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viernes, marzo 25, 2011

Junto al pozo de Sicar: la samaritana

1. Continuamos avanzando en nuestro itinerario cuaresmal y llegamos hoy al tercer domingo, con el cual retomamos el curso catecumenal, preparación para los que se bautizarán en la próxima Pascua y rememoración de los compromisos bautismales para los que ya recibimos ese sacramento. San Juan nos invita a acompañar a Jesús, de regreso de Jerusalén, donde la animadversión de los fariseos había aumentado: “cuando supo Jesús que los fariseos habían oído que él hacía más discípulos y bautizaba más que Juan –aunque no era Jesús quien bautizaba, sino sus discípulos–, abandonó Judea y se marchó otra vez a Galilea”. El Señor se dirige al norte, donde tenía sus orígenes y donde había desarrollado el período inicial de su apostolado.
Jesucristo escoge el camino más corto, pasando por Samaría, aunque tuviera que encontrarse con personas que no miraban bien a los judíos: había una historia de siglos de confrontación entre las dos poblaciones, pues ambas se consideraban las verdaderas adoradoras del Señor. Llegó entonces a una ciudad de Samaría, llamada Sicar, junto al campo que le dio Jacob a su hijo José. Estaba allí el pozo de Jacob. Jesús, fatigado del viaje, se había sentado en el pozo. Era más o menos la hora sexta. Vino una mujer de Samaría a sacar agua. Jesús le dijo: —Dame de beber –sus discípulos se habían marchado a la ciudad a comprar alimentos. Hacia las tres de la tarde, después de unas horas de camino, Jesús tiene sed. A San Josemaría le gustaba contemplar mucho esta escena, tanto que la hizo representar en un vitral del Oratorio donde hacía su oración habitualmente. Le llamaba la atención ver al Hijo de Dios padecer las limitaciones de la condición humana, sufrir hambre o sed como cualquiera de nosotros: “Es conmovedor observar al Maestro agotado. Además, tiene hambre: los discípulos han ido al pueblo vecino, para buscar algo de comer. Y tiene sed. Pero más que la fatiga del cuerpo, le consume la sed de almas. Por esto, al llegar la samaritana, aquella mujer pecadora, el corazón sacerdotal de Cristo se vuelca, diligente, para recuperar la oveja perdida: olvidando el cansancio, el hambre y la sed” (Amigos de Dios, 176).
Después de entablar el diálogo, la mujer –que era de armas tomar- le responde con cierto desprecio: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana? –porque los judíos no se tratan con los samaritanos”. Y aquí viene la respuesta del corazón sacerdotal de Cristo en busca de una oveja perdida: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: «Dame de beber», tú le habrías pedido a él y él te habría dado agua viva”. La conversación se mueve en el contexto religioso judío, en las aspiraciones mesiánicas de la época, además de la confrontación entre judíos y samaritanos: “La mujer le dijo: —Señor, no tienes nada con qué sacar agua, y el pozo es hondo, ¿de dónde vas a sacar el agua viva? (…)— Todo el que bebe de esta agua tendrá sed de nuevo –respondió Jesús–, pero el que beba del agua que yo le daré no tendrá sed nunca más, sino que el agua que yo le daré se hará en él fuente de agua que salta hasta la vida eterna”.
2. La primera lectura, del Éxodo (17,3-7), nos ayuda a entender el contexto del agua viva que salta hasta la vida eterna: se remonta a la época de Moisés, cuando el Señor manifestó su compañía al pueblo hebreo brindándole una fuente en medio del desierto, en Refidin, probablemente el actual Wadi Refayid. Era la respuesta del Señor a las dudas del pueblo. Por eso, el salmo 94 exhorta, ante la actitud del creyente que en ocasiones se asemeja a la samaritana: “Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón»”.
Las palabras de Jesús van haciendo mella en el corazón inquieto de aquella mujer, que ahora responde: —Señor, dame de esa agua, para que no tenga sed ni tenga que venir hasta aquí a sacarla. El Señor aprovecha ese deseo pragmático para confrontar la conciencia de aquella oveja perdida: —Anda, llama a tu marido y vuelve aquí. —No tengo marido –le respondió la mujer. Jesús le contestó: —Bien has dicho: «No tengo marido», porque has tenido cinco y el que tienes ahora no es tu marido; en esto has dicho la verdad.
La escena que había comenzado con una respuesta peyorativa de la mujer se transforma ahora en un escenario íntimo: la conciencia personal frente al Dios bueno. Recuerda un encuentro semejante, el del joven rico. Es el momento de la verdad, cuando el alma puede seguir a Dios o rechazarlo una vez más. El joven cumplía los mandamientos, tenía fama de bueno pero no fue capaz de seguir a Cristo, porque tenía mucha hacienda. La samaritana, en cambio, tenía fama de mala, no cumplía los mandamientos pero en el fondo de aquella alma había un resquicio de bondad, un deseo de agua viva, ofuscado por las rencillas patrióticas contra los judíos.
Por eso, antes de dar el paso que va percibiendo, aquella mujer aclara sus dificultades: “Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres adoraron a Dios en este monte, y vosotros decís que el lugar donde se debe adorar está en Jerusalén”. Jesús enseña de modo práctico que el diálogo no significa abdicación de los principios y por eso responde con la verdad, llena de caridad: “Créeme, mujer, llega la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no conocéis, nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación procede de los judíos. Pero llega la hora, y es ésta, en la que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad. Porque así son los adoradores que el Padre busca. Dios es espíritu, y los que le adoran deben adorar en espíritu y en verdad”.
La fuerza de la Verdad allí presente, más la nobleza del corazón de aquella mujer, logran el milagro de que acepte el llamado, que descubra la vocación. Pero no es un proceso fácil. Requiere absolver más dudas, ahora más personales, en el ámbito de la propia relación con Dios: Sé que el Mesías, el llamado Cristo, va a venir, –le dijo la mujer–. Cuando él venga nos anunciará todas las cosas. Le respondió Jesús: —Yo soy, el que habla contigo”.
Benedicto XVI comenta la escena en el contexto cuaresmal: “La petición de Jesús a la samaritana: «Dame de beber» (Jn 4,7) expresa la pasión de Dios por todo hombre y quiere suscitar en nuestro corazón el deseo del don del «agua que brota para vida eterna» (v. 14): es el don del Espíritu Santo, que hace de los cristianos «adoradores verdaderos» capaces de orar al Padre «en espíritu y en verdad» (v. 23). ¡Sólo esta agua puede apagar nuestra sed de bien, de verdad y de belleza! Sólo esta agua, que nos da el Hijo, irriga los desiertos del alma inquieta e insatisfecha, «hasta que descanse en Dios», según las célebres palabras de san Agustín”.
Es el motivo de la segunda lectura (Rm 5,1-8): “El amor de Dios ha sido derramado en nosotros con el Espíritu que se nos ha dado”. Los teólogos explican que se trata del amor que Dios nos tiene –nos envió a su Espíritu- y también del que nos da para difundir a nuestro alrededor: ¡El Espíritu Santo es el agua viva prometida por Jesús! Pienso que esta liturgia nos invita a frecuentar más la Tercera Persona de la Trinidad, a aumentar nuestra fe en su acción en el alma, a desear esa agua viva que salta hasta la vida eterna, también para descubrir la voluntad del Señor para nosotros. 
Me impresionó la anécdota que contaba un Obispo sobre la fe que los cristianos sencillos tienen en el poder santificador del Paráclito: “Se me presentó una pareja con un niño de dos años, rozagante, gracioso y alegre, lleno de salud. Los papás me pedían que lo confirmara, y yo me resistí indicándoles que, por resolución de la Conferencia Episcopal, la edad apropiada era en torno a los doce años y que el niño, evidentemente, no estaba enfermo o en peligro de muerte. A mis razones, replicó el padre: “sí, padrecito, pero somos pobres, este niño tendrá que ir a la escuela laica y queremos que tenga alguien que le defienda. Estas palabras de conmovedora fe, me derrotaron por completo”. Vázquez A. Juan Larrea. Palabra. Madrid 2009, 182.
3. Habitualmente, este pasaje es visto como un episodio de “conversión de pecadores”. Pero vamos viendo cómo también es una escena vocacional, un llamado apostólico. Esta mujer será una heroína del Evangelio. Es la maravilla del cristianismo: “todo santo tiene su pasado, todo pecador tiene su futuro”, decía Oscar Wilde. En la Iglesia todos tenemos posibilidades de conversión, de dejar atrás el pecado y convertirnos en apóstoles de Cristo, como la samaritana, que inmediatamente “La mujer dejó su cántaro, fue a la ciudad y le dijo a la gente: —Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será él el Cristo? Salieron de la ciudad y fueron adonde él estaba. Muchos samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por la palabra de la mujer”.


La mujer dejó su cántaro. Ya no necesitaba sus medios humanos, sus capacidades, le bastaba el Señor. Jesús convierte a la mujer pecadora en apóstol por excelencia. La conversión de aquella samaritana pasa a ser un signo de redención para muchos en aquel pueblo, que no temen dejar aparte sus prejuicios y, sin más preámbulos, “le pidieron que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Entonces creyeron en él muchos más por su predicación. Y le decían a la mujer: —Ya no creemos por tu palabra; nosotros mismos hemos oído y sabemos que éste es en verdad el Salvador del mundo”. El evangelista se deleita contando la fe de tantos en Samaría.
Y añade un inciso antes de narrar la conversión del pueblo, para mostrar el espíritu apostólico que movía al Señor: “los discípulos le rogaban diciendo: —Rabbí, come. Pero él les dijo: (…) —Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra. (…) levantad los ojos y mirad los campos que están dorados para la siega”. 
Mons. Echevarría saca una conclusión práctica, al ver el ejemplo apostólico de Jesús y también de la samaritana: “Descubramos la llamada a tener siempre presente que nosotros, discípulos suyos, hemos de llevar su luz y su gracia a todas partes; sobre todo, ayudando a nuestros amigos y parientes a reconciliarse con Dios acudiendo al sacramento de la Penitencia; y, también, invitándolos a participar en algún retiro o curso de retiro espiritual en estas semanas”. Es un buen propósito para estos días de cuaresma, cuando tantas personas están bien dispuestas para prepararse mejor de cara a la Semana Santa: animar varios conocidos, parientes, vecinos, colegas, a que se confiesen durante estas semanas.
Acudamos a la Santísima Virgen para que nos alcance del Señor la gracia de responder con generosidad como la samaritana a la vocación que Dios nos dé, a perder el miedo a anunciar a nuestros conocidos la gracia que Dios nos brinda, que anunciemos al mundo que nos circunda la clave de la verdadera felicidad: “¡Sólo esta agua puede apagar nuestra sed de bien, de verdad y de belleza! Sólo esta agua, que nos da el Hijo, irriga los desiertos del alma, inquieta e insatisfecha, «hasta que descanse en Dios»”.

miércoles, febrero 20, 2008

Jesucristo y la samaritana


Los evangelios que se leen en la liturgia de los domingos de Cuaresma están cuidadosamente seleccionados por su valor catequístico para este tiempo. Este año hemos meditado ya las tentaciones del desierto, la transfiguración, y en el III domingo leeremos el encuentro de Jesús con la samaritana.

Según explica Okure, después de predicar a los judíos, Jesús se dirige ahora a los samaritanos, para atender después a los griegos. De ese modo, proclama su evangelio a todas las naciones. Jesús se sienta junto a un pozo, “fatigado del viaje”. Este verbo se usa en el NT aplicado a la labor misionera. El diálogo con la samaritana tiene dos partes: el don de Dios (agua viva) y el conocimiento de quién es Jesús. En el v. 10 está el núcleo: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: «Dame de beber», tú le habrías pedido a él y él te habría dado agua viva”.

La samaritana es un personaje importante, pues había una larga historia de desavenencias entre judíos y samaritanos: se decía que estos últimos eran poseídos por el diablo. No se tenían en cuenta como nación. Las samaritanas eran consideradas ritualmente impuras por naturaleza. Además, la mujer samaritana de este diálogo en concreto tenía una vida moral bastante “aproximativa”, pues ya eran cinco los maridos que ajustaba.

Por el contrario, el evangelista presenta a Jesús como el regalo de Dios para la humanidad, que otorga el “agua viva”, el Espíritu Santo: Si conocieras el don de Dios tú le habrías pedido a él (cf. las lecturas del III domingo de Cuaresma: Ex 17, 3-7: “Danos agua para beber”, Rom 5, 1-2.5-8: “Dios ha infundido su amor en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo” y Jn 4, 5-42: “Un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”). El que recibe ese don del agua viva recibe a Cristo, al Padre y al Espíritu Santo.

El Catecismo de la Iglesia hace una interpretación bellísima de este pasaje evangélico y lo aplica a la oración como don de Dios: «"Si conocieras el don de Dios". La maravilla de la oración se revela precisamente allí, junto al pozo donde vamos a buscar nuestra agua: allí Cristo va al encuentro de todo ser humano, es el primero en buscarnos y el que nos pide de beber. Jesús tiene sed, su petición llega desde las profundidades de Dios que nos desea. La oración, sepámoslo o no, es el encuentro de la sed de Dios y de sed del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de El (cf. San Agustín) » (CEC, n. 2560).

La samaritana descubre que habla con un profeta. Por tanto, puede responder la gran duda judía, sobre el verdadero culto a Dios. Jesús redirige la pregunta: no importa el sitio sino el significado correcto. Dios posibilita en los creyentes una adoración auténtica. Adorar en espíritu y verdad significa orientar la vida hacia Dios. Jesús es el modelo de tal adorador.

En este sentido, podemos meditar el excursus de Benedicto XVI en la homilía que pronunció en su primera Jornada mundial de la juventud, el 21 de agosto del 2005: “Yo encuentro una alusión muy bella a este nuevo paso que la última Cena nos indica con la diferente acepción de la palabra "adoración" en griego y en latín. La palabra griega es proskynesis. Significa el gesto de sumisión, el reconocimiento de Dios como nuestra verdadera medida, cuya norma aceptamos seguir. Significa que la libertad no quiere decir gozar de la vida, considerarse absolutamente autónomo, sino orientarse según la medida de la verdad y del bien, para llegar a ser, de esta manera, nosotros mismos, verdaderos y buenos.La palabra latina para adoración es ad-oratio, contacto boca a boca, beso, abrazo y, por tanto, en resumen, amor. La sumisión se hace unión, porque aquel al cual nos sometemos es Amor. Así la sumisión adquiere sentido, porque no nos impone cosas extrañas, sino que nos libera desde lo más íntimo de nuestro ser”. Este gesto es necesario, aun cuando nuestra ansia de libertad se resiste, en un primer momento, a esta perspectiva. Hacerla completamente nuestra sólo será posible en el segundo paso que nos presenta la última Cena.