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viernes, junio 29, 2012

Resurrección de la hija de Jairo y curación de la hemorroísa


Después del exorcismo al endemoniado de Gerasa, Jesús atravesó de nuevo en barca a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor y se quedó junto al mar (Mc 5,21). El Señor regresa de la zona oriental del lago, de donde había sido rechazado porque había echado a perder una numerosa piara. Para aquellas personas, fue más fuerte el dolor por la desaparición de unos cerdos que la alegría por la salud del joven coterráneo. Nosotros nos situamos junto a los doce apóstoles y la gran muchedumbre, ansiosos de escuchar las enseñanzas del Maestro.

Sin embargo, una escena inesperada interrumpe la predicación: un hombre importante, miembro del consejo de ancianos de la sinagoga local, logra hacerse paso entre la multitud y acercarse a Jesucristo. Cuando llega a su presencia, hace un gesto de humildad: Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies, rogándole con insistencia: «Mi niña está en las últimas; ven, impón las manos sobre ella, para que se cure y viva». Jesucristo acepta la humilde petición del jefe de la sinagoga, no se hace de rogar, y movido por su infinita misericordia hacia las personas que sufren se fue con él y lo seguía mucha gente que lo apretujaba.

El Evangelio nos presenta el drama de la muerte. En este caso, más dura aún, por tratarse de una niña de doce años. La liturgia de la Iglesia relaciona este pasaje con unas palabras del libro de la Sabiduría (1,13-2,24), que ofrecen una esperanza para el morir: Dios no ha hecho la muerte, ni se complace destruyendo a los vivos. Él todo lo creó para que subsistiera. El libro de la Sabiduría aclara que la muerte no estaba prevista en el diseño original de Dios. Esta obra significa una madurez de la revelación, al abrir la esperanza religiosa a la eternidad con el Señor.

El Evangelio amplía esa enseñanza, como vemos en el inserto que san Marcos incluye de camino a la casa de Jairo: se trata del episodio de la hemorroísa, que con su fe logró un milagro esperado por años: Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Había sufrido mucho a manos de los médicos y se había gastado en eso toda su fortuna; pero, en vez de mejorar, se había puesto peor. Si la primera escena nos planteaba el drama de la muerte, la impureza legal que padecía esta mujer ofrece otro interrogante relacionado con él: la contrariedad del sufrimiento humano, del mal, de su origen y su posible solución. Si Dios hizo todo bueno, ¿cómo se explica la maldad en el mundo? ¿Por qué hay tanta injusticia, tanta corrupción? ¿Por qué sufren los inocentes como la hemorroísa― y gozan los malvados como Barrabás o el epulón―? Yendo más lejos, ¿Por qué la muerte, si tenemos ansias de inmortalidad? ¿Por qué muere una niña joven, como la hija de Jairo?

Son preguntas que se han hecho las personas desde los comienzos de la humanidad, y el libro de la Sabiduría ofrece una respuesta que también se remonta al principio, al pecado original: Dios creó al hombre incorruptible y lo hizo a imagen de su propio ser. El texto sagrado subraya que Dios hizo buenos al mundo y al hombre. Es más: al ser humano lo creó a su imagen y semejanza, nos hizo libres. No quiso esclavos autómatas, sino personas que pudieran dialogar con Él como los hijos con su Padre. Mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo. Y los primeros padres cayeron libremente en la trampa del mal, pecaron y —en consecuencia— comenzó la mortalidad de los seres humanos.

Sin embargo, la Sagrada Escritura enseña que lo verdaderamente importante no es la muerte física, sino la muerte espiritual —el pecado— que es la causa de todos los males, el único verdadero mal: «como consecuencia del pecado original, la naturaleza humana quedó debilitada en sus fuerzas, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al dominio de la muerte, e inclinada al pecado (inclinación llamada “concupiscencia”)» (CCCE, n.418). Dios creó al ser humano para el bien y para la eternidad, pero el pecado ocasionó la tendencia hacia el mal y la muerte. El Señor no creó esas inclinaciones, la culpa fue de la soberbia humana, que llevó a usar de modo erróneo el tesoro de la libertad. Sin embargo, el pecado no es la última palabra, pues ya en el mismo Génesis (3,15) Dios promete un redentor de esa culpa. Se trata de su Hijo, al que vemos cumpliendo esa misión en el pasaje del Evangelio que estamos meditando.

Volvamos a pensar en la hemorroísa: Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando: «Con solo tocarle el manto curaré». Aquella mujer era consciente de su debilidad y decide acercarse al que la puede curar. También nosotros tenemos miserias, del cuerpo y del espíritu. Aprovechemos este rato de oración para hacer examen, para reconocer nuestros vicios y para pedir a Dios que nos ayude a rechazarlos cada vez con más firmeza. Señor: queremos ser fieles a tu misión de luz, rechazar las obras de las tinieblas; aborrecer la más pequeña insinuación de pecado, aunque sea venial. Ayúdanos con tu gracia cada vez que la envidia del diablo remueva nuestra concupiscencia y nos presente más atractivo el camino de la muerte, como hizo con Adán y Eva. Ayúdanos a aprovechar la gracia que nos llega con los sacramentos, especialmente en la Reconciliación y en la Eucaristía. De esa manera, recomenzaremos todas las veces que haga falta en esos puntos concretos que más nos cuestan y experimentaremos la sensación de salud que advirtió la hemorroísa: Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias y notó que su cuerpo estaba curado.

Pero la historia no termina aquí, pues Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió enseguida, en medio de la gente y preguntaba: «¿Quién me ha tocado el manto?». Jesús conocía de sobra todo lo que había sucedido, pero consideró conveniente que aquella mujer hiciera pública la gracia recibida, para bien de ella y de quienes la escuchaban —incluidos nosotros, muchos siglos más tarde—. Mientras los discípulos se sorprenden por la pregunta (Ves cómo te apretuja la gente y preguntas: «¿Quién me ha tocado?»), la mujer se acercó, al comprender lo que le había ocurrido, se le echó a los pies y le confesó toda la verdad. Ya estaba curada de su enfermedad física, pero permanecía con miedo, asustada y temblorosa, sin saber qué le iba a pasar. De esa manera comienza la segunda parte del milagro, que es la curación del alma.

Confesar toda la verdad es parte de la virtud de la sinceridad, un elemento muy importante en el camino de la lucha ascética y, por tanto, de la santidad. El Señor saca grandes bienes de nuestra sencillez: desde el punto de vista psicológico, nos sirve para desahogarnos, incluso para aclarar las diversas facetas del asunto que nos remuerde; por lo que concierne a la ascética, nos garantiza la compañía de la oración y el consejo de quien escucha nuestra confidencia —que, obviamente, debe ser la persona adecuada: el Buen Pastor de nuestras almas—. Además, también nos ayuda a crecer en humildad, una virtud que es manifestación, «fruto y señal» de la fe que es la protagonista de los milagros que estamos contemplando: tanto la hemorroísa como Jairo tuvieron mucha fe para acercarse a tocar el manto de Jesús o a pedirle un favor casi imposible, pero también para abandonarse por completo ante su Palabra (Cf. S, n.324).

El segundo signo de Jesús, la salvación espiritual, es el más importante y definitivo, por esa razón proclama con solemnidad: Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu enfermedad. «¿Te persuades de cómo ha de ser nuestra fe? Humilde. ¿Quién eres tú, quién soy yo, para merecer esta llamada de Cristo? ¿Quiénes somos, para estar tan cerca de Él? Como a aquella pobre mujer entre la muchedumbre, nos ha ofrecido una ocasión. Y no para tocar un poquito de su vestido, o un momento el extremo de su manto, la orla. Lo tenemos a Él. Se nos entrega totalmente, con su Cuerpo, con su Sangre, con su Alma y con su Divinidad. Lo comemos cada día, hablamos íntimamente con Él, como se habla con el padre, como se habla con el Amor. Y esto es verdad. No son imaginaciones» (AD, n.199).

Mientras tanto, el padre de la niña moribunda escuchaba el diálogo y la conclusión que acabamos de considerar. En su interior pediría a Dios que le diese una fe como la de esta mujer, que permitiera un milagro como el que ella había recibido. Sin embargo, todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: «Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?». Una lanzada profunda atravesaría el alma de Jairo. Pensaría con dolor en el tiempo que habían perdido con aquella mujer, y sentiría como Marta, la hermana de Lázaro, en otra ocasión: si hubieras llegado a tiempo mi hija no hubiera fallecido… Sin embargo, también recordaría las palabras elogiosas para la hemorroísa: tu fe te ha salvado. El mismo Señor se lo recalcó: «No temas; basta que tengas fe».

La gente se dispersaría con facilidad, al ver que el caso no daba esperanza. Los tres discípulos más cercanos, los mismos que más adelante acompañarían a Jesús en el Tabor y en Getsemaní, fueron los elegidos para acompañarle en esta situación hasta entonces inaudita. Llegan a casa del jefe de la sinagoga y encuentra el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos y después de entrar les dijo: «¿Qué estrépito y qué lloros son estos? La niña no está muerta; está dormida». Se reían de él. Jairo continúa en su prueba de fe: ya no hay multitudes, ni siquiera el conjunto de los doce discípulos. Solo están Jesús, los tres testigos, su esposa y él. Los vecinos más cercanos le retiran toda esperanza. Y la posibilidad que Jesús plantea, a la que Jairo se aferra como última ilusión, desaparece para su familia en medio de unas burlas. Es probable que en alguna ocasión el Señor permita que nos enfrentemos a situaciones que exijan muchísima fe, como la hemorroísa con su enfermedad de doce años o como Jairo, creyendo contra toda posibilidad. Pero esa virtud teologal debe crecer cada día, en la vida ordinaria; por esa razón debemos pedírsela a Dios, ejercitarla con frecuencia, profundizar en las verdades doctrinales y transmitirla a nuestros conocidos.

Pero él los echó fuera a todos y, con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes, entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo: Talitha qumi (que significa: «Contigo hablo, niña, levántate»). La niña se levantó inmediatamente y echó a andar; tenía doce años. Y quedaron fuera de sí llenos de estupor. Los verbos que utiliza el evangelista en esta escena para narrar el «levantamiento» de la niña son los mismos que usará después para describir la resurrección de Jesús. Alcanzan plenitud las enseñanzas del libro de la Sabiduría: Dios no ha hecho la muerte, ni se complace destruyendo a los vivos. Él todo lo creó para que subsistiera. Dios creó al hombre incorruptible y lo hizo a imagen de su propio ser. Si el Señor cuida así de la existencia terrenal de una persona, ¿qué no hará por nuestra salud espiritual?


Por eso el milagro más significativo no es la salud de la hemorroísa, ni la resurrección del cuerpo. Lo importante es la salud del alma, que recibimos en el sacramento de la penitencia y que fortalecemos en la Eucaristía. Por ese motivo, Jesús le dijo a la hemorroísa: tu fe te ha salvado. Considerando estos dos milagros se colige que «no es la confianza en un gesto mágico lo que puede salvar, sino el encuentro personal con Jesús mediante la fe» (Fabris, citado por Casciaro, 1994, p. 327). Por eso mismo concluimos nuestra oración, conscientes de que el Señor se dirige hoy a nosotros como antes a Jairo: No temas, basta que tengas fe. Y le respondemos, acudiendo a la intercesión de la Virgen, Maestra de fe y de humildad, con otras peticiones del Evangelio: Señor, yo creo, pero ayuda mi falta de fe. ¡Auméntame la fe!

sábado, julio 25, 2009

Peregrinos: muerte y esperanza


 Santa Misa de funeral.

1ª. Lectura: Ap 14,13: Ellos descansan de sus trabajos porque sus obras los acompañan.
Sal 63: Mi alma está sedienta de ti, Dios mío.
Lc 23: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. No está aquí, resucitó.

Celebramos hoy las exequias de nuestro hermano Luis Enrique. Es una circunstancia que nos hace enfrentarnos con esa realidad inexorable de la muerte. Como dice el poeta del siglo de oro español: “Yo, ¿para qué nací? / -para salvarme /que tengo que morir es infalible”...

Es dura la realidad de la muerte. Y es tan humana, que hasta el Señor Jesucristo aceptó padecerla, como acabamos de leer en el Evangelio: hacia las tres de la tarde, en medio de las penumbras de aquel Viernes Santo,
“Jesús, con voz potente, exclamó: ‘Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu’. Y dicho esto, expiró”.

Imaginémonos el corazón de su Madre. Pensemos en los sentimientos de Juan. A cada uno de ellos, el Señor les había encomendado mutuamente su cuidado: Ahí tienes a tu hijo, le había dicho a María; ahí tienes a tu Madre, le recomendó a Juan.

La escena de la Piedad, del amante que recibe entre sus brazos el cadáver de su amado, se repite cada día. Hoy lo vemos en esta queridísima familia.

Sé de un niño –no tenía mucho más de catorce años - que experimentó también el dolor de la separación por la muerte de su padre. Contaba que, al confirmarse la noticia, sintió como un hachazo que lo partía en dos. Parece que es una experiencia frecuente.

En ese momento, surgen interrogantes sobre la nueva vida: ¿qué será de nuestra existencia sin ti? Y recordamos tantos momentos gratos, cuando le teníamos entre nosotros: las salidas, los juegos, los consejos, los paseos, la vida diaria. Y también nos vienen a la mente algunas desavenencias: y sabemos descubrir esa disculpa que hace unos meses o unos años no supimos encontrar para darle un perdón más rápido. Hoy sabemos que, también aquello que nos costaba entender, siempre era para nuestro bien.

También nos pueden venir remordimientos, por palabras que no debimos haber dicho. O por lo que dejamos de hacer: podríamos haber agradecido, aprendido o comprendido más. Pero también es importante saber que –así como es natural el perdón y la disculpa de nuestra parte por sus posibles errores- él nos ha perdonado: sonríe pensando en nuestro dolor, con su gesto característico, y nos dice: tranquilos, todo está bien.

El muchachito del que hablaba al comienzo contaba que, durante las horas del velorio, uno pasa como por un túnel: agradece la visita de los parientes, de los amigos, pero experimenta esa soledad tremenda de la muerte, el temor ante el futuro sin ese bastón del ser querido.

Y piensa en las virtudes de la persona que se ha ido: como en este caso, en que hablamos de un buen padre, un buen esposo, un buen cristiano. Que deja –por Providencia de Dios, que siempre sabe escoger el mejor momento- una familia ya autónoma, con hijos profesionales. Que se va con la satisfacción del deber cumplido.

Asistir a unas exequias siempre nos interpela con la verdad de la muerte, decíamos. Sin querer ser trágico, es fácil pensar que un día nos llegará el momento, a cada uno, de partir. Y esa visión nos ayuda a ver de otro modo las aspiraciones que nos motivan cada día.

Es el último recuerdo que aquél muchacho me transmitía sobre el entierro de su padre: dice que -después del funeral- en la procesión con el féretro por la nave de la iglesia, el coro entonó un himno muy conocido, que él mismo había cantado muchas veces. Pero en la solemnidad del momento, entendió la verdad de esa doctrina que en forma musical quiso el Señor recordarle, y recordarnos ahora:
“Nos hallamos aquí en este mundo que tu amor nos dio, pero la meta no está en esta tierra: es un Cielo que está más allá”.

En medio del dolor que nos causa la separación, nos llena de consuelo y de esperanza la convicción de que enterramos a un hombre santo. Al comienzo del año sacerdotal, la Iglesia nos recuerda que, por el hecho de estar bautizados y confirmados, todos participamos del sacerdocio de Cristo –en modos diversos, los laicos y los clérigos-.

Luis Enrique era un buen padre, un buen esposo, un buen trabajador, precisamente porque era un buen cristiano. El sábado pasado le administré el sacramento de la unción de enfermos y pude constatar lo bien preparado que estaba para dar este paso. Y fue preparando a su familia con cariño, con fortaleza –sin apenas quejarse-, con visión sobrenatural.

San Josemaría, a quien Luis Enrique tenía mucha devoción –hasta el punto de hacerse Cooperador del Opus Dei- decía que morir es como casarse. Y sugería que, cuando nos llegara el momento, pidiéramos la intercesión de la Virgen:
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora… Y concluía: “¡Y verás a la hora de la muerte! ¡Qué sonrisa tendrás a la hora de la muerte! No habrá un rictus de miedo, porque estarán los brazos de María para recogerte”.

Esto fue lo que sucedió en la hora de la muerte de Luis Enrique: antenoche, lo último que hizo la familia fue rezar el Rosario. Y ayer, al comenzar el día de Nuestra Señora del Carmen, Luis Enrique se encontró con los brazos de María para recogerlo, la Virgen se lo llevó a la Casa del Padre. Y ahora, desde allí, nos sigue cuidando, y no dejará de pedir al Señor por nuestras necesidades.

Nosotros seguiremos rezando por él, como un deber de justicia, pero estamos convencidos de lo que escuchamos en la primera lectura:
“Dichosos los difuntos que mueren en el Señor: ellos descansan de sus trabajos porque sus obras los acompañan”. Y estamos aquí testimoniando que las obras buenas de Luis Enrique fueron muchas, y se lo agradecemos, a él y, en primer lugar, al Señor por habernos dado este modelo de conducta.

Podemos terminar meditando los últimos versos que consolaron a aquel amigo cuando era casi un niño y que ojalá hoy también nos ayuden a ejercitar nuestra esperanza.
“Somos los peregrinos que vamos hacia el Cielo. La fe nos ilumina: nuestro destino no se halla aquí. La meta está en lo eterno, nuestra patria es el Cielo. La esperanza nos guía y el amor nos lo entreabre ya”.

Bogotá, 17-VII-2009

domingo, mayo 06, 2007

Jesucristo muestra al Padre



En estos días sucedió, en una Clínica Universitaria bogotana, que una cirujana joven -40 años, casada y con dos hijos- sufrió un desmayo en plena cirugía. A los dos días falleció: se trataba de un aneurisma cerebral. Son situaciones que lo hacen pensar a uno, lo ponen a meditar sobre los miedos del hombre. Uno de ellos es la muerte, que se puede ver como una amenaza, sobre todo si no se tiene esperanza para el más allá.

Comentaba estas ideas el pasado fin de semana, en un encuentro de jóvenes emprendedores. Meditábamos en que la empresa más importante para nosotros es nuestra propia vida. Y para sacarla adelante, en beneficio de la familia y de la sociedad, veíamos la importancia de tener un modelo (esa es la explicación de muchas empresas exitosas: recorrer el camino que se ha demostrado válido en experiencias anteriores).

El mejor ejemplo para nuestra vida es Jesucristo. Como dice el Concilio Vaticano II, en una frase que tanto gustaba a Juan Pablo II, “Cristo revela el hombre al propio hombre” (GS 22). En el Evangelio de Juan (14,7-14) aparece esa Revelación, en el contexto de la última cena: “Jesús le replica: - «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: "Muéstranos al Padre"?”

Venimos contemplando la figura de
Jesús como Buen Pastor. Esa bondad se nota, entre otras cosas, en la categoría del mensaje que nos revela. Como dice el Catecismo de la Iglesia (n. 516), hay muchos rasgos comunes en los Misterios de Jesús: “Toda la vida de Cristo es Revelación del Padre: sus palabras y sus obras, sus silencios y sus sufrimientos, su manera de ser y de hablar. Jesús puede decir: “Quien me ve a mí, ve al Padre” (Jn 14, 9), y el Padre: “Este es mi Hijo amado; escuchadle” (Lc 9, 35). Nuestro Señor, al haberse hecho hombre para cumplir la voluntad del Padre (cf. Hb 10,5-7), nos “manifestó el amor que nos tiene” (1 Jn 4,9) con los menores rasgos de sus misterios”.

La ex ministra noruega J.H. Matlary cuenta cómo, en su proceso de conversión, llegó un momento en que tuvo que enfrentarse con la Persona de Cristo: “En una de nuestras sesiones filosóficas, más de un año después de empezarlas, el dominico me preguntó si entraba en mis planes el convertirme al catolicismo. Le dije que no. "No estoy interesada en ello. Soy agnóstica. No creo; pero estoy de acuerdo con el sistema racional de la filosofía de Santo Tomás. Eso es todo". Pero esta pregunta me descolocó. Había ido a verle durante más de un año. No podía continuar así para siempre. (...) De pronto caí en la cuenta, o mejor comprendí, sin ninguna razón lógica, que todo giraba en torno a una persona llamada Cristo. (...) No tenía ninguna razón que pudiese explicarlo, pero supe que era lo decisivo, la única cuestión de verdad importante: el mismo Cristo. Se hizo presente en el sentido de que de repente empecé a interesarme por Él y por su vida. No me gustaba en absoluto. No lo había pedido; había buscado un sentido de la vida abstracto y lógico. Cristo, sin embargo, se metió cada vez más en mi vida. Seguí sorprendida. ¿Podría ser verdad todo lo que los cristianos creían? (...) Ya no se trataba de leer y de sacar conclusiones basadas en un estudio; era sobre todo cuestión de creer. Era de golpe más fácil y más difícil. Se convirtió en una cuestión existencial, no en algo intelectual. Y yo me manejaba bien en temas intelectuales, pero me encontraba lejos de ser una persona madura que estaba, sin darse cuenta, enamorándose de la Iglesia”.
El amor escondido. Belacqua. Barcelona 2002, p. 38-39.