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sábado, marzo 14, 2009

Expulsión de los mercaderes del Templo

Llegamos al tercer domingo de Cuaresma. Estamos en la mitad de este itinerario penitencial, de oración y misericordia. Los domingos anteriores hemos meditado sobre las tentaciones de Jesús en el desierto y la transfiguración. A partir de hoy, la liturgia nos presentará unos textos de San Juan que nos ayudarán a prepararnos mejor para celebrar el Misterio pascual, en Semana Santa.

El Evangelio (Jn 2,13-25) presenta a Jesús cumpliendo la Voluntad del Padre, al purificar el Templo: “Pronto iba a ser la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos”.

Seguramente se encontraban en el llamado atrio de los gentiles, un gran patio que rodeaba al Templo por tres de sus lados. Dice Gnilka que probablemente el comercio se extendía incluso más afuera, como en los santuarios de hoy, hacia el monte de los Olivos. 

Juan –y con él todos los evangelistas- nos transmite la indignación del Señor, que muestra el dolor por el descuido del lugar de culto: “Con unas cuerdas hizo un látigo y arrojó a todos del Templo, con las ovejas y los bueyes; tiró las monedas de los cambistas y volcó las mesas. Y les dijo a los que vendían palomas: —Quitad esto de aquí: no hagáis de la casa de mi Padre un mercado”.

En esta escena es importante lo que sucede con los discípulos, que acaban de creer en él al contemplar el primer milagro de Jesús –su primer signo- en las Bodas de Caná, descritas pocos versículos antes: “Recordaron sus discípulos que está escrito: El celo de tu casa me consume”. Citan las enseñanzas de Zacarías (14,21), quien defendía que la casa de Dios es casa de oración para todos los pueblos, incluidos los gentiles. 

También a nosotros nos debe consumir el celo por las cosas de Dios; que nos duela que no se traten bien los temas referentes a la religión, al culto divino, a la Iglesia: “ Detente a considerar la ira santa del Maestro, cuando ve que, en el Templo de Jerusalén, maltratan las cosas de su Padre. —¡Qué lección, para que nunca te quedes indiferente, ni seas cobarde, cuando no tratan respetuosamente lo que es de Dios!” (San Josemaría, Forja, n. 546).

Para considerar cuál es el punto específico que más le dolía al Señor, podemos mirar los textos con los que la liturgia relaciona este pasaje del Evangelio. En la primera lectura (Éx 20,1-17) se describe el momento en que Dios entrega la ley a Moisés. Benedicto XVI ha comentado repetidas veces la necesidad de esa ley, también en nuestros días; que no se trata de un fardo pesado, sino de un camino para la verdadera felicidad.

Por ejemplo, en 2005 decía que Dios entregó al pueblo su ley, los diez mandamientos: “Sólo así la obra de liberación, que comenzó con el éxodo de Egipto, se cumplió plenamente: la libertad humana es siempre una libertad compartida, un conjunto de libertades. Por eso el don de la ley en el Sinaí no fue una restricción o una abolición de la libertad, sino el fundamento de la verdadera libertad".

Continúa el Papa: "Teniendo en cuenta que un justo ordenamiento humano sólo puede mantenerse si proviene de Dios y si une a los hombres en la perspectiva de Dios, a una organización ordenada de las libertades humanas no pueden faltarle los mandamientos que Dios mismo da”. 

En esa línea de que nos consuma el celo por los mandatos de Dios, el Salmo 19 responde: Tú tienes, Señor, palabras de vida eterna. Y alaba los mandamientos: “La ley del Señor es perfecta; da consuelo al hombre; el mandato del Señor es verdadero: da sabiduría al ignorante. Los preceptos del Señor son rectos: dan alegría al corazón; el mandamiento del Señor es claro: da luz a los ojos. El temor del Señor es puro: permanece para siempre; los juicios del Señor son verdad: todos justos por igual. Son preferibles al oro, al oro más fino; son más dulces que la miel, más que el jugo del panal”.


Podemos sacar propósitos para nuestra conversión cuaresmal: tener más amor a Dios, cuidar con  más cariño la Misa dominical; el respeto a nuestros padres, hermanos y amigos; la promoción de la vida, de la castidad, de la sinceridad, de la honestidad. En resumen, como decía Jesús, renovar el amor a Dios y al prójimo, con propósitos concretos. Quizá pidiendo perdón al Señor en la Confesión, por las veces en que hemos fallado.


En la escena evangélica que estamos contemplando no solo aparece la “purificación del Templo”, sino algo más profundo: el final del papel precursor de ese edificio, para dar paso al nuevo Templo, que es Jesús mismo. Los fariseos y los saduceos se dan cuenta, por eso “replicaron: — ¿Qué signo nos das para hacer esto? Jesús respondió: —Destruid este Templo y en tres días lo levantaré. Los judíos contestaron: —¿En cuarenta y seis años ha sido construido este Templo, y tú lo vas a levantar en tres días? Pero él se refería al Templo de su cuerpo”. 

San Agustín explica: “¿Para qué quiso Salomón que el se levantase el templo? Para que fuese prefiguración del cuerpo de Cristo. Aquel templo era una sombra; llegó la luz y ahuyentó la sombra. Busca ahora el templo construido por Salomón y encontrarás las ruinas. ¿Por qué se convirtió en ruinas aquel templo? Porque se cumplió lo que él simbolizaba”.


El pasaje evangélico termina: "Cuando resucitó de entre los muertos, recordaron sus discípulos que él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había pronunciado Jesús”. Es la segunda alusión a los discípulos: ellos no solo recuerdan que en Jesús se cumple la Escritura, sino que también son testigos de sus profecías, una vez resucitado. Así tenemos que ser nosotros ahora, celosos testigos del recuerdo de Jesús.

Recordar con frecuencia en la oración la vida de Cristo, meditar cómo se cumple en él la Escritura, es una muy buena manera de vivir la Cuaresma. De Jesús resucitado aprenderemos a cumplir la Voluntad del Padre, sus mandamientos, con pasión: “el celo de tu casa me consume”. Como sabemos, a Jesús lo consumió totalmente, hasta la muerte. Así debe ser en nuestra vida que, como la de María, no debe tener otro motivo que repetir la del Maestro: entregar la existencia hasta la muerte por amor a Dios y al prójimo.

viernes, mayo 11, 2007

El Espíritu Santo nos lo recordará


En el capítulo 14 de San Juan se presenta el contexto de la última cena y los discursos de despedida. En ellos, Jesús exclama: «Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él». Son palabras que nos hacen recordar el discurso de Benedicto XVI a los jóvenes en Brasil (10-V-2007): «Los mandamientos conducen a la vida, lo que equivale a decir que ellos nos garantizan autenticidad. Son los grandes indicadores que nos señalan el camino cierto. Quien observa los mandamientos está en el camino de Dios. No basta conocerlos. El testimonio vale más que la ciencia, o sea, es la propia ciencia aplicada. No nos son impuestos desde afuera, ni disminuyen nuestra libertad. Por el contrario: constituyen impulsos internos vigorosos, que nos llevan a actuar en esta dirección. En su base está la gracia y la naturaleza, que no nos dejan inmóviles. Necesitamos caminar. Nos impulsan a hacer algo para realizarnos a nosotros mismos. Realizarse a través de la acción es volverse real. Nosotros somos, en gran parte, a partir de nuestra juventud, lo que queremos ser. Somos, por así decir, obra de nuestras manos».


En ese sentido, Jesús continúa: «El que no me ama, no guarda mis palabras; y la palabra que escucháis no es mía sino del Padre que me ha enviado. Os he hablado de todo esto estando con vosotros; pero el Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, Él os enseñará todo y os recordará todas las cosas que os he dicho». De las varias maneras en que se puede traducir el nombre “Paráclito” del Espíritu Santo, “consolador” es una de las más apropiadas: San Juan nos muestra que el consuelo que Jesús da a los discípulos ante su inminente partida, además de la promesa de su regreso, es la del envío del Espíritu Santo.

Como explica la Biblia de Navarra, si en el Antiguo Testamento Dios había prometido estar entre el pueblo, ahora habla de una presencia del Padre y del Hijo en cada persona, convirtiéndola en templo del Espíritu Santo. Esa presencia es la clave de la santidad. Como decía el Papa en el mismo discurso, «Queridos jóvenes, Cristo os llama a ser santos. Él mismo os convoca y quiere andar con vosotros, para animar con Su espíritu los pasos del Brasil en este inicio del tercer milenio de la era cristiana. Pido a la Señora Aparecida que os conduzca, con su auxilio materno y os acompañe a lo largo de la vida».


El Espíritu Santo nos recuerda lo que Jesús dijo. Lo vemos en el Nuevo Testamento, cuando los Apóstoles pueden enseñar a los no judíos (Hechos 15, 1-2.22-29): «Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables: que os abstengáis de carne sacrificada a los ídolos, de sangre, de animales estrangulados y de la fornicación. Haréis bien en apartaros de todo esto». Se trata de la enseñanza apostólica del Maestro: la Iglesia está llamada a ser santa y también fecunda.
Lo muestra el autor del Apocalipsis (21,10-14.21-23) en un pasaje que, de acuerdo con la Biblia de Navarra, es el momento culminante del libro: la instauración plena del Reino de Dios. Se trata de un mundo nuevo sobre el que habitará la humanidad renovada –la nueva Jerusalén- y cuya llegada está garantizada por la Palabra del Dios eterno y todopoderoso. Esa humanidad –el Pueblo de Dios- es presentada como la Esposa del Cordero y descrita detalladamente como una ciudad maravillosa en la que reinan Dios Padre y Cristo. Que la Ciudad baje del cielo significa que la instauración del reino mesiánico se realizará por el poder de Dios y conforme a su voluntad. Las puertas simbolizan la universalidad de la Iglesia, como dice el salmo 66: “Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben”.


Benedicto XVI también anima a los jóvenes a cumplir los mandamientos, a ser santos, pero también a ser apostólicos, dejándose llevar por el fuego del Espíritu Santo: «Sois jóvenes de la Iglesia, por eso yo os envío para la gran misión de evangelizar a los jóvenes y a las jóvenes que andan errantes por este mundo, como ovejas sin pastor. Sed los apóstoles de los jóvenes, invitadles a que vengan con vosotros, a que hagan la misma experiencia de fe, de esperanza y de amor; se encuentren con Jesús, para que se sientan realmente amados, acogidos, con plena posibilidad de realizarse. Que también ellos y ellas descubran los caminos seguros de los Mandamientos y por ellos lleguen hasta Dios».

sábado, septiembre 02, 2006

Los Mandamientos: ¿afirmación o amenaza?


La Oración Colecta del Domingo XXII alaba a Dios por su misericordia, que es "el límite del mal", según la convicción del Beato Juan Pablo IIEsa misericordia, de acuerdo con las lecturas de hoy, se manifiesta en los mandamientos. 

Sin embargo, para cumplirlos a fondo hace falta pedir, ante todo, el don del Espíritu Santo como condición para crecer y perseverar en la unión con Él: Dios misericordioso, de quien procede todo lo bueno; inflámanos con tu amor y acércanos más a ti, a fin de que podamos crecer en tu gracia y perseveremos en ella.

Las lecturas hablan de los mandamientos, tema de discusión en la sociedad moderna. Se ven como prohibiciones, negaciones, cuestiones retrógradas en un mundo libre. En su primera entrevista como Pontífice, en agosto de 2005, Benedicto XVI anunciaba que su principal objetivo al viajar a Colonia para encontrarse con más de un millón de jóvenes era mostrar lo contrario: 

«Quisiera mostrarles lo bonito que es ser cristianos, ya que existe la idea difundida de que los cristianos deben observar un inmenso número de mandamientos, prohibiciones, principios, etc., y que por lo tanto el cristianismo es, según esta idea, algo que cansa y oprime la vida y que se es más libre sin todos estos lastres». 

En otra ocasión, el Papa explicaba que los Mandamientos no son negaciones, sino afirmaciones; no son motivo de vergüenza para el creyente, sino de alegría, pues marcan un sentido para la vida: «Podríamos decir que el rostro de Dios, el contenido de la cultura de la vida, el contenido de nuestro gran "sí", se expresa en los diez Mandamientos, que no son un paquete de prohibiciones, de "no", sino que presentan en realidad una gran visión de vida. Son un "sí" a un Dios que da sentido al vivir (los tres primeros mandamientos); un "sí" a la familia (cuarto mandamiento); un "sí" a la vida (quinto mandamiento); un "sí" al amor responsable (sexto mandamiento); un "sí" a la solidaridad, a la responsabilidad social, a la justicia (séptimo mandamiento); un "sí" a la verdad (octavo mandamiento); un "sí" al respeto del otro y de lo que le pertenece (noveno y décimo mandamientos)».

En la primera lectura se considera el discurso de Moisés antes de que su pueblo entrara en la tierra prometida. El autor sagrado (Dt 4,1-2.6-8) presenta los mandamientos en el contexto de la prerrogativa que supone ser el pueblo elegido por Dios. Antes ha narrado el cariño de Dios por sus hijos, demostrado a lo largo de la travesía por el desierto. La especial cercanía del pueblo hebreo con el Señor se manifiesta en que Él les ha manifestado su voluntad al revelar sus palabras, sus preceptos, sus mandamientos: «Ahora, Israel, escucha los mandatos y decretos que yo os mando cumplir. No añadáis nada a lo que os mando ni suprimáis nada; así cumpliréis los preceptos del Señor, vuestro Dios, que yo os mando hoy. Ponedlos por obra, que ellos son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos. ¿hay alguna nación tan grande que tenga los dioses tan cerca como lo está el Señor Dios de nosotros, siempre que lo invocamos? Y, ¿cuál es la gran nación, cuyos mandatos y decretos sean tan justos como toda esta ley que hoy os doy?»
 
Complementario es el Salmo 14, que identifica la mirada grata de Dios con el cumplimiento de la Ley: Salmo 14. ¿Quién será grato a tus ojos, Señor? El que procede honradamente y obra con justicia; el que es sincero en sus palabras y con su lengua a nadie desprestigia. Quien no hace mal al prójimo ni difama al vecino; quien no ve con aprecio a los malvados, pero honra a quienes temen al Altísimo. Quien presta sin usura y quien no acepta soborno en perjuicio de inocentes, ése será agradable a los ojos de Dios eternamente.

En el Nuevo Testamento, el consejo del Apóstol Santiago (1,17-27) es idéntico, solo que pone el énfasis en las obras que manifiestan la fe: Poned en práctica la Palabra. “Hermanos: recibid con mansedumbre la palabra sembrada en vosotros, capaz de salvar vuestras almas. Pero tenéis que ponerla en práctica y no sólo escucharla engañándoos a vosotros mismos. Porque quien considera atentamente la ley perfecta de la libertad y persevera en ella, ése será bienaventurado al llevarla a la práctica”.

Benedicto XVI lo expresa en su primera Encíclica (nn. 19-20): “«Ves la Trinidad si ves el amor», escribió san Agustín […] El amor al prójimo, enraizado en el amor a Dios, es ante todo una tarea para cada fiel, pero lo es también para toda la comunidad eclesial, y esto en todas sus dimensiones: desde la comunidad local a la Iglesia particular, hasta abarcar a la Iglesia universal en su totalidad. También la Iglesia en cuanto comunidad ha de poner en práctica el amor”.

Contemplando las discusiones de Jesús con los fariseos cuando se iba acercando el final de su vida pública, vemos claramente que la Ley era una preparación para recibir el Evangelio: Por su propia voluntad, el Padre nos engendró por medio del Evangelio, para que fuéramos, en cierto modo, primicias de sus criaturas. Pero corremos el riesgo de quedarnos en la mera palabrería, en el legalismo o en el fingimiento. Una vez más, san Marcos (7,1-23) describe el distanciamiento entre Jesús y los hipócritas, aquellos que aparentaban (literalmente “se ponían la máscara”) de piadosos, pero no actuaban en consecuencia. 

Un llamado de atención para nosotros que, si nos descuidamos, podemos ser los fariseos de hoy que actúan para la tribuna: Dejan a un lado el mandamiento de Dios para aferrarse a las tradiciones humanas: Bien profetizó Isaías de vosotros, los hipócritas, como está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está muy lejos de mí. Inútilmente me dan culto, mientras enseñan doctrinas que son preceptos humanos.  Abandonando el mandamiento de Dios, retenéis la tradición de los hombres". Hemos hablado de cumplir los mandamientos, pero con espíritu humilde, para no caer en la hipocresía.

San Ireneo recuerda que, tanto en la Ley como en el Evangelio, el primero y principal mandamiento es amar a Dios; por lo cual Pablo dice que amar –a Dios y al prójimo- es cumplir la ley entera. En el mismo sentido, el Salmo 143 habla de cantar para el Señor con el arpa de diez cuerdas, que son los mandamientos. Benedicto XVI lo glosa con palabras de San Agustín, señalando que la caridad es la clave para afinar las diez cuerdas, que son los mandamientos: 

«El arpa de diez cuerdas es para él la ley, compendiada en los diez mandamientos. Pero de estas diez cuerdas, de estos diez mandamientos, tenemos que encontrar la clave adecuada. Sólo si se hacen vibrar estas diez cuerdas, estos diez mandamientos, con la caridad del corazón suenan bien. La caridad es la plenitud de la ley. Quien vive los mandamientos como dimensiones de la única caridad, canta realmente el «canto nuevo». La caridad que nos une a los sentimientos de Cristo es el verdadero «canto nuevo» del «hombre nuevo», capaz de crear también un «mundo nuevo». Este Salmo nos invita a cantar con «el arpa de diez cuerdas», con un nuevo corazón, a cantar con los sentimientos de Cristo, a vivir los diez mandamientos en la dimensión del amor, a contribuir así a la paz y a la armonía del mundo».

Acudamos a la Virgen Santísima, "espejo de justicia", de santidad, como la llamamos en las letanías del Rosario. Ella nos alcanzará del Señor la gracia de inflamarnos en su amor y de acercarnos más a Él. Si miramos el ejemplo, que la Virgen nos brinda, de obediencia rendida a la voluntad de Dios, podremos de verdad crecer en la gracia y perseverar en ella.