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miércoles, septiembre 09, 2015

El nacimiento de la Virgen María

Nueve meses después de celebrar la Inmaculada Concepción de María, la Iglesia conmemora su nacimiento el 8 de septiembre. Y en la liturgia de esta fiesta se repite la invitación al gozo, a la alegría, como es natural en la celebración familiar del cumpleaños de la Madre. Pero en este caso es más explicable aún, porque hablamos del nacimiento de la Madre de Dios y madre nuestra: «Por Ti, los hijos de la tierra comenzaron a serlo también del Cielo, pues ambos órdenes quedaron entre sí admirablemente reconciliados» (Himno de Laudes).


Con el nacimiento de María se aproxima la plenitud de los tiempos, la llegada de aquel momento esperado a lo largo de los siglos, para el cual Dios mismo había ido preparando a su pueblo desde Abraham, pasando por Moisés y los profetas, como Miqueas —cuyo oráculo se lee en la primera lectura de la Misa: Y tú, Belén Efratá, pequeña entre los clanes de Judá, de ti voy a sacar al que ha de gobernar Israel; sus orígenes son de antaño, de tiempos inmemoriales. Por eso, los entregará hasta que dé a luz la que debe dar a luz—.
Esa enigmática mujer (la que debe dar a luz) se identificaría más adelante con la profetizada en Isaías 7,14 (Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Enmanuel). Ha nacido por fin como una chiquilla más de una aldea cercana a Jerusalén, no lejos de la piscina probática, fruto tardío del matrimonio de Ana y Joaquín. De genealogía privilegiada, aunque su máximo esplendor sería el que llegaría varios años más tarde, como dice otro himno de la liturgia: «Oh María, Virgen Reina, del linaje de David, más noble todavía por tu Hijo, que por tu estirpe».
Por eso se entiende la exultación de san Andrés de Creta, el famoso mariólogo citado en el Oficio de lecturas: «El nacimiento de la Madre de Dios es el exordio de todo este cúmulo de bienes, exordio que hallará su término y complemento en la unión del Verbo con la carne que le estaba destinada (…). Hoy ha sido construido el santuario creado del Creador de todas las cosas, y la creación, de un modo nuevo y más digno, queda dispuesta para hospedar en sí al supremo Hacedor».
La Misa de la fiesta comienza con una invitación gozosa: «Celebremos con júbilo el Nacimiento de la santísima Virgen María, de ella salió el sol de justicia, Cristo, nuestro Dios». En la Anunciación, el Arcángel san Gabriel la saludará con la misma invitación a la alegría: Chaire, alégrate, llena de gracia. Así arranca el Nuevo Testamento y de la misma forma concluye: con los Ángeles invitando a la alegría de la resurrección. La fiesta del nacimiento de María es un anticipo del gozo que significará la llegada del Dios hecho hombre. Como explica Benedicto XVI, «conviene comprender el verdadero significado de la palabra chaire: ¡Alégrate! Con este saludo del ángel —podríamos decir— comienza en sentido propio el Nuevo Testamento (…). La alegría aparece en estos textos como el don propio del Espíritu Santo, como el verdadero don del Redentor. Así pues, en el saludo del ángel se oye el sonido de un acorde que seguirá resonando a través de todo el tiempo de la Iglesia y que, por lo que se refiere a su contenido, también se puede percibir en la palabra fundamental con la cual se designa todo el mensaje cristiano en su conjunto: el Evangelio, la Buena Nueva».
Si nos preguntamos qué otra motivación puede tener esa alegría, encontraremos la respuesta en la oración colecta de la Misa, que pide al Señor el don de su gracia «para que, cuantos hemos recibido las primicias de la salvación por la maternidad de la Virgen María, consigamos aumento de paz en la fiesta de su Nacimiento». ¿De qué paz pedimos aumento? De la que recibimos en primicias con la natividad de María, de la paz que proviene de sabernos in spe salvi, salvados por Jesucristo. La paz, la alegría, de sabernos hijos de Dios, justificados, partícipes de su gracia santificante: redimidos, pacificados, perdonados.
Precisamente en esa línea es muy oportuno que el Evangelio de la Misa sea la genealogía de Jesús según san Mateo, que incluye personas de toda condición social y moral: desde grandes personajes como Abraham, Isaac y Jacob, pasando por reyes, hasta gente común y corriente, incluyendo conocidos pecadores. Benedicto XVI concluía que «la genealogía, con sus figuras luminosas y oscuras, con sus éxitos y sus fracasos, nos demuestra que Dios también escribe recto con los renglones torcidos de nuestra historia. Dios nos deja nuestra libertad y, sin embargo, sabe encontrar en nuestro fracaso nuevos caminos para su amor. Dios no fracasa. Así esta genealogía es una garantía de la fidelidad de Dios, una garantía de que Dios no nos deja caer y una invitación a orientar siempre de nuevo nuestra vida hacia Él, a caminar siempre nuevamente hacia Cristo».
En la misma línea, san Josemaría comentaba que «en la genealogía de Jesucristo, encontramos hombres y mujeres —antepasados de José y de María— que a veces no fueron un modelo. Con esa lección, seguro que la Madre de Dios quiere que consideremos que Ella, siendo toda limpia —¡Inmaculada! —, nos acepta con nuestras manchas. Y cuando nos acercamos a Ella y a Jesús, con la conciencia limpia, con la voluntad llena de buenos deseos, entonces todo lo pasado no cuenta. Podemos rehacer nuestra vida, y para eso a lo largo de la jornada habremos de rectificar el rumbo más de una vez».
Es una de las grandes enseñanzas de esta fiesta, el principal motivo de nuestro gozo y nuestra paz: Dios conoce nuestras miserias, pero no nos rechaza por ellas. Al contrario, ha venido a nuestro encuentro, ha enviado a su Hijo para hacernos hermanos suyos, y en su misericordia nos garantiza la gracia necesaria para vencer contra las tentaciones del diablo: «Quiero que vosotros y yo  —concluye San Josemaría— tengamos esa visión de lucha; que no perdamos nunca de vista que en la vida interior es necesario pelear sin desánimo; que no nos desalentemos cuando al intentar servir a Dios, no una vez sino muchas, tengamos que rectificar».
Justo cuando se acerca el Jubileo de la Misericordia, damos gracias a Dios por haberse desbordado en su amor hacia nosotros, queriendo que nos llamáramos hijos suyos y también de su Madre. Conociendo nuestras malas inclinaciones, vino a nuestro encuentro para liberarnos, para redimirnos, como recordamos en la Oración sobre las ofrendas: «Jesús, que con su nacimiento no menoscabó su integridad, sino que la santificó, nos libre del peso de nuestros pecados».
La paz que pedíamos en la oración colecta es entonces la verdadera paz: la paz de la conciencia, de sabernos reconciliados con Dios, libres del peso de nuestros pecados. No impecables, no inmaculados como María, sino perdonados una y otra vez en el sacramento de la misericordia que su hijo nos ganó muriendo por nosotros en la Cruz. Por esa razón la antífona de comunión recuerda a Mt 1,21: la Virgen dará a luz un hijo que salvará al pueblo de sus pecados.
En el patíbulo del Calvario Jesús mismo nos entregó a su Madre como Madre nuestra. Es como una manifestación externa del perdón que nos estaba consiguiendo. Por eso uno de los títulos con los que más frecuentemente la llamamos es «Madre de Misericordia», porque sabemos que Ella es el atajo para volver a su Hijo cuando lo perdemos por el pecado; que Ella es la luz que ilumina el camino verdadero en tiempos de borrascas interiores; que también intercede ante Dios para alcanzarnos las gracias que necesitamos en las batallas de la lucha ascética. Es lo que ilustra la petición del Himno de Vísperas: «Dejando lejos lo antiguo, trasplántanos a este germen nuevo, donde, por Ti, se confiere a los hombres un sacerdocio regio. Desata con tus preces el nudo de nuestras culpas y por medio de tus méritos, condúcenos hasta el Premio del Cielo».
Considerar la omnipotencia de María, madre de Misericordia, nos llena de esperanza para nuestro combate interior. Un buen propósito es acudir con más frecuencia a su intercesión. Pero ojalá pudiéramos buscarla desinteresadamente, para manifestarle nuestro amor filial. Renovemos en este momento el deseo de saludar con más frecuencia las imágenes de la Virgen que nos encontramos en nuestra casa, en las calles que recorremos habitualmente y en el lugar de trabajo. Pensemos cómo afinar en la piedad mariana: podríamos tenerla en cuenta desde el primer momento de la jornada, llevar el escapulario y usarlo como recordatorio para la presencia de Dios, rezar el Ángelus al medio día, descubrir su papel en el santo sacrificio de la Misa, y acudir a Ella para que nos ayude a dar gracias con más piedad después de recibir a su Hijo en la Eucaristía. También es posible revivir esas oraciones marianas que aprendimos quizá desde pequeños: Bendita sea tu pureza…, Oh Señora mía, oh Madre mía…, el Acordaos…
Desde luego, quizás el mejor propósito, para vivir toda la vida cobijados por el manto de la Virgen, es cuidar cada día más el rezo del santo Rosario. Impresiona mucho leer el testimonio de monseñor Bergoglio sobre la santidad del papa Juan Pablo II. Viéndolo rezar el Rosario descubrió en su piedad mariana («Totus tuus» era su lema pontificio) la clave para la vida espiritual del cristiano: «Una tarde fui a rezar el Santo Rosario que dirigía el Santo Padre. Él estaba delante de todos, de rodillas. El grupo era numeroso. Veía al Santo Padre de espaldas y, poco a poco, fui entrando en oración. No estaba solo: rezaba en medio del pueblo de Dios al cual yo y todos los que estábamos allá pertenecíamos, conducidos por nuestro Pastor. En medio de la oración me distraje mirando la figura del Papa: su piedad, su unción era un testimonio. Y el tiempo se me desdibujó; y comencé a imaginarme al joven sacerdote al seminarista, al poeta, al obrero, al niño de Wadowice... en la misma posición en que estaba ahora: rezando Ave María tras Ave María. Y el testimonio me golpeó. Sentí que ese hombre, elegido para guiar a la Iglesia, recapitulaba un camino recorrido junto a su Madre del cielo, un camino comenzado desde su niñez. Y caí en la cuenta de la densidad que tenían las palabras de la Madre de Guadalupe a san Juan Diego: «No temas. ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?» Comprendí la presencia de María en la vida del Papa. El testimonio no se perdió en un recuerdo. Desde ese día rezo cotidianamente los quince misterios del Rosario». (Ivereigh, El gran reformador, p. 371).

«¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?», nos sigue recordando la Virgen santa, cuyo nacimiento celebramos. Como dice el papa Francisco en la convocatoria para el nuevo año jubilar: «El pensamiento se dirige ahora a la Madre de la Misericordia. La dulzura de su mirada nos acompañe en este Año Santo, para que todos podamos redescubrir la alegría de la ternura de Dios (…). Al pie de la cruz, María junto con Juan, el discípulo del amor, es testigo de las palabras de perdón que salen de la boca de Jesús. El perdón supremo ofrecido a quien lo ha crucificado nos muestra hasta dónde puede llegar la misericordia de Dios. María atestigua que la misericordia del Hijo de Dios no conoce límites y alcanza a todos sin excluir a ninguno. Dirijamos a ella la antigua y siempre nueva oración del Salve Regina, para que nunca se canse de volver a nosotros sus ojos misericordiosos y nos haga dignos de contemplar el rostro de la misericordia, su Hijo Jesús» (MV, n.24).

sábado, julio 06, 2013

Misión de los setenta y dos discípulos

Desde los comienzos de la humanidad la violencia ha irrumpido para obstaculizar las relaciones entre los seres humanos y de ellos con la creación y con Dios. Adán y Eva ante Dios, Abel y Caín, son los primeros exponentes de discordias que han continuado en el tiempo hasta llegar a los actuales conflictos nacionales y de orden mundial.
Pero también desde los primeros momentos el Señor ha anunciado que su misericordia se manifestaría en reconciliación, en un regalo de paz. Por ejemplo, en el capítulo 66 de Isaías (10-14) ―que es la última parte del libro, en la que trata del juicio final de Dios― promete unos cielos nuevos y una tierra nueva, también anuncia que hará nacer un nuevo pueblo (la Iglesia) y que hará derivar hacia esa familia suya, como un río, la paz. En respuesta a ese anuncio, alabamos a Dios con el Salmo 65: Aclamad al Señor, tierra entera.
Este es el contexto en el que leemos un pasaje del capítulo décimo de Lucas, que la liturgia propone para el XIV domingo. Estamos en la segunda parte del libro, que trata del ministerio de Jesús mientras sube hacia Jerusalén. Lucas hace un paralelo entre este peregrinaje y la predicación  de la primera parte: como Jesús fue rechazado en Nazaret, así lo es en Samaria; y de la misma forma en que envió a los Doce de misión apostólica, así ahora manda a los discípulos, como veremos en este pasaje: Después de esto designó el Señor a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos delante de él a toda ciudad y lugar adonde él había de ir. Y les decía: —La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al señor de la mies que envíe obreros a su mies.
De estas primeras palabras pueden surgir muchas consideraciones: el designio del Señor ―su llamada―, el envío a la misión apostólica para preparar los caminos a donde él había de ir, el afán de almas: «Desgarra el corazón aquel clamor ―¡siempre actual!― del Hijo de Dios, que se lamenta porque la mies es mucha y los obreros son pocos. ―Ese grito ha salido de la boca de Cristo, para que también lo oigas tú: ¿cómo le has respondido hasta ahora?, ¿rezas, al menos a diario, por esa intención?» (San Josemaría, Forja, n.906).
En la misma línea de la importancia de la oración por el apostolado, podemos considerar este otro consejo: «La mies es mucha y pocos los operarios. ―“Rogate ergo!” ―Rogad, pues, al Señor de la mies que envíe operarios a su campo. La oración es el medio más eficaz de proselitismo» (Ídem, Camino, n.800).
Pero continuemos para llegar al punto que la liturgia resalta hoy en este pasaje, que son las instrucciones del Señor para el empeño misionero de entonces y de ahora: Id: mirad que yo os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa ni alforja ni sandalias, y no saludéis a nadie por el camino. En la casa en que entréis decid primero: «Paz a esta casa». Y si allí hubiera algún hijo de la paz, descansará sobre él vuestra paz; de lo contrario, retornará a vosotros.
Así encontramos la palabra clave que une la primera lectura con el Evangelio: la paz.  Por eso el Señor habla de ir como corderos en medio de lobos. Pobres, desprendidos, para que se note que las esperanzas están puestas en Dios, no en los medios ni en las influencias humanas. Hombres de paz. Corderos, como Jesucristo. Mensajeros, portadores de esa paz que el Señor anunciaba en el Antiguo Testamento. En la casa en que entréis decid primero: «Paz a esta casa». 
El Señor cuenta con nosotros para ser sembradores de paz y de alegría en nuestro ambiente. Como enseña un teólogo contemporáneo, «Ser sembradores de paz y alegría reclama serenidad de ánimo, dominio sobre el propio carácter, capacidad para olvidarse de uno mismo y pensar en quienes le rodean; actitudes e ideales humanos, que la fe cristiana refuerza, al proclamar la realidad de un Dios que es amor, más concretamente, que ama a los hombres hasta el extremo de asumir Él mismo la condición humana y presentar el perdón como uno de los ejes de su mensaje» (Illanes, 9-I-2002).
Por eso hemos de pedir la paz, de fomentarla a nuestro alrededor, de buscarla por todos los medios. Esto implica por nuestra parte un notorio esfuerzo humano. En concreto, atacar la soberbia ―raíz de muchos malentendidos― con la humildad, para perdonar, para pedir perdón.  
Así lo explicaba Benedicto XVI: «Los cristianos no deben nunca ceder a la tentación de convertirse en lobos entre los lobos; el reino de paz de Cristo no se extiende con el poder, con la fuerza, con la violencia, sino con el don de uno mismo, con el amor llevado al extremo, incluso hacia los enemigos. Jesús no vence al mundo con la fuerza de las armas, sino con la fuerza de la cruz, que es la verdadera garantía de la victoria. Y para quien quiere ser discípulo del Señor, su enviado, esto tiene como consecuencia el estar preparado también a la pasión y al martirio, a perder la propia vida por él, para que en el mundo triunfen el bien, el amor, la paz. Esta es la condición para poder decir, entrando en cada realidad: Paz a esta casa» (Ángelus, 261011).
Conscientes de que no depende de nuestras capacidades, cada día lo pedimos en la Misa antes de comulgar: «Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, danos la paz». De esa manera nos damos cuenta de que la paz viene de Dios. Y de que las enemistades, los odios, los conflictos, son fruto del pecado. Por lo tanto, la paz entre los hombres es fruto de la paz con Dios.
Es una enseñanza muy actual del Concilio Vaticano II: «La paz no es la mera ausencia de la guerra, ni se reduce al solo equilibrio de las fuerzas adversarias, ni surge de una hegemonía despótica, sino que con toda exactitud y propiedad se llama obra de la justicia (Is 32,7). Es el fruto del orden plantado en la sociedad humana por su divino Fundador, y que los hombres, sedientos siempre de una más perfecta justicia, han de llevar a cabo. (…) En la medida en que el hombre es pecador, amenaza y amenazará el peligro de guerra hasta el retorno de Cristo; pero en la medida en que los hombres, unidos por la caridad, triunfen sobre el pecado, pueden también reportar la victoria sobre la violencia hasta la realización de aquella palabra: De sus espadas forjarán arados, y de sus lanzas hoces. Las naciones no levantarán ya más la espada una contra otra y jamás se llevará a cabo la guerra (Is 2,4) (Gaudium et Spes, n.78)
Los discípulos cumplen su misión preparatoria por los treinta y seis poblados cercanos, orgullosos al experimentar los poderes que les había dado la obediencia al mandato de Cristo: Volvieron los setenta y dos llenos de alegría diciendo: —Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre
Pero el Señor les hace ver el verdadero motivo por el cual deben estar alegres: Él les dijo: —Veía yo a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad, os he dado potestad para aplastar serpientes y escorpiones y sobre cualquier poder del enemigo, de manera que nada podrá haceros daño. Pero no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos más bien de que vuestros nombres están escritos en el cielo.
Tener la paz, dar la paz. Si este es nuestro objetivo en la vida, seremos muy felices en la tierra y después felicísimos en el Cielo, porque habremos sembrado la semilla del amor, de la esperanza y del perdón. 
Es la invitación que nos hace el papa Francisco: «No seáis nunca hombres y mujeres tristes: un cristiano jamás puede serlo. Nunca os dejéis vencer por el desánimo. Nuestra alegría no es algo que nace de tener tantas cosas, sino de haber encontrado a una persona, Jesús; que está entre nosotros; nace del saber que, con él, nunca estamos solos, incluso en los momentos difíciles, aun cuando el camino de la vida tropieza con problemas y obstáculos que parecen insuperables, y ¡hay tantos! Y en este momento viene el enemigo, viene el diablo, tantas veces disfrazado de ángel, e insidiosamente nos dice su palabra. No le escuchéis. Sigamos a Jesús. Nosotros acompañamos, seguimos a Jesús, pero sobre todo sabemos que él nos acompaña y nos carga sobre sus hombros: en esto reside nuestra alegría, la esperanza que hemos de llevar en este mundo nuestro. Y, por favor, no os dejéis robar la esperanza, no dejéis robar la esperanza. Esa que nos da Jesús» (Papa Francisco, Homilía 240313).
Santa María, causa de nuestra alegría, haznos sembradores de la paz y la alegría que tu Hijo nos trajo a la tierra.

sábado, diciembre 13, 2008

Alegría en Adviento


El mes de preparación para la Navidad ―de modo similar la Cuaresma― se caracteriza por la oración y la penitencia; lo indican de modo simbólico las vestiduras litúrgicas de color morado, la moderación en el uso de instrumentos musicales y la ausencia de flores en la decoración de las iglesias. Sin embargo, tanto en estos días como en la preparación de la Pascua, de repente aparece un domingo que rompe el ritmo de austeridad externa: el color pasa a ser rosado, aparecen de nuevo los aromas y colores de las flores y se escucha una vez más el órgano de fondo a los cantos de la iglesia. 

¿Qué sucede? Se trata de los domingos “Gaudete” y “Laetare”: alegraos… La liturgia nos enseña que, también en medio de la penitencia, es posible el gozo; que el dolor nos purifica para celebrar con mejores disposiciones la Pascua o la Navidad. Hoy celebramos precisamente esa jornada. Por eso comenzamos con las palabras del Apóstol Pablo: Alegraos siempre en el Señor: os lo repito, alegraos. La razón es clara: El Señor está cerca.

Todos buscamos esa alegría profunda, que no sea pasajera como la de un concierto o la de un partido de fútbol. Mejor dicho, quisiéramos que nuestra vida sonara siempre a la canción favorita con la mejor compañía; o que en nuestro trabajo nos fuera tan bien como en algún partido memorable en que tenemos un buen equipo, hacemos buenas jugadas, nos divertimos con los amigos… y hasta metemos algún gol. Pero después resulta que en la existencia cotidiana nos enfrentamos con ruidos, pitazos, cansancio, derrotas. Como explicaba el Cardenal Ratzinger en su artículo sobre el fútbol, esas distracciones, la dimensión lúdica de la vida, nos hacen ver que nuestro paso por la tierra necesita un sentido trascendente, que ilumina lo ordinario.

Es de lo que nos habla la liturgia de hoy, cuando nos insiste: Alegraos siempre en el Señor: os lo repito, alegraos. El Señor está cerca. El profeta Isaías (61,1-2a.10-11) exulta: Con gran contento gozo en el Señor, y mi alma se alegra en mi Dios, porque me ha vestido con ropaje de salvación, me ha envuelto con manto de justicia. En el Salmo repetimos las palabras de María: Mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador.

La alegría es característica del cristianismo. Así lo descubrió, por ejemplo, el escritor Bruce Marshall, según cuenta Julio Eugui: “se había educado en un rígido puritanismo protestante y no estaba acostumbrado a ver cómo se exterioriza la alegría, cosa tan sana y tan propia de un cristiano, que tiene motivos para vivir contento. Las ceremonias religiosas a las que solía asistir estaban impregnadas de seriedad y de rigidez. Pero, hete aquí que un día se llevó la gran sorpresa. Asistió por primera vez en su vida a una Misa católica con motivo de la primera comunión de un compañero, y, en medio de la celebración, se le escapó del bolsillo una moneda. Ésta fue rodando por el pasillo central del templo, ante la mirada curiosa de los presentes y del mismo sacerdote, hasta ir a desaparecer engullida -¡también es mala suerte!- por la única rejilla de la calefacción existente a varios kilómetros a la redonda. La cosa es que al sacerdote le dio risa, y a los demás feligreses se les contagió la risa del sacerdote... El pequeño Bruce no salía de su asombro, y pensó al mismo tiempo: "ésta debe ser la Iglesia verdadera; aquí la gente se ríe".

En el salmo repetíamos: Mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador. ¿Por qué se alegra María? Para alegrarse con toda el alma, ¿qué necesitaríamos tú y yo? Quizá algunos piensan en lograr alguna meta que al parecer no alcanzaremos antes de acabar el año: ¡qué gozo nos daría concluirlo! Otros, encontrarse con un ser querido. Los más, recibir algún presente material: que el Niño Dios nos traiga lo que le pedimos y, si le dimos varias alternativas para escoger, que sean las que más nos atraen, no las que pusimos como por no dejar…

María, en cambio, se alegra porque el Señor ha puesto los ojos en la humildad de su esclava. ¿De qué manera? Con una misión comprometedora: ser la Madre del Mesías, confiar plenamente en su proyecto. María se alegra porque el Señor ha puesto sus ojos en su humildad. Es una mujer alegre porque no se busca a sí misma, sino a Dios y a los demás por Dios. No se considera importante, sino una esclava, la esclava del Señor.

2. Pero el Adviento nos presenta otro ejemplo glorioso: San Juan Bautista. Este es el tercer protagonista de la temporada, después de Cristo y María. El Evangelio de su discípulo y tocayo lo presenta como el último profeta del Antiguo Testamento, que muestra al mundo a aquél de quien escribieron la ley y los profetas. Lo anuncia. Por eso se presenta como “la voz”, pues lo importante no son sus cualidades, sino lo que anuncia. Y lo que proclama es la conversión como clave de la alegría, como veíamos al comienzo: Yo soy la voz del que clama en el desierto: «Haced recto el camino del Señor», como dijo el profeta Isaías. Con Juan se están cumpliendo las profecías. Pero la clave de su invitación es el motivo: En medio de vosotros está uno a quien no conocéis. Él es el que viene después de mí, a quien yo no soy digno de desatarle la correa de la sandalia.

A ese Jesús es al que queremos encontrar con un corazón nuevo y una inmensa alegría, como pedimos en la Colecta de la Misa. Un corazón nuevo es el requisito para alcanzar la inmensa alegría. Pregúntale al Señor cómo puedes renovar tu corazón –yo le pregunto cómo renovar el mío-: quizá en la vida familiar, en el trabajo, en las relaciones sociales podemos dar una mejoría, aunque sea pequeña: cuidar más un pequeño detalle, ser agradable, acogedor, sonreír, ayudar en oficios pequeños, aunque estemos en vacaciones. En pocas palabras, aprender de Cristo, de María y de Juan a olvidarnos de nosotros mismos, a vivir en oración perseverante para así cumplir la Voluntad de Dios.

Nos puede servir una consideración de San Josemaría: “Casi todos los que tienen problemas personales, los tienen por el egoísmo de pensar en sí mismos. Es necesario darse a los demás, servir a los demás por amor de Dios: ése es el camino para que desaparezcan nuestras penas. La mayor parte de las contradicciones tienen su origen en que nos olvidamos del servicio que debemos a los demás hombres y nos ocupamos demasiado de nuestro yo”. Un buen motivo para hacer examen, aprendiendo del ejemplo de Jesús y de los santos. Darse a los demás, servirles por amor de Dios: ¡Cuántos propósitos pueden surgir al calor de estas palabras!..

Alegría… Os lo repito: estad alegres, el Señor está cerca. Cuando nos decidamos a servir sí que podremos palpar esa presencia. Y eso, aunque palpemos nuestras miserias, nuestra soberbia, nuestra sensualidad, nuestro egoísmo. En ese sentido predicaba San Josemaría: “Hijos míos: que estéis contentos. Yo lo estoy, aunque no lo debiera estar mirando mi pobre vida. Pero estoy contento, porque veo que el Señor nos busca una vez más, que el Señor sigue siendo nuestro Padre; porque sé que vosotros y yo veremos qué cosas hay que arrancar, y decididamente las arrancaremos; qué cosas hay que quemar, y las quemaremos; qué cosas hay que entregar, y las entregaremos”.

Compartir nuestra alegría. Así nos lo propone Benedicto XVI, al observar el ejemplo de María: “Este es el verdadero compromiso del Adviento: llevar la alegría a los demás. La alegría es el verdadero regalo de Navidad; no los costosos regalos que requieren mucho tiempo y dinero. Esta alegría podemos comunicarla de un modo sencillo: con una sonrisa, con un gesto bueno, con una pequeña ayuda, con un perdón. Llevemos esta alegría, y la alegría donada volverá a nosotros. En especial, tratemos de llevar la alegría más profunda, la alegría de haber conocido a Dios en Cristo. Pidamos para que en nuestra vida se transparente esta presencia de la alegría liberadora de Dios”.

martes, diciembre 25, 2007

Navidad: alegría, optimismo, esperanza




La Misa de la vigilia de Navidad comienza pidiendo al Señor que, “así como ahora acogemos a tu Hijo, llenos de júbilo, como a nuestro redentor, así también cuando venga como juez, podamos recibirlo llenos de confianza”. Y uno puede pensar qué sentido tiene hablar de júbilo en un tiempo como el nuestro, lleno de eventos negativos de todo tipo. Alguno puede llegar a preguntarse, quizá, si no tendrán razón los que piensan que la Navidad es un momento de anestesia, medio mítico, sin mayores consecuencias verdaderas.

Por el contrario, la liturgia está llena de ecos del anuncio de los ángeles: “¡Os anuncio una gran alegría!”. En la primera lectura, el capítulo 62 (1-5) de Isaías presenta una celebración jubilosa de Jerusalén: el Señor se ha complacido en ti. Una voz se eleva intercediendo por la bienamada, que fue abandonada por un tiempo: “tu esposo será tu Creador”, había dicho el capítulo 54. (Pelletier):Por amor a Sión no me callaré y por amor a Jerusalén no me daré reposo, hasta que surja en ella esplendoroso el justo y brille su salvación como una antorcha. Entonces las naciones verán tu justicia, y tu gloria todos los reyes. Te llamarán con un nombre nuevo, pronunciado por la boca del Señor. Serás corona de gloria en la mano del Señor y diadema real en la palma de su mano. Ya no te llamarán "Abandonada", ni a tu tierra "Desolada"; a ti te llamarán "Mi complacencia" y a tu tierra, "Desposada", porque el Señor se ha complacido en ti y se ha desposado con tu tierra. Como un joven se desposa con una doncella, tu hacedor se desposará contigo; como el esposo se alegra con la esposa, así se alegrará tu Dios contigo”. 

En la misma línea canta el Salmo 88: Hoy nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. "Hice un juramento a David mi servidor, pacté una alianza con mi elegido: Consolidaré tu dinastía para siempre y afirmaré tu trono eternamente. El me podrá decir: Tú eres mi padre, el Dios que me protege y que me salva. Yo jamás le retiraré mi amor ni violaré el juramento que le hice". 

En la Navidad de 1971, San Josemaría escribía a sus hijos una tarjeta de felicitación en la que les daba la clave para la alegría verdadera, que solo se encuentra en el Señor: Que Él (Dios) y su Santísima Madre, Madre Nuestra (…) nos concedan una Santa Navidad, y nos den la gracia de una entrega cada día más delicada y generosa. Es deseo del Señor, y también será una gran alegría para este Padre vuestro, que recemos mucho —clama, ne cesses! (Carta, en EF-711200-2). El 23 de agosto de ese año, San Josemaría había descubierto con la gracia de Dios, la importancia de que vayamos con fe al trono de la gloria, para alcanzar misericordia: adeamus cum fiducia ad thronum gloriae, a María, ut misericordiam consequamur. Por eso se entiende que, si acudimos con fe a María, alcanzaremos la misericordia divina, que es el fundamento de nuestra alegría. Muchos regalos grandes, también muchas vocaciones fieles, han llegado de la mano de la Virgen: en un mes dedicado a ella, en una fiesta suya, un sábado… 

Y es que María es el trono de la gloria, la que porta a su Hijo y nos lo muestra, igual que antes en el pesebre, ahora en el Sagrario, en los sacramentos, en la oración. Como dice el Prelado del Opus Dei en la carta que escribió a sus hijos en diciembre del 2007,¡Es tan fácil reconocer la asistencia de Nuestra Señora en cada paso de nuestra vida! Consideremos sosegadamente esta protección en el silencio fecundo de la oración, y descubriremos con mayor claridad aún la actuación constante de nuestra Madre del Cielo, hasta en los acontecimientos aparentemente más pequeños de nuestra existencia. Ha sido Ella quien, con el poder de su Hijo, nos ha defendido tantas veces de las insidias del enemigo de las almas, nos ha ayudado a vencer las tentaciones, nos ha hecho superar los obstáculos que se interponían en ese caminar hacia Dios. Ha sido Ella—porque así lo ha dispuesto el Señor—quien nos ha alcanzado luces y gracias nuevas, que han germinado en nuestros corazones, a pesar de la poquedad personal de cada uno”. 

Un año antes del momento en que San Josemaría sintió que Dios le sugería la jaculatoria adeamus cum fiducia ad thronum gloriae, a María, ut misericordiam consequamur, también había escuchado de Dios, el 6 de agosto de 1970, lo siguiente: sigue rezando, con clamor, con fortaleza; no dejes de rezar, que te escucho. Clama, ne cesses! ¿Cómo no conservar la alegría y el optimismo sobrenatural con esa certeza?

El fundamento de esa alegría es que Mesías, el Señor, está entre nosotros. En el comienzo del Evangelio de Mateo (1, 18-25) se relata cómo, a través de José, “hijo de David”, Jesús se convierte legalmente en descendiente del rey poeta. No temas, saluda el ángel a José, como antes a María. El nombre del hijo significa Salvador (Hoy nos ha nacido un Salvador): del pecado, que restablece la relación rota con Dios. La cita de Isaías no solo afirma la maternidad virginal de María, sino también que, en la persona de Jesús, se cumple el oráculo: Dios-con-nosotros (al final de este Evangelio Jesús dirá: “Yo (Enmanuel) estoy con vosotros todos los días hasta el final del mundo” (Pelletier). 

Al reconocer que Dios está con su pueblo, las naciones serán bendecidas en Sión (Leske): “La generación de Jesucristo fue así: María, su madre, estaba desposada con José, y antes de que conviviesen se encontró con que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, como era justo y no quería exponerla a infamia, pensó repudiarla en secreto. Consideraba él estas cosas, cuando un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: —José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados. Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que dijo el Señor por medio del Profeta: Mirad, la virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán por nombre Enmanuel, que significa Dios-con-nosotros. Al despertarse, José hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado, y recibió a su esposa. Y, sin que la hubiera conocido, dio ella a luz un hijo; y le puso por nombre Jesús”. 

Optimismo, alegría sobrenatural, pues Dios hoy ha bajado para quedarse siempre con nosotros, Él es el Enmanuel. Por eso, pase lo que pase en el nuevo año, nunca perderemos la paz. San Josemaría predicaba una idea similar: Es posible que muchas veces triunfe aquí el enemigo de Dios. Pero eso no nos va a retraer de trabajar, porque Cristo también está aquí triunfando, en medio de los hombres. Todas las criaturas -también Satanás y sus espíritus malignos- se rinden ante la majestad de Jesucristo y le sirven. El Señor sigue triunfando ahora en medio de los hombres. Cristo no ha fracasado: su vida y su doctrina están fecundando continuamente la tierra. ¡Optimistas, pues!

Le pedimos al Señor esa alegría, ese optimismo sobrenatural, que nos aumente la esperanza. También hacemos el propósito de pedirlo más este nuevo año (Clama, ne cesses!). Y como nos detiene un poco el temor a nuestra indignidad, ponemos como intercesora a la que es Trono de la Gloria, nuestra Madre María. Así se cumplirán, también ahora, los deseos de aquella tarjeta que escribió San Josemaría en 1971: Que Él (Dios) y su Santísima Madre, Madre Nuestra —adeamus cum fiducia ad thronum gloriae, a María, ut misericordiam consequamur—, nos concedan una Santa Navidad, y nos den la gracia de una entrega cada día más delicada y generosa. Es deseo del Señor, y también será una gran alegría para este Padre vuestro, que recemos mucho —clama, ne cesses!