
Diciembre 5, sexto día de la Novena a la Inmaculada
En el pasaje de la visitación de la Virgen a su prima Isabel, hay un momento en que nuestra Madre desborda de alegría en un himno tejido con textos del Antiguo Testamento: “María exclamó: —Proclama mi alma las grandezas del Señor, y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador: (…) Porque ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso, cuyo nombre es Santo; su misericordia se derrama de generación en generación sobre los que le temen. Manifestó el poder de su brazo. (…) Protegió a Israel su siervo, recordando su misericordia, como había prometido a nuestros padres, Abrahán y su descendencia para siempre”.
Juan Pablo II comentaba este pasaje de San Lucas diciendo que “en el Magnificat, cántico verdaderamente teológico porque revela la experiencia del rostro de Dios hecha por María, Dios no solo es el Poderoso, para el que nada es imposible, como había declarado Gabriel, sino también el Misericordioso, capaz de ternura y fidelidad para con todo ser humano”.
Quizá esa es la explicación de que en la Salve nos dirijamos a la Virgen con ese título entrañable, Madre de Misericordia. Y esta advocación es muy importante, sobre todo en estos días, novena a la Inmaculada del año mariano. Tiempo de conversión, de cambio, de mejora, de mudanza. Nos damos cuenta –lo experimentamos cada día- de que, por nuestros propios medios, no seremos capaces de dar esos pasos que el Señor nos está pidiendo. Por eso acudimos a María, para que nos alcance del Señor esa mirada misericordiosa y la gracia para decir, como Ella, “hágase en mí tu voluntad”.
Las lecturas de hoy nos muestran cómo ese Dios está siempre dispuesto a darnos sus regalos a manos llenas: el profeta Isaías (25, 6-9) anuncia que el Señor invita a su banquete eucarístico –“un banquete de buenos vinos, sabrosos alimentos, vinos deliciosos”- y enjuga las lágrimas de todos los rostros: “Aquél día las gentes dirán: "Este es nuestro Dios, de quien esperábamos la salvación, éste es el Señor en quién confiábamos; alegrémonos y hagamos fiesta pues él nos ha salvado". Y el evangelio de Mateo narra la curación de muchos enfermos: “acudió a él mucha gente que traía consigo cojos, ciegos, lisiados, mudos y otros muchos enfermos, y los pusieron a sus pies, y él los curó; de tal modo que se maravillaba la multitud viendo hablar a los mudos y restablecerse a los lisiados, andar a los cojos y ver a los ciegos. Y glorificaban al Dios de Israel”.
El tiempo de Adviento, y la novena en honor de la Inmaculada Concepción de María constituyen una invitación a unirnos a esa glorificación del Dios de Israel, que protegió a Israel su siervo, recordando su misericordia, como había prometido a nuestros padres, Abrahán y su descendencia para siempre. Dios, el Hijo de María, está dispuesto a brindarnos su gracia abundante si acudimos a los medios que nos ha dejado dispuestos para administrarla. Y en el sacramento de la confesión es precisamente donde se nos dispensa a manos llenas la misericordia divina, donde se nos cura de nuestras cojeras, mudeces y cegueras.
Sabemos cuánta devoción tenía Juan Pablo II a esta práctica sacramental, que cada viernes un franciscano iba a los apartamentos pontificios para atenderlo. Y que él mismo, cada Viernes Santo, se sentaba en un confesonario de la Basílica de San Pedro a administrar el sacramento del perdón. No deja de ser significativo que el Señor haya querido llevárselo a su seno precisamente en el comienzo de la fiesta de la Divina Misericordia.
Cercana ya la Navidad de 1980, el mismo Papa estuvo con más de dos mil niños en una parroquia romana. Y comenzó la catequesis: –¿Cómo os preparáis para la Navidad ? –Con la oración, respondieron los niños gritando. –Bien, con la oración, les dice el Papa, pero también con la Confesión. Tenéis que confesaros para acudir después a la Comunión. ¿Lo haréis? Y los millares de muchachitos, más fuerte todavía, respondieron: –¡Lo haremos! –Sí, debéis hacerlo, les dijo Juan Pablo II. Y en voz más baja: –El Papa también se confesará para recibir dignamente al Niño Dios.
El Papa Benedicto XVI hacía caer en la cuenta hace unos meses de que, para una celebración fructuosa de las fiestas de Cristo –como la Navidad que se avecina-, “la Iglesia pide a los fieles que se acerquen durante estos días al sacramento de la Penitencia , que es una especie de muerte y resurrección para cada uno de nosotros (...). Dejémonos reconciliar por Cristo para gustar más intensamente la alegría que Él nos comunica con su resurrección. El perdón que nos da Cristo en el sacramento de la Penitencia es fuente de paz interior y exterior, y nos hace apóstoles de paz en un mundo donde, por desgracia, continúan las divisiones, los sufrimientos y los dramas de la injusticia».
En uno de sus recientes viajes pastorales, el Prelado del Opus Dei narró una historia para hablar de la confesión y de la alegría que da este sacramento. Se trata de una señora mayor, un poco sorda, que tras confesarse se dio cuenta de que no había ningún sacerdote dentro del confesionario. “Salió riéndose por su despiste. Al día siguiente, volvió a esa misma iglesia y una joven se le acercó para darle las gracias. “Ayer le vi que se reía tras haberse confesado, y esa alegría me animó a confesarme. Muchas gracias”, dijo la joven”.
Madre nuestra, madre de Misericordia. Ayúdanos a ser muy fieles a este sacramento. Danos la piedad y la fortaleza necesarias para prepararnos muy bien y asistir con la frecuencia oportuna a este encuentro con tu Hijo, cuya misericordia se derrama de generación en generación sobre los que le temen.
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