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sábado, noviembre 30, 2013

Adviento: misericordia y esperanza

Comienza el Tiempo de Adviento en este segundo día de la Novena en honor de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. ¡Qué mejor manera de comenzar este tiempo, que de la mano de nuestra Señora! Preparamos la celebración del nacimiento de Jesús considerando las glorias con las que Él mismo quiso coronar a su Madre. Durante estos nueve días que preceden a la solemnidad de la Inmaculada Concepción alabaremos al Señor por haber querido preservar a la Virgen «de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción», como dice el papa Papa Pío IX en la Bula con la que proclamó este dogma.
Inicia entonces hoy un nuevo año litúrgico, y las primeras semanas de este tiempo las dedicamos a prepararnos para celebrar la Navidad. Las normas para la celebración enseñan que este tiempo tiene carácter doble: en primer lugar, es la preparación para conmemorar el nacimiento de Jesús, que cada día se revive de modo sacramental en la liturgia. Pero también es la época que lleva a meditar en la esperanza de la segunda venida de Cristo, al final de los tiempos, que consideramos durante la última semana del año litúrgico que acaba de terminar.
Por estas dos razones, el tiempo de Adviento es conocido como “el tiempo de la piadosa expectativa”. Como dice San Cirilo, «En la primera venida fue envuelto con fajas en el pesebre; en la segunda se revestirá de luz como vestidura. En la primera soportó la cruz, sin miedo a la ignominia; en la otra vendrá glorificado, y escoltado por un ejército de ángeles. No pensamos, pues, tan sólo en la venida pasada; esperamos también la futura. Y, habiendo proclamado en la primera: Bendito el que viene en nombre del Señor, diremos eso mismo en la segunda; y saliendo al encuentro del Señor con los ángeles, aclamaremos, adorándolo: Bendito el que viene en nombre del Señor».
Esperar a Jesús: Ven Señor, no tardes. Ven a nuestras almas, no tardes tanto, Jesús, ven, ven. Ábranse los cielos y llueva de lo alto bienhechor rocío como riego santo… Son distintas maneras de pedir lo mismo a Dios: que cada día crezca más nuestra intimidad con Él, que sea eterna nuestra amistad con Jesús, como le ha sucedido a nuestra Madre María.
Para ayudarnos en nuestra preparación interior, la liturgia nos sitúa en las coordenadas que el Señor quiere que sigamos durante las próximas semanas: A ti, Señor levanto mi alma; Dios mío, en ti confío, no quede yo defraudado decimos, con el salmo 25, en la Antífona de entrada. Le presentamos a Dios nuestras oraciones confiadas, seguros de que los que esperan en Él nunca fracasan.

En la oración colecta de este primer domingo de Adviento hay dos ideas que pueden servirnos para hablar con Dios. En primer lugar, le pedimos al Señor que despierte en nosotros el deseo de prepararnos a la venida de Cristo con la práctica de las obras de misericordia. Con esta súplica se nos sugiere una manera concreta de disponer nuestra alma para la navidad: con obras de caridad. Esas obras pueden ser materiales y espirituales. El Catecismo las resume con estas palabras: «Las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales. Instruir, aconsejar, consolar, confortar, son obras espirituales de misericordia, como también lo son perdonar y sufrir con paciencia. Las obras de misericordia corporales consisten especialmente en dar de comer al hambriento, dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a los muertos. Entre estas obras, la limosna hecha a los pobres es uno de los principales testimonios de la caridad fraterna; es también una práctica de justicia que agrada a Dios» (n.2447).

El papa Francisco lo ha recordado recientemente, en la Exhortación Evangelii gaudium, por ejemplo en el n.41: La caridad con el prójimo, en las formas antiguas y siempre nuevas de las obras de misericordia corporal y espiritual, representa el contenido más inmediato, común y habitual de aquella animación cristiana del orden temporal, que constituye el compromiso específico de los fieles laicos.

Formulemos entonces un primer propósito, como fruto de la oración colecta de la Misa: prepararnos a la venida de Cristo con la práctica de las obras de misericordia. Obras corporales y espirituales. Instruir, aconsejar, consolar, confortar, perdonar y sufrir con paciencia. Pensemos en una persona concreta con la cual podemos ejercitar alguno de estos verbos. Y a quién más podemos ayudar materialmente, con nuestro tiempo, con nuestra ayuda, con nuestra solidaridad fraternal.

Pero solo hemos considerado la primera parte de esa oración. La segunda súplica nos hace considerar la otra dimensión del adviento, la perspectiva escatológica: Le habíamos pedido al Señor que avivara en nosotros el deseo de salir al encuentro de Cristo, que viene, acompañados por las buenas obras. ¿Para qué hacíamos esa petición? ― para que, puestos a su derecha el día del juicio, podamos entrar al Reino de los cielos. 

El primer prefacio de Adviento remarca esa doble perspectiva de las dos venidas de Cristo: «El cual, al venir por vez primera en la humildad de nuestra carne, realizó el plan de redención trazado desde antiguo y nos abrió el camino de la salvación, para que cuando venga de nuevo, en la majestad de su gloria, revelando así la plenitud de su obra, podamos recibir los bienes prometidos que ahora, en vigilante espera, confiamos alcanzar».

Vigilante espera. Si hemos hablado sobre las obras de misericordia, ahora contemplamos la importancia de la virtud teologal de la esperanza. En la citada Exhortación apostólica, el papa Francisco hace una radiografía del panorama actual, que parece desértico, y que puede alentar la tentación del pesimismo (n.86). Y cita al papa Benedicto, quien decía que –sin embargo- «En el desierto se vuelve a descubrir el valor de lo que es esencial para vivir; así, en el mundo contemporáneo, son muchos los signos de la sed de Dios, del sentido último de la vida, a menudo manifestados de forma implícita o negativa. Y en el desierto se necesitan sobre todo personas de fe que, con su propia vida, indiquen el camino hacia la Tierra prometida y de esta forma mantengan viva la esperanza».

En todo caso, concluye el papa argentino, transmitiéndonos una misión para estos tiempos que vivimos: «allí estamos llamados a ser personas-cántaros para dar de beber a los demás. A veces el cántaro se convierte en una pesada cruz, pero fue precisamente en la cruz donde, traspasado, el Señor se nos entregó como fuente de agua viva. ¡No nos dejemos robar la esperanza!».

Personas-cántaros, que encuentran en la cruz ―el pesebre fue la primera cruz de Jesucristo― la fuente del agua que hemos de transmitir a nuestros hermanos para el desierto de esta vida. Fuentes de esperanza. Como dice San Josemaría, el tiempo de Adviento es tiempo de esperanza. Todo el panorama de nuestra vocación cristiana, esa unidad de vida que tiene como nervio la presencia de Dios, Padre Nuestro, puede y debe ser una realidad diaria (Es Cristo que pasa, n.11).

Misericordia y esperanza. En esta perspectiva se mueven las lecturas de la liturgia de la palabra: en primer lugar, consideramos el anuncio del profeta Isaías quien, después de acusar a sus paisanos por haber abandonado al Señor, proclama la esperanza en el Mesías, que nos trae el Reino de Dios: Al final de los días estará firme el monte de la casa del Señor en la cima de los montes, encumbrado sobre las montañas. Hacia él confluirán los gentiles, caminarán pueblos numerosos. Será el árbitro de las naciones, el juez de pueblos numerosos. Casa de Jacob, ven, caminemos a la luz del Señor. Como estas palabras se cumplen con el nacimiento de Cristo, la liturgia nos invita a meditarlas para reforzar nuestra esperanza en Dios. Hacia el niño Jesús, nacido en Belén, confluirán todas las naciones y todos los tiempos. También los nuestros.

Hacia la casa del Señor caminaremos, llenos de alegría, de acuerdo con la invitación del salmo 122, que tanto nos habrá gustado desde pequeños: ¡Qué alegría, cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor! Esa casa es la Iglesia, dice san Agustín, y su cimiento es Jesucristo. Como Él está en el cielo, nosotros «edificamos hacia el cielo. El cimiento lo hemos de colocar en las alturas. Corramos pues hacia allí; apresurémonos hasta que nuestros pies estén pisando tus umbrales, Jerusalén».

Por eso san Pablo nos invita a la vigilancia, a estar pendientes de la alegría que nos trae la llegada del Reino, la salvación que nos porta el nacimiento del Redentor: siendo conscientes del momento presente: porque ya es hora de que despertéis del sueño, pues ahora nuestra salvación está más cerca que cuando abrazamos la fe. Con el símil de la noche, nos hace ver que el Sol de la salvación se acerca, y que la esperanza debe manifestarse con las obras de misericordia y conversión que hemos considerado antes: Abandonemos, por tanto, las obras de las tinieblas, y revistámonos con las armas de la luz. Como en pleno día tenemos que comportarnos honradamente, no en comilonas y borracheras, no en fornicaciones y en desenfrenos, no en contiendas y envidias; al contrario, revestíos del Señor Jesucristo, y no estéis pendientes de la carne para satisfacer sus concupiscencias.

Esperanza y misericordia, que se manifiestan en obras de conversión. En disponernos, y prepararnos, para la venida del Señor. Por eso el adviento no es tiempo de tristeza. Es una invitación al gozo, a estar alegres desde ya, desagraviando por la indignidad de  nuestra alma, por los pecados que hemos cometido este año.

El adviento es una llamada a que preparemos el pesebre de nuestra alma, para brindar acogida y hospitalidad al Niño que viene. A barrer, a sacudir, a limpiar y a brillar  nuestra alma. Será una manera concreta de obedecer al consejo de Jesús en el Evangelio (Mt 24,37-44): velad, porque no sabéis en qué día vendrá vuestro Señor. Estad preparados, porque a la hora que menos penséis vendrá el Hijo del Hombre.

Velar con esperanza y con obras de misericordia. Estrenar la lucha para salir al encuentro, para recibir la salvación que el Señor nos trae, como decimos en el prefacio de la Misa: «para que cuando venga de nuevo, en la majestad de su gloria, revelando así la plenitud de su obra, podamos recibir los bienes prometidos que ahora, en vigilante espera, confiamos alcanzar».

Concluyamos nuestra oración presentando con espíritu de niños los deseos de preparar muy bien nuestras almas para la venida de Jesús en Navidad y para la llegada definitiva. Ya sabemos que la mejor manera de alcanzar las gracias que pedimos al Señor es pasándolas por las manos cariñosas de su Madre, María, que también es madre nuestra y es el mejor ejemplo para vivir el Adviento. ¡Cómo se prepararía Ella, para la inminente llegada de su Hijo! ¡Cuántas oraciones cariñosas le dirigiría al Niño que sentía en su vientre!, ¡Cuántos sacrificios en la vida diaria, en medio de la pobreza de su hogar!


Nuestra Señora del Adviento intercede ante la Trinidad Santísima de tal modo que despierte en nosotros el deseo de prepararnos a la venida de Cristo con la práctica de las obras de misericordia y que, puestos a su derecha el día del juicio, podamos entrar al Reino de los cielos.

domingo, diciembre 02, 2012

Adviento y esperanza


Comenzamos hoy un nuevo año litúrgico, dentro del contexto más amplio del Año de la fe. La liturgia nos sitúa en las coordenadas que el Señor quiere que sigamos durante las próximas cuatro semanas: A ti, Señor levanto mi alma; Dios mío, en ti confío, no quede yo defraudado decimos, con el salmo 25, en la Antífona de entrada. Le presentamos al Señor nuestras oraciones confiadas, seguros de que los que esperan en él nunca fracasan.

En la oración colecta de este primer domingo de Adviento le pedimos al Señor que despierte en nosotros el deseo de prepararnos a la venida de Cristo con la práctica de las obras de misericordia para que, puestos a su derecha el día del juicio, podamos entrar al Reino de los cielos. Se trata de una doble dimensión: de una parte, la preparación confiada de la Navidad, ejercitando la misericordia –con obras espirituales y materiales-; por otro lado, la expectación de la segunda venida del Hijo de Dios.

El primer prefacio de Adviento remarca esa doble perspectiva de las dos venidas de Cristo: “El cual, al venir por vez primera en la humildad de nuestra carne, realizó el plan de redención trazado desde antiguo y nos abrió el camino de la salvación, para que cuando venga de nuevo, en la majestad de su gloria, revelando así la plenitud de su obra, podamos recibir los bienes prometidos que ahora, en vigilante espera, confiamos alcanzar”.

La primera lectura del ciclo A es un pasaje del Libro de la Consolación de Jeremías. En realidad, parece que se trata más bien de una serie de añadidos al final de ese libro, todos ellos anunciando la venida del Mesías: Mirad que llegan días -oráculo del Señor-, en que cumpliré la promesa que hice a la casa de Israel y a la casa de Judá. En aquellos días y en aquella hora suscitaré a David un vástago legítimo, que hará justicia y derecho en la tierra. En aquellos días se salvará Judá y en Jerusalén vivirán tranquilos, y la llamarán así: “Señor -nuestra- justicia”. El Salmo 25 responde invitando al creyente a poner toda su fe en el Señor, que es bueno y recto, señala el camino a los pecadores; guía por la senda del bien a los humildes. Hasta aquí la primera sección, la esperanza en la llegada de Jesús.

La segunda hoja del díptico que propone el Adviento es la expectación por la segunda venida gloriosa de nuestro Señor Jesucristo. La liturgia propone el discurso escatológico del Evangelio de Lucas (21,25-28.34-36). La primera parte anuncia las señales de la venida del Hijo del Hombre: Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, enloquecidas por el estruendo del mar y el oleaje. Los hombres quedarán sin aliento por el miedo, ante lo que se le viene encima al mundo, pues las potencias del cielo temblarán. Entonces verán al Hijo del Hombre venir en una nube, con gran poder y gloria. Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación.

Esperanza. En un día como hoy, decía el Papa Benedicto que “el mundo contemporáneo necesita sobre todo esperanza: la necesitan los pueblos en vías de desarrollo, pero también los económicamente desarrollados. Cada vez caemos más en la cuenta de que nos encontramos en una misma barca y debemos salvarnos todos juntos. Sobre todo al ver derrumbarse tantas falsas seguridades, nos damos cuenta de que necesitamos una esperanza fiable, y esta sólo se encuentra en Cristo (…). Quien anhela la libertad, la justicia y la paz puede cobrar ánimo y levantar la cabeza, porque se acerca la liberación en Cristo (cf. Lc 21,28), como leemos en el Evangelio de hoy. Así pues, podemos afirmar que Jesucristo no sólo atañe a los cristianos, o sólo a los creyentes, sino a todos los hombres, porque él, que es el centro de la fe, es también el fundamento de la esperanza. Y todo ser humano necesita constantemente la esperanza”.

Como dice San Josemaría, “el tiempo de Adviento es tiempo de esperanza. Todo el panorama de nuestra vocación cristiana, esa unidad de vida que tiene como nervio la presencia de Dios, Padre Nuestro, puede y debe ser una realidad diaria” (Es Cristo que pasa, n.11). En eso consiste la vigilancia que la liturgia nos propone, al animarnos a llevar una vida sobria y de oración como la mejor muestra de esperanza en la venida de Jesús.

De ese modo entramos en el segundo apartado del discurso escatológico: Jesucristo hace una invitación que la Iglesia repite como leit motiv para el mes de Adviento que estamos comenzando. Tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y la preocupación del dinero, y se os eche encima de repente aquel día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra. Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir, y manteneos en pie ante el Hijo del Hombre.

Vayamos concretando propósitos para entrar en la dinámica que el Evangelio nos propone: Señor, ayúdanos a crecer en virtudes, especialmente en la templanza y en la pobreza (no se os embote la mente con el vicio, la bebida y la preocupación del dinero). Como te diremos en la oración después de la Comunión: enséñanos, Señor, por nuestra participación en esta Eucaristía, a no poner nuestro corazón en las cosas pasajeras, sino en los bienes eternos. Ayúdanos también, Señor, a perseverar en la oración para que se haga realidad diaria el diálogo de hijos contigo, nuestro Padre Dios (Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza).

Levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación. Ya viene la Navidad, y queremos renovar nuestras disposiciones, en este Año de la fe, para salir al encuentro de ese Dios nuestro que se nos adelanta en nuestros deseos de llevar a cabo su voluntad. Como dice San Cirilo, “En la primera venida fue envuelto con fajas en el pesebre; en la segunda se revestirá de luz como vestidura. En la primera soportó la cruz, sin miedo a la ignominia; en la otra vendrá glorificado, y escoltado por un ejército de ángeles. No pensamos, pues, tan sólo en la venida pasada; esperamos también la futura. Y, habiendo proclamado en la primera: Bendito el que viene en nombre del Señor, diremos eso mismo en la segunda; y saliendo al encuentro del Señor con los ángeles, aclamaremos, adorándolo: Bendito el que viene en nombre del Señor”.

Levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación. Un alzar la cabeza que consiste en vivir mejor las virtudes teologales: no solo la fe, por el año en que estamos; ni la esperanza, virtud protagonista del Adviento. San Pablo proclama, en la segunda lectura del primer domingo de Adviento (1Ts 3,12-4,2), la importancia de la caridad: Que el Señor os colme y os haga rebosar en la caridad de unos con otros y en la caridad hacia todos, como es la nuestra hacia vosotros.

Esta es la palabra clave del Adviento –como de todo el resto del año litúrgico, por lo demás-: que se confirmen vuestros corazones en una santidad sin tacha ante Dios, nuestro Padre, el día de la venida de nuestro Señor Jesús con todos sus santos. Avanzar en el camino hacia el Señor, progresar en la unión con el Maestro y, por tanto, en el rechazo del pecado.

Concluyamos nuestra oración presentando con espíritu de niños los deseos que tenemos de preparar muy bien nuestras almas para la venida de Jesús en Navidad y para la llegada definitiva. Ya sabemos que la mejor manera de alcanzar las gracias que pedimos al Señor es pasándolas por las manos cariñosas de su Madre, María, que también es madre nuestra y es el mejor ejemplo para vivir el Adviento. ¡Cómo se prepararía Ella, para la inminente llegada de su Hijo! ¡Cuántas oraciones cariñosas le dirigiría al Niño que sentía en su vientre!, ¡Cuántos sacrificios en la vida diaria, en medio de la pobreza de su hogar!

Nuestra Señora del Adviento intercede ante la Trinidad Santísima de tal modo que despierte en nosotros el deseo de prepararnos a la venida de Cristo con la práctica de las obras de misericordia y que, puestos a su derecha el día del juicio, podamos entrar al Reino de los cielos.

sábado, noviembre 26, 2011

Adviento

Comenzamos un nuevo año litúrgico. El ciclo temporal de la Iglesia es levemente diverso al ciclo civil. Aquí la clave no es la fecha del 1 de enero, sino el evento del Nacimiento de Jesús. Por eso comenzamos el año un mes antes, para disponernos a preparar nuestras almas para recibir al Niño Jesús.
¿Qué es el Adviento? Las Normas universales sobre el año litúrgico dicen que “el tiempo de Adviento tiene una doble índole: es el tiempo de preparación para las solemnidades de Navidad, en las que se conmemora la primera venida del Hijo de Dios a los hombres, y es a la vez el tiempo en el que por este recuerdo se dirigen las mentes hacia la expectación de la segunda venida de Cristo al fin de los tiempos. Por estas dos razones el Adviento se nos manifiesta como tiempo de una expectación piadosa y alegre”.
La primera motivación es la más popular: se trata de un mes para preparar la Navidad. Aunque en el ambiente comercial se intenta adelantar esta preparación casi hasta octubre, ahora es el momento oportuno para que personalmente, en las familias e incluso en el ambiente urbano, se note que está cerca el nacimiento del Señor. Incluso puede ser un primer propósito apostólico: influir en las costumbres de nuestro ambiente para que el protagonismo navideño lo tenga la Sagrada Familia, no unos renos o papá Noel. No se trata de ser fundamentalistas: también pueden redirigirse hacia la adoración del Niño las campanitas y los arbolitos.
“Preparación para las solemnidades de Navidad, en las que se conmemora la primera venida del Hijo de Dios a los hombres”. Esta es entonces la primera faceta del Adviento: procurar que nuestro corazón esté mejor preparado para la venida del Niño Jesús. Limpiar el pesebre de nuestra alma de pecados, para que sea menos indigno de acoger el nacimiento del Niño.
El segundo aspecto del adviento es de tipo escatológico: “por este recuerdo se dirigen las mentes hacia la expectación de la segunda venida de Cristo al fin de los tiempos”. Nos preparamos para rememorar un evento del pasado y para revivir en el hoy de la liturgia ese nacimiento de Jesús en nuestra alma, pero también aprovechamos para aguardar la venida definitiva de Cristo al final de los tiempos. En ese sentido, continuamos los temas del mes de noviembre: vigilancia, expectación, vida futura, vida eterna.
En este nuevo ciclo, cambiaremos de evangelista. El año pasado era Mateo, este año escucharemos cada domingo el Evangelio de Marcos. Y las lecturas de los primeros domingos nos ponen en la órbita del segundo aspecto del adviento: en cambio, los últimos días se pondrá el acento en la primera motivación, con la Novena de la Navidad.
En el primer domingo se nota ese ambiente de espera. Así, por ejemplo, en la primera lectura vemos el lamento de los judíos que regresan del destierro a Jerusalén y ven la desolación del Templo: “Tú, Señor, eres nuestro padre, tu nombre de siempre es "Nuestro redentor". Señor, ¿por qué nos extravías de tus caminos y endureces nuestro corazón para que no te tema? Vuélvete, por amor a tus siervos y a las tribus de tu heredad”.
El profeta Isaías (cap. 63) exclama una petición que resonaría después durante siglos pidiendo a Dios su venida: “¡Ojalá rasgases el cielo y bajases, derritiendo los montes con tu presencia!” Esta petición es el origen del gozo navideño: “Ábranse los cielos y llueva de lo alto bienhechor rocío como riego santo”.
El Salmo 79 le hace eco a la oración de Isaías: Oh Dios, conviértenos, que brille tu rostro y nos salve. Es como una especie de compromiso con el Señor: si Él nos escucha y nos renueva en este tiempo, nosotros seremos más coherentes con nuestra fe. Le pedimos su ayuda para lograr lo que Él desea, como diría San Agustín: Conviértenos y nos convertiremos. “Escúchanos, pastor de Israel; tú que estás rodeado de querubines, manifiéstate, despierta tu poder y ven a salvarnos. Señor, Dios de los ejércitos, vuelve tus ojos, mira tu viña y visítala; protege la cepa plantada por tu mano, el renuevo que tú mismo cultivaste. Que tu diestra defienda al que elegiste, al hombre que has fortalecido. Ya no nos alejaremos de ti; consérvanos la vida y alabaremos tu poder”.
Y San Pablo (1Co 1, 3-9) nos pone en ambiente plenamente navideño, dando gracias a Dios por sus dones que nos ayudan a prepararnos para la espera de la manifestación de nuestro Señor: “Doy continuamente gracias a mi Dios por vosotros, a causa de la gracia de Dios que os ha sido concedida en Cristo Jesús, porque en él fuisteis enriquecidos en todo: en toda palabra y en toda ciencia, de modo que el testimonio de Cristo se ha confirmado en vosotros, y así no os falta ningún don, mientras esperáis la manifestación de nuestro Señor Jesucristo”.
Este es el contexto en que leeremos el Evangelio de Marcos (13,33-37). Se trata de un discurso del Señor a los discípulos en medio de la agonía de Getsemaní, sobre la necesidad de vigilar para que Jesús nos encuentre despiertos cuando llegue de nuevo: “Estad atentos, velad: porque no sabéis cuándo será el momento. Es como un hombre que al marcharse de su tierra, y al dejar su casa y dar atribuciones a sus siervos, a cada uno su trabajo, ordenó también al portero que velase. Por eso: velad, porque no sabéis a qué hora volverá el señor de la casa, si por la tarde, o a la medianoche, o al canto del gallo, o de madrugada; no sea que, viniendo de repente, os encuentre dormidos. Lo que a vosotros os digo, a todos lo digo: ¡velad!”
La iglesia nos invita entonces a renovar esta vigilancia durante este mes de Adviento. Fernández C. nos ayuda a concretar puntos de esa lucha: “Estaremos alerta si cuidamos con esmero la oración personal, que evita la tibieza y, con ella, la muerte de los deseos de santidad; estaremos vigilantes si no descuidamos las mortificaciones pequeñas, que nos mantienen despiertos para las cosas de Dios. Estaremos atentos mediante un delicado examen de conciencia, que nos haga ver los puntos en que nos estamos separando, casi sin darnos cuenta, de nuestro camino” (Hablar con Dios).
Una manera concreta de vivir muy bien este adviento es hacerlo de la mano de nuestra Madre, María. ¡Cómo viviría Ella estos últimos días de su embarazo virginal! ¡Cuántas cosas hermosas le diría a su divino Hijo! Quizá le repetiría también las palabras de Isaías: “¡Ojalá rasgases el cielo y bajases, derritiendo los montes con tu presencia!”
Allí también estábamos nosotros presentes, pues era consciente de que no solo sería Madre de Jesús, sino también de todos sus hermanos. A ti acudimos, Virgen del Adviento, para que en este mes nos preparemos para conmemorar la primera venida de tu Hijo, pero también para que tengamos presentes su segunda venida al fin de los tiempos. De esta manera, contigo a nuestro lado, este Adviento se nos manifestará como tiempo de una expectación piadosa y alegre, de lucha constante para esperar vigilantes el nacimiento de Jesús.

sábado, diciembre 04, 2010

Adviento, tiempo de conversión

NORMAS UNIVERSALES SOBRE EL AÑO LITÚRGICO Y SOBRE EL CALENDARIO
Ya estamos en la segunda semana del tiempo de Adviento. Durante estos días, nos preparamos para celebrar la Navidad en tres sentidos: la primera, hace veinte siglos; la litúrgica, correspondiente a este año (la celebración actualiza los misterios que rememoramos) y la futura, o sea la segunda venida de Cristo al fin de los tiempos. Por eso decimos de Jesús en el Prefacio de la Misa durante estos días que, “al venir por vez primera en la humildad de nuestra carne, realizó el plan de redención trazado desde antiguo y nos abrió el camino de la salvación; para que cuando venga de nuevo en la majestad de su gloria, revelando así la plenitud de su obra, podamos recibir los bienes prometidos que ahora, en vigilante espera, confiamos alcanzar”.
Por estas razones, enseñan las normas litúrgicas, “el Adviento se nos manifiesta como tiempo de una expectación piadosa y alegre”. En la segunda lectura del mismo domingo, San Pablo anima a los romanos (15,4-9): “Mantengamos la esperanza mediante la paciencia y el consuelo de las Escrituras”. Por eso, concluye San Josemaría una homilía sobre estos días: “El tiempo de Adviento es tiempo de esperanza. Todo el panorama de nuestra vocación cristiana, esa unidad de vida que tiene como nervio la presencia de Dios, Padre Nuestro, puede y debe ser una realidad diaria” (Cristo que pasa, n. 11).
El compendio del Catecismo (n. 102) dice que en este tiempo se revive esa larga espera de muchos siglos, cuando los judíos ansiaban la llegada del Mesías: “Además de la oscura espera que ha puesto en el corazón de los paganos, Dios ha preparado la venida de su Hijo mediante la Antigua Alianza, hasta Juan el Bautista, que es el último y el mayor de los Profetas”.
Precisamente el protagonista de este segundo domingo de Adviento es el primo de Jesús. El Evangelio de Mateo (3,1-12) lo presenta como una figura profética: “En aquellos días apareció Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea (…). Éste es aquel de quien habló el profeta Isaías diciendo: Voz del que clama en el desierto: «Preparad el camino del Señor,  haced rectas sus sendas». Llevaba Juan una vestidura de pelo de camello con un ceñidor de cuero a la cintura, y su comida eran langostas y miel silvestre”.
Es un retrato austero, que presenta a Juan como un digno representante de una familia sacerdotal, dedicado plenamente a su vocación de Precursor del Mesías. Sus vestiduras lo presentan como el nuevo Elías, que precede la llegada del ungido. Se retira al desierto, como habían hecho también los esenios de Qumrán, aunque no fuera uno de ellos. Mateo muestra que, con su figura, se cumple el protoevangelio de Isaías, el profeta que anunciaba nuevas épocas para el sufrido pueblo hebreo.
En la primera lectura (Isaías 11, 1-10), se ve una de esas profecías: “En aquel día brotará un renuevo del tronco de Jesé, un vástago florecerá de su raíz. Sobre él se posará el espíritu del Señor”. Se trata de una promesa mesiánica: de ese tronco podrido que es la generación de Jesé, el padre de David, surgirá un vástago nuevo. Por eso rezan los gozos de la novena de Navidad: “Oh raíz sagrada de Jesé, que en lo alto / presentas al orbe tu fragante nardo / Dulcísimo Niño que has sido llamado / lirio de los valles, bella flor del campo”.
Amparado en esas promesas, el pueblo se preparaba para la pronta llegada de su Salvador, como vemos en la Antífona de entrada (“Pueblo de Sión: mira al Señor que viene a salvar a todos los pueblos. El Señor hará oír la majestad de su voz para alegría de todo corazón). También el Salmo 71 muestra esa “expectación piadosa y alegre”: “En sus días florecerá la justicia y la paz abundará por siempre”.
La vocación de Juan consiste precisamente en anunciar al pueblo que “está al llegar el Reino de los Cielos”.  El Compendio del catecismo (n. 141) dice que El Espíritu colmó a Juan con sus dones y lo envió para que preparara al Señor «un pueblo bien dispuesto» (Lc 1, 17) y para que anunciara la venida de Cristo, Hijo de Dios.
El Evangelio nos muestra que su predicación tuvo una gran acogida: “acudía a él Jerusalén, toda Judea y toda la comarca del Jordán, y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados”. Ese bautismo es una muestra externa de haber acogido su principal exigencia: —Convertíos. Esta llamada es la misma que nos hace la liturgia hoy a cada uno de nosotros. En estos días de expectación piadosa y alegre se tiene que notar que nos estamos preparando para ser «un pueblo bien dispuesto».
Juan se amparaba en la inminencia del juicio: Ya está el hacha puesta junto a la raíz de los árboles. Por tanto, todo árbol que no da buen fruto se corta y se arroja al fuego. Y por eso exigía a sus oyentes un fruto digno de penitencia. Nosotros acudimos al Señor pidiéndole, en la oración de la Misa, que en nuestra marcha presurosa al encuentro de tu Hijo, no tropecemos con impedimentos terrenos, sino que Él nos haga partícipes de la ciencia de la sabiduría celestial.
Esta sabiduría, nos dice la liturgia de hoy, consiste en convertirnos. Así puede resumirse el último libro del Papa: es tiempo de conversión: El papa quiere que la Iglesia se someta a una limpieza a fondo. “Es indispensable conocer por fin de nuevo el misterio del Evangelio en toda su grandeza cósmica. Es tiempo de entrar en razones, de cambiar, de convertirse. Los problemas actuales solo se resolverán si ponemos a Dios en el centro, si Dios resulta de nuevo visible para el mundo. El destino del mundo depende de si el Dios de Jesucristo está presente y es reconocido como tal. p. 78. Nuestra gran tarea ahora consiste, ante todo, en sacar nuevamente a la luz la prioridad de Dios. Hoy lo importante es que se vea de nuevo que Dios existe, que Dios nos incumbe y que Él nos responde. Es urgente que la pregunta sobre Dios vuelva a ponerse en el centro”. (Luz del mundo, pp. 12-13. 62)
¿En qué consiste esta conversión? Así lo explica San Josemaría en la homilía del Adviento: “El Señor ha confiado en nosotros para llevar almas a la santidad, para acercarlas a Él, unirlas a la Iglesia, extender el reino de Dios en todos los corazones. El Señor nos quiere entregados, fieles, delicados, amorosos. Nos quiere santos, muy suyos. De un lado, la soberbia, la sensualidad y el hastío, el egoísmo; de otro, el amor, la entrega, la misericordia, la humildad, el sacrificio, la alegría. Tienes que elegir. Has sido llamado a una vida de fe, de esperanza y de caridad. No puedes bajar el tiro y quedarte en un mediocre aislamiento” (Cristo que pasa, n. 11)
Podemos terminar como concluye esa misma homilía, acudiendo a Santa María de la Esperanza: “El tiempo de Adviento es tiempo de esperanza. Todo el panorama de nuestra vocación cristiana, esa unidad de vida que tiene como nervio la presencia de Dios, Padre Nuestro, puede y debe ser una realidad diaria. Pídelo conmigo a Nuestra Señora, imaginando cómo pasaría ella esos meses, en espera del Hijo que había de nacer. Y Nuestra Señora, Santa María, hará que seas alter Christus, ipse Christus, otro Cristo, ¡el mismo Cristo!”

sábado, diciembre 13, 2008

Alegría en Adviento


El mes de preparación para la Navidad ―de modo similar la Cuaresma― se caracteriza por la oración y la penitencia; lo indican de modo simbólico las vestiduras litúrgicas de color morado, la moderación en el uso de instrumentos musicales y la ausencia de flores en la decoración de las iglesias. Sin embargo, tanto en estos días como en la preparación de la Pascua, de repente aparece un domingo que rompe el ritmo de austeridad externa: el color pasa a ser rosado, aparecen de nuevo los aromas y colores de las flores y se escucha una vez más el órgano de fondo a los cantos de la iglesia. 

¿Qué sucede? Se trata de los domingos “Gaudete” y “Laetare”: alegraos… La liturgia nos enseña que, también en medio de la penitencia, es posible el gozo; que el dolor nos purifica para celebrar con mejores disposiciones la Pascua o la Navidad. Hoy celebramos precisamente esa jornada. Por eso comenzamos con las palabras del Apóstol Pablo: Alegraos siempre en el Señor: os lo repito, alegraos. La razón es clara: El Señor está cerca.

Todos buscamos esa alegría profunda, que no sea pasajera como la de un concierto o la de un partido de fútbol. Mejor dicho, quisiéramos que nuestra vida sonara siempre a la canción favorita con la mejor compañía; o que en nuestro trabajo nos fuera tan bien como en algún partido memorable en que tenemos un buen equipo, hacemos buenas jugadas, nos divertimos con los amigos… y hasta metemos algún gol. Pero después resulta que en la existencia cotidiana nos enfrentamos con ruidos, pitazos, cansancio, derrotas. Como explicaba el Cardenal Ratzinger en su artículo sobre el fútbol, esas distracciones, la dimensión lúdica de la vida, nos hacen ver que nuestro paso por la tierra necesita un sentido trascendente, que ilumina lo ordinario.

Es de lo que nos habla la liturgia de hoy, cuando nos insiste: Alegraos siempre en el Señor: os lo repito, alegraos. El Señor está cerca. El profeta Isaías (61,1-2a.10-11) exulta: Con gran contento gozo en el Señor, y mi alma se alegra en mi Dios, porque me ha vestido con ropaje de salvación, me ha envuelto con manto de justicia. En el Salmo repetimos las palabras de María: Mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador.

La alegría es característica del cristianismo. Así lo descubrió, por ejemplo, el escritor Bruce Marshall, según cuenta Julio Eugui: “se había educado en un rígido puritanismo protestante y no estaba acostumbrado a ver cómo se exterioriza la alegría, cosa tan sana y tan propia de un cristiano, que tiene motivos para vivir contento. Las ceremonias religiosas a las que solía asistir estaban impregnadas de seriedad y de rigidez. Pero, hete aquí que un día se llevó la gran sorpresa. Asistió por primera vez en su vida a una Misa católica con motivo de la primera comunión de un compañero, y, en medio de la celebración, se le escapó del bolsillo una moneda. Ésta fue rodando por el pasillo central del templo, ante la mirada curiosa de los presentes y del mismo sacerdote, hasta ir a desaparecer engullida -¡también es mala suerte!- por la única rejilla de la calefacción existente a varios kilómetros a la redonda. La cosa es que al sacerdote le dio risa, y a los demás feligreses se les contagió la risa del sacerdote... El pequeño Bruce no salía de su asombro, y pensó al mismo tiempo: "ésta debe ser la Iglesia verdadera; aquí la gente se ríe".

En el salmo repetíamos: Mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador. ¿Por qué se alegra María? Para alegrarse con toda el alma, ¿qué necesitaríamos tú y yo? Quizá algunos piensan en lograr alguna meta que al parecer no alcanzaremos antes de acabar el año: ¡qué gozo nos daría concluirlo! Otros, encontrarse con un ser querido. Los más, recibir algún presente material: que el Niño Dios nos traiga lo que le pedimos y, si le dimos varias alternativas para escoger, que sean las que más nos atraen, no las que pusimos como por no dejar…

María, en cambio, se alegra porque el Señor ha puesto los ojos en la humildad de su esclava. ¿De qué manera? Con una misión comprometedora: ser la Madre del Mesías, confiar plenamente en su proyecto. María se alegra porque el Señor ha puesto sus ojos en su humildad. Es una mujer alegre porque no se busca a sí misma, sino a Dios y a los demás por Dios. No se considera importante, sino una esclava, la esclava del Señor.

2. Pero el Adviento nos presenta otro ejemplo glorioso: San Juan Bautista. Este es el tercer protagonista de la temporada, después de Cristo y María. El Evangelio de su discípulo y tocayo lo presenta como el último profeta del Antiguo Testamento, que muestra al mundo a aquél de quien escribieron la ley y los profetas. Lo anuncia. Por eso se presenta como “la voz”, pues lo importante no son sus cualidades, sino lo que anuncia. Y lo que proclama es la conversión como clave de la alegría, como veíamos al comienzo: Yo soy la voz del que clama en el desierto: «Haced recto el camino del Señor», como dijo el profeta Isaías. Con Juan se están cumpliendo las profecías. Pero la clave de su invitación es el motivo: En medio de vosotros está uno a quien no conocéis. Él es el que viene después de mí, a quien yo no soy digno de desatarle la correa de la sandalia.

A ese Jesús es al que queremos encontrar con un corazón nuevo y una inmensa alegría, como pedimos en la Colecta de la Misa. Un corazón nuevo es el requisito para alcanzar la inmensa alegría. Pregúntale al Señor cómo puedes renovar tu corazón –yo le pregunto cómo renovar el mío-: quizá en la vida familiar, en el trabajo, en las relaciones sociales podemos dar una mejoría, aunque sea pequeña: cuidar más un pequeño detalle, ser agradable, acogedor, sonreír, ayudar en oficios pequeños, aunque estemos en vacaciones. En pocas palabras, aprender de Cristo, de María y de Juan a olvidarnos de nosotros mismos, a vivir en oración perseverante para así cumplir la Voluntad de Dios.

Nos puede servir una consideración de San Josemaría: “Casi todos los que tienen problemas personales, los tienen por el egoísmo de pensar en sí mismos. Es necesario darse a los demás, servir a los demás por amor de Dios: ése es el camino para que desaparezcan nuestras penas. La mayor parte de las contradicciones tienen su origen en que nos olvidamos del servicio que debemos a los demás hombres y nos ocupamos demasiado de nuestro yo”. Un buen motivo para hacer examen, aprendiendo del ejemplo de Jesús y de los santos. Darse a los demás, servirles por amor de Dios: ¡Cuántos propósitos pueden surgir al calor de estas palabras!..

Alegría… Os lo repito: estad alegres, el Señor está cerca. Cuando nos decidamos a servir sí que podremos palpar esa presencia. Y eso, aunque palpemos nuestras miserias, nuestra soberbia, nuestra sensualidad, nuestro egoísmo. En ese sentido predicaba San Josemaría: “Hijos míos: que estéis contentos. Yo lo estoy, aunque no lo debiera estar mirando mi pobre vida. Pero estoy contento, porque veo que el Señor nos busca una vez más, que el Señor sigue siendo nuestro Padre; porque sé que vosotros y yo veremos qué cosas hay que arrancar, y decididamente las arrancaremos; qué cosas hay que quemar, y las quemaremos; qué cosas hay que entregar, y las entregaremos”.

Compartir nuestra alegría. Así nos lo propone Benedicto XVI, al observar el ejemplo de María: “Este es el verdadero compromiso del Adviento: llevar la alegría a los demás. La alegría es el verdadero regalo de Navidad; no los costosos regalos que requieren mucho tiempo y dinero. Esta alegría podemos comunicarla de un modo sencillo: con una sonrisa, con un gesto bueno, con una pequeña ayuda, con un perdón. Llevemos esta alegría, y la alegría donada volverá a nosotros. En especial, tratemos de llevar la alegría más profunda, la alegría de haber conocido a Dios en Cristo. Pidamos para que en nuestra vida se transparente esta presencia de la alegría liberadora de Dios”.

miércoles, diciembre 12, 2007

Juan Bautista: apostolado


El Adviento tiene varios protagonistas. La primera es la Virgen inmaculada. El segundo en orden de aparición es Juan Bautista. Ambos nos dan ejemplo de la actitud que debemos tener en Adviento: espera activa, preparación para la llegada del Mesías.

El profeta Isaías (41,13-20) anuncia la cercanía de Dios: Yo soy tu redentor, el Santo de Israel. Yo, el Señor, tu Dios, te agarro de la diestra y te digo: "No temas, yo mismo te auxilio. Mira, te convierto en trillo aguzado, nuevo, dentado: trillarás los montes y los triturarás; harás paja de las colinas; los aventarás, y el viento los arrebatará, el vendaval los dispersará; y tú te alegrarás con el Señor, te gloriarás del Santo de Israel. Los pobres y los indigentes buscan agua, y no la hay; su lengua está reseca de sed. Yo, el Señor, les responderé; yo, el Dios de Israel, no los abandonaré”. En respuesta, el salmo 144 aclama al Señor, clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad.

En el Evangelio de Mateo (11,11-15), se aplica la profecía de Isaías a la figura de Juan Bautista. En palabras de Jesús, no ha nacido uno más grande que él: En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él. Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los Cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan. Pues todos los profetas, lo mismo que la Ley, hasta Juan profetizaron. Y, si queréis admitirlo, él es Elías, el que iba a venir. Por eso Juan es uno de los protagonistas del Adviento, porque es el último de los profetas. Y porque nos recuerda que también nosotros estamos llamados a mostrarlo a los demás.


Anunciar al Señor. Ser sus apóstoles, aunque cueste: el Reino de los Cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan. No se trata de hacer violencia para convencer; sino de vencer el propio temor, los respetos humanos: los violentos lo arrebatan. El Compendio del Catecismo (n. 188) explica que los fieles laicos tienen como vocación propia la de buscar el Reino de Dios, iluminando y ordenando las realidades temporales según Dios. Responden así a la llamada a la santidad y al apostolado, que se dirige a todos los bautizados.

Estamos llamados a ser santos y a anunciar a Cristo, precisamente en medio de nuestras circunstancias ordinarias. De ese modo, participamos en la triple misión de Cristo (sacerdotal, profética y real):

- “Los laicos participan en la misión sacerdotal de Cristo cuando ofrecen como sacrificio espiritual «agradable a Dios por mediación de Jesucristo» (1P 2,5), sobre todo en la Eucaristía, la propia vida con todas las obras, oraciones e iniciativas apostólicas, la vida familiar y el trabajo diario, las molestias de la vida sobrellevadas con paciencia, así como los descansos físicos y consuelos espirituales. De esta manera, también los laicos, dedicados a Cristo y consagrados por el Espíritu Santo, ofrecen a Dios el mundo mismo” (n. 189).

- Los laicos participan en la misión profética de Cristo cuando acogen cada vez mejor en la fe la Palabra de Cristo, y la anuncian al mundo con el testimonio de la vida y de la palabra, mediante la evangelización y la catequesis. Este apostolado «adquiere una eficacia particular porque se realiza en las condiciones generales de nuestro mundo» (LG 35). (n. 190). No se trata de hacer cosas raras, sino de mostrar con nuestras vidas el testimonio de una vida coherente con la fe que se profesa: dar la cara cuando se ataca a Cristo o a la Iglesia, no tener vergüenza de reconocer delante de los amigos que uno lucha por portarse bien, o que va a Misa los domingos, o que procura vivir la castidad en el noviazgo, o que no mira a las personas del otro sexo como objetos, sino como hijas de Dios. El Reino de los Cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan.


- Por último, Los laicos participan en la misión regia de Cristo porque reciben de Él el poder de vencer el pecado en sí mismos y en el mundo, por medio de la abnegación y la santidad de la propia vida. Los laicos ejercen diversos ministerios al servicio de la comunidad, e impregnan de valores morales las actividades temporales del hombre y las instituciones de la sociedad. (n. 191). Se trata de servir al prójimo, sobre todo ayudándole a acercarse a Dios: animándole a confesarse con frecuencia, yendo a Misa con él, preocupándose por sus necesidades, teniendo detalles de amistad y de servicio, ofreciendo a Dios oraciones y sacrificios por los demás. El Reino de los Cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan.

Cuentan que en una visita de Juan Pablo II a cierto país, muchos jóvenes llevaban un botón con el lema del Papa: “Totus tuus”. Un muchacho que estudiaba último año de bachillerato se animó a hacer mucho apostolado con sus amigos, consciente de que a muchos de ellos no los volvería a ver mucho cuando salieran a la Universidad. Se propuso charlar con cada uno de sus compañeros, aprovechando la visita papal.

Aunque sentía cierta vergüenza de acercarse a algunos en concreto –“respetos humanos” se llama este síntoma, que hay que superar cuanto antes para ser apóstol de Cristo- decidió aprovechar el tema del botón del Totus tuus: “-“Oye, me he fijado que –igual que yo- durante los días que ha estado el Papa entre nosotros llevabas un botón con el Totus tuus. Verás, tenía interés en hablar contigo de estos temas: Dios, la religión, tu vida...”. -“¡Ya era hora!”, espetó su amigo. -“Veía que de vez en cuando hablabas de Dios con éste y con el otro –que son más amigos tuyos-, pero a mí nunca me decías nada. Y yo pensaba: ¿será que yo no importo?...” El Reino de los Cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan.

Esta anécdota me hace recordar la Rima VII, de Gustavo Adolfo Bécquer, que gustaba mucho a Don Álvaro del Portillo, pues la citaba con frecuencia al hablar de apostolado:

“Del salón en el ángulo oscuro,
de su dueña tal vez olvidada,
silenciosa y cubierta de polvo
veíase el arpa.

¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas
como el pájaro duerme en las ramas,
esperando la mano de nieve
que sabe arrancarlas!

¡Ay! pensé; ¡cuántas veces el genio
así duerme en el fondo del alma,
y una voz, como Lázaro, espera
que diga: «¡Levántate y anda!».

A medida que nos acercamos a la Navidad, podemos pensar en la Virgen, que estrena su maternidad viajando a acompañar a su prima Isabel durante tres meses; podemos pensar en Juan Bautista, que prepara el camino al Señor. Son ejemplos para nuestra vida. También nosotros hemos de ir a esos amigos que están, como el arpa del rincón, esperando nuestra voz que les diga: «¡Levántate y anda!».

Madre nuestra, ayúdanos a tomarnos en serio nuestra vocación apostólica, nuestra identificación con la misión sacerdotal, profética y real de Cristo, a hablar con nuestros amigos acerca de Dios, que no olvidemos nunca que el Reino de los Cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan.