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miércoles, junio 22, 2011

San Juan Bautista, modelo de director espiritual


Celebramos hoy la fiesta del nacimiento de San Juan Bautista. Como dice San Agustín, «Él es el único de los santos cuyo nacimiento se festeja; celebramos el nacimiento de Juan y el de Cristo» (además del de la Virgen, habría que añadir)

El motivo es que «Juan viene a ser como la línea divisoria entre los dos Testamentos, el antiguo y el nuevo», de acuerdo con lo que dice el mismo Señor en el Evangelio: es el último de los profetas, al que le tocó mostrar al Mesías en vivo y en directo.

El Prefacio de la Misa resume la misión del Bautista en cuatro momentos: la visitación, la vocación, el bautismo y el martirio: «Precursor de tu Hijo y el mayor de los nacidos de mujer, proclamamos su grandeza. Porque él saltó de alegría en el vientre de su madre al llegar el Salvador de la humanidad, y su nacimiento fue motivo de gozo para muchos. El fue escogido entre los profetas para mostrar a las gentes el Cordero que quita el pecado del mundo. El bautizó en el Jordán al autor del bautismo, y el agua viva tiene, desde entonces, poder de salvación para los seres humanos. Y él dio, por fin, su sangre como supremo testimonio por el nombre de Cristo».

También nosotros debemos ser testigos de Cristo, y el ejemplo de tan insigne precursor puede servirnos de modelo en el día de hoy. Tenemos que estar dispuestos a facilitar el encuentro de la presencia del Señor en nuestra vida, a mostrar que Cristo pasa entre nosotros, llamándonos a seguirlo en su camino de entrega al servicio de los demás, a descubrir la intimidad de la Trinidad Santa que Él nos reveló, a dar la vida por Cristo, si es del caso hasta el martirio. No son anécdotas del pasado, para admirar. Son llamadas actuales que nos hace el Señor, hoy y ahora, para que salgamos del letargo en que podemos estar sumidos.

La primera lectura de la Misa (Is 49,1-6), nos habla del profeta como Luz de las naciones: ¡Escuchadme, islas! ¡Poned atención, pueblos lejanos! El Señor me llamó desde el seno materno, desde las entrañas de mi madre pronunció mi nombre. Y me dijo: «Tú eres mi siervo, Israel, en quien me glorío». Ahora dice el Señor: «Muy poco es que seas siervo mío para restaurar las tribus de Jacob y hacer volver a los supervivientes de Israel. Te he puesto para ser luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta los extremos de la tierra».

La tradición cristiana siempre ha visto este oráculo como dirigido a Jesús mismo, aunque cada cristiano que debe ser otro Cristo también ha de sentirse interpelado por esas palabras: Te he puesto para ser luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta los extremos de la tierra. Como Juan Bautista, nosotros también estamos llamados desde el seno materno para anunciar la luz que es Cristo a todas las naciones.

Así lo predicaba san Josemaría: Llenar de luz el mundo, ser sal y luz (Mt 5,13): así ha descrito el Señor la misión de sus discípulos. Llevar hasta los últimos confines de la tierra la buena nueva del amor de Dios. A eso debemos dedicar nuestras vidas, de una manera o de otra, todos los cristianos. Diré más. Hemos de sentir la ilusión de no permanecer solos, debemos animar a otros a que contribuyan a esa misión divina de llevar el gozo y la paz a los corazones de los hombres. En la medida en que progresáis, atraed a los demás con vosotros, escribe San Gregorio Magno; desead tener compañeros en el camino hacia el Señor (Es Cristo que pasa, 147).

Luz de las naciones, luz para los corazones de nuestros amigos. Ilusión de animar a otros. En eso consiste el apostolado cristiano que hoy nos planteamos, al ver el ejemplo de Juan Bautista, que supo preparar un buen grupo de discípulos, de los cuales salieron los más selectos apóstoles de Jesucristo. Hagamos examen para ver si no podríamos aprovechar mejor nuestros ratos libres, el fin de jornada, la mitad del día, para acercar más almas a Cristo, para llevarlas a la confesión, a la dirección espiritual para ser nosotros mismos sus acompañantes en el camino de trato con Dios, para dictar clases de doctrina cristiana a más personas. Y tomemos decisiones generosas, para tener más compañeros en el camino hacia el Señor.

En la segunda lectura, San Pablo, en su discurso de la sinagoga de Antioquía de Pisidia, se fija en otro aspecto de la predicación de Juan Bautista, su llamada a la conversión: Juan había predicado, ante la proximidad de su venida, un bautismo de penitencia a todo el pueblo de Israel. Cuando estaba Juan para terminar su carrera decía: «¿Quién pensáis que soy? No soy yo, sino mirad que detrás de mí viene uno a quien no soy digno de desatar el calzado de los pies».

Anunciar la conversión. Es parte importante del proceso apostólico, de la dirección espiritual: iluminarlas con la doctrina, encenderlas en el amor de Dios. Este proceso conllevará, naturalmente, el rechazo del pecado y la invitación a la conversión. Se trata de ayudar a descubrir con la mayor delicadeza que hay muchos aspectos de la vida personal que «no pueden prevalecer ante el rostro de Jesús» (Morales, Scripta Theologica 2011, en quien me inspiro para lo que sigue). 

Parece como si el Señor coronara esa dimensión del apostolado bautista con su propio bautismo. Como si nos mostrara que por ahí va el camino correcto: a través de la penitencia, nos unimos al Bautismo de Cristo su muerte en la Cruz que nos alcanzó el perdón y la liberación de nuestros pecados.

San Pablo lo enuncia con claridad en su epístola a los Romanos (6,12-14): Que no reine el pecado en vuestro cuerpo mortal de modo que obedezcáis a sus concupiscencias, ni ofrezcáis vuestros miembros al pecado como armas de injusticia; al contrario, ofreceos vosotros mismos a Dios como quienes, muertos, han vuelto a la vida, y convertid vuestros miembros en armas de justicia para Dios; porque el pecado no tendrá dominio sobre vosotros, ya que no estáis bajo la Ley sino bajo la gracia.

En ese itinerario de acompañamiento hacia Cristo, otra dimensión importante es la vida de oración. Cuando los apóstoles logran que el Señor les enseñe el Padrenuestro, lo hacen apelando al ejemplo de Juan Bautista, que enseñaba a orar a sus discípulos. Debemos inculcar hábitos de oración a nuestros amigos. San Josemaría acostumbraba resumir el apostolado de sus hijos con estas palabras: Si no hacéis de los chicos almas de oración, habréis perdido el tiempo. Enseñarles a centrar su vida, ante todo con el propio ejemplo, en el diálogo con el Señor. Que aprendan a vivir siempre en oración: vocal, meditativa y contemplativa: «las tres son parte de una misma secuencia de pensamientos y afectos que salen de la mente y del corazón y se elevan al cielo» (Morales).

Cristo es la verdadera luz de las naciones, de cada persona. Por eso, hemos de enseñarles a encontrarlo en todas las circunstancias de la vida. Que aprendan a orar como Él, en los grandes momentos y en las acciones más cotidianas. A dar gracias, a pedir perdón, a interceder por los demás, a meditar el Evangelio. «La buena oración es ante todo confiada y perseverante. No vamos a que Dios haga nuestra voluntad, sino a identificarnos con la suya. El mundo parece transformarse en el pequeño espacio de nuestro corazón, y abarca a todos los hermanos. La oración es como el latir del corazón del cristiano, y es la garantía de que la persona vive para Dios y crece ante su presencia» (Íbidem).

De esa manera, vamos desapareciendo nosotros y crece Jesús en el alma de nuestros amigos, de acuerdo con el lema del Bautista. Y a su vez, ellos también descubren la necesidad de ser apóstoles. Y de trabajar mejor, para ofrecer las ocupaciones diarias, la caridad con las personas que se encuentran en sus labores, como medio para crecer en amor a Dios y a los demás. Y también para ejercitar las virtudes y los propósitos formulados en la oración matutina o en el examen de la noche anterior. «Al cambiar el mundo con espíritu contemplativo, el hombre se cambia a sí mismo» (Íbidem).

El itinerario de Juan Bautista concluyó con su martirio, que celebramos el 29 de agosto. Probablemente nosotros no podamos unirnos a la Pasión de Cristo de ese modo, que es el más sublime, pero sí podemos acompañarlo convirtiendo nuestra vida diaria, el trabajo cotidiano, las relaciones familiares y sociales, en ofrendas que presentamos en el altar, junto con el pan y con el vino.

Y también el camino espiritual de nuestros amigos desembocará necesariamente en la Eucaristía. Este sacramento, «fuerza transformadora por excelencia de la realidad», alcanza con sus efectos al mundo, a la Iglesia y a cada persona. «Si la Iglesia es impensable sin la Eucaristía, el cristiano en acción no puede concebirse sin la fuerza transformadora del misterio eucarístico».

Para recorrer esta vía de identificación con Cristo no contamos con la familiaridad sanguínea que tenía Juan, primo segundo de la Virgen. Pero tenemos la filiación adoptiva de María, que recibimos en la Cruz. A nuestra Madre acudiremos, para que sea nuestra guía, nuestro modelo, en el esfuerzo por ser ―también nosotros precursores de la llegada de su Hijo a muchas almas. Y le pediremos que nos alcance la gracia del Señor para ser buenos hijos suyos.

Concluyamos con unas palabras de la misma homilía que hemos citado al comienzo: Sed audaces. Contáis con la ayuda de María, Regina apostolorum (…). Muchas conversiones, muchas decisiones de entrega al servicio de Dios han sido precedidas de un encuentro con María. Nuestra Señora ha fomentado los deseos de búsqueda, ha activado maternalmente las inquietudes del alma, ha hecho aspirar a un cambio, a una vida nueva (…). Que cada día sepamos tener con Ella esos detalles de hijos cosas pequeñas, atenciones delicadas, que se van haciendo grandes realidades de santidad personal y de apostolado, es decir, de empeño constante por contribuir a la salvación que Cristo ha venido a traer al mundo.

viernes, enero 21, 2011

Humildad: conviene que Él crezca



En esta última semana de Navidad, hemos visto a Jesús como el Mesías anunciado. Sus obras milagrosas lo confirman: la multiplicación de los panes y de los peces, su caminar sobre las aguas, la curación del leproso. Hoy, la Liturgia de la  Palabra nos aproxima a la celebración del Bautismo del Señor, que será el próximo domingo: Jesús fue con sus discípulos a la región de Judea, y allí convivía con ellos y bautizaba. También Juan estaba bautizando en Ainón, cerca de Salim, porque allí había mucha agua, y acudían a que los bautizara–porque aún no habían encarcelado a Juan. 

El cuarto Evangelio nos muestra a San Juan Bautista cumpliendo su misión de Precursor. Él anuncia la inminente llegada del Mesías e insiste en la importancia de prepararse con una conversión radical. Las multitudes se congregan para escuchar este mensaje y responden con generosidad a su propuesta: hacen una especie de confesión general de sus pecados ante Juan y manifiestan su deseo de enmienda con el símbolo externo del bautismo. Desde luego, todavía no se habían instituido los sacramentos de la Nueva Ley de Cristo, pero los gestos de Juan y del pueblo preparaba el terreno para la predicación de Jesús.

Predicaba San Josemaría, considerando la predicación del Bautista: “Hijo mío, ¿cómo vas? ¿Qué tal te preparas para un examen más rígido, con una petición de gracias al Señor, para que tú le conozcas a Él, y te conozcas a ti mismo, y de esta manera puedas convertirte de nuevo? Debes pensar en tu vida y pedir perdón. Porque el Señor está dispuesto a darnos la gracia siempre, y especialmente en estos tiempos; la gracia para esa nueva conversión, para la ascensión en el terreno sobrenatural; esa mayor entrega, ese adelantamiento en la perfección, ese encendernos más” (Apuntes de la predicación, 2-III-52).

Se originó una discusión entre los discípulos de Juan y un judío acerca de la purificación. Y fueron a Juan a decirle: —Rabbí, el que estaba contigo al otro lado del Jordán, de quien tú diste testimonio, está bautizando y todos se dirigen a él.  Aparece un episodio de celos entre discípulos: Juan tenía un grupo de seguidores fieles, además de las multitudes que peregrinaban y regresaban a sus tierras. De entre sus discípulos, algunos serían los primeros apóstoles (para ser exacto, cinco de los doce). Pero algunos permanecieron con él y vemos en este comentario cómo le presentan el “problema” del aumento del prestigio de Jesús. Lo ven como una especie de “competencia”: está bautizando y todos se dirigen a él.

Respondió Juan: —No puede el hombre apropiarse nada si no le es dado del cielo. Vosotros mismos me sois testigos de que dije: «Yo no soy el Cristo, sino que he sido enviado delante de él». Esposo es el que tiene la esposa; el amigo del esposo, el que está presente y le oye, se alegra mucho con la voz del esposo. Por eso, mi alegría es completa. Es una respuesta ejemplar. Es muestra de una virtud muy escasa: saber estar en el lugar que a uno le corresponde. Generalmente, queremos estar “arriba”, en los círculos del poder. Aunque sea el poder del edificio en que vivimos, de la acción comunal, de lo que sea. Le sucedió a los mismos Apóstoles: te pido que mis hijos se sienten, uno a la derecha y otro a tu izquierda, en el Reino, solicitó la madre de Juan y Santiago –que ya pertenecían al círculo más selecto de los discípulos-. Hoy día, igual. Se habla de la “me generation”. Centro del universo. Que los demás giren alrededor de mí. Que yo sea el mito. Que me sirvan, me cuiden, me entretengan, me admiren…

En cambio, Juan sabe estar en su sitio de Precursor. En esto insiste varias veces: Yo no soy el Cristo, sino que he sido enviado delante de él. San Agustín glosa la respuesta con estas palabras: “en esto se cumple mi gozo: en alegrarme de oír la voz del esposo. Tengo mi gracia y no tomo más para no perder lo que he recibido. Porque el que quiere alegrarse de sí mismo, está triste; mas el que quiere alegrarse en el Señor, se alegrará siempre, porque Dios es eterno”. Juan se goza en que Jesús vaya instituyendo la Iglesia, como su Esposa. Goza viendo que han comenzado los tiempos mesiánicos. Por eso, su alegría es completa.

La escena concluye con una frase que resume la actuación del Precursor y que es todo un modelo para la vida del cristiano: Es necesario que él crezca y que yo disminuya. Así escribía San Josemaría en una de sus cartas dirigidas a los fieles del Opus Dei: “He sentido en mi alma, desde que me determiné a escuchar la voz de Dios -al barruntar el amor de Jesús-, un afán de ocultarme y desaparecer; un vivir aquel illum oportet crescere, me autem minui (Jn 3,30); conviene que crezca la gloria del Señor, y que a mí no se me vea” (Carta 29-XII-1947/14-II-1966, n.16).

Ocultarme y desaparecer. Humildad. San Agustín glosa las palabras del Bautista: “Crezca en nosotros la gloria de Dios y disminuya nuestra gloria, para que crezca en Dios la nuestra. Cuanto mejor conoces a Dios, tanto más parece que Dios crece en ti. (…) El hombre interior adelanta en relación a Dios y Dios parece que crece en él y él se disminuye cayendo de su gloria y levantándose en la gloria de Dios”. 

El Fundador del Opus Dei continúa su exégesis con estas palabras (“Es Cristo que pasa”, n. 58): “Desde nuestra primera decisión consciente de vivir con integridad la doctrina de Cristo, es seguro que hemos avanzado mucho por el camino de la fidelidad a su Palabra. Sin embargo, ¿no es verdad que quedan aún tantas cosas por hacer?, ¿no es verdad que queda, sobre todo, tanta soberbia? Hace falta, sin duda, una nueva mudanza, una lealtad más plena, una humildad más profunda, de modo que, disminuyendo nuestro egoísmo, crezca Cristo en nosotros, ya que illum oportet crescere, me autem minui, hace falta que El crezca y que yo disminuya”.

Con estas palabras, la liturgia del tiempo de Navidad nos invita a la nueva mudanza, concretada en una humildad más profunda. Pidámosla al Señor: “Danos la humildad, ayúdanos a rechazar la soberbia”. Todavía estamos en Navidad, y esta virtud es una de las más claras enseñanzas de este tiempo. "En Belén nuestro Creador carece de todo: ¡tanta es su humildad!".

San Josemaría explicaba que se trata de vivir una “humildad sin caricatura”: no es ir sucios, ni abandonados, “mucho menos es ir pregonando cosas tontas contra uno mismo. No puede haber humildad donde hay comedia e hipocresía, porque la humildad es la verdad”. Y también la comparaba con la sal, que condimenta todos los alimentos. Así, la humildad hace virtuosos los actos humanos. Evita que la atención se vuelque sobre nuestro yo, sobre los efectos de nuestras acciones. Nos ayuda a arrancar de raíz la vanidad y el orgullo.  Si queréis ser felices, sed humildes; rechazad las insinuaciones mentirosas del demonio, cuando os sugiere que sois admirables (…). El que es humilde no lo sabe, y se cree soberbio. Y el que es soberbio, vanidoso, necio, se considera algo excelente. Tiene poco arreglo, mientras no se desmorone y se vea en el suelo, y aun allí puede continuar con aires de grandeza. También por eso necesitamos la dirección espiritual; desde lejos contemplan bien lo que somos: como mucho, piedras para emplearlas abajo, en los cimientos; no la que irá en la clave del arco”.

Con esta última alusión encontramos un acto en el que es importantísima la humildad: la dirección espiritual. Para preparar ese medio de formación, acudamos al Señor pidiéndole que nos aumente esa virtud, para conocernos mejor al momento del examen; para ser muy sinceros durante la conversación con quien dirige nuestra alma y luego, para ser muy dóciles a la hora de llevar a la práctica los consejos que nos han dado.

Humildad y conocimiento propio. Para el examen de conciencia, es muy importante  huir de las disculpas, de las justificaciones. Así lo resumía Epicteto: “El que revisa su vida, recuerda sus fracasos y culpa a los demás es un inmaduro. El que recuerda sus fracasos y se culpa a sí mismo está en el camino de la madurez. El que recuerda sus fracasos, los reconoce y no culpa a nadie, ése es un verdadero ser humano, una persona perfecta” (en el sentido de completa, terminada, cumplida)" (citado por García-Valdecasas en "El árbol de las verdades", p. 151).

Humildad y sinceridad. San Josemaría hablaba del “demonio mudo”, de tener secretos con el diablo, una situación absurda para un alma que quiere ser santa. Siempre se ha dicho que el demonio quita la vergüenza para pecar y la devuelve para la sinceridad. Conviene que Él crezca y que yo disminuya, dice Juan Bautista. Esta es una manera de llevar a la práctica el lema de nuestra meditación de hoy: que disminuya nuestro prestigio delante del director. Que nos conozca como somos, siendo sinceros incluso “antes”: contar hasta las tentaciones. Decir primero lo que más nos cuesta (visto desde fuera, puede ser una bobada).  Esta humildad también se concreta en la puntualidad para asistir a ese medio de formación y a la Confesión sacramental. Nuestro Padre lo resumía en una petición: “Madre mía: a estos hijos míos y a mí, danos el don bendito de la humildad en la lucha, que nos hará sinceros”.

Humildad y docilidad. Por eso decía nuestro Padre en el Colegio Romano que la primera condición para la formación es la humildad, ponerse en manos de quien dirige nuestra alma como el barro en manos del alfarero, como la cera que se deja  moldear, como María, Sede de la Sabiduría y Esclava del Señor. La clave para ser buenos instrumentos, decía, son: «vida interior. Estudio. Práctica de las cosas que aquí aprendéis. Y después, hijos míos, humildad». Reconocer nuestra nada, hijos, nos hace eficaces, nos llena de alegría. Pauper servus et humilis! Soy, Señor, una pobre criatura, llena de miseria, de pequeñez; tantas veces juguete de la soberbia, de la sensualidad. Aun así, Dios te ha escogido, sabiendo cómo eras, sabiendo que podías llegar a ser un instrumento de maravilla.

El Papa comentaba que las palabras del Bautista que estamos considerando “constituyen un programa para todo cristiano. Dejar que el "yo" de Cristo ocupe el lugar de nuestro "yo" fue de modo ejemplar el anhelo de san Pablo, quien escribió de sí mismo: "Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí" (Ga 2,20). Antes que él y que cualquier otro santo vivió esta realidad María santísima, que guardó en su corazón las palabras de su Hijo Jesús. Ella, con su Corazón de Madre, sigue velando con tierna solicitud por todos nosotros. Que su intercesión nos obtenga ser siempre fieles a la vocación cristiana.

domingo, julio 20, 2008

Parábola de la cizaña

Hace poco estuve en el Valle del Cauca y pude admirar, una vez más, el esplendor y la fecundidad de esas tierras. Encontré cañaverales listos para la siega, y terrenos en pleno proceso del arado. Sin embargo, también había, al lado de la finca donde me alojé, malas hierbas, basuras, hojas secas, que afeaban la belleza del entorno. Pensé en las parábolas del reino que presenta San Mateo.
Después de la parábola del sembrador, Jesús propone otra enseñanza complementaria, el ejemplo de la cizaña: —El Reino de los Cielos es como un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras dormían los hombres, vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. 

Esta parábola admite varias interpretaciones. Para evitar la tentación de pensar que nosotros somos los buenos y los demás pecadores, se puede ver que todos somos cizaña. Y que el Señor se encarnó para convertirnos en trigo. Él mismo se hizo cizaña, para que nosotros alcanzáramos la dignidad del trigo: trigo divino, pan de vida. Es una manera de entender la frase de Pablo: Cristo hizo suyas nuestras debilidades y cargó con nuestros dolores.
Otra interpretación es la que el mismo Evangelio proporciona: el reino ya está presente, aunque todavía no estén destruidos los malos. La “buena semilla” son las personas influidas por la palabra que, desde luego, también se relacionan con los que no se han dejado permear por Dios. El personaje principal es el Hijo del Hombre, Señor de la cosecha, el Justo que revela la buena noticia del reino que no solo siembra la semilla, sino que también representa el reino y el juicio. 
Mientras dormían los hombres, vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. La cizaña (borrachuela, joyo o cominillo) es una planta similar al trigo. Es un símbolo de los pecadores: la siembra el diablo. Cuando llegue el juicio final se quemará, como ocurre con las malas hierbas. Y es una planta mala, que crece con la complicidad del sueño de los operarios.
También me contaron en mi viaje una historia de ataque durante el sueño: una operación de inteligencia militar. Durante el día, un infiltrado descubrió que casi todos los obreros de una finca eran guerrilleros y el sitio donde tenían su armamento. En la noche se escapó y por la madrugada llegaron los soldados a incautar el arsenal y apresar a los delincuentes.
Así puede suceder en la vida interior, comenta San Josemaría (Es Cristo que pasa, 147): “Los hombres estamos expuestos a dejarnos llevar del sueño del egoísmo, de la superficialidad, desperdigando el corazón en mil experiencias pasajeras, evitando profundizar en el verdadero sentido de las realidades terrenas. ¡Mala cosa ese sueño, que sofoca la dignidad del hombre y le hace esclavo de la tristeza! Hay un caso que nos debe doler sobre manera: el de aquellos cristianos que podrían dar más y no se deciden; que podrían entregarse del todo, viviendo todas las consecuencias de su vocación de hijos de Dios, pero se resisten a ser generosos. 

Nos debe doler porque la gracia de la fe no se nos ha dado para que esté oculta, sino para que brille ante los hombres; porque, además, está en juego la felicidad temporal y la eterna de quienes así obran. La vida cristiana es una maravilla divina, con promesas inmediatas de satisfacción y de serenidad, pero a condición de que sepamos apreciar el don de Dios, siendo generosos sin tasa”.

Podemos pensar en nuestro sueño: nuestras manifestaciones de egoísmo, de superficialidad, de falta de generosidad y pedir perdón al Sembrador divino. De hecho, una interpretación complementaria de esta parábola es en la óptica de la misericordia divina, a la luz de la primera lectura y del salmo de la semana XVI: En el libro de la Sabiduría (12, 13.16-19), se muestra al Señor que le da tiempo al pecador para que se arrepienta: “Siendo tú el dueño de la fuerza, juzgas con misericordia y nos gobiernas con delicadeza. (…) Has llenado a tus hijos de una dulce esperanza, ya que al pecador le das tiempo para que se arrepienta”.  

El Salmo 85 hace eco de esa característica divina: “Tú, Señor, eres bueno y clemente. (…) Dios entrañablemente compasivo, todo amor y lealtad, lento a la cólera, ten compasión de mí, pues clamo a ti, Señor, a toda hora. En esta perspectiva, se entiende que el Señor le ofrece una oportunidad más al pecador, cuando dice (Mateo 13, 24-43):
Cuando brotó la hierba y echó espiga, entonces apareció también la cizaña. Los siervos del amo de la casa fueron a decirle: «Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña?» Él les dijo: «Algún enemigo lo habrá hecho». Le respondieron los siervos: «¿Quieres que vayamos a arrancarla?» Pero él les respondió: «No, no vaya a ser que, al arrancar la cizaña, arranquéis también con ella el trigo. Dejad que crezcan juntos hasta la siega». 

El Señor le da tiempo al pecador para que se arrepienta del sueño malo que dejó crecer la cizaña junto al trigo. Y en su bondadosa misericordia, está dispuesto a ayudarnos en esa labor interior de destierro del mal. Nos sirven para nuestra oración unas palabras de San Josemaría (Surco, 677): 
“El Señor sembró en tu alma buena simiente. Y se valió —para esa siembra de vida eterna— del medio poderoso de la oración: porque tú no puedes negar que, muchas veces, estando frente al Sagrario, cara a cara, El te ha hecho oír —en el fondo de tu alma— que te quería para Sí, que habías de dejarlo todo... Si ahora lo niegas, eres un traidor miserable; y, si lo has olvidado, eres un ingrato.

Se ha valido también —no lo dudes, como no lo has dudado hasta ahora— de los consejos o insinuaciones sobrenaturales de tu Director, que te ha repetido insistentemente palabras que no debes pasar por alto; y se valió al comienzo, además —siempre para depositar la buena semilla en tu alma—, de aquel amigo noble, sincero, que te dijo verdades fuertes, llenas de amor de Dios.

—Pero, con ingenua sorpresa, has descubierto que el enemigo ha sembrado cizaña en tu alma. Y que la continúa sembrando, mientras tú duermes cómodamente y aflojas en tu vida interior. —Esta, y no otra, es la razón de que encuentres en tu alma plantas pegajosas, mundanas, que en ocasiones parece que van a ahogar el grano de trigo bueno que recibiste...

—¡Arráncalas de una vez! Te basta la gracia de Dios. No temas que dejen un hueco, una herida... El Señor pondrá ahí nueva semilla suya: amor de Dios, caridad fraterna, ansias de apostolado... Y, pasado el tiempo, no permanecerá ni el mínimo rastro de la cizaña: si ahora, que estás a tiempo, la extirpas de raíz; y mejor, si no duermes y vigilas de noche tu campo”.