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viernes, marzo 11, 2011

Cuaresma: horizontes de Gracia

Con la imposición de la ceniza el pasado miércoles, hemos comenzado una nueva Cuaresma. Se trata, como decía Benedicto XVI en una celebración como esa, de comprometernos en convertir nuestro corazón hacia los horizontes de Gracia

Conversión, cambio, mudanza. Volver a empezar en nuestro empeño por ser buenos cristianos. Pueden servirnos las palabras de la liturgia, tan ricas de contenido en estos días: el pasado miércoles pedíamos al Señor “emprender el combate cristiano con santos ayunos para que los que vamos a luchar contra la tibieza espiritual seamos fortalecidos por los auxilios de la penitencia”.

Nos comprometíamos en convertir nuestro corazón hacia los horizontes de Gracia de un modo concreto: luchando. Le prometíamos a Dios emprender el combate, ayunar, luchar contra la tibieza espiritual. Y al mismo tiempo nos dábamos cuenta de que, al tomar esa actitud, seríamos fortalecidos por los auxilios de la penitencia. No se trata simplemente del efecto virtuoso que tiene la austeridad, como sabe cualquiera que haya leído la Ética a Nicómaco. Se trata de abrir nuestro corazón hacia los horizontes de Gracia. Por eso, más que proponernos esa lucha, le pedimos al Señor el don de emprender el combate, del fruto de la lucha, de los auxilios que la penitencia genera.

En ese sentido, el Papa explica que la Cuaresma es un don precioso de Dios dice que se trata de un tiempo fuerte y denso de significados en el camino de la Iglesia, es el itinerario hacia la Pascua del Señor. Es un camino, una excursión, que incluye varias indicaciones: en primer lugar la idea de fondo es “atender, con mayor empeño, a nuestra conversión”. La clave para darse cuenta de la necesidad de convertirnos es contemplar el Misterio de la cruz: “dejarnos transformar por la acción del Espíritu Santo, como san Pablo en el camino de Damasco; orientar con decisión nuestra existencia según la voluntad de Dios; liberarnos de nuestro egoísmo, superando el instinto de dominio sobre los demás y abriéndonos a la caridad de Cristo”.

Son detalles concretos de conversión, que nos sugiere Benedicto XVI: docilidad ante las exigencias del Señor, generosidad, altruismo, darse a Dios y al prójimo, humildad para reconocernos pecadores, rechazar el pecado y acudir a las fuentes de la gracia: “El período cuaresmal es el momento favorable para reconocer nuestra debilidad, acoger, con una sincera revisión de vida, la Gracia renovadora del Sacramento de la Penitencia y caminar con decisión hacia Cristo”.


2. Hay tres maneras concretas de vivir esta actitud de conversión hacia los horizontes de la Gracia: En primer lugar, intensificar la escucha de la Palabra de Dios, la oración. Esta es la primera invitación de la Cuaresma: oír las llamadas del Señor, atender su Palabra: ojalá escuchéis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón (Salmo 94).

En su  mensaje para este tiempo, el Papa nos invita a meditar e interiorizar la Palabra de Dios: “la escucha atenta de Dios, que sigue hablando a nuestro corazón, alimenta el camino de fe que iniciamos en el día del Bautismo”. Escuchar con atención, interiorizando lo que leemos, actualizándolo para nuestra vida: ¿qué significan estas palabras del Señor para mí, hoy? En los tiempos de oración debe suceder lo que recomendaba San Josemaría (Surco, 177): debe haber “recogimiento para conocer a Dios, para conocerte y así progresar. Un tiempo necesario para descubrir en qué y cómo hay que reformarse: ¿qué he de hacer?, ¿qué debo evitar?”

Vamos sacando propósitos para estos cuarenta días: cuidar más nuestro trato personal con el Señor. Tener fijos el tiempo preciso que le dedicamos a esa conversación y, ojalá, el momento del día en que lo haremos: «Si de veras deseas ser alma penitente -penitente y alegre- , debes defender, por encima de todo, tus tiempos diarios de oración -de oración íntima, generosa, prolongada- , y has de procurar que esos tiempos no sean a salto de mata, sino a hora fija, siempre que te resulte posible. No cedas en estos detalles. Sé esclavo de este culto cotidiano a Dios, y te aseguro que te sentirás constantemente alegre» (Surco, 994).

Además de escuchar atentamente la Palabra de Dios, en el itinerario cuaresmal se nos ofrece un segundo elemento fundamental: “la penitencia, abriendo el corazón a la dócil acogida de la voluntad divina, para una práctica más generosa de la mortificación”. Docilidad para seguir las sugerencias que el Señor nos indica en los ratos de oración. Generosidad en la mortificación. Una penitencia que se note, como el ayuno del miércoles de ceniza y del Viernes Santo o la abstinencia de carne todos los viernes de Cuaresma. También podemos ofrecer ayuno de aficiones o costumbres, de tal manera que podamos aprovechar más el tiempo: ayuno de internet, de televisión, de música, de algunos caprichos en las comidas, etc.

Pero también mortificación en la vida cotidiana. San Josemaría enseñaba que “donde más fácilmente encontraremos la mortificación es en las cosas ordinarias y corrientes: en el trabajo intenso, constante y ordenado; sabiendo que el mejor espíritu de sacrificio es la perseverancia por acabar con perfección la labor comenzada; en la puntualidad, llenando de minutos heroicos el día; en el cuidado de las cosas, que tenemos y usamos; en el afán de servicio, que nos hace cumplir con exactitud los deberes más pequeños; y en los detalles de caridad, para hacer amable a todos el camino de santidad en el mundo: una sonrisa puede ser, a veces, la mejor muestra de nuestro espíritu de penitencia... Tiene espíritu de penitencia el que sabe vencerse todos los días, ofreciendo al Señor, sin espectáculo, mil cosas pequeñas” (GER XVI,336).

Oración, mortificación, caridad. Este es el tercer elemento que forma parte fundamental del itinerario cuaresmal: “ir más ampliamente en ayuda del prójimo necesitado”, explica el Papa. Se da por descontado que habitualmente queremos servir, para eso somos cristianos. Pero durante estos cuarenta días el Señor espera que ayudemos al prójimo de modo más amplio. Más caridad, más servicio, más fraternidad.

Durante estas semanas, el episcopado nos invita a la campaña de “Comunicación cristiana de bienes”: a ahorrar el importe de lo que gastaríamos y destinarlo a las obras de caridad de la Iglesia. Caridad para ser más generosos en la limosna. No se trata solo de dar lo que nos sobra, sino también de compartir el fruto de nuestra penitencia. Por eso la Iglesia recuerda la práctica de la limosna, especialmente durante estos cuarenta días, para fomentar la capacidad de compartir: “nos recuerda el primado de Dios y la atención hacia los demás, para redescubrir a nuestro Padre bueno y recibir su misericordia”.


3. En este primer domingo de Cuaresma, la liturgia nos propone el pasaje de las tentaciones de Jesús en el desierto. El Catecismo de la Iglesia lo resume de esta manera: “Los Evangelios hablan de un tiempo de soledad de Jesús en el desierto inmediatamente después de su bautismo por Juan: "Impulsado por el Espíritu" al desierto, Jesús permanece allí sin comer durante cuarenta días; vive entre los animales y los ángeles le servían. Al final de este tiempo, Satanás le tienta tres veces tratando de poner a prueba su actitud filial hacia Dios. Jesús rechaza estos ataques que recapitulan las tentaciones de Adán en el Paraíso y las de Israel en el desierto, y el diablo se aleja de él "hasta el tiempo determinado"”.

Comentando esta escena, Mons. Echevarría saca un propósito concreto: la lucha sobrenatural, acudiendo con confianza a los medios sobrenaturales. Y recuerda la táctica sobrenatural que proponía San Josemaría para la lucha interior (Camino, 307): sostienes la guerra —las luchas diarias de tu vida interior— en posiciones, que colocas lejos de los muros capitales de tu fortaleza. Y el enemigo acude allí: a tu pequeña mortificación, a tu oración habitual, a tu trabajo ordenado, a tu plan de vida: y es difícil que llegue a acercarse hasta los torreones, flacos para el asalto, de tu castillo. —Y si llega, llega sin eficacia. Batallas concretas, en las que manifestaremos al Señor nuestro deseo de conversión, de abrirnos  a los horizontes de la Gracia.

El Santo Padre considera este pasaje como un modo de subrayar nuestra condición humana en esta tierra: “La batalla victoriosa contra las tentaciones, que da inicio a la misión de Jesús, es una invitación a tomar conciencia de la propia fragilidad para acoger la Gracia que libera del pecado e infunde nueva fuerza en Cristo, camino, verdad y vida”. Contemplar a Jesús que vence las tentaciones del maligno –el cual “actúa y no se cansa, tampoco hoy, de tentar al hombre que quiere acercarse al Señor”-, nos hace tener complejo de superioridad: “Cristo sale victorioso, para abrir también nuestro corazón a la esperanza y guiarnos a vencer las seducciones del mal”.

Podemos concluir con las palabras optimistas del libro “Jesús de Nazaret” (I): “En la lucha contra Satanás, ha vencido Jesús: frente a la divinización fraudulenta del poder y del bienestar, frente a la promesa mentirosa de un futuro que, a través del poder y la economía, garantiza todo a todos, Él contrapone la naturaleza divina de Dios, Dios como auténtico bien del hombre”.

Terminamos esta primera meditación cuaresmal acudiendo a nuestra Madre, María, pidiéndole que Ella sea “nuestra guía en el camino cuaresmal, nos conduzca a un conocimiento cada vez más profundo de Cristo, muerto y resucitado, nos ayude en el combate espiritual contra el pecado, nos sostenga al invocar con fuerza: Conviértenos a Ti, oh Dios, nuestra salvación”. Ayúdanos a abrirnos a los horizontes de la Gracia, a vencer las tentaciones del demonio, a renovar el propósito de recomenzar nuestra lucha cuaresmal por ser almas de oración, penitentes y caritativas.

lunes, febrero 22, 2010

tentaciones de Jesús



Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó del Jordán y fue conducido por el Espíritu al desierto, donde estuvo cuarenta días y fue tentado por el diablo. No comió nada en estos días, y al final sintió hambre.

El primer domingo de Cuaresma, la Iglesia nos invita a considerar las tentaciones de Jesús. El Catecismo (n. 538) lo resume de esta manera: “Los Evangelios hablan de un tiempo de soledad de Jesús en el desierto inmediatamente después de su bautismo por Juan: "Impulsado por el Espíritu" al desierto, Jesús permanece allí sin comer durante cuarenta días; vive entre los animales y los ángeles le servían (cf. Mc 1,12-13). Al final de este tiempo, Satanás le tienta tres veces tratando de poner a prueba su actitud filial hacia Dios. Jesús rechaza estos ataques que recapitulan las tentaciones de Adán en el Paraíso y las de Israel en el desierto, y el diablo se aleja de él "hasta el tiempo determinado" (Lc 4,13).

Jesús es el nuevo Israel: como el pueblo elegido, padece tentación; pero, a diferencia de los israelitas, vence al demonio. En su libro “Jesús de Nazaret”, Benedicto XVI ve en las tentaciones una pregunta sobre qué es lo que cuenta verdaderamente en la vida humana, cuál es el auténtico bien del ser humano.


Entonces le dijo el diablo: —Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan.  Y Jesús le respondió:—Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre.

En esta tentación el diablo pone a prueba (Si eres Hijo de Dios) la filiación divina que Dios Padre había proclamado poco antes en el bautismo. El Papa comenta que “aquí aparece claro el núcleo de toda tentación: apartar a Dios que, ante todo lo que parece más urgente en nuestra vida, pasa a ser algo secundario, o incluso superfluo y molesto. Poner orden en nuestro mundo por nosotros solos, sin Dios, contando únicamente con nuestras propias capacidades, reconocer como verdaderas sólo las realidades políticas y materiales, y dejar a Dios de lado como algo ilusorio, ésta es la tentación que nos amenaza de muchas maneras. Es propio de la tentación adoptar una apariencia moral: no nos invita directamente a hacer el mal, eso sería muy burdo. Finge mostrarnos lo mejor: abandonar por fin lo ilusorio y emplear eficazmente nuestras fuerzas en mejorar el mundo. Además, se presenta con la pretensión del verdadero realismo. Lo real es lo que se constata: poder y pan. Ante ello, las cosas de Dios aparecen irreales, un mundo secundario que realmente no se necesita”.

Poder y pan. ¡Cuántas veces nos movemos por esas prioridades! Con dolor podemos decir que casi siempre… Mi futuro, mi carrera, mis proyectos. Incluso en las labores de caridad, podemos caer en el riesgo de poner en primer lugar el pan, las necesidades físicas –no es que no sean importantes- antes que la dignidad de hijos de Dios, la espiritualidad, la formación humana y sobrenatural. Sin embargo, concluye el Papa, en alusión a las multiplicaciones de pan, como prefiguración de la Eucaristía, “Jesús no es indiferente al hambre de los hombres, a sus necesidades materiales, pero las sitúa en el contexto adecuado y les concede la prioridad debida”.

Después el diablo lo llevó a un lugar elevado y le mostró todos los reinos de la superficie de la tierra en un instante y le dijo: —Te daré todo este poder y su gloria, porque me han sido entregados y los doy a quien quiero. Por tanto, si me adoras, todo será tuyo. Y Jesús le respondió: —Escrito está: Adorarás al Señor tu Dios y solamente a Él darás culto.

En la segunda tentación el diablo le ofrece a Jesús el reinado de este mundo a cambio de un homenaje a él. Una vez más, la tentación del poder, del dinero, de los bienes terrenos o de la caduca gloria humana. Dice el Papa que ésta “resulta ser la tentación fundamental, se refiere a la pregunta sobre qué debe hacer un salvador del mundo. (…) Jesús ha traído a Dios y, con El, la verdad sobre nuestro origen y nuestro destino; la fe, la esperanza y el amor”.

Entonces lo llevó a Jerusalén, lo puso sobre el pináculo del Templo y le dijo: —Si eres Hijo de Dios, arrójate de aquí abajo, porque escrito está: Dará órdenes a sus ángeles sobre ti para que te protejan y te lleven en sus manos,  no sea que tropiece tu pie contra alguna piedra. Y Jesús le respondió: —Dicho está: No tentarás al Señor tu Dios.

En la tercerta tentación el demonio le propone a Jesús escapar de la muerte en virtud de ser Hijo de Dios (Eunsa). Comenta el Papa que “esta escena sobre el pináculo del templo hace dirigir la mirada también hacia la cruz. Cristo no se arroja desde el pináculo del templo. No salta al abismo. No tienta a Dios. Pero ha descendido al abismo de la muerte, a la noche del abandono, al desamparo propio de los indefensos. Se ha atrevido a dar este salto como acto del amor de Dios por los hombres. Y por eso sabía que, saltando, sólo podía caer en las manos bondadosas del Padre”. El Señor nos muestra dónde tenemos que poner nuestras esperanzas.

Y terminada toda tentación, el diablo se apartó de él hasta el momento oportuno.

El momento oportuno será el triduo pascual, cuando Cristo venció definitivamente al poder del mal. El Catecismo (n.540) concluye que “Cristo venció al Tentador a favor nuestro: "Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado" (Hb 4, 15)”.

Es lo que predicaba, lleno de alegría, San Agustín (Salmo 60): “nos incluyó en sí mismo cuando quiso verse tentado por Satanás. Nos acaban de leer que Jesucristo, nuestro Señor, se dejó tentar por el diablo. ¡Nada menos que Cristo tentado por el diablo! Pero en Cristo estabas siendo tentado tú, porque Cristo tenía de ti la carne, y de él procedía para ti la salvación; de ti procedía la muerte para él, y de él para ti la vida; de ti para él los ultrajes, y de él para ti los honores; en definitiva, de ti para él la tentación, y de él para ti la victoria. Si hemos sido tentados en él, también en él vencemos al diablo. ¿Te fijas en que Cristo fue tentado, y no te fijas en que venció? Reconócete a ti mismo tentado en él, y reconócete también vencedor en él”.

La Iglesia se une todos los años, durante los cuarenta días de Cuaresma, al Misterio de Jesús en el desierto. Es el sentido de esta cuaresma, como dice el prefacio de la Misa: “Cristo nuestro Señor, al abstenerse durante cuarenta días de tomar alimento, inauguró la práctica de nuestra penitencia cuaresmal y, al rechazar las tentaciones del Enemigo, nos enseñó a sofocar la fuerza del pecado”.

Comenzábamos citando al Papa, que ve en este episodio una pregunta sobre qué es lo que cuenta verdaderamente en la vida humana, cuál es el auténtico bien del ser humano. En el mismo texto, Benedicto XVI concluye que “en la lucha contra Satanás ha vencido Jesús: frente a la divinización fraudulenta del poder y del bienestar, frente a la promesa mentirosa de un futuro que, a través del poder y la economía, garantiza todo a todos, El contrapone la naturaleza divina de Dios, Dios como auténtico bien del hombre”.

domingo, marzo 01, 2009

Cuaresma: Jesús y las tentaciones


Comenzamos la Cuaresma el pasado miércoles de ceniza. Al imponérnosla, el sacerdote quizá nos dijo: “Conviérte y cree en el Evangelio”. Comenzamos un tiempo fuerte del año litúrgico. Como dice el Concilio Vaticano II (SC, 109), se trata de prepararnos para celebrar el misterio pascual, entregados más intensamente a oír la palabra de Dios y a la oración. ¿En qué consiste la preparación? La declaración conciliar habla de dos modos de hacerlo: “sobre todo mediante el recuerdo o la preparación del bautismo y mediante la penitencia”.

Antes, cuando la gente se convertía al catolicismo en la adultez, estos cuarenta días se tomaban como preparación para el bautismo, que se tenía en la noche de Pascua. Ahora, para casi todos será un tiempo de recordar los compromisos bautismales: rechazar a Satanás, “a sus pompas y a sus obras”. De hecho, el Concilio también insiste en la importancia de inculcar a los fieles “junto con las consecuencias sociales del pecado, la naturaleza propia de la penitencia, que lo detesta en cuanto es ofensa de Dios; no se olvide tampoco la participación de la Iglesia en la acción penitencial y encarézcase la oración por los pecadores”. (Los énfasis son añadidos).

Rechazar el pecado, mostrar que lo detestamos: acudiendo a la oración del cuerpo, que es la penitencia. De eso nos hablan las lecturas de la Misa del primer domingo de Cuaresma, que trata el tema de las tentaciones del Señor. El relato de Marcos (1, 12-15) es el más parco para describir la escena. Después del Bautismo del Señor, nos dice simplemente: Enseguida el Espíritu lo impulsó hacia el desierto. Y estuvo en el desierto cuarenta días mientras era tentado por Satanás. Estaba con los animales, y los ángeles le servían. El desierto tiene muchos significados en la Biblia. Ya desde el Antiguo Testamento, representaba “un lugar o un tiempo de prueba y al mismo tiempo de gracia y revelación” (B. Escaffre).

Y gracia y revelación es lo que ocurre en el llamado monte de la cuarentena, donde se nos revelan varios aspectos de Jesucristo. El Prefacio propio de esta Misa describe que Cristo “consagró la práctica de nuestra penitencia cuaresmal con un ayuno de cuarenta días; y, venciendo todas las tentaciones del demonio, nos enseñó a dominar las seducciones del pecado, para que, celebrando con espíritu renovado el misterio pascual, podamos llegar un día a la Pascua eterna”.

Se nos ofrecen varios elementos: en primer lugar, la penitencia (“consagró la práctica de nuestra penitencia cuaresmal con un ayuno de cuarenta días”). Además, las tentaciones y el pecado (“venciendo todas las tentaciones del demonio, nos enseñó a dominar las seducciones del pecado”). Por último, nos habla de lo que supone su victoria (“para que, celebrando con espíritu renovado el misterio pascual, podamos llegar un día a la Pascua eterna”).

Consideremos en nuestra oración el primer aspecto: la mortificación. Jesús nos da ejemplo de penitencia, celebra la primera cuaresma, como decía Juan Pablo II. A nosotros no se nos pide ir al desierto a alimentarnos con grillos o con raíces de árboles, pero sí se nos invita a que afinemos en nuestras mortificaciones pequeñas pero constantes: "Penitencia es el cumplimiento exacto del horario que te has fijado, aunque el cuerpo se resista o la mente pretenda evadirse con ensueños quiméricos. Penitencia es levantarse a la hora. Y también, no dejar para más tarde, sin un motivo justificado, esa tarea que te resulta más difícil o costosa. La penitencia está en saber compaginar tus obligaciones con Dios, con los demás y contigo mismo, exigiéndote de modo que logres encontrar al tiempo que cada cosa necesita. Eres penitente cuando te sujetas amorosamente a tu plan de oración, a pesar de que estés rendido, desganado o frío" (San Josemaría, Amigos de Dios, 138).

Con ese criterio, podemos concretar más aún: "Penitencia es tratar siempre con la máxima caridad a los otros, empezando por los tuyos. Es atender con la mayor delicadeza a los que sufren, a los enfermos, a los que padecen. Es contestar con paciencia a los cargantes e inoportunos. Es interrumpir o modificar nuestros programas, cuando las circunstancias –los intereses buenos y justos de los demás, sobre todo– así lo requieran. La penitencia consiste en soportar con buen humor las mil pequeñas contrariedades de la jornada; en no abandonar la ocupación, aunque de momento se te haya pasado la ilusión con que la comenzaste; en comer con agradecimiento lo que nos sirven, sin importunar con caprichos (Íbidem).

El segundo punto que menciona el Prefacio es las tentaciones y el pecado (“venciendo todas las tentaciones del demonio, nos enseñó a dominar las seducciones del pecado”). Es impresionante escuchar que Jesús padeció tentaciones. Tanto, que algún teólogo duda de su autenticidad, porque no habría testigos para comunicarlo a los evangelistas. No tiene en cuenta al único testigo: a Jesucristo mismo. Es admirable la sinceridad de Jesús, que les habría contado a sus discípulos, con toda sencillez, que cuando tuvo hambre en el desierto le dieron ganas de convertir las piedras en pan. Los apóstoles quizá reirían en la primera ocasión, pero después caerían en la cuenta de todo lo que eso significaba: Jesús padeció tentaciones, como las padecemos nosotros.

Cuando escuchamos que el Señor nos llama a ser santos, sentimos por dentro el contraste de nuestra indignidad, precisamente por las tentaciones que padecemos. Por eso decía al principio que este pasaje está lleno de gracia y revelación. Dios nos muestra que las tentaciones en sí no son malas. Lo malo es caer en ellas. Por eso, no dice que debemos pedir en la oración que no permita que tengamos tentaciones, sino que enseña a orar: “no nos dejes caer en la tentación”. El Compendio del Catecismo (n. 596) lo resume así: “Pedimos a Dios Padre que no nos deje solos y a merced de la tentación. Pedimos al Espíritu saber discernir, por una parte, entre la prueba, que nos hace crecer en el bien, y la tentación, que conduce al pecado y a la muerte; y, por otra parte, entre ser tentado y consentir en la tentación. Esta petición nos une a Jesús que ha vencido la tentación con su oración. Pedimos la gracia de la vigilancia y de la perseverancia final”.

“Venciendo todas las tentaciones del demonio, nos enseñó a dominar las seducciones del pecado”. Pidamos a Jesús que en esta Cuaresma aumente en nosotros el rechazo al pecado. Que huyamos de las tentaciones. Propongámonos huir de las ocasiones que nos acechan. Y rechazar también el pecado venial, porque cuando se ama no hay falta pequeña. Como decía San Josemaría en Surco (n. 139): “mucho duele al Señor la inconsciencia de tantos y de tantas, que no se esfuerzan en evitar los pecados veniales deliberados. ¡Es lo normal —piensan y se justifican—, porque en esos tropiezos caemos todos! Óyeme bien: también la mayoría de aquella chusma, que condenó a Cristo y le dio muerte, empezó sólo por gritar —¡como los otros!—, por acudir al Huerto de los Olivos —¡con los demás!—,... Al final, empujados también por lo que hacían "todos", no supieron o no quisieron echarse atrás..., ¡y crucificaron a Jesús! —Ahora, al cabo de veinte siglos, no hemos aprendido”.

Pidamos a la Santísima Virgen que en esta Cuaresma encontremos la penitencia en las cosas pequeñas de cada día y rechacemos el pecado mortal y también el pecado venial deliberado.

viernes, julio 06, 2007

Juan Bautista. Conversión

La figura del Bautista prepara la aparición de Jesucristo en el Evangelio. Siguiendo a Fabris, se pueden señalar los ambientes que aparecen en este orden: primero el desierto, donde se presentan la figura y la actividad de Juan, que anuncia la llegada de otro, más fuerte y más potente que él; después, el río Jordán, donde Jesús recibe el bautismo y después el desierto de nuevo, donde se ambientan las tentaciones de Jesús.

San Marcos presenta a Juan como el gran precursor de Jesús. Se trata de un anuncio público y de un encargo: ser heraldo del Mesías. El anuncio se asocia al rito del bautismo, como sucedía también en la comunidad de Qumrán, aunque con diferencias notorias: el bautismo de Juan no es para iniciados, sino para todos; no es cotidiano, sino que se recibe una sola vez; no se aplica personalmente; sino que lo administra el mismo Juan. El Bautista le da al rito un significado de conversión y preparación mesiánica, o en su contexto histórico, al juicio definitivo de Dios.

De hecho, en Marcos se llama “bautismo de conversión para la remisión de los pecados”. Este perdón de los pecados, dice Gnilka, presupone una genuina disposición de arrepentimiento. Se trata de un cambio de mentalidad y de vida, que es lo que significa el término hebreo traducido por conversión: no solo mudanza de pensamiento, sino un pleno y radical cambio de conducta y por tanto arrepentimiento de los pecados y empeño por mudar la existencia.

En Mateo vemos un Juan que es más el predicador de la comunidad cristiana. Más que las diferencias con Jesús, se acentúa el paralelismo. Su predicación es la misma del Mesías: Convertíos, porque el reino de los cielos está cerca (Mt 3,1-12). Sus destinatarios son los jefes judíos, que deben cambiar para actuar la nueva justicia y hacer parte del verdadero Israel. La función actual de esa predicación es remover también en los cristianos la falsa seguridad de un ritualismo estéril. No basta con bautizarse: hay que convertirse, demostrar el cambio interior y radical que comporta la adhesión íntegra y fiel a Dios y una conducta de vida coherente y conforme a las exigencias de su voluntad.

Lucas, por su parte, extiende la llamada a la conversión a todas las gentes. Hace falta un cambio radical para que todos puedan experimentar la salvación de Dios. Al final de su obra, el anuncio de la salvación llega hasta los confines de la tierra, es decir a Roma (Act 28, 28). El primer cambio propuesto es la apertura universal, el cambio del propio universo pseudo-religioso. Y esa salvación posible para todos no es una ingenuidad religioso-social, sino el encuentro con una persona que te incorpora en un nuevo dinamismo: el Mesías salvador. Juan no es el Mesías, sino su esclavo, su anunciador. Y muere como profeta: mientras el pueblo y los pecadores responden al apelo del Bautista con la conversión, los poderosos responden con la violencia represiva y Juan termina su carrera en la cárcel, dando su último testimonio antes del ingreso de Jesús, el profeta definitivo.

El llamado de Juan Bautista sigue siendo actual. En su reciente viaje a Asís, Benedicto XVI ponía el ejemplo de san Francisco, del mismo modo que había citado un mes antes el de san Agustín. Del pobrecito de Asís, recordaba aquella llamada que recibió en la pequeña iglesia de San Damián, hace ahora ochocientos años, cuando tenía apenas veinticinco de edad. Mientras hacía oración, escuchó que el crucifijo le dirigía una palabra programática: “Ve, Francisco, repara mi casa”. Como es sabido, san Francisco supuso que se trataba de reparar aquella construcción, pero más tarde caería en la cuenta de que se trataba de reconstruir la Iglesia entera.

El papa Benedicto XVI hacía ver que hay un requisito previo: reconstruir la propia vida como casa de Dios: “Era una misión que comenzaba con la plena conversión de su corazón, para ser después levadura evangélica tirada a manos llenas en la Iglesia y en la sociedad. He visto en Rivotorto el lugar donde, según la tradición, estaban relegados aquellos leprosos a los cuales el Santo se avecinó con misericordia, comenzando de ese modo su vida penitente, y también el Santuario donde se evoca la pobre morada de Francisco y de sus primeros hermanos”.

Una conversa de nuestros tiempos afirma: “es molesto que se hable sobre una conversión como si fuese algo que se hace una vez y para siempre. De hecho, cuando uno es recibido en la Iglesia Católica, no da un paso final, sino, por el contrario, uno muy importante. Conversio significa ir hacia atrás, volverse hacia Dios. Es un proceso continuo que dura toda la vida. En este camino no se puede dar nada por supuesto. Incluso nada es seguro en él. Todo lo que se ha ganado se puede perder. Se necesita renovar el propio deseo de convertirse cada día, y cada día significa empezar una vez y otra y otra, nada es seguro, nada está ganado definitivamente hasta el final (…). Se dan conversiones todos los días; cada día, te levantas después de haber caído y renuevas el deseo de seguir las huellas de Cristo, algo difícil que llena de alegría”. (Matlary J. El amor escondido. Belacqua. Barcelona 2002, p. 87).

Conversión del corazón, arrepentimiento de los pecados, recomenzar cada día. El recuerdo del nacimiento del Bautista, que anuncia el gran evento de la Encarnación, debe reforzar en nuestros corazones el llamado de Jesús que también hoy, como hace ochocientos años a Francisco, nos dirige su palabra: “ve y repara mi casa”. Comienza con la plena conversión de tu corazón, para ser después levadura evangélica tirada a manos llenas en la Iglesia y en la sociedad.