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sábado, agosto 18, 2012

El Pan para la vida del mundo

Después de tres domingos contemplando el capítulo sexto del Evangelio de San Juan, llegamos hoy al núcleo de la homilía que predica Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm. Recordemos que, a lo largo de cincuenta versículos, el Señor ha ido orientando su discurso hacia la verdad central que quiere transmitir: Jesús se manifiesta como la Palabra que se encarnó para enseñarnos el Camino, la Verdad y la Vida. Pero no solo eso: también está dispuesto a sacrificarse, a entregarse en la Cruz para que podamos comulgar con Él en la Eucaristía.

Por eso comenzamos hoy nuestro comentario con estas palabras clarísimas: Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Si alguno come este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo. Esta última afirmación equivale a la fórmula de consagración eucarística que aparece en los evangelios sinópticos (esto es mi cuerpo entregado por vosotros, este es el cáliz de mi sangre derramada por muchos).

Yo soy el pan vivo. Pan que da la vida. No solo la vida física, sino sobre todo la vida espiritual: la relación con Dios. El pan que yo daré. Significa que ese pan no se da gratuitamente. Entregarse tiene un costo. Y es el valor más alto: la vida entera. Con estas palabras, Jesús manifiesta el significado sacrificial de su vida y de la Eucaristía. 

Poco tiempo después, Él entregará su cuerpo para que sea partido en el molino de la Cruz y de esa manera sirva como pan para el mundo. ¡Con qué amor te nos entregas, Señor! Ayúdanos a acoger la Cruz con esa misma generosidad, con esa alegría de saber que darte lo que nos pides, aunque nos cueste, es la mejor manera de encontrar nuestra felicidad y, sobre todo, de hacer más felices a los demás.

El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo. Ese pan no es una metáfora. Es su propio cuerpo, su carne partida y su sangre derramada. De hecho, en el arameo que habló Jesús en la última cena, en lugar de cuerpo se decía carne, para significar a la persona entera. Probablemente esa fue la palabra que utilizó el Señor al consagrar el pan. Como dice Ravasi, “volviendo a escuchar esa frase regresamos plenamente al interior de esa sala “en el piso superior”, en aquella noche llena de alegría y de temor, de tristeza y de esperanza, en donde Jesús nos dejó –en el signo del pan y del vino- el memorial de su pascua y la realidad viva de su presencia a través de los tiempos”.

Con esta revelación, uno esperaría una respuesta como la de algunos versículos atrás: ¡Danos siempre de ese pan! Sin embargo, la reacción de los judíos es distinta, pues se pusieron a discutir entre ellos: —¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? Con esta exclamación se sale al encuentro de los que muchos siglos más adelante dirían que la Eucaristía no es sacramento verdadero, sino simbólico. Si se hubiera tratado de un símbolo, aquellos orientales, que tanto gustan de las alegorías, se hubieran regocijado. 

Sin embargo aquí no reaccionaron así, sino de modo diverso: se pusieron a discutir entre ellos: —¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? Es el escándalo de la predicación de Jesús. Para ahondar más en el realismo de estas palabras, vale la pena apuntar que más adelante, en el v.54, el Evangelio de Juan utilizará el verbo trogein, masticar, que solo utilizará una vez más, en la última cena.

Jesús les dijo: —En verdad, en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. Una vez más se reafirma que la Eucaristía es el Pan de vida. A través de ella nos llega la Gracia sacramental, que alimenta nuestra vida espiritual, promueve nuestra relación con Dios y con los hombres. Sostiene nuestra vida, para que la llevemos al mundo. Estas palabras también explican la necesidad del sacramento eucarístico, que no solo es útil, sino ineludible: si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. No es para unos pocos privilegiados, todos lo necesitamos.

Esta es la justificación del precepto que invita a participar en la Eucaristía todos los domingos. A una persona con fe le hace falta asistir con más frecuencia a la Misa, incluso a diario. Tenemos un ejemplo en los 49 mártires de Abitene (Túnez), que fueron arrestados por celebrar la Eucaristía contra los edictos del Emperador. Es famosa la respuesta de uno de ellos cuando le preguntaron por qué lo habían hecho: "sine dominico non possumus", no podemos vivir sin la Misa dominical, sin recibir al Señor. 

Inspirado en ese evento, Benedicto XVI explicaba: «Necesitamos este pan para afrontar la fatiga y el cansancio del viaje. El domingo, día del Señor, es la ocasión propicia para sacar fuerzas de Él, que es el Señor de la vida. Por tanto, el precepto festivo no es un deber impuesto desde afuera, un peso sobre nuestros hombros. Al contrario, participar en la celebración dominical, alimentarse del Pan eucarístico y experimentar la comunión de los hermanos y las hermanas en Cristo, es una necesidad para el cristiano; es una alegría; así el cristiano puede encontrar la energía necesaria para el camino que debemos recorrer cada semana» (Homilía, 29-V-2005).

Además, no se trata solamente de la vida terrenal: El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día. La Eucaristía es el pan de vida eterna, la “prenda de la gloria futura”, como veíamos el domingo pasado. No es pequeña la promesa de Jesús: quien comulga con las condiciones requeridas tiene la resurrección garantizada. Mantendrá la unión con Jesucristo para siempre. Como dice el Beato Juan Pablo II, «El sacrificio eucarístico no sólo hace presente el misterio de la pasión y muerte del Salvador, sino también el misterio de la resurrección, que corona su sacrificio» (EE, 14).

Éste es el pan que ha bajado del cielo, no como el que comieron los padres y murieron: quien come este pan vivirá eternamente. En el pasaje anterior se nos hablaba de la fe como condición para la vida eterna. Ahora se precisa aún más: se trata de tener fe en la eucaristía. Es darse cuenta de que en este sacramento se cumplen las palabras del libro de los Proverbios (Pr 9,1-6), la invitación de la sabiduría a participar del banquete que ella misma ha preparado: la Sabiduría se ha construido su casa, ha preparado el banquete, mezclado el vino y puesto la mesa; ha despachado a sus criados para que lo anuncien en los puntos que dominan la ciudad: “Venid a comer de mi pan y a beber el vino que he mezclado; dejad la inexperiencia y viviréis, seguid el camino de la prudencia”.

San Agustín enseñaba que la riqueza de este alimento radica en que quien lo come se transforma en lo comido, al contrario de la comida habitual: «Soy el manjar de los grandes: crece, y me comerás, sin que por eso me transforme en ti, como el alimento de tu carne; sino que tú te transformarás en mí» (Confesiones, VII,10,16). Jesucristo nos asume a nosotros, mientras le recibimos en la comunión. Se da una “mutua inmanencia”: Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él

Si en los demás sacramentos recibimos la gracia, en la Eucaristía recibimos al mismo autor de la gracia, con toda la fuerza de su amor que le llevó a morir en la Cruz y a quedarse en ese sacramento de caridad, que nos permite entrar en comunión con Él. Esa donación infinita exige de nuestra parte el pequeño esfuerzo de la acogida.

Es el misterio de un Dios que nos pide aceptar su amistad, dejarnos querer por Él, entrar en la riqueza de su intimidad divina: Igual que el Padre que me envió vive y yo vivo por el Padre, así, aquel que me come vivirá por mí. Entrar en ese amor de amistad significa vivir por Dios: por Jesús, por el Padre, por el Espíritu Santo. No por nosotros mismos, por nuestras propias fuerzas.

El amor exige el trato frecuente, recibirlo y dialogar con Él en el Pan y en la Palabra: «Si sabemos contemplar el misterio de Cristo, si nos esforzamos en verlo con los ojos limpios, nos daremos cuenta de que es posible también ahora acercarnos íntimamente a Jesús, en cuerpo y alma. Cristo nos ha marcado claramente el camino: por el Pan y por la Palabra, alimentándonos con la Eucaristía y conociendo y cumpliendo lo que vino a enseñarnos, a la vez que conversamos con El en la oración. Quien come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece y yo en él» (San Josemaría, Es Cristo que pasa, n.118)

Terminemos acudiendo a la Virgen Santísima, mujer eucarística. Nos pueden servir unas palabras de la Encíclica Ecclesia de Eucaristia (n.57), que aluden al testamento de Jesús en la Cruz, Ahí tienes a tu Madre. Dice el Beato Juan Pablo II: «María está presente con la Iglesia, y como Madre de la Iglesia, en todas nuestras celebraciones eucarísticas. Así como Iglesia y Eucaristía son un binomio inseparable, lo mismo se puede decir del binomio María y Eucaristía». 

Madre nuestra: ayúdanos a recibir a tu Hijo, Pan de vida, como lo recibiste Tú. Y que nunca lo rechacemos de nuestra alma con el pecado. Que la segura confianza para  nuestra vida, la esperanza de nuestro corazón, sean las palabras que hoy escuchamos en el Evangelio: El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.

viernes, junio 24, 2011

Corpus Christi

Aquella noche santa te nos quedaste nuestro. Te nos quedaste todo: amor y sacramento, ternura prodigiosa, todo en ti, tierra y cielo. Te quedaste conciso, te escondiste concreto; nada para el sentido, todo para el misterio. Aquella noche santa te nos quedaste nuestro.
La Iglesia celebra la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo el domingo siguiente al de la Santísima Trinidad (en otros sitios lo hace el jueves previo). Celebramos que Cristo se nos haya quedado nuestro, como dice el himno litúrgico.

Se trata de un misterio grandioso: la presencia de Jesús en las especies sacramentales del pan y del vino. Como enseña Benedicto XVI, “en la Eucaristía, Jesús no da "algo", sino a sí mismo; ofrece su cuerpo y derrama su sangre. Entrega así toda su vida, manifestando la fuente originaria de este amor divino. En el Evangelio Jesús se manifiesta como el Pan de vida, que el Padre eterno da a los hombres” (Sacramentum Caritatis, 7). 

La fuente originaria es el amor del Padre, como podemos ver en la primera lectura (Dt 8,2-3.14-16), que hace la primera alusión a ese pan de vida bajado del cielo: el Señor recuerda el recorrido del pueblo por el desierto durante cuarenta años. 

Es una imagen que también representa a la Iglesia, peregrina por el camino de este mundo hacia la tierra prometida del cielo. Además, el Deuteronomio rememora el regalo que Dios hizo para facilitar el camino: te alimentó con el maná, que desconocíais tú y tus padres, para enseñarte que no sólo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de la boca del Señor.
Es interesante notar el énfasis que pone el libro sagrado en la finalidad del maná: va mucho más allá de calmar el hambre. Se trata de que el pueblo sea consciente de que lo importante no es el pan corporal sino las palabras del Señor. Ése es el principal regalo de Dios: sus mandamientos. 

El maná les recordaba, en ese milagro diario, que el Señor estaba con ellos. Les hacía caer en la cuenta de que debían guardar sus palabras, que eran verdadero pan del cielo.
En el Evangelio, san Juan (6,51-58) resume su exposición del misterio eucarístico. El verdadero pan del cielo del que hablaba el Antiguo Testamento es Jesucristo, que se nos da como alimento y como bebida: Éste es el pan que ha bajado del cielo, no como el que comieron los padres y murieron: quien come este pan vivirá eternamente

La claridad de las palabras excluye cualquier interpretación simbólica: si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día. El maná, que anunciaba realidades futuras, ahora ha dado paso a la verdad misma. El antiguo rito ya se ha cumplido y ha sido superado definitivamente por el don de amor del Hijo de Dios encarnado (SCa, 11).
En la exhortación del 2007, el Papa anticipó un tema que ha ido desarrollando poco a poco en sus homilías: el poder transformador del amor de Jesús. Y decía que “la conversión sustancial del pan y del vino en su cuerpo y en su sangre introduce en la creación el principio de un cambio radical, como una forma de "fisión nuclear", por usar una imagen bien conocida hoy por nosotros, que se produce en lo más íntimo del ser; un cambio destinado a suscitar un proceso de transformación de la realidad, cuyo término último será la transfiguración del mundo entero, el momento en que Dios será todo para todos”.

El cambio del pan y del vino en el cuerpo y la sangre del Señor nos hacen pensar en la fuerza divina que también puede transformar la realidad hasta llegar a la transfiguración final del mundo entero. Se vienen a la mente aquellas palabras de Juan Pablo II en la canonización de San Josemaría, como ideal para los cristianos del siglo XXI: “elevar el mundo hacia Dios y transformarlo desde dentro”.
Benedicto XVI subraya que en la Eucaristía se transforman los dones de esta tierra –el pan y el vino– para cambiar nuestra vida e inaugurar así la transformación del mundo. Se trata de un poder transformador gradual:  así como transmuta los dones, también nos modifica a los cristianos y al mundo entero.

En otras ocasiones el Papa ha retomado esa perspectiva, pero yendo a los orígenes: “la transformación de la sustancia del pan y del vino en el Cuerpo y Sangre de Cristo es fruto del don que Cristo ha hecho de sí mismo, don de un Amor más fuerte que la muerte, Amor divino que lo ha hecho resucitar de entre los muertos”. 

Jesús "se nos quedó nuestro" en el pan y en el vino, porque nos amaba. La fuente de la transformación del mundo que logra la Eucaristía se encuentra en el amor que Cristo nos ha tenido. Se trata de un tema muy cercano al corazón de Benedicto XVI, que en la primera Jornada Mundial de la Juventud ya había expuesto una idea similar: Cristo, con su pasión y su muerte, transformó el odio en amor y también cambió la muerte en vida. Pero lo más maravilloso es que quiere unirnos a esa misión, a esa lógica del grano de trigo que muere para dar vida al mundo.
Señor: te pedimos que nos transformes a cada uno; cambia nuestra soberbia, nuestro amor propio, nuestra pereza, nuestro desorden. Ayúdanos a ser testigos tuyos en la vida familiar, en las relaciones de amistad, de parentesco y laborales. Transforma nuestra vida, para que nosotros podamos cambiar el mundo en que vivimos con la fuerza de tu amor.

El Evangelio nos da la clave para lograr una meta tan exigente: El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Igual que el Padre que me envió vive y yo vivo por el Padre, así, aquel que me come vivirá por mí"Cuando nos reunimos ante el altar mientras se celebra el Santo Sacrificio de la Misa, cuando contemplamos la Sagrada Hostia expuesta en la custodia o la adoramos escondida en el Sagrario, debemos reavivar nuestra fe, pensar en esa existencia nueva, que viene a nosotros, y conmovernos ante el cariño y la ternura de Dios" (Es Cristo que pasa, 153).

Mutua inmanencia: Cristo vive en nosotros y nosotros en Él.  En verdad se trata de una nueva existencia, fruto del cariño y la ternura de Dios. Por eso hablamos de "comulgar", porque cuando "recibimos la comunión", nos unimos a la misma vida de Jesús. 

El Papa explica que “cuando cumplimos este acto entramos en comunión con el dinamismo de esta vida que se dona a nosotros y para nosotros. Desde Dios, a través de Jesús, hasta nosotros: una única comunión se transmite en la santa Eucaristía”.
En este momento pensamos en las palabras que San Agustín pone en labios de Dios: Yo soy el alimento de los fuertes. Crece y me tendrás. Tú no me transformaras a mí en ti, come el alimento del cuerpo, pero tú te transformaras en mí. “Mientras el alimento corporal es asimilado por nuestro organismo y contribuye a su sustento, en el caso de la Eucaristía Él nos asimila a Sí. De este modo, nuestra individualidad, en este encuentro, se abre, se libera de su egocentrismo y se inserta en la Persona de Jesús, que a su vez está inmersa en la comunión trinitaria”.
Es a lo que se refiere San Pablo, quien expone su teología eucarística mostrando que este sacramento es signo de unidad (1Co 10,16-17): El cáliz de bendición que bendecimos ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? El pan que partimos ¿no es la comunión del Cuerpo de Cristo? Puesto que el pan es uno, muchos somos un solo cuerpo, porque todos participamos de un solo pan.
Benedicto XVI comenta estas palabras invitando a sentirnos miembros del Cuerpo de Cristo: “la Eucaristía es la que transforma a un simple grupo de personas en comunidad eclesial: la Eucaristía hace la Iglesia. Alimentándonos de Cristo resucitado nos vemos liberados de los vínculos del individualismo. Así se superan las diferencias debidas a la profesión, a la clase social o a la nacionalidad, porque descubrimos que somos miembros de una única gran familia, la de los hijos de Dios” (Discurso, 15-VI-10).
Volvamos al Evangelio de la Misa. En la última cena, Jesús “acepta por amor toda la pasión, con su tormento y su violencia, hasta la muerte de Cruz; aceptándola en este modo la transforma en un acto de donación. Esta es la transformación de la que el mundo tiene más necesidad, porque lo redime desde dentro, lo abre a la dimensión del Reino de los cielos”.  

Es la transformación básica, a la que  nos invita la fiesta del Corpus: a transmutar nuestra soberbia, nuestro orgullo, en amor, en entrega, en donación a los demás. De estos frutos habla también el Prefacio de la Misa: “Con este sacramento alimentas y santificas a tus fieles, para que su misma fe ilumine y su mismo amor congregue a todo el género humano que habita un mismo mundo”. 

La fe de los fieles en la Eucaristía ilumina a todo y el mundo y el amor de comunión –de la Iglesia unida- congrega a toda la humanidad. Es lo que quiere representar la procesión del Corpus Christi.
Así invitaba Benedicto XVI antes de comenzar una procesión del Corpus Christi: “sin ilusiones, sin utopías ideológicas, nosotros caminamos por las calles del mundo, llevando dentro de nosotros el Cuerpo del Señor, como la Virgen María en el misterio de la Visitación. Con la humildad de sabernos simples granos de trigo, custodiamos la firme certeza que el amor de Dios encarnado en Cristo, es más fuerte que el mal, que la violencia y la muerte. ¡Gracias Señor Jesús! Gracias por tu fidelidad, que sostiene nuestra esperanza. Quédate con nosotros, porque ya es tarde”. 

Y concluía con las palabras del himno litúrgico: “¡Buen Pastor, Pan verdadero, o Jesús, ten piedad de nosotros; nútrenos, defiéndenos, llévanos a los bienes eternos, en la tierra de los vivientes!”