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lunes, enero 09, 2017

Navidad y Cruz

El misterio de la Navidad, con la explosión de alegría y de paz que le caracteriza, tiene un aspecto que es poco mencionado: el dolor que porta desde el primer momento.
Jesucristo se encarna en unas coordenadas históricas concretas, y esa realidad histórica también incluía que, como fruto amargo del pecado original, el ser humano experimentara el dolor y el sufrimiento sin mayor sentido que el de la necesaria, pero insuficiente, reparación a Dios por los pecados de todos los tiempos.
Sin embargo, Jesús, el Salvador —ese es el significado de su nombre—, vino precisamente para liberarnos de esas cadenas del pecado, para justificar nuestras culpas y para asociarnos a su redención. Por eso vemos que toda su existencia, también la infancia y la vida oculta, está marcada con la señal de la Cruz, a la que están siempre unidos los que le están cercanos.
Ya en los prolegómenos de su venida, cuando el Ángel Gabriel le anuncia a Zacarías la concepción de su hijo, que será el precursor del Mesías, la falta de fe del anciano sacerdote le ocasiona quedarse mudo hasta el nacimiento de su hijo.
Para María de Nazaret tampoco fue sencilla, ni exenta de contradicciones, la decisión de permanecer virgen al ver que Dios la llamaba por ese camino, pues quedaba expuesta a las burlas de sus coterráneas por no ser capaz de engendrar al Mesías.
Al recibir el mensaje del Ángel en la Anunciación, experimentó otro dolor: la posibilidad de perder el apoyo de José. Ese silencio prudente, de guardar para sí el misterio de la Encarnación del Verbo en su vientre, nos habla de otra dimensión del espíritu de penitencia: la mortificación interior, la lucha por controlar la imaginación, la memoria, la curiosidad:
«Si la imaginación bulle alrededor de ti mismo, crea situaciones ilusorias, composiciones de lugar que, de ordinario, no encajan con tu camino, te distraen tontamente, te enfrían, y te apartan de la presencia de Dios. —Vanidad.
Si la imaginación revuelve sobre los demás, fácilmente caes en el defecto de juzgar —cuando no tienes esa misión—, e interpretas de modo rastrero y poco objetivo su comportamiento. —Juicios temerarios.
Si la imaginación revolotea sobre tus propios talentos y modos de decir, o sobre el clima de admiración que despiertas en los demás, te expones a perder la rectitud de intención, y a dar pábulo a la soberbia.
Generalmente, soltar la imaginación supone una pérdida de tiempo, pero, además, cuando no se la domina, abre paso a un filón de tentaciones voluntarias.
—¡No abandones ningún día la mortificación interior!» (S, n. 135).
Inmediatamente después de la Anunciación, María subió a visitar a la prima Isabel, con un viaje sacrificado, al que siguieron las contradicciones propias del trabajo doméstico en una casa ajena, al servicio de dos personas ancianas: la prima embarazada y el esposo mudo.
Sin embargo, la actitud de María no es de queja por el destino que el Señor le ha marcado. Al contrario, descubre en aquellas tribulaciones el amor de Dios, y por eso reacciona siempre con alegría, con una sonrisa que se explaya en el canto del Magnificat: Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humildad de su esclava. Las contradicciones, bien llevadas, con amor de Dios, deben manifestarse en el rostro alegre: «¡Oh, Madre!: que sea la nuestra, como la tuya, la alegría de estar con Él y de tenerlo» (S, n. 95).
Como esa Cruz va cayendo sobre los seres más amados, el patriarca san José también la recibió. Entre sus famosos «dolores y gozos», destaca el dolor de dejar a María, de apartarse —en su humildad— ante el misterio de la concepción virginal, del cual se consideraba indigno de participar. Después de la confirmación de su papel como padre putativo de Jesús por parte del Ángel (le pondrás por nombre Jesús) llegó un nuevo viaje, el ascenso a Belén para cumplir humildemente con los caprichos del emperador extranjero, el censo.
La estrella de Belén y el coro de la legión angelical, que acompañaron el Nacimiento de Jesús, no lograron opacar o esconder la pobreza y humildad, el sacrificio del Verbo eterno, ya no solo al abajarse al nivel del ser humano, sino al nacer como el más pobre de los pobres, entre los animales. Se cumplen desde el primer momento las palabras de san Efrén el sirio: «la divinidad se escondió bajo la humanidad para poder llegar hasta la muerte» (Sermo de Domini Nativitate).
Uno podría pensar que la visita de los magos, con el oro que portaban como ofrenda al verdadero Rey y Dios, sería una nota de alegría en medio de un panorama tan oscuro. La verdad es que, cuando se tiene vida sobrenatural, el dolor forma parte del gozo, como las sombras resaltan la luz en una pintura o los silencios fortalecen las grandes sinfonías: la alegría tiene sus raíces en forma de Cruz (Cf. ECP, n. 43; F, n. 28). Además, en medio de las dificultades, María y José eran conscientes de que estaban cumpliendo la voluntad del Padre, ¡qué mejor motivo de alegría! Y tenían como bálsamo nada menos que el amor de Jesús.
Don Julián Herranz (2011, p. 157) cuenta una anécdota que ilustra esta verdad: un día, mientras predicaba, san Josemaría lo interrumpió de modo extraordinario, pues casi nunca lo hacía, porque había dicho reiteradamente la palabra «tribulaciones”: «Tribulaciones, tribulaciones… No, hijo mío. Esa palabra no me gusta: con frecuencia sirve para disimular la falta de Amor». No dijo más. El futuro cardenal Herranz terminó la meditación en un tono menos sombrío, y al salir del oratorio, san Josemaría le pidió disculpas con una sonrisa por haberle interrumpido, y le explicó: «Es que las almas poco generosas consideran tribulaciones lo que en realidad es una bendición divina, porque el Señor bendice con la Cruz».
Volviendo a la Epifanía, vemos que, junto con el oro —que serviría poco después para paliar las dificultades del traslado e instalación en Egipto—, los magos también portaron incienso, como signo de admiración al Dios hecho Niño, sumo sacerdote, pero además llevaron mirra, «que profetizaba su muerte y sepultura» (LH). Acerca de este presente, san Josemaría explicaba que la mirra es la mortificación, amar la Cruz, saberse fastidiar gustosamente por Cristo, aunque cueste y porque cuesta:
«esa mortificación no consistirá de ordinario en grandes renuncias, que tampoco son frecuentes. Estará compuesta de pequeños vencimientos: sonreír a quien nos importuna, negar al cuerpo caprichos de bienes superfluos, acostumbrarnos a escuchar a los demás, hacer rendir el tiempo que Dios pone a nuestra disposición... Y tantos detalles más, insignificantes en apariencia, que surgen sin que los busquemos —contrariedades, dificultades, sinsabores—, a lo largo de cada día» (ECP, n. 37).
Es lo que vemos en la vida cotidiana de la sagrada Familia. Como si los problemas que hemos visto hasta ahora fueran pocos, más adelante tuvieron que partir hacia Egipto, huyendo del peligro certero de muerte a causa de la soberbia asesina de Herodes. Parece como si, con el martirio de los inocentes, el diablo quisiera vengarse, al intuir que la redención se estaba empezando a actuar en el mundo. La respuesta de José es otra materialización de la cruz: la obediencia, que es «la humildad de la voluntad, que se sujeta al querer ajeno, por Dios» (S, n. 259).
La existencia de la Sagrada Familia fue una vida de desplazados, de inmigrantes. Y cuando lograron estar instalados, después de unos años viviendo en África, llegó el momento de regresar a casa, para recomenzar de nuevo. Si sufrimos solo con imaginarlo, ¡cómo habría sido de duro el vivirlo!: Cuando murió Herodes, el ángel del Señor se apareció de nuevo en sueños a José en Egipto y le dijo: Levántate, coge al niño y a su madre y vuelve a la tierra de Israel, porque han muerto los que atentaban contra la vida del niño». Se levantó, tomó al niño y a su madre y volvió a la tierra de Israel.
Aunque cueste, da tranquilidad saber que se cumple la voluntad de Dios. Pero andar por esa vía no quiere decir que se encuentre libre de obstáculos. Casi podríamos decir que sucede al contrario: "Pero al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea como sucesor de su padre Herodes tuvo miedo de ir allá. Y avisado en sueños se retiró a Galilea y se estableció en una ciudad llamada Nazaret". En esas circunstancias, sería fácil reaccionar de mala manera, preguntándose qué sentido tendría tanta contradicción. Pues resulta que lo tiene, aunque a veces no nos enteremos a las primeras de cambio. Fue lo que sucedió en este caso: "Así se cumplió lo dicho por medio de los profetas, que se llamaría nazareno".
En Nazaret vivirían el martirio de la vida ordinaria, materializado ya no en las grandes vicisitudes que hemos contemplado, sino en la lucha diaria por crecer en virtudes: el ejemplo, el servicio, el trabajo, la oración, el amor mutuo. Y por esa razón, la Sagrada Familia es el mejor modelo para tomar la Cruz de cada día en nuestra vida ordinaria:
«no seremos santos, si no nos unimos a Cristo en la Cruz: no hay santidad sin Cruz, sin mortificación. Donde más fácilmente encontraremos la mortificación es en las cosas ordinarias y corrientes: en el trabajo intenso, constante y ordenado; sabiendo que el mejor espíritu de sacrificio es la perseverancia en acabar con perfección la labor comenzada; en la puntualidad, llenando de minutos heroicos el día; en el cuidado de las cosas, que tenemos y usamos; en el afán de servicio, que nos hace cumplir con exactitud los deberes más pequeños; y en los detalles de caridad, para hacer amable a todos el camino de santidad en el mundo: una sonrisa puede ser, a veces, la mejor muestra de nuestro espíritu de penitencia» (San Josemaría, Carta 24-III-1930, n. 15. Citado por Berglar, P. [1987]. Opus Dei. Madrid: Rialp, p. 100).
En medio de ese martirio ordinario, hubo un evento que marcó la historia de la Sagrada Familia; tanto, que la lglesia lo toma como uno de los misterios gozosos del Rosario: la pérdida y hallazgo de Jesús en el templo, a los doce años. ¡Cuánto habrán padecido María y José!, no echándose mutuamente la culpa de la pérdida, sino haciéndose responsables personalmente, y sufriendo por el dolor de los otros dos: del cónyuge y del hijo. San Juan Pablo II, meditando sobre esta escena, dice que la Virgen no riñó a Jesús, sino que lo observó con «mirada interrogadora». El misterio de la Cruz sigue aleteando sobre la historia de ese hogar: «La revelación de su misterio de Hijo, dedicado enteramente a las cosas del Padre, anuncia aquella radicalidad evangélica que, ante las exigencias absolutas del Reino, cuestiona hasta los más profundos lazos de afecto humano. José y María mismos, sobresaltados y angustiados, “no comprendieron” sus palabras (Lc 2, 50)» (RVM, n. 20).
Más adelante vendría la muerte de José, el cambio de circunstancias familiares. Una nueva dificultad para el proyecto evangelizador que Jesús habría previsto, una nueva ocasión de crecer en gracia y sabiduría, en identificación con la voluntad del Padre.
Y para no seguir en esta meditación hasta el holocausto perfecto que fue el sacrificio en la Cruz —tema que consideramos con profundidad en Semana Santa—, podemos quedarnos en el bautismo de Jesús, que es la fiesta con la cual la Iglesia concluye el periodo navideño. Las representaciones orientales de este misterio de la vida de Cristo dibujan a Jesús, al descender al Jordán, como si se acostara en un ataúd. De esa manera significan la dimensión sacrificial del bautismo.
Benedicto XVI explicaba el sentido profundo de este pasaje de la vida de Cristo, que «se manifestará sólo al final de la vida terrena de Cristo, es decir, en su muerte y resurrección. Haciéndose bautizar por Juan juntamente con los pecadores, Jesús comenzó a tomar sobre sí el peso de la culpa de toda la humanidad, como Cordero de Dios que “quita” el pecado del mundo. Obra que consumó en la cruz, cuando recibió también su “bautismo”. En efecto, al morir se “sumergió” en el amor del Padre y derramó el Espíritu Santo, para que los creyentes en él pudieran renacer de aquel manantial inagotable de vida nueva y eterna» (Ángelus, 13-01-2008).

En muchos de estos pasajes, los evangelistas concluyen diciendo que María conservaba todas estas cosas en su corazón. Acudamos a Ella, para terminar este rato de meditación: «Supliquemos hoy a Santa María que nos haga contemplativos, que nos enseñe a comprender las llamadas continuas que el Señor dirige a la puerta de nuestro corazón. Roguémosle: Madre nuestra, tú has traído a la tierra a Jesús, que nos revela el amor de nuestro Padre Dios; ayúdanos a reconocerlo, en medio de los afanes de cada día; remueve nuestra inteligencia y nuestra voluntad, para que sepamos escuchar la voz de Dios, el impulso de la gracia» (ECP, n. 174).

martes, mayo 29, 2012

La Visitación


El mes de mayo concluye con la fiesta de la Visitación de María a su prima Santa Isabel: Por aquellos días, María se levantó y marchó deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá; y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel (Lc 1,39-56). 

El evangelista narra brevemente, casi quitando importancia, el desplazamiento de María. Se ahorra contar que es un viaje de unos tres días a lomo de mula, en los comienzos de un embarazo, con las incomodidades que conlleva (mareos, náuseas, etc.).

A pesar del relato parco –detrás del cual puede estar la humildad de María- hay un detalle que muestra la ejemplaridad de nuestra Madre: marchó deprisa. Recordamos que en la Anunciación el Ángel había dejado caer, como de pasada, el detalle del embarazo de la anciana prima: Y ahí tienes a Isabel, tu pariente, que en su ancianidad ha concebido también un hijo, y la que llamaban estéril está ya en el sexto mes, porque para Dios no hay nada imposible.

La Virgen podía tomarlo como una señal de la certeza de la vocación –Ella, que no había pedido ningún signo, al contrario que Zacarías-. Sin embargo, con su delicadeza descubre más bien una persona necesitada, en su sexto mes de embarazo, y no tiene problema en organizar viaje hasta Ain-Karim. La liturgia alaba este gesto como una respuesta dócil, como un gesto de amor en el que se complació el Señor. Docilidad al soplo del Espíritu y caridad con su prima.

Caridad, servicio. ¡En cuántas ocasiones es más fácil hacerse el de la vista gorda, dejar pasar una ocasión de servir! Es una tentación que nos puede aparecer varias veces en el mismo día: en la casa, en el transporte, en el trabajo, en el estudio, podemos ser delicados, caritativos, fraternos, pero tenemos que pedirte perdón, Señor, por nuestra falta de disponibilidad, de bondad, de mansedumbre; de amor, en una palabra.

Docilidad. El amor a las criaturas por parte de la Virgen es una consecuencia de su amor a Dios. Un amor que se manifiesta en obras: marchó deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá. Acabamos de celebrar la fiesta de Pentecostés, y podemos acudir al Esposo de la Virgen con una oración de San Josemaría para que nos ayude a ser dóciles: “¡Ven, oh Santo Espíritu!: ilumina mi entendimiento, para conocer tus mandatos: fortalece mi corazón contra las insidias del enemigo: inflama mi voluntad... He oído tu voz, y no quiero endurecerme y resistir, diciendo: después..., mañana. Nunc coepi! ¡Ahora!, no vaya a ser que el mañana me falte”.

Volvamos a la casa de Isabel y Zacarías: Y cuando oyó Isabel el saludo de María, el niño saltó en su seno. La liturgia goza con esa presteza del Bautista nonnato y aprovecha para pedirle al Señor ese saber descubrir su presencia cercana en la Eucaristía: “así como Juan Bautista exultó de alegría al presentir a Cristo en el seno de la Virgen, haz que tu Iglesia lo perciba siempre vivo en este sacramento”.

Esta reacción intrauterina de Juan -en cuanto llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno-  puede servirnos para nuestro examen, pues muchas veces dejamos pasar el sacramento de la presencia de Cristo sin acudir a Él con devoción, con piedad, con arrepentimiento. Aprendamos del ejemplo del Bautista a buscar al Señor, a consolarnos con su cercanía, a necesitar su compañía frecuente.

La primera lectura de la fiesta ambienta el aire de alegría que estamos considerando. Es del profeta Sofonías (3,14-18): ¡Lanza gritos de gozo, hija de Sión, alégrate y exulta de todo corazón! El Señor ha retirado las sentencias contra ti, ha alejado a tu enemigo. ¡El Señor, Rey de Israel, está en medio de ti, no temerás ya ningún mal! El Señor tu Dios está en medio de ti, ¡un poderoso salvador! Él exulta de gozo por ti, te renueva por su amor; danza por ti con gritos de júbilo, como en los días de fiesta.

Estas palabras, escritas siete siglos antes de los hechos que consideramos, se cumplen perfectamente en la Madre de Dios: ¡El Señor, Rey de Israel, está en medio de ti! Así se lo había recordado el Ángel Gabriel en la Anunciación: El Señor es contigo. El Espíritu Santo te ha llenado de su gracia. No hay en ti ningún rastro de pecado. Por eso, el Catecismo (n. 2676) nos invita a pensar en este contexto cada vez que recemos el Avemaría: “Nuestra oración se atreve a recoger el saludo a María con la mirada que Dios ha puesto sobre su humilde esclava y a alegrarnos con el gozo que El encuentra en ella (cf So 3,17b)”: Él exulta de gozo por ti, te renueva por su amor; danza por ti con gritos de júbilo, como en los días de fiesta.

E Isabel quedó llena del Espíritu Santo. El evangelista médico habla con una naturalidad pasmosa de la acción de la Tercera Persona de la Trinidad. Lo pone en papel protagónico en esta fiesta mariana y cristológica. No olvidemos que es el mismo autor que narra el Pentecostés. También nosotros hemos sido llenos del Espíritu Santo en el Bautismo, en la Confirmación, en la Unción de Enfermos (otros, además, en la Consagración sacramental como clérigos). Podemos continuar, haciéndola nuestra, la oración al Paráclito que recitábamos antes: “¡Oh Espíritu de verdad y de sabiduría, Espíritu de entendimiento y de consejo, Espíritu de gozo y de paz!: quiero lo que quieras, quiero porque quieres, quiero como quieras, quiero cuando quieras...”.

El Espíritu mueve a Isabel a exclamar en voz alta: —Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. El Catecismo sigue comentado: “Después del saludo del ángel, hacemos nuestro el de Isabel. Llena del Espíritu Santo, Isabel es la primera en la larga serie de las generaciones que llaman bienaventurada a María: Bienaventurada la que ha creído.  María es bendita entre todas las mujeres porque ha creído en el cumplimiento de la palabra del Señor. Abraham, por su fe, se convirtió en bendición para todas las "naciones de la tierra" (Gn 12, 3). Por su fe, María vino a ser la madre de los creyentes, gracias a la cual todas las naciones de la tierra reciben a Aquél que es la bendición misma de Dios: Jesús, el fruto bendito de su vientre”.

Bendita entre las mujeres porque has creído. Isabel también es mujer de fe: ¿De dónde a mí tanto bien, que venga la madre de mi Señor a visitarme? La plenitud del Espíritu Santo la lleva a ver la madre de Dios en aquella muchachita embarazada que viene desde lejos a hacerle compañía. Es consciente de que no es fácil creer –ella, que ha padecido durante medio año la incredulidad de su esposo que ahora está sordo y mudo- y por eso añade: y bienaventurada tú, que has creído, porque se cumplirán las cosas que se te han dicho de parte del Señor.

El Beato Juan Pablo II explica de modo maravilloso la “obediencia de la fe” de la Redemptoris Mater (n. 14): «Como Abrahán “esperando contra toda esperanza, creyó y fue hecho padre de muchas naciones” (Rm 4,18), así María, en el instante de la Anunciación, después de haber manifestado su condición de virgen (...) creyó que por el poder del Altísimo, por obra del Espíritu Santo, se convertiría en Madre del Hijo de Dios según la revelación del ángel». Abrahán es nuestro Padre en la fe y María, la Madre del Verbo y la Madre de la fe, como la llama Benedicto XVI en la "Verbum Domini".

La respuesta de María es una página antológica de la Sagrada Escritura. Es el himno Magnificat: —Proclama mi alma las grandezas del Señor, y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador: porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava.  Gratitud. Humildad para reconocer los propios méritos como un don de Dios. Glorificar a Dios, ensalzarlo, proclamar sus maravillas y grandezas, ¡qué buena manera de emplear la vida! Por eso la Iglesia pide que “podamos, con María, cantar tus maravillas durante toda nuestra vida”. Y también: “que tu Iglesia te glorifique, Señor, por todas las maravillas que has hecho con tus hijos”.


En la Redemptoris Mater también comenta el Beato Juan Pablo II que «En estas sublimes palabras (...) se vislumbra la experiencia personal de María, el éxtasis de su corazón. Resplandece en ellas un rayo del misterio de Dios, la gloria de su inefable santidad, el eterno amor que, como un don irrevocable, entra en la historia del hombre» (ibid. 36).


Ahora que termina el mes de María, hagamos el propósito de no apartar de nuestra vista el modelo de caridad, docilidad, fe, gratitud y humildad que nos ofrece la vista de nuestra Madre. Podemos tenerlo en cuenta cada vez que repitamos las palabras de Isabel: Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

miércoles, diciembre 22, 2010

María, modelo de humildad


Se acerca la Navidad, y la liturgia pone a nuestra consideración un acontecimiento que sucedió poco tiempo después de que el ángel anunciara a María la concepción virginal del Hijo de Dios. En aquella ocasión, San Gabriel le dio un signo a Nuestra Señora con el fin de confirmar que para Dios nada es imposible: “ahí tienes a Isabel, tu pariente, que en su ancianidad ha concebido también un hijo, y la que llamaban estéril está ya en el sexto mes”. María ve en aquellas palabras un compromiso de ayudar a su prima y, sin ninguna dilación, emprende el camino hacia Aim Karem, a unos tres días de viaje, probablemente con la compañía de José.
En el episodio de la visitación, Lucas señala dos eventos: en primer lugar, el saludo de las dos madres, con la exclamación de Isabel que recordamos cada día al rezar el Ave María: “bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre”. Después, el evangelista transmite el himno del Magnificat, que es una alabanza de la Virgen al poder misericordioso de Dios: —Proclama mi alma las grandezas del Señor y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador: porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava; por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones. Porque ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso, cuyo nombre es Santo.
Después de esta primera parte, en que la Virgen agradece al Señor una vocación de la que ella se considera indigna, comenta la irradiación de esa obra en toda la humanidad: su misericordia se derrama de generación en generación sobre los que le temen. Manifestó el poder de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. Derribó de su trono a los poderosos y ensalzó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y a los ricos los despidió vacíos. Protegió a Israel su siervo, recordando su misericordia, como había prometido a nuestros padres, Abrahán y su descendencia para siempre.
En este día tan cercano a la Navidad, la primera lectura muestra la analogía que tiene este himno de María con el canto de Ana, mujer pobre y oprimida del Antiguo Testamento, que agradece a Dios  por haberle dado a su hijo Samuel. En ambos casos la Escritura enseña que el Señor muestra su preferencia por los pobres y oprimidos, como se manifestará también en Jesús y en los discípulos.
Juan Pablo II aconsejaba meditar con frecuencia estas palabras, pues en ellas «se vislumbra la experiencia personal de María, el éxtasis de su corazón. Resplandece en ellas un rayo del misterio de Dios, la gloria de su inefable santidad, el eterno amor que, como un don irrevocable, entra en la historia del hombre» (RMa. 36). Entre los rasgos de ese retrato de nuestra Madre que recrea el Magnificat sobresale una virtud: la humildad de María, que se ha reconocido esclava del Señor y, en este himno, “se muestra santamente transformada, en su corazón purísimo, ante la humildad de Dios” (San Josemaría, Amigos de Dios, 95).
Y es que, como escribe el Prelado del Opus Dei, “la grandeza verdadera del hombre se cimenta y se entrelaza con la humildad, entendida esta virtud como percepción diáfana de la propia indigencia y de la propia limitación. La humildad inclina a la persona a aceptar dones más altos de los que ya posee; a no cerrarse ni conformarse con lo que puede alcanzar por sí misma; a excluir la tendencia a pensar sólo en lo que individualmente le conviene, y a mirar lo que necesitan los otros. La grandeza de la criatura inicia con su humildad y se consuma por la fe en Dios, que lo levanta de la simple condición de hijo de hombre a la nueva de hijo de Dios en Cristo” (Eucaristía y vida cristiana, p. 23).
Cuenta el psicólogo C.G. Jung que todos los pacientes de una cierta edad a los que había atendido sufrían de algo que podía llamarse "ausencia de humildad" y que no se curaban hasta que no lograban una actitud de respeto por una realidad más grande que ellos, es decir, hasta que no adquirían una actitud de humildad (cit. por R. Cantalamessa). Humildad que es también olvido de sí: una persona que trabajó como intérprete del Cardenal Ratzinger en una visita a España, cuenta que, cuando le preguntaron por el «perfil humano» del prelado alemán, por sus aficiones, sus gustos, su plato favorito... se había dado cuenta de que en aquellos cuatro días había hablado muy poco de sí.
Se ve que el Papa había aprendido en esa escuela de humildad que es el ejemplo de María. Por eso proclama un encendido elogio de esta virtud mariana en su primera encíclica: con el Magnificat, María “expresa todo el programa de su vida: no ponerse a sí misma en el centro, sino dejar espacio a Dios, a quien encuentra tanto en la oración como en el servicio al prójimo; sólo entonces el mundo se hace bueno. María es grande precisamente porque quiere enaltecer a Dios en lugar de a sí misma. Ella es humilde: no quiere ser sino la sierva del Señor. Sabe que contribuye a la salvación del mundo, no con una obra suya, sino sólo poniéndose plenamente a disposición de la iniciativa de Dios (…). Sus pensamientos están en sintonía con el pensamiento de Dios, su querer es un querer con Dios. Al estar íntimamente penetrada por la Palabra de Dios, puede convertirse en madre de la Palabra encarnada” (Deus Caritas Est, 41).
Como escribe San Josemaría, “el canto humilde y gozoso de María, en el «Magnificat», nos recuerda la infinita generosidad del Señor con quienes se hacen como niños, con quienes se abajan y sinceramente se saben nada (Forja, 608). Cuando nos quedan tan pocos días para celebrar el nacimiento de su Hijo, podemos terminar nuestra oración acudiendo a la Virgen con esta oración: ¡Oh, Madre!: que sea la nuestra, como la tuya, la alegría de estar con Él y de tenerlo (San Josemaría, Camino, 95).

sábado, agosto 15, 2009

Asunción de la Virgen



Como Aurora rebosante de luz, Te encumbras en lo alto del Cielo, Sol resplandeciente y bellísima Luna, oh María. Hoy asciende al Trono de la gloria, la Reina del mundo, por gracia de su Hijo, que existe antes del lucero.

Celebramos hoy la fiesta de la Asunción de nuestra Señora. El año pasado, Benedicto XVI decía que esta Solemnidad “nos impulsa a elevar la mirada hacia el cielo. No un cielo hecho de ideas abstractas, ni tampoco un cielo imaginario creado por el arte, sino el cielo de la verdadera realidad, que es Dios mismo: Dios es el cielo. Y Él es nuestra meta, la meta y la morada eterna, de la que provenimos y a la que tendemos (...). Es una ocasión para ascender con María a las alturas del espíritu, donde se respira el aire puro de la vida sobrenatural y se contempla la belleza más auténtica, la de la santidad”. En su carta de agosto, el Prelado del Opus Dei invita a hacer examen sobre nuestro espíritu contemplativo: “¿Cómo y con qué asiduidad recurrimos a la Virgen para proceder siempre y en todo con sentido sobrenatural? ¿Pedimos a nuestra Madre que crezca en nuestras almas el espíritu contemplativo?”

Elevada por encima de los Ángeles, y sobre los coros celestiales, es la única Mujer que transciende de los méritos de todos los Santos. San Juan Damasceno, el más ilustre transmisor de esta tradición, compara la asunción de la Virgen con sus demás privilegios: «Convenía que aquella que en el parto había conservado intacta su virginidad conservara su cuerpo también después de la muerte libre de la corruptibilidad. Convenía que aquella que había llevado al Creador como un niño en su seno tuviera después su mansión en el cielo. Convenía que la esposa que el Padre había desposado habitara en el tálamo celestial. Convenía que aquella que había visto a su Hijo en la cruz y cuya alma había sido atravesada por la espada del dolor, del que se había visto libre en el momento del parto, lo contemplara sentado a la derecha del Padre. Convenía que la Madre de Dios poseyera lo mismo que su Hijo y que fuera venerada por toda criatura como Madre y esclava de Dios.»

Pío XII, después de hacer esa cita, resume los motivos de fondo que justifican la Asunción de nuestra Madre: primero, la solidaridad con su Hijo (“asociada generosamente a la obra del divino Redentor”). También nosotros podemos asociarnos con generosidad a la redención, por medio de nuestros pequeños –o grandes- sacrificios: una sonrisa, pasar por alto impertinencias y defectos de los que conviven con nosotros, dar buen ejemplo, hacer apostolado…

Además, el Papa que proclamó este dogma presenta la antítesis con Eva (“los santos padres presentan a la Virgen María como la nueva Eva, asociada al nuevo Adán, íntimamente unida a él, aunque de modo subordinado, en la lucha contra el enemigo infernal”). En el evangelio de la Misa del día, la Virgen alaba a Dios “porque ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso, cuyo nombre es Santo”: Se opone a la soberbia del demonio, representado en la primera lectura: el dragón del Apocalipsis es adversario de Dios en el AT y se identifica con la serpiente de Gn 3, a la que se le anunció su derrota a manos del hijo de la Mujer.

Y por eso, el Papa proclamaba solemnemente (Pio XII, Const. Apost. Munificentissimus Deus, l-XI-1950): Pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial.

Al que había dado calor en su seno y colocado en un pesebre, lo contempla ahora, como Rey del Universo, desde la gloria del Padre. Como escribió San Josemaría, misterio de amor es éste. La razón humana no alcanza a comprender. Sólo la fe acierta a ilustrar cómo una criatura haya sido elevada a dignidad tan grande, hasta ser el centro amoroso en el que convergen las complacencias de la Trinidad. Sabemos que es un divino secreto. Pero, tratándose de Nuestra Madre, nos sentimos inclinados a entender más —si es posible hablar así— que en otras verdades de fe [Cristo que pasa, 171].

Nuestra Madre está en el Cielo. Nos ha precedido y allí nos aguarda. Nos alcanza del Señor las gracias necesarias para lograrlo. Cuántas conversiones se basan en esta presencia maternal de la Virgen, que es como un sello de nuestra fe cristiana: cuenta una de las primeras mujeres del Opus Dei en Kenia que Chepkoetch es una muchacha africana perteneciente a la tribu kalenjin. Un día explicó -recordando el paganismo de sus antepasados- cómo entre su gente siempre se había adorado a un solo Dios, que para ellos estaba en el sol. Le ofrecían, en el día más largo del año, el cordero más blanco de los rebaños. En tiempos de su abuela llegaron misioneros católicos y protestantes, y su abuela iba una semana a escuchar las explicaciones de una misión y a la siguiente las de la otra. Y fue la Madre de Dios la que hizo que se convirtiera a la fe católica, después de algún tiempo. Pensó -entre otras muchas razones- que la religión que tenía una Madre como la Virgen María debía ser la mejor de todas.

El canto del Magnificat, que es el Evangelio de la Misa del día, es –según Benedicto XVI- un retrato, un verdadero icono de María, en el que podemos verla tal cual es. Karris explica que, en el Magnificat, María glorifica a Dios (“María exclamó: —Proclama mi alma las grandezas del Señor, y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador”) por lo que está haciendo a favor de los hombres mediante su hijo. Se regocija porque la promesa se cumplió. Dios puso los ojos en la humildad de su esclava (He aquí la esclava del Señor, había dicho), por eso la llamarán bienaventurada todas las generaciones (la primera de las cuales es la de Isabel: bienaventurada tú, que has creído, le había dicho al saludarla).

“Su misericordia se derrama de generación en generación sobre los que le temen”, lo que Dios hizo en María se universaliza ahora… Protegió a Israel su siervo, recordando su misericordia, como había prometido a nuestros padres”: Dios es fiel. El cumplimiento definitivo será el nacimiento de Jesús.

Terminamos acudiendo a nuestra Madre con el Himno que hemos meditado a lo largo de esta oración: “Ruega por nosotros a tu Hijo oh Virgen de las vírgenes, para que, ya que Tú le diste de lo nuestro, Él nos conceda de lo Suyo”.

miércoles, diciembre 05, 2007

Madre de Misericordia


Diciembre 5, sexto día de la Novena a la Inmaculada

En el pasaje de la visitación de la Virgen a su prima Isabel, hay un momento en que nuestra Madre desborda de alegría en un himno tejido con textos del Antiguo Testamento: “María exclamó: —Proclama mi alma las grandezas del Señor, y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador: (…) Porque ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso, cuyo nombre es Santo; su misericordia se derrama de generación en generación sobre los que le temen. Manifestó el poder de su brazo. (…) Protegió a Israel su siervo, recordando su misericordia, como había prometido a nuestros padres, Abrahán y su descendencia para siempre”. 

Juan Pablo II comentaba este pasaje de San Lucas diciendo que “en el Magnificat, cántico verdaderamente teológico porque revela la experiencia del rostro de Dios hecha por María, Dios no solo es el Poderoso, para el que nada es imposible, como había declarado Gabriel, sino también el Misericordioso, capaz de ternura y fidelidad para con todo ser humano”.

Quizá esa es la explicación de que en la Salve nos dirijamos a la Virgen con ese título entrañable, Madre de Misericordia. Y esta advocación es muy importante, sobre todo en estos días, novena a la Inmaculada del año mariano. Tiempo de conversión, de cambio, de mejora, de mudanza. Nos damos cuenta –lo experimentamos cada día- de que, por nuestros propios medios, no seremos capaces de dar esos pasos que el Señor nos está pidiendo. Por eso acudimos a María, para que nos alcance del Señor esa mirada misericordiosa y la gracia para decir, como Ella, “hágase en mí tu voluntad”.

Las lecturas de hoy nos muestran cómo ese Dios está siempre dispuesto a darnos sus regalos a manos llenas: el profeta Isaías (25, 6-9) anuncia que el Señor invita a su banquete eucarístico –“un banquete de buenos vinos, sabrosos alimentos, vinos deliciosos”- y enjuga las lágrimas de todos los rostros: “Aquél día las gentes dirán: "Este es nuestro Dios, de quien esperábamos la salvación, éste es el Señor en quién confiábamos; alegrémonos y hagamos fiesta pues él nos ha salvado". Y el evangelio de Mateo narra la curación de muchos enfermos: “acudió a él mucha gente que traía consigo cojos, ciegos, lisiados, mudos y otros muchos enfermos, y los pusieron a sus pies, y él los curó; de tal modo que se maravillaba la multitud viendo hablar a los mudos y restablecerse a los lisiados, andar a los cojos y ver a los ciegos. Y glorificaban al Dios de Israel”.

El tiempo de Adviento, y la novena en honor de la Inmaculada Concepción de María constituyen una invitación a unirnos a esa glorificación del Dios de Israel, que protegió a Israel su siervo, recordando su misericordia, como había prometido a nuestros padres, Abrahán y su descendencia para siempre. Dios, el Hijo de María, está dispuesto a brindarnos su gracia abundante si acudimos a los medios que nos ha dejado dispuestos para administrarla. Y en el sacramento de la confesión es precisamente donde se nos dispensa a manos llenas la misericordia divina, donde se nos cura de nuestras cojeras, mudeces y cegueras. 

Sabemos cuánta devoción tenía Juan Pablo II a esta práctica sacramental, que cada viernes un franciscano iba a los apartamentos pontificios para atenderlo. Y que él mismo, cada Viernes Santo, se sentaba en un confesonario de la Basílica de San Pedro a administrar el sacramento del perdón. No deja de ser significativo que el Señor haya querido llevárselo a su seno precisamente en el comienzo de la fiesta de la Divina Misericordia.
 
Cercana ya la Navidad de 1980, el mismo Papa estuvo con más de dos mil niños en una parroquia romana. Y comenzó la catequesis: –¿Cómo os preparáis para la Navidad? –Con la oración, respondieron los niños gritando. –Bien, con la oración, les dice el Papa, pero también con la Confesión. Tenéis que confesaros para acudir después a la Comunión. ¿Lo haréis? Y los millares de muchachitos, más fuerte todavía, respondieron: –¡Lo haremos! –Sí, debéis hacerlo, les dijo Juan Pablo II. Y en voz más baja: –El Papa también se confesará para recibir dignamente al Niño Dios.
El Papa Benedicto XVI hacía caer en la cuenta hace unos meses de que, para una celebración fructuosa de las fiestas de Cristo –como la Navidad que se avecina-, “la Iglesia pide a los fieles que se acerquen durante estos días al sacramento de la Penitencia, que es una especie de muerte y resurrección para cada uno de nosotros (...). Dejémonos reconciliar por Cristo para gustar más intensamente la alegría que Él nos comunica con su resurrección. El perdón que nos da Cristo en el sacramento de la Penitencia es fuente de paz interior y exterior, y nos hace apóstoles de paz en un mundo donde, por desgracia, continúan las divisiones, los sufrimientos y los dramas de la injusticia». 

En uno de sus recientes viajes pastorales, el Prelado del Opus Dei narró una historia para hablar de la confesión y de la alegría que da este sacramento. Se trata de una señora mayor, un poco sorda, que tras confesarse se dio cuenta de que no había ningún sacerdote dentro del confesionario. “Salió riéndose por su despiste. Al día siguiente, volvió a esa misma iglesia y una joven se le acercó para darle las gracias. “Ayer le vi que se reía tras haberse confesado, y esa alegría me animó a confesarme. Muchas gracias”, dijo la joven”.

Madre nuestra, madre de Misericordia. Ayúdanos a ser muy fieles a este sacramento. Danos la piedad y la fortaleza necesarias para prepararnos muy bien y asistir con la frecuencia oportuna a este encuentro con tu Hijo, cuya misericordia se derrama de generación en generación sobre los que le temen.