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sábado, mayo 28, 2016

Corpus Christi, Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo

Después de la solemnidad de Pentecostés, con la que termina el tiempo de la pascua, la liturgia continúa celebrando los grandes misterios de la fe cristiana, como si quisiera alargar el gozo de la Pascua: por tanto, hemos celebrado la Santísima Trinidad, el sacerdocio sumo y eterno de Jesucristo, y la presencia del Señor, con su cuerpo y con su sangre, con su alma y su divinidad, en las especies sacramentales del pan y del vino (el Corpus Christi). Un día para aumentar nuestra fe en la presencia de Jesús en el sagrario, para hacer muchos actos de amor, de esperanza y de fe.
Nos puede servir, para nuestro diálogo con el Señor, meditar las alabanzas que la liturgia le dispensa, como intentaremos en este rato de oración. Un himno del Breviario ensalza esta conmemoración diciendo: «Se dio a los suyos bajo dos especies, en su carne y su sangre sacratísimas, a fin de alimentar en cuerpo y alma a cuantos hombres en este mundo habitan». Y continúa, glosando sus efectos en el alma del cristiano: «Se dio, naciendo, como compañero; comiendo, se entregó como comida; muriendo, se empeñó como rescate; reinando, como premio se nos brinda». Vamos a meditar en esas distintas facetas de la presencia de Jesús en la Hostia Santa.
Esta solemnidad se remonta al siglo XIII, cuando el papa Urbano IV quiso difundir más la devoción a la Sagrada Eucaristía entre el pueblo cristiano y fomentar la comunión frecuente. Le pidió a santo Tomás de Aquino que compusiera los textos para la celebración y este santo teólogo resumió en unos bellos textos la doctrina católica sobre el Sacramento del altar: «Para que la inmensidad de este amor [de Jesús] se imprimiese más profundamente en el corazón de los fieles, en la última cena, cuando después de celebrar la Pascua con sus discípulos iba a pasar de este mundo al Padre, Cristo instituyó este sacramento como el memorial perenne de su pasión, como el cumplimiento de las antiguas figuras y la más maravillosa de sus obras; y lo dejó a los suyos como singular consuelo en las tristezas de su ausencia».
En esta explicación descubrimos tres momentos: pasado, presente y futuro; manifestaciones temporales que, en la Eucaristía tienen una vivencia diversa. Podemos decir que en este sacramento el tiempo se desdobla: el pasado se hace presente, el presente se hace comunión y al mismo tiempo se lanza a la esperanza futura de la vida eterna. Manifestaciones que también se exponen en la antífona de las vísperas de esta celebración: «¡Oh sagrado banquete (Oh Sacrum convivium) en que Cristo se da como alimento! En él, (1) se renueva la memoria de su pasión, (2) el alma se llena de gracia y (3) se nos da una prenda de la gloria futura».
En primer lugar, se habla de la Eucaristía como «Memorial de la pasión». Podríamos decir que es la dimensión más importante de este sacramento, porque resume el motivo de la Encarnación de nuestro Señor Jesucristo, «que por nosotros los hombres, y para nuestra salvación, bajó del cielo», de acuerdo con el Credo. La Santa Misa es la renovación incruenta del sacrificio de Cristo en el Calvario. Una dimensión que durante muchos años estuvo un poco escondida por darle más importancia a la faceta horizontal, al banquete, al convivio, pero la base de todo aquello está en que la Eucaristía hace presente de nuevo el sacrificio de Jesús.
Como dice el prefacio de la Misa, su misericordia lo llevó al amor extremo: «al instituir el sacrificio de la eterna alianza, se ofreció a sí mismo como víctima de salvación». Gracias, Señor, por ese sacrificio. Gracias por ese amor tan grande, hasta el extremo. De esa manera se cumplían las antiguas profecías, prefiguraciones de su presencia sacramental desde el Antiguo Testamento.
La liturgia de la fiesta selecciona algunas señales: por ejemplo, en la antífona de entrada se cita el Sal 80,17, que recuerda el prodigio del maná, con el que Dios cuidó de su pueblo en la travesía por el desierto: El Señor los alimentó con flor de harina y los sació con miel silvestre.
En la primera lectura aparece una figura misteriosa de los comienzos del Antiguo Testamento: el sacerdote Melquisedec, al que se encontró Abrahán después de haber vencido unas batallas. El patriarca le ofreció unos dones, a modo de diezmo, y aquél sacerdote —que también era rey, de Salem, la futura Jerusalén— lo bendijo y le ofreció pan y vino. El autor de la epístola a los hebreos glosa así su papel en la historia de la salvación, relacionando el sacerdocio de Jesucristo con el de Melquisedec: Sin padre, sin madre, sin genealogía; no se menciona el principio de sus días ni el fin de su vida. En virtud de esta semejanza con el Hijo de Dios, es sacerdote perpetuamente (7,3). Por la misma razón, el salmo responsorial es el 109, que habla del Mesías que no solo será Rey, sino también Sacerdote. Pero no como los levitas de esa época, sino de la manera originaria. Ese es el motivo por el cual la liturgia no duda en aplicar este himno a Jesucristo: El Señor lo ha jurado y no se arrepiente: «Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec». Y se atreve a pedirle al Padre que mire con ojos de bondad nuestra ofrenda eucarística y la acepte, como aceptó «la oblación pura de tu sumo sacerdote Melquisedec» (Canon romano).
Esas imágenes antiguas quedan desveladas en el Nuevo Testamento, ya desde las primeras manifestaciones públicas de la divinidad de Jesucristo. Por ejemplo, san Lucas (9,10-17) presenta una de las primeras multiplicaciones del pan. Los gestos de Jesucristo son claramente eucarísticos, se pueden poner en paralelo con el relato de la institución de la Eucaristía: tomando él los cinco panes y los dos peces y alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los iba dando a los discípulos para que se los sirvieran a la gente.
Son como una anticipación de lo que celebrará unos años más tarde en el cenáculo, y que san Pablo fue el primero en reportar a través de sus cartas (Cf. 1Co 11,23-26): Porque yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: Que el Señor Jesús, en la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, pronunciando la Acción de Gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía». Esa entrega habla del sacrificio en el Calvario, del cual la Eucaristía es memorial.
Con esta tradición recibida, Pablo anuncia que el signo anunciado en la multiplicación de los panes se hizo real con la presencia de Jesús en la Eucaristía: Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía». Está recordando una profecía de Jeremías (31,31), que hablaba de una alianza definitiva, después de todas las alianzas pasajeras del Antiguo Testamento. Una alianza sellada con la sangre del Hijo, no con la de los animales. El pan partido y la sangre derramada anuncian esa dimensión de holocausto que conlleva el sacramento en el que Jesucristo es, al mismo tiempo, sacerdote, víctima y altar.
San Juan lo aclara más con el sermón del pan de vida, en el que Jesús remata su predicación diciendo (6,53): si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. «Aquí no sólo resulta evidente la referencia a la Eucaristía, sino que además se perfila aquello en que se basa: el sacrificio de Jesús que derrama su sangre por nosotros y, de este modo, sale de sí mismo, por así decirlo, se derrama, se entrega a nosotros» (Benedicto XVI, 2007). Él dice que esa es la clave por la cual muchos teólogos contemporáneos no entienden la Eucaristía, ni el mensaje de Jesucristo, porque no aceptan la expiación, que el Hijo de Dios se haya ofrecido en sacrificio por nuestros pecados. Aprovechemos para darle muchas gracias al Señor, y para unirnos a su sacrificio conscientes de que «todos, por el Bautismo, hemos sido constituidos sacerdotes de nuestra propia existencia» (ECP,96).
La liturgia alaba esa expiación con las palabras del Prefacio: «Su carne, inmolada por nosotros, es alimento que nos fortalece; su sangre, derramada por nosotros, es bebida que nos purifica». Y en el segundo Prefacio para alabar la Eucaristía, la Iglesia recuerda que, «en la última cena con los Apóstoles, se ofreció a ti como cordero sin mancha [otra figura del Antiguo Testamento], para perpetuar su pasión salvadora y tú lo aceptaste como sacrificio de alabanza perfecta». Por esa razón la Eucaristía es el «centro y la raíz de la vida espiritual del cristiano» (ECP,87), «la cumbre y la fuente» de la gracia sacramental (SC,10). Con esta convicción, solicitamos al final de la oración colecta «que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de tu redención», memorial de la pasión redentora, culmen de la misericordia divina. Jesucristo mismo es el rostro de la misericordia, como ha recordado el papa Francisco (MV,1).
En segundo lugar, podemos fijarnos en un detalle aparentemente pequeño de la narración del milagro de Jesús en el desierto: Comieron todos y se saciaron, y recogieron lo que les había sobrado: doce cestos de trozos. Una de las exégesis de esta conclusión del milagro es que alude a las formas consagradas que se conservaban desde la antigua cristiandad para llevar la comunión a los enfermos, y que son el origen de la actual adoración a Jesús sacramentado, presente en el sagrario.
Así meditamos la segunda dimensión del sacrificio eucarístico, que de hecho le da uno de los principales nombres al sacramento: la comunión que Dios establece con nosotros. Por eso hemos considerado en la predicación de santo Tomás que «el alma se llena de gracia», y que «lo dejó a los suyos como singular consuelo en las tristezas de su ausencia». Jesús está en el cielo, pero se quedó con nosotros. Podemos pensar qué tanto es la Eucaristía nuestro quitapesares, si nos hace falta rondarlo, pasar un momento junto al sagrario, rezar delante de Él, hacerle compañía, dejarnos acompañar por Él, si nos escapamos con la imaginación al tabernáculo más cercano, si «asaltamos» los sagrarios en nuestros recorridos por la ciudad, visitándolo, o al menos haciendo una comunión espiritual.
La liturgia también alaba este efecto de la presencia del Cuerpo y la Sangre de Cristo en las especies eucarísticas: «Con este sacramento, alimentas y santificas a tus fieles para que, a los hombres que habitan un mismo mundo, una misma fe los ilumine y los una un mismo amor». Ese es un efecto muy importante: el amor de Dios que se derrama en nuestros corazones (Cf. Rm 5,5). Por eso la Eucaristía también es llamada «sacramento de caridad, vínculo de unidad». Y ese es el motivo por el cual se le pide al Señor en la oración sobre las ofrendas que conceda a su Iglesia «el don de la paz y la unidad, significado en las ofrendas sacramentales que te presentamos».
Esta es una de las maneras como Cristo transforma el mundo: convirtiendo a los fieles en otros Cristos, sembradores de su paz y de su alegría: «nos acercamos a tu mesa para que, penetrados por la gracia de este admirable misterio, nos transformes en imagen de tu Hijo» (Prefacio). Aprovechemos nuestra oración para formular propósitos que nos ayuden a ser almas esencialmente eucarísticas, unidas al sacrificio de Cristo en medio de las ocupaciones de cada día, y conscientes del gran regalo que significa el hecho de tenerlo a pocos pasos, esperándonos en el sagrario: «hemos de amar la Santa Misa que debe ser el centro de nuestro día. Si vivimos bien la Misa, ¿cómo no continuar luego el resto de la jornada con el pensamiento en el Señor, con la comezón de no apartarnos de su presencia, para trabajar como Él trabajaba y amar como Él amaba? Aprendemos entonces a agradecer al Señor esa otra delicadeza suya: que no haya querido limitar su presencia al momento del Sacrificio del Altar, sino que haya decidido permanecer en la Hostia Santa que se reserva en el Tabernáculo, en el Sagrario» (ECP,154).
La tercera característica del sacramento de la Eucaristía, además del sacrificio y de la comunión, es su dimensión escatológica: Jesucristo en la comunión es prenda de la gloria futura, de la vida eterna. Como decíamos con el himno, el Señor, «reinando, como premio se nos brinda». El Catecismo enseña que la Eucaristía anticipa la gloria celestial (n.1402), y por eso decimos, inmediatamente después de la consagración, las palabras del Maran atha judío: «ven, Señor Jesús». El rito de la comunión ayuda a meditar en esta realidad, después de rezar el Padrenuestro: «celebramos la Eucaristía “mientras esperamos la gloriosa venida de Nuestro Salvador Jesucristo” (cf. Tt 2,13), y le pedimos entrar “en tu reino, donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria; allí enjugarás las lágrimas de nuestros ojos, porque, al contemplarte como tú eres, Dios nuestro, seremos para siempre semejantes a ti y cantaremos eternamente tus alabanzas, por Cristo, Señor Nuestro”» (CEC,1404).
Garantía de vida futura, y fundamento del optimismo cristiano para nuestra lucha en la tierra: «Jesús, en la Eucaristía, es prenda segura de su presencia en nuestras almas; de su poder, que sostiene el mundo; de sus promesas de salvación, que ayudarán a que la familia humana, cuando llegue el fin de los tiempos, habite perfectamente en la casa del Cielo, en torno a Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo: Trinidad Beatísima, Dios Único» (ECP,153).

A la Virgen santísima, mujer eucarística, le pedimos que nos ayude a preparar, a celebrar y a continuar nuestra vida de almas de Eucaristía con la vista puesta siempre en esas tres características que hemos considerado (el sacrificio, la comunión y la vida eterna): «¡Oh sagrado banquete en que Cristo se da como alimento! En él, se renueva la memoria de su pasión, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura».

viernes, marzo 25, 2016

Sacerdocio, Eucaristía, Caridad

La Santa Misa en la Cena del Señor comienza con la antífona de entrada (Ga 6,14): Nosotros hemos de gloriarnos en la cruz de nuestro señor Jesucristo. Con esa cita nos ponemos en la órbita en la que hemos de girar durante los días Santos, ya que conmemoramos los máximos misterios de nuestra redención.  La liturgia añade al texto sagrado que «en Él en Cristoestá nuestra salvación, nuestra vida y nuestra resurrección». Celebramos que la misericordia divina «nos ha salvado y nos ha liberado».

Por eso se entona el Gloria con todo boato, después de cuarenta días sin hacerlo, para alabar, bendecir, glorificar y agradecer a la Trinidad Beatísima con el mismo canto de júbilo que los Ángeles entonaron la noche del nacimiento de Jesús. Esas campanas, que tañeron festivas, callarán hasta la vigilia Pascual.

En la oración colecta nos dirigimos al Señor diciéndole que nos congregamos «para celebrar esta sacratísima Cena, en la cual tu Unigénito, cuando iba a entregarse a la muerte, encomendó a la Iglesia el sacrificio nuevo y eterno»…

Nos detenemos a considerar esa entrega, ese encargo que Jesucristo hizo a la Iglesia de renovar su propio sacrificio. Y es la primera idea que consideramos en esta celebración: la institución del orden sacerdotal, sacramento que Jesucristo estableció fundamentalmente para renovar el sacrificio del Calvario, para dispensar el Sacramento del amor, desde la mesa de la Palabra y la mesa de la Eucaristía. Como dice San Juan Crisóstomo: «no es el hombre quien convierte las cosas ofrecidas en el cuerpo y la sangre de Cristo, sino el mismo Cristo que por nosotros fue crucificado. El sacerdote, figura de Cristo, pronuncia aquellas palabras, pero su virtud y la gracia son de Dios».

Haced esto en conmemoración mía… Al instituir el sacramento del Orden, Jesús nos invitó a imitarle. Y esa emulación no es un proyecto dirigido sólo a los ministros ordenados: «la vocación cristiana nos exige a todos a los seglares también practicar cuantas virtudes han de vivir los buenos sacerdotes» (San Josemaría, Carta 2-II-1945, n.10. Citado por Echevarría, 2009). Todos los cristianos, por el hecho de recibir el bautismo, somos injertados en el sacrificio de Cristo, participamos del sacerdocio común de los fieles de acuerdo con la expresión de San Pedro (1 P 2,9): Vosotros sois un linaje elegido, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios para que anunciéis las proezas del que os llamó de las tinieblas a su luz maravillosa.

En esa misma línea, concluye el Fundador del Opus Dei que, «con esa alma sacerdotal que pido al Señor para todos vosotros debéis procurar que, en medio de las ocupaciones ordinarias, vuestra vida entera se convierta en una continua alabanza a Dios: oración y reparación constantes, petición y sacrificio por todos los hombres.  Y todo esto, en íntima y asidua unión con Cristo Jesús, en el santo sacrificio del altar» (San Josemaría, Carta 28-III-1955, n.4. Citado por Echevarría, 2009)

La oración colecta hace énfasis en la razón del ser del sacerdocio ministerial: «Tu Unigénito, cuando iba a entregarse a la muerte, encomendó a la Iglesia el sacrificio nuevo y el terreno y el banquete de su amor»

El Sacramento del orden, que es «participación en la misión salvífica de Cristo» (AIG, 35) y por el cual «el hombre se convierte en instrumento de la gracia salvadora» (AIG, 39), es una manifestación maravillosa de la Misericordia divina. Y no sólo con la persona llamada (se trata de una dignidad «que en la tierra nada supera» [AIG, 70)), sino con la Iglesia y con la humanidad entera.

Pidamos al Señor vocaciones para el sacerdocio, para la vida consagrada, y para el celibato apostólico en medio del mundo, sirviéndonos de la intercesión de San José, patrono de las vocaciones. Pidamos que reviva la ilusión vocacional en las familias, que haya muchos padres y madres orgullosos de la vocación de sus hijos y dispuestos a entregarlos con generosidad para un posible llamado, si es la voluntad de Dios; que los eduquen con esas disposiciones de magnificencia y apertura a los demás y que haya muchos jóvenes en todo el mundo dispuestos a seguir las sendas de misericordia de Jesucristo, que se entregó por nosotros y nos dio la misión de imitarlo para llevar su gracia, sus sacramentos, su evangelio hasta el último rincón del mundo.

Para eso está el sacerdocio, para servir a las almas. Su dimensión teológica más profunda consiste en la consagración a Dios y la misión hacia los demás. Y una manifestación concreta de esa disponibilidad, es el segundo tema de la celebración del Jueves Santo: la centralidad que en la vida del sacerdote debe tener la celebración de la Eucaristía, que es el «banquete de su amor».

En un estudio reciente sobre los primeros pasos del Opus Dei, cuentan algunos testigos que san Josemaría pasaba «horas largas cerca del Sagrario, en conversación con el Señor. Solía estar en la iglesia en momentos en que solía estar vacía». Y uno de los estudiantes que tenían dirección espiritual con él concluye que, «sin predicaciones, sin homilías, nada más que en la manera de decir la Misa, la emoción con que realizaba el Sacrificio, era tan poderosa que se transmitía a los que estábamos cerca de él». Pidámosle hoy que nos contagie ese amor al sacramento del altar, que es «signo de unidad y vínculo de caridad» (González, 2016).

Y de ese modo llegamos a la tercera idea de la celebración del Jueves Santo, que es precisamente el amor fraterno. En el Evangelio del Jueves Santo se considera que, antes de celebrar la Pascua, Jesús lavó los pies a sus discípulos (Jn 13,1-15). El Señor presta un servicio que era propio de esclavos. Como dice San Pablo, se despojó de su rango (Flp 2,7). El Papa Benedicto decía que Jesús se arrodilla ante nosotros, lava nuestros pies sucios y nos purifica como en el Apocalipsis (7,14). El amor servicial de Jesús nos saca de nuestra soberbia y nos hace capaces de Dios, nos hace puros, nos dispone a ser misericordiosos como Él (Cf. Benedicto XVI, 2011).

Explicando ese pasaje, mons. Echevarría dice que este lavar los pies los unos a los otros a que nos invita el Señor «lleva consigo tantas cosas concretas, porque ese limpiar de que se habla, nace del cariño; y el amor descubre mil formas de servir y de entregarse a quien se ama. En cristiano, lavar los pies significa, sin duda, rezar unos por otros, dar una mano con elegancia y discreción, facilitar el trabajo, adelantarse a las necesidades de los demás, ayudarse unos a otros a comportarse mejor, corregirse con cariño, tratarse con paciencia afectuosa y sencilla que no causa humillaciones; alentarse a venerar al Señor en el Sacramento, emularse mutuamente en ese ir a Jesús con las manos cargadas de atenciones de cariño a Él y a nuestros hermanos. Lavar los pies implica colmar la propia vida de obras de servicio sacrificado y gustoso, de mediación apostólica cumplida con alma sacerdotal» (2005). 

Acudamos a la Virgen Santísima, que estaría en el cenáculo preparando la celebración de la Pascua unida a la entrega de su Hijo. Pidámosle a Ella que nos ayude a profundizar en el significado de estos tres aspectos de la celebración del Jueves Santo: el sacerdocio, la Eucaristía y la caridad. Y que interceda ante el Padre para que nos conceda lo que le pedíamos al final de la oración colecta: «que por la celebración de tan sagrado misterio obtengamos la plenitud del amor y de la vida».

lunes, marzo 21, 2016

La unción en Betania

El Sábado de Pasión, la víspera del Domingo de Ramos, el Señor fue a comer a Betania, la pequeña aldea a la que tanto le gustaba ir. Allí, con la compañía de esos queridísimos amigos que eran Lázaro, María y Marta, Jesús descansaba y reponía fuerzas (Jn 12,1-11). Ellos habían invitado al Maestro para celebrar la resurrección del hermano mayor, pero no había sido fácil concretar el día, debido a la persecución que habían desencadenado sus enemigos.
Allí le ofrecieron una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa. Detallista como siempre, María había empleado una buena cantidad de sus ahorros para comprar un perfume importado del Oriente. En los momentos iniciales, cuando el protocolo sugería ofrecer al invitado agua para que se limpiara los pies —como sabemos por el banquete en casa de Simón el fariseo—, María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera.
Este gesto nos habla, además de la natural manifestación de gratitud por la resurrección de Lázaro, de un amor generoso y pródigo al Señor, de trato delicado y fino con quien nos ha mostrado su caridad hasta el extremo. Y nos invita a preguntarnos cómo le demostramos a Jesús que le queremos, a Él directamente y en sus hermanos más pequeños. Estas dos manifestaciones pueden ser el tema de nuestra meditación de hoy.
Al comienzo de la Semana Santa, podemos examinar cuántas veces te hemos agradecido, Señor, durante la cuaresma, por habernos redimido; qué esfuerzo hemos hecho para tener muestras de delicadeza y afecto contigo. Por ejemplo, al celebrar o participar en la Misa, cómo cuidamos la preparación remota y próxima, con cuánto amor vivimos cada parte de la Eucaristía, desde el primer momento.
Regresemos a la escena: María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume. Ese aroma nos llega a través del tiempo hasta el hoy de nuestra oración. Es la esencia del amor, de la generosidad, del cariño por el Maestro. Ese buen olor, incienso de Cristo, del que habla san Pablo, nos pregunta por nuestra labor apostólica, que es el contexto en el que el Apóstol de las gentes menciona esa frase: Doy gracias a Dios, que siempre nos asocia a la victoria de Cristo y difunde por medio de nosotros en todas partes la fragancia de su conocimiento (2 Co 2,15).
Pidamos al Señor que, como fruto de nuestro amor por Él —queremos que sea como el de los hermanos de Betania—, tengamos ese sano afán de difundir en nuestro ambiente la vida y la doctrina de Jesús. Que, con nuestras palabras y con nuestras obras, con el esfuerzo por adquirir las virtudes, seamos de verdad ese buen olor que salva. De esa manera se cumplirán en nuestra vida las palabras del Apóstol: Porque somos incienso de Cristo ofrecido a Dios, entre los que se salvan y los que se pierden; para unos, olor de muerte que mata; para los otros, olor de vida, para vida.
Esta dicotomía la vemos reflejada en la escena de Betania. En medio del buen ambiente que se respiraba, había una persona para la cual la fragancia de nardo era olor de muerte: Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dice: «¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres?».
San Juan añade que esa repentina preocupación social se debía en realidad a la codicia: Esto lo dijo no porque le importasen los pobres, sino porque era un ladrón; y como tenía la bolsa, se llevaba de lo que iban echando. San Juan Pablo II comenta que, «como la mujer de la unción en Betania, la Iglesia no ha tenido miedo de “derrochar”, dedicando sus mejores recursos para expresar su reverente asombro ante el don inconmensurable de la Eucaristía» (2003b, n.48). En la misma línea había escrito antes san Josemaría: «Aquella mujer que en casa de Simón el leproso, en Betania, unge con rico perfume la cabeza del Maestro, nos recuerda el deber de ser espléndidos en el culto de Dios. —Todo el lujo, la majestad y la belleza me parecen poco» (C, n.527). 
Un ejemplo de ese cuidado nos lo brinda un pasaje de la biografía del beato Manuel González, al dejar reservado por primera vez el Santísimo Sacramento en un convento: «Después de haber cerrado el Sagrario, ya lleno con la presencia real del Maestro divino de Nazaret, se despedía el Fundador de sus hijas, recordando la frase del Beato Ávila, les repetía: “¡Que me lo tratéis bien, que es Hijo de buena Madre!”» (Cf. Rodríguez, n.531).  
Hoy podemos repetir la oración de san Josemaría al recordar ese suceso: «“¡Tratádmelo bien, tratádmelo bien” (…) —¡Señor!: ¡Quién me diera voces y autoridad para clamar de este modo al oído y al corazón de muchos cristianos, de muchos!» (Ibidem.). Aprendamos, en estos días de Semana Santa, del ejemplo de María de Betania y de tantos santos enamorados de Jesucristo, prisionero de amor en la Eucaristía. Que lo acojamos con el nardo de nuestras penitencias, de nuestra piedad renovada, del cariño fraterno, del afán apostólico incesante.
Volviendo a la escena de la unción en Betania, podemos preguntarnos: ¿cómo reaccionó Jesús ante la incómoda situación en que lo puso el comentario de Judas Iscariote? San Juan Pablo II continúa su exégesis: «la valoración de Jesús es muy diferente. Sin quitar nada al deber de la caridad hacia los necesitados, a los que se han de dedicar siempre los discípulos —pobres tendréis siempre con vosotros—, Él se fija en el acontecimiento inminente de su muerte y sepultura, y aprecia la unción que se le hace como anticipación del honor que su cuerpo merece también después de la muerte, por estar indisolublemente unido al misterio de su persona» (2003b, n. 47).
Jesús dijo: «Déjala; lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis». Por ese motivo este pasaje se lee el Lunes santo, como preparación inmediata para la celebración del triduo pascual. El Señor anuncia veladamente que muy poco tiempo después ya estará sepultado. Y lo hace con una paz y una serenidad que muestran que en Él se cumple la profecía del Siervo de Isaías, que se lee como primera lectura de la Misa durante las jornadas iniciales de la Semana Santa (caps. 40-55): No gritará, no clamará, no voceará por las calles. Yo no resistí ni me eché atrás. Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no escondí el rostro ante ultrajes y salivazos.
Jesucristo ofreció su vida generosamente por nosotros, asumió la Voluntad del Padre de entregarse a la muerte por nuestra salvación. Debemos pensar, como el Apóstol san Pablo, que también debemos manifestar nuestro amor a Dios imitándolo en esa abnegación por nuestros hermanos, que nos permita decir, como el Apóstol: Ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros: así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia.
La mejor manera de tomar la Cruz de Cristo, camino del Calvario, es sufrir por los demás —sin dramatismos—, ser sus cirineos. Pidamos al Señor que nos ayude a descubrir su rostro en esos hermanos que salen a nuestro encuentro desde sus «periferias existenciales», como dice el papa Francisco: con la enfermedad, la pobreza, las necesidades de afecto, de comprensión, de compañía. Podemos hacernos las preguntas que él mismo sugería: «¿Se tiene la experiencia de que formamos parte de un solo cuerpo? ¿Un cuerpo que recibe y comparte lo que Dios quiere donar? ¿Un cuerpo que conoce a sus miembros más débiles, pobres y pequeños, y se hace cargo de ellos? ¿O nos refugiamos en un amor universal que se compromete con los que están lejos en el mundo, pero olvida al Lázaro sentado delante de su propia puerta cerrada?» (Mensaje para la Cuaresma, 2015).
Al comienzo de una Semana Santa, el beato Álvaro del Portillo animaba a poner la lucha interior de esos días precisamente en la fraternidad: «Exigíos en este campo, hijas e hijos míos, atribuyendo mucha importancia a las pequeñas mortificaciones que hacen más alegre y amable el camino de los demás, viendo siempre en ellos a Cristo, sin olvidar que “una sonrisa puede ser, a veces, la mejor muestra del espíritu de penitencia” (F, n.149). De este modo, vuestros pequeños sacrificios subirán al Cielo in odorem suavitatis, como el incienso que se quema en honor del Señor» (2014, pp. 120-121).
Cuando hablamos del amor a Dios y a los hombres de los que María de Betania es ejemplar, pensamos también en la Madre de Jesús, que al mismo tiempo es nuestra Madre. A Ella, que «se entregó completamente al Señor y estuvo siempre pendiente de los hombres; hoy le pedimos que interceda por nosotros, para que, en nuestras vidas, el amor a Dios y el amor al prójimo se unan en una sola cosa, como las dos caras de una misma moneda» (Echevarría 2004, in loco).

sábado, agosto 25, 2012

¿También vosotros queréis marcharos?


En medio de la contemplación del relato de San Marcos, que es el autor que consideramos este año, llegamos al final del excursus eucarístico que hemos hecho durante cinco semanas, escuchando el capítulo sexto del Evangelio de San Juan, 

Ya hemos presenciado en nuestra oración la multiplicación de los panes y de los peces, la oración de Jesús, el sermón de la sinagoga en el que se presentaba como el Pan bajado del cielo, necesario para la vida eterna. Ante el realismo de su predicación (el que no come mi carne y no bebe mi sangre no tiene vida), el auditorio queda enfrentado a lo que San Pablo llamaba el “escándalo” de Cristo. Las palabras del Señor son radicales y la respuesta debe ser igual: no caben medias tintas.

Por eso San Juan continúa su relato: Al oír esto, muchos de sus discípulos dijeron: —Es dura esta enseñanza, ¿quién puede escucharla? Duele ver que, justo después del anuncio del don más grande, de la promesa del sacramento del amor, surja esta reacción en un buen número de sus seguidores (no de las multitudes oportunistas, sino de sus discípulos).

Pero el Señor no pretende contemporizar, diluir la predicación anterior en subterfugios diplomáticos. Por el contrario, da un paso adelante en su discurso. Jesús, conociendo en su interior que sus discípulos estaban murmurando de esto, les dijo: —¿Esto os escandaliza? Pues, ¿si vierais al Hijo del Hombre subir adonde estaba antes?

Con estas palabras, el Maestro manifiesta su origen, explicita su naturaleza: es el Hijo de Dios, bajado del cielo. Al mismo tiempo, pensaría con dolor humano y al mismo tiempo muy unido a la voluntad del Padre en que la manera para lograr esa ascensión adonde estaba antes sería a través de la muerte en la Cruz y de la posterior resurrección.

La Eucaristía es fruto del sacrificio del Calvario, además de ser sacramento de unidad, y vínculo de caridad. El Papa Benedicto XVI insiste bastante en que estas dos dimensiones -sacrificio y banquete- no pueden estar separadas. Y cuando asistimos a la Santa Misa debemos unirnos a ambas órbitas: unirnos al sacrificio de Cristo, llevando nuestras propias penitencias, nuestros sufrimientos, el esfuerzo de cada día. De esa manera, por la unión con el Señor nos uniremos más a nuestros hermanos en la Iglesia y en toda la humanidad.

Jesús continúa la explicación de su enseñanza: El espíritu es el que da vida, la carne no sirve de nada: las palabras que os he hablado son espíritu y son vida. No se trata de un gnosticismo que rechaza la carne, pues Él mismo acababa de mostrar que su carne sería la salvación del mundo, sino de una invitación a buscar la unión con Él, que se quedará en el sacramento del altar y que nos enviará su Espíritu Santo para que nos acompañe y nos oriente por el camino de la santidad: de la unión con Él, de la escucha de sus palabras. Por eso decimos en el Credo cada domingo que creemos en el Espíritu Santo, “Señor y dador de vida” (Dominum et vivificantem, como quiso llamar el Beato Juan Pablo II su encíclica sobre la Tercera Persona de la Trinidad).

Resumiendo todo el capítulo sexto del Evangelio de San Juan, Benedicto XVI explica: «Aquel que se ha hecho hombre se nos da en el Sacramento, y solo así la Palabra eterna se convierte plenamente en maná, el don ya hoy del pan futuro. Después, el Señor reúne todos los aspectos una vez más: esta extrema materialización es precisamente la verdadera espiritualización: “El Espíritu es quien da vida: la carne no sirve de nada”» (Jesús de Nazaret).

Las palabras que os he hablado son espíritu y son vida. Así como en el Antiguo Testamento el principal regalo de Moisés había sido el maná, ahora Jesús enseña que el don con que nos alimentará son sus palabras. Las que nos transmite el Evangelio, las que nos comunica en la oración personal o en la confesión o en la dirección espiritual. ¡Qué importante es el diálogo con el Señor, escuchar esas palabras que son espíritu y son vida!

«Vivir según el Espíritu Santo es vivir de fe, de esperanza, de caridad; dejar que Dios tome posesión de nosotros y cambie de raíz nuestros corazones, para hacerlos a su medida. Una vida cristiana madura, honda y recia, es algo que no se improvisa, porque es el fruto del crecimiento en nosotros de la gracia de Dios. En los Hechos de los Apóstoles, se describe la situación de la primitiva comunidad cristiana con una frase breve, pero llena de sentido: perseveraban todos en las instrucciones de los Apóstoles, en la comunicación de la fracción del pan y en la oración» (San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 134).

Las palabras de Jesús que son espíritu y son vida nos llevan a vivir de fe. Sin embargo, hay algunos de vosotros que no creen. En efecto, Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían y quién era el que le iba a entregar. San Juan narra con dolor la traición de Judas y de todos los que no tuvieron fe en el Señor, que no creyeron en su Encarnación ni en su presencia real en la Eucaristía. Como invitando a sus lectores a desagraviar con una vida eucarística más delicada, más plena, más enamorada.

Y añadía: —Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí si no se lo ha concedido el Padre. Como para que quede claro que en el seguimiento de Cristo, si bien tiene gran importancia la voluntad del discípulo, el factor más importante es la vocación, como regalo de Dios. Te damos gracias, Señor, porque nos has concedido ese don maravilloso de tu llamada, nos has llevado a tu Hijo, presente en el Evangelio y en la Eucaristía y nos has invitado a escucharlo y a seguirlo, a estar con Él, a vivir en Él, con Él y en Él.

Desde ese momento muchos discípulos se echaron atrás y ya no andaban con él. Es la conclusión lógica del itinerario de incredulidad que habían recorrido: habían comenzado por dudar de su origen divino (¿No es éste Jesús, el hijo de José, de quien conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo es que ahora dice: «He bajado del cielo»). Más adelante no quisieron aceptar la posibilidad de comulgar su cuerpo y su sangre (se pusieron a discutir entre ellos: —¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?). Ahora, desde luego, no son capaces de seguirlo, de dar la vida como Él (muchos de sus discípulos dijeron: —Es dura esta enseñanza, ¿quién puede escucharla?).

Estamos asistiendo a un estrepitoso fracaso humano de la metodología pastoral de Jesucristo. Un analista contemporáneo diría que no fue capaz de capitalizar la popularidad que siguió al milagro de la multiplicación de los panes y de los peces. Y quizás le recomendaría moderar sus palabras, para tratar de reconquistar a las personas indecisas. La reacción de Jesús asombraría: Entonces Jesús les dijo a los doce: —¿También vosotros queréis marcharos?

El Señor confronta la voluntad de sus seguidores: no podemos estar con Él por sus dádivas, ni por sentimiento. La fidelidad tiene que ser indiscutida, basada en convicciones profundas. Con una libertad actual, renovada en cada instante.

Como la de Pedro, que a pesar de sus miserias pasadas y futuras –más adelante lo negará en la noche del Jueves Santo- le respondió: —Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Santo de Dios.

Juan Pablo II comenta, invitando a los jóvenes a seguir al Señor como aquellos apóstoles que fueron fieles en el momento de la dispersión: “Sólo Cristo tiene palabras que resisten al paso del tiempo y permanecen para la eternidad. [...] En la pregunta de Pedro: ¿A quién iremos? está ya la respuesta sobre el camino que se debe recorrer. Es el camino que lleva a Cristo. Y el divino Maestro es accesible personalmente; en efecto, está presente sobre el altar en la realidad de su cuerpo y de su sangre. En el sacrificio eucarístico podemos entrar en contacto, de un modo misterioso pero real, con su persona, acudiendo a la fuente inagotable de su vida de Resucitado”.

A la Virgen María, Virgen fiel, encomendamos nuestros propósitos de seguir a su Hijo en la oración, en la Eucaristía, en la Cruz, ofreciéndole -como Ella- nuestra vida entera.

sábado, agosto 18, 2012

El Pan para la vida del mundo

Después de tres domingos contemplando el capítulo sexto del Evangelio de San Juan, llegamos hoy al núcleo de la homilía que predica Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm. Recordemos que, a lo largo de cincuenta versículos, el Señor ha ido orientando su discurso hacia la verdad central que quiere transmitir: Jesús se manifiesta como la Palabra que se encarnó para enseñarnos el Camino, la Verdad y la Vida. Pero no solo eso: también está dispuesto a sacrificarse, a entregarse en la Cruz para que podamos comulgar con Él en la Eucaristía.

Por eso comenzamos hoy nuestro comentario con estas palabras clarísimas: Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Si alguno come este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo. Esta última afirmación equivale a la fórmula de consagración eucarística que aparece en los evangelios sinópticos (esto es mi cuerpo entregado por vosotros, este es el cáliz de mi sangre derramada por muchos).

Yo soy el pan vivo. Pan que da la vida. No solo la vida física, sino sobre todo la vida espiritual: la relación con Dios. El pan que yo daré. Significa que ese pan no se da gratuitamente. Entregarse tiene un costo. Y es el valor más alto: la vida entera. Con estas palabras, Jesús manifiesta el significado sacrificial de su vida y de la Eucaristía. 

Poco tiempo después, Él entregará su cuerpo para que sea partido en el molino de la Cruz y de esa manera sirva como pan para el mundo. ¡Con qué amor te nos entregas, Señor! Ayúdanos a acoger la Cruz con esa misma generosidad, con esa alegría de saber que darte lo que nos pides, aunque nos cueste, es la mejor manera de encontrar nuestra felicidad y, sobre todo, de hacer más felices a los demás.

El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo. Ese pan no es una metáfora. Es su propio cuerpo, su carne partida y su sangre derramada. De hecho, en el arameo que habló Jesús en la última cena, en lugar de cuerpo se decía carne, para significar a la persona entera. Probablemente esa fue la palabra que utilizó el Señor al consagrar el pan. Como dice Ravasi, “volviendo a escuchar esa frase regresamos plenamente al interior de esa sala “en el piso superior”, en aquella noche llena de alegría y de temor, de tristeza y de esperanza, en donde Jesús nos dejó –en el signo del pan y del vino- el memorial de su pascua y la realidad viva de su presencia a través de los tiempos”.

Con esta revelación, uno esperaría una respuesta como la de algunos versículos atrás: ¡Danos siempre de ese pan! Sin embargo, la reacción de los judíos es distinta, pues se pusieron a discutir entre ellos: —¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? Con esta exclamación se sale al encuentro de los que muchos siglos más adelante dirían que la Eucaristía no es sacramento verdadero, sino simbólico. Si se hubiera tratado de un símbolo, aquellos orientales, que tanto gustan de las alegorías, se hubieran regocijado. 

Sin embargo aquí no reaccionaron así, sino de modo diverso: se pusieron a discutir entre ellos: —¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? Es el escándalo de la predicación de Jesús. Para ahondar más en el realismo de estas palabras, vale la pena apuntar que más adelante, en el v.54, el Evangelio de Juan utilizará el verbo trogein, masticar, que solo utilizará una vez más, en la última cena.

Jesús les dijo: —En verdad, en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. Una vez más se reafirma que la Eucaristía es el Pan de vida. A través de ella nos llega la Gracia sacramental, que alimenta nuestra vida espiritual, promueve nuestra relación con Dios y con los hombres. Sostiene nuestra vida, para que la llevemos al mundo. Estas palabras también explican la necesidad del sacramento eucarístico, que no solo es útil, sino ineludible: si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. No es para unos pocos privilegiados, todos lo necesitamos.

Esta es la justificación del precepto que invita a participar en la Eucaristía todos los domingos. A una persona con fe le hace falta asistir con más frecuencia a la Misa, incluso a diario. Tenemos un ejemplo en los 49 mártires de Abitene (Túnez), que fueron arrestados por celebrar la Eucaristía contra los edictos del Emperador. Es famosa la respuesta de uno de ellos cuando le preguntaron por qué lo habían hecho: "sine dominico non possumus", no podemos vivir sin la Misa dominical, sin recibir al Señor. 

Inspirado en ese evento, Benedicto XVI explicaba: «Necesitamos este pan para afrontar la fatiga y el cansancio del viaje. El domingo, día del Señor, es la ocasión propicia para sacar fuerzas de Él, que es el Señor de la vida. Por tanto, el precepto festivo no es un deber impuesto desde afuera, un peso sobre nuestros hombros. Al contrario, participar en la celebración dominical, alimentarse del Pan eucarístico y experimentar la comunión de los hermanos y las hermanas en Cristo, es una necesidad para el cristiano; es una alegría; así el cristiano puede encontrar la energía necesaria para el camino que debemos recorrer cada semana» (Homilía, 29-V-2005).

Además, no se trata solamente de la vida terrenal: El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día. La Eucaristía es el pan de vida eterna, la “prenda de la gloria futura”, como veíamos el domingo pasado. No es pequeña la promesa de Jesús: quien comulga con las condiciones requeridas tiene la resurrección garantizada. Mantendrá la unión con Jesucristo para siempre. Como dice el Beato Juan Pablo II, «El sacrificio eucarístico no sólo hace presente el misterio de la pasión y muerte del Salvador, sino también el misterio de la resurrección, que corona su sacrificio» (EE, 14).

Éste es el pan que ha bajado del cielo, no como el que comieron los padres y murieron: quien come este pan vivirá eternamente. En el pasaje anterior se nos hablaba de la fe como condición para la vida eterna. Ahora se precisa aún más: se trata de tener fe en la eucaristía. Es darse cuenta de que en este sacramento se cumplen las palabras del libro de los Proverbios (Pr 9,1-6), la invitación de la sabiduría a participar del banquete que ella misma ha preparado: la Sabiduría se ha construido su casa, ha preparado el banquete, mezclado el vino y puesto la mesa; ha despachado a sus criados para que lo anuncien en los puntos que dominan la ciudad: “Venid a comer de mi pan y a beber el vino que he mezclado; dejad la inexperiencia y viviréis, seguid el camino de la prudencia”.

San Agustín enseñaba que la riqueza de este alimento radica en que quien lo come se transforma en lo comido, al contrario de la comida habitual: «Soy el manjar de los grandes: crece, y me comerás, sin que por eso me transforme en ti, como el alimento de tu carne; sino que tú te transformarás en mí» (Confesiones, VII,10,16). Jesucristo nos asume a nosotros, mientras le recibimos en la comunión. Se da una “mutua inmanencia”: Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él

Si en los demás sacramentos recibimos la gracia, en la Eucaristía recibimos al mismo autor de la gracia, con toda la fuerza de su amor que le llevó a morir en la Cruz y a quedarse en ese sacramento de caridad, que nos permite entrar en comunión con Él. Esa donación infinita exige de nuestra parte el pequeño esfuerzo de la acogida.

Es el misterio de un Dios que nos pide aceptar su amistad, dejarnos querer por Él, entrar en la riqueza de su intimidad divina: Igual que el Padre que me envió vive y yo vivo por el Padre, así, aquel que me come vivirá por mí. Entrar en ese amor de amistad significa vivir por Dios: por Jesús, por el Padre, por el Espíritu Santo. No por nosotros mismos, por nuestras propias fuerzas.

El amor exige el trato frecuente, recibirlo y dialogar con Él en el Pan y en la Palabra: «Si sabemos contemplar el misterio de Cristo, si nos esforzamos en verlo con los ojos limpios, nos daremos cuenta de que es posible también ahora acercarnos íntimamente a Jesús, en cuerpo y alma. Cristo nos ha marcado claramente el camino: por el Pan y por la Palabra, alimentándonos con la Eucaristía y conociendo y cumpliendo lo que vino a enseñarnos, a la vez que conversamos con El en la oración. Quien come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece y yo en él» (San Josemaría, Es Cristo que pasa, n.118)

Terminemos acudiendo a la Virgen Santísima, mujer eucarística. Nos pueden servir unas palabras de la Encíclica Ecclesia de Eucaristia (n.57), que aluden al testamento de Jesús en la Cruz, Ahí tienes a tu Madre. Dice el Beato Juan Pablo II: «María está presente con la Iglesia, y como Madre de la Iglesia, en todas nuestras celebraciones eucarísticas. Así como Iglesia y Eucaristía son un binomio inseparable, lo mismo se puede decir del binomio María y Eucaristía». 

Madre nuestra: ayúdanos a recibir a tu Hijo, Pan de vida, como lo recibiste Tú. Y que nunca lo rechacemos de nuestra alma con el pecado. Que la segura confianza para  nuestra vida, la esperanza de nuestro corazón, sean las palabras que hoy escuchamos en el Evangelio: El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.

viernes, agosto 10, 2012

El pan bajado del cielo


Continuamos con el capítulo sexto del Evangelio de San Juan. La escena se desarrolla en la sinagoga de Cafarnaún, estamos en medio de una homilía predicada por Jesucristo, que podría llamarse «el sermón del Pan de vida».

Después de la revelación que contemplamos la semana pasada, en la que el Señor les declaraba a sus oyentes que Él mismo era la Palabra anunciada en el Antiguo Testamento, los judíos, entonces, comenzaron a murmurar de él por haber dicho: «Yo soy el pan que ha bajado del cielo».

Este verbo, murmurar, inicia el diálogo que consideramos hoy. Se remonta a la murmuración del pueblo hebreo en contra de Moisés, en la peregrinación por el desierto. Ahora, Jesús nuevo Moisésqueda expuesto a idéntico escepticismo. Y decían: —¿No es éste Jesús, el hijo de José, de quien conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo es que ahora dice: «He bajado del cielo»?

Una vez más, la gente se pregunta cómo puede ser el Mesías un hombre al que conocieron de niño. Sin embargo, Jesús no entra en esa discusión, sino que los invita a elevar la mirada, a creer que se están cumpliendo las profecías: Respondió Jesús y les dijo: —No murmuréis entre vosotros. Nadie puede venir a mí si no le atrae el Padre que me ha enviado, y yo le resucitaré en el último día.

Aquí aparece una peculiar acción de Dios: la atracción. El Padre atrae al seguidor de su Hijo. Esta promesa será más explícita unos capítulos más adelante (12,32): Y yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí. Tenemos una particular interpretación de estas palabras en la experiencia mística de San Josemaría: «Y comprendí que serían los hombres y mujeres de Dios, quienes levantarán la Cruz con las doctrinas de Cristo sobre el pináculo de toda actividad humana... Y vi triunfar al Señor, atrayendo a Sí todas las cosas» (Apuntes íntimos, n.217).

Unos años después, explicaría las consecuencias apostólicas y eucarísticas de esa atracción divina: «Jesús nos urge. Quiere que se le alce de nuevo, no en la Cruz, sino en la gloria de todas las actividades humanas, para atraer a sí todas las cosas (...)  Mas, para cumplir esta voluntad de nuestro Rey Cristo, es menester que tengáis mucha vida interior: que seáis almas de Eucaristía, ¡viriles!, almas de oración... haciendo que se repita muchas veces por quienes os tratan en el ejercicio de vuestras profesiones y en vuestra actuación social, aquel comentario de Cleofás y de su compañero de Emaús: ¿No es verdad que ardía nuestro corazón dentro de nosotros, mientras nos hablaba por el camino? (Lc 24,32)» (Instrucción, 1-IV-1934, Citado por Rodríguez, P. (1991). Omnia traham ad meipsum. Romana, 13, 331).

Es lo que el Señor explicita en la continuación de su homilía en la sinagoga: Está escrito en los Profetas: Y serán todos enseñados por Dios. Todo el que ha escuchado al que viene del Padre, y ha aprendido, viene a mí. No es que alguien haya visto al Padre, sino que aquel que procede de Dios, ése ha visto al Padre.

Jesús insiste en que el hecho más importante de la peregrinación del pueblo hebreo por el desierto no fue el milagro del maná, sino la promesa de ser educados directamente por Dios mismo. Y les hace ver que allí, en ese momento, se está cumpliendo la profecía: aquellos hombres entonces como nosotros ahora estaban viendo la Palabra encarnada, estaban escuchando el Verbo de la vida, eran enseñados por Dios, por el Hijo que de Él procede, que es el único que lo ha visto.

En verdad, en verdad os digo que el que cree tiene vida eterna. Con estas palabras entramos en una iluminación ulterior sobre el misterio de Cristo. No solo nos enseña, sino que nos da la vida eterna. Solo hay una condición, creer. Es una reduplicación de lo que había dicho poco antes: Ésta es la obra de Dios: que creáis en quien Él ha enviado.

La fe que Jesús nos pide es creer en Él. En su palabra, en su presencia eucarística: Yo soy el pan de vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron. Éste es el pan que baja del cielo, para que si alguien lo come no muera. Por eso insiste en la diferencia que hay entre el portento de Moisés y el cumplimiento de la Nueva Alianza: el pan del desierto era pasajero, el pan del cielo es pan de vida eterna.

Esta es la dimensión escatológica de la Eucaristía, que no solo mira al pasado y al presente, sino también hacia el futuro. Así lo canta un himno litúrgico: «¡Oh sagrado banquete, en que Cristo es nuestra comida; se celebra el memorial de su pasión; el alma se llena de gracia, y se nos da la prenda de la gloria futura!».

El compendio del Catecismo (n.294) explica por qué se llama «prenda de la gloria futura» a la Eucaristía: «porque nos colma de toda gracia y bendición del cielo, nos fortalece en la peregrinación de nuestra vida terrena y nos hace desear la vida eterna, uniéndonos a Cristo sentado a la derecha del Padre, a la Iglesia del cielo, a la Santísima Virgen y a todos los santos».

Nos fortalece en la peregrinación terrena. Es una realidad que estaba prefigurada en el Antiguo Testamento. Por ejemplo, en el primer libro de los Reyes (19,4-8) se cuenta la historia de Elías, que estaba huyendo del rey idólatra Ajab y de su esposa Jezabel a través del desierto, después de su triunfo sobre los profetas de Baal. Tras un buen tiempo de carrera, al final, se sentó bajo una retama y se deseó la muerte. (…) Se echó bajo la retama y se durmió. De pronto un ángel lo tocó y le dijo: —¡Levántate, come! Miró Elías, y vio a su cabecera un pan cocido sobre piedras y un jarro de agua. Comió, bebió y se volvió a echar. 


Pero el ángel del Señor le volvió a tocar y le dijo: —¡Levántate, come!, que el camino es superior a tus fuerzas. Elías se levantó, comió y bebió, y, con la fuerza de aquel alimento, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios (el mismo Sinaí, donde el Señor había hablado con Moisés)Por eso el Salmo 34 invita a agradecer a Dios y a pregustar de un alimento tan admirable: Gustad y ved cuán suave es el Señor.

Ese pan de ángeles le dio fuerza a Elías para recorrer cuarenta días. ¡Cuánta fuerza nos dará el Pan del cielo, la Eucaristía, si lo recibimos con las debidas disposiciones! Aprendamos a buscar a Jesús en el Sagrario, en la Escritura. Decidámonos a alimentarnos de ese pan vivo que da la vida al mundo.

Por eso en cada Misa proclamamos este misterio inmediatamente después de la Consagración: Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús! Como enseña Benedicto XVI, «especialmente en la liturgia eucarística se nos da a pregustar el cumplimiento escatológico hacia el cual se encamina todo hombre y toda la creación» (Sacramentum caritatis, n.30). 

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Si alguno come este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo. Son unas palabras que hablan claramente de la presencia real de Jesús en la Eucaristía. No cabe una interpretación simbólica del verbo “comer”, que en realidad traduce “masticar”. Jesús entrega, sacrifica su cuerpo, para darnos la vida eterna.

Una vez más acudamos a María, «modelo insustituible de vida eucarística» (SCa, n.96), para que preparemos el año de la fe como enseña el Papa Benedicto XVI, cuidando el amor a Jesucristo en el pan y en la palabra: «Debemos descubrir de nuevo el gusto de alimentarnos con la Palabra de Dios, transmitida fielmente por la Iglesia, y con el Pan de la vida, ofrecido como sustento a todos los que son sus discípulos» (Porta fidei, n.3)

sábado, agosto 04, 2012

El Pan de vida


Después de la multiplicación de los cinco panes y los dos peces, Jesús se dirige a Cafarnaún huyendo de la multitud, que estaba dispuesta a hacerlo rey temporal de sus aspiraciones políticas. Cuando la multitud vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaún buscando a Jesús. Y al encontrarle en la otra orilla del mar, le preguntaron: —Maestro, ¿cuándo has llegado aquí? 

Jesús les respondió: —En verdad, en verdad os digo que vosotros me buscáis no por haber visto los signos, sino porque habéis comido los panes y os habéis saciado. Obrad no por el alimento que se consume sino por el que perdura hasta la vida eterna, el que os dará el Hijo del Hombre, pues a éste lo confirmó Dios Padre con su sello.

Estamos en la sinagoga de Cafarnaún, como explicará Juan al final de este discurso (v.59). El Señor confronta las aspiraciones materiales de aquella muchedumbre y les invita a levantar la mirada, a darse cuenta de las maravillas que Dios está obrando y de las que ellos son testigos: están viendo al Hijo del Hombre que ha sido confirmado por el Padre.

Aquellas personas se sientes interpeladas por las palabras del Maestro y quieren profundizar en las consecuencias de su enseñanza: Ellos le preguntaron: —¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?, ¿Cómo obrar por el alimento eterno?, ¿cómo hacer la obra de Dios? Son interrogantes que siempre debemos hacernos, pues nos señalan el camino para dar sentido a nuestra vida.

Jesús no se hace rogar y responde con claridad meridiana: —Ésta es la obra de Dios: que creáis en quien Él ha enviado. Fe, esa es la clave: que creáis. Así lo resume la Porta Fidei, el documento de preparación para el Año de la fe: “Creer en Jesucristo es, por tanto, el camino para poder llegar de modo definitivo a la salvación”.

En teología se estudia que la fe “es, ante todo, un acto religioso del hombre entero. Todo el hombre queda internamente afectado en todas y cada una de sus potencias, y se entrega del todo intencionalmente en el acto de fe. La fe entonces es absoluta, porque asiente a la verdad de Dios por ser él quien es. Una fe de este tipo sólo la puede pedir estrictamente Dios, y sólo se puede dirigir hacia Dios. De ahí proviene la adhesión y el compromiso de la fe que afectan al creyente en su totalidad. Esta adhesión conduce a un abandono filial, a una relación interpersonal más íntima, que es la filiación sobrenatural” (C. Izquierdo, Diccionario de Teología).

Quizá brota espontáneo en nuestro corazón, al ver cuánto nos falta la fe, pedirle al Señor que nos conceda esta virtud, que nos la aumente: Domine, adauge nobis fidem! Señor, aúmentanos la fe. También podemos ejercitarla con otra jaculatoria, que pronunció el apóstol Tomás después de palpar las llagas de Cristo: Dominus meus et Deus meus!, ¡Señor mío y Dios mío!

Benedicto XVI comenta la respuesta del Señor en su libro sobre Jesús de Nazaret: “Los que escuchan están dispuestos a trabajar, a actuar, a hacer “obras” para recibir ese pan; pero no se puede “ganar” sólo mediante el trabajo humano, mediante el propio esfuerzo. Únicamente puede llegar a nosotros como don de Dios, como obra de Dios: toda la teología paulina está presente en este diálogo. La realidad más alta y esencial no la podemos conseguir por nosotros mismos; tenemos que dejar que se nos conceda”.

Aquellos hombres, sin embargo, no reaccionan con la fe que espera el Señor. Le dijeron: —¿Y qué signo haces tú, para que lo veamos y te creamos? ¿Qué obras realizas tú? Nuestros padres comieron en el desierto el maná, como está escrito: Les dio a comer pan del cielo. Los judíos le recuerdan al Señor el milagro del maná, que narra el Éxodo (16,2-15). Acababa de darse una asonada en el campamento contra Moisés, pues el pueblo estaba exhausto y sin nada para comer: 


El Señor dijo a Moisés: –Yo haré llover pan del cielo: que el pueblo salga a recoger la ración de cada día. Diles: “Hacia el crepúsculo comeréis carne, por la mañana os saciaréis de pan; para que sepáis que yo soy el Señor, vuestro Dios”. Por la tarde, una bandada de codornices cubrió todo el campamento; por la mañana, había una capa de rocío alrededor del campamento. Cuando se evaporó la capa de rocío, apareció en la superficie del desierto un polvo fino, parecido a la escarcha. Al verlo, los israelitas se dijeron: –¿Qué es esto? (en hebreo, man hu; traducido al griego como maná), pues no sabían lo que era. Moisés les dijo: –Es el pan que el Señor os da de comer.

El salmista celebra con regocijo este  prodigio (Sal 78): El Señor les dio pan del cielo, y el hombre comió el pan de los fuertes. Sin embargo, ya en el Antiguo Testamento se hacía hincapié en que lo importante de este milagro cotidiano no era el portento alimenticio, sino su significado espiritual: así como el Señor envía el pan desde el cielo, así también nos alimenta con su palabra, con sus exigencias. Se trata de comprender que no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra (o mandamiento) que sale de la boca de Dios (Dt 8,3).

Cuando el Maestro da de comer a la multitud en el lago de Tiberíades se muestra como el nuevo Moisés. Es la idea central del libro de Benedicto XVI sobre Jesús de Nazaret. Por eso ahora el Señor insiste en que Moisés no os dio el pan del cielo, sino que mi Padre os da el verdadero pan del cielo.  Porque el pan de Dios es el que ha bajado del cielo y da la vida al mundo.

Jesús les hace ver que lo importante no es el banquete mesiánico, los signos de credibilidad que Él puede realizar, y que ellos mismos han visto, para demostrar su divinidad. De hecho, toda esta primera parte del Evangelio de San Juan es llamada “el libro de los signos”, pues son muchos los milagros allí relatados, desde la conversión del agua en vino durante las bodas de Caná hasta la resurrección de Lázaro. Lo importante no son los signos, sino la realidad significada: Jesús es el Pan bajado del cielo. Esta afirmación es uno de los puntos fuertes del cuarto Evangelio, que desde el prólogo resalta la Encarnación del Hijo de Dios: Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros.

Se entiende que el pueblo suplique entonces, como la samaritana: —Señor, danos siempre de este pan. Jesús les respondió: —Yo soy el pan de vida; el que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá nunca sed.

El Evangelio nos muestra que ese prodigio de la Encarnación se continúa en la presencia de Jesús en la Eucaristía. En las especies sacramentales, Dios mismo se nos ofrece como alimento espiritual, pan de vida eterna. Como explica Mons. Echevarría, “con la participación en la Santa Misa, con la Comunión y la prolongación eucarística en el Sagrario, el cristiano descubre que la fe en su Señor configura una alianza personal con Él. Experimenta en su propia vida que, al creer en Jesús, Él se ha convertido en alguien que está a su lado, que actúa de su parte y le representa: que vive de Él y por eso, puede y debe hablar en su nombre” (Eucaristía y vida cristiana).

Por ese motivo escribía el Beato John Henry Newman en una de sus cartas, desde una casa a la que acababa de trasladarse: “ahora escribo desde una habitación al lado de la capilla. Es una bendición incomprensible tener la presencia de Cristo en casa, en las paredes, consume cualquier otro privilegio y destruye, o debe destruir, cualquier dolor. Saber que Él está cerca, poder hablar con Él una y otra vez durante el día” (Ker I.  John Henry Newman, 333).

Concretemos algunos propósitos para esta semana, que nos ayuden a hablar con Él una y otra vez durante el día: visitarlo con frecuencia en el Sagrario, levantar nuestro corazón al Señor en medio del trabajo, hacer un rato de oración frente a Jesús sacramentado diariamente y, desde luego, comulgar con frecuencia, también entre semana. Así experimentaremos la presencia cercana de nuestro mejor Amigo y desearemos hablar de Él a nuestros compañeros. Como los judíos, diremos con toda el alma: Señor, danos siempre de este pan.



También podemos seguir el consejo de San Josemaría:  Dile al Señor que, en lo sucesivo, cada vez que celebres o asistas a la Santa Misa, y administres o recibas el Sacramento Eucarístico, lo harás con una fe grande, con un amor que queme, como si fuera la última vez de tu vida. -Y duélete, por tus negligencias pasadas (Forja, n.829).

Acudamos a la intercesión de la Virgen María, Mujer eucarística, para que nos alcance la gracia de aumentar nuestra fe y específicamente la fe en la Eucaristía. De esa manera se harán realidad en nuestra vida las palabras de Jesús: Yo soy el pan de vida; el que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá nunca sed.