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lunes, marzo 21, 2016

La unción en Betania

El Sábado de Pasión, la víspera del Domingo de Ramos, el Señor fue a comer a Betania, la pequeña aldea a la que tanto le gustaba ir. Allí, con la compañía de esos queridísimos amigos que eran Lázaro, María y Marta, Jesús descansaba y reponía fuerzas (Jn 12,1-11). Ellos habían invitado al Maestro para celebrar la resurrección del hermano mayor, pero no había sido fácil concretar el día, debido a la persecución que habían desencadenado sus enemigos.
Allí le ofrecieron una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa. Detallista como siempre, María había empleado una buena cantidad de sus ahorros para comprar un perfume importado del Oriente. En los momentos iniciales, cuando el protocolo sugería ofrecer al invitado agua para que se limpiara los pies —como sabemos por el banquete en casa de Simón el fariseo—, María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera.
Este gesto nos habla, además de la natural manifestación de gratitud por la resurrección de Lázaro, de un amor generoso y pródigo al Señor, de trato delicado y fino con quien nos ha mostrado su caridad hasta el extremo. Y nos invita a preguntarnos cómo le demostramos a Jesús que le queremos, a Él directamente y en sus hermanos más pequeños. Estas dos manifestaciones pueden ser el tema de nuestra meditación de hoy.
Al comienzo de la Semana Santa, podemos examinar cuántas veces te hemos agradecido, Señor, durante la cuaresma, por habernos redimido; qué esfuerzo hemos hecho para tener muestras de delicadeza y afecto contigo. Por ejemplo, al celebrar o participar en la Misa, cómo cuidamos la preparación remota y próxima, con cuánto amor vivimos cada parte de la Eucaristía, desde el primer momento.
Regresemos a la escena: María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume. Ese aroma nos llega a través del tiempo hasta el hoy de nuestra oración. Es la esencia del amor, de la generosidad, del cariño por el Maestro. Ese buen olor, incienso de Cristo, del que habla san Pablo, nos pregunta por nuestra labor apostólica, que es el contexto en el que el Apóstol de las gentes menciona esa frase: Doy gracias a Dios, que siempre nos asocia a la victoria de Cristo y difunde por medio de nosotros en todas partes la fragancia de su conocimiento (2 Co 2,15).
Pidamos al Señor que, como fruto de nuestro amor por Él —queremos que sea como el de los hermanos de Betania—, tengamos ese sano afán de difundir en nuestro ambiente la vida y la doctrina de Jesús. Que, con nuestras palabras y con nuestras obras, con el esfuerzo por adquirir las virtudes, seamos de verdad ese buen olor que salva. De esa manera se cumplirán en nuestra vida las palabras del Apóstol: Porque somos incienso de Cristo ofrecido a Dios, entre los que se salvan y los que se pierden; para unos, olor de muerte que mata; para los otros, olor de vida, para vida.
Esta dicotomía la vemos reflejada en la escena de Betania. En medio del buen ambiente que se respiraba, había una persona para la cual la fragancia de nardo era olor de muerte: Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dice: «¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres?».
San Juan añade que esa repentina preocupación social se debía en realidad a la codicia: Esto lo dijo no porque le importasen los pobres, sino porque era un ladrón; y como tenía la bolsa, se llevaba de lo que iban echando. San Juan Pablo II comenta que, «como la mujer de la unción en Betania, la Iglesia no ha tenido miedo de “derrochar”, dedicando sus mejores recursos para expresar su reverente asombro ante el don inconmensurable de la Eucaristía» (2003b, n.48). En la misma línea había escrito antes san Josemaría: «Aquella mujer que en casa de Simón el leproso, en Betania, unge con rico perfume la cabeza del Maestro, nos recuerda el deber de ser espléndidos en el culto de Dios. —Todo el lujo, la majestad y la belleza me parecen poco» (C, n.527). 
Un ejemplo de ese cuidado nos lo brinda un pasaje de la biografía del beato Manuel González, al dejar reservado por primera vez el Santísimo Sacramento en un convento: «Después de haber cerrado el Sagrario, ya lleno con la presencia real del Maestro divino de Nazaret, se despedía el Fundador de sus hijas, recordando la frase del Beato Ávila, les repetía: “¡Que me lo tratéis bien, que es Hijo de buena Madre!”» (Cf. Rodríguez, n.531).  
Hoy podemos repetir la oración de san Josemaría al recordar ese suceso: «“¡Tratádmelo bien, tratádmelo bien” (…) —¡Señor!: ¡Quién me diera voces y autoridad para clamar de este modo al oído y al corazón de muchos cristianos, de muchos!» (Ibidem.). Aprendamos, en estos días de Semana Santa, del ejemplo de María de Betania y de tantos santos enamorados de Jesucristo, prisionero de amor en la Eucaristía. Que lo acojamos con el nardo de nuestras penitencias, de nuestra piedad renovada, del cariño fraterno, del afán apostólico incesante.
Volviendo a la escena de la unción en Betania, podemos preguntarnos: ¿cómo reaccionó Jesús ante la incómoda situación en que lo puso el comentario de Judas Iscariote? San Juan Pablo II continúa su exégesis: «la valoración de Jesús es muy diferente. Sin quitar nada al deber de la caridad hacia los necesitados, a los que se han de dedicar siempre los discípulos —pobres tendréis siempre con vosotros—, Él se fija en el acontecimiento inminente de su muerte y sepultura, y aprecia la unción que se le hace como anticipación del honor que su cuerpo merece también después de la muerte, por estar indisolublemente unido al misterio de su persona» (2003b, n. 47).
Jesús dijo: «Déjala; lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis». Por ese motivo este pasaje se lee el Lunes santo, como preparación inmediata para la celebración del triduo pascual. El Señor anuncia veladamente que muy poco tiempo después ya estará sepultado. Y lo hace con una paz y una serenidad que muestran que en Él se cumple la profecía del Siervo de Isaías, que se lee como primera lectura de la Misa durante las jornadas iniciales de la Semana Santa (caps. 40-55): No gritará, no clamará, no voceará por las calles. Yo no resistí ni me eché atrás. Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no escondí el rostro ante ultrajes y salivazos.
Jesucristo ofreció su vida generosamente por nosotros, asumió la Voluntad del Padre de entregarse a la muerte por nuestra salvación. Debemos pensar, como el Apóstol san Pablo, que también debemos manifestar nuestro amor a Dios imitándolo en esa abnegación por nuestros hermanos, que nos permita decir, como el Apóstol: Ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros: así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia.
La mejor manera de tomar la Cruz de Cristo, camino del Calvario, es sufrir por los demás —sin dramatismos—, ser sus cirineos. Pidamos al Señor que nos ayude a descubrir su rostro en esos hermanos que salen a nuestro encuentro desde sus «periferias existenciales», como dice el papa Francisco: con la enfermedad, la pobreza, las necesidades de afecto, de comprensión, de compañía. Podemos hacernos las preguntas que él mismo sugería: «¿Se tiene la experiencia de que formamos parte de un solo cuerpo? ¿Un cuerpo que recibe y comparte lo que Dios quiere donar? ¿Un cuerpo que conoce a sus miembros más débiles, pobres y pequeños, y se hace cargo de ellos? ¿O nos refugiamos en un amor universal que se compromete con los que están lejos en el mundo, pero olvida al Lázaro sentado delante de su propia puerta cerrada?» (Mensaje para la Cuaresma, 2015).
Al comienzo de una Semana Santa, el beato Álvaro del Portillo animaba a poner la lucha interior de esos días precisamente en la fraternidad: «Exigíos en este campo, hijas e hijos míos, atribuyendo mucha importancia a las pequeñas mortificaciones que hacen más alegre y amable el camino de los demás, viendo siempre en ellos a Cristo, sin olvidar que “una sonrisa puede ser, a veces, la mejor muestra del espíritu de penitencia” (F, n.149). De este modo, vuestros pequeños sacrificios subirán al Cielo in odorem suavitatis, como el incienso que se quema en honor del Señor» (2014, pp. 120-121).
Cuando hablamos del amor a Dios y a los hombres de los que María de Betania es ejemplar, pensamos también en la Madre de Jesús, que al mismo tiempo es nuestra Madre. A Ella, que «se entregó completamente al Señor y estuvo siempre pendiente de los hombres; hoy le pedimos que interceda por nosotros, para que, en nuestras vidas, el amor a Dios y el amor al prójimo se unan en una sola cosa, como las dos caras de una misma moneda» (Echevarría 2004, in loco).

sábado, agosto 29, 2015

Muerte de Juan el Bautista

Juan Bautista es el único santo del que se celebra el nacimiento y el martirio. El prefacio de la Misa hace un resumen de su vida, con los principales hitos de su relación con Jesucristo: «precursor de tu Hijo y el mayor de los nacidos de mujer, saltó de alegría en el vientre de su madre al llegar el Salvador de los hombres, y su nacimiento fue motivo de gozo para muchos. Él fue escogido entre todos los profetas para mostrar a las gentes el Cordero que quita el pecado del mundo. Él bautizó en el Jordán al autor del Bautismo, y el agua viva tiene, desde entonces, poder de salvación para los hombres. Y él dio, por fin, su sangre como supremo testimonio por el nombre de Cristo».

Vamos a considerar en nuestra oración el relato de ese «supremo testimonio» según el Evangelio de san Marcos (6,14-29): Como la fama de Jesús se había extendido, el rey Herodes oyó hablar de él. Este Herodes es Antipas, hijo de Herodes el Grande, que reinaba cuando nació Jesucristo. En realidad Antipas no era propiamente rey, sino tetrarca (un gobernador con mucho poder). Era amigo del César y en un viaje a Roma había conquistado a la mujer de su hermano Filipo. Cuenta Flavio Josefo, historiador contemporáneo suyo, que ella se trasladó con Antipas acompañada de su hija Salomé.

Muchos años después, el gobernador escuchó los rumores sobre un nuevo profeta en Tierra Santa. Unos decían: «Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos y por eso las fuerzas milagrosas actúan en él». Las gentes se daban cuenta de que estaban frente a un predicador diferente, y rememoraban los enviados más grandes de sus tradiciones religiosas, hasta llegaron a pensar que era el precursor del Mesías o que continuaba la misión de los profetas tradicionales. Otros decían: «Es Elías». Otros: «Es un profeta como los antiguos».

Tu testimonio de vida, Señor, movía los corazones de tus contemporáneos a plantearse las grandes cuestiones, las enseñanzas de las autoridades religiosas fundamentales. Ayúdanos a imitarte en esa claridad y coherencia de tus enseñanzas, que refrendemos con nuestra vida, con nuestra lucha personal, lo que enseñamos de palabra. Que se pueda decir de nosotros, como de ti, que coepit facere et docere, Jesús hizo y enseñó (Hch 1,1): «tú y yo hemos de dar el testimonio del ejemplo, porque no podemos llevar una doble vida: no podemos enseñar lo que no practicamos. En otras palabras, hemos de enseñar lo que, por lo menos, luchamos por practicar» (F, n.694). Ese puede ser el primer propósito de este rato de oración, seguir la enseñanza de Juan Bautista, su invitación a convertirnos, y —como él, como Jesús— a ser coherentes con la fe que enseñamos.

Volviendo a la escena del Evangelio, vemos que el principal conmocionado con la predicación de Jesús, porque le traía remembranzas del testimonio de Juan, era el propio gobernador Antipas: Herodes, al oírlo, decía: «Es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado».  A este hombre no le impresionan las enseñanzas doctrinales de Jesús, sino que siente remorderle la conciencia por la maldad que había cometido con su adulterio y con el posterior degüello de aquel hombre de Dios que le mostraba el camino que debía recorrer, con claridad y caridad, hasta el punto de merecerle respeto e incluso simpatía: Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo defendía. Al escucharlo quedaba muy perplejo, aunque lo oía con gusto.

La celebración del martirio de san Juan Bautista muestra la importancia que tiene para la Iglesia su misión de Precursor del Mesías. Y su papel de modelo para nosotros, que también hemos de estar dispuestos a proclamar y defender la doctrina y el mensaje salvador de Jesucristo, aunque conlleve muchos sacrificios, hasta el de dar la vida si fuera el caso. Le pedimos al Señor, con la oración colecta de la Misa: «concédenos, por tu intercesión, que, así como él murió mártir de la verdad y la justicia, luchemos nosotros valerosamente por la confesión de nuestra fe».

En realidad, es muy probable que a nosotros no nos toque morir de modo violento y mucho menos decapitados –aunque la maldad del demonio y de personas usadas por él como instrumentos lo haya ocasionado en tantas ocasiones, también ahora en varios sitios del mundo-, pero a lo que más seguramente estamos abocados es al llamado “martirio cotidiano”: a la burla por nuestro modo de vivir, a las críticas por defender la ley natural, la familia, la dignidad del ser humano desde su concepción hasta la muerte natural, etc.

Aunque el modo en que lo hagamos no sea fanático, ni fundamentalista, sino con una sonrisa, “sin levantar la voz”, descubriendo la parte de verdad que hay en la argumentación del que se nos opone, haciéndole ver que también nosotros defendemos esa idea pero mostrando —sin humillar— que lo hacemos desde un punto de vista más antropológico, más completo. Aunque nuestro razonamiento sea positivo, sonriente, amable, no estaremos exentos de ese tipo de martirio pequeño, que incluye no solo la burla sino también el rechazo, la persecución laboral, el detrimento económico o el señalamiento social.

Debemos hacer nuestra hoy la misión de Juan Bautista: ser precursores del Señor ante las personas que tenemos al lado, en el trabajo, en la oficina, en la universidad, en los medios de debate y comunicación. Pero condición indispensable para la eficacia es la propia santidad, como vemos en el caso del primo de Jesús. 

Como enseña san Beda el Venerable, «este hombre tan eximio terminó, pues, su vida derramando su sangre, después de un largo y penoso cautiverio. Él que había evangelizado la libertad de una paz que viene de arriba, fue encarcelado por unos hombres malvados; fue encerrado en la oscuridad de un calabozo aquel que vino a dar testimonio de la luz y a quien Cristo, la luz en persona, dio el título de “lámpara que arde y brilla”; fue bautizado en su propia sangre aquel a quien fue dado bautizar al Redentor del mundo, oír la voz del Padre que resonaba sobre Cristo y ver la gracia del Espíritu Santo que descendía sobre él. Mas, a él, todos aquellos tormentos temporales no le resultaban penosos, sino más bien leves y agradables, ya que los sufría por causa de la verdad y sabía que habían de merecerle un premio y un gozo sin fin».

El papa Francisco, explicando este Evangelio, presentaba tres manifestaciones de esa santidad: en primer lugar, el anuncio de la cercanía del reino de Dios. La segunda característica es que no se adueñó de su autoridad moral, no robó la dignidad, sino que siempre invitó a la conversión personal. La tercera expresión de su santidad «fue imitar a Cristo, imitar a Jesús. En tal medida que, en aquellos tiempos, los fariseos y los doctores creían que él era el Mesías. Incluso Herodes, que lo había asesinado, creía que Jesús era Juan» (Homilía, 7-II-2014).


Acudamos a la Virgen santísima, pariente de san Juan Bautista, para que nos ayude a preparar los caminos de nuestra alma para el Señor. A escuchar la llamada a la conversión que nos hace, a disminuir para que Cristo crezca. De esa manera, estaremos dispuestos a dar testimonio de su Hijo en la vida ordinaria y a soportar con amor las contradicciones que conlleve el apostolado. Hasta la muerte, si fuera el caso.

jueves, abril 03, 2014

Curación del paralítico de Betzata


Después de la curación del hijo del funcionario real, el capítulo quinto del evangelio de san Juan continúa con otro milagro: el autor sagrado demuestra con hechos la realidad de las afirmaciones que más adelante formulará Jesús, cuando manifieste su divinidad.

Después de esto se celebraba una fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. De acuerdo con su costumbre, el autor del cuarto evangelio ubica temporalmente el suceso de acuerdo con las fiestas judías. Para Benedicto XVI es muy probable que se trate de Pentecostés, aunque algunos digan que podría ser la Pascua. Luego viene la  ubicación espacial: Hay en Jerusalén, junto a la puerta de las ovejas, una piscina, llamada en hebreo Betzata, que tiene cinco pórticos, bajo los que yacía una muchedumbre de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos. En el siglo XIX se encontraron los vestigios de esta piscina, al nororiente de la ciudad, junto a la puerta llamada también probática, porque era el sitio por donde entraban los animales ―entre ellos las ovejas (próbata, en griego)― que se sacrificarían en el Templo.

Los alrededores de la piscina estaban ocupados por muchos pordioseros, que esperaban la curación en aquellas aguas que tenían fama de milagrosas. Jesús entra por esa puerta a Jerusalén ―quizás para no llamar la atención, pero también para estar cerca de las personas que sufrían― y de inmediato su afán de almas le lleva a obrar el bien: Estaba allí un hombre que padecía una enfermedad desde hacía treinta y ocho años. Jesús, al verlo tendido y sabiendo que llevaba ya mucho tiempo, le dijo: —¿Quieres curarte? Desde luego, es una pregunta retórica para facilitar el diálogo con aquella alma a la cual llegará la salvación esa mañana. La respuesta nos servirá para hacer nuestro diálogo con el Señor. El enfermo le contestó: —Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se mueve el agua; mientras voy, baja otro antes que yo.

No tengo a nadie, hominem non habeo. Estas son unas palabras que nos deben golpear con frecuencia en nuestro diálogo con el Señor. Pensemos cuántos paralíticos tenemos a nuestro alrededor, esperando la ocasión propicia para acercarse a Dios, y cuántos de ellos no encuentran quién les señale el camino, alguien que les dé ejemplo, que los acompañe en el proceso de aproximación a esa fuente de aguas vivas que es el corazón de Jesús: «Piensan con frecuencia los hombres que nada les impide prescindir de Dios. Se engañan. Aunque no lo sepan, yacen como el paralítico de la piscina probática: incapaces de moverse hacia las aguas que salvan, hacia la doctrina que pone alegría en el alma. La culpa es, tantas veces, de los cristianos; esas personas podrían repetir hominem non habeo, no tengo ni siquiera uno que me ayude» (San Josemaría, “Lealtad a la Iglesia”).

Comprometámonos con el Señor en este momento. Sin creernos mejores que nadie, pensemos que tenemos un tesoro para compartir con los demás, que es la amistad con Jesucristo, la doctrina clara sobre su misericordia para todos: «Todo cristiano debe ser apóstol, porque Dios, que no necesita a nadie, sin embargo nos necesita. Cuenta con nosotros para que nos dediquemos a propagar su doctrina salvadora» (Ibidem). Miremos en este momento a cuál amigo en concreto podríamos acercarnos, como hizo Jesús con el paralítico, y llevarle a la salud espiritual que proviene de Dios.

El Maestro, aun sabiendo las consecuencias en su contra que conllevaría su acción, se presenta como ese hombre que el pobre paralítico había esperado durante toda su vida, y le indica: —Levántate, toma tu camilla y ponte a andar. El efecto es inmediato: Al instante aquel hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar. Aquel hombre, después de una vida entera postrado, obedece con prontitud. Después de un instante de desconcierto, empieza a sentir la  fuerza en sus miembros y se levanta con decisión. Contemplar su respuesta pronta nos puede servir para que comparemos nuestra débil contestación, muchas veces retrasada con excusas injustificadas. Quizás padecemos otro tipo de parálisis, la espiritual, que podemos considerar a la luz de las acciones del pordiosero que estamos contemplando.

También es san Josemaría quien hace esa exégesis novedosa, en un texto escrito originalmente como Instrucción para sus hijos espirituales y que al final quedó recogido y ampliado en el n.168 de Forja: «Hay una sola enfermedad mortal, un solo error funesto: conformarse con la derrota, no saber luchar con espíritu de hijos de Dios. Si falta ese esfuerzo personal, el alma se paraliza y yace sola, incapaz de dar frutos... ―Con esa cobardía, obliga la criatura al Señor a pronunciar las palabras que El oyó del paralítico, en la piscina probática: «hominem non habeo!»¡no tengo hombre! ―¡Qué vergüenza si Jesús no encontrara en ti el hombre, la mujer, que espera!» (cf. Instrucción, 1-IV-1934, nn. 96s, citada en Rodríguez P., Edición crítica de Camino, n. 761).

Señor: no queremos fallarte con nuestra cobardía, con nuestra dejadez, con la falta de lucha que paraliza el alma. Ayúdanos, como al paralítico de Betzata, para que nos levantemos con presteza, con el espíritu de hijos tuyos. Que te busquemos con nuestro esfuerzo en esos puntos concretos que nos han señalado en la dirección espiritual o en la confesión, ¡que puedas contar con nosotros, a pesar de que seamos tan poca cosa!

El relato continúa con la discusión sobre el sábado y la naturaleza de Jesús: Aquel día era sábado. Entonces le dijeron los judíos al que había sido curado: —Es sábado y no te es lícito llevar la camilla. Él les respondió, con palabras que recuerdan a las del ciego de nacimiento: —El que me ha curado es el que me dijo: «Toma tu camilla y anda». Un hombre que tiene el poder de curar una enfermedad de casi cuarenta años de duración es un profeta y tiene todo el derecho de indicar cómo se vive mejor la restricción laboral del sábado.

Pero también como en el caso del ciego, las autoridades preguntan: —¿Quién es el hombre que te dijo: «Toma tu camilla y anda»? Quizás sospechan que ha regresado a la Ciudad Santa aquel profetilla del norte con ínfulas mesiánicas. El hombre que había sido curado no sabía quién era, pues Jesús se había apartado de la muchedumbre allí congregada. Poco después, Jesús se le hace el encontradizo y le da un último consejo, más importante que la misma curación. Después de esto lo encontró Jesús en el Templo y le dijo: —Mira, estás curado; no peques más para que no te ocurra algo peor.

No peques más. El Señor nos hace ver que la limitación física es un mal relativo, pues no separa de Dios, sino que, al contrario, puede unir bastante a la Cruz que el mismo Dios quiso cargar por nosotros. Jesucristo nos enseña con este pasaje que el verdadero mal no es el dolor o la enfermedad, sino la ofensa a Dios. El pecado es la auténtica parálisis espiritual. Como enseña el Catecismo, «El pecado mortal destruye la caridad en el corazón del hombre por una infracción grave de la ley de Dios; aparta al hombre de Dios, que es su fin último y su bienaventuranza, prefiriendo un bien inferior. El pecado venial deja subsistir la caridad, aunque la ofende y la hiere» (n.1855).

Como al paralítico de Jerusalén, el Señor nos saca de esa postración del pecado por medio del sacramento de la alegría, que es la Reconciliación. Así lo explica Ocáriz, al recomendar la práctica de la confesión frecuente. Dice que es necesario «mostrar la grandeza del amor de Dios, que nos espera siempre con los brazos abiertos, que nos sale al encuentro, para levantarnos, purificarnos, fortalecernos, dándonos además la seguridad de su perdón mediante las palabras del confesor. San Josemaría llamaba en ocasiones al sacramento de la Penitencia, “sacramento de la alegría”; la alegría que surge del corazón de quien se sabe liberado del mal y personalmente amado por Dios» (Dios, Iglesia y mundo).

Se marchó aquel hombre y les dijo a los judíos que era Jesús el que le había curado. Da testimonio de la verdad, sin saber que aquellas palabras acarreaban dificultades para el Señor. El cuarto evangelista concluye el pasaje mostrando la respuesta de esas autoridades a una revelación tan palmaria de su divinidad: Por esto los judíos con más ahínco intentaban matarle, porque no sólo quebrantaba el sábado, sino que también llamaba a Dios Padre suyo, haciéndose igual a Dios.

Acudamos a la Virgen Santísima, que contemplaría con dolor cómo rechazaban aquellos hombres el amor que su Hijo había traído al mundo, su cobardía, su pecado, su parálisis espiritual. Y pidámosle que la nuestra sea una respuesta como la del paralítico: inmediata, decidida. Que rechacemos el pecado como el único verdadero mal, y que acerquemos a nuestros amigos a la Confesión, sacramento de la alegría. De esta manera, Jesús encontrará en nosotros «el hombre, la mujer, que espera». 

sábado, agosto 17, 2013

Fuego he venido a traer a la tierra

Hace poco me contaba un amigo la decepción que había experimentado al retorno de un largo viaje lejos de su país: en muchos meses, después de su regreso, no había podido encontrarse con sus colegas de universidad, ni con los compañeros de infancia, ¡ni siquiera con varios parientes cercanos, coetáneos! Con razón, no los culpaba: el tráfago de la existencia cotidiana impide a muchas personas cultivar amistades con las que se vivió momentos gratos, manifestar el agradecimiento, o simplemente expresar el cariño. Así, mucha gente se mueve en un pequeño círculo, y terminamos en una enfermedad que la filosofía contemporánea ha denominado el «atomismo social», que es una de las causas del «enfriamiento global» de las relaciones interpersonales.
Veíamos, en la misma conversación, cómo el cristiano está vacunado contra esa patología, pues por naturaleza debe estar pendiente de los demás, trata de compartir con las personas que quiere lo mejor que posee: el amor de Jesucristo. De hecho, ayer mismo me tocó experimentarlo. Le había dado cita a un joven con el que converso periódicamente. Para mi sorpresa, no llegó solo, sino acompañado de su mejor amigo. A éste le ofrecí mis servicios sacerdotales, que aceptó después de un breve momento de duda ―el suficiente para darse cuenta de que era totalmente libre de decirme que no―. En la conversación que tuvimos, me contó que su compañero le había contado la historia de su acercamiento a la dirección espiritual frecuente, y le había recomendado hacerlo. Manifestaba su agradecimiento por esa reunión, totalmente convencido de que, una vez más, su amigo le había hecho bien, se había preocupado por compartir con él lo mejor que tenía.
En el Evangelio de san Lucas (12,49-53), Jesucristo exclama con fuerza: Fuego he venido a traer a la tierra, y ¿qué quiero sino que ya arda? En esta pequeña oración se descubre uno de los puntos que los exegetas más aprecian: la psicología de Cristo. Se nos manifiesta su afán primario, su ambición, su deseo: que la tierra arda. ¿De qué tipo de incendio se trata? San Cirilo de Alejandría lo resume diciendo que la Escritura habla de dos dimensiones de esa hoguera: por una parte, del fuego de la Palabra de Dios. Es lo que vemos representado en la primera lectura (Jr 38), en la que la palabra del profeta genera todo tipo de respuestas, también contrarias, por lo cual resume su misión diciendo: Me engendraste hombre de pleitos para todo el país. La otra interpretación del fuego que Jesús vino a traer a la tierra, según el mismo Cirilo, es la eficacia y el poder del Espíritu Santo; el Amor divino personalizado en el Paráclito.
De ese modo enlazamos con la segunda afirmación del Señor en este pasaje evangélico: Tengo que ser bautizado con un bautismo, y ¡qué ansias tengo hasta que se lleve a cabo! Recordemos que Jesús ya había recibido el bautismo de su primo San Juan,  quien había profetizado que el Mesías bautizaría en fuego y Espíritu Santo. Aquí   Jesús habla del bautismo de la Cruz, que es el camino que debió recorrer para enviarnos el fuego de la tercera Persona de la Santísima Trinidad.
Es decir, el fuego que Tú, Señor, viniste a traer a la tierra es una hoguera de amor, de sacrificio por nosotros. Y tus deseos, tus ansias, eran los de abrazarte a la Cruz para contagiarnos ese don. Enséñanos, Señor, a vivir como Tú, dispuestos a cualquier sacrificio para transmitir esas divinas ambiciones de servir a todas las almas. Que nuestra entrega total nos permita padecer lo que haga falta incomprensiones, contrariedades, persecución, a ejemplo de los profetas del Antiguo Testamento ―como Jeremías, al que contemplamos perseguido por los príncipes― o como san Pablo, que estuvo dispuesto a sufrirlo todo de todos para ganarlos a todos.
Es lo que predicaba el papa Francisco al día siguiente de su elección, en la Misa que celebró con los cardenales en la capilla Sixtina: Cuando caminamos sin la cruz, cuando edificamos sin la cruz, no somos discípulos del Señor: somos mundanos, somos obispos, sacerdotes, cardenales, Papas, pero no discípulos del Señor. Me gustaría que todos, luego de estos días de gracia, tengamos la valentía, precisamente la valentía, de caminar en presencia del Señor, con la cruz del Señor; de edificar la Iglesia sobre la sangre del Señor, que se derrama en la cruz; y de confesar la única gloria: Cristo crucificado. Así la Iglesia avanzará (Homilía, 14-III-2013).
Esta actitud de amor a la Cruz es la que hace decir a Jesús que ha venido a traer división: ¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, os digo, sino división. Pues desde ahora, habrá cinco en una casa divididos: tres contra dos y dos contra tres, se dividirán el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra. El mensaje del Evangelio no es diplomático. No caben medias tintas: No se puede servir a dos señores. El cristiano sabe que le espera la misma suerte de Jesús. Que ante él, como ante Jeremías o ante los apóstoles, las personas se ponen a favor o en contra, no es posible contentarlos a todos. Y  si estas contradicciones  vinieran del ámbito familiar, hemos de estar dispuestos a responder como el joven Jesús― que primero están las cosas  de nuestro Padre Dios. 
He venido a  traer división. Esa lucha comienza por uno mismo: cada día hemos de esforzarnos para blandir la espada del Amor de Dios contra las tentaciones, optar por Él en lugar de nuestro egoísmo. Hay una experiencia mística de san Josemaría que nos puede ayudar a entender ese fuego bautismal que divide. Aparece en el n.801 del libro Camino: Aún resuena en el mundo aquel grito divino: Fuego he venido a traer a la tierra, ¿y qué quiero sino que se encienda? —Y ya ves: casi todo está apagado... ¿No te animas a propagar el incendio?
Dejemos que sea el autor de la Edición crítica el que explique todo lo que hay detrás de esas palabras: «El texto bíblico que da origen a este punto es otra de las palabras que el Señor pronunció en el corazón del Beato Josemaría. Espigando en sus Apuntes íntimos aparece de un modo o de otro por todas partes. Puede considerarse emblemática esta nota de sus Ejercicios Espirituales de 1934. Está dirigiéndose a la Virgen María y, sin solución de continuidad, pasa a hablar con Jesús: Que limpiemos bien el alma del borrico de Jesús. Ut iumentum!... ¡Oh!, quiero servirle de trono para un triunfo mayor que el de Jerusalem..., porque no tendrá Judas, ni huerto de los Olivos, ni noche cerrada...».
Nosotros, que queremos propagar el incendio del amor de Dios, no podemos quedarnos en palabras bonitas. En primer lugar, hay que «limpiar bien el alma», por el camino de la humildad, de la sinceridad en la dirección espiritual y en la confesión, de la lucha renovada para servir al Señor sin más traiciones. Esta transformación interior es la condición previa para que el fuego queme a otras almas: ¡Haremos que arda el mundo, en las llamas del fuego que viniste a traer a la tierra!... Y la luz de tu verdad, Jesús nuestro, iluminará las inteligencias, en un día sin fin. Yo te oigo clamar, Rey mío, con voz viva, que aún vibra: ignem veni mittere in terram, et quid volo nisi ut accendatur? Y contesto todo yo con mis sentidos y mis potencias: ecce ego: quia vocasti me! (cf. Forja, n.52, Surco, n.947).
Pidamos a la Santísima Virgen que también a nosotros nos contagie esos deseos de propagar el incendio que Cristo ha venido a traer a la tierra: el Espíritu Santo en los corazones. Podemos comprometernos, como pedía el papa Francisco en la JMJ de Brasil: Quiero lío en las diócesis, quiero que se salga afuera… Quiero que la Iglesia salga a la calle, quiero que nos defendamos de todo lo que sea mundanidad, de lo que sea instalación, de lo que sea comodidad, de lo que sea clericalismo, de lo que sea estar encerrados en nosotros mismos. Las parroquias, los colegios, las instituciones son para salir; si no salen se convierten en una ONG, y la Iglesia no puede ser una ONG. Que me perdonen los Obispos y los curas, si algunos después le arman lío a ustedes, pero... Es el consejo. Y gracias por lo que puedan hacer (Discurso, 25-VII-2013).
La intercesión de la Virgen santísima nos servirá para que se cumplan en nuestras vidas y en las personas que tratamos la petición que hacía san Josemaría al Señor: ¡Oh, Jesús, acelera el momento! Fortalece nuestras almas, envía vocaciones, allana el camino y, sobre todo, embriáganos de Amor, que nos haga antorchas vivas que enciendan la tierra, con el divino fuego que Tú trajiste (Cf. Forja, n.31).

viernes, junio 07, 2013

La resurrección del hijo de la viuda de Naín

San Lucas es el evangelista de la misericordia divina. Suyos son, en exclusiva, los relatos del hijo pródigo, del fariseo y el publicano y la escena que contemplaremos en nuestra oración de hoy. 
Estamos comenzando el capítulo séptimo del tercer evangelio. En el capítulo anterior, el evangelista ha transmitido la predicación del Discurso del Llano, cuya virtud clave es precisamente la misericordia. El Señor, como una muestra de que ejercita lo que predica, ha llamado antes a los doce: ha pasado «misericordiando y eligiendo», como dice el lema episcopal del papa Francisco. Una vez establecido el colegio de los apóstoles, Jesús hace una correría apostólica con ellos: esta misión incluye la predicación, como se ha visto en el discurso del Llano anterior y en el posterior sermón de las parábolas, pero también los milagros. Lucas transmite los milagros comunes a los sinópticos más uno exclusivo suyo: marchó a una ciudad llamada Naín, e iban con él sus discípulos y una gran muchedumbre. Al acercarse a la puerta de la ciudad, resultó que llevaban a enterrar un difunto, hijo único de su madre, que era viuda. Y la acompañaba una gran muchedumbre de la ciudad.
En nuestra oración queremos acompañarte, Señor, como aquellos discípulos o al menos ―como la multitud― «ir contigo». Queremos observar tu actitud cuando, de camino para Naín ―cerca al monte Tabor en el que te transfigurarías― nos encontramos una procesión que interrumpe nuestro camino. Alguno se molestaría, por la contradicción. Otro haría un comentario chismoso, superficial, sobre el gentío que acompaña a la señora, una viuda que acaba de perder a su hijo.
Jesús reacciona de modo diverso: El Señor la vio y se compadeció de ella. Esta es la riqueza del evangelio, que nos ayuda a conocer los sentimientos del Señor, para que aprendamos a imitarlo. Jesús predica la misericordia porque la ha ejercitado antes y la sigue aplicando: «Jesús ve la congoja de aquellas personas, con las que se cruzaba ocasionalmente. Podía haber pasado de largo, o esperar una llamada, una petición. Pero ni se va ni espera. Toma la iniciativa, movido por la aflicción de una mujer viuda, que había perdido lo único que le quedaba, su hijo»  (San Josemaría, Es Cristo que pasa, n.166).
Como el buen samaritano, tiene ojos dilatados por el amor para «ver» el sufrimiento ajeno y para compadecerse, para padecer-con la persona que sufre: «El evangelista explica que Jesús se compadeció: quizá se conmovería también exteriormente, como en la muerte de Lázaro. No era, no es Jesucristo insensible ante el padecimiento, que nace del amor, ni se goza en separar a los hijos de los padres: supera la muerte para dar la vida, para que estén cerca los se quieren, exigiendo antes y a la vez la preeminencia del Amor divino que ha de informar la auténtica existencia cristiana» (Íbidem).
Por eso no evita el cortejo. Antes bien, se dirige directamente a la viuda y le dijo: No llores. «Cristo conoce que le rodea una multitud, que permanecerá pasmada ante el milagro e irá pregonando el suceso por toda la comarca. Pero el Señor no actúa artificialmente, para realizar un gesto: se siente sencillamente afectado por el sufrimiento de aquella mujer, y no puede dejar de consolarla. En efecto, se acercó a ella y le dijo: no llores. Que es como darle a entender: no quiero verte en lágrimas, porque yo he venido a traer a la tierra el gozo y la paz. Luego tiene lugar el milagro, manifestación del poder de Cristo Dios. Pero antes fue la conmoción de su alma, manifestación evidente de la ternura del Corazón de Cristo Hombre» (Íbidem).
Si pensamos en esta escena a la luz de narraciones similares del Antiguo Testamento (como la resurrección del hijo de la viuda de Sarepta que logra la oración de Elías en 1R 17, 17-24), se entiende que Jesús, el verdadero profeta, está anunciando un inminente evento sobrenatural: Se acercó y tocó el féretro. Los que lo llevaban se detuvieron. Una vez más aparecen personajes dóciles, que confían en las palabras de este Maestro, como los sirvientes de las bodas de Caná. Si estos hombres que portaban el ataúd hubieran seguido derecho, no estaríamos considerando el tema de esta meditación.
Y dijo: Muchacho, a ti te digo, levántate. Son unas palabras directas, como las que dirigió a la hija de Jairo o al mismo Lázaro, que ya estaba en el sepulcro. Palabras que es bueno que sintamos también dirigidas a nosotros, muertos a la santidad por causa de nuestros pecados, de nuestra comodidad, egoísmo, sensualidad, de nuestra soberbia. Y es que la misericordia del Señor se dirige a aquella mujer, al muchacho resucitado –que es quien recibe directamente la acción salvífica de Cristo- y también para aquellas muchedumbres –la que lo seguía, la que acompañaba el cortejo fúnebre y las que acudiríamos a la escena  a lo largo de los siglos-, para que supiéramos que también a nosotros se dirigirían esas palabras cuando estuviéramos postrados por nuestras miserias: Muchacho, a ti te digo, levántate: «La vida interior se compone de muchos sucesos como los de Naín. Resucitar, ¿qué es sino comenzar y volver a recomenzar? En la vida interior estamos resucitando a cada momento, con actos de contrición, de dolor y de reparación» (San Josemaría, apuntes de la predicación, 23-IX-1962).
En la historia de Elías el relato concluye diciendo que Yahveh escuchó la voz de Elías, y el alma del niño volvió a él y revivió. Tomó Elías al niño, lo bajó de la habitación de arriba de la casa y se lo dio a su madre. Dijo Elías: «Mira, tu hijo vive». En el relato de Lucas el resumen es más sencillo: Y el que estaba muerto se incorporó y comenzó a hablar. Vuelve a la vida y lo manifiesta hablando. Algunos Padres de la Iglesia hablan de la importancia de la sinceridad para salir de la muerte del pecado.
Y se lo entregó a su madre. Decíamos que este era el motivo principal del milagro: la compasión de Jesús por aquella mujer. Ahora le entrega su única esperanza, la ilusión de su vida, además de la garantía para su futuro. Jesús nos ve sufriendo y se adelanta incluso a nuestras peticiones. Nos busca, arregla las dificultades «antes, más y mejor», aunque a veces nos parezca que llega tarde. En realidad, siempre llega en el mejor momento. Quiere que nos unamos a su Voluntad, que carguemos con su Cruz, que sintamos la solidaridad de nuestros hermanos. Y en el instante justo, experimentamos la alegría de aquella mujer: Y se lo entregó a su madre. Siempre podremos cantar, con el salmo 29, has cambiado mi luto en danza, me has quitado el sayal y me has ceñido de alegría.
También podemos aprender de ese Corazón de Jesús misericordioso, solidario, fraternal: «Si no aprendemos de Jesús, no amaremos nunca. (…) hemos de pedir al Señor que nos conceda un corazón bueno, capaz de compadecerse de las penas de las criaturas, capaz de comprender que, para remediar los tormentos que acompañan y no pocas veces angustian las almas en este mundo, el verdadero bálsamo es el amor, la caridad: todos los demás consuelos apenas sirven para distraer un momento, y dejar más tarde amargura y desesperación. Si queremos ayudar a los demás, hemos de amarles, insisto, con un amor que sea comprensión y entrega, afecto y voluntaria humildad» (San Josemaría, Es Cristo que pasa, n.167).
La muchedumbre que la acompañaba en su dolor ahora comparte la alegría de la resurrección. Por eso san Lucas concluye el relato diciendo que «se llenaron todos de temor y glorificaban a Dios diciendo: “Un gran profeta ha surgido entre nosotros”, y “Dios ha visitado a su pueblo”». Como dice San Agustín: «El joven resucitó y la madre viuda se llenó de alegría. Todos los días hay hombres que resucitan espiritualmente: y su madre, la Iglesia Santa, se alegra. La muerte, en aquel joven, había arrebatado el cuerpo; en éstos, el alma. La muerte en aquél era visible a los ojos de quienes le rodeaban; la muerte de éstos, en cambio, huye de las miradas de los que no tratan de verla. Cristo, que conoce a los muertos, le buscó. Sólo El, que conocía a los muertos, podía restituirlos a la vida. Porque si no hubiese venido para resucitar a los muertos, no habría podido decir el Apóstol: despierta, tú que duermes; álzate de entre los muertos y Cristo te iluminará (Ef 5,14)» (Sermón 44,2).
La Virgen Santísima, nuestra Madre, llora la muerte de sus hijos por el pecado. E intercede ante su Unigénito para que, tanto nosotros como nuestros amigos, regresemos siempre a la vida de la gracia y de la comunión con Cristo.

domingo, febrero 10, 2013

Mar adentro


Celebramos hoy el quinto domingo del tiempo ordinario. Seguimos considerando los inicios del Evangelio de San Lucas. Al comienzo, narra los inicios del apostolado del Señor en Galilea: el anuncio del cumplimiento de las Escrituras en la sinagoga, la predicación –el Discurso del Llano y las Parábolas del Reino- que confirma con milagros. Desde muy temprano en su narración, Lucas presenta la elección de los discípulos, como veremos hoy (5,1-11).

Estaba Jesús junto al lago de Genesaret y la multitud se agolpaba a su alrededor para oír la palabra de Dios. «Vamos a acompañar a Cristo en esta pesca divina. Jesús está junto al lago de Genesaret y las gentes se agolpan a su alrededor, ansiosas de escuchar la palabra de Dios. ¡Como hoy! ¿No lo veis? Están deseando oír el mensaje de Dios, aunque externamente lo disimulen. Quizá algunos han olvidado la doctrina de Cristo; otros -sin culpa de su parte- no la aprendieron nunca, y piensan en la religión como en algo extraño. Pero, convenceos de una realidad siempre actual: llega siempre un momento en el que el alma no puede más, no le bastan las explicaciones habituales, no le satisfacen las mentiras de los falsos profetas. Y, aunque no lo admitan entonces, esas personas sienten hambre de saciar su inquietud con la enseñanza del Señor» (San Josemaría, Amigos de Dios, n. 260).

Y vio dos barcas que estaban a la orilla del lago; los pescadores habían bajado de ellas y estaban lavando las redes. Estaban cansados, en la última faena antes de retirarse a gozar de un merecido descanso, más necesario si ―como era el caso― todos los esfuerzos habían resultado infructuosos. Aquellos hombres ven cómo se dirige a ellos un predicador itinerante y hace una operación inesperada: Entonces, subiendo a una de las barcas, que era de Simón, le rogó que la apartase un poco de tierra. Y, sentado, enseñaba a la multitud desde la barca.

¡Cómo te metes en nuestra vida, Señor! Casi sin dar tiempo a que Pedro reaccione ―conocemos su impetuosidad por otros pasajes― y te adueñas de su barca. Será la primera petición de muchas otras que llegarán hasta dar la vida en Roma. Todo comenzó con una subida a la barca, más la petición de apartarla un poco de tierra. Mientras el Señor hablaba, quizás el Espíritu Santo le hacía sonar en sus oídos las profecías del Antiguo Testamento: Y serán enseñados por Dios.

Cuando terminó de hablar, le dijo a Simón: —Guía mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca. «Es Cristo el amo de la barca; es Él quien prepara la faena: para eso ha venido al mundo, para ocuparse de que sus hermanos encuentren el camino de la gloria y del amor al Padre. El apostolado cristiano no lo hemos inventado nosotros. Los hombres, si acaso, lo obstaculizamos: con nuestra torpeza, con nuestra falta de fe» (Ibidem).

¡Mar adentro!, Duc in altum! Estas palabras del Señor fueron la consigna que escogió el Beato Juan Pablo II para la Iglesia del siglo XXI y pueden aplicarse especialmente a nosotros durante este Año de la Fe: «Al comienzo del nuevo milenio, mientras (...) se abre para la Iglesia una nueva etapa de su camino, resuenan en nuestro corazón las palabras con las que un día Jesús, después de haber hablado a la muchedumbre desde la barca de Simón, invitó al Apóstol a "remar mar adentro" para pescar: Duc in altum (Lc 5, 4)» (Beato Juan Pablo II, Novo millennio ineunte).

Simón quiere obedecer, pero antes plantea las dificultades objetivas: —Maestro, hemos estado bregando durante toda la noche y no hemos pescado nada. Ellos eran pescadores, conocían muy bien las peculiaridades de la faena mucho más que el artesano de Nazaret. «La contestación parece razonable. Pescaban, ordinariamente, en esas horas; y, precisamente en aquella ocasión, la noche había sido infructuosa. ¿Cómo pescar de día? Pero Pedro tiene fe: Pero sobre tu palabra echaré las redes. Decide proceder como Cristo le ha sugerido; se compromete a trabajar fiado en la Palabra del Señor. ¿Qué sucede entonces?» (San Josemaría Escrivá, cit.)

Lo hicieron y recogieron gran cantidad de peces. Tantos, que las redes se rompían. Entonces hicieron señas a los compañeros que estaban en la otra barca, para que vinieran y les ayudasen. Vinieron, y llenaron las dos barcas, de modo que casi se hundían. Los apóstoles aprenden, desde el primer momento, que no pueden confiar en sus propias fuerzas, en su experiencia, en su sabiduría. Por ese camino, las redes quedarán vacías. En cambio, si tenemos fe en el Capitán de la barca, en el nombre de Cristo, los frutos desbordarán nuestros sueños.

Pedro es ejemplar en este pasaje. En primer lugar, por la fe que le lleva a guiar la barca mar adentro y pescar cantidades ingentes de peces. Después, para manifestar con humildad que era indigno de la llamada: Cuando lo vio Simón Pedro, se arrojó a los pies de Jesús, diciendo: —Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador. Pues el asombro se había apoderado de él y de cuantos estaban con él, por la gran cantidad de peces que habían pescado. Lo mismo sucedía a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. «Jesús, al salir a la mar con sus discípulos, no miraba sólo a esta pesca. Por eso, cuando Pedro se arroja a sus pies y confiesa con humildad: apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador, Nuestro Señor responde: no temas, de hoy en adelante serán hombres los que has de pescar. Y en esa nueva pesca, tampoco fallará toda la eficacia divina: instrumentos de grandes prodigios son los apóstoles, a pesar de sus personales miserias» (Ibidem).

Acudamos a la Virgen Santísima para que nos ayude a tener una fe como la de Pedro, que nos lleve a obedecer los planes maravillosos que el Señor puede plantearnos. Y una humildad como la de los discípulos, para reconocer que sin Él nada podemos. Y una docilidad que nos lleve a responder con la vida entera, como termina la escena: Y ellos, sacando las barcas a tierra, dejadas todas las cosas, le siguieron.

sábado, septiembre 22, 2012

Quien quiera ser el primero, que sea el servidor


En el capítulo noveno del Evangelio de San Marcos aparece el segundo anuncio de la pasión del Señor. El primero había sido después de la confesión de Pedro, en Cesarea de Filipo. Si la primera parte de ese Evangelio había sido la narración del ministerio de Jesús en Galilea, la segunda parte -en la que ahora estamos- se dedica al ministerio camino de Jerusalén, donde el Señor encontrará la muerte. 

Nos encontramos en la recta final del relato de Marcos, y Jesús se dedica de lleno a la última formación de los Apóstoles: Salieron de allí y atravesaron Galilea. Y no quería que nadie lo supiese, porque iba instruyendo a sus discípulos. En este contexto se dan los anuncios de la pasión, para que estén preparados cuando lleguen esos duros momentos: Y les decía: —El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán. 

Jesús anuncia que con su muerte se cumplirán las profecías del Antiguo Testamento, como la que presenta el comienzo del libro de la Sabiduría (2,12.17-20). Esta predicción aparece dentro de un contexto de invitación a la justicia y condena del modo de ser de los impíos. Probablemente a la vista del ambiente hedonista y epicúreo en que se movía, el autor sagrado explica que la impiedad es causa de muerte y que los impíos no toleran la presencia del justo, porque es para ellos un constante reproche. 

Es el motivo de que razonen así: «Acechemos al justo, que nos resulta incómodo: se opone a nuestras acciones, nos echa en cara nuestros pecados, nos reprende nuestra educación errada; veamos si sus palabras son verdaderas, comprobando el desenlace de su vida. Si es el justo hijo de Dios, lo auxiliará y lo librará del poder de sus enemigos; lo someteremos a la prueba de la afrenta y la tortura, para comprobar su moderación y apreciar su paciencia; lo condenaremos a muerte ignominiosa, pues dice que hay quien se ocupa de él».

Como el lector habrá sospechado, estas palabras se repetirían el Viernes Santo, al pie de la Cruz, cuando los sacerdotes, los ancianos y los escribas se burlaban de Jesús tentándolo: “Si es el justo hijo de Dios, lo auxiliará y lo librará del poder de sus enemigos”. Se trata de pedir pruebas extraordinarias. “Y esta petición –dice Benedicto XVI- se la dirigimos también nosotros a Dios, a Cristo y a su Iglesia a lo largo de la historia: si existes, Dios, tienes que mostrarte. Debes despejar las nubes que te ocultan y darnos la claridad que nos corresponde. Y, así, tienes que dar a tu Iglesia, si debe ser realmente la tuya, un grado de evidencia distinto del que en realidad posee”.

La Cruz del Señor es, como dice San Pablo, “escándalo para los judíos, necedad para los gentiles” (1 Co 1,23). También hoy la opinión de los poderosos se siente incómoda con las acciones de los cristianos y busca a como dé lugar someterlos a pruebas, a la afrenta y la tortura.

En el año 2005, con ocasión de un Sínodo sobre la Eucaristía, contaba el Arzobispo Muresan, presidente de la Conferencia episcopal de Rumania que, durante la tiranía soviética los comunistas querían expulsar de la sociedad y del corazón de la persona humana el cristianismo.  Para que los sacerdotes ya no pudiesen celebrar y hablar de Dios, fueron encarcelados por la única culpa de ser católicos. La misma suerte tuvieron los laicos que participaban de la Santas Misas celebradas clandestinamente. (...) ¡Cuántas humillaciones, cuántas jornadas en la famosa habitación negra, como castigo porque habían sido descubiertos en oración! Nadie lo sabrá jamás. Estos mártires modernos del siglo XX han ofrecido todo su sufrimiento al Señor por la dignidad y la libertad humanas”.

No podemos sorprendernos si nos toca sufrir por Jesucristo, si las convicciones profundas que profesamos conllevan humillaciones, persecuciones o injusticias. Ya anunció el Señor que no es el discípulo más que el Maestro. Al contrario, lo que debería llamarnos la atención es que no tuviéramos que sufrir por Jesús. Sería quizás señal de que no damos la cara suficientemente por Él. Podemos examinarnos cuántas veces hemos sufrido por el Señor; si se nota el esfuerzo por se coherentes con nuestra fe, si defendemos a la Iglesia y a las doctrinas de Cristo, o si en cambio somos cobardes y sonreímos condescendientes cuando la atacan.

El testimonio de los santos con respecto a la Cruz es elocuente. En días pasados rememoraba un apunte íntimo de San Josemaría: “Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz: 1931. —¡Cómo me hizo gozar la epístola de este día! En ella el Espíritu Santo, por S. Pablo, nos enseña el secreto de la inmortalidad y de la gloria [...]. Este es el camino seguro: por la humillación, hasta la Cruz: desde la Cruz, con Cristo, a la Gloria Inmortal del Padre”. El camino a la gloria y a la inmortalidad pasa necesariamente a través de la Cruz, de la humillación y de la muerte.

Pero no se trata de un camino de apabullamiento sin más. El Salmo 54 nos ofrece el motivo de esperanza en medio de la tribulación, de las dificultades. En esas circunstancias, el creyente puede acudir a su Padre, seguro de que no quedará defraudado: Dios es mi auxilio, el Señor sostiene mi vida.

Esa es la actitud de Jesús. Cuando veía toda la ignominia que le esperaba, probablemente anticiparía con frecuencia su oración del huerto de los Olivos (Lc 22,41): Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. Al mismo tiempo, también sabía cuál era el premio a su entrega, la recompensa por su muerte. Y les explicaba a sus apóstoles que la historia no terminaría con la muerte, sino que después de muerto resucitará a los tres días.

El Papa explica que es posible que el Libro de la Sabiduría conociera “la hipótesis teórica de Platón, que en su obra sobre el Estado intenta imaginarse cuál hubiera sido el destino del justo perfecto en este mundo, llegando a la conclusión de que habría sido crucificado. Tal vez el Libro de la Sabiduría ha tomado esta idea del filósofo, la ha introducido en el Antiguo Testamento y, ahora, esta idea apunta directamente a Jesús. Precisamente en el escarnio, el misterio de Jesucristo se demuestra verdadero. Él lo sabe: Dios mismo le salvará, pero de modo diferente al que esta gente se imagina aquí. La resurrección será el momento en el que Dios lo librará de la muerte y lo confirmará como el Hijo”.

La escena con la que continúa el relato evangélico de este domingo ofrece otra aplicación práctica del amor a la Cruz: Y llegaron a Cafarnaún. Estando ya en casa, les preguntó: —¿De qué hablabais por el camino? Pero ellos callaban, porque en el camino habían discutido entre sí sobre quién sería el mayor. Comienza, con este pasaje, otra sección del Evangelio, con enseñanzas de Jesucristo sobre cómo ha de ser la vida de la Iglesia. Pero no significa una ruptura con el texto anterior, como explica el hecho de que vaya unido en la Liturgia de la Palabra del XXV domingo del ciclo B.

No podemos pensar que la Cruz viene exclusivamente del exterior. En primer lugar están nuestras miserias, nuestra soberbia. Llama la atención que en un momento tan sublime, durante el segundo anuncio de la pasión, los discípulos no estén pensando en cómo apoyar a su Maestro, sino en quién de ellos era el mayor.

Por eso Jesucristo concreta un modo asequible de tomar la cruz de cada día: Entonces se sentó y, llamando a los doce, les dijo: —Si alguno quiere ser el primero, que se haga el último de todos y servidor de todos. Es muy difícil tener la humildad necesaria para considerarse, como Jesús, el último de todos y el servidor de todos: “El olvido de sí lleva a darse a los demás, a una habitual actitud de servicio” (Fernández F. Para llegar a puerto, p.266). De esa manera, el cristiano puede sobrellevar incluso las persecuciones exteriores. Así se explica el sentido que tiene el lema de la máxima autoridad humana en la Iglesia. Todos los Papas se firman con este apelativo: “Siervo de los siervos de Dios”.

Es la razón de la última actuación de Jesús, que recurre a un recurso dramático para dejar grabada la enseñanza en el alma de sus discípulos: Y acercó a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: —El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe; y quien me recibe, no me recibe a mí, sino al que me ha enviado.

El Señor se identifica con la inocencia y humildad de los niños -que en esa época no eran muy bien vistos- y espera que los cristianos reciban ese ejemplo de conducta. Sabernos niños delante de Dios, sus hijos, nos llenará de fortaleza para acometer la misión que el Señor nos ofrece. Y nos dará la perseverancia necesaria para cargar cada día con su Cruz, como cuenta San Josemaría: “Tenía por costumbre, no pocas veces, cuando era joven, no emplear ningún libro para la meditación. Recitaba, paladeando, una a una, las palabras del Pater Noster, y me detenía —saboreando— cuando consideraba que Dios era Pater, mi Padre, que me debía sentir hermano de Jesucristo y hermano de todos los hombres. No salía de mi asombro, contemplando que era ¡hijo de Dios! Después de cada reflexión me encontraba más firme en la fe, más seguro en la esperanza, más encendido en el amor. Y nacía en mi alma la necesidad, al ser hijo de Dios, de ser un hijo pequeño, un hijo menesteroso. De ahí salió en mi vida interior vivir mientras pude —mientras puedo— la vida de infancia, que he recomendado siempre a los míos, dejándolos en libertad” (Carta 8-XII-1949, n. 41).

Hijos pequeños de Dios, dispuestos a servir a toda hora a nuestros hermanos los hombres con la caridad permanente, con la doctrina clara, aunque conlleve afrentas y humillaciones. Hijos también de Santa María. Nuestra Madre nos alcanzará del Señor la fortaleza para perseverar, como Ella, al pie de la Cruz de su Hijo.

miércoles, agosto 17, 2011

Los invitados a las bodas

1. En la recta final de su Evangelio, Mateo presenta a Jesús en el Templo, discutiendo con las autoridades judías. El maestro responde con tres “parábolas de juicio”, la última de las cuales vamos a contemplar en este rato de oración:  

—El Reino de los Cielos es como un rey que celebró las bodas de su hijo y envió a sus siervos a llamar a los invitados a las bodas.  

 Una vez más Jesús compara el Reino con un banquete nupcial, en línea con la predicación de los profetas que anunciaban el matrimonio del Señor –el Hijo- con su pueblo.
Pero éstos no querían acudir. Así somos, Señor. Tú nos invitas a gozar de tu intimidad divina y nosotros nos quedamos dedicados a lo nuestro. Nos inquieta que tus llamadas nos quiten nuestra alegría. Como si te tuviéramos miedo…
El Señor, que generosamente ha dispuesto su gran mesa –como dice Lucas en el pasaje paralelo- insiste una vez más, como había hecho en el Antiguo Testamento. Nuevamente envió a otros siervos diciéndoles: «Decid a los invitados: mirad que tengo preparado ya mi banquete, se ha hecho la matanza de mis terneros y mis reses cebadas, y todo está a punto; venid a las bodas»

Nos insistes para que nos dejemos querer, para que vayamos a la fiesta del amor. Pero nosotros ponemos trabas, nos hacemos los difíciles, como si te hiciéramos un favor. Encontramos oficios más interesantes. Incluso, intentamos apagar la voz de tu llamado recurriendo a la violencia: Pero ellos, sin hacer caso, se marcharon: quien a su campo, quien a su negocio. Los demás echaron mano a los siervos, los maltrataron y los mataron.
El banquete ha sido un verdadero fracaso. Quizá el Señor hubiera podido reaccionar olvidándose de compartir su riqueza, de abrir las puertas de su casa a los vecinos hasta que llegara un desagravio proporcional. Pero Dios actúa distinto a nosotros. Si bien castiga a los invitados originales, Luego les dijo a sus siervos: «Las bodas están preparadas pero los invitados no eran dignos. Así que marchad a los cruces de los caminos y llamad a las bodas a cuantos encontréis». 

2. La llamada se hace ahora universal, la invitación a todos aquellos que, si bien no pertenecían al grupo de los amigos, ahora pueden hacer parte de él. Basta una respuesta afirmativa a la vocación divina.
También ahora el Señor nos envía: marchad a los cruces de los caminos y llamad a las bodas a cuantos encontréis. Esa es nuestra misión de bautizados, llenar de invitados el banquete del Señor: Los siervos salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos; y se llenó de comensales la sala de bodas.  
Benedicto XVI muestra la necesidad imperiosa de esta labor: “La urgencia de la evangelización no está motivada tanto por la cuestión sobre la necesidad de conocer el Evangelio para la salvación individual de cada persona, cuanto más bien por esta gran concepción de la historia: para que el mundo alcance su meta, el Evangelio tiene que llegar a todos los pueblos”. (Joseph Ratzinger-Benedicto XVI, Jesús de Nazaret. Segunda parte, pp. 58-59).
Vocación al apostolado. Llamados para llamar. San Pablo era muy consciente de esa dimensión apostólica de su ministerio y por eso exclamaba: ¡Ay de mí, si no evangelizara! ¿Tenemos nosotros también esa urgencia de acercar a Dios a nuestros amigos? ¿Nos damos cuenta de que quien posee el tesoro de la amistad divina no puede quedarse con ella para sí mismo, sino que debe compartirla con cuantos se encuentre?
Apostolado de amistad. Cuentan del Beato John Henry Newman, que “era un hombre más bien reservado, pero de una extraordinaria talla intelectual y humana, tenía un gran número de amigos y mantenía su amistad sobre todo por la correspondencia: se conservan más de diez mil de sus cartas. Naturalmente, le ayudaban sus excepcionales dotes intelectuales: tenía mucho que contar y que compartir” (Cf. I. Ker, JHN, Una biografía). Cada uno a su modo, debemos sentir como dirigidas a nosotros esas palabras del Señor: marchad a los cruces de los caminos y llamad a las bodas a cuantos encontréis.
De este modo animaba San Josemaría a los cristianos que trabajan en medio de la calle: “Donde haya almas capaces de servir a Dios, allí hemos de estar presentes para llevarlas a Cristo. Hemos de hacer llegar a sus oídos esta invitación del Gran Rey: todo está a punto, venid al banquete. ¡Id a todos los caminos!, ¡que vayáis! Os lo he repetido tantas veces porque no es lo nuestro quedarnos en casa, sino acudir a todos los caminos, buscando las almas donde estén, para traerlas luego al Señor”. 

Aprovechemos esta meditación para sacar propósitos, para pensar en personas queridas a las que no hemos hecho partícipes de tanto gozo y pensemos cómo acercarlas a Dios: dándoles buen ejemplo, dialogando sobre sus dudas de fe, hablándoles de la oración, de la confesión, de la Eucaristía…
Los primeros invitados estaban pagados de sí mismos: no necesitaban alegrías ajenas, provenientes de otra persona. Les bastaba con sus negocios y con sus familias. Los otros no tienen nada, agradecen lo que les llegue. Reciben la invitación como quien se gana la lotería. Agradezcamos la liberalidad de Dios, que quiso llamarnos a “malos y buenos”, pues de otra manera, ¿cómo aspiraríamos tal dignidad? 

Así lo agradecía San Josemaría: ¿No os conmueve, hijos?: a todos llama el Señor. De ese montón eres tú y soy yo, de ésos que ha querido buscar en las encrucijadas de los caminos. Y hemos venido como estos hombres de la parábola: cojos, ciegos, sordos.
3. La parábola termina con un epílogo más exigente aún: Entró el rey para ver a los comensales, y se fijó en un hombre que no vestía traje de boda; y le dijo: «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin llevar traje de boda?» Pero él se calló.
El traje de boda es la vida de la gracia, el amor de Dios. San Gregorio Magno lo glosa diciendo: «¿Qué debemos entender por vestido nupcial, sino la caridad? Entra, pues, en las bodas, pero no lleva el vestido nupcial el que estando en la Iglesia católica tiene fe, pero le falta caridad».

Benedicto XVI cita precisamente estas palabras para referirse a la necesaria preparación para celebrar o participar en la Santa Misa: “deberíamos preguntarnos si llevamos puesto este vestido del amor. Pidamos al Señor que aleje toda hostilidad de nuestro interior, que nos libre de todo sentimiento de autosuficiencia, y que de verdad nos revista con el vestido del amor, para que seamos personas luminosas y no pertenezcamos a las tinieblas” (Homilía, 5-IV-2007).
Podemos examinar nuestra vida con otra reflexión de San Josemaría: “Me gusta comparar la vida interior a un vestido, al traje de bodas de que habla el Evangelio. El tejido se compone de cada uno de los hábitos o prácticas de piedad que, como fibras, dan vigor a la tela. Y así como un traje con un desgarrón se desprecia, aunque el resto esté en buenas condiciones, si haces oración, si trabajas..., pero no eres penitente —o al revés—, tu vida interior no es —por decirlo así— cabal” (Surco, 649).
Entonces el rey les dijo a los servidores: «Atadlo de pies y manos y echadlo a las tinieblas de afuera; allí habrá llanto y rechinar de dientes». Se trata de una llamada más a la vigilancia, con la amorosa amenaza para que sepamos dirigirnos al camino de la felicidad, rechazando los cantos de sirena que pretenden apartarnos de Dios. 

Así lo enseña, por ejemplo, el Concilio Vaticano II: “Como no sabemos ni el día ni la hora, es necesario, según el consejo del Señor, estar continuamente en vela. Así, terminada la única carrera que es nuestra vida en la tierra (cf. Hb 9,27), mereceremos entrar con él en la boda y ser contados entre los santos y no nos mandarán ir, como siervos malos y perezosos al fuego eterno, a las tinieblas exteriores, donde "habrá llanto y rechinar de dientes"(Mt 22,13   y 25, 30)" (LG, 48)”.
Antes de terminar, podemos pensar en el ejemplo de la Virgen, fiel a la llamada, siempre bien ataviada con su traje de Hija, Madre y Esposa de Dios. Que ella nos ayude a tomarnos en serio nuestra relación con el Señor. Que su ejemplo nos impulse a hacer apostolado. 

De esa manera, seremos menos indignos de la llamada, nos contaremos en el número de los elegidos de los que habla el Canon romano de la Misa: “iubeas grege numerari”. Y por ese camino escucharemos con alegría, no por nuestros méritos, sino por la misericordia infinita de Dios, la última enseñanza de este pasaje del Evangelio: Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos.