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lunes, enero 09, 2017

Navidad y Cruz

El misterio de la Navidad, con la explosión de alegría y de paz que le caracteriza, tiene un aspecto que es poco mencionado: el dolor que porta desde el primer momento.
Jesucristo se encarna en unas coordenadas históricas concretas, y esa realidad histórica también incluía que, como fruto amargo del pecado original, el ser humano experimentara el dolor y el sufrimiento sin mayor sentido que el de la necesaria, pero insuficiente, reparación a Dios por los pecados de todos los tiempos.
Sin embargo, Jesús, el Salvador —ese es el significado de su nombre—, vino precisamente para liberarnos de esas cadenas del pecado, para justificar nuestras culpas y para asociarnos a su redención. Por eso vemos que toda su existencia, también la infancia y la vida oculta, está marcada con la señal de la Cruz, a la que están siempre unidos los que le están cercanos.
Ya en los prolegómenos de su venida, cuando el Ángel Gabriel le anuncia a Zacarías la concepción de su hijo, que será el precursor del Mesías, la falta de fe del anciano sacerdote le ocasiona quedarse mudo hasta el nacimiento de su hijo.
Para María de Nazaret tampoco fue sencilla, ni exenta de contradicciones, la decisión de permanecer virgen al ver que Dios la llamaba por ese camino, pues quedaba expuesta a las burlas de sus coterráneas por no ser capaz de engendrar al Mesías.
Al recibir el mensaje del Ángel en la Anunciación, experimentó otro dolor: la posibilidad de perder el apoyo de José. Ese silencio prudente, de guardar para sí el misterio de la Encarnación del Verbo en su vientre, nos habla de otra dimensión del espíritu de penitencia: la mortificación interior, la lucha por controlar la imaginación, la memoria, la curiosidad:
«Si la imaginación bulle alrededor de ti mismo, crea situaciones ilusorias, composiciones de lugar que, de ordinario, no encajan con tu camino, te distraen tontamente, te enfrían, y te apartan de la presencia de Dios. —Vanidad.
Si la imaginación revuelve sobre los demás, fácilmente caes en el defecto de juzgar —cuando no tienes esa misión—, e interpretas de modo rastrero y poco objetivo su comportamiento. —Juicios temerarios.
Si la imaginación revolotea sobre tus propios talentos y modos de decir, o sobre el clima de admiración que despiertas en los demás, te expones a perder la rectitud de intención, y a dar pábulo a la soberbia.
Generalmente, soltar la imaginación supone una pérdida de tiempo, pero, además, cuando no se la domina, abre paso a un filón de tentaciones voluntarias.
—¡No abandones ningún día la mortificación interior!» (S, n. 135).
Inmediatamente después de la Anunciación, María subió a visitar a la prima Isabel, con un viaje sacrificado, al que siguieron las contradicciones propias del trabajo doméstico en una casa ajena, al servicio de dos personas ancianas: la prima embarazada y el esposo mudo.
Sin embargo, la actitud de María no es de queja por el destino que el Señor le ha marcado. Al contrario, descubre en aquellas tribulaciones el amor de Dios, y por eso reacciona siempre con alegría, con una sonrisa que se explaya en el canto del Magnificat: Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humildad de su esclava. Las contradicciones, bien llevadas, con amor de Dios, deben manifestarse en el rostro alegre: «¡Oh, Madre!: que sea la nuestra, como la tuya, la alegría de estar con Él y de tenerlo» (S, n. 95).
Como esa Cruz va cayendo sobre los seres más amados, el patriarca san José también la recibió. Entre sus famosos «dolores y gozos», destaca el dolor de dejar a María, de apartarse —en su humildad— ante el misterio de la concepción virginal, del cual se consideraba indigno de participar. Después de la confirmación de su papel como padre putativo de Jesús por parte del Ángel (le pondrás por nombre Jesús) llegó un nuevo viaje, el ascenso a Belén para cumplir humildemente con los caprichos del emperador extranjero, el censo.
La estrella de Belén y el coro de la legión angelical, que acompañaron el Nacimiento de Jesús, no lograron opacar o esconder la pobreza y humildad, el sacrificio del Verbo eterno, ya no solo al abajarse al nivel del ser humano, sino al nacer como el más pobre de los pobres, entre los animales. Se cumplen desde el primer momento las palabras de san Efrén el sirio: «la divinidad se escondió bajo la humanidad para poder llegar hasta la muerte» (Sermo de Domini Nativitate).
Uno podría pensar que la visita de los magos, con el oro que portaban como ofrenda al verdadero Rey y Dios, sería una nota de alegría en medio de un panorama tan oscuro. La verdad es que, cuando se tiene vida sobrenatural, el dolor forma parte del gozo, como las sombras resaltan la luz en una pintura o los silencios fortalecen las grandes sinfonías: la alegría tiene sus raíces en forma de Cruz (Cf. ECP, n. 43; F, n. 28). Además, en medio de las dificultades, María y José eran conscientes de que estaban cumpliendo la voluntad del Padre, ¡qué mejor motivo de alegría! Y tenían como bálsamo nada menos que el amor de Jesús.
Don Julián Herranz (2011, p. 157) cuenta una anécdota que ilustra esta verdad: un día, mientras predicaba, san Josemaría lo interrumpió de modo extraordinario, pues casi nunca lo hacía, porque había dicho reiteradamente la palabra «tribulaciones”: «Tribulaciones, tribulaciones… No, hijo mío. Esa palabra no me gusta: con frecuencia sirve para disimular la falta de Amor». No dijo más. El futuro cardenal Herranz terminó la meditación en un tono menos sombrío, y al salir del oratorio, san Josemaría le pidió disculpas con una sonrisa por haberle interrumpido, y le explicó: «Es que las almas poco generosas consideran tribulaciones lo que en realidad es una bendición divina, porque el Señor bendice con la Cruz».
Volviendo a la Epifanía, vemos que, junto con el oro —que serviría poco después para paliar las dificultades del traslado e instalación en Egipto—, los magos también portaron incienso, como signo de admiración al Dios hecho Niño, sumo sacerdote, pero además llevaron mirra, «que profetizaba su muerte y sepultura» (LH). Acerca de este presente, san Josemaría explicaba que la mirra es la mortificación, amar la Cruz, saberse fastidiar gustosamente por Cristo, aunque cueste y porque cuesta:
«esa mortificación no consistirá de ordinario en grandes renuncias, que tampoco son frecuentes. Estará compuesta de pequeños vencimientos: sonreír a quien nos importuna, negar al cuerpo caprichos de bienes superfluos, acostumbrarnos a escuchar a los demás, hacer rendir el tiempo que Dios pone a nuestra disposición... Y tantos detalles más, insignificantes en apariencia, que surgen sin que los busquemos —contrariedades, dificultades, sinsabores—, a lo largo de cada día» (ECP, n. 37).
Es lo que vemos en la vida cotidiana de la sagrada Familia. Como si los problemas que hemos visto hasta ahora fueran pocos, más adelante tuvieron que partir hacia Egipto, huyendo del peligro certero de muerte a causa de la soberbia asesina de Herodes. Parece como si, con el martirio de los inocentes, el diablo quisiera vengarse, al intuir que la redención se estaba empezando a actuar en el mundo. La respuesta de José es otra materialización de la cruz: la obediencia, que es «la humildad de la voluntad, que se sujeta al querer ajeno, por Dios» (S, n. 259).
La existencia de la Sagrada Familia fue una vida de desplazados, de inmigrantes. Y cuando lograron estar instalados, después de unos años viviendo en África, llegó el momento de regresar a casa, para recomenzar de nuevo. Si sufrimos solo con imaginarlo, ¡cómo habría sido de duro el vivirlo!: Cuando murió Herodes, el ángel del Señor se apareció de nuevo en sueños a José en Egipto y le dijo: Levántate, coge al niño y a su madre y vuelve a la tierra de Israel, porque han muerto los que atentaban contra la vida del niño». Se levantó, tomó al niño y a su madre y volvió a la tierra de Israel.
Aunque cueste, da tranquilidad saber que se cumple la voluntad de Dios. Pero andar por esa vía no quiere decir que se encuentre libre de obstáculos. Casi podríamos decir que sucede al contrario: "Pero al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea como sucesor de su padre Herodes tuvo miedo de ir allá. Y avisado en sueños se retiró a Galilea y se estableció en una ciudad llamada Nazaret". En esas circunstancias, sería fácil reaccionar de mala manera, preguntándose qué sentido tendría tanta contradicción. Pues resulta que lo tiene, aunque a veces no nos enteremos a las primeras de cambio. Fue lo que sucedió en este caso: "Así se cumplió lo dicho por medio de los profetas, que se llamaría nazareno".
En Nazaret vivirían el martirio de la vida ordinaria, materializado ya no en las grandes vicisitudes que hemos contemplado, sino en la lucha diaria por crecer en virtudes: el ejemplo, el servicio, el trabajo, la oración, el amor mutuo. Y por esa razón, la Sagrada Familia es el mejor modelo para tomar la Cruz de cada día en nuestra vida ordinaria:
«no seremos santos, si no nos unimos a Cristo en la Cruz: no hay santidad sin Cruz, sin mortificación. Donde más fácilmente encontraremos la mortificación es en las cosas ordinarias y corrientes: en el trabajo intenso, constante y ordenado; sabiendo que el mejor espíritu de sacrificio es la perseverancia en acabar con perfección la labor comenzada; en la puntualidad, llenando de minutos heroicos el día; en el cuidado de las cosas, que tenemos y usamos; en el afán de servicio, que nos hace cumplir con exactitud los deberes más pequeños; y en los detalles de caridad, para hacer amable a todos el camino de santidad en el mundo: una sonrisa puede ser, a veces, la mejor muestra de nuestro espíritu de penitencia» (San Josemaría, Carta 24-III-1930, n. 15. Citado por Berglar, P. [1987]. Opus Dei. Madrid: Rialp, p. 100).
En medio de ese martirio ordinario, hubo un evento que marcó la historia de la Sagrada Familia; tanto, que la lglesia lo toma como uno de los misterios gozosos del Rosario: la pérdida y hallazgo de Jesús en el templo, a los doce años. ¡Cuánto habrán padecido María y José!, no echándose mutuamente la culpa de la pérdida, sino haciéndose responsables personalmente, y sufriendo por el dolor de los otros dos: del cónyuge y del hijo. San Juan Pablo II, meditando sobre esta escena, dice que la Virgen no riñó a Jesús, sino que lo observó con «mirada interrogadora». El misterio de la Cruz sigue aleteando sobre la historia de ese hogar: «La revelación de su misterio de Hijo, dedicado enteramente a las cosas del Padre, anuncia aquella radicalidad evangélica que, ante las exigencias absolutas del Reino, cuestiona hasta los más profundos lazos de afecto humano. José y María mismos, sobresaltados y angustiados, “no comprendieron” sus palabras (Lc 2, 50)» (RVM, n. 20).
Más adelante vendría la muerte de José, el cambio de circunstancias familiares. Una nueva dificultad para el proyecto evangelizador que Jesús habría previsto, una nueva ocasión de crecer en gracia y sabiduría, en identificación con la voluntad del Padre.
Y para no seguir en esta meditación hasta el holocausto perfecto que fue el sacrificio en la Cruz —tema que consideramos con profundidad en Semana Santa—, podemos quedarnos en el bautismo de Jesús, que es la fiesta con la cual la Iglesia concluye el periodo navideño. Las representaciones orientales de este misterio de la vida de Cristo dibujan a Jesús, al descender al Jordán, como si se acostara en un ataúd. De esa manera significan la dimensión sacrificial del bautismo.
Benedicto XVI explicaba el sentido profundo de este pasaje de la vida de Cristo, que «se manifestará sólo al final de la vida terrena de Cristo, es decir, en su muerte y resurrección. Haciéndose bautizar por Juan juntamente con los pecadores, Jesús comenzó a tomar sobre sí el peso de la culpa de toda la humanidad, como Cordero de Dios que “quita” el pecado del mundo. Obra que consumó en la cruz, cuando recibió también su “bautismo”. En efecto, al morir se “sumergió” en el amor del Padre y derramó el Espíritu Santo, para que los creyentes en él pudieran renacer de aquel manantial inagotable de vida nueva y eterna» (Ángelus, 13-01-2008).

En muchos de estos pasajes, los evangelistas concluyen diciendo que María conservaba todas estas cosas en su corazón. Acudamos a Ella, para terminar este rato de meditación: «Supliquemos hoy a Santa María que nos haga contemplativos, que nos enseñe a comprender las llamadas continuas que el Señor dirige a la puerta de nuestro corazón. Roguémosle: Madre nuestra, tú has traído a la tierra a Jesús, que nos revela el amor de nuestro Padre Dios; ayúdanos a reconocerlo, en medio de los afanes de cada día; remueve nuestra inteligencia y nuestra voluntad, para que sepamos escuchar la voz de Dios, el impulso de la gracia» (ECP, n. 174).

lunes, marzo 21, 2016

La unción en Betania

El Sábado de Pasión, la víspera del Domingo de Ramos, el Señor fue a comer a Betania, la pequeña aldea a la que tanto le gustaba ir. Allí, con la compañía de esos queridísimos amigos que eran Lázaro, María y Marta, Jesús descansaba y reponía fuerzas (Jn 12,1-11). Ellos habían invitado al Maestro para celebrar la resurrección del hermano mayor, pero no había sido fácil concretar el día, debido a la persecución que habían desencadenado sus enemigos.
Allí le ofrecieron una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa. Detallista como siempre, María había empleado una buena cantidad de sus ahorros para comprar un perfume importado del Oriente. En los momentos iniciales, cuando el protocolo sugería ofrecer al invitado agua para que se limpiara los pies —como sabemos por el banquete en casa de Simón el fariseo—, María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera.
Este gesto nos habla, además de la natural manifestación de gratitud por la resurrección de Lázaro, de un amor generoso y pródigo al Señor, de trato delicado y fino con quien nos ha mostrado su caridad hasta el extremo. Y nos invita a preguntarnos cómo le demostramos a Jesús que le queremos, a Él directamente y en sus hermanos más pequeños. Estas dos manifestaciones pueden ser el tema de nuestra meditación de hoy.
Al comienzo de la Semana Santa, podemos examinar cuántas veces te hemos agradecido, Señor, durante la cuaresma, por habernos redimido; qué esfuerzo hemos hecho para tener muestras de delicadeza y afecto contigo. Por ejemplo, al celebrar o participar en la Misa, cómo cuidamos la preparación remota y próxima, con cuánto amor vivimos cada parte de la Eucaristía, desde el primer momento.
Regresemos a la escena: María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume. Ese aroma nos llega a través del tiempo hasta el hoy de nuestra oración. Es la esencia del amor, de la generosidad, del cariño por el Maestro. Ese buen olor, incienso de Cristo, del que habla san Pablo, nos pregunta por nuestra labor apostólica, que es el contexto en el que el Apóstol de las gentes menciona esa frase: Doy gracias a Dios, que siempre nos asocia a la victoria de Cristo y difunde por medio de nosotros en todas partes la fragancia de su conocimiento (2 Co 2,15).
Pidamos al Señor que, como fruto de nuestro amor por Él —queremos que sea como el de los hermanos de Betania—, tengamos ese sano afán de difundir en nuestro ambiente la vida y la doctrina de Jesús. Que, con nuestras palabras y con nuestras obras, con el esfuerzo por adquirir las virtudes, seamos de verdad ese buen olor que salva. De esa manera se cumplirán en nuestra vida las palabras del Apóstol: Porque somos incienso de Cristo ofrecido a Dios, entre los que se salvan y los que se pierden; para unos, olor de muerte que mata; para los otros, olor de vida, para vida.
Esta dicotomía la vemos reflejada en la escena de Betania. En medio del buen ambiente que se respiraba, había una persona para la cual la fragancia de nardo era olor de muerte: Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dice: «¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres?».
San Juan añade que esa repentina preocupación social se debía en realidad a la codicia: Esto lo dijo no porque le importasen los pobres, sino porque era un ladrón; y como tenía la bolsa, se llevaba de lo que iban echando. San Juan Pablo II comenta que, «como la mujer de la unción en Betania, la Iglesia no ha tenido miedo de “derrochar”, dedicando sus mejores recursos para expresar su reverente asombro ante el don inconmensurable de la Eucaristía» (2003b, n.48). En la misma línea había escrito antes san Josemaría: «Aquella mujer que en casa de Simón el leproso, en Betania, unge con rico perfume la cabeza del Maestro, nos recuerda el deber de ser espléndidos en el culto de Dios. —Todo el lujo, la majestad y la belleza me parecen poco» (C, n.527). 
Un ejemplo de ese cuidado nos lo brinda un pasaje de la biografía del beato Manuel González, al dejar reservado por primera vez el Santísimo Sacramento en un convento: «Después de haber cerrado el Sagrario, ya lleno con la presencia real del Maestro divino de Nazaret, se despedía el Fundador de sus hijas, recordando la frase del Beato Ávila, les repetía: “¡Que me lo tratéis bien, que es Hijo de buena Madre!”» (Cf. Rodríguez, n.531).  
Hoy podemos repetir la oración de san Josemaría al recordar ese suceso: «“¡Tratádmelo bien, tratádmelo bien” (…) —¡Señor!: ¡Quién me diera voces y autoridad para clamar de este modo al oído y al corazón de muchos cristianos, de muchos!» (Ibidem.). Aprendamos, en estos días de Semana Santa, del ejemplo de María de Betania y de tantos santos enamorados de Jesucristo, prisionero de amor en la Eucaristía. Que lo acojamos con el nardo de nuestras penitencias, de nuestra piedad renovada, del cariño fraterno, del afán apostólico incesante.
Volviendo a la escena de la unción en Betania, podemos preguntarnos: ¿cómo reaccionó Jesús ante la incómoda situación en que lo puso el comentario de Judas Iscariote? San Juan Pablo II continúa su exégesis: «la valoración de Jesús es muy diferente. Sin quitar nada al deber de la caridad hacia los necesitados, a los que se han de dedicar siempre los discípulos —pobres tendréis siempre con vosotros—, Él se fija en el acontecimiento inminente de su muerte y sepultura, y aprecia la unción que se le hace como anticipación del honor que su cuerpo merece también después de la muerte, por estar indisolublemente unido al misterio de su persona» (2003b, n. 47).
Jesús dijo: «Déjala; lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis». Por ese motivo este pasaje se lee el Lunes santo, como preparación inmediata para la celebración del triduo pascual. El Señor anuncia veladamente que muy poco tiempo después ya estará sepultado. Y lo hace con una paz y una serenidad que muestran que en Él se cumple la profecía del Siervo de Isaías, que se lee como primera lectura de la Misa durante las jornadas iniciales de la Semana Santa (caps. 40-55): No gritará, no clamará, no voceará por las calles. Yo no resistí ni me eché atrás. Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no escondí el rostro ante ultrajes y salivazos.
Jesucristo ofreció su vida generosamente por nosotros, asumió la Voluntad del Padre de entregarse a la muerte por nuestra salvación. Debemos pensar, como el Apóstol san Pablo, que también debemos manifestar nuestro amor a Dios imitándolo en esa abnegación por nuestros hermanos, que nos permita decir, como el Apóstol: Ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros: así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia.
La mejor manera de tomar la Cruz de Cristo, camino del Calvario, es sufrir por los demás —sin dramatismos—, ser sus cirineos. Pidamos al Señor que nos ayude a descubrir su rostro en esos hermanos que salen a nuestro encuentro desde sus «periferias existenciales», como dice el papa Francisco: con la enfermedad, la pobreza, las necesidades de afecto, de comprensión, de compañía. Podemos hacernos las preguntas que él mismo sugería: «¿Se tiene la experiencia de que formamos parte de un solo cuerpo? ¿Un cuerpo que recibe y comparte lo que Dios quiere donar? ¿Un cuerpo que conoce a sus miembros más débiles, pobres y pequeños, y se hace cargo de ellos? ¿O nos refugiamos en un amor universal que se compromete con los que están lejos en el mundo, pero olvida al Lázaro sentado delante de su propia puerta cerrada?» (Mensaje para la Cuaresma, 2015).
Al comienzo de una Semana Santa, el beato Álvaro del Portillo animaba a poner la lucha interior de esos días precisamente en la fraternidad: «Exigíos en este campo, hijas e hijos míos, atribuyendo mucha importancia a las pequeñas mortificaciones que hacen más alegre y amable el camino de los demás, viendo siempre en ellos a Cristo, sin olvidar que “una sonrisa puede ser, a veces, la mejor muestra del espíritu de penitencia” (F, n.149). De este modo, vuestros pequeños sacrificios subirán al Cielo in odorem suavitatis, como el incienso que se quema en honor del Señor» (2014, pp. 120-121).
Cuando hablamos del amor a Dios y a los hombres de los que María de Betania es ejemplar, pensamos también en la Madre de Jesús, que al mismo tiempo es nuestra Madre. A Ella, que «se entregó completamente al Señor y estuvo siempre pendiente de los hombres; hoy le pedimos que interceda por nosotros, para que, en nuestras vidas, el amor a Dios y el amor al prójimo se unan en una sola cosa, como las dos caras de una misma moneda» (Echevarría 2004, in loco).

domingo, septiembre 13, 2015

Primer anuncio de la muerte y resurrección



En el capítulo octavo de su evangelio, san Marcos presenta una peculiar encuesta que hizo Jesús sobre quién decía la gente que era Él, y qué habían comprendido los apóstoles sobre su persona y su misión. Pedro respondió con audacia que Jesús era el Mesías y el Maestro los conminó a guardar esa verdad como un secreto. Pero podemos preguntarnos cuál era el sentido último de ese diálogo, y lo podemos intuir con el anuncio que el Señor hizo a continuación, cuando comenzó a enseñarles que tendría que padecer mucho, ser rechazado y llevado a la muerte.
Jesús mostró que la clave de su mesianismo pasaba por la Cruz, como lo habían predicho los profetas; por ejemplo, en los cánticos del siervo del Señor que presenta Isaías (50,5-9): Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no escondí el rostro ante ultrajes y salivazos. Pero al mismo tiempo Pedro, representante de nuestra falta de fe, le reprendió por decir tales cosas justo cuando acaba de confirmarles en el esplendor de su mesianismo: Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Jesús, a su vez, le hizo ver que estaba razonando con lógica humana ante el modo de obrar de Dios. Quizás todavía solo entendía el papel de Jesús en clave política, como casi todos sus contemporáneos. Por esa razón, Jesús no dudó en corregirlo de modo llamativo: «¡Ponte detrás de mí, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!».
La reconvención puede considerarse enigmática, el famoso vade retro, que se solía traducir como apártate de mí, y que ahora se ha mejorado con la versión ponte detrás de mí, que el papa Benedicto XVI glosaba: «No me señales tú el camino; yo tomo mi sendero y tú debes ponerte detrás de mí. Pedro aprende así lo que significa en realidad seguir a Jesús (…). Nosotros, como Pedro, debemos convertirnos siempre de nuevo. Debemos seguir a Jesús y no ponernos por delante. Es él quien nos muestra la vía. Así, Pedro nos dice: tú piensas que tienes la receta y que debes transformar el cristianismo, pero es el Señor quien conoce el camino. Es el Señor quien me dice a mí, quien te dice a ti: sígueme. Y debemos tener la valentía y la humildad de seguir a Jesús, porque él es el camino, la verdad y la vida» (Catequesis, 17-V-2006).
La increpación de Jesús a Pedro se completa y explica con la siguiente invitación: Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque, quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará. Es como una nueva vocación, de hecho muchas personas han sentido el llamado divino al escuchar estas palabras: «Es la ley exigente del seguimiento: hay que saber renunciar, si es necesario, al mundo entero para salvar los verdaderos valores, para salvar el alma, para salvar la presencia de Dios en el mundo» (Ibídem).
La vocación cristiana exige que la cruz sea un componente insustituible. La única manera de seguir a Jesucristo es negándonos a nosotros mismos, a nuestros egoísmos, a nuestra sensualidad, rechazar las tentaciones que pretenden apartarnos del camino. Para seguir a Jesús hay que negarse, pero también tomar positivamente la cruz, buscarla en las circunstancias ordinarias. Por eso es tan importante que, en nuestra lucha interior, tengamos una lista de mortificaciones, de pequeños sacrificios que son como la oración del cuerpo, con los que vamos condimentando la jornada: desde el primer momento, podemos ofrecer el «minuto heroico», la levantada en punto, que tanto nos ayuda a vivir con talante de lucha. Cada uno puede hablar con el Señor, comprometerse con Él en otros pequeños ofrecimientos a lo largo del día: bañarse con agua fría; dejar ordenados el cuarto y  el baño antes de salir; comer con templanza, en la cantidad y en la calidad; llegar puntualmente al trabajo, aprovechar el tiempo, evitar las distracciones en el uso del internet y de las redes sociales, trabajar con intensidad, vivir la caridad en el sitio de trabajo, llegar a casa sonriendo, a pesar del cansancio de la jornada laboral, etc.
La consideración de este pasaje nos debe confirmar en nuestra decisión de seguir a Jesucristo en su camino a la cruz. De identificarnos con Él, como sugiere san Pablo: Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo (Ga 6,14). Santo Tomás de Aquino es uno de los primeros en presentar la cruz como la mejor escuela en la que podemos aprender la ciencia de la identificación con Jesucristo en virtudes como la caridad, la paciencia, la humildad o la obediencia: «La pasión de Cristo tiene el don de uniformar toda nuestra vida. El que quiera vivir con rectitud, no puede rechazar lo que Cristo no despreció, y ha de desear lo que Cristo deseó. En la cruz no falta el ejemplo de ninguna virtud. Si buscas la caridad, ahí tienes al Crucificado. Si la paciencia, la encuentras en grado eminente en la cruz. Si la humildad, vuelve a mirar a la cruz. Si la obediencia, sigue al que se ha hecho obediente al Padre hasta la muerte de cruz».
Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. El sentido del sufrimiento, del dolor, del tomar la cruz cotidiana no es masoquista, sino que consiste en ir detrás de Cristo, de acompañarlo en su tarea salvadora, de ser corredentores con Él. No es cuestión de cumplir unos propósitos, sino de destinar la vida, de gastarla en servicio para el Señor y para las almas. Porque, quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará.
Sin embargo, no hemos de olvidar el planteamiento inicial del pasaje que estamos contemplando: El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, (…) y resucitar a los tres días. ¡Hay esperanza! Se trata de un plan divino, para salvarnos. La última palabra no es de dolor y de muerte, sino de alegría y de vida: «Sólo cuando el hombre, siendo fiel a la gracia, se decide a colocar en el centro de su alma la cruz, negándose a sí mismo por amor a Dios, estando realmente desprendido del egoísmo y de toda falsa seguridad humana, es decir, cuando vive verdaderamente de fe, es entonces y sólo entonces cuando recibe con plenitud el gran fuego, la gran luz, la gran consolación del Espíritu Santo. Es entonces también cuando vienen al alma esa paz y esa libertad que Cristo nos ha ganado, que se nos comunican con la gracia del Espíritu Santo» (ECP, n.137).
La alegría tiene sus raíces en forma de cruz. Porque en el seguimiento de Cristo hasta el sacrificio del calvario encontramos la realización de su llamado para que seamos corredentores con Él. Es lo que consideramos en el cuarto misterio doloroso del santo Rosario: «No te resignes con la Cruz. Resignación es palabra poco generosa. Quiere la Cruz. Cuando de verdad la quieras, tu Cruz será... una Cruz, sin Cruz. Y de seguro, como El, encontrarás a María en el camino».

domingo, enero 11, 2015

El Bautismo del Señor

El tiempo de Navidad, uno de los tiempos fuertes del año litúrgico, termina con la celebración del Bautismo del Señor. La narración de san Marcos es, como en el resto de su Evangelio, escueta y directa (1,7-11): Llegó Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. Apenas salió del agua, vio rasgarse los cielos y al Espíritu que bajaba hacia él como una paloma. Se oyó una voz desde los cielos: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco».

Ese misterio de la vida de Cristo tiene un estrecho vínculo con la Epifanía y con el milagro de las bodas de Caná. Como dice la Antífona de las laudes del 6 de enero, «hoy la Iglesia se ha unido a su celestial Esposo, porque, en el Jordán Cristo la purifica de sus pecados; los magos acuden con regalos a las bodas del Rey, y los invitados se alegran por el agua convertida en vino».

Los Padres de la Iglesia también unen estas festividades. Por ejemplo, san Proclo enseñaba: «El agua del diluvio acabó con el género humano; en cambio, ahora, el agua del bautismo, con la virtud de quien fue bautizado por Juan, retorna los muertos a la vida. Entonces, la paloma con la rama de olivo figuró la fragancia del olor de Cristo, nuestro Señor; ahora, el Espíritu Santo, al sobrevenir en forma de paloma, manifiesta la misericordia del Señor».

Con estas citas notamos el énfasis que la Iglesia pone en la institución del Bautismo, sacramento con el que Jesús purifica nuestros pecados para que podamos unirnos a su cuerpo místico. El Compendio del Catecismo (n.105) ofrece el mejor resumen de los efectos de este misterio luminoso: «Jesús recibe de Juan el Bautismo de conversión para (1) inaugurar su vida pública y (2) anticipar el “Bautismo” de su Muerte; y (3) aunque no había en Él pecado alguno, Jesús, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jn 1,29), acepta ser contado entre los pecadores».

Podemos considerar en nuestro diálogo con el Señor la anticipación del «Bautismo» de su muerte. Es una manera fuerte de mostrar la unidad de toda la vida de Cristo, como lo hacen algunos villancicos, cuando ponen en boca del Niño, en medio de la alegría de la Navidad, palabras como estas: Yo bajé a la tierra para padecer.

El papa Benedicto XVI escribió en su libro sobre Jesús de Nazaret que, «a partir de la cruz y la resurrección se hizo claro para los cristianos lo que había ocurrido: Jesús había cargado con la culpa de toda la humanidad; entró con ella en el Jordán. Inicia su vida pública tomando el puesto de los pecadores. La inicia con la anticipación de la cruz (…). El significado pleno del bautismo de Jesús, que comporta cumplir "toda justicia", se manifiesta sólo en la cruz: el bautismo es la aceptación de la muerte por los pecados de la humanidad, y la voz del cielo –Este es mi Hijo amado– es una referencia anticipada a la resurrección. Así se entiende también por qué en las palabras de Jesús el término bautismo designa su muerte.

Es una consideración que nos puede servir cuando meditemos, cada jueves, el primer misterio luminoso: el Bautismo de Jesús es la prefiguración de nuestro bautismo. Entre los muchos efectos de ese primer sacramento ―gracias, Señor, por habernos permitido recibirlo―, el Compendio del Catecismo (n.263) enumera algunos: el Bautismo perdona los pecados; hace participar de la vida divina trinitaria mediante la gracia santificante (que nos incorpora a Cristo y a su Iglesia); hace participar del sacerdocio de Cristo, etc.

Consideremos en nuestra oración de hoy los dos últimos efectos: la incorporación a Cristo y a su Iglesia, y la participación del sacerdocio de Cristo (alma sacerdotal). Estas consecuencias de nuestra pertenencia al cuerpo místico del Señor configuran nuestra vocación bautismal: la llamada que Dios nos hace a la santidad y al apostolado. Como Jesús, hemos de ser almas de oración y de penitencia.

Así lo describe el papa Benedicto XVI: «La anticipación de la muerte en la cruz que tiene lugar en el bautismo de Jesús, y la anticipación de la resurrección, anunciada en la voz del cielo, se han hecho ahora realidad. Así, el bautismo con agua de Juan recibe su pleno significado del bautismo de vida y de muerte de Jesús (…). En su teología del bautismo (cf. Rm 6,1: Los que fuimos bautizados en Cristo fuimos bautizados en su muerte), Pablo ha desarrollado esta conexión interna sin hablar expresamente del bautismo de Jesús en el Jordán. La iconografía recoge estos paralelismos. El icono del bautismo de Jesús muestra el agua como un sepulcro líquido que tiene la forma de una cueva oscura, que a su vez es la representación iconográfica del Hades, el inframundo, el infierno. El descenso de Jesús a este sepulcro líquido, a este infierno que le envuelve por completo, es la representación del descenso al infierno: "Sumergido en el agua, ha vencido al poderoso" (cf. Lc 11, 22), dice Cirilo de Jerusalén».

Nosotros, hijos de Dios gracias a la muerte de Cristo, hemos de unirnos a sus sufrimientos, cargar con nuestra cruz de cada día y seguirlo. Ser almas mortificadas y penitentes. Como enseñaba san Josemaría: «Sin mortificación, no hay felicidad en la tierra», y «Un día sin mortificación es un día perdido» (S, nn.983,988).

En el Diccionario de san Josemaría explican algunos aspectos de ese tema en la predicación del fundador del Opus Dei (Juliá 2014): en primer término, cuál es el lugar de la mortificación en la vida espiritual: de ordinario ha de ser sencilla, sin nada llamativo: «la mortificación ha de ser continua, como el latir del corazón: así tendremos señorío sobre nosotros mismos, y viviremos con los demás la caridad de Jesucristo» (F, n.518).

Sobre la necesidad y los motivos para la mortificación: «Cristo resucita en nosotros, si nos hacemos copartícipes de su Cruz y de su Muerte. Hemos de amar la Cruz, la entrega, la mortificación. (...) De esa manera, no ya a pesar de nuestra miseria, sino en cierto modo a través de nuestra miseria, de nuestra vida de hombres hechos de carne y de barro, se manifiesta Cristo: en el esfuerzo por ser mejores, por realizar un amor que aspira a ser puro, por dominar el egoísmo, por entregarnos plenamente a los demás, haciendo de nuestra existencia un constante servicio» (ECP, n.114).

En cuanto a las formas y manifestaciones de la mortificación, podemos hacer una distinción básica, además de la tradicional diferencia entre activas –voluntarias, buscadas- y pasivas –inesperadas, sorpresivas-: es muy útil vivir tanto la mortificación interior como la exterior.

Para considerar en nuestro diálogo con el Señor la penitencia interior nos puede servir el n.173 de Camino, con algunos añadidos que pongo entre paréntesis: «Esa palabra acertada, el chiste que no salió de tu boca (el cuidado de la vida en familia: no solo “el chiste”, sino también el comentario, la indirecta, la queja innecesaria que podría canalizarse adecuadamente a través de la corrección a solas); la sonrisa amable para quien te molesta; aquel silencio ante la acusación injusta; tu bondadosa conversación con los cargantes y los inoportunos (también el no acusar, el no ser pesado, saber escuchar o hablar según corresponda); el pasar por alto cada día, a las personas que conviven contigo, un detalle y otro fastidiosos e impertinentes... Esto, con perseverancia, sí que es sólida mortificación interior».

Se trata de mortificar las potencias internas: dirigir y controlar la imaginación, la memoria, la curiosidad, para que nos lleven a amar más a Dios y a los demás por Él: «Mortificaciones que no mortifiquen a los demás, que nos vuelvan más delicados, más comprensivos, más abiertos a todos. Tú no serás mortificado si eres susceptible, si estás pendiente sólo de tus egoísmos, si avasallas a los otros, si no sabes privarte de lo superfluo y, a veces, de lo necesario; si te entristeces, cuando las cosas no salen según las habías previsto. En cambio, eres mortificado si sabes hacerte todo para todos, para ganar a todos» (ECP, n.9). Eso es la santidad, la identificación con Cristo, morir con Jesús para resucitar con Él.

Cargar con la cruz de cada día, negarse a sí mismo y seguir a Jesucristo. Cotidie, diariamente, en la vida ordinaria. Por ejemplo, se puede ofrecer al Señor el esfuerzo por estar bien presentados, para vivir la caridad con los demás, al tiempo que se eleva el nivel humano del ambiente en que nos movemos. Cuentan que así actuaba el profesor J. Ratzinger, cuando enseñaba en la universidad alemana, que se tomaba la profesión universitaria como algo distinto y distinguido: «En verano todos circulan en camisa de manga corta; solo el profesor Ratzinger mantiene la chaqueta gris». (Blanco P. BXVI, el papa alemán, p. 216).

Otras mortificaciones que deben estar presentes cada día en nuestra lucha ascética son las que nos ayudan a cumplir los deberes: los minutos heroicos a lo largo de la jornada, comenzando por el de la levantada, la puntualidad, el orden, la intensidad en el estudio.

Y también la templanza en las comidas, siguiendo un consejo clásico: «Pon, entre los ingredientes de la comida, «el riquísimo» de la mortificación» (F, 783). Del Beato Álvaro del Portillo cuenta una persona que cocinó para él muchas veces: «He comprobado muchas veces, y lo pensaba a menudo, que era muy santo solo por el modo como vivía la sobriedad en las comidas. Tenía un régimen muy severo, que no nos permitía variar el menú, ni siquiera darle lo que le gustaría. Vivía desprendido de sus gustos y confiaba totalmente en sus hijas y en las indicaciones de los médicos y jamás pidió que le sirviéramos algo distinto o especial. Su régimen consistía en unas verduras cocidas, que procurábamos preparar lo mejor posible, poca carne y nada de sal ni azúcar; y siempre don Álvaro estaba de buen humor, a veces hasta bromeaba con su régimen».


Son maneras concretas de seguir al Señor, tomando su cruz cada día sobre nuestros hombros. Un último truco, para vivir de esa manera, es acudir a María, que acompañó a su Hijo hasta la hora de la muerte, al pie de la Cruz. «Di: Madre mía —tuya, porque eres suyo por muchos títulos—, que tu amor me ate a la Cruz de tu Hijo: que no me falte la Fe, ni la valentía, ni la audacia, para cumplir la voluntad de nuestro Jesús» (C, n.497).

lunes, julio 14, 2014

Guerra y paz. No he venido a traer la paz sino la espada.

El Evangelio de Mateo se estructura en torno a cinco grandes discursos (como si fuera un nuevo Pentateuco): el del monte, el misionero, el de las parábolas, el eclesiástico, el escatológico. El segundo, el discurso misionero, va de los capítulos 8 al 12. En la primera parte, el Señor plantea sus exigencias a los discípulos. Más adelante expone los principios de la misión y, por último, muestra la acogida de ese mensaje. Contemplemos ahora, en la segunda sección, la explicación que hace el Señor sobre cómo será la vida apostólica de sus seguidores.

Jesús comienza planteando una exigencia conflictiva: No he venido a traer la paz sino la espada. Guerra y paz. Parece difícil de entender, en un primer momento, que estas palabras vengan del Señor. Pero en realidad son una llamada a dar la cara, a vivir la fe con naturalidad en medio de un mundo hostil, como el que encontraban los primeros lectores de este Evangelio, poco diverso del que enfrentamos los cristianos de hoy. La idea clave es que no se trata tanto de una «guerra santa» contra los enemigos de la Iglesia, sino más bien de una lucha constante contra nuestra propia tibieza, contra el pesimismo, como enseña el papa Francisco en su exhortación sobre el apostolado en el siglo XXI: «un buen acompañante no consiente los fatalismos o la pusilanimidad. Siempre invita a querer curarse, a cargar la camilla, a abrazar la cruz, a dejarlo todo, a salir siempre de nuevo a anunciar el Evangelio» (EG 172).

Seremos sembradores de paz y de alegría en la medida en que seamos conscientes de que esta siembra pacífica exige guerra, un conflicto que consiste en luchar contra nuestras miserias y pecados. La predicación de Cristo no es ingenua o «buenista», como dicen algunos para criticar a los cristianos. Él exige que nos compliquemos la vida y nosotros no podemos orillar las palabras de Jesús: «Sin espíritu belicoso ni agresivo, in hoc pulcherrimo caritatis bello (en esta hermosísima guerra de amor), con una comprensión que acoge a todos y colabora con todos los hombres de buena voluntad ―también, sin transigir con los errores que profesan, con los que no conocen o no aman a Jesucristo―, no olvidéis que el Señor dijo: no penséis que he venido a poner paz en la tierra; no vine a poner paz, sino espada (Mt 10,34). Es muy fácil prestar atención sólo a la mansedumbre de Jesús y orillar ―porque estorban a la comodidad y al conformismo― sus palabras, divinas también, con las que nos aguijonea para que nos compliquemos la vida» (San Josemaría Escrivá, Carta 9-I-1959, n.24, citado por BL). Pidamos al Señor en nuestra oración la gracia de luchar más contra nuestra comodidad y nuestro conformismo, y concretemos propósitos de guerra interior para complicarnos la vida comprometiéndonos de nuevo con Él.

En este sentido se entienden las palabras de Benedicto XVI, cuando enseñaba que la paz es fruto maduro de la gracia, de la transformación que obra en cada uno: «“Gracia” es la fuerza que transforma al hombre y al mundo; “paz” es el fruto maduro de esa transformación» (Homilía en Éfeso, 29-XI-06). Y comenta Mons. Echevarría que, sin embargo, «se requiere la colaboración libre de la persona en el proyecto divino de salvación. Y como en el corazón reside en última instancia la causa de los conflictos, de ahí se deriva la necesidad de que cada uno pelee decididamente dentro de sí, para afirmar el reinado de Dios en la propia alma. Es una verdad antigua como el Evangelio, aunque desgraciadamente muchos no la conocen o no la ponen en práctica. Dijo el Señor: no penséis que he venido a traer la paz a la tierra. No he venido a traer la paz sino la espada (Mt 10,34). Hablaba de la pelea contra el pecado, presupuesto indispensable de la paz verdadera. Cuando hay verdadero empeño por erradicar la mala hierba del pecado y por identificarse con Cristo, la existencia del cristiano se convierte en la buena tierra, donde pueden germinar las virtudes que hacen posible la convivencia, llena de caridad y de paz, entre personas de los ambientes más diversos» (Carta pastoral, 1-I-2007).

Pues he venido a enfrentar al hombre contra su padre, a la hija contra su madre y a la nuera contra su suegra. Una vez más, no deben entenderse estas palabras en la simple literalidad, sino que son una referencia ulterior a la necesidad de la lucha contra los propios defectos, contra nuestros apegamientos. Nos pueden servir unas palabras de san Josemaría para concretar puntos de lucha, en los cuales hay que empuñar la espada diariamente. Decía que la labor cristiana «se hace a fuerza de amor y de sacrificio, con oración, con mortificación, con trabajo y con celo apostólico. Hemos de sentir deseos de que el Amor sea amado, y hemos de agradecerle que se nos haya dado, porque por ahí no se lo agradecen, y nosotros —tú y yo — no se lo agradeceremos bastante. Recoged las rosas del camino —esas rosas que también tienen espinas —, y llevádselas al Señor: ¡Fuera la sensualidad —que recorta las alas del amor—, fuera el egoísmo, fuera la comodidad...! El que no vive la alegría (…), que se examine, porque cuando falta esta virtud es señal evidente de que el alma está distraída en algo que no es de Dios» (Palabras del 30-V-1974, Citadas en Echevarría J, Memoria del Beato Josemaría Escrivá. p. 55). Señor: ayúdanos a enfrentarnos contra esas distracciones, para que te amemos más que a todos los afectos terrenales pues, de esa manera, amaremos más y mejor. A Ti en primer lugar y, contigo, a todas las criaturas.

Después de esa exigencia radical, sobre la necesidad de la lucha interior, Jesús concluye el discurso, sobre cómo debe ser el corazón del apóstol: Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí. Nuestro corazón debe estar en Dios y en lo que Él quiere. Incluso el cuarto mandamiento, que es el «dulcísimo precepto del Decálogo», ha de estar sometido a la Voluntad divina. No puede ser que un padre o una madre impidan la entrega a la llamada de Dios. O que un cristiano esconda esa vocación de apóstol universal porque tiene que enterrar a su padre.

Quien no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. Tomar la cruz. Lo enseña muy bien san Pablo de la Cruz: «Sed constantes en la práctica de todas las virtudes, principalmente en la imitación del dulce Jesús paciente, porque ésta es la cumbre del puro amor. Obrad de manera que todos vean que lleváis, no sólo en lo interior sino también en lo exterior; la imagen de Cristo crucificado, modelo de toda dulzura y mansedumbre. Porque el que internamente está unido al Hijo de Dios vivo exhibe también externamente la imagen del mismo, mediante la práctica continua de una virtud heroica, principalmente de una paciencia llena de fortaleza, que nunca se queja ni en oculto ni en público. Escondeos, pues, en Jesús crucificado, sin desear otra cosa sino que todos se conviertan a su voluntad en todo» (LH, 19-X).

Tomar la Cruz, cada día. Negarse a sí  mismo. Al orgullo, al querer dirigirnos por nuestra propia cuenta, a la sensualidad ―ya lo hemos dicho antes―, que con frecuencia clama por sus fueros perdidos. Negarse a la comodidad, a la riqueza, al triunfalismo. A querer vencer, nosotros mismos, por nuestra cuenta, con nuestras fuerzas. Humillarnos como Cristo y acoger en nuestra vida su Santa Cruz: en el trabajo constante, abundante, ordenado; en la lucha por cumplir con abnegación el horario exigente, en la aceptación gustosa de las pequeñas contradicciones que trae la vida corriente: una humillación, una burla, un retraso, una pérdida, un golpe inesperado, etc.

Pero tomar la Cruz es también tomar la iniciativa, buscarla. Plantearse en la oración una lista de pequeñas mortificaciones. Quizás algunas que nos ayuden a cumplir nuestros deberes: puntualidad a lo largo del día ―al levantarnos, para llegar a tiempo a las reuniones previstas, para terminar previendo la demora entre una actividad y otra, para acostarnos y descansar lo suficiente―, detalles de servicio en la vida en familia ―escoger lo menos grato al comer, al sentarnos, al ver la televisión, etc., evitar temas que puedan fastidiar a alguno, pensar asuntos gratos y apostólicos para las reuniones familiares, ofrecerse para acompañar al que llega tarde o al que tiene que hacer una gestión personal como la de ir al médico, etc.―.

Otra manera de tomar la Cruz es previendo maneras de vivir la templanza en el uso de los medios materiales: ya hemos mencionado usar lo menos cómodo, pero también hemos de tenerla en cuenta al utilizar los medios electrónicos, que son tan serviciales pero que quizás también nos hagan perder el tiempo u ofrecernos tentaciones: vivir la prudencia al navegar, hacerlo solo para lo que sea necesario, no por matar el tiempo, ser austeros en los gastos por ese medio, en las aplicaciones que se descargan, limitar el uso de los juegos a lo previsto en el horario que habremos planeado en la oración y quizás en la dirección espiritual, etc.

Pero no se trata de hacer un prontuario para tomar la Cruz. Se trata de imitar a Jesucristo, que no tenía donde reclinar la cabeza. En pocas palabras, de perder la vida. Así concluye el pasaje que estamos contemplando: Quien encuentre su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, la encontrará. De esa manera seremos otro Cristo y lo llevaremos por los caminos de la tierra. Como Jesús mismo, que partió de allí para enseñar y predicar (11,1).

Terminemos acudiendo a la Santísima Virgen, Reina de la paz, que acompañó a su Hijo, perdiendo su vida por Él todos los días de su existencia, hasta coronar su entrega en la Cruz. A Ella le pedimos que nos grabe en nuestros corazones esa verdad que hemos meditado hoy: que, aunque parezca contradictorio, para ayudar a la paz del mundo, hace falta una intensa guerra interior, contra las propias miserias: «Estas crisis mundiales son crisis de santos. –Dios quiere un puñado de hombres “suyos” en cada actividad humana. ―Después... “pax Christi in regno Christi” ―la paz de Cristo en el reino de Cristo» (Camino, n.301). 

viernes, febrero 14, 2014

Santa María, Madre del Amor Hermoso


Celebramos un nuevo aniversario del inicio del trabajo apostólico del Opus Dei entre las mujeres y de la fundación de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Y en la Prelatura se festeja, por disposición de la Santa Sede, la fiesta de Santa María, Madre del Amor Hermoso. Por eso escribió san Josemaría que Nuestro Opus Dei nació y se ha desarrollado bajo el manto de Nuestra Señora. Ha sido la Madre buena que nos ha consolado, que nos ha sonreído, que nos ha ayudado en los momentos difíciles de la lucha bendita para sacar adelante este ejército de apóstoles en el mundo. Pensad que ha sido la gran protectora, el gran recurso nuestro desde aquel 2 de octubre de 1928, y antes.

Hablemos con el Señor en esta oración sobre nuestra Madre, suya y nuestra. Para este diálogo de amor nos pueden servir los textos de la Misa de María, Madre del Amor hermoso, que son espléndidos. Ya desde la Antífona de entrada le aplicamos las palabras del Cantar de los cantares (6,10): Todo es hermoso y agradable en ti, Hija de Sión, hermosa como la luna, límpida como el sol, bendita entre las mujeres.

Dice el libro del Sirácida (o Eclesiástico) en la primera lectura (24,23-31): Como vid lozana retoñé, y mis flores son frutos bellos y abundantes. Yo soy la madre del amor hermoso y del temor, del conocimiento y de la santa esperanza. En mí se halla todo don de vía y de verdad, en mí toda esperanza de vida y de virtud. El autor sagrado elogia la sabiduría divina, y la presenta como el camino a seguir por el hombre prudente. Con sabiduría pastoral, la iglesia aplica estas palabras a la Virgen madre de Dios, y la presenta como el atajo para llegar más rápidamente a su Hijo. Y nos anima a seguir su invitación: Venid a mí los que me deseáis, y saciaos de mis frutos.

En esa línea veneramos a nuestra Madre en la oración colecta como “adornada con los dones del Espíritu Santo”, y le pedimos que nos cuide, puesto que agradó a Dios y engendró para nosotros al Hijo Unigénito, el más bello de los hombres, “para que, rechazando la fealdad del pecado, busquemos sin cesar la belleza de la gracia”.

Es famosa la frase de “El Idiota” de Dostoievski, según el cual solo la belleza salvará el mundo. Y no es casual que ese personaje sea una imagen de Jesucristo. Esa es la hermosura, la belleza, la suavidad, la elección, la limpieza que alabamos en María y que pedimos para nosotros: la belleza de la gracia. De la fidelidad. De la unión con Dios. Quien me obedece no pasará vergüenza, y los que se ocupan de mí no pecarán; el que me ensalza obtendrá la vida eterna. Que amemos la voluntad de Dios como Ella lo hacía. Así la vemos en el templo, peregrinando una vez más para celebrar la Pascua, acompañada de José y de su Hijo (Lc 2,41-51):

Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por la fiesta de la Pascua. No era obligatorio para la Virgen ni para el Niño asistir cada año a Jerusalén. Pero, igual que en la Purificación de nuestra Señora y en la Presentación de Jesús, ellos cumplen gustosos la voluntad del Padre. Obedecen. Tienen como guía de sus decisiones lo que el Señor prefiera.

Así también sucedió en la historia del Opus Dei: Para que no hubiera ninguna duda de que era Él quien quería realizar su Obra, el Señor ponía cosas externas. Yo había escrito: “Nunca habrá mujeres –ni de broma– en el Opus Dei”. Y a los pocos días... el 14 de febrero: para que se viera que no era cosa mía, sino contra mi inclinación y contra mi voluntad (…). La fundación del Opus Dei salió sin mí; la Sección de mujeres, contra mi opinión personal, y la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, queriendo yo encontrarla y no encontrándola. También durante la Misa. Sin milagrerías: providencia ordinaria de Dios (…). Así, por procedimientos tan ordinarios, Jesús, Señor Nuestro, el Padre y el Espíritu Santo, con la sonrisa amabilísima de la Madre de Dios, de la Hija de Dios, de la Esposa de Dios, me han hecho ir para adelante siendo lo que soy: un pobre hombre, un borrico que Dios ha querido coger de su mano (Cf. Sal 72,23).

Cuando cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre. Se ve que cada año Jesús, María y José acudían a Jerusalén, la ciudad santa, al Templo sagrado. San Lucas le da una importancia muy grande a este lugar. Allí comienza su Evangelio, con la anunciación a Zacarías; y allí lo termina, con los discípulos bendiciendo a Dios, después de la Ascensión de Jesús a los cielos. Y ahí contemplamos ahora a la sagrada Familia, en un momento importante de la Revelación: las primeras palabras del Hijo de Dios.

Para María y José debería de ser una excursión estupenda: ir a adorar al Señor acompañando a su Hijo encarnado. ¡Qué conversaciones más gratas, las que tendrían a solas! Con qué humildad meditaría la Virgen las palabras de la Escritura, que se habían cumplido con su maternidad: Yo soy la madre del amor hermoso y del temor, del conocimiento y de la santa esperanza.

Caminar con Jesús, el Amor hermoso. Recorrer con Él la vía de nuestra vida rechazando la fealdad del pecado, buscando sin cesar la belleza de la gracia. Es el sentido de la oración después de la presentación de los dones para la Misa: “que, recorriendo con la Virgen María el hermoso camino de la santidad, nos renovemos con la participación en tu vida divina y merezcamos llegar a la contemplación de tu gloria”.

Un día como hoy es un buen  momento para proponerse de nuevo recorrer con Jesús, con María y con José el hermoso camino de la santidad. Renovarnos. Recomenzar cada día, cada momento, a seguir los pasos de la vida escondida de la Sagrada Familia. Como los siguió san Josemaría, como los siguió el  Venerable don Álvaro: con fidelidad proselitista, y metiendo a la Virgen en todo y para todo.

El prefacio de la Misa nos ofrece un espléndido resumen de la hermosura de María, que nos sirve como patrón para nuestro camino: “Ella fue hermosa en su concepción, y, libre de toda mancha de pecado, resplandece adornada con la luz de la gracia; hermosa en su maternidad virginal, por la cual derramó sobre el mundo el resplandor de tu gloria, Jesucristo, tu Hijo, salvador y hermano de todos nosotros; hermosa en la pasión y muerte del Hijo, vestida con la púrpura de la sangre, como mansa cordera que padeció con el Cordero inocente, recibiendo una nueva función de madre…”. La hermosura de María no se limita a frases bonitas, o a momentos de gozo y de gloria. Incluye la pasión, como le había anticipado el anciano Simeón en el momento de la Presentación del Señor.

Una pasión que san Lucas retrata de modo dramático en el episodio del Niño perdido en el Templo: y, cuando terminó, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres. Como había grupos distintos de hombres y de mujeres, tanto María como José pensarían que Jesús iría con el otro. Estos, creyendo que estaba en la caravana, anduvieron el camino de un día. Cuando pararon a descansar, descubrieron que no estaba con ellos. Quizás tú hayas tenido esa experiencia, de perder a un muchacho en medio de la multitud. Yo he tenido ambas circunstancias (perderme yo siendo pequeño y perder a un niño que tenía a mi cuidado) y no se lo deseo a nadie: ¿qué se hizo?, ¿dónde andará?, ¿cómo avisarle?, ¿qué hacemos ahora? En nuestros tiempos tenemos muchos medios de comunicación, zonas previstas para recuperar personas y objetos, etc. Pero en aquella época toda la logística debería de ser mucho más complicada.

Por eso san Lucas resume el drama diciendo que se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén buscándolo. Pensamos en la viva descripción de la escena que hace san Josemaría en su libro sobre el Rosario: ¿Dónde está Jesús? -Señora: ¡el Niño!... ¿dónde está? Llora María. -Por demás hemos corrido tú y yo de grupo en grupo, de caravana en caravana: no le han visto. -José, tras hacer inútiles esfuerzos por no llorar, llora también... Y tú... Y yo. Yo, como soy un criadito basto, lloro a moco tendido y clamo al cielo y a la tierra..., por cuando le perdí por mi culpa y no clamé.

Sufrimiento de María, mansa cordera, que el autor sagrado relaciona con el que padecerá veinte años más tarde, el primer Viernes santo: en ambos casos se celebra la pascua, la pérdida dura tres días, la soledad es angustiosa... Benedicto XVI comenta al respecto que, “cuanto más se acerca una persona a Jesús, más queda involucrada en el misterio de su Pasión”.

Celebramos el 14 de febrero. El inicio de la labor apostólica de la Obra con las mujeres, pero también la fundación de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Por eso el Prelado cita unas palabras del Fundador con las que invitaba a pensar hasta qué punto somos amigos de la Cruz de Cristo, de esa Cruz con la que Jesús quiso coronar su Obra (...). Quiso coronarla como coronan los reyes su palacio en lo más alto: con la Cruz. Quiso poner la realeza suya para que el mundo viera que la Obra era Obra de Dios. Fue un catorce de febrero. Yo comencé la Misa sin saber nada, como otras veces, y acabé sabiendo que el Señor quería la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, que el Señor quería que coronásemos nuestro edificio sobrenatural, que nuestra familia espiritual llevara en lo alto esta señal de la realeza divina. Porque la Cruz es la raíz de la alegría, el camino a la gloria. No todo termina en la muerte, pero sin muerte no hay vida: si el grano de trigo no muere al caer en tierra, queda infecundo; pero si muere, produce mucho fruto (Jn 12,24).

La Cruz no es la última palabra, como vemos en la conclusión del prefacio que consideramos antes: Ella fue hermosa (…) en la resurrección de Cristo, con el que reina gloriosa, después de haber participado en su victoria. Es el contexto en el que podemos leer cómo termina la escena del Evangelio, que es el encuentro revelador con Jesús: Y sucedió que, a los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba. Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre: «Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados».

El Catecismo (n.534) resalta la revelación de la filiación divina de Jesús en las primeras palabras suyas que nos transmite el Evangelio: “Jesús deja entrever el misterio de su consagración total a una misión derivada de su filiación divina: ¿No sabíais que me debo a los asuntos de mi Padre?”. En el Evangelio de san Lucas, la filiación divina es la primera y la última palabra de Jesús. En ambas ocasiones, se nos revela en contexto de dolor (en esta escena y en la muerte del Calvario). A san Josemaría le costó muchos años de meditación y de sufrimientos caer en la cuenta de esa relación entre filiación divina y amor a la Cruz. Por eso podía predicar en 1963: Tú has hecho, Señor, que yo entendiera que tener la Cruz es encontrar la felicidad, la alegría. Y la razón ―lo veo con más claridad que nunca—es ésta: tener la Cruz es identificarse con Cristo, es ser Cristo, y, por eso, ser hijo de Dios.

El Catecismo subraya la fe de María y de José, quienes “no comprendieron esta palabra, pero la acogieron en la fe, y María conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón, a lo largo de todos los años en que Jesús permaneció oculto en el silencio de una vida ordinaria” (n.534).

Podemos concluir con la oración para después de la comunión: “Protege, Señor, continuamente a los que alimentas con tus sacramentos, y a quienes has dado por madre a la Virgen María, radiante de hermosura por sus virtudes, concédenos avanzar por las sendas de la santidad”.


sábado, septiembre 07, 2013

Exigencias a los discípulos

Después de la parábola sobre los primeros lugares, San Lucas nos presenta de nuevo a Jesús rodeado de una multitud (Lc 14,25-33): Iba con él mucha gente, y se volvió hacia ellos y les dijo: —Si alguno viene a mí y no odia a su padre y a su madre y a su mujer y a sus hijos y a sus hermanos y a sus hermanas, hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo.

Suena muy dura esta exigencia del Señor, que es el mismo que nos pide el mandamiento del amor y el cuarto precepto del decálogo. En realidad, se trata de una característica de la lengua semítica, que contrapone amor y odio, pero no como los entendemos nosotros: amar y odiar significan preferir y, sobre todo, elegir. Por ejemplo, en el libro de Malaquías (1,2-3) se lee que el Señor amó a Jacob y odió a Esaú. En el caso de la predicación de Jesús, explica Gnilka, la dura palabra («aborrecer» u «odiar») no significa desligarse de sus padres, sino subordinarlos, posponerlos delante del Señor. En caso de que hubiera conflicto, y solo en ese caso, el que ha sido llamado tiene que preferir el seguimiento de Jesús. Ese seguimiento es lo más importante.

Por otra parte, el mismo Jesús nos dio ejemplo de entrega total a su misión, ya desde temprana edad. Podemos recordar su pérdida en el templo a los doce años, cuando respondió a María y a José: —¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre? Más tarde, hacia los treinta años, dejó la aldea nazarena, llena de recuerdos de infancia, y se trasladó a Cafarnaúm, para desempeñar su apostolado con mayor eficacia.

Como para que no queden dudas, el Señor radicaliza su exigencia: hasta su propia vida. Jesucristo no es un rabino más, con un grupo de seguidores que se apuntaban a sus lecciones. El Maestro se adelanta, escoge Él mismo a sus discípulos, les da una vocación que implica un compromiso total: « Ningún hombre de la antigüedad clásica o judía se atrevió nunca a pedir a quien le siguiera lo que exigió el Señor. Jesús demanda a sus seguidores una amplísima renuncia que, en algunos casos, detalla con minuciosidad: casa, hermanos, hermanas, padre, madre, esposa, hijos, campos» (Varo F., en: Romana, XII-1999).

Odiar la propia vida. Otra exigencia que puede sonar más rara aún en nuestros tiempos. Los autores espirituales entienden que se trata de odiar los reclamos del pecado, de la vida soberbia y sensual. Como dice P. Rodríguez, «Lo “aborrecido” no es, pues, el hombre, criatura de Dios, sino el hombre viejo, que está ahí y persiste, con su “voz insinuante” (Cf. Camino, n.707), en llevarnos a la perdición y apartarnos del amor de Dios. El sujeto de ese “aborrecer” es el hombre cristiano, la mujer cristiana, conscientes de su filiación divina, que es el don gratuito e inmerecido de la Trinidad al hombre (…). Es, en efecto, el discernimiento que lleva consigo el “santo aborrecimiento” el que nos hace entender la necesidad que el hombre cristiano tiene de vivir seriamente el espíritu de penitencia y mortificación» (Edición crítica de Camino, n.207). En esa perspectiva se entiende también el ayuno, como oración del cuerpo pidiendo a Dios los bienes más arduos.

Renunciar a todo, hasta a la propia vida. En eso consiste la vocación cristiana. Tertuliano señala que, de hecho, «los Apóstoles lo dejaron todo: Santiago y Juan abandonaron al padre y la barca, Mateo se levantó del telonio y por la fe no hubo tiempo de enterrar a un padre». El Catecismo explica que «Cristo es el centro de toda vida cristiana. El vínculo con Él ocupa el primer lugar entre todos los demás vínculos, familiares o sociales» (n. 1618).

Se nos puede venir a la cabeza que, en nuestro tiempo, ya no hace falta tomar esas decisiones radicales. Que se trata de la época de los comienzos, de las persecuciones que llevaban hasta el martirio. Pero no es eso lo que enseñaron los Padres de la Iglesia a lo largo de los tiempos. Simeón, «el nuevo teólogo», decía en los siglos X-XI: «Ahora que no hay persecuciones, la cruz y la muerte son la mortificación total de la propia voluntad». Y Cirilo alejandrino enseñaba: «Los enemigos son la mente carnal, la ley que rige en nuestros miembros, pasiones de todo tipo, la lujuria del placer, de la carne, por las riquezas y otros». 

Mortificación, sacrificio, conversión. Podemos hacer examen para mirar qué tanto hemos dejado por Jesús y qué estamos dispuestos a renunciar por amor a Él. Benedicto XVI contaba su propia experiencia: Al recordar mi juventud, veo que, sencillamente, no queríamos perdernos en la mediocridad de la vida aburguesada. Queríamos lo que era grande, nuevo. El hombre está creado para lo que es grande, para el infinito. Cualquier otra cosa es insuficiente. San Agustín tenía razón: «nuestro corazón está inquieto, hasta que descansa en Ti». El deseo de la vida más grande es un signo de que Él nos ha creado, de que llevamos su «huella». Dios es vida, y cada criatura tiende a la vida; en un modo único y especial, la persona humana, hecha a imagen de Dios, aspira al amor, a la alegría y a la paz.

Y el que no carga con su cruz y viene detrás de mí, no puede ser mi discípulo. Es una de las exigencias más reiterativas del Evangelio. Si Cristo cargó con la cruz para ofrecer el verdadero sacrificio como nuevo Sumo Sacerdote, quiere asociarnos a su entrega, a su relación con el Padre en servicio de todas las almas. Y eso solo se logra uniéndonos a su muerte, cargando con nuestra cruz.

Sin embargo, Jesús nos manifiesta su amor precisamente asociándonos a su sacrificio, como celebramos el 14 de septiembre, al festejar la Exaltación de la Santa Cruz. Gnilka interpreta que esta enseñanza del Señor, «aunque supone la prontitud para el martirio, no debe limitarse a él. Incluye también la hostilidad, el menosprecio, la estrechez, el sufrimiento que vienen sobre los discípulos cuando están siguiendo a Jesús». En ese contexto, Benedicto XVI invitaba a los jóvenes: Queridos amigos, la cruz a menudo nos da miedo, porque parece ser la negación de la vida. En realidad, es lo contrario. Es el «sí» de Dios al hombre, la expresión máxima de su amor y la fuente de donde mana la vida eterna. De hecho, del corazón de Jesús abierto en la cruz ha brotado la vida divina, siempre disponible para quien acepta mirar al Crucificado. Por eso, quiero invitaros a acoger la cruz de Jesús, signo del amor de Dios, como fuente de vida nueva. Sin Cristo, muerto y resucitado, no hay salvación. Sólo Él puede liberar al mundo del mal y hacer crecer el Reino de la justicia, la paz y el amor, al que todos aspiramos.

El Señor ilustra su enseñanza con dos parábolas: Porque, ¿quién de vosotros, al querer edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos a ver si tiene para acabarla? No sea que, después de poner los cimientos y no poder acabar, todos los que lo vean empiecen a burlarse de él, y digan: «Este hombre comenzó a edificar y no pudo terminar». ¿O qué rey, que sale a luchar contra otro rey, no se sienta antes a deliberar si puede enfrentarse con diez mil hombres al que viene contra él con veinte mil? Y si no, cuando todavía está lejos, envía una embajada para pedir condiciones de paz.

Las parábolas del edificio y de la guerra hablan de la necesidad de hacer presupuestos, de prever antes de lanzarse a una empresa. En este caso, estamos hablando del combate y el edificio de la santidad. Y el presupuesto también exige fe. Saber que el Señor cuenta con nuestra lucha y que nosotros contamos con su gracia: Quia hic homo coepit aedificare et non potuit consummare! ¡Comenzó a edificar y no pudo terminar! Triste comentario, que, si no quieres, no se hará de ti: porque tienes todos los medios para coronar el edificio de tu santificación: la gracia de Dios y tu voluntad (San Josemaría, Camino, n.324).

El seguimiento de Jesús exige, en conclusión, dejarlo todo. También los bienes materiales: Así pues, cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes no puede ser mi discípulo. Es una lógica distinta a la que nos plantea el mundo en el que nos movemos, que nos valora de acuerdo con la cantidad que tenemos en los bancos. Por esa razón la liturgia relaciona estas enseñanzas de Jesús con el libro de la Sabiduría (9,13-18): ¿Qué hombre conoce el designio de Dios? ¿Quién comprende lo que Dios quiere? Los pensamientos de los mortales son mezquinos, y nuestros razonamientos son falibles. Te pedimos, Señor, esa sabiduría que es necesaria para conocer tus designios, a pesar de lo que diga nuestra soberbia, nuestra concupiscencia, o el ambiente en el que nos movemos.

El máximo bien que tenemos en la juventud, enseñaba Juan Pablo II, es nuestro propio futuro: toda una vida por delante. ¡Cuánto se puede hacer con ella! Un modo muy concreto de tomar la cruz, es renunciar a los bienes materiales, menospreciar las cosas de aquí abajo. Pero, sobre todo, despreciar la propia vida, tomar la cruz del Señor cada día.

Terminemos con unas palabras del papa Francisco, que nos transmite la inquietud divina: A veces Jesús nos llama, nos invita a seguirlo, pero a lo mejor resulta que no nos damos cuenta de que es Él, así como le sucedió al joven Samuel. Hay muchos jóvenes hoy aquí en la plaza… Déjenme preguntarles esto: ¿Han escuchado a veces la voz del Señor, que a través de un deseo, una inquietud, los invitaba a seguirlos más de cerca? ¿Lo han escuchado? ¿Han tenido algún deseo de ser apóstoles de Jesús? La juventud hay que ponerla en juego en pos de nobles ideales. ¿Piensan en esto? ¿Están de acuerdo? Pregúntale a Jesús lo que quiere de ti ¡y sé valiente! ¡Pregúntale! Por eso Jesús dijo: Rueguen, pues, al Dueño de la mies es decir, Dios Padre, que envíe obreros a su mies (Mt. 9,38). Las vocaciones nacen en la oración y de la oración; y solo en la oración pueden perseverar y dar fruto. E invoquemos la intercesión de María, que es la Mujer del «sí». Ella ha aprendido a reconocer la voz de Jesús, desde que lo llevaba en el vientre. Que María, nuestra Madre, ¡nos ayude a conocer cada vez mejor la voz de Jesús y a seguirla, para caminar  en el camino de la vida! Aunque suponga dejar por su Hijo ―como hizo Ella― familia, posesiones, planes de futuro, hasta la propia vida.