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jueves, septiembre 03, 2015

Pobreza


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En el Evangelio de san Lucas, después de narrar la infancia y los preparativos del ministerio de Jesús, los comienzos de su labor apostólica se sitúan en Galilea, la tierra donde había crecido. En el capítulo cuarto, vemos al Señor en la sinagoga de Nazaret, presentando lo que podríamos llamar su programa de acción pastoral (vv.16-30). En primer lugar, enseñó que en Él se cumplían las profecías mesiánicas: Dios libraría a su pueblo y lo haría a través de su misión. Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el rollo del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido».
Vemos de pasada las costumbres del Señor, cómo frecuentaba la sinagoga cada sábado, solo que en esta ocasión se puso en pie para hacer la lectura. Al desenrollar el sagrado pergamino, encontró un texto del profeta Isaías, en el que presentaba al Mesías lleno del Espíritu Santo. Ya desde los primeros pasajes de su narración, el evangelista muestra esa unidad inefable que hay entre las Personas divinas. Había narrado en la Encarnación que el Paráclito descendió sobre María, y en el Bautismo había descrito la teofanía junto al Jordán —el Espíritu en forma de paloma—; lo había llevado durante cuarenta días por el desierto, mientras era tentado por el diablo (Lc 4,2); ahora, en los inicios de la predicación de Jesús, volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu (Lc 4,14).
La escena concluirá con la reacción polémica de su pueblo ante la explicación del motivo por el cual no hacía en su terruño los milagros que se contaban de otras poblaciones: todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino. Benedicto XVI concluye que «precisamente con el mensaje de gracia que Jesús trae se inaugura la perspectiva de la cruz. Lucas, que ha redactado con gran cuidado su Evangelio, ha puesto muy conscientemente esta escena como una especie de título para toda la obra de Jesús».
Esa perspectiva de la cruz muestra el camino, pero también la meta: la redención, el perdón de los pecados, la liberación de los oprimidos, la evangelización de los pobres. Este es el punto clave sobre el cual podemos hacer nuestra oración de hoy. ¿Cuáles son los destinatarios principales de su mensaje? —Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor.
Jesucristo muestra su predilección por aquellos que ocupan los últimos lugares a los ojos de los hombres. Pero no se trata solo de una situación económica o social. Según la Sagrada Escritura, los pobres, cautivos y oprimidos son aquellos que se reconocen necesitados de la misericordia divina: «Se anuncia el Evangelio a los pobres (Mt 11,5), leemos en la Escritura, precisamente como uno de los signos que dan a conocer la llegada del Reino de Dios. Quien no ame y viva la virtud de la pobreza no tiene el espíritu de Cristo» (Conv., n.110). Por esa razón, María es la primera entre esos pobres de Israel (los “anawin”).
Pidámosle al Señor que nos ayude a meditar en su amor a esta virtud, para aprender de Él a ser pobres en el espíritu, y merecer la bienaventuranza prometida en el sermón del monte: porque de ellos es el reino de los Cielos. ¿Cómo vivió Jesús la pobreza? Podríamos preguntar a cualquiera de los asistentes a la sinagoga y nos contaría lo que transmite la Escritura: Jesucristo siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza (2Co 8,9).
¡Vaya paradoja! La pobreza enriquece… No es lo que enseña el mundo, que valora a la persona por lo que tiene en el banco. Y como nosotros nos movemos en ese ambiente, corremos el riesgo de contaminarnos con esa mentalidad, de sentirnos mal cuando escasean los medios materiales, o de poner nuestra esperanza en las capacidades económicas, en lo que poseemos. En cambio Jesús, cuando quiere manifestar su amor a alguien (por ejemplo, al joven rico), le pide que se haga pobre, que lo deje todo por Él, que se enriquezca con la pobreza cristiana.
Una pobreza que comienza con el desprendimiento de sí mismo, del amor propio, del estar siempre pendientes de nuestras cosas, de nuestros trabajos, de nuestro descanso, de nuestra salud, del prestigio que tenemos, de la opinión que los demás se van formando de nosotros: «corazones generosos, con desprendimiento verdadero, pide el Señor. Lo conseguiremos, si soltamos con entereza las amarras o los hilos sutiles que nos atan a nuestro yo. No os oculto que esta determinación exige una lucha constante, un saltar por encima del propio entendimiento y de la propia voluntad, una renuncia -en pocas palabras- más ardua que el abandono de los bienes materiales más codiciados» (AD, n.115).
Después del desprendimiento interior viene, como lógica consecuencia, el desapego de los bienes materiales. Nos pueden ayudar para nuestra meditación unos puntos de la Encíclica “Laudato si’” (nn. 222-227), en los que el papa Francisco explica el principio ascético del “menos es más”: se trata de una invitación a vivir la virtud de la sobriedad, que nos capacita para gozar con poco. El planteamiento ecológico va más allá de no quemar árboles o no matar ballenas. Cuando uno medita más a fondo el compromiso que conlleva el mandato divino de dominar la tierra, se da cuenta —como explica la encíclica— que es necesario volver a la simplicidad, valorar lo pequeño, «evitar la dinámica del dominio y de la mera acumulación de placeres».
El ambiente materialista nos hace creer que la clave de la felicidad está en el poseer y que la pobreza es sinónimo de tristeza. Por el contrario, la dinámica del Evangelio es que la pobreza enriquece, hace feliz, nos acerca más al Señor: «Si estamos cerca de Cristo y seguimos sus pisadas, hemos de amar de todo corazón la pobreza, el desprendimiento de los bienes terrenos, las privaciones» (F, n. 997).
La sobriedad, la sencillez, la pobreza, la humildad, son caminos de la verdadera felicidad. Porque enseñan a contentarse con poco, a no crearse necesidades, a contentarse con lo suficiente para pasar una vida sobria y templada: «Se puede necesitar poco y vivir mucho, sobre todo cuando se es capaz de desarrollar otros placeres y se encuentra satisfacción en los encuentros fraternos, en el servicio, en el despliegue de los carismas, en la música y el arte, en el contacto con la naturaleza, en la oración. La felicidad requiere saber limitar algunas necesidades que nos atontan, quedando así disponibles para las múltiples posibilidades que ofrece la vida» (LS, n.223).
Pidámosle al Señor que nos ayude a descubrir la riqueza de esta virtud. Y a valorar la presencia de Dios especialmente en las personas más necesitadas, en los enfermos, los ancianos, los pobres, los niños, los desempleados, los desplazados y migrantes: «precisamente entre ellos es donde más a gusto se encuentra» (S, 228). Por esa razón, la Iglesia siempre se ha caracterizado por promover, junto con el anuncio del Evangelio y el culto litúrgico, la caridad con los más necesitados (DCE, n.25). Esta triple dimensión manifiesta la naturaleza íntima de la Iglesia, y hay que sospechar de cualquier institución en que no estén las tres características (porque también si solo hay labor social se corre el riesgo de convertir a la Iglesia en una ONG).
San Josemaría enunciaba unos principios que ayudan a vivir el  desprendimiento como virtud que lleva a identificarnos con Jesucristo: «No tener nada como propio, no tener nada superfluo, no lamentarse cuando falta lo necesario; cuando se puede escoger, elegir la cosa más pobre, menos simpática; no maltratar las cosas que usamos; hacer buen uso del tiempo» (Álvaro del Portillo, Entrevista con el Fundador del Opus Dei, p. 181).
Pero además del cuidado personal de la virtud de la pobreza, también estamos llamados a promover a nuestro alrededor la justicia social, cada uno según sus capacidades. De una parte, fomentando los propios talentos, pero además tenemos la invitación a vivir las obras de misericordia, como el papa ha recordado de cara al próximo año jubilar: visitas a pobres y enfermos, catequesis a necesitados, ayudar a los que necesitan nuestra asistencia —explicar una lección, acompañar en la soledad, ayudar al cuidado de los niños, etc.—, generar empleo, pagar lo justo a los empleados, vivir las exigencias de la propia vocación cívica en cuanto a impuestos, votaciones, participación ciudadana, etc.
Pero la principal manera de fomentar esa justicia social es con la santificación del propio trabajo. No se trata de que todas las personas de buena voluntad, para serlo, deban laborar en organismos de beneficencia. Cada uno, desde su trabajo hecho cara a Dios, honradamente, con espíritu de servicio, desempeña una insustituible labor de justicia: «Dios quiere que permanezcáis en vuestro lugar. Desde ahí, podéis realizar —estáis realizando— una labor colosal en beneficio de los pobres e indigentes, de los que padecen ignorancia, soledad y dolor —en tantas ocasiones a causa de la injusticia de los hombres—, porque al buscar la santidad con todas vuestras fuerzas, santificando el trabajo profesional y las relaciones familiares y sociales, contribuís a informar la sociedad humana con el espíritu cristiano» (Álvaro del Portillo, Carta pastoral, 9 de enero de 1993, n. 20, Citado por Schlag M, 2014, [SetD] p.372).

Decíamos al comienzo que la Virgen santísima fue la primera entre los anawin, los pobres del Señor. A Ella le pedimos que nos ayude a imitar el ejemplo de su Hijo, que siendo rico se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza.

sábado, julio 07, 2012

Nadie es profeta en su tierra


Después de la manifestación de fe de Jairo y de la hemorroísa, san Marcos (6,1-6) pone como en un díptico el cuadro con la reacción de los paisanos de Jesús: Saliendo de allí se dirigió a su ciudad y lo seguían sus discípulos. Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga. Después de una serie de signos que confirmaron a sus discípulos en la fe (¿Por qué tenéis miedo?, ¿Aún no tenéis fe?, había recriminado en el episodio de la tempestad calmada; Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu enfermedad, fue el reconocimiento para la hemorroísa; No temas; basta que tengas fe, las palabras de ánimo para Jairo), san Marcos ambienta la expectativa por la reacción que tendrían los parientes y vecinos de Jesús cuando regresa a su tierra natal, a su «patria».
Entre los asistentes al culto estarían los vecinos de toda la vida, de los que se había despedido un par de años atrás, al marcharse a iniciar su vida pública en Cafarnaúm. Estarían los parientes, los amigos de infancia, los compañeros de luchas de José que quizás ya había fallecido y de María. Uno esperaría el recibimiento brillante para el «hijo ilustre» de una aldea pequeña, que había alcanzado reconocimiento por ser la cuna del nuevo predicador y taumaturgo al que seguían las multitudes de toda Galilea. Sería normal el sentimiento de orgullo de sus paisanos por haber convivido con semejante personaje desde pequeño.
De hecho, el Evangelio reseña que aquellos que lo habían visto crecer entre las callecitas de aquel pequeño poblado de Nazaret, ahora se maravillaban al escuchar las palabras de sabiduría que salían de los labios de Jesús y los prodigios que obraba, por lo cual la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: «¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada? ¿Y esos milagros que realizan sus manos?». Buscaban en su filiación biológica lo que solo puede explicar su origen divino.
Sin embargo, el mismo Jesús, que se maravillaría por encontrar mucha fe incluso fuera de Israel, ahora se asombra, se «escandaliza» por la reacción escéptica de sus conciudadanos. Algunos hasta esgrimieron el conocerlo de antes como un motivo para explicar que no podía estar haciendo lo que ahora hacía, que quizá estaba endemoniado. Aquel al que habían visto de niño no podía ser ahora Maestro, mucho menos el Mesías. Y la emoción o admiración inicial se transformaron en escándalo: «¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?». Y se escandalizaban a cuenta de él.
No debemos extrañarnos por esta reacción adversa, pues también ese mismo camino es el que espera a los seguidores de Jesús. La envidia, la falta de fe, el miedo al compromiso y, en definitiva, el pecado original, están detrás de esa actitud burlesca o incluso persecutoria. Así lo anunciaría el Señor muchas veces (Mt 10,24): Al discípulo le basta con ser como su maestro y al esclavo como su amo. Si al dueño de casa lo han llamado Belzebú, ¡cuánto más a los criados! Si alguna vez el Señor permitiera que experimentásemos esas persecuciones por seguirlo y por anunciar sus doctrinas, podemos pensar que nada se pierde: creceremos en humildad, en fe, en conciencia de ser solo instrumentos. La gracia de Dios no se pierde y los méritos de esas obras fructificarán en otros terrenos.
Veamos otra dimensión de la crítica que hacen sus vecinos: «¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?». Y se escandalizaban a cuenta de él. Aunque se menciona en un contexto polémico, no deja de ser significativo que a Jesús se le reconozca por su vida familiar, por su trabajo profesional, porque vivió la mayor parte de su vida una existencia normal, como la de cualquiera de nosotros. Jesús es modelo de hombre perfecto, y debemos encontrar en su ejemplo la guía para nuestra vida familiar y para nuestro trabajo profesional: «Vamos a pedir luz a Jesucristo Señor Nuestro, y rogarle que nos ayude a descubrir, en cada instante, ese sentido divino que transforma nuestra vocación profesional en el quicio sobre el que se fundamenta y gira nuestra llamada a la santidad. En el Evangelio encontraréis que Jesús era conocido como faber, filius Mariae, el obrero, el hijo de María: pues también nosotros, con orgullo santo, tenemos que demostrar con los hechos que ¡somos trabajadores!, ¡hombres y mujeres de labor!» (AD, n.62).
Con nuestro trabajo cotidiano estamos llamados a parecernos a Jesús, a descubrir en esas ocupaciones «el quicio sobre el que se fundamenta y gira nuestra llamada a la santidad». Y esa llamada incluye el compromiso apostólico. Hemos de dar testimonio con nuestra vida de la fe que profesamos. Una fe que se encarna en el esfuerzo por trabajar bien, por tratar bien a nuestros parientes, a nuestros compañeros, a nuestros vecinos. Y por mostrarles con nuestra alegría el espíritu que nos anima.
A Jesús no le sorprende la respuesta aprensiva de sus coterráneos, siente que le toca padecer la suerte de los profetas: les decía: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa». Aunque algunos de estos familiares y vecinos más adelante se convertirán y le seguirán de cerca, incluso estarán entre los pilares de la primitiva comunidad cristiana, este rechazo inicial sirve para conformar una nueva familia, ya no de vínculos biológicos, sino sobrenaturales. Esa nueva estirpe es el germen de la Iglesia, que tiene su origen en la obediencia de fe a las enseñanzas del Señor y que es la familia de Dios en el mundo. En esta lógica se entiende una respuesta previa de Jesús (Lc 11,27-28) cuando una mujer de entre el gentío, levantando la voz, le dijo: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron». Pero él dijo: «Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».
La fe es un regalo de Dios, pero requiere que la ejercitemos. Enseña el Compendio del Catecismo que «la fe es la virtud teologal por la que creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha revelado, y que la Iglesia nos propone creer, dado que Dios es la Verdad misma. Por la fe, el hombre se abandona libremente a Dios; por ello, el que cree trata de conocer y hacer la voluntad de Dios, ya que la fe actúa por la caridad (Ga 5,6)» (n.386). La fe en Dios incluye creer en sus palabras. No podemos asentir de modo parcial a lo que nos ha revelado, que incluye en su designio salvador la institución de la Iglesia. Se entiende el sinsentido de aquellas pancartas que algunos emplean en ocasiones: «Cristo sí, iglesia no». La fe que Dios nos regala es fe en Él, en su revelación, en su Iglesia, como vemos en el pasaje de la confesión de Cesarea de Filipo (Mt 16,18-19): tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.
Una fe que se abandona libremente a Dios, que se fía de Él, como el niño en brazos de su padre. Así lo explicaba un obispo del Perú: «Cuentan que unos turistas en Machu Picchu observaron un obrero que pasaba con su carretilla de un cerro al otro, sobre un simple cable de acero. Con susto observaban al hombre que caminaba tranquilo y seguro de sí mismo. ―¡Qué seguridad! exclamaron todos. El guía les preguntó: ¿Ustedes creen que aquel hombre va seguro? ―Sí, claro; si no, ya se hubiera venid abajo él y la carretilla, contestaron. ―Esto es lo que esperaba escuchar de ustedes, porque ahora el obrero volverá a pasar por el cable, pero con uno de ustedes montado en la carretilla. ¿Quién se apunta?... Nadie se apuntó. “Creían” que iba seguro. Pero no se “fiaban”». Concluye su narración Mons. Enrique Pélach: «Yo tampoco me fiaría, pero “en la carretilla de Dios” sí me monto. Sé que puedo fiarme de Él» (2005, p.61).
Fiarse de Dios, abandonarse libremente en Él. Es la apuesta más segura, por encima de cualquier otra. Incluso más que la alternativa de confiar en nosotros mismos, que nos sabemos tan débiles. Pero una fe que no se queda en palabras bonitas, sino que compromete la vida entera: «por ello, el que cree trata de conocer y hacer la voluntad de Dios». Abandonarse en Dios no tiene nada que ver con una actitud ataráxica, pasiva, cómoda. El abandono exige buscar en la oración qué quiere el Señor de nosotros y esforzarnos por llevarla a la práctica, de rechazar lo que nos aparte de Él y de cumplir lo que nos pide, por amor, como dice san Pablo: la fe actúa por la caridad.
En este caso, sin embargo, en la sinagoga de su propia tierra, Marcos concluye que no escucharon su palabra: no pudo hacer allí ningún milagro, solo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se admiraba de su falta de fe. El Maestro se incorpora al largo listado de profetas rechazados por sus paisanos. Así suele narrar el Antiguo Testamento la llamada de esos elegidos: en medio de un pueblo rebelde, que no obedece a los mandatos del Señor, Dios convoca a un hombre humilde para que les recuerde su alianza. Por ejemplo, en el caso de Ezequiel, lo hace en el exilio, cuando el rey es prisionero de Nabucodonosor y el Templo está profanado y a punto de ser destruido. La figura del profeta adquiere mayor relieve. «Es el único representante de Dios en medio del pueblo; es quien tiene autoridad para exigir a sus conciudadanos atención a su mensaje» (Biblia de Navarra). Sin embargo, en la descripción de la llamada no deja de despertar interés cierto dejo de desilusión en el profeta (2,2-5): son un pueblo rebelde, pero reconocerán que hubo un profeta en medio de ellos. Como el autor del salmo 123 (122), tanto Ezequiel como Jesús pueden exclamar: nuestra alma está saciada del sarcasmo de los satisfechos, del desprecio de los orgullosos.
Además, también nosotros tenemos que ser profetas en nuestro tiempo. Con el trabajo, el ejemplo y el abandono, como decíamos antes. Pero también con nuestras palabras. A imagen de Jesús, que recorría las aldeas de los contornos enseñando, hemos de ejercitar también el apostolado de la doctrina. Para comenzar, podemos concretar el propósito de estudiar y enseñar a nuestros amigos las riquezas de nuestra fe, que transmite con excelente didáctica el Compendio del Catecismo. Será un pequeño grano de arena en el llamado a la nueva evangelización, quizá los frutos serán abundantísimos ―solo Dios sabe―.
Acudimos a la Santísima Virgen, Madre del Verbo y Madre de la fe, Madre de los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen, para que nos alcance del Señor la gracia de creer en Él, en su Revelación y en su Iglesia. Que no seamos como aquellos paisanos de Jesús, sino que nos abandonemos en Él, que tratemos de conocer y hacer su voluntad, que la nuestra sea una fe que actúe por la caridad.

lunes, mayo 03, 2010

San José Obrero. Día del trabajo



Hoy es 1 de mayo, fiesta internacional del trabajo. Para nadie es un secreto que el origen de esta festividad es una reivindicación comunista, que quería celebrar la lucha del proletariado. La Iglesia, como siempre, más que oponerse a la celebración del trabajo humano –un objetivo digno y justo- la purificó de la lucha de clases y la sublimó a la categoría de fiesta litúrgica, conmemorando a San José Obrero.

Hay muchas maneras de enfocar el trabajo: desde quien lo considera un castigo, como la famosa canción del “Negrito del Batey”, que decía: “A mí me llaman el negrito del Batey porque el trabajo para mí es un enemigo. El trabajar yo se lo dejo todo al buey, porque el trabajo lo hizo Dios como un castigo”. Hasta quienes, como los  llamados trabajo-adictos (“workaholics”) se consagran de tal modo a él que se olvidan de la familia, del descanso, de los amigos.

La Iglesia en cambio ofrece una visión dignificante y valorativa del trabajo. Por eso nos pone la labor profesional de José como un modelo a imitar. En el Evangelio de la Misa, ofrece un relato de San Mateo, que presenta a Jesús proclamando –con palabras y con obras- la llegada del Reino. Cuando llega a su ciudad natal, cuenta el evangelista que sus paisanos “se quedaban admirados y decían: —¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos poderes? ¿No es éste el hijo del artesano? ¿No se llama su madre María y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas?”

No les parece posible que aquel a quien vieron crecer, al que conocieron pequeñito, fuera ahora un personaje de reconocimiento internacional, como diríamos hoy. Pero a nosotros nos llama la atención las preguntas que se hacen: ¿No es éste el hijo del artesano? Precisamente por ese interrogante se emplea este pasaje en la Eucaristía del 1 de mayo.

San José Obrero, San José Artesano. Es impresionante que Jesús haya querido nacer en el hogar de un hombre trabajador, que haya aprendido de él un oficio para ganarse el pan. Los exégetas explican que se trataría de un trabajo mejor considerado que las labores del campo, pues implica creatividad. Al parecer, por aquellos años se estaba construyendo la cercana ciudad de Séforis y allí se dedicarían, San José y Jesús –su hijo adoptivo- a diversas labores de artesanía: puertas, herrajes, yugos, ornamentación, etc. Hoy celebramos entonces el trabajo humano contemplando el ejemplo de José, maestro del trabajador Jesús.

San Josemaría es reconocido como el gran apóstol contemporáneo del trabajo, y decía al respecto (Amigos de Dios, 56):“el trabajo es una estupenda realidad, que se nos impone como una ley inexorable a la que todos, de una manera o de otra, estamos sometidos, aunque algunos pretendan eximirse. Aprendedlo bien: esta obligación no ha surgido como una secuela del pecado original, ni se reduce a un hallazgo de los tiempos modernos. Se trata de un medio necesario que Dios nos confía aquí en la tierra, dilatando nuestros días y haciéndonos partícipes de su poder creador, para que nos ganemos el sustento y simultáneamente recojamos frutos para la vida eterna (Jn 4,36): el hombre nace para trabajar, como las aves para volar (Jb 5,7)”.

En su viaje a Francia, Benedicto XVI (12-IX-2008) explicaba el ambiente cultural en que se movía el Señor: En el mundo griego el trabajo físico se consideraba tarea de siervos. El sabio, el hombre verdaderamente libre, se dedicaba únicamente a las cosas espirituales; dejaba el trabajo físico como algo inferior a los hombres incapaces de la existencia superior en el mundo del espíritu. (…) El mundo greco-romano no conocía ningún Dios Creador; la divinidad suprema, según su manera de pensar, no podía, por decirlo así, ensuciarse las manos con la creación de la materia. «Construir» el mundo quedaba reservado al demiurgo, una deidad subordinada. (..) Muy distinto era el Dios cristiano: Él, el Uno, el verdadero y único Dios, es también el Creador. Dios trabaja; continúa trabajando en y sobre la historia de los hombres. En Cristo entra como Persona en el trabajo fatigoso de la historia”.

El trabajo es una participación en la obra de Dios. Señor: te damos gracias por estas enseñanzas, por hacernos asequible el camino de la santidad, de la identificación contigo, precisamente a través del trabajo cotidiano. ¡Cuánto tiempo habremos pasado sin conocer esta realidad estupenda! Y qué gozo la primera vez que nos enteramos de que no hacía falta abandonar ese ideal humano que nos atraía –la medicina, la música, la literatura, las matemáticas, el deporte, los viajes, la amistad- para estar cerca de ti.

Hoy podemos pensar en nuestro trabajo personal. Para muchos puede ser el estudio, la preparación para el futuro desempeño profesional: ¿cómo lo realizamos? ¿Con ilusión, esfuerzo, empeño, puntualidad? ¿O con pereza, distracciones, retrasos, mediocridad? En este rato de oración delante del Señor, comprometámonos con Él –quizá una vez más-  en que revisaremos el horario para hacerlo más exigente, en que comenzaremos y terminaremos a tiempo, en que lucharemos para rechazar las tentaciones, para no abrir más ventanas de las necesarias en el computador –quizá basta con dos como máximo-, en que retrasaremos la revisión del correo y la navegación en Internet para cuando hayamos acabado los deberes…

Cada uno sabrá qué le pide el Señor para santificar su trabajo y procurará formular propósitos para avanzar en ese camino. Quizá comenzar por proponerse trabajar más, como aconseja San Josemaría (Forja, n. 698):“Si queremos de veras santificar el trabajo, hay que cumplir ineludiblemente la primera condición: trabajar, ¡y trabajar bien!, con seriedad humana y sobrenatural”.

Me parece significativa una anécdota de Edith Stein, aquella filósofa judía que moriría mártir, ya cristiana, en un campo de concentración nazi: una tarde de verano cogió el 'Libro de su vida', de Santa Teresa, y lo leyó en una noche para terminar reconociendo: "¡Esto es la verdad!" Se decidió a bautizarse en la Iglesia Católica. Sus primeros pasos en la fe estuvieron marcados por el trabajo: estudió varios libros (los escritos de Santa Teresa, la “Iniciación al cristianismo” de Kierkegaard, literatura cristiana, Nuevo Testamento incluido...). La mañana siguiente a la lectura que reorientó su vida se compró un catecismo católico y un misal para estudiarlos concienzudamente. Su biógrafa concluye que, “junto al testimonio de la vida y la confesión de fe de determinados cristianos se sitúa la adquisición intelectual autodidacta y el hacerse a la liturgia de la Iglesia” (Cf. Ranff Viki, Edith Stein en busca de la verdad. Palabra, Madrid 2005, p. 117-8).

Concluyamos con otras palabras del Papa alemán sobre el trabajo, tomadas de una predicación en la fiesta de San José –su santo- (19-III-2006):“El trabajo reviste importancia primaria para la realización del hombre y para el desarrollo de la sociedad, y por esto es necesario que se organice y desarrolle siempre en el pleno respeto de la dignidad humana y al servicio del bien común. Al mismo tiempo, es indispensable que el hombre no se deje someter por el trabajo, que no lo idolatre, pretendiendo hallar en él el sentido último y definitivo de la vida”.

Y explica cómo debe ser un trabajo que dignifique al ser humano: “se necesita vivir una espiritualidad que ayude a los creyentes a santificarse a través del propio trabajo, imitando a San José, que cada día tuvo que proveer a las necesidades de la Sagrada Familia con sus manos y a quien por ello la Iglesia señala como patrono de los trabajadores. Su testimonio muestra que el hombre es sujeto y protagonista del trabajo. (…) Que junto a María, su Esposa, vele San José sobre todos los trabajadores y obtenga para las familias y para toda la humanidad serenidad y paz. Que contemplando a este gran Santo, los cristianos aprendan a testimoniar en todo ámbito laboral el amor de Cristo, fuente de solidaridad verdadera y de paz estable”.

miércoles, febrero 03, 2010

vocación

En los primeros capítulos del Evangelio de Lucas vemos el inicio de la labor apostólica del Señor. Regresa a su Nazaret, el pueblo donde creció, y predica en la sinagoga: “Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír”. Jesús se apropia la promesa del profeta, dice que él mismo es el Mesías prometido. Inmediatamente después vemos la reacción de los presentes, muy positiva al comienzo: “Todos daban testimonio en favor de él y se maravillaban de las palabras de gracia que procedían de su boca”.

Sin embargo, en algunos surge la duda, “y decían: —¿No es éste el hijo de José?” ¿Cómo puede ser posible –pensarían- que aquél que conocimos pequeño, que durante su infancia no hizo nada raro, resulte ser ahora el Hijo de David? Les pasaba lo que cuenta una historia popular, de un campesino que había donado un cerezo de su propiedad para que hicieran con esa madera la imagen de un santo. Pasados los años, le preguntaron por qué le tenía tan poca devoción a ese intercesor, que tenía tanta fama de milagroso. A lo que respondió: “a ese santo no le rezo, pues lo conocí cerezo”. No tuvieron fe en Jesús. Es el primer “fracaso” del Señor, el comienzo del camino de tropiezos que tendrá hasta morir en la Cruz.

“Entonces les dijo: —Sin duda me aplicaréis aquel proverbio: «“Médico, cúrate a ti mismo”. Cuanto hemos oído que has hecho en Cafarnaún, hazlo también aquí en tu tierra». El Señor les muestra la misericordia de Dios, que siempre ha enviado profetas en medio de momentos difíciles para hacerles más llevadero el camino. Y añadió: —En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su tierra. Os digo de verdad que muchas viudas había en Israel en tiempos de Elías, (…); y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda en Sarepta de Sidón. Muchos leprosos había también en Israel en tiempo del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue curado, más que Naamán el Sirio”. Ya desde el Antiguo Testamento el Señor había hecho ver que su salvación se dirigía a todos.

Por eso, en esta escena Jesús les hace ver que la principal causa de su enfado es un celo pueblerino: les duele que él haya ganado prestigio en otras ciudades antes que en Nazaret. No entienden que su vocación es universal, dirigida a todas las personas de todos los tiempos y todos los lugares, pero ellos quieren tener un taumaturgo al alcance de su mano: “y decían: —¿No es éste el hijo de José?”. Gnilka resume este pasaje con una sencilla frase: “Jesús no quiso hacer milagros para sus paisanos porque no encontró ninguna fe”.

Jesucristo no condesciende ante esa reacción folclórica. Al contrario, se reafirma en la universalidad de su vocación, aunque le conlleve una notoria contrariedad: “Al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de ira y se levantaron, le echaron fuera de la ciudad y lo llevaron hasta la cima del monte sobre el que estaba edificada su ciudad para despeñarle. Pero él, pasando por medio de ellos, se marchó”.

En la primera lectura del cuarto domingo también aparece un relato vocacional: en este caso, el profeta Jeremías. A él le dice el Señor: “Antes de formarte en el seno materno, ya te conocía, y antes de que nacieses, te tenía consagrado: yo te constituí profeta de las naciones”. Así nos puede decir a cada uno, que nos conoce mejor que nuestras madres. Que nos tiene elegidos desde la eternidad –como dice san Pablo- para que seamos santos. Señor: enséñanos a asumir la vocación que nos has dado a cada uno con todas sus virtualidades, a llevarla a cabo hasta el final. Ayúdanos a ver tu voluntad y danos fuerzas –tu gracia- para cumplirla.

Al inicio de un nuevo año, es bueno pensar en lo que espera el Señor de nosotros. Como Jeremías, como el mismo Jesucristo, debemos buscar que todo el fin de nuestra vida sea cumplir la voluntad del Padre. Es normal que uno sienta un poco de miedo al plantearse cambiar los propios planes por los que el Señor le diseña. Lo expresaba muy bien Benedicto XVI: ¿Acaso no tenemos todos de algún modo miedo – si dejamos entrar a Cristo totalmente dentro de nosotros, si nos abrimos totalmente a él –, miedo de que él pueda quitarnos algo de nuestra vida? ¿Acaso no tenemos miedo de renunciar a algo grande, único, que hace la vida más bella? ¿No corremos el riesgo de encontrarnos luego en la angustia y vernos privados de la libertad?


¡Cuántos ejemplos tenemos de personas que, a pesar del miedo inicial, no han hecho otra cosa que seguir al Maestro! Es la escuela de los santos. Todos tenemos presente el modelo de Juan Pablo II, al que quizá beatifiquen este año. Precisamente este Siervo de Dios insistía: “No tengáis miedo. Abrid a Cristo las puertas del corazón”. Al comienzo de su pontificado, Benedicto XVI lo recordaba, pensando no solo en su predicación, sino también en el ejemplo de toda su vida: “El Papa quería decir: ¡no! quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada – absolutamente nada – de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera».

¡Cuántas decisiones de entrega a Dios han suscitado esas palabras a lo largo de estos años! Con su intercesión desde el cielo, Juan Pablo II continúa haciendo que a nosotros hoy nos interpelen: Así, hoy, yo quisiera, con gran fuerza y gran convicción, a partir de la experiencia de una larga vida personal, decir a todos vosotros, queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida.

Acudamos a la Virgen Santísima, modelo de respuesta generosa al llamado del Señor. Que perdamos el miedo a abrir las puertas, a dejar el lastre que nos impide volar. Madre nuestra, haz que en este año nuevo sean muchas las personas en el mundo, comenzando por nosotros mismos, que respondamos cada día como Tú al Señor: “Hágase en mí según tu palabra”.

sábado, enero 27, 2007

La vocación o llamada


Me contaba en estos días un amigo que se había encontrado con un viejo conocido, después de varios años sin verse. Le dijo que lo notaba muy conservado, pero como si tuviera menos fuerzas. La respuesta de su amigo lo dejó pensativo: las fuerzas son las mismas, lo que me falta es un sentido para emplearlas. Falta sentido. Es un síntoma bastante frecuente en la sociedad actual. Lo dice una persona mientras se toma un capuchino, y lo dicen los filósofos que vienen estudiando al hombre actual.

Hace muchos años, un adolescente llamado Jeremías se encontraba un poco en la misma situación. Se escudaba en su poca edad pensando que ya llegaría el momento de tomarse en serio su vida. Mientras tanto, bastaba con dejarse llevar del día a día, pues trabajo no faltaba. En estas circunstancias, escuchó una voz –sintió que se trataba de la voz de Dios- que le decía: “Antes de plasmarte en el seno materno te conocí, antes de que salieras de las entrañas, te consagré; te constituí profeta de las naciones”. El primer verbo, plasmar, es el mismo que se utiliza para describir la acción del alfarero con el barro. Cuando habla de “conocer”, está usando un sinónimo de “elegir”. La “consagración” se equipara a reserva, la “constitución” o nombramiento es el mismo verbo que se utiliza para los discípulos en el Nuevo Testamento. 

Jeremías encuentra un sentido para su vida, al saberse llamado por Dios para una misión: anunciar su palabra a las naciones. El evangelista Lucas complementa esta figura profética con el cumplimiento de sus anuncios: Jesucristo. Un sábado, en la sinagoga, es el mismo Mesías quien se aplica la profecía de Isaías que acaba de leer: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por lo cual me ha ungido para evangelizar a los pobres, me ha enviado para anunciar la redención a los cautivos y devolver la vista a los ciegos…” Con este pasaje, la promesa se cumple. Y se hace realidad, se muestra como persona: Jesús significa “Dios salva”. Como dice Juan Pablo II, en Cristo se identifican mensaje y mensajero, el decir, el actuar y el ser (RMi 13). 

En la pasada Jornada Mundial de la Juventud, el Papa nos invitaba a preguntarnos por el sentido de nuestra vida, por la misión de nuestra existencia: “Es cierto que hoy ya no buscamos a un rey (como hacían los Reyes Magos); pero estamos preocupados por la situación del mundo y preguntamos: ¿Dónde encuentro los criterios para mi vida, los criterios para colaborar de modo responsable en la edificación del presente y del futuro de nuestro mundo? ¿De quién puedo fiarme? ¿A quién confiarme? ¿Dónde está el que puede darme la respuesta satisfactoria a los anhelos del corazón? Plantearse dichas cuestiones significa reconocer, ante todo, que el camino no termina hasta que se ha encontrado a Aquel que tiene el poder de instaurar el Reino universal de justicia y paz, al que los hombres aspiran, aunque no lo sepan construir por sí solos. Hacerse estas preguntas significa además buscar a Alguien que ni se engaña ni puede engañar, y que por eso es capaz de ofrecer una certidumbre tan firme, que merece la pena vivir por ella y, si fuera preciso, también morir por ella. Hay que saber tomar las decisiones necesarias”. 

Hay que saber tomar las decisiones necesarias. Ese puede ser el propósito de esta meditación. Seguir el ejemplo de Jeremías. Más aún: mirar la vida de Jesucristo, para tratar de imitarlo cada día. Una última anécdota, de una vocación más cercana en el tiempo: Feehery, católica poco practicante, tuvo en unas vacaciones un encuentro cercano con una labor de apostolado. Se sintió removida y decidió unirse a aquellas personas… cuando cumpliera cuarenta años. La razón es que estaba muy enamorada y estaba segura de que su futuro pasaba por el matrimonio y la maternidad. Su decisión no fue nada sencilla. A la desesperada, reconoce que hizo algo que, con su perspectiva, cree que probablemente no fuera la mejor respuesta espiritual: puso a prueba a Dios: “Dije: si de verdad quieres esto, si quieres que yo te entregue toda mi vida, tienes que darme una señal. Mi novio tiene que preguntarme: “¿No tienes nada que decirme?” Y, en efecto, su novio llamó y le hizo esa misma pregunta. Cuando Feehery le dijo lo que estaba pensando, él se enfadó y colgó el teléfono. Más tarde la llamó para decirle: “Estoy dispuesto a cederte a Dios”. No han vuelto a ponerse en contacto, pero la relación acabó sin acritud. Entonces Feehery se lo comunicó a sus padres y, un mes después, ingresó en aquella institución. (Allen J. Opus Dei. Barcelona 2006,226-7).

miércoles, enero 24, 2007

La Biblia, Palabra de vida eterna


En el discurso de Benedicto XVI en Ratisbona, que fue calificado como el más importante del año por la escuela de retórica de esa universidad, el Papa defendía la tesis según la cual el patrimonio griego, purificado de modo crítico, forma parte integrante de la fe cristiana. 

A esa tesis se opone la propuesta moderna de la “deshelenización del cristianismo”, que puede observarse en tres etapas: la reforma luterana del siglo XVI, la teología liberal de los siglos XIX y XX, y la propuesta de las nuevas enculturaciones del Evangelio. Hablaremos ahora de la segunda, pues sigue totalmente en boga, como demuestran las cíclicas apariciones de fenómenos editoriales y fílmicos sobre las verdades ocultas sobre el Jesucristo histórico, que se remontan a las hipótesis de von Harnack. 

Si no es fácil encontrar católicos que lean con frecuencia los Evangelios, es más difícil aún mostrar personas que sepan explicar cómo fue el proceso de su escritura y conformación, o que sepan responder a las controversias generadas por la teología liberal. Aunque se nota un despertar del amor a la Escritura, hace falta un empeño mayor por acercarse a la Palabra, perder el miedo a encontrar en ella un sentido para nuestra vida. Al mismo tiempo, es necesario el esfuerzo por conocer también la teología de la inspiración bíblica, la cronología de la historia de la salvación, estudiar un buen manual de “Introducción a la Sagrada Escritura”.

En el libro de Nehemías (8,2-10) se cuenta la historia de este judío influyente, que recibió permiso del rey para reconstruir las murallas de Jerusalén, en medio de una gran oposición. En medio de ese trabajo encontró el libro de la ley, lo que fue un motivo de gran alegría para aquel pueblo al recuperar los textos que marcaban su identidad nacional y su alianza con el Dios vivo. Se formó una gran asamblea, para escuchar su lectura. Podemos imaginar la emoción de aquel momento, mientras se escuchaban las palabras que el Señor había transmitido a Moisés varios siglos atrás: “todo el pueblo, levantando las manos, respondió: "Amén, amén"; después se postraron y, rostro en tierra, adoraron al Señor. Los levitas leían el libro de la ley de Dios con claridad y explicando el sentido, para que pudieran entender lo que se leía”. Todos lloraban al escuchar esas palabras y contrastarlas con su conducta. Pero el escriba les recomendó hacer fiesta, por haber escuchado en ese día consagrado a Dios, las palabras de su salvación. 

El Salmo 18 es como un eco de esa historia: “Señor; Tú tienes palabras de vida eterna. La ley del Señor es perfecta: da consuelo al hombre; el mandato del Señor es verdadero: da salvación al ignorante. Los preceptos del Señor son rectos: dan alegría al corazón; el mandamiento del Señor es claro: da luz a los ojos. El temor del Señor es puro: permanece para siempre; los juicios del Señor son verdad: todos justos por igual. Que te agraden mis palabras y mis pensamientos, Señor, roca mía, mi redentor”. Y por eso se explica que la oración colecta del tercer domingo ordinario le pida a Dios: conduce nuestra vida por el camino de tus mandamientos, para que, unidos a tu Hijo amado, podamos producir frutos abundantes.

Por su parte, san Lucas presenta el inicio del ministerio de Jesús en la sinagoga de su pueblo, leyendo un texto de Isaías (gracias a este pasaje sabemos que Jesús sabía leer). El médico evangelista presenta a Jesús como el nuevo Profeta, el Profeta definitivo, en el que se cumplen las promesas antiguas. Sin embargo, es bueno considerar cómo comienza ese Evangelio, mostrando que se trata del fruto de un largo esfuerzo de historiador antiguo –no contemporáneo, como muchos colegas suyos de hoy quisieran que se hubiera escrito–: “Ilustre Teófilo: Ya que muchos se han propuesto componer un relato de los acontecimientos que se han cumplido entre nosotros, según nos lo transmitieron quienes desde el principio fueron testigos oculares y ministros de la palabra, también yo he creído oportuno, después de haber investigado cuidadosamente todo lo sucedido desde el principio, escribirte una exposición ordenada para que llegues a comprender la autenticidad de las enseñanzas que has recibido”.

Juan Pablo II explicaba esta diferencia entre el género histórico de hace veinte siglos y la metodología contemporánea: “En realidad los Evangelios no pretenden ser una biografía completa de Jesús según los cánones de la ciencia histórica moderna. Sin embargo, de ellos emerge el rostro del Nazareno con un fundamento histórico seguro, pues los evangelistas se preocuparon de presentarlo recogiendo testimonios fiables (cf. Lc 1,3) y trabajando sobre documentos sometidos al atento discernimiento eclesial” (NMI, n. 18). 

El cristianismo actual necesita personas que acojan el Evangelio en su vida, y lo transmitan a los demás. Es lo que decía un poco antes el mismo papa polaco: “Teniendo como fundamento la Escritura, nos abrimos a la acción del Espíritu (cf. Jn 15,26), que es el origen de aquellos escritos, y, a la vez, al testimonio de los Apóstoles (cf. ibíd., 27), que tuvieron la experiencia viva de Cristo, la Palabra de vida, lo vieron con sus ojos, lo escucharon con sus oídos y lo tocaron con sus manos (cf. 1 Jn 1,1). Lo que nos ha llegado por medio de ellos es una visión de fe, basada en un testimonio histórico preciso. Es un testimonio verdadero que los Evangelios, no obstante su compleja redacción y con una intención primordialmente catequética, nos transmitieron de una manera plenamente comprensible (Cf. DV 19)”.
 
San Josemaría recomendaba a sus hijos que leyeran unos minutos cada día el Santo Evangelio (Forja, 754): “Al abrir el Santo Evangelio, piensa que lo que allí se narra -obras y dichos de Cristo- no sólo has de saberlo, sino que has de vivirlo. Todo, cada punto relatado, se ha recogido, detalle a detalle, para que lo encarnes en las circunstancias concretas de tu existencia. -El Señor nos ha llamado a los católicos para que le sigamos de cerca y, en ese Texto Santo, encuentras la Vida de Jesús; pero, además, debes encontrar tu propia vida. Aprenderás a preguntar tú también, como el Apóstol, lleno de amor: "Señor, ¿qué quieres que yo haga?..." -¡La Voluntad de Dios!, oyes en tu alma de modo terminante. Pues, toma el Evangelio a diario, y léelo y vívelo como norma concreta. -Así han procedido los santos”.