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sábado, noviembre 11, 2006

Humildad



John H. Newman decía que “todos se rinden ante el dinero. Miden la felicidad por la riqueza y por la riqueza miden, a su vez, la respetabilidad de la persona. Riqueza es el primer ídolo de este tiempo, notoriedad el segundo. La fama y el llamar la atención del mundo se consideran como un gran bien en sí mismos y un motivo de veneración. La notoriedad, o fama de periódico, se ha convertido en una especie de ídolo” (Discurso sobre la fe 5, Cf. CEC, n. 1723). 

Jesucristo enseña que Dios actúa distinto: pone como ejemplo el pasaje en el que Elías se dirige a una viuda, pobre y extranjera, y le pide pan y agua. La viuda le responde con toda sinceridad: Vive el Señor tu Dios, que no tengo ni una hogaza de pan; sólo me queda un puñado de harina en el cuenco y un poco de aceite en la alcuza. Ahora estoy recogiendo un par de leños para ir a prepararlo para mi hijo y para mí. Lo comeremos y luego moriremos. Es una situación límite, al borde de la muerte. Casi como para preguntar a Dios por qué permite que una pobre viuda y su hijo sufran tanto.

A pesar de una situación tan apurada, la respuesta de Elías no es ni mucho menos consoladora. El profeta extranjero es exigente: No tengas miedo. Anda, haz lo que dices y prepáralo como has dicho, pero primero haz un panecillo para mí y tráemelo; después lo harás para ti y para tu hijo. Porque esto ha dicho el Señor: "el cuenco de harina no se vaciará, la alcuza de aceite no se agotará, hasta el día en que el Señor envíe la lluvia sobre la tierra".

La respuesta de la viuda que se debate en la miseria es impresionante: Ella fue e hizo lo que Elías le había dicho, y comieron él, ella y su casa durante días. Ni la tinaja de harina se vació, ni la vasija de aceite se agotó, como lo había dicho el Señor por medio de Elías. Es una mujer humilde, que pone en peligro su existencia, por la fe en las palabras del profeta extranjero.

El Salmo 145 es como un comentario de esta escena, pues alaba al Señor por su preferencia hacia los humildes: El Señor levanta a los humillados. Hace justicia a los oprimidos y da pan a los hambrientos. Da la libertad a los cautivos, abre los ojos a los ciegos; el Señor levanta a los humillados, ama a los justos, protege a los extranjeros. El Señor sostiene a la viuda y al huérfano y confunde el camino de los malvados. 

San Marcos contrasta la actitud ostentosa de los escribas y fariseos, amantes del dinero, con otra mujer viuda: Jesús estaba sentado frente al gazofilacio y miraba cómo la gente echaba en él monedas de bronce (de 8.60 gr.), y bastantes ricos echaban mucho. Pero llegó una viuda pobre, que echó dos monedas pequeñas, que hacen la cuarta parte del as (1.2 gr.). Jesús llamó entonces a sus discípulos y les dijo: "En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado más que todos los que han echado en el gazofilacio, pues todos han echado algo de lo que les sobra; ella, en cambio, ha echado todo lo que tenía, todo su sustento". 

Comenta San Josemaría en Camino, n. 829: «¿No has visto las lumbres de la mirada de Jesús cuando la pobre viuda deja en el templo su pequeña limosna? —Dale tú lo que puedas dar: no está el mérito en lo poco ni en lo mucho, sino en la voluntad con que lo des». Por eso este pasaje del Evangelio se abre con las famosas palabras del Sermón del monte: Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.

Ambas viudas entregan lo que les queda para vivir y demuestran con su actitud que a Dios se le compra con la última moneda. Recuerdan el Consejo de Machado: "Moneda que está en la mano / quizá se deba guardar; / la monedita del alma / se pierde si no se da".
 
Ya hemos hablado antes de la pobreza, ahora podemos considerar otra virtud común a las dos viudas: la humildad. Son mujeres solas, necesitadas, pobres. Y al mismo tiempo son generosas, confiadas, humildes. Se consideran esclavas del Señor, confían en Dios. Su vida está centrada en Él, no en ellas mismas. En ambos casos, Dios queda prendado de esa virtud, igual que con María: “Porque ha puesto sus ojos en la humildad de su esclava”, reconocerá Ella misma.

Mons. Javier Echevarría habla de un error frecuente al hablar de esta virtud, que consiste en “presentar la humildad como falta de decisión o de iniciativa, como renuncia al ejercicio de derechos que son deberes. Nada más lejos de la verdad. «Ser humildes –predicaba en una ocasión San Josemaría– no es ir sucios, ni abandonados; ni mostrarnos indiferentes ante todo lo que pasa a nuestro alrededor, en una continua dejación de derechos. Mucho menos es ir pregonando cosas tontas contra uno mismo. No puede haber humildad donde hay comedia e hipocresía, porque la humildad es la verdad». 

Tan importante es esta virtud en la vida cristiana, que San Josemaría aseguraba: «lo mismo que se condimentan con sal los alimentos, para que no sean insípidos, en la vida nuestra hemos de poner siempre la humildad». Y acudía a una comparación clásica: «no vayáis a hacer como esas gallinas que, apenas ponen un solo huevo, atronan cacareando por toda la casa. Hay que trabajar, hay que desempeñar la labor intelectual o manual, y siempre apostólica, con grandes intenciones y grandes deseos –que el Señor transforma en realidades– de servir a Dios y pasar inadvertidos».

Nos puede ayudar mucho el “test de humildad”, que aparece en el n. 263 de Surco:

“Déjame que te recuerde, entre otras, algunas señales evidentes de falta de humildad:
––pensar que lo que haces o dices está mejor hecho o dicho que lo de los demás;
––querer salirte siempre con la tuya;
––disputar sin razón o –cuando la tienes– insistir con tozudez y de mala manera;
—dar tu parecer sin que te lo pidan, ni lo exija la caridad;
—despreciar el punto de vista de los demás;
—no mirar todos tus dones y cualidades como prestados;
—no reconocer que eres indigno de toda honra y estima, incluso de la tierra que pisas y de las cosas que posees; —citarte a ti mismo como ejemplo en las conversaciones;
—hablar mal de ti mismo, para que formen un buen juicio de ti o te contradigan;
—excusarte cuando se te reprende;
—encubrir al Director algunas faltas humillantes, para que no pierda el concepto que de ti tiene;
—oír con complacencia que te alaben, o alegrarte de que hayan hablado bien de ti;
—dolerte de que otros sean más estimados que tú;
—negarte a desempeñar oficios inferiores;
—buscar o desear singularizarte;
—insinuar en la conversación palabras de alabanza propia o que dan a entender tu honradez, tu ingenio o destreza, tu prestigio profesional...;
—avergonzarte porque careces de ciertos bienes...”

Como dice Benedicto XVI en su primera Encíclica, “entre los Santos, sobresale María, Madre del Señor y espejo de toda santidad. El Evangelio de Lucas la muestra atareada en un servicio de caridad a su prima Isabel, con la cual permaneció «unos tres meses» (1,56) para atenderla durante el embarazo. «Magnificat anima mea Dominum», dice con ocasión de esta visita –«proclama mi alma la grandeza del Señor»– (Lc 1,46), y con ello expresa todo el programa de su vida: no ponerse a sí misma en el centro, sino dejar espacio a Dios, a quien encuentra tanto en la oración como en el servicio al prójimo; sólo entonces el mundo se hace bueno. María es grande precisamente porque quiere enaltecer a Dios en lugar de a sí misma. Ella es humilde: no quiere ser sino la sierva del Señor (cf. Lc 1,38.48). Sabe que contribuye a la salvación del mundo, no con una obra suya, sino sólo poniéndose plenamente a disposición de la iniciativa de Dios” (DCE, n. 41).