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lunes, noviembre 23, 2009

Cristo Rey


Hoy llegamos al final del año litúrgico. Concluimos un período, marcados como estamos por el paso cíclico del tiempo en nuestra vida. Es momento de examen, de balance: ¿qué tanto hemos aprovechado las gracias que nos diste, Señor, durante estos meses? En nuestra oración, podemos pensar dónde estábamos en noviembre del año pasado; dónde celebramos la fiesta de Cristo Rey en aquella época. Y pensar, en un primer análisis, en el año transcurrido: la Navidad, la Cuaresma, la Semana Santa, el período laboral, las vacaciones de mitad de año, el segundo semestre… hasta llegar a hoy. Seguramente, en ese breve recorrido litúrgico que hemos hecho, se nos han venido a la mente momentos especiales: un medio de formación que nos sirvió bastante, un descanso que nos llegó en el mejor momento, algunas amistades que nos impactaron de modo positivo…

Pero también veremos algunas manchas en nuestra actuación: faltas de generosidad, propósitos incumplidos, detalles que no quisiéramos haber tenido. Surge la tentación de la desesperanza: ¿lograremos cambiar para bien, definitivamente, alguna vez? Quizá es precisamente por eso por lo que concluimos el año como lo hacemos, festejando a Jesucristo como Rey del universo. Por eso canta la liturgia: Oh Jesús, Rey admirable, Vencedor noble, Dulzura inefable a Quien tanto anhelamos: Rey de las virtudes y Rey de la gloria, invicto Rey soberano, Dispensador de la gracia, Honor de la Corte celestial.

En la primera lectura se presenta la profecía de Daniel (7,13-14): Yo, Daniel, en una visión nocturna, vi venir sobre las nubes del cielo alguien semejante a un hijo de hombre; avanzó hacia el anciano y fue introducido ante su presencia. Entonces recibió poder, gloria y reino. Y todos los pueblos, naciones y lenguas lo servían. Su poder es eterno, nunca acabará, y su reino jamás será destruido. Los primeros cristianos no dudaron en aplicar esta visión al reinado de Jesucristo, lo mismo que el Salmo 93: El Señor reina, vestido de majestad.

Curiosamente, el Evangelio presenta a Jesús en otra situación: para este domingo, el pasaje escogido es el capítulo 18 de San Juan, que transcurre en el palacio de Poncio Pilato. Ya no vemos el esplendor ni el poder que nos presentaron el profeta y el salmista, sino un tribunal de acusaciones, donde Jesús es el reo: Pilato entró de nuevo en el pretorio, llamó a Jesús y le dijo: —¿Eres tú el Rey de los judíos? Jesús contestó: —¿Dices esto por ti mismo, o te lo han dicho otros de mí?

Como vemos, el ambiente es pesado. Jesús lleva unas doce horas apresado por los judíos que, después de maltratarlo, se dirigen al procurador para que sea él quien lo juzgue y condene a muerte. Por su parte, ya le habían hecho un juicio religioso por blasfemia (¡como para que algunos duden de que Jesús se proclamaba Hijo de Dios!) Pero lo que deseaban era una condena a muerte, que al parecer ellos no podían dar, según se desprende de la respuesta que dan a Pilato cuando éste les indicó que lo juzgaran ellos mismos: A nosotros no nos está permitido dar muerte a nadie. Por eso lo llevan a un proceso político, acusándolo de sedición contra el César (a Él, que había enseñado: “Dad al César lo que es del César”). O quizá querían humillarlo por partida doble… 

García-Moreno explica que, con su respuesta, “Jesús busca el sentido de la interrogación de Pilato. Si habla por sí mismo, la pregunta tiene un sentido claramente político, y entonces la respuesta sería negativa. Pero si no habla por sí, sino por otros, entonces la cuestión podría ser entendida religiosa o políticamente. Por eso Jesús distingue, ya que él es Rey, pero no político sino religioso”.

Todo este contexto explica la dura respuesta de Jesús: —¿Dices esto por ti mismo, o te lo han dicho otros de mí? —¿Acaso soy yo judío? –respondió Pilato–. Tu gente y los príncipes de los sacerdotes te han entregado a mí: ¿qué has hecho? Cuando se estudia a fondo el proceso de Jesús, se ve que el procurador romano se encuentra en un dilema: se va convenciendo de que Jesús es inocente, pero no quiere tener malas relaciones con las autoridades judías. 

En el pensamiento contemporáneo, hay quien lo ve como un ejemplo a seguir (Kelsen, por ejemplo): ante tal disyuntiva, no resuelve el problema buscando la verdad –que la tiene en frente, en la persona de Jesús-, sino que toma una decisión políticamente correcta: lavarse las manos haciendo una encuesta… Para ser objetivos, tengo que decir aquí que en la Iglesia Ortodoxa este hombre es venerado como santo mártir. Probablemente su esposa Claudia le ayudaría después a convertirse… En este momento podemos pensar cuántas veces actuamos como Pilato, a medias tintas, tratando de quedar bien con Dios y con el diablo…

Por eso, Jesús respondió: —Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores lucharían para que no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí. Pilato le dijo: —¿O sea, que tú eres Rey? (Se trata de una pregunta retórica, un formulismo legal). Jesús contestó: —Tú lo dices: yo soy Rey. Para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad; todo el que es de la verdad escucha mi voz.

Su reino no es de este mundo. Este es el sentido de la fiesta de hoy: no pretendemos entronizar a Jesús como patrono de una bandería humana o de un partido político. El reino de Cristo no es de aquí, como alaba el Prefacio de la Misa: “consagraste Sacerdote eterno y Rey del universo a tu único Hijo, nuestro Señor Jesucristo, ungiéndolo con óleo de alegría, para que, ofreciéndose a sí mismo como víctima perfecta y pacificadora en el altar de la cruz, consumara el misterio de la redención humana; y sometiendo a su poder la creación entera, entregara a tu majestad infinita un reino eterno y universal: reino de la verdad y la vida, reino de la santidad y la gracia, reino de la justicia, el amor y la paz”.

Jesús reina, pero no como fruto de una usurpación violenta o de una herencia sin mérito. Jesús fue consagrado Rey a través del sacrificio en el altar de la Cruz, para alcanzarnos la gloria de los hijos de Dios, a pesar de nuestra indignidad.

El Beato Juan Pablo II explicaba que “el Reino de Dios no es un concepto, una doctrina o un programa sujeto a libre elaboración, sino que es ante todo una persona que tiene el rostro y el nombre de Jesús de Nazaret”. Y añadía que no se puede separar de la Iglesia –y aquí entramos cada uno de nosotros, pertenecientes o convocados a ella-, “que está ordenada al Reino de Dios, del cual es germen, signo e instrumento, puesto que tiene la misión de anunciarlo e instaurarlo en todos los pueblos”.

Cristo Rey no es una figura para admirar, sino que conlleva un compromiso personal. Quizá recordamos las primeras veces que leímos aquellos puntos de Camino que hablan sobre llamamiento: “—“¡Su Reino no tendrá fin!” ¿No te da alegría trabajar por un reinado así?” (n. 906). 

San Josemaría tiene además una homilía estupenda sobre esta fiesta, de la que tomo solo una idea sobre nuestro compromiso con el reinado de Cristo: "para que Cristo efectivamente reine tengo que dejarlo señorear en mi vida. Cristo debe reinar, antes que nada, en nuestra alma. Pero qué responderíamos, si El preguntase: tú, ¿cómo me dejas reinar en ti? Yo le contestaría que, para que El reine en mí, necesito su gracia abundante: únicamente así hasta el último latido, hasta la última respiración, hasta la mirada menos intensa, hasta la palabra más corriente, hasta la sensación más elemental se traducirán en un hosanna a mi Cristo Rey. Si pretendemos que Cristo reine, hemos de ser coherentes: comenzar por entregarle nuestro corazón. Si no lo hiciésemos, hablar del reinado de Cristo sería vocerío sin sustancia cristiana, manifestación exterior de una fe que no existiría, utilización fraudulenta del nombre de Dios para las componendas humanas" (Es Cristo que pasa, n. 181).

Lo decía también, de modo poético, J. Leclerq: «Él es Rey de mi corazón. Rey de ese mundo íntimo dentro de mí mismo donde nadie penetra y donde únicamente yo soy señor. Jesús es Rey ahí en mi corazón. Tú lo sabes bien, Señor».

Podemos concluir con una petición de Benedicto XVI: “La Virgen María, a quien Dios asoció de modo singular a la realeza de su Hijo, nos obtenga acogerlo como Señor de nuestra vida, para cooperar fielmente en el acontecimiento de su reino de amor, de justicia y de paz”.

sábado, noviembre 25, 2006

Reinar sirviendo


Al final del año litúrgico, la Iglesia celebra la fiesta de Jesucristo, Rey del Universo. Se quiere remarcar que Jesús reina, aunque hoy no parezca tan claro. Los poderosos de la sociedad quisieran desterrarlo de la educación, de la familia, de la política, de la información. A veces, parece que fueran a lograrlo pronto. De hecho, hay zonas del mundo donde ese dominio parece incontrovertible. ¿Hasta dónde llegará esa tendencia? ¿Será posible acabar con ese reinado que parece atentar contra ciertas estabilidades? ¿O, como en el caso de Herodes, los perseguidos son inocentes cuyo testimonio será fortaleza para un renacer postrero?

La Sagrada Escritura presenta, en diversas ocasiones, la verdad de ese reinado universal: el profeta Daniel anuncia (7,13-14): “Yo, Daniel, en una visión nocturna, vi venir sobre las nubes del cielo alguien semejante a un hijo de hombre; avanzó hacia el anciano y fue introducido ante su presencia. Entonces recibió poder, gloria y reino. Y todos los pueblos, naciones y lenguas lo servían. Su poder es eterno, nunca acabará, y su reino jamás será destruido”.  

El Salmo 92 proclama: El Señor es rey; está vestido de esplendor; está vestido y rodeado de poder. Tu trono está firme desde siempre, tú existes desde la eternidad. Además, la contemplación del reinado de Cristo no es, para nosotros, un gesto pasivo, sino que nos involucra, pues somos hermanos de ese Rey. Por eso, san Juan proclama en el Apocalipsis (1,5-8): Al que nos ama y nos liberó de nuestros pecados con su propia sangre, al que nos ha constituido en reino y nos ha hecho sacerdotes para Dios, su Padre, toda la gloria y el poder por los siglos de los siglos”.

Jesús reina y los cristianos somos su reino, sus sacerdotes. Una de las claves del mensaje de Jesucristo es el anuncio del Reino: “Buscad primero el reino de Dios y toda su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura”. Para llevar esa invitación a la práctica, habría que preguntarse antes: ¿En qué consiste ese reinado, para poder comenzar la búsqueda? La escena del interrogatorio ante Pilato es muy útil para aclararse. El mismo apóstol Juan (18, 33-37) cuenta que Pilato preguntó a Jesús: "¿Eres tú el rey de los judíos?" Jesús le contestó: "¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?" Pilato le respondió: "¿Acaso soy yo judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?" Jesús le contestó: "Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuera de este mundo, mis seguidores habrían luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero no, mi Reino no es de aquí". Pilato le dijo: "Con que, ¿tú eres rey?" Jesús le contestó: "Tú lo has dicho: Yo soy Rey. Yo nací y vine al mundo para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz". 

Jesús proclama que es Rey ante su verdugo, pocas horas antes de morir abandonado de casi todo el mundo. Su reinado es anunciar la verdad de Dios: que no ha rechazado padecer hasta la muerte en obediencia al Padre y en servicio a sus hermanos. Benedicto XVI explica, en el n. 12 de la Encíclica Deus Caritas est, que ésa es la originalidad del planteamiento de Cristo sobre el reinado, un reino que no es imposición, sino servicio. “La verdadera originalidad del Nuevo Testamento no consiste en nuevas ideas, sino en la figura misma de Cristo, que da carne y sangre a los conceptos: un realismo inaudito. Tampoco en el Antiguo Testamento la novedad bíblica consiste simplemente en nociones abstractas, sino en la actuación imprevisible y, en cierto sentido inaudita, de Dios. Este actuar de Dios adquiere ahora su forma dramática, puesto que, en Jesucristo, el propio Dios va tras la «oveja perdida», la humanidad doliente y extraviada. Cuando Jesús habla en sus parábolas del pastor que va tras la oveja descarriada, de la mujer que busca el dracma, del padre que sale al encuentro del hijo pródigo y lo abraza, no se trata sólo de meras palabras, sino que es la explicación de su propio ser y actuar. En su muerte en la cruz se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor en su forma más radical. Poner la mirada en el costado traspasado de Cristo, del que habla Juan (cf. 19, 37), ayuda a comprender lo que ha sido el punto de partida de esta Carta encíclica: « Dios es amor » (1 Jn 4, 8). Es allí, en la cruz, donde puede contemplarse esta verdad. Y a partir de allí se debe definir ahora qué es el amor. Y, desde esa mirada, el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amar”.

En cristiano, reinar es amar, reinar es servir, entregarse hasta la muerte, convertir el odio y la violencia en amor, la muerte en vida. Es lo que canta el Prefacio de la Misa: “Porque consagraste Sacerdote eterno y Rey del universo a tu único Hijo, nuestro Señor Jesucristo, ungiéndolo con óleo de alegría, para que, ofreciéndose a sí mismo como víctima perfecta y pacificadora en el altar de la cruz, consumara el misterio de la redención humana; y sometiendo a su poder la creación entera, entregara a tu majestad infinita un reino eterno y universal: reino de la verdad y la vida, reino de la santidad y la gracia, reino de la justicia, el amor y la paz”.

Es misión del cristiano extender ese reinado en su tiempo y en su espacio, hacer vida suya la vida de Cristo, dejar que Él reine, ante todo, en la propia vida. Es lo que predicaba san Josemaría en esta solemnidad: “Cristo debe reinar, antes que nada, en nuestra alma. Pero qué responderíamos, si El preguntase: tú, ¿cómo me dejas reinar en ti? Yo le contestaría que, para que El reine en mí, necesito su gracia abundante: únicamente así hasta el último latido, hasta la última respiración, hasta la mirada menos intensa, hasta la palabra más corriente, hasta la sensación más elemental se traducirán en un hosanna a mi Cristo Rey. Si pretendemos que Cristo reine, hemos de ser coherentes: comenzar por entregarle nuestro corazón. (…) Si dejamos que Cristo reine en nuestra alma, no nos convertiremos en dominadores, seremos servidores de todos los hombres. Servicio. ¡Cómo me gusta esta palabra! Servir a mi Rey y, por El, a todos los que han sido redimidos con su sangre. ¡Si los cristianos supiésemos servir! Vamos a confiar al Señor nuestra decisión de aprender a realizar esta tarea de servicio, porque sólo sirviendo podremos conocer y amar a Cristo, y darlo a conocer y lograr que otros más lo amen” (Es Cristo que pasa, n. 181-2).

Reinar sirviendo. En María vemos hecha vida esa actitud. Desde antes de la Anunciación, se consideraba esclava del Señor. Cuando se entera del embarazo de su prima, la anciana Isabel, se dirige con prisa a acompañarla durante tres meses. En las bodas de Caná…, toda su vida, hasta el Calvario y Pentecostés se resumen en ese modo de vida que acrisoló al lado de su Hijo: Reinar sirviendo.