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sábado, enero 29, 2011

Las Bienaventuranzas, o los secretos del Reino


Celebramos el cuarto domingo del tiempo ordinario. Terminamos el primer mes, y ya tenemos las pinceladas maestras del cuadro que el evangelista Mateo nos ha querido pintar hasta ahora: después de las tentaciones en el desierto, aparece Jesús cumpliendo la profecía sobre la luz que ilumina a Galilea de los gentiles, el pueblo que andaba en la oscuridad. 

Aquel pasaje concluía mostrando con obras la autoridad de la predicación: Jesucristo sana a todos los enfermos de distintas procedencias, después de haber llamado a los primeros discípulos. Es profeta, maestro, médico. Es el Mesías.
Hoy veremos un marco distinto: ahora Mateo se desplaza de las playas de Genesaret a un monte, no sabemos cuál. Lo importante no es la ubicación geográfica, sino el simbolismo del gesto: Al ver Jesús a las multitudes, subió al monte; se sentó y se le acercaron sus discípulos; y abriendo su boca les enseñaba. El Papa (“Jesús de Nazaret”) explica que “con esta gran composición en forma de sermón, Mateo nos presenta a Jesús como el nuevo Moisés”. En este “sermón del monte”, Jesús enseña la Ley Nueva, como en otra época Moisés transmitía los mandatos que le había recordado el Señor en el Sinaí.
Sigue diciendo el Papa que “Jesús se sienta: un gesto propio de la autoridad del maestro; se sienta en la "cátedra" del monte (…) como maestro de Israel y como maestro de los hombres en general. (…) se sienta allí como el Moisés más grande, que extiende la Alianza a todos los pueblos”.
Tú y yo nos sentamos alrededor del Maestro, en un corrillo amplio que se debió formar en algún lugar aplanado, quizá coronando aquella montaña. Los exégetas dicen que en este discurso –uno de los cinco grandes sermones que constituyen el evangelio de Mateo- se resumen las grandes enseñanzas de Jesús. Podríamos decir que aquí están, en síntesis, los "secretos del Reino", para dar un título llamativo a esta meditación.
El Sermón del monte, los secretos del Reino. Se trata de una especie de Catecismo cristiano: la recopilación de las principales doctrinas de Cristo. Algunos pretenden ver en ellas una especie de abolición del Antiguo Testamento, de una "nueva ética". Y no es así, si por estas ideas se entiende comenzar desde cero.
Lo que el Señor pretende es mostrar el atajo, el camino expedito para ser buen discípulo suyo. O, si se quiere, nos enseña la “versión 2.0” (por decirlo con términos actuales). San Agustín y el pasaje del joven rico dan a entender que la Antigua Alianza es la cuota inicial: primero cumple los mandamientos, después, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres y ven y sígueme. 

Juan Pablo II cita al Santo de Hipona, en la misma línea, en el n. 13 de la Veritatis Splendor: “La primera libertad consiste en estar exentos de crímenes... como serían el homicidio, el adulterio, la fornicación, el robo, el fraude, el sacrilegio y pecados como éstos. Cuando uno comienza a no ser culpable de estos crímenes (y ningún cristiano debe cometerlos), comienza a alzar los ojos a la libertad, pero esto no es más que el inicio de la libertad, no la libertad perfecta.”
Para avanzar, para identificarnos con Cristo, hace falta acudir a este discurso, en el que están descritos los secretos de la predicación del Maestro. ¿Y cuáles son esos arcanos? La liturgia nos da una pista con la primera lectura que pone en paralelo –como todos los domingos- con el Evangelio. Se trata del profeta Sofonías (2,3; 3,12-13), un hombre que escribió un libro pequeño, un profeta menor, pero que anuncia la salvación de un “resto”, de un pequeño grupo de Israel.
¿Qué características tienen estas personas? –que son humildes, pobres (“anawim”): “Dejaré en medio de ti un pueblo humilde y pobre, y pondrán su esperanza en el Nombre del Señor. Los restos de Israel no cometerán iniquidad, ni hablarán mentira, ni se encontrará en su boca lengua dolosa”. Esta idea se enriquece también con el salmo 145: “El Señor mantiene su fidelidad perpetuamente, hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos, el Señor libera a los cautivos”.
Jesús presenta la clave para los destinatarios de su mensaje, más en concreto, para sus seguidores, para ti y para mí: de ellos no se espera que sean superhombres, que tengan capacidades extraordinarias, medios económicos abundantes, linaje o apariencia física. Al contrario, las personas que escoge para continuar su obra son en apariencia poca cosa: por linaje, por medios económicos, hasta por virtudes.


Así nos tenemos que considerar delante del Señor: pobres, hambrientos, cautivos. Piensa en tus deficiencias, en tus miserias -yo pienso en las mías- tantos propósitos incumplidos, tantos deseos santos que pretendemos hacer compatibles con un ritmo cansino, mediocre, egoísta, comodón. Solo reconociéndonos necesitados estaremos en capacidad de acoger con fruto la predicación del Señor:
—Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados. Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque quedarán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios. Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque suyo es el Reino de los Cielos.
—Bienaventurados los pobres de espíritu, los que lloran, los mansos, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los pacíficos, los que padecen persecución por causa de la justicia… ¡Qué escandalosa doctrina! Para algunos, se trata de una moral de borregos, ocasionada por el resentimiento de un cristianismo débil y falseado. Nietzsche llegará a proponer la alternativa: «Dionisio contra el Crucificado»: «he ahí la antítesis». Girard hace ver esta encrucijada una clave de la sociedad contemporánea: “la alternativa irreducible entre paganismo y cristianismo. El paganismo exalta el sacrificio del débil a favor del fuerte y del progreso de la vida; el cristianismo exalta el sacrificio del fuerte a favor del débil” (citado por Cantalamessa, 16-III-2007).
No hace falta ser Nietzsche para darse cuenta de que este sermón va contra toda la corriente dominante en nuestra sociedad “dionisíaca”, en las sociedades de todos los tiempos.  Y precisamente ahí radica “la fuerza de la locura cristiana”, como diría T. Goritcheva: en el sacrificio de Dios –el más fuerte- por los hombres débiles de todos los tiempos.
Curiosamente, el Compendio del Catecismo describe estas bienaventuranzas como “el camino que lleva a la felicidad sin fin” (359). Para explicar la importancia que tienen para nosotros, también indica este libro que “las Bienaventuranzas son el centro de la predicación de Jesús; recogen y perfeccionan las promesas de Dios, hechas a partir de Abraham. Dibujan el rostro mismo de Jesús, y trazan la auténtica vida cristiana, desvelando al hombre el fin último de sus actos: la bienaventuranza eterna” (360).
Dibujan el rostro mismo de Jesús, que fue el primer pobre, manso, misericordioso, limpio, pacífico, y que ha asumido en su carne divina toda lágrima y padecimiento por la justicia, por nosotros los pobres y débiles. Y este redentor solo espera que utilicemos, como guía para encontrar la felicidad sin fin, su ejemplo.
El Papa explica esa paradoja de encontrar la felicidad en la Cruz: “El poder de Dios se manifiesta ahora en su mansedumbre; su grandeza, en su sencillez y cercanía. Pero no por ello resulta menos abismal. Lo que antes se expresaba en forma de huracán, fuego o terremoto, ahora toma la forma de la cruz, del Dios que sufre, que nos llama a entrar en ese fuego misterioso, en el fuego del amor crucificado”.
En tiempos de Moisés, la señal de la presencia divina eran los fenómenos atmosféricos que generaban temor: la zarza ardiente, los huracanes, el terremoto. Con Cristo, el Moisés más grande, que extiende la Alianza a todos los pueblos, los signos son de otro tipo: el fuego misterioso ya no quema la zarza sin consumirla, sino que arde en el Corazón divino, entregado por amor  hasta el extremo, hasta la muerte en la Cruz. Con ese fuego misterioso se cumplen las palabras de Jesús: "Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos".

Concluye el Papa diciendo que el "Sermón de la Montaña" es la nueva Torá –la Nueva Ley, cumplimiento de la Antigua-que trae Jesús. Así como fue necesario que Moisés, para traer su Torá, se internara en la oscuridad de Dios en la montaña, así también “para la Torá de Jesús se requiere previamente la inmersión en la comunión con el Padre, la elevación íntima de su vida, que se continúa en el descenso en la comunión de vida y sufrimiento con los hombres”.
El sermón del monte es el secreto de la felicidad. En Él, Cristo nos muestra su amor, enseñándonos la clave para gozar la vida aquí en la tierra y por toda la eternidad, que consiste en unirnos a la Trinidad y, al mismo tiempo, asumir el sufrimiento en esta vida. 

Esta es la clave para entender el dolor humano: Jesús quiso asumirlo para enseñarnos a encontrar en él un modo de unirnos a todos los hombres y para llevarlos a Dios. De este modo, la Cruz pasa de ser un lugar maldito a convertirse en altar de sacrificio, de “fuego misterioso”, de amor, de comunión y, por tanto, de felicidad.
Esta es la única manera de satisfacer verdaderamente todas las aspiraciones del corazón humano: la justicia, el amor, la caridad. Por eso enseña el Compendio que “Las Bienaventuranzas responden al innato deseo de felicidad que Dios ha puesto en el corazón del hombre, a fin de atraerlo hacia Él, el único que lo puede satisfacer” (361).
Cuando el Catecismo explica las Bienaventuranzas (n. 1717), enseña que ellas quedan inauguradas en la vida de la Virgen María y de todos los santos. Precisamente de María tenemos un precioso autorretrato, cuando exulta, ante su prima Isabel, por las maravillas de la vocación que Dios le ha dado: “Proclama mi alma las grandezas del Señor,  y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador: porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava”.
En María quedan inauguradas las Bienaventuranzas, porque ella forma parte de ese “resto de Israel” que anunciaba el profeta Sofonías. Ella es “pobre de espíritu”, reconoce que la excelsitud de su llamada se debe a la misericordia divina que puso los ojos en la humildad, en la pobreza, de quien no quiere tener otro título más digno que el de “esclava del Señor”.
Unidos a nuestra Madre, concluyamos nuestra oración. Señor: te damos gracias por revelarnos este atajo para ser felices. Por enseñarnos que la verdadera felicidad no consiste en buscar nuestro bienestar personal a como dé lugar, sino en aprender de Ti, de tu ejemplo, que en el olvido de nosotros mismos, poniendo en Ti nuestra esperanza, sabiéndonos “pobres de espíritu”, necesitados de tu ayuda, es como podremos servir mejor a los demás y como encontraremos la alegría eterna.