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sábado, agosto 31, 2013

Parábola de los primeros puestos

Una vez más y esta es la quinta ocasión en que lo hace, san Lucas presenta al Señor invitado a un banquete (cap.14). Muestra, de esta forma, la actitud amistosa de Jesús, que vino para acompañarnos, para estar cerca de nosotros, hasta quedarse a nuestra disposición hecho pan en la Eucaristía: Un sábado, entró él en casa de uno de los principales fariseos para comer y ellos lo estaban espiando.
Un fariseo importante le invita, para observarlo. No es una propuesta fraternal, sino una trampa. Pero Jesús pasa a la ofensiva, al ver la falta de educación de los invitados, que se sentaban en los lugares privilegiados. Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les decía una parábola. Es la tendencia humana al reconocimiento, a llamar la atención. Se trata de una actitud bastante común: incluso hay quien se sienta un poco atrás, pero como estrategia, para que lo asciendan.
Es el primer pecado del hombre: la soberbia. El Diccionario la define como «altivez y apetito desordenado de ser preferido a otros. Satisfacción y envanecimiento por la contemplación de las propias prendas con menosprecio de los demás». Apetito desordenado: hay un sano cuidado de uno mismo, pero si se desordena, convierte a la persona en un ser que busca patológicamente la preferencia sobre los demás. Ocupar los lugares principales, como vemos en este pasaje del Evangelio, es una manifestación entre muchas…
El soberbio se cree mejor que los otros. Y se entristece cuando la realidad le muestra que, en algún punto, siempre hay alguna persona que puede superarlo. Busca su propia excelencia, pero sobre todo el reconocimiento social. Se considera el mejor de todos, en cualquier campo: en la apariencia física, en las virtudes, en las capacidades deportivas, en la astucia… Por eso, termina engañado: nadie es mejor que los demás en todos los aspectos.
Al soberbio también le gusta acompañarse de un séquito de admiradores que le hagan ver su prestancia. Generalmente tiene que pagarles ese homenaje con regalos, comidas o bebidas, que forman parte del derroche necesario para mantener la imagen pública.
Hasta el momento hemos hablado de un personaje abstracto y alguno se habrá imaginado algún conocido que encuadra en la descripción caricaturesca. Pero resulta que todos somos soberbios. Quién más, quién menos, tendemos a ser altivos, orgullosos, arrogantes. A creernos mejores que los demás, por lo menos en algún aspecto. Esperamos que nos reconozcan nuestros méritos, nuestras capacidades y logros. Aspiramos a ser queridos, admirados, alabados. Y nos molesta que no sea así. Nos hacen sufrir las «injusticias» que cometen contra nosotros; sobre todo, que no reconozcan nuestra valía.
Como los invitados al banquete del fariseo (también podría traducirse «llamados», pues se trata de un término clave en todo el pasaje), nosotros creemos que nos merecemos los primeros puestos. Por eso, el Señor nos propone la parábola: Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y venga el que os convidó a ti y al otro, y te diga: «Cédele el puesto a este». Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: «Amigo, sube más arriba». Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales.
No se trata de una enseñanza de protocolo, ni mucho menos de un ardid estratégico. Jesucristo nos instruye sobre el valor de una virtud que Él encarnó perfectamente: la humildad. Sin necesidad de recurrir a fuentes de alta espiritualidad, definámosla también con el diccionario: «Virtud que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades y en obrar de acuerdo con este conocimiento». Si la soberbia era una altivez desordenada, la humildad se define con la palabra conocimiento, que a su vez refiere a la verdad. Con lo cual llegamos a la descripción de Santa Teresa: «la humildad es andar en verdad» (Las Moradas, 10,7).
Por eso, la liturgia une este pasaje a las enseñanzas del Sirácida (3,17-32): Hijo, actúa con humildad en tus quehaceres, y te querrán más que al hombre generoso. Cuanto más grande seas, más debes humillarte, y así alcanzarás el favor del Señor. La humildad es conocer la verdad de lo que somos: hijos de Adán y Eva, inclinados al pecado. Pero también, al mismo tiempo, templos del Espíritu Santo, hijos de Dios y hermanos de Jesucristo. La humildad toca el justo medio de toda virtud: se opone tanto el engreimiento de la soberbia como a la humillación de la tristeza.
Conocer las propias limitaciones y debilidades, dice el diccionario. Saber que llevamos con nosotros el hombre viejo del que habla san Pablo (Rm 6,6). Reconocernos poca cosa delante de Dios. Saber que, además de la naturaleza caída, llevamos con nosotros las cicatrices de tantos errores, que nos impulsan a recaer: «Cuanto más me exalten, Jesús mío, humíllame más en mi corazón, haciéndome saber lo que he sido y lo que seré, si tú me dejas» (C, 591); «Si te conocieras, te gozarías en el desprecio, y lloraría tu corazón ante la exaltación y la alabanza» (C, 594).
Andar en verdad. Saber lo que hemos sido, vernos como somos, conocernos… Es fácil decirlo, pero ¡cuánto cuesta! Precisamente porque el pecado original nos ha hecho soberbios, porque late en nuestra naturaleza la primera tentación: ¡seréis como dioses! (Gn 3,5), tendemos a no ver nuestros errores o a disculparlos con toda facilidad. Y además nos molesta cuando nos hacen caer en la cuenta de que nos equivocamos. Por ese motivo, el diccionario menciona esa realidad anunciada por muchos santos: el conocimiento propio es necesario para la humildad.
En una ocasión, le preguntaron al cardenal Bergoglio en una entrevista: —¿Cuál es para usted la más grande de las virtudes? Y él respondió: «—Bueno, la virtud del amor, de darle el lugar al otro, y eso desde la mansedumbre. ¡La mansedumbre me seduce tanto! Le pido siempre a Dios que me dé un corazón manso». —¿Y el peor de los pecados? «—Si considero el amor como la mayor virtud, tendría que decir, lógicamente, que el peor de los pecados es el odio, pero el que más me repugna es la soberbia, el “creérsela”. Cuando yo me encontré en situaciones en que “me la creí”, tuve una gran vergüenza interior y pedí perdón a Dios, pues nadie está libre de caer en esas cosas» (Rubin y Ambrogetti, 2013, p.123).
Aprovechemos esta oración para pedirle al Señor que nos haga el don de conocernos bien a nosotros mismos: cuáles son nuestras virtudes para agradecerlas y hacerlas rendir y cuáles nuestros defectos para luchar por vencerlos. Este es uno de los mejores frutos de la oración: conocer a Jesús y mejorar el conocimiento propio, al compararnos con su modelo de perfección. Hagamos examen y pensemos qué tanto nos conocemos, si sabemos dónde nos talla el zapato, cuál es nuestro talón de Aquiles y también cuáles son nuestros talentos, para dar el fruto que el Señor espera.
Para resaltar la importancia de la humildad en la vida interior, san Josemaría predicaba que, «lo mismo que se condimentan con sal los alimentos, para que no sean insípidos, en la vida nuestra hemos de poner siempre la humildad». Y acudía a una comparación clásica: «no vayáis a hacer como esas gallinas que, apenas ponen un solo huevo, atronan cacareando por toda la casa. Hay que trabajar, hay que desempeñar la labor intelectual o manual, y siempre apostólica, con grandes intenciones y grandes deseos que el Señor transforma en realidades de servir a Dios y pasar inadvertidos» (Citado por J. Echevarría, Discurso, 18-I-2003).
Nos puede ayudar que dirijamos al Señor en nuestra oración una plegaria clásica, atribuida al Cardenal Merry del Val, para pedirle esta virtud: «Jesús manso y humilde de Corazón, escucha mi plegaria. Líbrame, Señor, del deseo de sentirme apreciado, amado, ensalzado, elogiado, alabado, preferido, consultado, aplaudido… Líbrame, también, Señor, del temor a la humillación, al desprecio, al reproche, a la calumnia, al olvido, al ridículo, al agravio, al recelo… Ayúdame, Jesús, a desear que los demás sean más amados y apreciados que yo, que ellos crezcan y yo disminuya a los ojos del mundo, que sean alabados y yo pase oculto, que los demás sean preferidos a mí en todo, que sean más santos que yo, siempre que yo alcance la santidad que Tú deseas».
El Señor concluye este pasaje del Evangelio diciendo: Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido. El mejor modelo de humildad es, después del mismo Jesús, su Madre. Ella es la primera que se humilla en el Magníficat, cuando dice que Dios puso los ojos en la pobreza de su esclava. Por eso, el Señor la ensalza: «Entre los Santos, sobresale María, Madre del Señor y espejo de toda santidad. El Evangelio de Lucas (…) expresa todo el programa de su vida: no ponerse a sí misma en el centro, sino dejar espacio a Dios, a quien encuentra tanto en la oración como en el servicio al prójimo; sólo entonces el mundo se hace bueno. María es grande precisamente porque quiere enaltecer a Dios en lugar de a sí misma. Ella es humilde: no quiere ser sino la sierva del Señor» (Benedicto XVI, 2005, n. 41).

«El canto humilde y gozoso de María, en el Magnificat, nos recuerda la infinita generosidad del Señor con quienes se hacen como niños, con quienes se abajan y sinceramente se saben nada» (F, 608). Podemos terminar nuestra oración acudiendo a la Virgen, para que nos alcance la gracia de ser tan humildes como Ella. 

viernes, agosto 27, 2010

Humildad. Los primeros puestos.


1. Una vez más, San Lucas presenta al Señor invitado a un banquete. Muestra, de esta forma, la actitud amistosa de Jesús, que vino para acompañarnos, para estar cerca de nosotros, hasta quedarse a nuestra disposición –hecho pan en la Eucaristía-: Un sábado, entró él a comer en casa de uno de los principales fariseos y ellos le estaban observando.  Les proponía a los invitados una parábola, al notar cómo iban eligiendo los primeros puestos.


Un fariseo importante le invita, para observarlo. No es una invitación fraternal, sino una trampa o un laboratorio. Pero Jesús pasa a la ofensiva, al ver la falta de educación de los invitados, que se sentaban en los lugares privilegiados. Se trata de una actitud bastante común: incluso hay quien se sienta un poco atrás, pero como estrategia, para que lo asciendan. Es la tendencia humana al reconocimiento, a ser tenido en cuenta, a llamar la atención.


Se trata, prácticamente, del primer pecado del hombre: la soberbia. El Diccionario la define como “altivez y apetito desordenado de ser preferido a otros. Satisfacción y envanecimiento por la contemplación de las propias prendas con menosprecio de los demás”. Apetito desordenado: hay un sano cuidado de uno mismo, pero si se desordena, convierte a la persona en un ser que busca patológicamente la preferencia sobre los demás. Ocupar los lugares principales, como vemos en el Evangelio de hoy, es una manifestación entre muchas…


El soberbio se cree mejor que los demás. Y se entristece cuando la realidad le muestra que, en algún punto, siempre hay otra persona que puede superarlo. Busca su propia excelencia, pero sobre todo el reconocimiento social. Se cree el mejor de todos, en todo: en la apariencia física, en las virtudes, en las capacidades deportivas, en la astucia… Por eso, termina engañado: nadie es mejor que las demás personas en todos los aspectos. También le gusta acompañarse de un séquito de admiradores que le hagan ver su prestancia. Generalmente tiene que pagarles ese homenaje con regalos, comidas o bebidas, que forman parte del derroche necesario para mantener la imagen pública.


Hasta el momento hemos hablado de un personaje abstracto y todos nos hemos imaginado algún conocido. Pero todos somos soberbios. Quién más, quién menos, tendemos a ser altivos, orgullosos, arrogantes. A creernos mejores que los demás, por lo menos en algún aspecto. Esperamos que nos reconozcan nuestros méritos, nuestras capacidades, nuestros logros. Aspiramos a ser queridos, admirados, alabados. Y nos molesta que no sea así. Nos hacen sufrir las “injusticias” que cometen contra nosotros, sobre todo que no reconozcan nuestra valía.


Como los invitados al banquete del fariseo, creemos que nos merecemos los primeros puestos. Por eso, el Señor les propone la parábola: Cuando alguien te invite a una boda, no vayas a sentarte en el primer puesto, no sea que otro más distinguido que tú haya sido invitado por él y, al llegar el que os invitó a ti y al otro, te diga: «Cédele el sitio a éste», y entonces empieces a buscar, lleno de vergüenza, el último lugar. Al contrario, cuando te inviten, ve a ocupar el último lugar, para que cuando llegue el que te invitó te diga: «Amigo, sube más arriba». Entonces quedarás muy honrado ante todos los comensales.


No se trata de una enseñanza de etiqueta, ni mucho menos de un ardid estratégico. Jesucristo nos enseña el valor de una virtud que Él encarnó perfectamente: la humildad. Para no recurrir a fuentes de alta espiritualidad, definámosla también con el Diccionario: “Virtud que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades y en obrar de acuerdo con este conocimiento”. Si la soberbia era una altivez desordenada, la humildad se define con la palabra conocimiento, que a su vez refiere a la verdad.


Con lo cual llegamos a la descripción de Santa Teresa: Una vez estaba yo considerando por qué razón era nuestro Señor tan amigo de esta virtud de la humildad, y púsoseme delante ­a mi parecer sin considerarlo, sino de presto­ esto: que es porque Dios es suma Verdad, y la humildad es andar en verdad (Las Moradas, 10, 7).


La humildad es conocer la verdad de lo que somos: hijos de Adán y Eva, inclinados al pecado. Pero también, al mismo tiempo, templos del Espíritu Santo, hijos de Dios y hermanos de Jesucristo. La humildad toca el justo medio de toda virtud: se opone tanto el engreimiento de la soberbia como a la humillación de la tristeza.


Conocer las propias limitaciones y debilidades, dice el diccionario. Saber que llevamos con nosotros el “hombre viejo” del que habla San Pablo. Reconocernos poca cosa delante de Dios. Saber que, además de la naturaleza caída, llevamos con nosotros las cicatrices de tantas caídas, que nos impulsan a recaer. En Camino, San Josemaría habla mucho de la importancia de este conocimiento propio: “Cuanto más me exalten, Jesús mío, humíllame más en mi corazón, haciéndome saber lo que he sido y lo que seré, si tú me dejas” (n. 591), “Cuando te veas como eres, ha de parecerte natural que te desprecien” (n. 593), “Si te conocieras, te gozarías en el desprecio, y lloraría tu corazón ante la exaltación y la alabanza” (n. 594).


Andar en verdad. Saber lo que hemos sido, vernos como somos, conocernos… Es fácil decirlo, pero ¡cuánto cuesta! Precisamente porque el pecado original nos ha hecho soberbios, porque late en nuestra naturaleza la primera tentación: “¡seréis como dioses!”, tendemos a no ver nuestros errores o a disculparlos con toda facilidad. Y además nos molesta cuando nos hacen caer en la cuenta de que nos equivocamos. Por eso, concluye San Josemaría –igual que San Anselmo o  Santa Catalina de Siena- que “el propio conocimiento nos lleva como de la mano a la humildad” (Camino, n. 609).


Aprovechemos esta oración para pedirle al Señor que nos haga el don del conocimiento propio. Es uno de los mejores frutos de la oración: conocer a Jesús y conocernos a nosotros mismos, al compararnos con ese modelo de perfección. Hagamos examen y pensemos qué tanto nos conocemos, si sabemos dónde nos talla el zapato, cuál es nuestro talón de Aquiles y también cuáles son nuestros talentos, para hacerlos rendir como el Señor espera.


2. Para resaltar la importancia de la humildad en la vida interior, el Fundador del Opus Dei predicaba que, «lo mismo que se condimentan con sal los alimentos, para que no sean insípidos, en la vida nuestra hemos de poner siempre la humildad» (25-XII-1972). Y acudía a una comparación clásica: «no vayáis a hacer como esas gallinas que, apenas ponen un solo huevo, atronan cacareando por toda la casa. Hay que trabajar, hay que desempeñar la labor intelectual o manual, y siempre apostólica, con grandes intenciones y grandes deseos –que el Señor transforma en realidades– de servir a Dios y pasar inadvertidos» (Cf. Javier Echevarría, Discurso 18-I-2003).


Nos puede ayudar que consideremos en nuestra oración una plegaria clásica, atribuida al Cardenal del Val, con la que se pide al Señor esta virtud:


Jesús manso y humilde de Corazón, … – Óyeme.


Del deseo de ser lisonjeado, … – Líbrame Jesús
Del deseo de ser alabado, … – Líbrame Jesús
Del deseo de ser honrado, … – Líbrame Jesús
Del deseo de ser aplaudido, … – Líbrame Jesús
Del deseo de ser preferido, … – Líbrame Jesús
Del deseo de ser consultado, … – Líbrame Jesús
Del deseo de ser aceptado,… – Líbrame Jesús
Del temor a ser humillado, … – Líbrame Jesús
Del temor a ser despreciado, … – Líbrame Jesús
Del temor a ser reprendido, … – Líbrame Jesús
Del temor a ser calumniado, … – Líbrame Jesús
Del temor a ser olvidado, … – Líbrame Jesús
Del temor al ridículo, … – Líbrame Jesús
Del temor a ser injuriado, … – Líbrame Jesús
Del temor a ser juzgado con malicia … – Líbrame Jesús


Que otros sean más estimados que yo, … – Jesús dame la gracia de desearlo
Que otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse, … – Jesús dame la gracia de desearlo
Que otros sean alabados y de mí no se haga caso, … – Jesús dame la gracia de desearlo
Que otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil, … – Jesús dame la gracia de desearlo
Que otros sean preferidos a mí en todo, … – Jesús dame la gracia de desearlo
Que los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda, … – Jesús dame la gracia de desearlo


3. El Señor concluye este pasaje del Evangelio diciendo: Porque todo el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado. Y el Papa Benedicto XVI comenta que “esta perspectiva que nos indican las Escrituras choca fuertemente hoy con la cultura y la sensibilidad del hombre contemporáneo. Al humilde se le considera un perdedor, un derrotado, uno que no tiene nada que decir al mundo. Y, en cambio, este es el camino real, y no sólo porque la humildad es una gran virtud humana, sino, en primer lugar, porque constituye el modo de actuar de Dios mismo.


Queridos jóvenes, me parece que en estas palabras de Dios sobre la humildad se encierra un mensaje importante y muy actual para vosotros, que queréis seguir a Cristo y formar parte de su Iglesia. El mensaje es este: no sigáis el camino del orgullo, sino el de la humildad. Id contra corriente: no escuchéis las voces interesadas y persuasivas que hoy, desde muchas partes, proponen modelos de vida marcados por la arrogancia y la violencia, por la prepotencia y el éxito a toda costa, por el aparecer y el tener, en detrimento del ser.


Vosotros sois los destinatarios de numerosos mensajes, que os llegan sobre todo a través de los medios de comunicación social. Estad vigilantes. Sed críticos. No vayáis tras la ola producida por esa poderosa acción de persuasión. No tengáis miedo, queridos amigos, de preferir los caminos "alternativos" indicados por el amor verdadero: un estilo de vida sobrio y solidario; relaciones afectivas sinceras y puras; un empeño honrado en el estudio y en el trabajo; un interés profundo por el bien común.


No tengáis miedo de ser considerados diferentes y de ser criticados por lo que puede parecer perdedor o pasado de moda: vuestros coetáneos, y también los adultos, especialmente los que parecen más alejados de la mentalidad y de los valores del Evangelio, tienen profunda necesidad de ver a alguien que se atreva a vivir de acuerdo con la plenitud de humanidad manifestada por Jesucristo.


Así pues, queridos jóvenes, el camino de la humildad no es un camino de renuncia, sino de valentía. No es resultado de una derrota, sino de una victoria del amor sobre el egoísmo y de la gracia sobre el pecado. Siguiendo a Cristo e imitando a María, debemos tener la valentía de la humildad; debemos encomendarnos humildemente al Señor, porque sólo así podremos llegar a ser instrumentos dóciles en sus manos, y le permitiremos hacer en nosotros grandes cosas”.

sábado, septiembre 01, 2007

Humildad


Hace pocos días supe de una noticia nefasta: en Italia le practicaron una cirugía a una mujer que tenía un embarazo gemelar, para “descartar” uno de los embriones, porque tenía una limitación de origen cromosómico. Por lo visto, al momento de extraerlo se movió, y eliminaron al embrión sano. Al final, murieron las dos criaturas. 

Lamentablemente, no son extraños estos sucesos hoy día. Y parecen responder a una filosofía de fondo, que viene desde la Edad Moderna: la auto-realización, la autonomía total. El hombre moderno rechaza la dependencia, el límite: para eso somos lo que somos, para superar cualquier barrera. 

No se trata de una simple apreciación filosófica. Y en realidad no se puede limitar a los últimos siglos… La historia del egoísmo humano es más antigua, viene desde los inicios. Más bien se podría decir que ahora nos da menos vergüenza mostrarnos como somos, y hemos llegado a “liberarnos” de la mínima modestia que antes impedía decir que, en una actuación concreta, se actuaba por vanidad, pereza o simplemente por interés personal. Por eso una de las actitudes más admiradas hoy día es la “insumisión”, la “rebeldía”, y una de las metas más anheladas es, como decíamos antes, la auto-realización. 

“Realizarse” ya no es aspiración exclusiva de reinas de belleza… Cualquier adolescente contemporáneo, por muchos años que tenga –el síndrome de Peter Pan es cada vez más frecuente- tiene como gran ilusión llegar a realizarse. Por eso en todo el mundo proliferan las clínicas de belleza, los gimnasios, el dinero fácil y muchas otras realidades que no seguiré narrando para no dar la impresión de que este escrito quiere ser negativo o triste, ¡pues no lo es! Solo se trataba de llamar la atención sobre este hecho contemporáneo y tratar de encontrar una alternativa para encontrar la felicidad y la alegría, que son fruto de una vida “lograda”, como dicen los filósofos.

Como se puede esgrimir que entre la realización y el logro de vida puede no haber diferencias, acudamos a fuentes que nos ayuden a encontrar la felicidad y la alegría, que son la clave del verdadero “encontrar la vida”. En el Antiguo Testamento, el libro del Sirácida (antiguamente llamado “Eclesiástico”) nos da una pista: “No hay remedio para el hombre orgulloso, porque ya está arraigado en la maldad. El hombre prudente medita en su corazón las sentencias de los otros, y su gran anhelo es saber escuchar”. El consejo clave del anciano al joven sería: “Hazte pequeño y hallarás gracia ante el Señor”. Ya nos situamos en una perspectiva diferente a la del insumiso autónomo: el primer secreto para ser grande en la vida es… hacerse pequeño.

¿Y qué nos dice el Evangelio? En el inicio del capítulo 14 de San Lucas, aparece Jesús en un banquete-trampa, que los fariseos le preparan para ver si cura a un hidrópico en sábado. Después de curarlo, propone una lección de humildad “al notar cómo iban eligiendo los primeros puestos: ‘Cuando alguien te invite a una boda, no vayas a sentarte en el primer puesto, no sea que otro más distinguido que tú haya sido invitado por él y, al llegar el que os invitó a ti y al otro, te diga: «Cédele el sitio a éste», y entonces empieces a buscar, lleno de vergüenza, el último lugar. Al contrario, cuando te inviten, ve a ocupar el último lugar, para que cuando llegue el que te invitó te diga: «Amigo, sube más arriba». Entonces quedarás muy honrado ante todos los comensales. Porque todo el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado’”.

La clave es la humildad. Es famoso el razonamiento de Santa Teresa: «Una vez estaba yo considerando por qué razón era nuestro Señor tan amigo de esta virtud de la humildad, y púsoseme delante –a mi parecer sin considerarlo, sino de presto– esto: que es porque Dios es suma Verdad, y la humildad es andar en verdad; que lo es muy grande no tener cosa buena de nosotros, sino la miseria y ser nada; y quien esto no entiende, anda en mentira. A quien más lo entiende, agrada más a la suma Verdad, porque anda en ella. Plega a Dios, hermanas, nos haga merced de no salir jamás de este propio conocimiento, amén» (S. Teresa de Jesús, Morad. 6,10,8).

San Josemaría dedica una homilía entera sobre el tema en su libro de meditaciones “Amigos de Dios”. Y explica varios puntos concretos, que pueden ayudarnos hoy: 

- En primer lugar, conciencia de la propia miseria, “andar en verdad”: “Ante nuestras miserias y nuestros pecados, ante nuestros errores —aunque, por la gracia divina, sean de poca monta—, vayamos a la oración y digamos a nuestro Padre: ¡Señor, en mi pobreza, en mi fragilidad, en este barro mío de vasija rota, Señor, colócame unas lañas y —con mi dolor y con tu perdón— seré más fuerte y más gracioso que antes! Que no nos llame la atención si somos deleznables, que no nos choque comprobar que nuestra conducta se quebranta por menos de nada; confiad en el Señor, que siempre tiene preparado el auxilio: el Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? [Salmo 26, 1]. A nadie: tratando de este modo a nuestro Padre del Cielo, no admitamos miedo de nadie ni de nada” Una oración consoladora, para que la repitamos cuando se destroce este pobre barro nuestro. (Amigos de Dios, n. 95).

- Segunda idea: la soberbia es el peor pecado. Los grandes conocedores de las almas no le tienen tanto miedo al corazón, a la impureza como a la soberbia: “Hemos de luchar contra otras formas más sutiles, más frecuentes: el orgullo de preferir la propia excelencia a la del prójimo; la vanidad en las conversaciones, en los pensamientos y en los gestos; una susceptibilidad casi enfermiza, que se siente ofendida ante palabras y acciones que no significan en modo alguno un agravio. Todo esto sí que puede ser, que es, una tentación corriente. El hombre se considera, a sí mismo, como el sol y el centro de los que están a su alrededor. Todo debe girar en torno a él. Y no raramente recurre, con su afán morboso, hasta la simulación del dolor, de la tristeza y de la enfermedad: para que los demás lo cuiden y lo mimen. La mayor parte de los conflictos, que se plantean en la vida interior de muchas gentes, los fabrica la imaginación: que si han dicho, que si pensarán, que si me consideran... Y esa pobre alma sufre, por su triste fatuidad, con sospechas que no son reales. En esa aventura desgraciada, su amargura es continua y procura producir desasosiego en los demás: porque no sabe ser humilde, porque no ha aprendido a olvidarse de sí misma para darse, generosamente, al servicio de los otros por amor de Dios” (Amigos de Dios, n. 101).

Benedicto XVI decía al respecto: “La verdadera amistad con Jesús se expresa en la forma de vivir: se expresa con la bondad del corazón, con la humildad, la mansedumbre y la misericordia, el amor por la justicia y la verdad, el empeño sincero y honesto por la paz y la reconciliación. Éste, podríamos decir, es el «documento de identidad» que nos cualifica como sus auténticos «amigos»; éste es el «pasaporte» que nos permitirá entrar en la vida eterna. Queridos hermanos y hermanas: si queremos también nosotros pasar por la puerta estrecha, debemos empeñarnos en ser pequeños, esto es, humildes de corazón como Jesús”.

- Consecuencia, y enlazamos con la introducción que buscaba la verdadera alegría, la felicidad: “No concedáis el menor crédito a los que presentan la virtud de la humildad como apocamiento humano, o como una condena perpetua a la tristeza. Sentirse barro, recompuesto con lañas, es fuente continua de alegría; significa reconocerse poca cosa delante de Dios: niño, hijo. ¿Y hay mayor alegría que la del que, sabiéndose pobre y débil, se sabe también hijo de Dios? ¿Por qué nos entristecemos los hombres? Porque la vida en la tierra no se desarrolla como nosotros personalmente esperábamos, porque surgen obstáculos que impiden o dificultan seguir adelante en la satisfacción de lo que pretendemos. Nada de esto ocurre, cuando el alma vive esa realidad sobrenatural de su filiación divina. Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros? [Rm 8, 31]. Que estén tristes los que se empeñan en no reconocerse hijos de Dios, vengo repitiendo desde siempre.

Para terminar, (…) Mirad a María. Jamás criatura alguna se ha entregado con más humildad a los designios de Dios. La humildad de la ancilla Domini, de la esclava del Señor, es el motivo de que la invoquemos como causa nostræ lætitiæ, causa de nuestra alegría. Eva, después de pecar queriendo en su locura igualarse a Dios, se escondía del Señor y se avergonzaba: estaba triste. María, al confesarse esclava del Señor, es hecha Madre del Verbo divino, y se llena de gozo. Que este júbilo suyo, de Madre buena, se nos pegue a todos nosotros: que salgamos en esto a Ella —a Santa María—, y así nos pareceremos más a Cristo” (Amigos de Dios, nn. 108-109).