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lunes, junio 02, 2008

Vocación de Mateo

La profesión de publicano significa, entre los romanos, un arrendador de los impuestos o rentas públicas y de las minas del Estado. Como explican Leske y Tassin, también permitía el cobro de derechos de pesca y cánones portuarios a las mercancías en tránsito. Además de que se consideraba una ocupación colaboracionista con las fuerzas opresoras, los publicanos tenían pocos controles en cuanto a sus métodos y ganancias. Por eso, los judíos los detestaban y los consideraban impuros y pecadores, tanto como los ladrones o los asesinos. Inclusive se decía que no podían pertenecer al reino mesiánico. Desde luego, un “justo” no podía sentarse a la mesa con ellos sin contaminarse, pues comer juntos era una muestra de amistad y de comunión entre personas.

Podemos imaginarnos a un publicano en concreto, de nombre Leví, lo cual significa que pertenecía a la tribu sacerdotal judía. A pesar de su ascendencia social religiosa, sentiría en su corazón ese rechazo injusto. Probablemente ejercía esa profesión porque le había tocado, experimentaría la indignidad que los rabinos predicaban de él y de sus colegas y quizá en alguna ocasión habría rezado como Jesús contó de uno de sus colegas: quedándose lejos, sin siquiera levantar los ojos al cielo, sino golpeándose el pecho y diciendo: «Oh Dios, ten compasión de mí, que soy un pecador» (Lc 18, 9-14).

Un día, mientras atendía su oficina, su telonio, vio llegar a Jesús que se dirigía directamente a él y le decía —Sígueme. Él se levantó y le siguió. Leví agradece la vocación siguiéndola de inmediato. Seguramente habría muchos razonamientos previos, mucha oración detrás de esta escena. ¡Cuántas ideas le habría sugerido el Señor en su oración, cuántas ansias de apostolado, de participar en la mesa del reino, que según los criterios de entonces le eran vedadas por su condición de trabajador financiero! Sin embargo, Jesús no solo no lo rechaza, sino que lo llama: —Sígueme.

Escribe San Josemaría: Lo que a ti te maravilla a mí me parece razonable. — ¿Que te ha ido a buscar Dios en el ejercicio de tu profesión? Así buscó a los primeros: a Pedro, a Andrés, a Juan y a Santiago, junto a las redes: a Mateo, sentado en el banco de los recaudadores... Y, ¡asómbrate!, a Pablo, en su afán de acabar con la semilla de los cristianos (Camino, n. 799).
La fuerza de la respuesta es operativa: Jesús le cambia el nombre por el de Mateo, como había hecho con Simón-Pedro. Y el nuevo apóstol convoca una cena, un banquete, a todos sus amigos rechazados por los que se consideraban justos. Ya en la casa, estando a la mesa, vinieron muchos publicanos y pecadores y se sentaron también con Jesús y sus discípulos. Ojalá fuera así nuestra respuesta a las llamadas del Maestro: pronta, operativa, audaz. Generosa: un banquete. Sin respetos humanos. Al contrario, apostólica: vinieron muchos publicanos y pecadores.

¡Qué seguridad nos transmiten estas escenas! Porque nosotros sí que somos indignos, pecadores, enfermos. Podemos decir con verdad aquellas palabras previas a la Comunión: “no soy digno de que entres en mi casa”. Esa misma acusación la hace el enemigo de nuestras almas. Y Jesús responde, citando a Oseas, el texto de la primera lectura del domingo en que se lee la vocación de Mateo: —No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Id y aprended qué sentido tiene: Misericordia quiero y no sacrificio; porque no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores.

Comenta San Beda: “Jesús dijo “sígueme” en el sentido de imitarlo. No adelantando los pies, sino con el modo de vivir. El que afirma que está junto a Cristo debe vivir como vivió Cristo. No debemos admirarnos de que a la primera orden del Señor el publicano abandonara las tareas terrenas que le ocupaban y, sin preocuparse más de las riquezas, se uniera al grupo de los discípulos de aquel que veía que no tenía riqueza alguna. El Señor, que lo había llamado externamente con la palabra, interiormente lo empujaba con una fuerza invisible a seguirlo, infundiendo en su interior la luz de la gracia espiritual”.

miércoles, septiembre 20, 2006

San Mateo, de Recaudador de impuestos a Apóstol


(21 de septiembre). Leví o Mateo era, como Zaqueo, un próspero publicano. Es decir, era un recaudador de impuestos de los judíos para el imperio romano. Por eso era mal visto por sus compatriotas, era considerado un traidor, un pecador. Probablemente había oído hablar de Jesús o lo había tratado previamente. Él mismo cuenta (Mt 9, 9-13) que, cierto día, vio Jesús a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: "Sígueme". El se levantó y lo siguió. Y estando en la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaron con Jesús y sus discípulos. Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos: "¿Cómo es que su maestro come con publicanos y pecadores?" Jesús lo oyó y dijo: "No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Vayan y aprendan lo que significa "misericordia quiero y no sacrificios": que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores".

Mateo sigue inmediatamente el llamado del Señor. Desde entonces se queda con Él, y lo da a conocer a sus amigos. Esta es la falsilla de unas palabras del Papa Benedicto XVI en Alemania (11-IX-06), sobre la vocación. Nos serviremos, para esta meditación, de ese Discurso. En primer lugar, habla acerca de la llamada, a la luz del recuento de la Anunciación: María recibió su vocación de boca del ángel. El ángel no entra visiblemente a nuestra habitación, pero el Señor tiene un plan para cada uno de nosotros, nos llama por nuestro nombre. Nuestra tarea es aprender a escuchar, percibir su llamada, ser valientes y fieles para seguirlo, y cuando está todo dicho y hecho, ser siervos fieles que han utilizado bien los dones que se nos han dado. Valentía para oír y seguir, de una parte; de otro lado, fidelidad para extender el regalo divino.

En segundo lugar, petición al dueño de la mies, que envíe operarios, apóstoles como Mateo, para extender el Evangelio en todo el mundo, también en la Vieja Europa, y en Rusia...:Sabemos que el Señor busca obreros para su viña. Él mismo lo ha dicho: «La mies es abundante, pero son pocos los obreros, rogad al Señor de la mies que envíe obreros a su mies». (Mt 9, 37-38). Por eso estamos reunidos aquí: para hacer este urgente pedido al Señor de la mies. La mies de Dios es grande y necesita obreros: en el llamado Tercer Mundo: en América Latina, en África y Asia la gente espera nuestros heraldos para llevarles el Evangelio de la paz, la Buena Nueva de Dios que se hizo hombre. Pero en el también llamado Occidente, aquí entre nosotros en Alemania, y en las vastas regiones de Rusia es cierto que hay una gran mies que cosechar. Pero hace falta gente con voluntad para trabajar la mies de Dios.

Pero esa petición nos compromete a responder afirmativamente al llamado del Señor y a seguirle, a "estar con Él" -huir del activismo-, para hacer apostolado en nuestro ambiente : Con este pedido tocamos a la puerta de Dios y con el mismo pedido el Señor está tocando las puertas de nuestro propio corazón. ¿Señor, me quieres? ¿No es tal vez demasiado grande para mí? ¿Soy muy pequeño para esto? ‘No tengas miedo', le dijo el ángel a María. ‘No temas: Te he llamado por tu nombre', dice Dios a través del profeta Isaías (43, 1) a nosotros, a cada uno de nosotros. ¿Adónde vamos, si respondemos "sí" al llamado de Dios? La más breve descripción de la misión sacerdotal –y esto es cierto en su manera particular para los hombres y mujeres religiosos también– nos la ha dado el evangelista Marcos. En su relato sobre el llamado de los Doce, dice «Jesús llamó a doce para que estén con él y para ser enviados». Estar con Jesús y ser enviado, salir a conocer personas: estas dos cosas se corresponden y juntas son el corazón de la vocación, del sacerdocio. Estar ‘con Él' significa llegar a conocerlo y darlo a conocer. Cualquiera que haya estado con Él no puede retener para sí lo que ha encontrado, al contrario, tiene que comunicarlo a otros.

¿Cómo "estar con Cristo"? El Papa recomienda dos maneras: vida eucarística y vida de oración, especialmente con la Liturgia de las Horas: Estar con Cristo ¿Cómo se hace esto? Bueno, lo primero y los más importante para el sacerdote es la Misa diaria, siempre celebrada con una participación interior y profunda. Si celebramos la Misa como verdaderos hombres de oración, si unimos nuestras palabras y nuestras actividades a la Palabra que nos precede y si nos dejamos conformar por la Celebración Eucarística, si en la Comunión nos dejamos abrazar por Él y le recibimos; entonces estamos con Él.

En la homilía alemana, el Papa terminaba citando algunos compatriotas suyos, ejemplo de vida apostólica, de estar con Cristo y llevarlo a los demás, y se detiene en la importancia de la Adoración Eucarística. Citando a Santa Edith Stein, afirma: ‘El Señor está presente en el tabernáculo en su divinidad y humanidad. No está allí por Él, sino por nosotros: es su alegría estar con nosotros. Sabe que nosotros, siendo como somos, necesitamos tenerlo personalmente y cerca. Como resultado, cualquier persona con pensamientos y sentimientos normales se sentirá atraído naturalmente a pasar tiempo con Él, siempre que le sea posible y todo el tiempo que le sea posible' (Gesammelte Werke VII, 136ff.). ¡Amenos estar con el Señor! Allí podemos hablar con Él sobre cualquier cosa. Podemos ofrecerle nuestras peticiones, nuestras preocupaciones, nuestros problemas. Nuestras alegrías. Nuestros gozos, nuestras decepciones, nuestras necesidades y nuestras aspiraciones.

Mateo cumple en su vida esos requisitos: seguir a Cristo, estar con Dios, darlo a conocer. Pidamos su intercesión, para que también se cumpla ese ideal en nuestra existencia, siempre al lado del Señor: Allí también podemos pedirle constantemente: ¡Señor, envía obreros a tu mies! ¡Ayúdame a ser un buen obrero en tu viña!