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La vocación o llamada


Me contaba en estos días un amigo que se había encontrado con un viejo conocido, después de varios años sin verse. Le dijo que lo notaba muy conservado, pero como si tuviera menos fuerzas. La respuesta de su amigo lo dejó pensativo: las fuerzas son las mismas, lo que me falta es un sentido para emplearlas. Falta sentido. Es un síntoma bastante frecuente en la sociedad actual. Lo dice una persona mientras se toma un capuchino, y lo dicen los filósofos que vienen estudiando al hombre actual.

Hace muchos años, un adolescente llamado Jeremías se encontraba un poco en la misma situación. Se escudaba en su poca edad pensando que ya llegaría el momento de tomarse en serio su vida. Mientras tanto, bastaba con dejarse llevar del día a día, pues trabajo no faltaba. En estas circunstancias, escuchó una voz –sintió que se trataba de la voz de Dios- que le decía: “Antes de plasmarte en el seno materno te conocí, antes de que salieras de las entrañas, te consagré; te constituí profeta de las naciones”. El primer verbo, plasmar, es el mismo que se utiliza para describir la acción del alfarero con el barro. Cuando habla de “conocer”, está usando un sinónimo de “elegir”. La “consagración” se equipara a reserva, la “constitución” o nombramiento es el mismo verbo que se utiliza para los discípulos en el Nuevo Testamento. 

Jeremías encuentra un sentido para su vida, al saberse llamado por Dios para una misión: anunciar su palabra a las naciones. El evangelista Lucas complementa esta figura profética con el cumplimiento de sus anuncios: Jesucristo. Un sábado, en la sinagoga, es el mismo Mesías quien se aplica la profecía de Isaías que acaba de leer: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por lo cual me ha ungido para evangelizar a los pobres, me ha enviado para anunciar la redención a los cautivos y devolver la vista a los ciegos…” Con este pasaje, la promesa se cumple. Y se hace realidad, se muestra como persona: Jesús significa “Dios salva”. Como dice Juan Pablo II, en Cristo se identifican mensaje y mensajero, el decir, el actuar y el ser (RMi 13). 

En la pasada Jornada Mundial de la Juventud, el Papa nos invitaba a preguntarnos por el sentido de nuestra vida, por la misión de nuestra existencia: “Es cierto que hoy ya no buscamos a un rey (como hacían los Reyes Magos); pero estamos preocupados por la situación del mundo y preguntamos: ¿Dónde encuentro los criterios para mi vida, los criterios para colaborar de modo responsable en la edificación del presente y del futuro de nuestro mundo? ¿De quién puedo fiarme? ¿A quién confiarme? ¿Dónde está el que puede darme la respuesta satisfactoria a los anhelos del corazón? Plantearse dichas cuestiones significa reconocer, ante todo, que el camino no termina hasta que se ha encontrado a Aquel que tiene el poder de instaurar el Reino universal de justicia y paz, al que los hombres aspiran, aunque no lo sepan construir por sí solos. Hacerse estas preguntas significa además buscar a Alguien que ni se engaña ni puede engañar, y que por eso es capaz de ofrecer una certidumbre tan firme, que merece la pena vivir por ella y, si fuera preciso, también morir por ella. Hay que saber tomar las decisiones necesarias”. 

Hay que saber tomar las decisiones necesarias. Ese puede ser el propósito de esta meditación. Seguir el ejemplo de Jeremías. Más aún: mirar la vida de Jesucristo, para tratar de imitarlo cada día. Una última anécdota, de una vocación más cercana en el tiempo: Feehery, católica poco practicante, tuvo en unas vacaciones un encuentro cercano con una labor de apostolado. Se sintió removida y decidió unirse a aquellas personas… cuando cumpliera cuarenta años. La razón es que estaba muy enamorada y estaba segura de que su futuro pasaba por el matrimonio y la maternidad. Su decisión no fue nada sencilla. A la desesperada, reconoce que hizo algo que, con su perspectiva, cree que probablemente no fuera la mejor respuesta espiritual: puso a prueba a Dios: “Dije: si de verdad quieres esto, si quieres que yo te entregue toda mi vida, tienes que darme una señal. Mi novio tiene que preguntarme: “¿No tienes nada que decirme?” Y, en efecto, su novio llamó y le hizo esa misma pregunta. Cuando Feehery le dijo lo que estaba pensando, él se enfadó y colgó el teléfono. Más tarde la llamó para decirle: “Estoy dispuesto a cederte a Dios”. No han vuelto a ponerse en contacto, pero la relación acabó sin acritud. Entonces Feehery se lo comunicó a sus padres y, un mes después, ingresó en aquella institución. (Allen J. Opus Dei. Barcelona 2006,226-7).

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