá pudiéramos buscarla desinteresadamente, para manifestarle nuestro amor filial. Renovemos en este momento el deseo de saludar con más frecuencia las imágenes de la Virgen que nos encontramos en nuestra casa, en las calles que recorremos habitualmente y en el lugar de trabajo. Pensemos cómo afinar en la piedad mariana: podríamos tenerla en cuenta desde el primer momento de la jornada, llevar el escapulario y usarlo como recordatorio para la presencia de Dios, rezar el Ángelus al medio día, descubrir su papel en el santo sacrificio de la Misa, y acudir a Ella para que nos ayude a dar gracias con más piedad después de recibir a su Hijo en la Eucaristía. También es posible revivir esas oraciones marianas que aprendimos quizá desde pequeños: Bendita sea tu pureza…, Oh Señora mía, oh Madre mía…, el Acordaos…
Desde luego, quizás el mejor propósito, para vivir toda la vida cobijados por el manto de la Virgen, es cuidar cada día más el rezo del santo Rosario. Impresiona mucho leer el testimonio de monseñor Bergoglio sobre la santidad del papa Juan Pablo II. Viéndolo rezar el Rosario descubrió en su piedad mariana («Totus tuus» era su lema pontificio) la clave para la vida espiritual del cristiano: «Una tarde fui a rezar el Santo Rosario que dirigía el Santo Padre. Él estaba delante de todos, de rodillas. El grupo era numeroso. Veía al Santo Padre de espaldas y, poco a poco, fui entrando en oración. No estaba solo: rezaba en medio del pueblo de Dios al cual yo y todos los que estábamos allá pertenecíamos, conducidos por nuestro Pastor. En medio de la oración me distraje mirando la figura del Papa: su piedad, su unción era un testimonio. Y el tiempo se me desdibujó; y comencé a imaginarme al joven sacerdote al seminarista, al poeta, al obrero, al niño de Wadowice... en la misma posición en que estaba ahora: rezando Ave María tras Ave María. Y el testimonio me golpeó. Sentí que ese hombre, elegido para guiar a la Iglesia, recapitulaba un camino recorrido junto a su Madre del cielo, un camino comenzado desde su niñez. Y caí en la cuenta de la densidad que tenían las palabras de la Madre de Guadalupe a san Juan Diego: «No temas. ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?» Comprendí la presencia de María en la vida del Papa. El testimonio no se perdió en un recuerdo. Desde ese día rezo cotidianamente los quince misterios del Rosario». (Ivereigh, El gran reformador, p. 371).

«¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?», nos sigue recordando la Virgen santa, cuyo nacimiento celebramos. Como dice el papa Francisco en la convocatoria para el nuevo año jubilar: «El pensamiento se dirige ahora a la Madre de la Misericordia. La dulzura de su mirada nos acompañe en este Año Santo, para que todos podamos redescubrir la alegría de la ternura de Dios (…). Al pie de la cruz, María junto con Juan, el discípulo del amor, es testigo de las palabras de perdón que salen de la boca de Jesús. El perdón supremo ofrecido a quien lo ha crucificado nos muestra hasta dónde puede llegar la misericordia de Dios. María atestigua que la misericordia del Hijo de Dios no conoce límites y alcanza a todos sin excluir a ninguno. Dirijamos a ella la antigua y siempre nueva oración del Salve Regina, para que nunca se canse de volver a nosotros sus ojos misericordiosos y nos haga dignos de contemplar el rostro de la misericordia, su Hijo Jesús» (MV, n.24).

jueves, abril 03, 2014

Curación del paralítico de Betzata


Después de la curación del hijo del funcionario real, el capítulo quinto del evangelio de san Juan continúa con otro milagro: el autor sagrado demuestra con hechos la realidad de las afirmaciones que más adelante formulará Jesús, cuando manifieste su divinidad.

Después de esto se celebraba una fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. De acuerdo con su costumbre, el autor del cuarto evangelio ubica temporalmente el suceso de acuerdo con las fiestas judías. Para Benedicto XVI es muy probable que se trate de Pentecostés, aunque algunos digan que podría ser la Pascua. Luego viene la  ubicación espacial: Hay en Jerusalén, junto a la puerta de las ovejas, una piscina, llamada en hebreo Betzata, que tiene cinco pórticos, bajo los que yacía una muchedumbre de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos. En el siglo XIX se encontraron los vestigios de esta piscina, al nororiente de la ciudad, junto a la puerta llamada también probática, porque era el sitio por donde entraban los animales ―entre ellos las ovejas (próbata, en griego)― que se sacrificarían en el Templo.

Los alrededores de la piscina estaban ocupados por muchos pordioseros, que esperaban la curación en aquellas aguas que tenían fama de milagrosas. Jesús entra por esa puerta a Jerusalén ―quizás para no llamar la atención, pero también para estar cerca de las personas que sufrían― y de inmediato su afán de almas le lleva a obrar el bien: Estaba allí un hombre que padecía una enfermedad desde hacía treinta y ocho años. Jesús, al verlo tendido y sabiendo que llevaba ya mucho tiempo, le dijo: —¿Quieres curarte? Desde luego, es una pregunta retórica para facilitar el diálogo con aquella alma a la cual llegará la salvación esa mañana. La respuesta nos servirá para hacer nuestro diálogo con el Señor. El enfermo le contestó: —Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se mueve el agua; mientras voy, baja otro antes que yo.

No tengo a nadie, hominem non habeo. Estas son unas palabras que nos deben golpear con frecuencia en nuestro diálogo con el Señor. Pensemos cuántos paralíticos tenemos a nuestro alrededor, esperando la ocasión propicia para acercarse a Dios, y cuántos de ellos no encuentran quién les señale el camino, alguien que les dé ejemplo, que los acompañe en el proceso de aproximación a esa fuente de aguas vivas que es el corazón de Jesús: «Piensan con frecuencia los hombres que nada les impide prescindir de Dios. Se engañan. Aunque no lo sepan, yacen como el paralítico de la piscina probática: incapaces de moverse hacia las aguas que salvan, hacia la doctrina que pone alegría en el alma. La culpa es, tantas veces, de los cristianos; esas personas podrían repetir hominem non habeo, no tengo ni siquiera uno que me ayude» (San Josemaría, “Lealtad a la Iglesia”).

Comprometámonos con el Señor en este momento. Sin creernos mejores que nadie, pensemos que tenemos un tesoro para compartir con los demás, que es la amistad con Jesucristo, la doctrina clara sobre su misericordia para todos: «Todo cristiano debe ser apóstol, porque Dios, que no necesita a nadie, sin embargo nos necesita. Cuenta con nosotros para que nos dediquemos a propagar su doctrina salvadora» (Ibidem). Miremos en este momento a cuál amigo en concreto podríamos acercarnos, como hizo Jesús con el paralítico, y llevarle a la salud espiritual que proviene de Dios.

El Maestro, aun sabiendo las consecuencias en su contra que conllevaría su acción, se presenta como ese hombre que el pobre paralítico había esperado durante toda su vida, y le indica: —Levántate, toma tu camilla y ponte a andar. El efecto es inmediato: Al instante aquel hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar. Aquel hombre, después de una vida entera postrado, obedece con prontitud. Después de un instante de desconcierto, empieza a sentir la  fuerza en sus miembros y se levanta con decisión. Contemplar su respuesta pronta nos puede servir para que comparemos nuestra débil contestación, muchas veces retrasada con excusas injustificadas. Quizás padecemos otro tipo de parálisis, la espiritual, que podemos considerar a la luz de las acciones del pordiosero que estamos contemplando.

También es san Josemaría quien hace esa exégesis novedosa, en un texto escrito originalmente como Instrucción para sus hijos espirituales y que al final quedó recogido y ampliado en el n.168 de Forja: «Hay una sola enfermedad mortal, un solo error funesto: conformarse con la derrota, no saber luchar con espíritu de hijos de Dios. Si falta ese esfuerzo personal, el alma se paraliza y yace sola, incapaz de dar frutos... ―Con esa cobardía, obliga la criatura al Señor a pronunciar las palabras que El oyó del paralítico, en la piscina probática: «hominem non habeo!»¡no tengo hombre! ―¡Qué vergüenza si Jesús no encontrara en ti el hombre, la mujer, que espera!» (cf. Instrucción, 1-IV-1934, nn. 96s, citada en Rodríguez P., Edición crítica de Camino, n. 761).

Señor: no queremos fallarte con nuestra cobardía, con nuestra dejadez, con la falta de lucha que paraliza el alma. Ayúdanos, como al paralítico de Betzata, para que nos levantemos con presteza, con el espíritu de hijos tuyos. Que te busquemos con nuestro esfuerzo en esos puntos concretos que nos han señalado en la dirección espiritual o en la confesión, ¡que puedas contar con nosotros, a pesar de que seamos tan poca cosa!

El relato continúa con la discusión sobre el sábado y la naturaleza de Jesús: Aquel día era sábado. Entonces le dijeron los judíos al que había sido curado: —Es sábado y no te es lícito llevar la camilla. Él les respondió, con palabras que recuerdan a las del ciego de nacimiento: —El que me ha curado es el que me dijo: «Toma tu camilla y anda». Un hombre que tiene el poder de curar una enfermedad de casi cuarenta años de duración es un profeta y tiene todo el derecho de indicar cómo se vive mejor la restricción laboral del sábado.

Pero también como en el caso del ciego, las autoridades preguntan: —¿Quién es el hombre que te dijo: «Toma tu camilla y anda»? Quizás sospechan que ha regresado a la Ciudad Santa aquel profetilla del norte con ínfulas mesiánicas. El hombre que había sido curado no sabía quién era, pues Jesús se había apartado de la muchedumbre allí congregada. Poco después, Jesús se le hace el encontradizo y le da un último consejo, más importante que la misma curación. Después de esto lo encontró Jesús en el Templo y le dijo: —Mira, estás curado; no peques más para que no te ocurra algo peor.

No peques más. El Señor nos hace ver que la limitación física es un mal relativo, pues no separa de Dios, sino que, al contrario, puede unir bastante a la Cruz que el mismo Dios quiso cargar por nosotros. Jesucristo nos enseña con este pasaje que el verdadero mal no es el dolor o la enfermedad, sino la ofensa a Dios. El pecado es la auténtica parálisis espiritual. Como enseña el Catecismo, «El pecado mortal destruye la caridad en el corazón del hombre por una infracción grave de la ley de Dios; aparta al hombre de Dios, que es su fin último y su bienaventuranza, prefiriendo un bien inferior. El pecado venial deja subsistir la caridad, aunque la ofende y la hiere» (n.1855).

Como al paralítico de Jerusalén, el Señor nos saca de esa postración del pecado por medio del sacramento de la alegría, que es la Reconciliación. Así lo explica Ocáriz, al recomendar la práctica de la confesión frecuente. Dice que es necesario «mostrar la grandeza del amor de Dios, que nos espera siempre con los brazos abiertos, que nos sale al encuentro, para levantarnos, purificarnos, fortalecernos, dándonos además la seguridad de su perdón mediante las palabras del confesor. San Josemaría llamaba en ocasiones al sacramento de la Penitencia, “sacramento de la alegría”; la alegría que surge del corazón de quien se sabe liberado del mal y personalmente amado por Dios» (Dios, Iglesia y mundo).

Se marchó aquel hombre y les dijo a los judíos que era Jesús el que le había curado. Da testimonio de la verdad, sin saber que aquellas palabras acarreaban dificultades para el Señor. El cuarto evangelista concluye el pasaje mostrando la respuesta de esas autoridades a una revelación tan palmaria de su divinidad: Por esto los judíos con más ahínco intentaban matarle, porque no sólo quebrantaba el sábado, sino que también llamaba a Dios Padre suyo, haciéndose igual a Dios.

Acudamos a la Virgen Santísima, que contemplaría con dolor cómo rechazaban aquellos hombres el amor que su Hijo había traído al mundo, su cobardía, su pecado, su parálisis espiritual. Y pidámosle que la nuestra sea una respuesta como la del paralítico: inmediata, decidida. Que rechacemos el pecado como el único verdadero mal, y que acerquemos a nuestros amigos a la Confesión, sacramento de la alegría. De esta manera, Jesús encontrará en nosotros «el hombre, la mujer, que espera». 

lunes, febrero 03, 2014

Curación del endemoniado de Gerasa

Después del discurso de las parábolas, Marcos narra una serie de milagros de Jesús, con los cuales los discípulos van profundizando en la naturaleza de su Maestro (es reiterativa la pregunta: ¿quién es éste?), hasta concluir con la respuesta de Pedro en Cesarea de Filipo: Tú eres el Hijo de Dios vivo.
El primer prodigio es la tempestad calmada, que muestra el poder de Dios sobre la naturaleza y que también simboliza su protección a la Iglesia en medio de las tempestades con las que debe enfrentarse en este mundo. El siguiente milagro es el que consideraremos en esta meditación: la curación del endemoniado de Gerasa, al llegar a la otra orilla del mar. Al comienzo de su actividad, ya Jesús había hecho un exorcismo en la sinagoga de Cafarnaún. Ahora, en tierra de gentiles, también su primer portento es una expulsión del demonio: Y llegaron a la orilla opuesta del mar, a la región de los gerasenos. Gerasa estaba en la Decápolis, una región de paganos, como se nota por la presencia de una piara de cerdos, que los judíos no podían cuida ni comer. Estaba ubicada unos 48 kms al sudeste del mar de Galilea.
Nos habla del afán misionero de nuestro Señor, Luz de las naciones, que no limita su afán apostólico al pueblo hebreo, sino que está abierto a todas las gentes. También nosotros debemos compartir esas ansias de llevar el mensaje divino hasta el último rincón del mundo: «Quienes han encontrado a Cristo no pueden cerrarse en su ambiente: ¡triste cosa sería ese empequeñecimiento! Han de abrirse en abanico para llegar a todas las almas. Cada uno ha de crear –y de ensanchar– un círculo de amigos, sobre el que influya con su prestigio profesional, con su conducta, con su amistad, procurando que Cristo influya por medio de ese prestigio profesional, de esa conducta, de esa amistad» (S. Josemaría Escrivá, Surco, n.193). 
Con ese espíritu se entiende una anécdota del venerable Álvaro del Portillo: «Durante los desplazamientos, también procuraba transmitir su amor a Dios a las personas que conocía de manera casual: en una iglesia, por la calle, entre el personal de los aviones o de los aeropuertos. Así, estando de paso en París, encontró a un joven africano en la Catedral de Notre Dame. Le saludó y entabló una conversación afectuosa. El joven se sintió atraído por el cariño y el celo sacerdotal de don Álvaro, y después comenzó a escribirle. Como consecuencia de ese trato, decidió entrar en el seminario y, con el tiempo, recibió la ordenación sacerdotal. Ahora, es párroco en Ottawa (Canadá), y en su oficina campea una foto de don Álvaro, al que se dirige afectuosamente llamándole “papá”» (Medina, 2012, 588).
Pero volvamos a la escena en Gerasa: Apenas salir de la barca, vino a su encuentro desde los sepulcros un hombre poseído por un espíritu impuro, que vivía en los sepulcros y nadie podía tenerlo sujeto ni siquiera con cadenas; porque había estado muchas veces atado con grilletes y cadenas, y había roto las cadenas y deshecho los grilletes, y nadie podía dominarlo. Y se pasaba las noches enteras y los días por los sepulcros y por los montes, gritando e hiriéndose con piedras. Es una escena macabra. Aparece un hombre que vivía en los sepulcros y por los montes, sitios reservados para la incomunicación, el riesgo, el desamparo. Es una representación gráfica de la pérdida de la dignidad que conlleva caer en la muerte y la oscuridad que entraña el pecado, una lamentable realidad que encadena y aparta de la comunión con Dios y con los hombres. Y que a quien más daña es al mismo pecador, quien termina haciéndose daño también a sí mismo.   
Ese es el principal efecto del demonio en las personas. Más que las manifestaciones espectaculares que difunden algunas películas, el daño más grave que nos puede causar es apartarnos de Dios y de los hombres al arrastrarnos a pecar. Como escribía don Álvaro del Portillo: «Pretende Lucifer que no nos percatemos de que las iniquidades —grandes o pequeñas— que se oponen al reinado de Cristo en las almas proceden concretamente de que las tres concupiscencias de las que nos habla san Juan —la soberbia de la vida, la avaricia, la sensualidad (cfr. 1 Jn2, 16)— arraigan en el corazón humano como fuerzas devastadoras (…). Por esto —y María nos previene contra esta diabólica estrategia—, Satanás está tan obstinado en que no se interesen los hombres por la vida interior, en que no aprecien la necesidad de luchar, en que no se descubra la relación estrecha entre los pecados personales y la oposición al reinado de Cristo en el alma de los hombres. (Carta pastoral, 2-II-1979, n.16. Publicado en 2013, n. 204)
Es llamativo el diálogo entre el diablo y nuestro Señor: los demonios usan el nombre de Jesús tratando de dominarlo. Parece que no sabían propiamente quién era e intentaban engañarlo con estrategias dialécticas: Al ver a Jesús desde lejos, corrió y se postró ante él; y gritando con gran voz, dijo: —¿Qué tengo yo que ver contigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? ¡Te conjuro por Dios que no me atormentes! –porque le decía: «¡Sal, espíritu impuro, de este hombre!»
Por lo visto, el demonio empezaba a experimentar la potencia divina, se daba cuenta de que el Reino de Dios empezaba a irrumpir en aquellos tiempos. Casciaro (1994) explica que los exorcismos muestran que el demonio iba perdiendo su poder sobre los hombres, signo de que habían llegado los tiempos mesiánicos. Y que las victorias de Cristo sobre Satanás habían comenzado con el ayuno y las tentaciones de Jesús en el desierto, y tendrían su momento culminante en la Cruz y que alcanzará su meta definitiva en el juicio universal. Vemos entonces la importancia que tienen la oración y la penitencia. Esa es la batalla en la que estamos involucrados: la implantación del Reino de Dios en nuestro tiempo, pero antes que nada en nosotros mismos. El triunfo de Cristo es una llamada a la esperanza, al optimismo sobrenatural, pues ―como dice san Pablo― para los que aman a Dios, todas las cosas son para bien.
Jesús se dirige al demonio invasor. Si el diablo no pudo sacarle el nombre a Jesús, el Señor demuestra su poder obligándolo a identificarse. Y le preguntó: —¿Cuál es tu nombre? Le contestó: —Mi nombre es Legión, porque somos muchos. Y le suplicaba con insistencia que no lo expulsara fuera de la región. Había por allí junto al monte una gran piara de cerdos paciendo. Y le suplicaron: —Envíanos a los cerdos, para que entremos en ellos. Y se lo permitió. Salieron los espíritus impuros y entraron en los cerdos; y la piara, alrededor de dos mil, se lanzó corriendo por la pendiente hacia el mar, donde se iban ahogando.
Eficacia de la palabra divina. Lo mismo que en este caso, así ocurre con nuestros pecados que son anulados con la fórmula sacramental de la penitencia, que deberíamos buscar con más frecuencia y contrición. Como predicaba don Álvaro del Portillo: «Todos tenemos al alcance de la mano los medios idóneos para vencer el pecado y crecer en amor de Dios. Estos medios son los sacramentos de la Iglesia, de modo especial la Confesión y la Eucaristía. Hoy, al pensar en la Inmaculada, en aquella que no tiene mancha, podemos preguntarnos: ¿cuál es mi actitud ante el sacramento de la Penitencia? ¿Me acerco con la oportuna frecuencia a este tribunal de misericordia, en el que Dios mismo perdona nuestras culpas? ¿Hago bien el examen de conciencia, y me confieso antes de comulgar cuando mi alma se haya manchado por una ofensa grave a Dios? ¿Reconozco mis pecados, sin esconderlos ni disimularlos, y los confieso al sacerdote, que me escucha en nombre del Señor? ¿Estoy dispuesto a luchar para que Dios Nuestro Señor reine en mi alma? ¿Alejo de mí las ocasiones próximas de pecado?» (Homilía, 8-XII-1979, recogida en 2013, n.251)
Los porqueros huyeron y lo contaron por la ciudad y por los campos. Y acudieron a ver qué había pasado. Llegaron junto a Jesús, y vieron al que había estado endemoniado –al que había tenido a «Legión»– sentado, vestido y en su sano juicio. Sería la ocasión de agradecer a Dios por haberlos visitado, de congratularse por haber recuperado a su vecino sano y salvo, por haberle devuelto su dignidad. Pero el evangelista añade que les entró miedo. Pero no solo es temor, sino avaricia. Y lo expulsan de sus terrenos –de donde los demonios no querían salir- por haberles echado a perder un buen capital representado en los dos mil cerdos: Los que lo habían presenciado les explicaron lo que había sucedido con el que había estado poseído por el demonio y con los cerdos. Y comenzaron a rogarle que se alejase de su región.
La actitud del antiguo endemoniado es distinta: En cuanto él subió a la barca, el que había estado endemoniado le suplicaba quedarse con él; pero no lo admitió, sino que le dijo: —Vete a tu casa con los tuyos y anúnciales las grandes cosas que el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti. Se fue y comenzó a proclamar en la Decápolis lo que Jesús había hecho con él. Y todos se admiraban. El geraseno le pide formar parte de los discípulos, pero el Señor le manifiesta que su vocación es quedarse en su sitio, con sus parientes y vecinos, pero igualmente apostólica. Ser enviado en su lugar, anunciar la misericordia del Señor: «Para que las personas que tratamos escuchen las mociones del Señor, que a todos llama a la santidad, se requiere que vivan habitualmente en estado de gracia. Por eso, el apostolado de la Confesión cobra una importancia particular. Sólo cuando media una amistad habitual con el Señor —amistad que se funda sobre el don de la gracia santificante—, las almas están en condiciones de percibir la invitación que Jesucristo nos dirige: “Si alguno quiere venir en pos de mí...” (Mt 16, 24)» (Carta pastoral, 1-XII-1993, recogida en 2013, n.350).

Acudamos a la Virgen Inmaculada, para pedirle que nos haga tan delicados con el Señor como Ella: que nos ayude a rechazar hasta el más mínimo pecado venial deliberado, a huir de todas las ocasiones de ofender a Dios, que nos dé ese amor a la Confesión propio de las almas santas y que seamos, como el geraseno del Evangelio, apóstoles de la misericordia divina. 

domingo, marzo 17, 2013

La mujer adúltera


En el camino cuaresmal hacia el monte del Calvario, el quinto domingo de este período penitencial nos presenta una escena singular (Jn 8,1-11). Tan llamativa, que fue omitida en varios códices antiguos del Evangelio de san Juan. Como si los editores se sintieran escandalizados por la misericordia de Jesús. Sin embargo, la Iglesia siempre la ha considerado canónica, inspirada por el Espíritu Santo: Jesús marchó al Monte de los Olivos. Muy de mañana volvió de nuevo al Templo, y todo el pueblo acudía a él; se sentó y se puso a enseñarles.

Jesús nos da ejemplo de oración y de amor a las almas. Y aquellos habitantes de Jerusalén nos enseñan la importancia de acudir al encuentro con Él, para acoger sus enseñanzas. En medio de su labor magisterial, se empezó a escuchar un barullo que rompía la tranquilidad del Templo. Los escribas y fariseos trajeron a una mujer sorprendida en adulterio y la pusieron en medio.

No deja de ser llamativa y estrambótica la escena. Imaginemos a esa pobre mujer, humillada, con la reputación por el suelo: el pecador que la acompañó en su delito la abandonó en el castigo, los jueces la acusaron a ella pero al otro lo dejaron ir en paz.  Maestro le dijeron―, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio.

No conocemos los detalles de la historia. Pero imaginamos el consejo de san Bernardo: siempre hemos de pensar bien de las personas, aunque las veamos actuar mal: “¡muy grande habrá sido la tentación!”, puede ser la disculpa que se les puede ofrecer.

Esta escena del Evangelio nos ayuda a entender la magnitud del pecado. Podemos confrontar la situación de esta mujer con la del otro pecador, que contemplamos la semana pasada: con el hijo pródigo, que terminó cuidando cerdos. Ambos experimentaron la abyección, la soledad, el abandono, el rechazo de la comunidad a la que los sometió su conducta extraviada.

Esta mujer padece la traición del marido (algunos comentaristas suponen que pudo haber caído en una trampa que le tendió quien quería repudiarla para quedar libre y asumir una nueva esposa con todas las bendiciones), también la traición del cómplice y de los vecinos. Quizás había caído en esa situación por envidia o en venganza, quién sabe. 

En cualquier caso, su situación es similar a la del hijo pródigo, que había caído en una situación inferior a la de los animales más despreciados en la religión judía. Es el escenario del abandono y soledad que padece el pecador, antesala del infierno. Como dice el Concilio Vaticano II, “El pecado es, en definitiva, una disminución del hombre mismo, que le impide alcanzar la propia plenitud” (GS 13). 

Mientras la tentación nos presenta el pecado como la máxima fuente de autoafirmación, de placer, de crecimiento, en realidad es el mayor fracaso de nuestra vocación a la felicidad. En cambio, la virtud ―la santidad― es la que nos lleva a desarrollar de manera más completa nuestra potencialidad. Por eso los más grandes hombres y mujeres, los más avanzados, los más completos y los que más bien han hecho a los demás han sido siempre los santos.

El tiempo de Cuaresma nos invita a reconocernos pecadores. Como decía el Cardenal Bergoglio cuando le  preguntaron cómo examinaba su vida y su ministerio delante de Dios: «No quiero mandarme la parte, pero la verdad es que soy un pecador a quien la misericordia de Dios amó de una manera privilegiada. Desde joven, la vida me puso en cargos de gobierno —recién ordenado sacerdote fui designado maestro de novicios, y dos años y medio después, provincial— y tuve que ir aprendiendo sobre la marcha, a partir de mis errores porque, eso sí, errores cometí a montones. Errores y pecados. Sería falso de mi parte decir que hoy en día pido perdón por los pecados y las ofensas que pudiera haber cometido. Hoy pido perdón por los pecados y las ofensas que efectivamente cometí».

Muy diferente es la actitud de los acusadores de la mujer adúltera: Moisés en la Ley nos mandó lapidar a mujeres así; ¿tú qué dices? Este es otro pecado que poco se comenta al meditar la escena de la mujer adúltera. El pecado de los acusadores, que miran la paja en el ojo ajeno pero no ven la viga en el propio. Como explica Mons. Echevarría, «en la dificultad para la comprensión y la compasión, influye también la ignorancia de las propias culpas: cuando no se reconocen los pecados personales, se descubren sólo las faltas de los demás y se les acusa sin piedad, como quedó patente en el episodio de la mujer adúltera» (Eucaristía y vida cristiana).

Siguiendo en esta segunda línea, la cuaresma nos invita a mejorar nuestro espíritu de examen, a reconocer nuestras culpas. En eso consistía, en últimas, la falla de los acusadores, que terminaron cayendo en soberbia, en envidia y en deseos de acabar con Dios: —se lo decían tentándole, para tener de qué acusarle. Habían maquinado la caída de la mujer, pero en realidad iban buscando motivos para atacar a Jesús. En realidad, la adúltera era un medio para el deicidio. Un pecado lleva a otro. Y mientras tanto, llamaban “Maestro” a Jesús, se presentaban como los adalides del derecho y la religión. Porque no se conocían. No se daban cuenta de los verdaderos móviles de su actuación.

Examen. «Mira tu conducta con detenimiento. Verás que estás lleno de errores, que te hacen daño a ti y quizá también a los que te rodean. –Recuerda, hijo, que no son menos importantes los microbios que las fieras. Y tú cultivas esos errores, esas equivocaciones –como se cultivan los microbios en el laboratorio–, con tu falta de humildad, con tu falta de oración, con tu falta de cumplimiento del deber, con tu falta de propio conocimiento... Y, después, esos focos infectan el ambiente. –Necesitas un buen examen de conciencia diario, que te lleve a propósitos concretos de mejora, porque sientas verdadero dolor de tus faltas, de tus omisiones y pecados» (San Josemaría Escrivá, Forja, 481).

Ahora veamos cuál es, en cambio, la actitud del Señor: Pero Jesús, se agachó y se puso a escribir con el dedo en la tierra. ¿Qué escribías, Señor, en aquella polvareda de Jerusalén? No lo sabemos. Solo nos has transmitido la continuación de la escena, con tu veredicto final, que es antológico: Como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: —El que de vosotros esté sin pecado que tire la piedra el primero. Y agachándose otra vez, siguió escribiendo en la tierra.

La provocación había sido artera: lo habían puesto a escoger entre la ley de Moisés y la misericordia que tanto predicaba. Como en la pregunta por los impuestos del César o la resurrección de la mujer casada siete veces, la argumentación ponía contra las cuerdas al Maestro de Nazaret. Sin embargo, como en los otros casos, la respuesta es sencilla y contundente. La ley sigue vigente, pero la misericordia de Dios es mayor que nuestra maldad. Y todos somos pecadores, no solamente los reconocidos públicamente como tales. Estos, vale la pena recordarlo, llevarán la delantera en el reino de los cielos (Mt 21,31).

Pero tampoco podemos cargar las tintas sobre los acusadores, pues al menos tienen un gesto noble en el pasaje que estamos contemplando: Al oírle, empezaron a marcharse uno tras otro, comenzando por los más viejos, y quedó Jesús solo, y la mujer, de pie, en medio. Porque también hubieran podido aferrarse a la convicción de su inocencia y comenzar la lapidación. Pero aquel anciano que se marchó de primero dando ejemplo a los demás merece una consideración especial. Reconoció sus pecados, se dio cuenta ―fue una gracia que le concedió el Dios que tenía en frente― que no tenía ningún derecho a recriminar los pecados ajenos sin mirarse a sí mismo.

La escena concluye de una manera esplendorosa: Jesús se incorporó y le dijo: —Mujer, ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado? —Ninguno, Señor –respondió ella. Le dijo Jesús: —Tampoco yo te condeno

Como ha explicado el Papa Francisco, «el rostro de Dios es el de un padre misericordioso, que siempre tiene paciencia. (…) El problema es que nos cansamos de pedir perdón. Él no se cansa nunca de perdonar, pero nosotros, a veces, nos cansamos de pedir perdón. ¡No nos cansemos nunca, no nos cansemos nunca! Él es el Padre amoroso que siempre perdona, que tiene un corazón de misericordia para todos nosotros. Y así nosotros aprendemos a ser misericordioso con todos. Invoquemos la intercesión de la Virgen que tuvo entre sus brazos la Misericordia de Dios hecha hombre». 

Que también nosotros sepamos acudir al Sacramento de la misericordia en esta cuaresma, para escuchar como dirigidas a nosotros las palabras del Señor a la mujer adúltera: vete y a partir de ahora no peques más.

viernes, junio 29, 2012

Resurrección de la hija de Jairo y curación de la hemorroísa


Después del exorcismo al endemoniado de Gerasa, Jesús atravesó de nuevo en barca a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor y se quedó junto al mar (Mc 5,21). El Señor regresa de la zona oriental del lago, de donde había sido rechazado porque había echado a perder una numerosa piara. Para aquellas personas, fue más fuerte el dolor por la desaparición de unos cerdos que la alegría por la salud del joven coterráneo. Nosotros nos situamos junto a los doce apóstoles y la gran muchedumbre, ansiosos de escuchar las enseñanzas del Maestro.

Sin embargo, una escena inesperada interrumpe la predicación: un hombre importante, miembro del consejo de ancianos de la sinagoga local, logra hacerse paso entre la multitud y acercarse a Jesucristo. Cuando llega a su presencia, hace un gesto de humildad: Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies, rogándole con insistencia: «Mi niña está en las últimas; ven, impón las manos sobre ella, para que se cure y viva». Jesucristo acepta la humilde petición del jefe de la sinagoga, no se hace de rogar, y movido por su infinita misericordia hacia las personas que sufren se fue con él y lo seguía mucha gente que lo apretujaba.

El Evangelio nos presenta el drama de la muerte. En este caso, más dura aún, por tratarse de una niña de doce años. La liturgia de la Iglesia relaciona este pasaje con unas palabras del libro de la Sabiduría (1,13-2,24), que ofrecen una esperanza para el morir: Dios no ha hecho la muerte, ni se complace destruyendo a los vivos. Él todo lo creó para que subsistiera. El libro de la Sabiduría aclara que la muerte no estaba prevista en el diseño original de Dios. Esta obra significa una madurez de la revelación, al abrir la esperanza religiosa a la eternidad con el Señor.

El Evangelio amplía esa enseñanza, como vemos en el inserto que san Marcos incluye de camino a la casa de Jairo: se trata del episodio de la hemorroísa, que con su fe logró un milagro esperado por años: Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Había sufrido mucho a manos de los médicos y se había gastado en eso toda su fortuna; pero, en vez de mejorar, se había puesto peor. Si la primera escena nos planteaba el drama de la muerte, la impureza legal que padecía esta mujer ofrece otro interrogante relacionado con él: la contrariedad del sufrimiento humano, del mal, de su origen y su posible solución. Si Dios hizo todo bueno, ¿cómo se explica la maldad en el mundo? ¿Por qué hay tanta injusticia, tanta corrupción? ¿Por qué sufren los inocentes como la hemorroísa― y gozan los malvados como Barrabás o el epulón―? Yendo más lejos, ¿Por qué la muerte, si tenemos ansias de inmortalidad? ¿Por qué muere una niña joven, como la hija de Jairo?

Son preguntas que se han hecho las personas desde los comienzos de la humanidad, y el libro de la Sabiduría ofrece una respuesta que también se remonta al principio, al pecado original: Dios creó al hombre incorruptible y lo hizo a imagen de su propio ser. El texto sagrado subraya que Dios hizo buenos al mundo y al hombre. Es más: al ser humano lo creó a su imagen y semejanza, nos hizo libres. No quiso esclavos autómatas, sino personas que pudieran dialogar con Él como los hijos con su Padre. Mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo. Y los primeros padres cayeron libremente en la trampa del mal, pecaron y —en consecuencia— comenzó la mortalidad de los seres humanos.

Sin embargo, la Sagrada Escritura enseña que lo verdaderamente importante no es la muerte física, sino la muerte espiritual —el pecado— que es la causa de todos los males, el único verdadero mal: «como consecuencia del pecado original, la naturaleza humana quedó debilitada en sus fuerzas, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al dominio de la muerte, e inclinada al pecado (inclinación llamada “concupiscencia”)» (CCCE, n.418). Dios creó al ser humano para el bien y para la eternidad, pero el pecado ocasionó la tendencia hacia el mal y la muerte. El Señor no creó esas inclinaciones, la culpa fue de la soberbia humana, que llevó a usar de modo erróneo el tesoro de la libertad. Sin embargo, el pecado no es la última palabra, pues ya en el mismo Génesis (3,15) Dios promete un redentor de esa culpa. Se trata de su Hijo, al que vemos cumpliendo esa misión en el pasaje del Evangelio que estamos meditando.

Volvamos a pensar en la hemorroísa: Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando: «Con solo tocarle el manto curaré». Aquella mujer era consciente de su debilidad y decide acercarse al que la puede curar. También nosotros tenemos miserias, del cuerpo y del espíritu. Aprovechemos este rato de oración para hacer examen, para reconocer nuestros vicios y para pedir a Dios que nos ayude a rechazarlos cada vez con más firmeza. Señor: queremos ser fieles a tu misión de luz, rechazar las obras de las tinieblas; aborrecer la más pequeña insinuación de pecado, aunque sea venial. Ayúdanos con tu gracia cada vez que la envidia del diablo remueva nuestra concupiscencia y nos presente más atractivo el camino de la muerte, como hizo con Adán y Eva. Ayúdanos a aprovechar la gracia que nos llega con los sacramentos, especialmente en la Reconciliación y en la Eucaristía. De esa manera, recomenzaremos todas las veces que haga falta en esos puntos concretos que más nos cuestan y experimentaremos la sensación de salud que advirtió la hemorroísa: Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias y notó que su cuerpo estaba curado.

Pero la historia no termina aquí, pues Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió enseguida, en medio de la gente y preguntaba: «¿Quién me ha tocado el manto?». Jesús conocía de sobra todo lo que había sucedido, pero consideró conveniente que aquella mujer hiciera pública la gracia recibida, para bien de ella y de quienes la escuchaban —incluidos nosotros, muchos siglos más tarde—. Mientras los discípulos se sorprenden por la pregunta (Ves cómo te apretuja la gente y preguntas: «¿Quién me ha tocado?»), la mujer se acercó, al comprender lo que le había ocurrido, se le echó a los pies y le confesó toda la verdad. Ya estaba curada de su enfermedad física, pero permanecía con miedo, asustada y temblorosa, sin saber qué le iba a pasar. De esa manera comienza la segunda parte del milagro, que es la curación del alma.

Confesar toda la verdad es parte de la virtud de la sinceridad, un elemento muy importante en el camino de la lucha ascética y, por tanto, de la santidad. El Señor saca grandes bienes de nuestra sencillez: desde el punto de vista psicológico, nos sirve para desahogarnos, incluso para aclarar las diversas facetas del asunto que nos remuerde; por lo que concierne a la ascética, nos garantiza la compañía de la oración y el consejo de quien escucha nuestra confidencia —que, obviamente, debe ser la persona adecuada: el Buen Pastor de nuestras almas—. Además, también nos ayuda a crecer en humildad, una virtud que es manifestación, «fruto y señal» de la fe que es la protagonista de los milagros que estamos contemplando: tanto la hemorroísa como Jairo tuvieron mucha fe para acercarse a tocar el manto de Jesús o a pedirle un favor casi imposible, pero también para abandonarse por completo ante su Palabra (Cf. S, n.324).

El segundo signo de Jesús, la salvación espiritual, es el más importante y definitivo, por esa razón proclama con solemnidad: Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu enfermedad. «¿Te persuades de cómo ha de ser nuestra fe? Humilde. ¿Quién eres tú, quién soy yo, para merecer esta llamada de Cristo? ¿Quiénes somos, para estar tan cerca de Él? Como a aquella pobre mujer entre la muchedumbre, nos ha ofrecido una ocasión. Y no para tocar un poquito de su vestido, o un momento el extremo de su manto, la orla. Lo tenemos a Él. Se nos entrega totalmente, con su Cuerpo, con su Sangre, con su Alma y con su Divinidad. Lo comemos cada día, hablamos íntimamente con Él, como se habla con el padre, como se habla con el Amor. Y esto es verdad. No son imaginaciones» (AD, n.199).

Mientras tanto, el padre de la niña moribunda escuchaba el diálogo y la conclusión que acabamos de considerar. En su interior pediría a Dios que le diese una fe como la de esta mujer, que permitiera un milagro como el que ella había recibido. Sin embargo, todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: «Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?». Una lanzada profunda atravesaría el alma de Jairo. Pensaría con dolor en el tiempo que habían perdido con aquella mujer, y sentiría como Marta, la hermana de Lázaro, en otra ocasión: si hubieras llegado a tiempo mi hija no hubiera fallecido… Sin embargo, también recordaría las palabras elogiosas para la hemorroísa: tu fe te ha salvado. El mismo Señor se lo recalcó: «No temas; basta que tengas fe».

La gente se dispersaría con facilidad, al ver que el caso no daba esperanza. Los tres discípulos más cercanos, los mismos que más adelante acompañarían a Jesús en el Tabor y en Getsemaní, fueron los elegidos para acompañarle en esta situación hasta entonces inaudita. Llegan a casa del jefe de la sinagoga y encuentra el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos y después de entrar les dijo: «¿Qué estrépito y qué lloros son estos? La niña no está muerta; está dormida». Se reían de él. Jairo continúa en su prueba de fe: ya no hay multitudes, ni siquiera el conjunto de los doce discípulos. Solo están Jesús, los tres testigos, su esposa y él. Los vecinos más cercanos le retiran toda esperanza. Y la posibilidad que Jesús plantea, a la que Jairo se aferra como última ilusión, desaparece para su familia en medio de unas burlas. Es probable que en alguna ocasión el Señor permita que nos enfrentemos a situaciones que exijan muchísima fe, como la hemorroísa con su enfermedad de doce años o como Jairo, creyendo contra toda posibilidad. Pero esa virtud teologal debe crecer cada día, en la vida ordinaria; por esa razón debemos pedírsela a Dios, ejercitarla con frecuencia, profundizar en las verdades doctrinales y transmitirla a nuestros conocidos.

Pero él los echó fuera a todos y, con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes, entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo: Talitha qumi (que significa: «Contigo hablo, niña, levántate»). La niña se levantó inmediatamente y echó a andar; tenía doce años. Y quedaron fuera de sí llenos de estupor. Los verbos que utiliza el evangelista en esta escena para narrar el «levantamiento» de la niña son los mismos que usará después para describir la resurrección de Jesús. Alcanzan plenitud las enseñanzas del libro de la Sabiduría: Dios no ha hecho la muerte, ni se complace destruyendo a los vivos. Él todo lo creó para que subsistiera. Dios creó al hombre incorruptible y lo hizo a imagen de su propio ser. Si el Señor cuida así de la existencia terrenal de una persona, ¿qué no hará por nuestra salud espiritual?


Por eso el milagro más significativo no es la salud de la hemorroísa, ni la resurrección del cuerpo. Lo importante es la salud del alma, que recibimos en el sacramento de la penitencia y que fortalecemos en la Eucaristía. Por ese motivo, Jesús le dijo a la hemorroísa: tu fe te ha salvado. Considerando estos dos milagros se colige que «no es la confianza en un gesto mágico lo que puede salvar, sino el encuentro personal con Jesús mediante la fe» (Fabris, citado por Casciaro, 1994, p. 327). Por eso mismo concluimos nuestra oración, conscientes de que el Señor se dirige hoy a nosotros como antes a Jairo: No temas, basta que tengas fe. Y le respondemos, acudiendo a la intercesión de la Virgen, Maestra de fe y de humildad, con otras peticiones del Evangelio: Señor, yo creo, pero ayuda mi falta de fe. ¡Auméntame la fe!

viernes, noviembre 19, 2010

Cristo Rey

Llegamos hoy al último domingo del año litúrgico y lo celebramos con la Solemnidad de Cristo, festejado como Rey del Universo: “Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza y el honor. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos”, decimos en la Antífona de entrada, con el Apocalipsis. 

¿Pero qué significa ese reinado? ¿En qué consiste? ¿Para qué sirve? ¿Tiene sentido hablar de un reinado de Jesús cuando la Iglesia parece hacer agua por todos lados? ¿O se trata de los últimos esfuerzos del moribundo: cuando pierde fuerza humana, intenta reclamar para sí el poder de su Fundador?

Las lecturas de la Misa nos ayudan a encuadrar cómo se debe entender el reinado de Jesús. Benedicto XVI dice que parecen un tríptico: la coronación de David como Rey, Cristo en la Cruz, el himno cristológico de San Pablo a los colosenses. Y comienza la exégesis por el cuadro central: la crucifixión de Jesús. 

No deja de ser llamativo que, para celebrar el reinado de Cristo, la Iglesia ponga a nuestra consideración la escena de un perdedor. El prefacio de la Misa aclara que esto se debe a que el Señor consumó el misterio de la redención humana ofreciéndose a sí mismo como víctima perfecta y pacificadora en el altar de la cruz. Jesús, en lo alto del monte Calvario, es blanco de las burlas de todos los asistentes. San Lucas (23,35-43) presenta tres tipos de escarnios: por parte de las autoridades, de los soldados, de un malhechor compañero de suplicio.

El pueblo estaba mirando, y los jefes se burlaban de él y decían: —Ha salvado a otros, que se salve a sí mismo, si él es el Cristo de Dios, el elegido. Esos títulos se los atribuía el pueblo a Jesús, viendo que en Él se cumplían las promesas hechas a David, que había sido elegido como Rey (primera lectura, 2 Sam 5,1ss) y como tal ungido (“Mesías” en hebreo, que traducido al griego se escribe “Cristo”). Cuando los jefes se burlan, hacen ver que Jesús no es el prometido Hijo de David.

Los soldados se burlaban también de él; se acercaban y ofreciéndole vinagre  decían: —Si tú eres el Rey de los judíos, sálvate a ti mismo. A los soldados romanos no les interesan títulos judíos, sino la figuración política. Como Jesús había sido condenado por el riesgo de atentar contra el poder del César, la burla va en esa línea: Jesús no es el Rey de los judíos.

San Lucas se detiene en un detalle de la escenografía en el calvario: Encima de él había una inscripción: «Éste es el Rey de los judíos». Y transcribe el parlamento de un compañero de condena, que blasfema: Uno de los malhechores crucificados le injuriaba diciendo: — ¿No eres tú el Cristo? Sálvate a ti mismo y a nosotros.  

Algunos Padres de la Iglesia dicen que aquí aparece el demonio, tentando a Cristo como había hecho tres años antes, en el desierto: que se salve a sí mismo, si él es el Cristo de Dios, el elegido; si tú eres el Rey de los judíos, sálvate a ti mismo; sálvate a ti mismo y a nosotros. ¡Cómo resonarían en los momentos finales de Jesús, con las pocas fuerzas que le quedaban, esas palabras tentadoras y humanamente atractivas!


Parece que Lucas jugara con el lector. En los capítulos anteriores de su Evangelio insistía en Cristo como salvador: desde el nacimiento, pasando por el episodio de la mujer adúltera o el de Zaqueo. En este pasaje, parece imposible esa salvación pedida para él y para sus compañeros. O quizá es que estos personajes no han entendido en qué consiste la verdadera salvación...

San Lucas, el evangelista de la misericordia divina, es el único que transcribe el último diálogo de Jesús antes de morir, con el llamado "buen ladrón": Pero el otro le reprendía: — ¿Ni siquiera tú, que estás en el mismo suplicio, temes a Dios? Nosotros estamos aquí justamente, porque recibimos lo merecido por lo que hemos hecho; pero éste no ha hecho ningún mal. Los compañeros de patíbulo con Cristo eran, probablemente, dos zelotes (revolucionarios políticos,  enemigos del poder romano). Aunque algunos exégetas dicen que no se nota un arrepentimiento en las palabras de Dimas, parece que al reconocer que sí merece el castigo, lo está haciendo.

Además, como si fuera poco, se dirige al Señor: —Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino. Con esas palabras lo reconoce como Dios, pues ese “acuérdate” es el verbo utilizado en las oraciones judías de ese tiempo. Le pide a Cristo que, en el futuro, cuando establezca su reinado definitivo, tenga compasión de aquel malhechor.

El reinado de Jesús se descubre en la respuesta del Señor. El aparente perdedor, en el patíbulo más humillante, corresponde con generosidad a esta súplica. Y le respondió: —En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso. Jesús promete no solo la participación en el reino, al final de los tiempos, sino que en ese mismo instante compartiría la suerte suya, estaría con Él.  

San Josemaría contaba que había meditado muchas veces esta escena, al cantar la estrofa del himno eucarístico que dice: “pido lo que pidió el ladrón arrepentido”, y que siempre se conmovía: “Reconoció que él sí merecía aquel castigo atroz... Y con una palabra robó el corazón a Cristo y "se abrió" las puertas del Cielo” (Vía Crucis, 12.4). 

En una homilía sobre la fiesta de Cristo Rey, explicaba más extensamente que “quien entiende el reino que Cristo propone, advierte que vale la pena jugarse todo por conseguirlo: es la perla que el mercader adquiere a costa de vender lo que posee, es el tesoro hallado en el campo. El reino de los cielos es una conquista difícil: nadie está seguro de alcanzarlo, pero el clamor humilde del hombre arrepentido logra que se abran sus puertas de par en par. Uno de los ladrones que fueron crucificados con Jesús le suplica: Señor, acuérdate de mí cuando hayas llegado a tu reino. Y Jesús le respondió: en verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Es Cristo que pasa, 180).

Benedicto XVI cita a dos Padres de la Iglesia que comentan este pasaje: “San Cirilo de Alejandría escribe: "Lo ves crucificado y lo llamas rey. Crees que el que soporta la burla y el sufrimiento llegará a la gloria divina" (Comentario a san Lucas, homilía 153). Según el evangelista san Juan, la gloria divina ya está presente, aunque escondida por la desfiguración de la cruz. Pero también en el lenguaje de san Lucas el futuro se anticipa al presente cuando Jesús promete al buen ladrón: Hoy estarás conmigo en el paraíso (Lc 23, 43). 

Por su parte, San Ambrosio observa: "Este rogaba que el Señor se acordara de él cuando llegara a su reino, pero el Señor le respondió: "En verdad, en verdad te digo, hoy estarás conmigo en el paraíso". La vida es estar con Cristo, porque donde está Cristo allí está el Reino" (Exposición sobre el evangelio según san Lucas 10, 121)”.

Concluye el Papa su comentario: “Así, la acusación: Este es el rey de los judíos, escrita en un letrero clavado sobre la cabeza de Jesús, se convierte en la proclamación de la verdad. San Ambrosio afirma también: "Justamente la inscripción está sobre la cruz, porque el Señor Jesús, aunque estuviera en la cruz, resplandecía desde lo alto de la cruz con una majestad real" (ib., 10, 113)”.

Señor: también nosotros somos malhechores y queremos reconocerte como nuestro Rey, pedirte que te acuerdes de nosotros. Perdona nuestros pecados, repetimos, haciendo nuestras las palabras que nos enseñaste a pronunciar en el Padrenuestro, donde también pedimos: Venga a nosotros tu Reino.

Jesucristo Rey, que triunfa sobre el pecado. En eso consiste el verdadero reinado. No en banderías humanas, pasajeras y necesariamente contaminadas de error, como las que mencionábamos al comienzo de esta meditación. Por eso pediremos en la Misa: “Dios todopoderoso y eterno, que quisiste fundar todas las cosas en tu Hijo muy amado, Rey del universo; haz que toda criatura, liberada de la esclavitud del pecado, sirva a tu majestad y te alabe eternamente”. 

En eso consiste la participación en el reinado de Cristo: en luchar para liberarnos de la esclavitud del pecado. Y así lo explica Orígenes, en una lectura del Oficio de la fiesta: “si queremos que Dios reine en nosotros, procuremos que de ningún modo el pecado siga dominando nuestro cuerpo mortal, antes bien, mortifiquemos todo lo terreno que hay en nosotros y fructifiquemos por el Espíritu; de este modo, Dios se paseará por nuestro interior como por un paraíso espiritual y reinará en nosotros él solo con su Cristo, el cual se sentará en nosotros a la derecha de aquella virtud espiritual que deseamos alcanzar: se sentará hasta que todos sus enemigos que hay en nosotros sean puestos por estrado de sus pies, y sean reducidos a la nada en nosotros todos los principados, todos los poderes y todas las fuerzas”.

Que esta fiesta nos ayude a reformular nuestro propósito de alejarnos del pecado, de huir de las ocasiones, de cortar con lo que nos aparte de Cristo. Pero sobre todo, que procuremos acudir más al sacramento de la Confesión, donde permitimos al Señor reinar a sus anchas en nuestra vida. Que acudamos a su misericordia, que es la clave para que nuestra lucha sea positiva y alegre. 

Como escribe Javier Echevarría: “Todos necesitamos de la misericordia de Dios, no solo por la distancia que media entre su perfección infinita y nuestra condición de criaturas, sino también porque fácilmente le ofendemos –el justo cae siete veces al día (Pr 24, 16)–, y lo que es más serio: a veces se yergue nuestra soberbia, nuestro yo, como si fuésemos autosuficientes. Meditemos la conversación entre Dimas, el buen ladrón, y el Crucificado. Memento mei! (Lc 23, 42), ¡apiádate de mí!, clama el pecador arrepentido. Y con ese grito se gana el Cielo. Con una contrición sincera estaremos en mejores condiciones de adentrarnos en el misterio de la Cruz, en el camino de nuestra salvación”. Por eso la Misa concluye pidiendo a Dios que quienes nos gloriamos en obedecer aquí los mandatos de Cristo, Rey del universo, podamos con él vivir eternamente en el cielo. 

Seguramente la fuente en la cual se inspiró Lucas para narrarnos estas escenas con tanta claridad fue la Virgen Santísima. Ella, Madre de Misericordia, nos ayudará a acudir al Señor, aunque estemos crucificados por nuestras miserias, como le ayudó a San Pedro después de las negaciones. Y así como el apóstol llevó adelante su misión con nuevo brío, nosotros también anunciaremos por todas partes que Cristo es Rey y que su reinado es eterno y universal, como dice el Prefacio de la Misa. Que su reino de misericordia es el reino de la verdad y la vida, el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, del amor y de la paz.