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viernes, marzo 25, 2016

Sacerdocio, Eucaristía, Caridad

La Santa Misa en la Cena del Señor comienza con la antífona de entrada (Ga 6,14): Nosotros hemos de gloriarnos en la cruz de nuestro señor Jesucristo. Con esa cita nos ponemos en la órbita en la que hemos de girar durante los días Santos, ya que conmemoramos los máximos misterios de nuestra redención.  La liturgia añade al texto sagrado que «en Él en Cristoestá nuestra salvación, nuestra vida y nuestra resurrección». Celebramos que la misericordia divina «nos ha salvado y nos ha liberado».

Por eso se entona el Gloria con todo boato, después de cuarenta días sin hacerlo, para alabar, bendecir, glorificar y agradecer a la Trinidad Beatísima con el mismo canto de júbilo que los Ángeles entonaron la noche del nacimiento de Jesús. Esas campanas, que tañeron festivas, callarán hasta la vigilia Pascual.

En la oración colecta nos dirigimos al Señor diciéndole que nos congregamos «para celebrar esta sacratísima Cena, en la cual tu Unigénito, cuando iba a entregarse a la muerte, encomendó a la Iglesia el sacrificio nuevo y eterno»…

Nos detenemos a considerar esa entrega, ese encargo que Jesucristo hizo a la Iglesia de renovar su propio sacrificio. Y es la primera idea que consideramos en esta celebración: la institución del orden sacerdotal, sacramento que Jesucristo estableció fundamentalmente para renovar el sacrificio del Calvario, para dispensar el Sacramento del amor, desde la mesa de la Palabra y la mesa de la Eucaristía. Como dice San Juan Crisóstomo: «no es el hombre quien convierte las cosas ofrecidas en el cuerpo y la sangre de Cristo, sino el mismo Cristo que por nosotros fue crucificado. El sacerdote, figura de Cristo, pronuncia aquellas palabras, pero su virtud y la gracia son de Dios».

Haced esto en conmemoración mía… Al instituir el sacramento del Orden, Jesús nos invitó a imitarle. Y esa emulación no es un proyecto dirigido sólo a los ministros ordenados: «la vocación cristiana nos exige a todos a los seglares también practicar cuantas virtudes han de vivir los buenos sacerdotes» (San Josemaría, Carta 2-II-1945, n.10. Citado por Echevarría, 2009). Todos los cristianos, por el hecho de recibir el bautismo, somos injertados en el sacrificio de Cristo, participamos del sacerdocio común de los fieles de acuerdo con la expresión de San Pedro (1 P 2,9): Vosotros sois un linaje elegido, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios para que anunciéis las proezas del que os llamó de las tinieblas a su luz maravillosa.

En esa misma línea, concluye el Fundador del Opus Dei que, «con esa alma sacerdotal que pido al Señor para todos vosotros debéis procurar que, en medio de las ocupaciones ordinarias, vuestra vida entera se convierta en una continua alabanza a Dios: oración y reparación constantes, petición y sacrificio por todos los hombres.  Y todo esto, en íntima y asidua unión con Cristo Jesús, en el santo sacrificio del altar» (San Josemaría, Carta 28-III-1955, n.4. Citado por Echevarría, 2009)

La oración colecta hace énfasis en la razón del ser del sacerdocio ministerial: «Tu Unigénito, cuando iba a entregarse a la muerte, encomendó a la Iglesia el sacrificio nuevo y el terreno y el banquete de su amor»

El Sacramento del orden, que es «participación en la misión salvífica de Cristo» (AIG, 35) y por el cual «el hombre se convierte en instrumento de la gracia salvadora» (AIG, 39), es una manifestación maravillosa de la Misericordia divina. Y no sólo con la persona llamada (se trata de una dignidad «que en la tierra nada supera» [AIG, 70)), sino con la Iglesia y con la humanidad entera.

Pidamos al Señor vocaciones para el sacerdocio, para la vida consagrada, y para el celibato apostólico en medio del mundo, sirviéndonos de la intercesión de San José, patrono de las vocaciones. Pidamos que reviva la ilusión vocacional en las familias, que haya muchos padres y madres orgullosos de la vocación de sus hijos y dispuestos a entregarlos con generosidad para un posible llamado, si es la voluntad de Dios; que los eduquen con esas disposiciones de magnificencia y apertura a los demás y que haya muchos jóvenes en todo el mundo dispuestos a seguir las sendas de misericordia de Jesucristo, que se entregó por nosotros y nos dio la misión de imitarlo para llevar su gracia, sus sacramentos, su evangelio hasta el último rincón del mundo.

Para eso está el sacerdocio, para servir a las almas. Su dimensión teológica más profunda consiste en la consagración a Dios y la misión hacia los demás. Y una manifestación concreta de esa disponibilidad, es el segundo tema de la celebración del Jueves Santo: la centralidad que en la vida del sacerdote debe tener la celebración de la Eucaristía, que es el «banquete de su amor».

En un estudio reciente sobre los primeros pasos del Opus Dei, cuentan algunos testigos que san Josemaría pasaba «horas largas cerca del Sagrario, en conversación con el Señor. Solía estar en la iglesia en momentos en que solía estar vacía». Y uno de los estudiantes que tenían dirección espiritual con él concluye que, «sin predicaciones, sin homilías, nada más que en la manera de decir la Misa, la emoción con que realizaba el Sacrificio, era tan poderosa que se transmitía a los que estábamos cerca de él». Pidámosle hoy que nos contagie ese amor al sacramento del altar, que es «signo de unidad y vínculo de caridad» (González, 2016).

Y de ese modo llegamos a la tercera idea de la celebración del Jueves Santo, que es precisamente el amor fraterno. En el Evangelio del Jueves Santo se considera que, antes de celebrar la Pascua, Jesús lavó los pies a sus discípulos (Jn 13,1-15). El Señor presta un servicio que era propio de esclavos. Como dice San Pablo, se despojó de su rango (Flp 2,7). El Papa Benedicto decía que Jesús se arrodilla ante nosotros, lava nuestros pies sucios y nos purifica como en el Apocalipsis (7,14). El amor servicial de Jesús nos saca de nuestra soberbia y nos hace capaces de Dios, nos hace puros, nos dispone a ser misericordiosos como Él (Cf. Benedicto XVI, 2011).

Explicando ese pasaje, mons. Echevarría dice que este lavar los pies los unos a los otros a que nos invita el Señor «lleva consigo tantas cosas concretas, porque ese limpiar de que se habla, nace del cariño; y el amor descubre mil formas de servir y de entregarse a quien se ama. En cristiano, lavar los pies significa, sin duda, rezar unos por otros, dar una mano con elegancia y discreción, facilitar el trabajo, adelantarse a las necesidades de los demás, ayudarse unos a otros a comportarse mejor, corregirse con cariño, tratarse con paciencia afectuosa y sencilla que no causa humillaciones; alentarse a venerar al Señor en el Sacramento, emularse mutuamente en ese ir a Jesús con las manos cargadas de atenciones de cariño a Él y a nuestros hermanos. Lavar los pies implica colmar la propia vida de obras de servicio sacrificado y gustoso, de mediación apostólica cumplida con alma sacerdotal» (2005). 

Acudamos a la Virgen Santísima, que estaría en el cenáculo preparando la celebración de la Pascua unida a la entrega de su Hijo. Pidámosle a Ella que nos ayude a profundizar en el significado de estos tres aspectos de la celebración del Jueves Santo: el sacerdocio, la Eucaristía y la caridad. Y que interceda ante el Padre para que nos conceda lo que le pedíamos al final de la oración colecta: «que por la celebración de tan sagrado misterio obtengamos la plenitud del amor y de la vida».

sábado, octubre 03, 2009

Identificación con Cristo



Se cumple hoy el 81º aniversario de la fundación del Opus Dei. Día de acción de gracias. A Dios, por haber querido la Obra; a San Josemaría, por haber sido instrumento fidelísimo en las manos de Dios. Damos gracias a Dios por la belleza de la Obra, por su juventud madura: por los países nuevos a los que se ha llegado en este año, por los fieles que han coronado su carrera terrena y gozan de Dios en el Cielo, por las vocaciones que han llegado, por la expansión, por la formación, por la fidelidad de todos. Por los frutos que ha tenido el año paulino en la Obra, por el año sacerdotal. Y pensaba que ese puede ser nuestro tema de diálogo hoy con el Señor: qué nos dice un nuevo aniversario del Opus Dei en medio del año sacerdotal.

Habremos oído –y escucharemos muchas veces, sobre todo este año- aquellas palabras de San Josemaría sobre el alma sacerdotal: “Todos, por el Bautismo, hemos sido constituidos sacerdotes de nuestra propia existencia, para ofrecer víctimas espirituales, que sean agradables a Dios por Jesucristo (1 Pe 2,5), para realizar cada una de nuestras acciones en espíritu de obediencia a la voluntad de Dios, perpetuando así la misión del Dios-Hombre” (Es Cristo que pasa, 96).

Sacerdotes de nuestra propia existencia. Alma sacerdotal. La cita de San Pedro “no deja lugar a dudas sobre el ámbito teológico en que se mueve lo que se está diciendo” (Rancan): también vosotros –como piedras vivas– sois edificados como edificio espiritual para un sacerdocio santo, con el fin de ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios por medio de Jesucristo. Piedras vivas, edificadas sobre el fundamento que es Cristo, que es la piedra angular rechazada por los arquitectos. Toda la vida de este nuevo templo debe ser un acto de culto a Dios, por la unión con Cristo.

En este argumento se basaba San Josemaría para explicar la unidad de vocación en la Obra: en la figura de Cristo Sacerdote y en la identificación con Él que los fieles alcanzan por medio de la consagración bautismal. Por eso el cristiano no es solo otro Cristo, alter Christus, sino el mismo Cristo, ipse Christus. Al principio, San Josemaría aplicaba estas expresiones exclusivamente al sacerdote; más tarde, las aplicó a todos los cristianos. En Camino –cuyos setenta años de publicación estamos celebrando- aparecen en los números 66 y 67. Se trata del capítulo sobre dirección espiritual: “El Sacerdote —quien sea— es siempre otro Cristo”. “No quiero —por sabido— dejar de recordarte otra vez que el Sacerdote es «otro Cristo». —Y que el Espíritu Santo ha dicho: «nolite tangere Christos meos» —no queráis tocar a «mis Cristos»”.

Se trataba de una doctrina tradicional, pues así llamaban al sacerdote San Pío X y el Cardenal Mercier, entre otros. Pedro Rodríguez explica que esa expresión tiene dos sentidos: uno indicativo, que es lo que explica el n. 66: “El Sacerdote —quien sea— es siempre otro Cristo”, y otro imperativo: el sacerdote debe ser otro Cristo para los demás. Y aclara, en relación con la vida y la doctrina de San Josemaría, que “esta urgencia de transmitir a otros el misterio del sacerdote hay que ponerla en relación, me parece, con la renovada autoconciencia de su propio sacerdocio, que le fue concedida en los Ejercicios Espirituales que hizo en Segovia el mes anterior a nuestro texto, donde sacó este propósito (el noveno de una lista de once): «Recordar frecuentemente que soy... ¡alter Christus!»”.

Alter Christus, ipse Christus. Qué buen tema para recordar un 2 de octubre, cuando celebramos los 81 años del Opus Dei, en medio del año sacerdotal. San Josemaría plantea el mismo ideal para sacerdotes y laicos, la identificación con Cristo, el alma sacerdotal: «La llamada de Dios, el carácter bautismal y la gracia, hacen que cada cristiano pueda y deba encarnar plenamente la fe. Cada cristiano debe ser alter Christus, ipse Christus, presente entre los hombres» (Conversaciones, 58).

Encarnar plenamente la fe. Recordar frecuentemente que debemos ser alter Christus, ipse Christus. ¡Qué buen propósito para este día! Pidamos a la Virgen Santísima que nos ayude a ver, en este rato de oración, cómo conseguirlo, qué vía recorrer para lograrlo.

San Josemaría nos da una pista para comenzar el camino: Para acercarnos a Dios hemos de emprender el camino justo, que es la Humanidad Santísima de Cristo (Amigos de Dios, 299). El Padre Cipriano Rodríguez cuenta que, estando en el Oratorio de la Santísima Trinidad, decorado con hermosos bajorrelieves del escultor romano Sciancalepore, le dijo San Josemaría: «Aquí, en este Oratorio, me he pasado horas enteras contemplando la Humanidad Santísima de Jesucristo». Y otro fiel de la Prelatura le preguntó precisamente cómo tratar la Humanidad Santísima de Jesucristo, y recuerda que el Fundador de la Obra le respondió: -Repite muchas veces la jaculatoria: «Iesu, Iesu, esto mihi semper Iesu» (Jesús, Jesús, sé para mí siempre Jesús). No es otro el camino: contemplar la naturaleza humana de Cristo, “rozarla”, en la oración y en los sacramentos.

Oración. Un día como hoy, debemos tomar esa decisión de nuevo: aprender a ser almas de oración. Tratar de conocer más a Jesucristo, de hablar más frecuentemente con Él, de contemplar más su vida, para que sea nuestro modelo en todos los momentos y circunstancias de la vida. No basta con tener una idea general del espíritu de Jesús, sino que hay que aprender de El detalles y actitudes. Y, sobre todo, hay que contemplar su paso por la tierra, sus huellas, para sacar de ahí fuerza, luz, serenidad, paz. (Es Cristo que pasa, 107). Oración contemplativa, que cuaja en propósitos, que eleva nuestra temperatura interior.

Y sacramentos, que son las huellas de la Encarnación del Verbo (Conversaciones, 115). En la Confesión, nos revestimos de nuestro Señor Jesucristo (Rm 13,14), que nos despoja del hombre viejo. Renovamos el rechazo al pecado, nuestra opción por Dios. A pesar de la atracción que ejercen sobre nosotros las cosas de la tierra, nos dejamos atraer por Cristo, le demostramos nuestro deseo de ser fieles y le pedimos su gracia para lograrlo.

En la Eucaristía, nos hacemos consanguíneos suyos, como decía Benedicto XVI el pasado Jueves Santo: “¿Podemos ahora hacernos al menos una idea de lo que ocurrió en la hora de la última Cena y que, desde entonces, se renueva cada vez que celebramos la Eucaristía? Dios, el Dios vivo establece con nosotros una comunión de paz, más aún, Él crea una “consanguinidad” entre Él y nosotros. Por la encarnación de Jesús, por su sangre derramada, hemos sido injertados en una consanguinidad muy real con Jesús y, por tanto, con Dios mismo. La sangre de Jesús es su amor, en el que la vida divina y la humana se han hecho una cosa sola. Pidamos al Señor que comprendamos cada vez más la grandeza de este misterio. Que Él despliegue su fuerza trasformadora en nuestro interior, de modo que lleguemos a ser realmente consanguíneos de Jesús, llenos de su paz y, así, también en comunión unos con otros”.

Consanguíneos, transformados por Él en otros Cristos, el mismo Cristo. En cuáles campos, nos dirá el Señor a cada uno, en la oración y en la dirección espiritual. Un ejemplo concreto: en la carta de este mes el Prelado glosa la última encíclica con unas ideas muy concretas que nos pueden ayudar en esa labor de dejarnos transformar por Cristo, de ser Ipse Christus: “Un hombre o una mujer de fe ha de aprovechar esta situación para mejorar personalmente en la práctica de la virtud, cuidando con esmero el espíritu de desprendimiento, la rectitud de intención, la renuncia a bienes superfluos, y tantos detalles más. Sabe, por otra parte, que en todo instante estamos en las manos de Dios, nuestro Padre; y que si la Providencia divina permite estas dificultades, lo hace para que saquemos bien del mal: Dios escribe derecho con renglones torcidos. Atravesamos un tiempo propicio para acrisolar la fe, fomentar la esperanza y favorecer la caridad; y para desempeñar nuestra tarea —la que sea— con rigor profesional, con rectitud de intención, ofreciendo todo para que en la sociedad se cree un auténtico sentido de responsabilidad y de solidaridad. ¿Rezamos para que se resuelva el grave problema del paro?”

«Nuestra Señora, Santa María, hará que seas alter Christus, ipse Christus, otro Cristo, ¡el mismo Cristo!” Así concluye San Josemaría la homilía “Vocación cristiana”, ofreciendo como la síntesis de esa llamada. Nuestra Señora hará que, en este nuevo año de la Obra, vivamos cada vez mejor la vida de oración y de sacramentos, como medios para identificarnos con Cristo, para poder decir, como San Pablo: no soy yo el que vivo, es Cristo quien vive en mí (Gal 2,20)

viernes, julio 03, 2009

Fe, santidad, vocación


En la primera lectura del XIV Domingo, Dios llama a Ezequiel (2, 2-5) como un mensajero para que sea mediador entre Él y su pueblo: “Hijo de hombre, yo te envío a los israelitas, a ese pueblo rebelde, que se ha rebelado contra mí lo mismo que sus antepasados hasta el día de hoy. (...) Y sabrán que en medio de ellos hay un profeta". Esa es la misión del profeta: hablar al pueblo de parte del Señor.

Comenzamos el año sacerdotal y es una buena ocasión para pensar en el tema de la vocación. ¡Tenemos tantos ejemplos de personas que han sido llamadas y que han respondido generosamente! La página web de la Santa Sede pone algunos ejemplos de sacerdotes santos: el Santo cura de Ars, San Josemaría Escrivá, San Luis Alberto Hurtado, y los Beatos Ciriaco Elía, Charles de Foucauld, Bronisá Markiewicz, y Edoardo Poppe.

Vocación, llamada divina: Hijo de hombre, yo te envío. Decía Juan Pablo II, recordando su propia vida: “¿Cuál es la historia de mi vocación sacerdotal? La conoce sobre todo Dios. En su dimensión más profunda, toda vocación sacerdotal es un gran misterio, es un don que supera infinitamente al hombre. Cada uno de nosotros sacerdotes lo experimenta claramente durante toda la vida. Ante la grandeza de este don sentimos cuan indignos somos de ello. La vocación es el misterio de la elección divina: "No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca" (Jn 15, 16). "Y nadie se arroga tal dignidad, sino el llamado por Dios, lo mismo que Aarón'' (Hb 5, 4). "Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses, te tenía consagrado: yo profeta de las naciones te constituí" (Jr 1, 5). Estas palabras inspiradas estremecen profundamente toda alma sacerdotal” (Don y Misterio).

Y Benedicto XVI menciona en su carta el ejemplo de su párroco y de otros sacerdotes santos que ha conocido: “Todavía conservo en el corazón el recuerdo del primer párroco con el que comencé mi ministerio como joven sacerdote: fue para mí un ejemplo de entrega sin reservas al propio ministerio pastoral, llegando a morir cuando llevaba el viático a un enfermo grave. También repaso los innumerables hermanos que he conocido a lo largo de mi vida y últimamente en mis viajes pastorales a diversas naciones, comprometidos generosamente en el ejercicio cotidiano de su ministerio sacerdotal”. La vocación es un regalo inmerecido del Señor a su pueblo. Desde luego, mucho más, para la persona elegida. Es una muestra de misericordia, como decía el cura de Ars: “El Sacerdocio es el amor del corazón de Jesús”.

En el salmo 122 se menciona un símbolo propio del mundo oriental: los ojos de los siervos que vigilan las manos de sus señores para captar el más mínimo gesto de benevolencia. Se trata de una espera dura, porque la vida del orante está saciada de desprecio y de humillación por parte de los soberbios (Jünglin): “Como están los ojos de los siervos pendientes de la mano de sus señores, así nuestros ojos miran al Señor, nuestro Dios, pendientes de que se compadezca de nosotros. Ten piedad de nosotros, Señor, ten piedad, que estamos cansados de desprecios; estamos ya cansados de la burla de los arrogantes, del desprecio de los orgullosos”.

El orante –ahora, nosotros- pide al Señor que se apiade, que se digne hacer un guiño para superar el desprecio de los soberbios (¿hay alguien más soberbio que el demonio mismo?) El hilo que une esta petición con la primera lectura es que el gesto del Señor es llamar a un mensajero para que sea mediador entre Él y su pueblo. Cuando este hombre acepta su vocación, le comunica la misión: enviarlo como su profeta, para que hable a las gentes de parte del Señor.

La segunda lectura pone el ejemplo de uno de los más grandes profetas del Nuevo Testamento: San Pablo. Sin embargo, no lo exalta como un genio inalcanzable de santidad. Por el contrario, nos muestra un hombre débil, que debe luchar para ser fiel (2 Corintios 12, 7b-10): “Para que no me engría, me fue clavado un aguijón en la carne, un ángel de Satanás, para que me abofetee, y no me envanezca. Por esto, rogué tres veces al Señor que lo apartase de mí; pero Él me dijo: «Te basta mi gracia, porque la fuerza se perfecciona en la flaqueza». Por eso, con sumo gusto me gloriaré más todavía en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo”. Cuánto nos llena de esperanza, saber que los grandes santos han sido seres como nosotros: con luchas, con dificultades, personas en las cuales triunfó la gracia.

Por último, el Evangelio nos habla de una virtud que ha sido recurrente en la liturgia de la Palabra de estas últimas semanas: se trata de la fe. Después de haber contemplado la fe de Jairo y de la hemorroísa en el capítulo quinto del Evangelio de Marcos, en el sexto aparece como un claro contraste la falta de fe de sus paisanos (Marcos 6, 1-6): Salió de allí y se fue a su ciudad, y le seguían sus discípulos. Y cuando llegó el sábado comenzó a enseñar en la sinagoga, y muchos de los que le oían decían admirados: —¿De dónde sabe éste estas cosas? ¿Y qué sabiduría es la que se le ha dado y estos milagros que se hacen por sus manos? ¿No es éste el artesano, el hijo de María, y hermano de Santiago y de José y de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros? Y se escandalizaban de él.

En este relato se recalca la condición común y corriente de Jesucristo: es un simple artesano. San Josemaría Escrivá recibió la misión profética de anunciar que precisamente el trabajo profesional es camino de santidad, de encuentro con Dios. En una de sus homilías predicaba: «Vuestra vocación humana es parte, y parte importante, de vuestra vocación divina. Esta es la razón por la cual os tenéis que santificar, contribuyendo al mismo tiempo a la santificación de los demás, de vuestros iguales, precisamente santificando vuestro trabajo y vuestro ambiente: esa profesión u oficio que llena vuestros días, que da fisonomía peculiar a vuestra personalidad humana, que es vuestra manera de estar en el mundo» (Cristo que pasa, 46).

Jesús, el artesano, se autoproclama también como profeta y, por lo tanto, sujeto al rechazo de sus paisanos, como le había sucedido a Elías y a Eliseo. Más adelante se contará entre aquellos a los que Jerusalén asesina. El Prelado del Opus Dei explicaba la importancia de la fe: ¡Cuánta necesidad tenemos los sacerdotes de que nuestra fe y nuestra esperanza aumenten más y más! Nos hallamos metidos en una labor donde lo que más cuenta, lo único absolutamente necesario (cfr. Lc 10,42), son los medios sobrenaturales. Se requieren verdaderos milagros, para conducir a las almas hasta Dios. Sin embargo, «se oye a veces decir que actualmente son menos frecuentes los milagros. ¿No será que son menos las almas que viven vida de fe?» (Amigos de Dios, n. 190). Estas palabras de San Josemaría resuenan en nuestros oídos como un toque de atención, una llamada a nuestro sentido de responsabilidad, porque el sacerdote ha de ser, ante todo, un hombre de fe y un hombre esperanzado. «Por medio de la fe –escribe el Papa–, accede a los bienes invisibles que constituyen la herencia de la Redención del mundo llevada a cabo por el Hijo de Dios» (Juan Pablo II, Don y misterio) (Conferencia publicada en Romana n. 36).

Comparando con los pasajes paralelos, Gnilka concluye que Jesús no quiso hacer allí ningún milagro, asombrado por la falta de fe de sus coterráneos. Y les decía Jesús: —No hay profeta que no sea menospreciado en su tierra, entre sus parientes y en su casa. Y no podía hacer allí ningún milagro; solamente sanó a unos pocos enfermos imponiéndoles las manos. Y se asombraba por su incredulidad.

Un ejemplo de vida de fe es la mujer que aparece mencionada entre las críticas, casi con aire ofensivo: ¿No es éste el artesano, el hijo de María? Pidámosle a Ella que interceda ante su hijo para que nosotros crezcamos en vida de fe. Para descubrir la propia vocación, para ejercer nuestra llamada a la santidad en medio del mundo, y para valorar el inmenso don del sacerdocio en nuestro tiempo.