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sábado, febrero 15, 2014

El sermón del monte. La plenitud de la Ley

El Evangelio de Mateo estructura la enseñanza de Jesús en torno a cinco grandes discursos, en los que algunos han visto una alusión a los cinco primeros libros del Antiguo Testamento (el Pentateuco o Torá). El primero de estos discursos es el llamado “sermón del monte”; los otros son: el misionero, el de las parábolas, el eclesiástico y el escatológico.
Al comienzo del año meditamos en la Misa dominical el Discurso de la montaña. Iniciamos la andadura con las Bienaventuranzas y la invitación a ser sal de la tierra y luz del mundo. Hoy continuamos con el papel que cumple Jesús con respecto a la Ley (5,17-37): No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolirlos sino a darles su plenitud. En verdad os digo que mientras no pasen el cielo y la tierra, de la Ley no pasará ni la más pequeña letra o trazo hasta que todo se cumpla.
Una de las características del primer Evangelio es presentar a Jesús como el Mesías prometido (y después rechazado por su pueblo). Tanto que algunos autores le llaman “el Evangelio del cumplimiento”. En este pasaje vemos a Jesús llevando a la plenitud las enseñanzas del Antiguo Testamento: Así, el que quebrante uno solo de estos mandamientos, incluso de los más pequeños, y enseñe a los hombres a hacer lo mismo, será el más pequeño en el Reino de los Cielos. Por el contrario, el que los cumpla y enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos.
Esta era una de las expectativas con respecto al Mesías esperado: debería revelar plenamente el auténtico sentido de la Ley. Y es lo que Jesús hace. No solamente refrenda esas enseñanzas, sino que se pone a la altura del Legislador divino: Habéis oído que se dijo (…) Pero yo os digo. No es un rabino más, un simple comentador. En palabras del teólogo judío Neusner, «ahora Jesús está en la montaña y ocupa el lugar de la Torá». Jesucristo es, como le gusta considerar a Benedicto XVI, «el nuevo Moisés». Por eso concluye el exordio de la escena con esta exigencia para sus discípulos: si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos.
Sin embargo, no se trata de la simple imposición de una nueva autoridad. Es verdad que el Evangelio dice que la gente se «asustaba» ante tal pretensión de igualarse con Dios, pero ―como dice, con hermosa intuición, el papa alemán―, «la novedad de Jesús consiste, esencialmente, en el hecho que él mismo “llena” los mandamientos con el amor de Dios, con la fuerza del Espíritu Santo que habita en él». Si bien el decálogo es en sí mismo una manifestación de caridad divina, Jesús los repleta de su amor al mostrarnos con su ejemplo que se pueden vivir. Es más, que son la clave para una existencia feliz. Es lo que vemos en los tres temas que pone a nuestra consideración la liturgia del sexto domingo ordinario: la fraternidad, la pureza, y la veracidad.
Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás, y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que se llene de ira contra su hermano será reo de juicio; y el que insulte a su hermano será reo ante el Sanedrín; y el que le maldiga será reo del fuego del infierno. Desde tiempos de Caín, la soberbia humana ha llevado al extremo de resolver las diferencias eliminando al hermano. Es un pecado gravísimo, que el quinto mandamiento prohibía para garantizar la vida en sociedad. Pero Jesús hace ver que no podemos limitar nuestro comportamiento moral a no caer en extremos. No es presentable hablar bien de sí mismo porque «yo no mato a nadie».
Jesús enseña que también se acaba la fraternidad con los odios, con el resentimiento, o si nos resistimos a perdonar. Por eso nos enseñó en el Padrenuestro a condicionar el perdón divino de nuestras culpas a la manera como nosotros perdonamos a los que nos ofenden: Por lo tanto, si al llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, vete primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve después para presentar tu ofrenda. Ponte de acuerdo cuanto antes con tu adversario mientras vas de camino con él; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al alguacil y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que restituyas la última moneda.
Hay que ir más allá, seguir las enseñanzas de Jesús hasta el extremo. No podemos olvidar que, en la última cena, después de abajarse a lavar los pies de sus discípulos ―incluido Judas, el traidor ― nos dio un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros como Yo os he amado. Recordemos las enseñanzas de san Juan, el discípulo amado: Si no amas a tu hermano a quien ves, ¿cómo amarás a Dios, a quien no ves?
Ese amor al prójimo comienza por los más cercanos, en primer lugar por la propia familia. Por eso Jesús continúa aclarando la doctrina sobre la santa pureza y el amor matrimonial: Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio en su corazón. Jesucristo, que había prometido a los limpios de corazón que verían a Dios, refrenda ahora la importancia de esta virtud. Y anima a luchar para tener lejanas las ocasiones de pecado, para no ponerse en tentación: Si tu ojo derecho te escandaliza, arráncatelo y tíralo; porque más te vale que se pierda uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. Y si tu mano derecha te escandaliza, córtala y arrójala lejos de ti; porque más te vale que se pierda uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo acabe en el infierno.
Por esa razón el Venerable Álvaro del Portillo nos invita a que «tengamos el orgullo santo de la práctica de la virtud de la pureza, cada uno dentro de su estado, porque así adquiere su verdadera dimensión la capacidad de amor que el Señor ha puesto en cada uno. Pensadlo bien, también a la hora de la tentación: una vida limpia, casta, animada por la caridad, orienta a Dios —a la plenitud del Amor y de la Felicidad— toda la persona humana, incluida su corporeidad». (Carta pastoral, 1-VII-1988, cit. en “Como sal y como luz”, n.358).
Se dijo también: Cualquiera que repudie a su mujer, que le dé el libelo de repudio. Pero yo os digo que todo el que repudia a su mujer –excepto en el caso de fornicación– la expone a cometer adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio. El Señor corrige la legislación que había ido desdibujando el designio originario sobre la indisolubilidad del matrimonio, que también ahora es atacada, en la teoría y en la práctica, desde diversos escenarios. Recordemos lo que enseña el Catecismo (n. 2382): «El Señor Jesús insiste en la intención original del Creador que quería un matrimonio indisoluble, y abroga la tolerancia que se había introducido en la ley antigua. Entre bautizados, “el matrimonio rato y consumado no puede ser disuelto por ningún poder humano ni por ninguna causa fuera de la muerte” (CIC, can 1141)».
Por último, el Señor explica la importancia de la veracidad. También habéis oído que se dijo a los antiguos: No jurarás en vano, sino que cumplirás los juramentos que le hayas hecho al Señor. Pero yo os digo: no juréis de ningún modo; ni por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del Gran Rey. Tampoco jures por tu cabeza, porque no puedes volver blanco o negro ni un solo cabello. Que vuestro modo de hablar sea: «Sí, sí»; «no, no». Lo que exceda de esto, viene del Maligno. El Catecismo (n.2153) explica que «Jesús enseña que todo juramento implica una referencia a Dios y que la presencia de Dios y de su verdad debe ser honrada en toda palabra. La discreción del recurso a Dios al hablar va unida a la atención respetuosa a su presencia, reconocida o menospreciada en cada una de nuestras afirmaciones».
Fraternidad, santa pureza, sinceridad. Tres ámbitos en los cuales Jesucristo quiso llevar a la compleción las indicaciones del Antiguo Testamento. Procuremos formular algún propósito concreto que nos ayude a encontrar más fácilmente el amor de Dios como la fuente del amor humano y de la amistad entre los hermanos. Que aterricemos a nuestra vida diaria una enseñanza específica del Evangelio que hemos considerado: que la plenitud del amor es la santidad.

Podemos concluir con una enseñanza del papa Benedicto: «quizás no es casualidad que la primera gran predicación de Jesús se llame “Sermón de la montaña”. Moisés subió al monte Sinaí para recibir la Ley de Dios y llevarla al pueblo elegido. Jesús es el Hijo de Dios que descendió del cielo para llevarnos al cielo, a la altura de Dios, por el camino del amor (…). Una sola criatura ha llegado ya a la cima de la montaña: la Virgen María. Gracias a la unión con Jesús, su justicia fue perfecta: por esto la invocamos como Espejo de la justicia. Encomendémonos a ella, para que guíe también nuestros pasos en la fidelidad a la Ley de Cristo».