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jueves, julio 25, 2013

Santiago Apóstol

Celebramos hoy la fiesta del apóstol Santiago, uno de los tres discípulos más cercanos al Señor, probablemente primo de Jesucristo, por lo que en la Sagrada Escritura se le llama “hermano” de Jesús, junto con José, Simón y Judas (Mc 6,3). Los Evangelios presentan a Santiago y Juan como hijos de Zebedeo, un pescador con una posición social un poco holgada. Algunos exégetas sugieren que su madre podría ser María Salomé, una mujer que estuvo muy cerca de Jesús y que probablemente era hermana de la Virgen María.
El relato de su vocación sirve como antífona de entrada para la Misa de esta festividad: Pasando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y Juan su hermano, que estaban en la barca con su padre Zebedeo remendando sus redes; y los llamó. Ellos, al momento, dejaron la barca y a su padre, y le siguieron (Mt 4,21-22). En Mateo, estos llamados significan el inicio del ministerio público de Jesús en Galilea, la convocatoria del nuevo pueblo de Dios, que será la Iglesia. Llama la atención la prontitud y generosidad en la respuesta de estos dos hermanos, también de sus padres para desprenderse de ellos. Parece explicar el apelativo con el que Jesús les llamaría: a quienes les dio el nombre de Boanerges, es decir, «hijos del trueno» (Mc 3,18).
Esa misma actitud explica la escena que contemplamos en el Evangelio de la Misa: camino de Jerusalén, donde Jesús iba a «recibir el bautismo» de la muerte en la Cruz, hay una pausa en el viaje que los dos hermanos aprovechan para hacer lobby, como se diría hoy (Mc 10,35-45): se acercan al Maestro (otro relato evangélico dice que lo hacen a través de su madre) para hacerle una petición: —Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir. Él les dijo: —¿Qué queréis que os haga? Y ellos le contestaron: —Concédenos sentarnos uno a tu derecha y otro a tu izquierda en tu gloria.
Seguramente Jesucristo sintió un disgusto al ver que dos de los discípulos más cercanos no caían en la cuenta de los momentos que estaban viviendo: Y Jesús les dijo: —No sabéis lo que pedís. San Juan Crisóstomo explica que «Es como si les dijera: “Vosotros me habláis de honores y de coronas, pero yo os hablo de luchas y fatigas. Éste no es tiempo de premios, ni es ahora cuando se ha de manifestar mi gloria; la vida presente es tiempo de muertes, de guerra y de peligros”». 
El diálogo continúa, tenso. Jesús les anima a elevar sus miras, preguntándoles: ¿Podéis beber el cáliz que yo bebo, o recibir el bautismo con que yo soy bautizado? —Podemos –le dijeron ellos. Ya lo había predicho Isaías (53,10-11), al describir los frutos del padecimiento del Siervo del Señor: Dispuso el Señor quebrantarlo con dolencias. Puesto que dio su vida en expiación, verá descendencia, alargará los días, y, por su mano, el designio del Señor prosperará. Por el esfuerzo de su alma verá la luz, se saciará de su conocimiento. El justo, mi siervo, justificará a muchos, y cargará con sus culpas. Servir y dar la vida en redención. Así es como se cumple la respuesta inicial de Jesús a los dos hermanos Boanerges: su bautismo, el cáliz de su pasión es dar la vida en redención por muchos. ¡Gracias, Señor, por tantos dones, especialmente por esa justificación de nuestros pecados que nos alcanzaste con tu entrega!
A san Josemaría le gustaba particularmente este pasaje, pues las preguntas del Señor nos pueden interpelar en todo momento, invitándonos a corredimir con Él: También a nosotros nos llama, y nos pregunta, como a Santiago y a Juan: Potestis bibere calicem, quem ego bibiturus sum?: ¿Estáis dispuestos a beber el cáliz este cáliz de la entrega completa al cumplimiento de la voluntad del Padre que yo voy a beber? Possumus!; ¡Sí, estamos dispuestos!, es la respuesta de Juan y de Santiago. Vosotros y yo, ¿estamos seriamente dispuestos a cumplir, en todo, la voluntad de nuestro Padre Dios? ¿Hemos dado al Señor nuestro corazón entero, o seguimos apegados a nosotros mismos, a nuestros intereses, a nuestra comodidad, a nuestro amor propio? ¿Hay algo que no responde a nuestra condición de cristianos, y que hace que no queramos purificarnos? Hoy se nos presenta la ocasión de rectificar (Es Cristo que pasa, n.15).
La fiesta del apóstol Santiago nos ayuda a renovar propósitos de conversión, de fidelidad, de afán apostólico y de servicio a nuestros hermanos, también por el modo como continúa la escena: en reacción ante la solicitud de los  hermanos Boanerges, los otros diez discípulos sienten rabia, enojo, envidia, porque se les habían adelantado en sus ambiciones humanas para estar cerca del Rey en el próximo reinado mesiánico que algunos podrían pensar se instauraría en poco tiempo, al llegar a Jerusalén: Al oír esto los diez comenzaron a indignarse contra Santiago y Juan.
Jesús aprovecha para darles una de las lecciones más importantes, la cátedra sobre la caridad: Entonces Jesús les llamó y les dijo: —Sabéis que los que figuran como jefes de las naciones las oprimen, y los poderosos las avasallan. No tiene que ser así entre vosotros; al contrario: quien quiera llegar a ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y quien entre vosotros quiera ser el primero, que sea esclavo de todos. Es la manera de concretar esa unión con Cristo a la que Él mismo nos llama: servir, ser otro Cristo que lava los pies a sus discípulos, inclinarse sobre quien está en dificultad, ―como dice el papa Francisco― porque en él ve el rostro de Cristo, porque él es la carne de Cristo que sufre (Discurso, 24-VII-2013).
Servir a los demás por la unión con Cristo, acompañarle en su labor redentora a través de los pequeños y grandes sacrificios de la vida ordinaria: Possumus!, podemos vencer también esta batalla, con la ayuda del Señor. Persuadíos de que no resulta difícil convertir el trabajo en un diálogo de oración. Nada más ofrecérselo y poner manos a la obra, Dios ya escucha, ya alienta. ¡Alcanzamos el estilo de las almas contemplativas, en medio de la labor cotidiana! Porque nos invade la certeza de que Él nos mira, de paso que nos pide un vencimiento nuevo: ese pequeño sacrificio, esa sonrisa ante la persona inoportuna, ese comenzar por el quehacer menos agradable pero más urgente, ese cuidar los detalles de orden, con perseverancia en el cumplimiento del deber cuando tan fácil sería abandonarlo, ese no dejar para mañana lo que hemos de terminar hoy: ¡Todo por darle gusto a Él, a Nuestro Padre Dios! Y quizá sobre tu mesa, o en un lugar discreto que no llame la atención, pero que a ti te sirva como despertador del espíritu contemplativo, colocas el crucifijo, que ya es para tu alma y para tu mente el manual donde aprendes las lecciones de servicio (Amigos de Dios, n.67).
Santiago y Juan acompañaron a Jesús en los momentos más especiales: al comienzo de su vida pública, en algunos milagros señalados, como en la resurrección de la hija de Jairo. Hacia el final, fueron testigos privilegiados de la transfiguración del Señor en el monte Tabor. Esos milagros les sirvieron para fortalecerles en la fe cuando, en las últimas horas de Jesucristo en la tierra, fueron testigos de los eventos más dramáticos de su existencia humana. Sobre todo, de su oración solitaria en el huerto de los olivos.
Años más tarde ambos hermanos sufrirían persecuciones y padecimientos por Jesucristo, como el Señor mismo se los profetizó en esta escena: Jesús les dijo: —Beberéis el cáliz que yo bebo y recibiréis el bautismo con que yo soy bautizado; pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me corresponde concederlo, sino que es para quienes está dispuesto. Más adelante, Santiago llevaría la fe cristiana hasta la lejana España, sin ahorrarse penas y dolores en su esfuerzo evangelizador. Tanto, que según la tradición fue necesario que la misma Virgen santísima se le apareciera en el Pilar de Zaragoza para darle fuerzas y garantizarle su intercesión para la misión apostólica. Las fuentes históricas dicen que al regresar a Jerusalén sería el primer apóstol en encontrar el martirio, en compartir el bautismo del Señor. Es lo que se lee en la primera lectura de la Misa, en un escueto relato de los Hechos de los Apóstoles (12,1-2): En aquel tiempo prendió el rey Herodes (Agripa I) a algunos de la Iglesia para maltratarlos. Dio muerte por la espada a Santiago, hermano de Juan.

Pidamos a la Virgen Santísima, Madre de la Iglesia, que nos ayude a superar la ambición de ocupar los primeros lugares en el reino: que nos alcance del Señor la fuerza para beber el cáliz y recibir el bautismo de Cristo, aceptando la invitación a ser corredentores con Él. De ese modo se cumplirá lo que pedimos en la oración colecta de la Misa: «Dios todopoderoso y eterno, que consagraste los primeros trabajos de los apóstoles con la sangre de Santiago, haz que, por su martirio, sea fortalecida tu Iglesia y, por su patrocinio, tu pueblo se mantenga fiel a Cristo hasta el final de los tiempos».

viernes, julio 22, 2011

María Magdalena

Celebramos la fiesta de santa María Magdalena, y en el Evangelio de la Misa nos topamos con el final de la vida terrena de Jesús. Han pasado los dolorosos momentos de la pasión y muerte de nuestro Señor. Al tercer día, se cumplirían todas las promesas por las cuales aquellos seguidores lo habían dejado todo. Después de la «noche del alma» que pasaron durante el Viernes y el Sábado Santos, aquellos discípulos recibirían el premio a su fe y a su perseverancia: podrían ver cumplidas las Escrituras con la Resurrección de Jesús.
¡Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también vuestra fe!, aseguraba san Pablo (1 Co 15,14). Detengámonos, en nuestro diálogo con Jesucristo, para considerar una aparición del Señor glorioso, que nos podrá servir para darnos más cuenta de que esa llamada a la santidad y al apostolado que hemos meditado hasta ahora no es un acontecimiento del pasado, perdido en la historia. Contemplar a Jesús vivo, por todos los siglos, nos hará experimentar la actualidad de esa vocación que dirige a cada alma; nos facilitará comprender cuál es su voluntad para nuestra vida, como le sucedió a María Magdalena la mañana del domingo de Pascua.
Ella es uno de los personajes más importantes del día cuya aurora fue testigo de la Resurrección. El himno de las Vísperas de su fiesta ofrece un rápido repaso de su biografía: «Oh María, estrella radiante de Magdala, mujer afortunada, a quien el Señor allegó mediante el estrecho vínculo de su Amor. Tras descubrir su imperio para expulsar a los demonios, le agradeces tu curación, gozosa de haber trocado tus cadenas por la fe».
Mujer afortunada, discípula de Jesús, que descubrió el mejor negocio: cambiar las cadenas del pecado por la fe y el amor a Jesucristo. Varias oraciones de la Misa se centran en esa «fuerza de su amor, que le llevó a seguir de cerca las huellas del Maestro y acompañarle, ya para siempre, con el afán solícito de servirle».
Una peculiaridad de la vida de esta santa es que siguió y sirvió a Jesús hasta la muerte, mientras los demás huían. Sin embargo, el Evangelio de la Misa se fija en una escena posterior, en el relato de la Resurrección (Jn 20,1.11-18): El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro. Muy temprano, todavía a oscuras. Estamos en la Vigilia Pascual, y María se dirige a la tumba de su amado.
Fidelidad de María. En el peor momento, ante el abandono, la soledad y el escarnio público, ella da la cara: madruga al sepulcro para acompañar al Maestro. No busca el consuelo en el descanso ni en sus caprichos, sino estando cerca de Él. Lo tiene claro: sin Jesús, nada vale la pena. Fidelidad, a pesar de las circunstancias adversas. Fidelidad, independientemente del día o de la hora. Fidelidad para siempre, pase lo que pase. Fidelidad, perseverancia en la oración, en la búsqueda, en el amor, en la espera. Por eso es llamada «modelo de los que buscan a Jesús».
Ante esa generosidad, uno esperaría la respuesta magnánima de Dios. Por el contrario, el dolor aumenta: Y vio la losa quitada del sepulcro. Quizá desde lejos observó esa anomalía y, mientras las demás mujeres acudían a la sepultura, ella decidió regresar a Jerusalén para contar la noticia a los apóstoles: Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».
Más tarde, mientras Pedro y Juan descubrían la misteriosa realidad del sepulcro vacío, estaba María fuera, junto al sepulcro, llorando. «¡El sepulcro vacío! María Magdalena llora, hecha un mar de lágrimas. Necesita al Maestro. Había ido allí para consolarse un poco estando cerca de Él, para hacerle compañía, porque sin el Señor no merece la pena ninguna cosa. Persevera María en oración, le busca por todos los sitios, no piensa más que en Él. Hijos míos, frente a esa fidelidad, Dios no se resiste: para que tú y yo saquemos consecuencias; para que aprendamos a amar y a esperar de verdad» (San Josemaría, apuntes de la predicación, 24-VII-1964, citado por Echevarría J., 2016).
Amor y fe: María se dirigió al sepulcro, para acompañar un cadáver. El sitio que para otros significaba corrupción e impureza legal, para esta mujer era un sagrario. Después, continuó perseverante en su oración, a pesar de que ni siquiera observaba el cuerpo inerte. San Gregorio alaba su fidelidad: «Busca al que no halla. Lo que da fuerza a las buenas obras es la perseverancia en ellas». Lloró María. No pudo creer lo que dijeron Pedro y Juan: que los sudarios habían permanecido intactos, plegados, como si Jesús hubiese salido de ellos sin alterarlos. No terminó de imaginarlo —como nosotros—, hasta que le pudo la curiosidad y, mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús.
Aquellos seres son un premio para su fe. Nunca estamos solos, Dios no deja ahogar la esperanza de sus fieles; nos acompaña y consuela. Nos brinda la comunión de los santos en la Iglesia, la fraternidad cristiana, que tanta falta hace. Dios nos envía compañeros de camino, para ayudarnos a perseverar en nuestro ideal de amor. Ellos le preguntan: «Mujer, ¿por qué lloras?». Ella les contesta: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto». Tulerunt Dominum. Pensamos en el pecado de tres días atrás: Tolle, tolle! decía la turbamulta rechazando a Jesús: —¡Fuera, fuera, crucifícalo!
Dicho esto, se vuelve y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Jesús le dice: «Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?». Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta: «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré». Vio Jesús, y no supo de quién se trataba. El Maestro, que juega con nosotros, para madurar la virtud de la fidelidad, para ponerla a prueba, le preguntó: —Mujer, ¿por qué lloras? Ella dio la cara una vez más: si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré.
Llegamos al momento más emotivo de la escena. Jesús le dice: «¡María!». Hasta entonces, la apariencia física de aquel hombre era irreconocible. Pero, de un momento a otro, al pronunciar el nombre propio, la Magdalena descubrió con quién hablaba. Jesús es el Buen Pastor, que llama a las ovejas por su nombre. Y las ovejas reconocen su voz. Ella se vuelve y le dice: «¡Rabboni!», que significa: «¡Maestro!».
Celebramos a María Magdalena como pionera: fue la primera en descubrir la tumba abierta y la primera en comunicarlo a los discípulos. Ahora será la primera en recibir una misión del Resucitado. Jesús le dice: «No me retengas, que todavía no he subido al Padre. Pero, anda, ve a mis hermanos. Jesús le pide que no intente retenerlo, noli me tenere, pues se verán de nuevo. Y porque experimentará su presencia y su cercanía de un modo distinto, como filiación y como fraternidad: ve a mis hermanos y diles: «Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro».
Santo Tomás dice que ella es «la apóstol de los apóstoles», por la nueva vocación que el Señor le otorgó: ve a mis hermanos y diles… Este es el motivo por el cual el papa Francisco elevó su memoria a la categoría de fiesta, como fruto de la llamada actual «a reflexionar más profundamente sobre la dignidad de la mujer, la nueva Evangelización y la grandeza del misterio de la misericordia divina» (Decreto Apostolorum Apostola, 3-VI-2016).
Con ocasión de esta actualización de la liturgia, se proclamó un nuevo prefacio para la fiesta, en el cual se alaba a María Magdalena, por el amor hacia Jesús que venimos meditando: «pues ella lo había amado en vida, lo había visto morir en la cruz, lo buscaba yacente en el sepulcro, y fue la primera en adorarlo resucitado de entre los muertos; y Él la honró ante los apóstoles con el oficio del apostolado, para que la buena noticia de la vida nueva llegase hasta los confines del mundo».
Pero vale la pena considerar no solo su vocación al apostolado, sino el anuncio que Jesús le encomendó: «Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro». Ya no somos siervos sino amigos. Somos hermanos, hijos del mismo Padre. Desde luego, en órdenes diversos, pues Él es la filiación subsistente y nosotros hijos por adopción: «Ahora no lo puede tocar, retenerlo. La relación anterior con el Jesús terrenal ya no es posible. Se trata aquí de la misma experiencia a la que se refiere Pablo: Si conocimos a Cristo según la carne, ya no lo conocemos así. Si uno está en Cristo, es una criatura nueva. El viejo modo humano de estar juntos y de encontrarse queda superado. Ahora ya sólo se puede tocar a Jesús junto al Padre» (Benedicto XVI, 2011, p.331).
Caminar junto al Crucificado. No olvidemos que María Magdalena estuvo al pie de la Cruz, al lado de la Madre de Dios. Que ayudó a preparar el cuerpo de Jesús antes de depositarlo en el sepulcro. Que perseveró con fidelidad integérrima, consecuencia del amor. Que recorrió ese camino «del encerramiento en sí mismo» (siete demonios) «hasta la dimensión nueva del amor divino que abraza el universo» (Ibidem): María la Magdalena fue y anunció a los discípulos: «He visto al Señor y ha dicho esto».
El amor y la fidelidad son apostólicos. Por esa razón, María Magdalena es ejemplo de fidelidad personal proselitista: «La humanidad necesita mujeres y hombres así: capaces de acudir sin cansancio a la misericordia divina, leales al pie de la Cruz, atentos a escuchar —en las tareas ordinarias de cada jornada— el propio nombre de los labios del Resucitado» (Echevarría, 2016).

Concluyamos entonces nuestra meditación pidiendo al Padre, con la oración colecta de la Misa: «Dios nuestro: Cristo, tu Unigénito, confió —antes que a nadie— a María Magdalena la misión de anunciar a los suyos la alegría pascual; concédenos a nosotros, por la intercesión y el ejemplo de aquella cuya fiesta celebramos, anunciar siempre a Cristo resucitado y verle un día glorioso en el reino de los cielos».

Conversión y penitencia


Entonces algunos escribas y fariseos le dijeron: «Maestro, queremos ver un milagro tuyo» (Mt 12,38-45). Las autoridades le piden al Señor un signo portentoso, llamativo, para confirmar la potestad con la que predica su doctrina. No es que no hubiera dado señales: en primer lugar, la buena semilla de su enseñanza; además, los milagros que ya había hecho en otras partes.
Él les contestó: «Esta generación perversa y adúltera exige una señal; pues no se le dará más signo que el del profeta Jonás. Jesús contesta de modo en apariencia evasivo. Pero, en realidad, está explicando cuál es el signo principal que muestra su peculiaridad en la historia: que en Él se cumpliría la señal de Jonás.
Aprovechemos la vida del quinto profeta menor para hacer hoy nuestra oración. De hecho, como cuenta la introducción de la Biblia de Navarra, en el libro de Jonás poco se narra de su predicación. Solamente se encuentran unas pocas palabras: dentro de cuarenta días, Nínive será arrasada. Lo más importante del mensaje de este hombre es su biografía, sus tribulaciones y su relación con el Señor, que se leen en fiestas señaladas de las grandes religiones: en el Yom-Kippur judío y en la Cuaresma cristiana.
La historia es muy conocida: el Señor le comunica su vocación, pero Jonás huye. Dios entonces envía una tormenta y un pez gigante, gracias a los cuales el profeta termina en las playas de Nínive (previa conversión de sus compañeros de viaje). Allí cumple su encargo y la población se convierte. Jonás entonces se enoja con el Señor por su misericordia. Esta es la principal enseñanza del libro: Dios quiere la conversión del pecador, lo llama a la penitencia y está dispuesto a perdonarlo si se arrepiente.
Jesús explica a sus interlocutores que el principal signo que puede dar es el de Jonás: Igual que estuvo en el vientre de la ballena tres días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre en las entrañas el mismo período de tiempo. Se parece al profeta en su triduo pascual, pero también por la predicación del perdón. De hecho, los exégetas comparan la historia de Jonás con la del hijo pródigo. Ambas biografías nos hablan de la misericordia de Dios, de la llamada a la conversión. Así comenzó su predicación Juan Bautista, y de la misma forma empezó Jesucristo: convertíos…
De igual manera concluye el Señor su comparación con la figura de Jonás: Los hombres de Nínive se alzarán en el juicio contra esta generación y harán que la condenen; porque ellos se convirtieron con la proclamación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás. Jesucristo nos invita a tomarnos en serio la llamada al cambio, a la mudanza interior, a crecer en la fe.
De hecho, fe y conversión van de la mano. Es la crítica de Jesús a los escribas y fariseos: Cuando juzguen a esta generación, la reina del Sur se levantará y hará que la condenen, porque ella vino desde los confines de la tierra, para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón. Jesús reprocha a aquellos hombres su falta de fe, que les impidió ver en Él al Hijo de Dios. ¡Si al menos hubieran tenido el respeto que tuvo la reina pagana ante la sabiduría del hijo de David!
Si bien es cierto que hay unos tiempos fuertes para meditar la conversión (como el Adviento y la Cuaresma), san Juan Pablo II hablaba de la conversión permanente. Decía que el cristiano ha de vivir in statu conversionis. Y san Josemaría resumía las consecuencias de este compromiso con una frase que repetía con frecuencia: «La conversión es cosa de un instante; la santificación es tarea para toda la vida» (ECP, 58).
Pasamos así, como de la mano, del tema de la conversión al de la penitencia. La experiencia de la cercanía de Dios nos hace lamentarnos de nuestros pecados. Por eso Benedicto XVI se quejaba porque «El concepto de penitencia, que es uno de los elementos fundamentales del mensaje del Antiguo Testamento, se nos ha perdido cada vez más. Sólo se quiere decir cosas positivas. Pero lo negativo existe, es una realidad. El hecho de que por medio de la penitencia se pueda cambiar y dejarse cambiar es un don positivo, un regalo. La Iglesia antigua lo veía también de ese modo» (2010, p.47).
En una homilía explicaba esta afirmación: «Para mí, esta es una observación muy importante: poder hacer penitencia es el don de la gracia. Y debo decir que nosotros los cristianos con frecuencia hemos evitado la palabra penitencia, nos parecía demasiado dura. Ahora, bajo los ataques del mundo que nos hablan de nuestros pecados, vemos que es necesario hacer penitencia, es decir, reconocer lo que está errado en nuestra vida, abrirse al perdón y dejarse transformar. El dolor de la penitencia, de la purificación, de la transformación, es gracia porque es renovación, porque es obra de la misericordia divina» (Discurso, 15-X-2010).
La penitencia exige humildad para reconocer «lo que está errado en nuestra vida, abrirse al perdón y dejarse transformar». Por eso es importante reconocer nuestras faltas, nuestras miserias, nuestros pecados. Perder el miedo a llamarles por sus nombres, evitar los eufemismos o echarle la culpa a los demás, al tiempo, a las circunstancias. Aprovechemos este rato de oración para tomar decisiones fuertes, para conocernos mejor y huir de las ocasiones que nos alejan de Dios. Podremos decirle con la boca y con los hechos: «Aparta, Señor de mí, lo que me aparte de ti».
La penitencia nos llevará a unirnos al dolor de Jesucristo, a esos tres días pasados en el «vientre de la ballena», dando muerte a nuestras malas inclinaciones, a nuestra comodidad, a nuestra cobardía, a la vanidad, al egoísmo, a la pereza… Si somos conscientes de nuestros pecados, y de todos los pecados que han ofendido al Señor a lo largo de los siglos, tomaremos con más generosidad la Cruz de Jesucristo, como san Pablo, que decía: completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia (Co 1,24).
Pero la penitencia no puede quedarse en mera teoría: tiene que manifestarse en obras de expiación, de desagravio. El portavoz de san Juan Pablo II cuenta que el papa polaco «no era un ascético moralista, y tampoco un exhibicionista de heroísmos accesorios e inútiles. Su manera de hacer no era el arduo itinerario de un estoico. Sus mortificaciones constituían solo la manera estimulante y eficaz de unirse a la pasión de Jesús, de participar con Él en las alegrías y en los dolores que a cualquiera le gusta compartir con la persona que ama seriamente en lo más profundo. Su ejemplo parecía enseñar que era mejor sufrir con Dios que alegrarse solo. Con mucha frecuencia, para san Juan Pablo II se trataba solo de aprovechar alguna ocasión ofrecida por las vivencias cotidianas para ofrecer algún sacrificio pequeño o grande. Rechazar en el avión el lecho preparado para él en los largos viajes intercontinentales y dormir en cambio o intentar hacerlo en el asiento; reducir la cantidad de alimento en una comida, con aparente indiferencia; o bien, a veces, renunciar a beber sin decir nada y sin dar justificación alguna, uniendo pudor y renuncia en una delicada discreción personal, que evita extrañas preguntas impertinentes» (Navarro-Valls, 2010, p.88).

Terminemos acudiendo a la Santísima Virgen para pedirle que nos ayude a ser conscientes de la necesidad que tenemos de una nueva conversión. De esta manera, seremos más generosos para ofrecer al Señor obras de mortificación y penitencia.

viernes, julio 03, 2009

Santo Tomás Apóstol, testigo de fe


Celebramos hoy la fiesta de Santo Tomás, el gemelo. Según una antigua tradición eclesiástica, evangelizó a los partos, aunque los cristianos de Malabar lo consideran el evangelizador de la India. Desde el siglo VI se celebra su fiesta el 3 de julio, fecha del traslado de su cuerpo a Edesa.


El himno de Laudes lo ensalza con estas palabras: Oh Tomás, que resplandeces entre los Apóstoles con gloria sublime: acoge benignamente el himno de alabanza que cantamos en tu honor: La caridad de Cristo depara un trono en el Cielo para ti, que, por amor, estabas dispuesto a morir por tu Maestro. Impetuoso, de carácter fuerte y decisiones prontas. Llegó a decir: “¡vayamos también nosotros y muramos con Él!”


También le agradecemos que fuera Él quien preguntara: ¿No sabemos a dónde vas, cómo sabremos cuál es el camino?, que mereció la respuesta del Señor: “Tomás, Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. Pero la escena que más recordamos, y que nos presenta el Evangelio de hoy, es la que ocurrió durante la primera semana después de la Resurrección (Jn 20, 24-28): “Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Alguna tradición exegética sugiere que es posible que Tomás se hubiera apartado del grupo de los Once, tal era su dolor –y su falta de fe-.


Quizá por eso es que los Apóstoles no obedecieron inmediatamente al Señor, que les había mandado a decir que los esperaba en Galilea. Si así sucedió, se entiende la alegría con que le cuentan, al encontrarlo: — ¡Hemos visto al Señor! También hoy día se repite una historia similar. Podemos encontrarnos con personas en dificultades, que piensan lograr lejos del Señor lo que solo a su lado podrán disfrutar. Y Jesús espera que nosotros también demos testimonio de su vida gloriosa, de su Resurrección; pero, sobre todo, de nuestra experiencia personal: — ¡Hemos visto al Señor!


Sin embargo, sabemos que la respuesta de Tomás no fue la más agradable… como suele ocurrir en estos casos, al menos en un primer momento: Pero él les respondió: —Si no le veo en las manos la marca de los clavos, y no meto mi dedo en esa marca de los clavos y meto mi mano en el costado, no creeré”. El himno de Laudes atribuye al cariño su escepticismo: Al oír lo que refieren tus hermanos, afligido por el cariño, quieres cerciorarte hasta ver y palpar las Llagas de Jesús. Es una manera benévola de describir la respuesta fuerte de Tomás a la noticia de sus hermanos de apostolado.


Si no veo, si no toco, si no palpo… Tomás pasó a la historia como el prototipo de la falta de fe. Un ejemplo más de defectos de santos, que tanto bien nos hace para llenarnos de esperanza. Si un hombre que pasó por tales tentaciones terminó siendo el evangelizador de la India, ¡cuántas cosas grandes podrá hacer el Señor con nuestra pobre vida, si somos personas fieles, con fe, o –al menos- si sabemos rectificar cuando veamos nuestros errores!


“A los ocho días estaban otra vez dentro sus discípulos y Tomás con ellos”. Al menos, se logró un paso: ya estaba de nuevo en familia, al calor del hogar que presidía la Virgen. El ambiente de casa, las costumbres familiares que tenían durante los tres años pasados, van transformando aquella alma atormentada, “afligida por el cariño”.


Era domingo, día del Señor, había pasado una semana exacta desde la Resurrección. Aunque estaban las puertas cerradas, vino Jesús, se presentó en medio y dijo: —La paz esté con vosotros. El Señor siempre nos trae la paz. Así lo recordamos cada vez que participamos en la Santa Misa: la paz os dejo, mi paz os doy. Paz para nosotros mismos, para nuestro trabajo, para la casa, para la Iglesia, para la humanidad. —La paz esté con vosotros. Tenemos que pensar en este saludo de Jesús cuando veamos a otras personas, cuando nos apabullen las dificultades, las contradicciones, los temores, nuestras propias miserias: la paz os dejo, mi paz os doy. —La paz esté con vosotros.


Pero el Señor no trae solo un saludo eficaz para todos. Conoce las necesidades de cada uno –las tuyas, las mías- y se dirige mirándonos a los ojos, respondiendo las dudas que le hemos formulado. Después le dijo a Tomás: —Trae aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente. Respondió Tomás y le dijo: —¡Señor mío y Dios mío! El autor del himno de Laudes se emociona ante este relato: ¡Qué gozo al contemplar al Señor, compadecido de ti, cuando ya creyente, le llamas tu Dios y le adoras con toda la fuerza de tu corazón!


Quizá es injusta la connotación de incrédulo por antonomasia para un hombre que no duda en hacer un acto de fe tan notorio. San Josemaría comentaba: “Yo comprendo bien la confusión de Tomás delante del Señor y el maravilloso acto de fe y de amor que se le escapa: Dominus meus et Deus meus! (Jn 20,28). Toca a Cristo como nosotros, que lo tocamos en la Eucaristía, recibiéndole cada día en la Hostia Santa, y lo tocamos en la eficacia de la labor. (…) Y sin embargo, nuestra fe, ¿cómo anda?” Fe en Dios, fe en su gracia que puede transformar las almas como cambió la de Tomás, fe en los medios sobrenaturales para nuestra lucha personal y para el apostolado.


En una entrevista le hacían a Mons. Javier Echevarría una pregunta audaz: ¿También el Prelado del Opus Dei sufre crisis de fe? Y la respuesta fue: “Ninguna crisis, pero sí pruebas; porque la fe conoce necesariamente momentos duros ante el aparente –o real, pero no duradero– triunfo del mal. La muerte inesperada de personas queridas, los achaques de salud, las contradicciones de la vida son encuentros personales con la Cruz que pueden desconcertar un poco. El Señor nos hace madurar así, como personas y como cristianos”. Con ese ejemplo de fondo, podemos preguntarnos de nuevo, en la presencia del Señor: nuestra fe, ¿cómo anda?


Ante el comienzo del Año sacerdotal, acudimos al Señor para pedirle, como los personajes del Evangelio, “¡Señor, auméntanos la fe! ¡Yo creo, pero ayuda Tú mi poca fe!” El Papa nos propone unos objetivos muy claros –los propone Dios-: “Dejarse conquistar totalmente por Cristo. Anhelar la "ciencia del amor", que sólo se aprende de "corazón a corazón" con Cristo”. Por eso le pedimos fe al Señor, para saber encontrarlo en las pequeñas contrariedades de cada jornada, en el deber pequeño, en la puntualidad en alguna Norma de piedad, en el trabajo humilde, en el apostolado constante. “Precisamente por este motivo no debemos alejarnos nunca del manantial del Amor que es su Corazón traspasado en la cruz”.


Con ese Corazón amante, Jesús corrige a Tomás:
—Porque me has visto has creído; bienaventurados los que sin haber visto hayan creído”. Nosotros queremos responder bien, con la fe renovada de Tomás, haciendo nuestra una oración del Fundador del Opus Dei: Jesucristo resucitado: creemos en ti, te amamos, todo lo esperamos de ti, Cristo vencedor de la muerte. Concédenos la gracia de ser fieles y de dar fielmente testimonio de ti. Es lo que pediremos al Padre Eterno en la Colecta de la Misa: Tú que concediste a santo Tomás reconocer a Cristo como su Señor y su Dios; por intercesión de este apóstol, haz que crezcamos en la fe, para que creyendo firmemente en tu Hijo Jesucristo podamos participar de su vida divina.


Podemos concluir con otra consideración de San Josemaría (Forja, 235): Nos falta fe. El día en que vivamos esta virtud -confiando en Dios y en su Madre-, seremos valientes y leales. Dios, que es el Dios de siempre, obrará milagros por nuestras manos. -¡Dame, oh Jesús, esa fe, que de verdad deseo! Madre mía y Señora mía, María Santísima, ¡haz que yo crea!