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martes, diciembre 08, 2015

Inmaculada Concepción: Causa de nuestra alegría, Virgen purísima y Madre de misericordia.

La liturgia que celebra la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María nos ayuda a considerar varios aspectos de la piedad filial mariana. En concreto, podemos meditar sobre tres jaculatorias dirigidas a la Virgen: Causa de nuestra alegría, Virgen purísima y Madre de misericordia.
Causa de nuestra alegría, en primer lugar. La antífona de entrada nos pone desde el comienzo en un ambiente de júbilo: Desbordo de gozo en el Señor, y me alegro con mi Dios: porque me ha puesto un traje de salvación, y me ha envuelto con un manto de justicia, como novia que se adorna con sus joyas (Is 61,10). Estas palabras corresponden a la exclamación del pueblo de Dios agradecido por haber experimentado la misericordia y el consuelo de Dios durante el duro camino de vuelta desde el exilio de Babilonia (Cf. Benedicto XVI. Homilía, 13-V-2010). San Juan Pablo II dice que es como un Magníficat.
Desbordo de gozo en el Señor, y me alegro con mi Dios. Es la primera idea de esta festividad, una invitación a deleitarse con la alegría de la gracia, a descubrir que el secreto de la felicidad humana está en la decisión de optar por Dios. Por eso el Evangelio del día se recrea en el saludo del Ángel, que es como la justificación de la solemnidad (Lc 1,28): Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo (Chaîre kecharitomene, ho Kyrios meta sou).
Estas palabras, que tradicionalmente se traducen como un simple saludo normal («Ave», en latín; «Dios te salve», en castellano), en realidad tienen mucho trasfondo bíblico. De hecho, aparecen cuatro veces en la versión griega del Antiguo Testamento, y siempre en relación con la alegría que debe causar la promesa del Mesías: el canto de Sofonías, libro cortísimo pero trascendental con su famosa profecía: Alégrate hija de Sion, grita de gozo Israel, regocíjate y disfruta con todo tu ser (So 3, 14); el de Joel: No temas, tierra; goza y alégrate (Jl 2, 21); o la de Zacarías, que nos recuerda el domingo de ramos: ¡Salta de gozo, Sión; alégrate, Jerusalén! Mira que viene tu rey, justo y triunfador, pobre y montado en un borrico, en un pollino de asna (Za 9, 9); más la promesa mesiánica en medio de las Lamentaciones: ¡Alégrate y salta de júbilo, hija de Edón!; también a ti llegará la copa (Lm 4, 21).
Por todas partes la Iglesia nos invita a festejar, esa es la clave del cristianismo: gózate, alégrate, regocíjate, disfruta. Benedicto XVI concluía un comentario sobre la Anunciación diciendo que el saludo del ángel a María es «una invitación a la alegría, a una alegría profunda, que anuncia el final de la tristeza que existe en el mundo ante el límite de la vida, el sufrimiento, la muerte, la maldad, la oscuridad del mal que parece ofuscar la luz de la bondad divina. Es un saludo que marca el inicio del Evangelio, de la Buena Nueva» (Discurso, 19-XII-2012).
Con la concepción de María comienza la plenitud de los tiempos. La Iglesia del Nuevo Testamento arranca su andadura. Y por eso su conmemoración es una explosión de alegría en medio del Adviento. Celebramos, en primer lugar, que Dios haya querido preparar una «digna morada para el Hijo», como dice la oración Colecta de la Misa. Gracias, Señor, por ese designio salvador para la humanidad entera, y para cada uno de tus hijos. Gracias por tu Madre, que también es Madre nuestra, gracias por su respuesta generosa, y llena de santidad, que es modelo de nuestra correspondencia a la propia vocación. Por eso la llamamos en el Rosario «Causa de nuestra alegría», porque con su sí al llamado divino hizo posible que entrara en la tierra la historia de la redención.
Quizá es san Pablo el que mejor esboza una teología de la vocación en su carta a los efesios (1,3-6), segundo texto escogido para enriquecer la celebración de la Virgen Inmaculada: Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos. El apóstol explica en qué consiste esa bendición: Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor. San Josemaría consideraba, con base en estas palabras paulinas, que también nosotros —tanto como la Virgen, aunque con misiones distintas— «somos hijos de Dios, escogidos por llamada divina desde toda la eternidad» (ECP, 160). Y concluía que «esta elección gratuita, que hemos recibido del Señor, nos marca un fin bien determinado: la santidad personal» (AD, 2).
Así entramos en la segunda jaculatoria que pensábamos considerar en esta meditación. La santidad de María se remonta al primer momento de su existencia, como pregona el Prefacio de la Misa: «Preservaste a la Virgen María de toda mancha de pecado original, para que en la plenitud de la gracia fuese digna madre de tu Hijo. Purísima había de ser, Señor, la Virgen que nos diera el Cordero inocente que quita el pecado del mundo». Virgen Purísima. ¡Qué gusto da pronunciar estos piropos dirigidos a nuestra Madre! Así lo hace un himno de la Liturgia de las Horas: «Porque es justo, porque os ama, porque vais su madre a ser, os hizo Dios tan purísima como Dios merece y es». Se entiende, en este contexto, la tradicional petición a la Virgen: «Ave María, Purísima, sin pecado concebida: rogad por nosotros que recurrimos a Vos».
Al presentarnos a María como Virgen purísima, el Señor nos enseña que Ella es el modelo de la respuesta a esa vocación que nos ha concedido desde antes de crear el mundo, desde antes del pecado original. Por eso en la primera lectura nos remontamos al primer relato de la expulsión del paraíso, durante la cual Dios mismo hizo la primera promesa mesiánica, el protoevangelio, al declarar a la serpiente: pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia; esta te aplastará la cabeza cuando tú la hieras en el talón.
San Juan Pablo II reunió, en su encíclica mariana, las dos lecturas bíblicas que enmarcan el Evangelio de la Anunciación: «María, Madre del Verbo encarnado, está situada en el centro mismo de aquella “enemistad”, de aquella lucha que acompaña la historia de la humanidad en la tierra y la historia misma de la salvación. María permanece así ante Dios, y también ante la humanidad entera, como el signo inmutable e inviolable de la elección por parte de Dios, de la que habla la Carta paulina. Esta elección es más fuerte que toda experiencia del mal y del pecado, de toda aquella “enemistad” con la que ha sido marcada la historia del hombre. En esta historia María sigue siendo una señal de esperanza segura» (RM, n.11).
En el triunfo de la Virgen Purísima sobre el pecado estamos incluidos —y llamados— cada uno de nosotros. La celebración de la Inmaculada Concepción no es solo para admirar, sino para comprometernos a imitar la fidelidad de nuestra Madre. Por ese motivo, el prefacio de la Misa no solo resalta la Concepción Inmaculada de María, su pulcritud original, sino que también pondera las consecuencias para sus hijos en la Iglesia: el Señor la preservó para que fuera no solo la digna madre de Jesús, sino también el «comienzo e imagen de la Iglesia, esposa de Cristo, llena de juventud y de limpia hermosura» (Prefacio).
Con estas palabras descubrimos que ese texto del prefacio de la Misa es un tratado de mariología, pero también de eclesiología: no solo retrata a la Virgen, sino que esboza una figura de lo que cada uno de nosotros debe ser. Y así llegamos a la tercera idea: al agradecer a Dios por la Virgen como Causa de nuestra alegría y darnos cuenta de la llamada a ser santos como la Virgen Purísima, quizá surja la tentación del desaliento al ver nuestra indignidad, y también nuestra incapacidad para acoger un objetivo tan elevado.
Por esa razón, la liturgia nos presenta al mismo tiempo a la Virgen como Madre de misericordia. Ese es el motivo por el cual podemos alegrarnos en esta fiesta a pesar de nuestras debilidades: nosotros formamos parte de ella, somos continuadores de ese linaje de gracia, miembros de la familia de Dios en el mundo, que es la Iglesia. Y ese es otro motivo por el que convenía que la Virgen fuera concebida sin pecado original: como sigue diciendo el Prefacio, se trataba de entregarnos «el Cordero inocente que quita el pecado del mundo», pero también de que Ella sería la «Purísima que, entre todos los hombres, es abogada de gracia, y ejemplo de santidad».
María no es solo modelo de entrega a la vocación, sino también abogada ante el Corazón de su Hijo cuando el nuestro se quiera rebelar. Por eso anunció el papa Francisco en la bula Misericordiae vultus que la solemnidad de la Inmaculada Concepción «indica el modo de obrar de Dios desde los albores de nuestra historia. Después del pecado de Adán y Eva, Dios no quiso dejar la humanidad en soledad y a merced del mal. Por esto pensó y quiso a María santa e inmaculada en el amor (cfr Ef 1,4), para que fuese la Madre del Redentor del hombre. Ante la gravedad del pecado, Dios responde con la plenitud del perdón. La misericordia siempre será más grande que cualquier pecado y nadie podrá poner un límite al amor de Dios que perdona».
El santo Padre ha dicho que su insistencia en este tema no fue invención suya, sino inspiración del Espíritu Santo. Desde el inicio de su pontificado, ha sido un mensaje que ha calado profundamente en todas las almas, también las de muchas personas que llevaban años y décadas sin acercarse al sacramento de la reconciliación: «Dios no se cansa de perdonar, somos los hombres los que nos cansamos de pedir perdón».
La Virgen no solo es la Madre de la misericordia, la abogada que intercede por nosotros ante su Hijo, sino que también sale a nuestro encuentro, nos busca para que vayamos a reconciliarnos con ese Padre bueno que nos espera con los brazos abiertos. Ella nos invita a acoger la misericordia divina, a que volvamos a la casa del Padre, como enseña la parábola del hijo pródigo: «la misericordia que Dios muestra nos ha de empujar siempre a volver. Hijos míos, mejor es no marcharse de su lado, no abandonarle; pero si alguna vez por debilidad humana os marcháis, regresad corriendo. Él nos recibe siempre, como el padre del hijo pródigo, con más intensidad de amor» (San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 27-III-1972, citado por Echevarría J., Carta pastoral, 5-XII-2015).
Una manera concreta de resellar ese compromiso de imitar a nuestra Madre es proponernos rezar con mayor atención el Santo Rosario. El papa Francisco cuenta que él aprendió a rezarlo mejor viendo cómo lo hacía san Juan Pablo II: «Una tarde fui a rezar el Santo Rosario que dirigía el Santo Padre. Él estaba delante de todos, de rodillas. El grupo era numeroso. Veía al Santo Padre de espaldas y, poco a poco, fui entrando en oración. No estaba solo: rezaba en medio del pueblo de Dios al cual yo y todos los que estábamos allá pertenecíamos, conducidos por nuestro Pastor. En medio de la oración me distraje mirando la figura del Papa: su piedad, su unción era un testimonio. Y el tiempo se me desdibujó; y comencé a imaginarme al joven sacerdote al seminarista, al poeta, al obrero, al niño de Wadowice... en la misma posición en que estaba ahora: rezando Ave María tras Ave María. Y el testimonio me golpeó. Sentí que ese hombre, elegido para guiar a la Iglesia, recapitulaba un camino recorrido junto a su Madre del cielo, un camino comenzado desde su niñez. Y caí en la cuenta de la densidad que tenían las palabras de la Madre de Guadalupe a san Juan Diego: “No temas. ¿Acaso no estoy yo aquí, que soy tu Madre?” Comprendí la presencia de María en la vida del Papa. El testimonio no se perdió en un recuerdo. Desde ese día rezo cotidianamente los 15 misterios del Rosario» (Ivereigh, El gran reformador, p. 371).

Madre nuestra, que has sido elegida por Dios como nuestro ejemplo de santidad: alcánzanos la gracia de una nueva mudanza en nuestra vida, para que preparemos el pesebre de nuestro corazón desterrando el pecado y luchando por crecer en unión con tu Hijo Jesucristo. Causa de nuestra alegría, Virgen purísima y Madre de misericordia, ruega por nosotros.

miércoles, marzo 25, 2015

La Anunciación a María y la Encarnación del Señor



Cada 25 de marzo la Iglesia conmemora la Encarnación de nuestro Señor Jesucristo en las purísimas entrañas de la Virgen María, que es el evento con el que se llega al culmen de la Revelación. Después de la creación, del anuncio del Mesías, del envío de los profetas, los jueces, los sacerdotes y los reyes, de la liberación del pueblo hebreo de la esclavitud de Egipto, y de la tortuosa llegada a la tierra prometida, aparece la manifestación suprema del amor de Dios.

Como fruto de la oración de tantas personas santas ―algunas ejemplares también por sus ejemplos de conversión― a lo largo del Antiguo Testamento: de Abel, Noé, Abraham, Moisés, David, Salomón, Melquisedec, Jonás, Job, Joaquín; y de mujeres como Susana, Sara, Débora, Raquel, Judith, Rut, Ana, Isabel, etc., llegamos a la plenitud de los tiempos, al momento esperado durante tantos siglos.

Según una antigua tradición, en el 25 de marzo coinciden ―además del equinoccio de la primavera, que es el día en el que la creación parece que volviera a nacer― dos acontecimientos centrales en la historia de la humanidad: la Encarnación del Hijo de Dios (por esa razón la Navidad se celebra nueve meses después) y también la muerte del Señor.

Para darle realce a esta celebración, en el momento de rezar el Credo los fieles se ponen de rodillas al decir: «y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre», como también lo harán el día de la Navidad. Son gestos litúrgicos que tratan de ayudarnos a comprender la grandeza de esta solemnidad. También nos servirá contemplar qué nos dice el Señor en la Escritura.

El primer anuncio del Mesías se remonta al Génesis, al momento de la expulsión de Adán y Eva del paraíso terrenal. En ese primer juicio, el Señor anuncia que vendrá otra Mujer para aplastar la cabeza de la serpiente y cuya descendencia vencerá al demonio (Gn 3,16). Con razón a este pasaje se le llama «el Protoevangelio», el primer anuncio de la Buena Nueva.

Más adelante, como se considera en la fiesta de san José, el profeta Samuel proclama que el Señor concederá un reino sin final a un descendiente de David. Ese es uno de los muchos papeles, no el menor, que juega el Santo Patriarca en la vida de su Hijo adoptivo: entroncarlo en la genealogía davídica, permitir que se cumpla la profecía mesiánica.

Pero con respecto a la concepción virginal el anuncio más clásico es el de Isaías (7,14). Estamos en el siglo VIII antes de Cristo. El profeta se presentó ante el rey Ajaz para decirle, de parte de Dios, que no hiciera ninguna alianza con los poderosos enemigos que le apremiaban, para no caer en la idolatría. Y para garantizar que estaba cumpliendo una embajada divina, le dijo que podía pedir el signo que quisiera. El rey contestó con una disculpa de apariencia religiosa, para evadir el embarazoso consejo: No lo pido, no quiero tentar al Señor.

A lo que el profeta respondió, con unas palabras que conservarían su validez a lo largo de muchos siglos: Escucha, casa de David: ¿no os basta cansar a los hombres, que cansáis incluso a mi Dios? Pues el Señor, por su cuenta, os dará un signo. Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Enmanuel. Aunque el texto original que se refiere a la futura madre podría traducirse como «doncella» o «muchacha», la cual podría ser la misma esposa del rey, los judíos vieron en el oráculo un anuncio más profundo. Esto se nota por ejemplo en que, al traducir el texto al griego, prefirieron escribir la palabra parthénos, virgen.

Esta tradición permitió a Mateo que, inspirado por el Espíritu Santo, interpretara que el anuncio profético se cumplía con la concepción virginal de Jesús en el seno de María. Benedicto XVI concluye su consideración de esta predicción diciendo que «el Emmanuel ha llegado. M. Reiser ha resumido en esta frase la experiencia que tuvieron los lectores cristianos respecto a esta palabra: “La profecía del profeta es como un ojo de cerradura milagrosamente predispuesto, en el cual encaja perfectamente la llave Cristo”».

El salmo 40, cuya parte central es la disposición del salmista para obedecer al Señor, es como un anticipo de la respuesta de Jesús, que es la misma de María y debería ser la nuestra: Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad. El estribillo del salmo es como el marco adecuado para contemplar el relato evangélico de la vocación de María (Lc 1, 26-38):
En el mes sexto, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Todo tiene sentido, a la luz de la mirada divina. Nos situamos en una aldea perdida de un pueblo dominado por el imperio romano. La protagonista es una campesina pobre, sencilla, prometida con un humilde jornalero. ¡Y estamos hablando de la Mujer más importante de la historia, de la obra maestra de la creación! Guardando las distancias, también a nosotros el Señor nos tiene preparado unos designios, en apariencia sencillos, quizás nada llamativos. ¡Pero cuánto está en juego, dependiendo de nuestra respuesta a sus llamadas, grandes o pequeñas de cada día!

El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate». Llama la atención que el anuncio de la llamada divina, el desvelamiento de la voluntad de Dios, el cambio de todos los proyectos de aquella joven doncella, comience con una invitación a estar alegre. Y es que ¡cómo va a haber miedo, tristeza o preocupación cuando se cumplen los designios del Señor!

Por eso decía san Juan Pablo II al explicar el Rosario: «El primer ciclo, el de los “misterios gozosos”, se caracteriza efectivamente por el gozo que produce el acontecimiento de la encarnación. Esto es evidente desde la anunciación, cuando el saludo de Gabriel a la Virgen de Nazaret se une a la invitación a la alegría mesiánica: “Alégrate, María”. A este anuncio apunta toda la historia de la salvación, es más, en cierto modo, la historia misma del mundo» (RVM, n.20).

El ángel debía haber saludado a María con el tradicional shalom –la paz esté contigo–, pero el Evangelio nos transmite la expresión chaire: ¡Alégrate!, que también se relaciona con la palabra «gracia». La vocación de María a ser el Templo en el que se encarna el Señor es la fiesta de la alegría. ¡Alégrate! Benedicto XVI afirma que con estas palabras «comienza en sentido propio el Nuevo Testamento. En el saludo del ángel se oye el sonido de un acorde que seguirá resonando a través de todo el tiempo de la Iglesia y que, por lo que se refiere a su contenido, también se puede percibir en la palabra fundamental con la cual se designa todo el mensaje cristiano en su conjunto: el Evangelio, la Buena Nueva».

El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Con la llamada de Dios a la Virgen se cumplen las promesas, las profecías mesiánicas. La invitación a seguirlo es el camino más seguro para la felicidad, propia y de los demás. Por eso el ángel, después de alabarla como la  llena de gracia, la especialmente unida al Señor, la colmada de bendiciones por la Trinidad, le dice ante la turbación de la Virgen: No temas, María.

Es normal sentir inquietud, plantearse los problemas que el nuevo camino ofrece a los proyectos que nos habíamos hecho. Pero, como decía el papa Benedicto el día del inicio de su pontificado, «quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada ―absolutamente nada― de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera. Así, hoy, yo quisiera, con gran fuerza y gran convicción, a partir de la experiencia de una larga vida personal, decir a todos vosotros, queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida».

La Virgen plantea el interrogante natural, ante una nueva llamada que parece alterar los planes que ella entendía que Dios le tenía preparados, pues había pensado ofrecer su virginidad para el Señor. Como resume Benedicto XVI, «María, por razones que nos son inaccesibles, no ve posible de ningún modo convertirse en madre del Mesías mediante una relación conyugal».

Por esa razón pregunta: ¿Cómo será eso? Y cuando el Ángel le responde ―una explicación que exige mucha fe, pues tampoco es lo más corriente en la vida de una persona: ―El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios, Ella no ofrece más trabas y sencillamente responde, como fruto de su profunda fe y de su amor a Dios: Amén!, Fiat!, ¡Hágase! «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra».

Una respuesta que es equivalente a decir: «He aquí la esclava del Señor, dócil para obedecer, pronta para servir, dispuesta para recibir» (Andrés de Creta). San Josemaría invita a alabar y agradecer a la Virgen, Madre de Dios y Madre nuestra, por la nueva dinámica que ha introducido en la historia con su respuesta generosa: «¡Oh Madre, Madre!: con esa palabra tuya ―fiat― nos has hecho hermanos de Dios y herederos de su gloria. ―¡Bendita seas!» (C, n.512).

A partir de ese momento, María es la hija de Sión, que lleva en su seno al Hijo de Dios. «Al encanto de estas palabras virginales» el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros (Cf. SR, 1 Gozo). Plantó su tienda en nuestro campamento, puso su morada en nuestro barrio. Parafraseando a algunos Padres, podemos decir que la Palabra de Dios se abrevió hasta hacerse un embrión. Es el motivo por el cual el autor de la epístola a los Hebreos aplica al mismo Jesús la respuesta que meditamos en el Salmo: «cuando Cristo entró en el mundo dijo: «Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo (…). Entonces yo dije lo que está escrito en el libro: “Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad”». ¡Qué humildad! ¡Qué ejemplo para nuestra soberbia!

El Prefacio de la Misa contempla la escena del Evangelio con palabras que permiten contemplar la doble dimensión de esta festividad, no solo la generosidad de María para acoger el llamado, sino también la abnegación del Señor para encarnarse y salvarnos: «la Virgen creyó el anuncio del ángel: que Cristo, por obra del Espíritu Santo, iba a hacerse hombre por salvar a los hombres; y lo llevó en sus purísimas entrañas con amor. Así Dios cumplió sus promesas al pueblo de Israel y colmó de manera insospechada la esperanza de otros pueblos».

Por ese motivo, la Iglesia nos invita a pedir en esta fiesta «que cuantos confesamos a nuestro Redentor, como Dios y hombre verdadero, lleguemos a hacernos semejantes a él en su naturaleza divina». Para eso se encarnó, para ofrecernos un modelo de hombre perfecto. Y para facilitarnos el camino, brindándonos la gracia para lograrlo.

En la senda de los antiguos liturgistas, que ―como decíamos al comienzo― unían la creación, la encarnación y la muerte de nuestro Señor, la Misa concluye con una oración que enlaza el acontecimiento de la Encarnación con el misterio pascual, que estamos a punto de celebrar en pocos días: «Confirma, Señor, en nosotros la verdadera fe, mediante los sacramentos que hemos recibido; para que cuantos confesamos al Hijo de la Virgen, como Dios y como hombre verdadero, podamos llegar a las alegrías del Reino por el poder de su santa resurrección».

sábado, diciembre 08, 2007

Vocación de María: valentía de osar con Dios


La solemnidad de la Inmaculada Concepción de María está llena de consideraciones para nuestra vida: ya hemos meditado sobre el pecado y la libertad, al leer el Protoevangelio del Génesis. El Evangelio del día nos hace ver una escena que para el Papa Benedicto XVI “es una de las páginas más hermosas de la sagrada Escritura”. Con esa presentación la veremos, seguramente, con ojos más atentos: “En el sexto mes fue enviado el ángel Gabriel de parte de Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David. La virgen se llamaba María. Y entró donde ella estaba y le dijo: —Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo”. 

El Papa comenta que el saludo del ángel: “está entretejido con hilos del Antiguo Testamento, especialmente del profeta Sofonías. Nos hace comprender que (…) en la humildad de la casa de Nazaret vive el Israel santo, el resto puro. Dios salvó y salva a su pueblo. Del tronco abatido resplandece nuevamente su historia, convirtiéndose en una nueva fuerza viva que orienta e impregna el mundo. María es el Israel santo; ella dice "sí" al Señor, se pone plenamente a su disposición, y así se convierte en el templo vivo de Dios.

(…) Como Madre que se compadece, María es la figura anticipada y el retrato permanente del Hijo. Y así vemos que también la imagen de la Dolorosa, de la Madre que comparte el sufrimiento y el amor, es una verdadera imagen de la Inmaculada. Su corazón, mediante el ser y el sentir con Dios, se ensanchó. En ella, la bondad de Dios se acercó y se acerca mucho a nosotros. Así, María está ante nosotros como signo de consuelo, de aliento y de esperanza. Se dirige a nosotros, diciendo: "Ten la valentía de osar con Dios. Prueba. No tengas miedo de él. Ten la valentía de arriesgar con la fe. Ten la valentía de arriesgar con la bondad. Ten la valentía de arriesgar con el corazón puro. Comprométete con Dios; y entonces verás que, precisamente así, tu vida se ensancha y se ilumina, y no resulta aburrida, sino llena de infinitas sorpresas, porque la bondad infinita de Dios no se agota jamás".

El Papa se detenía en tres palabras de este relato: alégrate, no temas, fiat. De la primera, hablaremos la próxima semana. Veamos las dos siguientes: No temas… “Ella se turbó al oír estas palabras, y consideraba qué podía significar este saludo. Y el ángel le dijo: —No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios: concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará eternamente sobre la casa de Jacob y su Reino no tendrá fin”.

Es un temor natural. No es miedo, porque los hijos no tienen miedo de su papá. Es temor: temor, “Pasión del ánimo, que hace huir o rehusar aquello que se considera dañoso, arriesgado o peligroso” (DRAE). Es un sentir a Dios cerca, algo para lo cual uno no está generalmente preparado. San Josemaría cuenta que a él también le pasaba: “Ordinariamente, ante lo sobrenatural, tengo miedo. Después viene el ne timeas! , soy Yo”. Y comenta el Papa: “La segunda palabra que quisiera meditar la pronuncia también el ángel: "No temas, María", le dice. En realidad, había motivo para temer, porque llevar ahora el peso del mundo sobre sí, ser la madre del Rey universal, ser la madre del Hijo de Dios, constituía un gran peso, un peso muy superior a las fuerzas de un ser humano”. 

Podemos pensar en nosotros, compararnos con María. Pensar que también tenemos nuestros temores ante los planes de Dios para nosotros. En la primera homilía de Benedicto XVI ponía ejemplos de ese miedo: “¿Acaso no tenemos todos de algún modo miedo –si dejamos entrar a Cristo totalmente dentro de nosotros, si nos abrimos totalmente a él–, miedo de que él pueda quitarnos algo de nuestra vida? ¿Acaso no tenemos miedo de renunciar a algo grande, único, que hace la vida más bella? ¿No corremos el riesgo de encontrarnos luego en la angustia y vernos privados de la libertad?” Uno puede imaginarse cuáles tentaciones habrán venido a la mente de María: ¿qué será de mí, de mi futuro, de mis proyectos?, ¿qué será de ese plan que Dios mismo había previsto para mi vida virginal al lado de José?, ¿quién cuidará de mis padres, esos pobres ancianos que me han educado con tanto cariño?, O preguntas más rupestres, si se quiere: ¿de qué voy a vivir? ¿Qué voy a comer? ¿Con qué plata compraré vestidos? 

Quizá no es a eso a lo que se refiere el evangelista cuando dice que Ella se turbó al oír estas palabras, y consideraba qué podía significar este saludo, pero a nosotros, que no somos ni de lejos tan santos como Ella, nos puede venir bien considerarlas. Eso es meterse en la escena, como un personaje más. Sentir que también a nosotros Dios nos llama para una misión que no es tan elevada como la de la Virgen pero que, guardando las proporciones, sí implican el empeño de toda una vida. De algún modo lo hacía considerar Benedicto XVI en una audiencia, citando a San Ambrosio: “Si, según la carne, la madre de Cristo es una sola, según la fe todas las almas engendran a Cristo; en efecto, cada una acoge en sí misma al Verbo de Dios”.

Hay también una antigua homilía que ayuda a contemplar la importancia del momento de la Anunciación. Se trata del punto de vista de un “espectador” –que somos todos- a la espera de la respuesta de María. Dice San Bernardo: “El ángel aguarda tu respuesta, porque ya es tiempo de que se vuelva al Señor que le envió. También nosotros, Señora, esperamos esta palabra de misericordia, que nos librará de la muerte a la que nos condenó la divina sentencia. Mira que se pone en tu mano el precio de nuestra salvación: al punto seremos librados, si tú consientes (…) Responde, pues, rápido al ángel o, mejor dicho, al Señor por el ángel: responde una palabra y recibe otra Palabra. ¿Por qué tardas? ¿Qué recelas? Cree, di que sí”. Juan Pablo II recomendaba a los jóvenes: “No tengáis miedo del amor”.

El ángel le dice, comenta el Papa, "no temas, María. Sí, tú llevas a Dios, pero Dios te lleva a ti. No temas". Esta palabra, "No temas", seguramente penetró a fondo en el corazón de María. Nosotros podemos imaginar que en diversas situaciones la Virgen recordaría esta palabra, la volvería a escuchar. En el momento en que Simeón le dice: "Este hijo tuyo será un signo de contradicción y una espada te traspasará el corazón", en ese momento en que podía invadirla el temor, María recuerda la palabra del ángel, vuelve a escuchar su eco en su interior: "No temas, Dios te lleva".

Luego, cuando durante la vida pública se desencadenan las contradicciones en torno a Jesús, y muchos dicen: "Está loco", ella vuelve a escuchar: "No temas" y sigue adelante. Por último, en el encuentro camino del Calvario, y luego al pie de la cruz, cuando parece que todo ha acabado, ella escucha una vez más la palabra del ángel: "No temas". Y así, con entereza, está al lado de su Hijo moribundo y, sostenida por la fe, va hacia la Resurrección, hacia Pentecostés, hacia la fundación de la nueva familia de la Iglesia.

"No temas". María nos dice esta palabra también a nosotros. Ya he destacado que nuestro mundo actual es un mundo de miedos: miedo a la miseria y a la pobreza, miedo a las enfermedades y a los sufrimientos, miedo a la soledad y a la muerte. En nuestro mundo tenemos un sistema de seguros muy desarrollado: está bien que existan. Pero sabemos que en el momento del sufrimiento profundo, en el momento de la última soledad, de la muerte, ningún seguro podrá protegernos. El único seguro válido en esos momentos es el que nos viene del Señor, que nos dice también a nosotros: "No temas, yo estoy siempre contigo". Podemos caer, pero al final caemos en las manos de Dios, y las manos de Dios son buenas manos.

La tercera palabra es hágase, fiat: “María le dijo al ángel: —¿De qué modo se hará esto, pues no conozco varón? Respondió el ángel y le dijo: —El Espíritu Santo descenderá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que nacerá Santo será llamado Hijo de Dios. (…) Dijo entonces María: —He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. Y el ángel se retiró de su presencia”. María anticipa así, dice el Papa, la tercera invocación del Padre nuestro: "Hágase tu voluntad". 

Dice "sí" a la voluntad grande de Dios, una voluntad aparentemente demasiado grande para un ser humano. María dice "sí" a esta voluntad divina; entra dentro de esta voluntad; con un gran "sí" inserta toda su existencia en la voluntad de Dios, y así abre la puerta del mundo a Dios. Adán y Eva con su "no" a la voluntad de Dios habían cerrado esta puerta. "Hágase la voluntad de Dios": María nos invita a decir también nosotros este "sí", que a veces resulta tan difícil. Sentimos la tentación de preferir nuestra voluntad, pero ella nos dice: "¡Sé valiente!, di también tú: "Hágase tu voluntad"", porque esta voluntad es buena. Al inicio puede parecer un peso casi insoportable, un yugo que no se puede llevar; pero, en realidad, la voluntad de Dios no es un peso. La voluntad de Dios nos da alas para volar muy alto, y así con María también nosotros nos atrevemos a abrir a Dios la puerta de nuestra vida, las puertas de este mundo, diciendo "sí" a su voluntad, conscientes de que esta voluntad es el verdadero bien y nos guía a la verdadera felicidad. 

La homilía de inicio de pontificado, de la que hablamos antes, terminaba con estas palabras: “Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera. Así, hoy, yo quisiera, con gran fuerza y gran convicción, a partir de la experiencia de una larga vida personal, decir a todos vosotros, queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida”. Pidamos a María, la Consoladora, nuestra Madre, la Madre de la Iglesia –decía el Papa en esta misma fiesta hace dos años-, que nos dé la valentía de pronunciar este "sí", que nos dé también esta alegría de estar con Dios y nos guíe a su Hijo, a la verdadera Vida. Amén.

lunes, diciembre 03, 2007

Hija de Dios Padre


Novena Inmaculada, 4o. Día.

Estamos ya en el cuarto día de la Novena en honor de la Inmaculada Concepción de María. San Lucas narra en su Evangelio que el ángel saluda a María con una expresión muy peculiar, “jaire, kejaritomene”: “alégrate, llena de gracia”. Juan Pablo II comenta que la traducción más adecuada sería: “alégrate, tú que has sido hecha llena de gracia”, o “colmada de gracia”, lo cual indicaría claramente que esa situación suya se trata de un don hecho por Dios a la Virgen. Ese mismo verbo lo usa San Pablo para indicar la abundancia de gracia que nos concede el Padre en Hijo amado. María la recibe como primicia de la redención. El papa Magno concluye que “en María, la gratuidad de la misericordia divina alcanza su grado supremo. En ella, la predilección de Dios, manifestada al pueblo elegido y en particular a los humildes y a los pobres, llega a su culmen”. Ella es la hija predilecta de Dios Padre. 

Vamos a contemplar en este día ese regalo de Dios a los seres humanos: la justificación del pecado, la elevación a la categoría de hijos de Dios que comienza con la Encarnación de Jesús en las purísimas entrañas de la Virgen María. Gracias, Madre nuestra, porque con tu vida nos has abierto las puertas a la vida de hijos de Dios, de la filiación divina. Gracias, Señor porque has querido llamarnos hijos, y que de verdad lo seamos. 

Esta dimensión de la vida cristiana, escribe J. Sesé, no solo conduce a una respuesta generosa de amor a Dios, sino que va dando también al alma luces importantísimas sobre el mismo Dios. Cuando descubro que Dios es mi papá, me doy cuenta de que debo portarme como un hijo bueno de un padre buenísimo. Dicho en términos técnicos, la verdadera conciencia de la filiación divina ayuda a captar de modo profundo la intimidad de Dios: “es la conciencia no sólo de que es mi Padre y mi Dios, sino mi Dios-Padre, que me entrega como propios a su Hijo y, con Él, a su Espíritu”. Se entiende, de este modo, “el equilibrio entre trascendencia y cercanía de Dios, entre su grandeza y su sorprendente anonadamiento para ser mío, nuestro”.

San Josemaría Escrivá de Balaguer decía que la filiación divina es el fundamento de la vida espiritual. Y no lo decía como fruto de un estudio concienzudo de las categorías teológicas correspondientes –él, que fue también un gran teólogo-, sino debido a una experiencia mística que el Señor le dio para que la transmitiera al mundo contemporáneo. 

Dejemos que él mismo nos cuente cómo fue esa enseñanza de Dios para nosotros: “Quise hacer oración, después de la Misa, en la quietud de mi iglesia. No lo conseguí. En Atocha, compré un periódico y tomé el tranvía. Sentí afluir la oración de afectos, copiosa y ardiente. Así estuve en el tranvía y hasta mi casa”. “Sentí la acción del Señor, que hacía germinar en mi corazón y en mis labios, con la fuerza de algo imperiosamente necesario, esta tierna invocación: Abba! Pater! Probablemente hice aquella oración en voz alta. Y anduve por las calles de Madrid, quizá una hora, quizá dos, no lo puedo decir, el tiempo se pasó sin sentirlo. Me debieron tomar por loco. Estuve contemplando con luces que no eran mías esa asombrosa verdad, que quedó encendida como una brasa en mi alma, para no apagarse nunca”.

El biógrafo dice que, con esta experiencia mística, el Señor le hizo entender que la conciencia de la filiación divina había de estar en la entraña misma de la Obra: “Os podría decir hasta cuándo, hasta el momento, hasta dónde fue aquella primera oración de hijo de Dios. Aprendí a llamar Padre, en el Padrenuestro, desde niño; pero sentir, ver, admirar ese querer de Dios de que seamos hijos suyos..., en la calle y en un tranvía —una hora, hora y media, no lo sé—; Abba, Pater!, tenía que gritar. Hay en el Evangelio unas palabras maravillosas; todas lo son: nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquél a quien el Hijo lo quisiera revelar (Matth XI, 27). Aquel día, aquel día quiso de una manera explícita, clara, terminante, que, conmigo, vosotros os sintáis siempre hijos de Dios, de este Padre que está en los cielos y que nos dará lo que pidamos en nombre de su Hijo”.

Hijos de Dios. Como dice Sesé, “a pesar de la pobreza de toda comparación de este estilo, ayuda a entender y explicar ese sentimiento íntimo de los santos ante el amor de Dios que supera el abismo abierto por su condición humana y su miseria personal, la imagen, repetida de formas diversas en la literatura, de la pobre doncella de la que se enamora un gran príncipe, o del pordiosero despreciado por todos que descubre un buen día, con gran asombro, que su verdadero padre es el rey”. Hijos de Dios. Hijos de María. 

También resuenan en nuestra alma los compromisos que conlleva esa condición inmerecida: Los hijos... ¡Cómo procuran comportarse dignamente cuando están delante de sus padres! Y los hijos de Reyes, delante de su padre el Rey, ¡cómo procuran guardar la dignidad de la realeza! Y tú... ¿no sabes que estás siempre delante del Gran Rey, tu Padre-Dios? (Camino 265). 

El fundador del Opus Dei decía que los frutos naturales del esfuerzo por sentirse hijos de Dios —los propósitos que queremos formular hoy para nuestra vida— son el amor a la contemplación y el espíritu de oración (cfr. Zac., XII, 10), el hambre y la sed de vida interior, la confianza filial en la paternal Providencia de Dios y una entrega serena y alegre a la divina Voluntad. Ese esfuerzo renovado debe convertirse también — traducido en la práctica— en un deseo ardiente y sincero, tierno y profundo a la vez, de imitar a Dios como hijos suyos queridísimos (cfr. Eph., V, 1) y de ordenar la propia vida plenamente y por entero a la santidad (cfr. Rom., VIII, 29), precisamente en el mundo y en la profesión propia de cada uno, a semejanza de Jesucristo.

Nuestra última consideración nos va a llevar de la paternidad divina a la maternidad mariana. Pero dejemos la palabra a San Luis María Grignion de Montfort, citado de nuevo por Sesé: "Dios Padre entregó su Unigénito al mundo solamente por medio de María (…) El mundo era indigno -dice San Agustín- de recibir al Hijo de Dios inmediatamente de manos del Padre, quien lo entregó a María para que el mundo lo recibiera por medio de Ella. Dios Hijo se hizo hombre para nuestra salvación, pero en María y por María. Dios Espíritu Santo formó a Jesucristo en María, pero después de haberle pedido su consentimiento por medio de uno de los primeros ministros de su corte".

Como consecuencia de esta consideración, en el amor maternal de María sentiremos y comprenderemos mejor, de forma viva y muy "humana", el amor paternal de Dios, del que ella participa de forma singular; y particularmente en sus manifestaciones "maternales". Como dice el mismo San Luis María Grignion de Montfort: "Esta Madre del Amor Hermoso quitará de tu corazón todo escrúpulo y temor servil desordenado y lo abrirá y ensanchará para correr por los mandamientos de su Hijo con la santa libertad de los hijos de Dios, y encender en el alma el amor puro, cuya tesorera Ella es. De modo que en tu comportamiento con el Dios-Caridad ya no te gobernarás -como hasta ahora- por temor, sino por amor puro. Lo mirarás como a tu Padre bondadoso, te afanarás por agradarle incesantemente y dialogarás con Él confidencialmente como un hijo con su cariñoso Padre. Si, por desgracia, llegaras a ofenderlo, te humillarás ahí mismo delante de Él, le pedirás perdón humildemente, tenderás hacia Él la mano con sencillez, te levantarás de nuevo amorosamente, sin turbación ni inquietud, y seguirás caminando hacia Él, sin descorazonarte".