Entonces
algunos escribas y fariseos le dijeron: «Maestro, queremos ver un milagro tuyo»
(Mt 12,38-45). Las autoridades le piden al Señor un signo
portentoso, llamativo, para confirmar la potestad con la que predica su doctrina.
No es que no hubiera dado señales: en primer lugar, la buena semilla de su enseñanza;
además, los milagros que ya había hecho en otras partes.
Él les
contestó: «Esta generación perversa y adúltera exige una señal; pues no se le
dará más signo que el del profeta Jonás. Jesús contesta
de modo en apariencia evasivo. Pero, en realidad, está explicando cuál es el signo
principal que muestra su peculiaridad en la historia: que en Él se cumpliría la
señal de Jonás.
Aprovechemos
la vida del quinto profeta menor para hacer hoy nuestra oración. De hecho, como
cuenta la introducción de la Biblia de Navarra, en el libro de Jonás poco se narra
de su predicación. Solamente se encuentran unas pocas palabras: dentro de cuarenta
días, Nínive será arrasada. Lo más importante del mensaje de este hombre es
su biografía, sus tribulaciones y su relación con el Señor, que se leen en fiestas
señaladas de las grandes religiones: en el Yom-Kippur judío y en la Cuaresma
cristiana.
La historia
es muy conocida: el Señor le comunica su vocación, pero Jonás huye. Dios entonces
envía una tormenta y un pez gigante, gracias a los cuales el profeta termina en
las playas de Nínive (previa conversión de sus compañeros de viaje). Allí cumple
su encargo y la población se convierte. Jonás entonces se enoja con el Señor por
su misericordia. Esta es la principal enseñanza del libro: Dios quiere la conversión
del pecador, lo llama a la penitencia y está dispuesto a perdonarlo si se arrepiente.
Jesús explica
a sus interlocutores que el principal signo que puede dar es el de Jonás: Igual
que estuvo en el vientre de la ballena tres días y tres noches, así estará el Hijo
del Hombre en las entrañas el mismo período de tiempo. Se parece al profeta en su
triduo pascual, pero también por la predicación del perdón. De hecho, los exégetas
comparan la historia de Jonás con la del hijo pródigo. Ambas biografías nos hablan
de la misericordia de Dios, de la llamada a la conversión. Así comenzó su predicación
Juan Bautista, y de la misma forma empezó Jesucristo: convertíos…
De igual manera
concluye el Señor su comparación con la figura de Jonás: Los hombres de Nínive se alzarán en el juicio contra esta generación y
harán que la condenen; porque ellos se convirtieron con la proclamación de
Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás. Jesucristo nos invita a tomarnos
en serio la llamada al cambio, a la mudanza interior, a crecer en la fe.
De hecho, fe
y conversión van de la mano. Es la crítica de Jesús a los escribas y fariseos: Cuando juzguen a esta generación, la reina
del Sur se levantará y hará que la condenen, porque ella vino desde los
confines de la tierra, para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno
que es más que Salomón. Jesús reprocha a aquellos hombres su falta de fe, que
les impidió ver en Él al Hijo de Dios. ¡Si al menos hubieran tenido el respeto que
tuvo la reina pagana ante la sabiduría del hijo de David!
Si bien es cierto
que hay unos tiempos fuertes para meditar la conversión (como el Adviento y la Cuaresma),
san Juan Pablo II hablaba de la conversión permanente. Decía que el cristiano
ha de vivir in statu conversionis. Y san Josemaría resumía las consecuencias
de este compromiso con una frase que repetía con frecuencia: «La conversión es cosa de un instante;
la santificación es tarea para toda la vida» (ECP, 58).
Pasamos así,
como de la mano, del tema de la conversión al de la penitencia. La experiencia de
la cercanía de Dios nos hace lamentarnos de nuestros pecados. Por eso Benedicto
XVI se quejaba porque «El concepto de
penitencia, que es uno de los elementos fundamentales del mensaje del Antiguo Testamento,
se nos ha perdido cada vez más. Sólo se quiere decir cosas positivas. Pero lo negativo
existe, es una realidad. El hecho de que por medio de la penitencia se pueda cambiar
y dejarse cambiar es un don positivo, un regalo. La Iglesia antigua lo veía también
de ese modo»
(2010, p.47).
En una homilía
explicaba esta afirmación: «Para
mí, esta es una observación muy importante: poder hacer penitencia es el don de
la gracia. Y debo decir que nosotros los cristianos con frecuencia hemos evitado
la palabra penitencia, nos parecía demasiado dura. Ahora, bajo los ataques del mundo
que nos hablan de nuestros pecados, vemos que es necesario hacer penitencia, es
decir, reconocer lo que está errado en nuestra vida, abrirse al perdón y dejarse
transformar. El dolor de la penitencia, de la purificación, de la transformación,
es gracia porque es renovación, porque es obra de la misericordia divina» (Discurso,
15-X-2010).
La penitencia
exige humildad para reconocer «lo
que está errado en nuestra vida, abrirse al perdón y dejarse transformar». Por eso es
importante reconocer nuestras faltas, nuestras miserias, nuestros pecados. Perder
el miedo a llamarles por sus nombres, evitar los eufemismos o echarle la culpa a
los demás, al tiempo, a las circunstancias. Aprovechemos este rato de oración para
tomar decisiones fuertes, para conocernos mejor y huir de las ocasiones que nos
alejan de Dios. Podremos decirle con la boca y con los hechos: «Aparta, Señor de mí, lo que me aparte
de ti».
La penitencia
nos llevará a unirnos al dolor de Jesucristo, a esos tres días pasados en el «vientre de la
ballena»,
dando muerte a nuestras malas inclinaciones, a nuestra comodidad, a nuestra cobardía,
a la vanidad, al egoísmo, a la pereza… Si somos conscientes de nuestros pecados,
y de todos los pecados que han ofendido al Señor a lo largo de los siglos, tomaremos
con más generosidad la Cruz de Jesucristo, como san Pablo, que decía: completo
en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo
que es la Iglesia (Co 1,24).
Pero la penitencia
no puede quedarse en mera teoría: tiene que manifestarse en obras de expiación,
de desagravio. El portavoz de san Juan Pablo II cuenta que el papa polaco «no era un ascético
moralista, y tampoco un exhibicionista de heroísmos accesorios e inútiles. Su manera
de hacer no era el arduo itinerario de un estoico. Sus mortificaciones constituían
solo la manera estimulante y eficaz de unirse a la pasión de Jesús, de participar
con Él en las alegrías y en los dolores que a cualquiera le gusta compartir con
la persona que ama seriamente en lo más profundo. Su ejemplo parecía enseñar que
era mejor sufrir con Dios que alegrarse solo. Con mucha frecuencia, para san Juan
Pablo II se trataba solo de aprovechar alguna ocasión ofrecida por las vivencias
cotidianas para ofrecer algún sacrificio pequeño o grande. Rechazar en el avión
el lecho preparado para él en los largos viajes intercontinentales y dormir en cambio
—o
intentar hacerlo—
en el asiento; reducir la cantidad de alimento en una comida, con aparente indiferencia;
o bien, a veces, renunciar a beber sin decir nada y sin dar justificación alguna,
uniendo pudor y renuncia en una delicada discreción personal, que evita extrañas
preguntas impertinentes»
(Navarro-Valls, 2010, p.88).
Terminemos acudiendo
a la Santísima Virgen para pedirle que nos ayude a ser conscientes de la necesidad
que tenemos de una nueva conversión. De esta manera, seremos más generosos para
ofrecer al Señor obras de mortificación y penitencia.
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