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sábado, diciembre 13, 2008

María, santa en la vida ordinaria




Celebramos hoy el quinto día de la Novena a la Inmaculada Concepción, en este jueves de la primera semana del Adviento. Decía ayer el Papa en su Audiencia semanal que «en el lenguaje de la Iglesia la palabra Adviento tiene dos significados: presencia y espera. Presencia: la luz está presente, Cristo es el nuevo Adán, está con nosotros y en medio de nosotros. Ya brilla la luz y debemos abrir los ojos del corazón para verla y para introducirnos en el río de la luz. Sobre todo, estar agradecidos al hecho de que Dios mismo ha entrado en la historia como nueva fuente de bien. Pero Adviento quiere decir también espera. La noche oscura del mal es aún fuerte. Y por ello rezamos en Adviento con el antiguo pueblo de Dios: "Rorate caeli desuper" (Ábranse los cielos y llueva de lo alto). Y oramos con insistencia: ven Jesús; ven, da fuerza a la luz y al bien; ven donde domina la mentira, la ignorancia de Dios, la violencia, la injusticia; ven, Señor Jesús, da fuerza al bien en el mundo y ayúdanos a ser portadores de tu luz, operadores de la paz, testigos de la verdad. ¡Ven Señor Jesús!»

Con esa oración del Papa comenzamos hoy nuestra meditación, que se basa como siempre en la liturgia del día. Dice el profeta Isaías (26, 1-6): «¡Abrid las puertas, que va a entrar una nación justa, que guarda la fidelidad!» El pueblo justo se mantiene fiel al Señor, confía en Él «porque el Señor es la Roca eterna», Isaías alaba la prudencia del pueblo fiel, que confía en la roca que le salva, y de ese modo anticipa el anuncio de Jesús (Mateo 7,24-27): «todo el que oye estas palabras mías y las pone en práctica, es como un hombre prudente que edificó su casa sobre roca».

Construir la casa es, según los exegetas (cf. Leske, Tassin), realizar los proyectos más decisivos. No solo Isaías, sino también los salmos y el Deuteronomio, se refieren al Señor como “mi roca”. Leske añade que el cristiano edifica su vida sobre Dios, sobre esa voluntad, que Jesús le revela. El sermón de Jesús es análogo a las invitaciones del Antiguo Testamento a cumplir la Alianza. Por lo tanto, se identifica como una Nueva Alianza, que renueva el propósito original de la Alianza del Sinaí. Una vida construida sobre la relación con Dios no se derrumba, por fuertes que sean los enemigos de fuera o las propias miserias. San Josemaría resume las disposiciones de construir sobre roca con estas palabras: «la roca es esta: piedad, filiación divina, abandono en las manos de Dios, sinceridad y tener la cabeza en la constante realidad de la vida diaria».

Edificar nuestra vida sobre la roca de Dios, siendo muy piadosos –la piedad es el remedio de los remedios-; confiando y abandonándonos en las manos de Dios, que es nuestro Padre; siendo sinceros - «no todo el que me dice: «Señor, Señor», entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre»- y, sobre todo, teniendo la cabeza en la constante realidad de la vida diaria. Nuestra Madre, Santa María, es el mejor modelo de esas virtudes que el Señor proclama en la liturgia de hoy.

Así la considera San Josemaría en Camino (n. 499): “María Santísima, Madre de Dios, pasa inadvertida, como una más entre las mujeres de su pueblo. —Aprende de Ella a vivir con «naturalidad»”. Discreción y naturalidad de María, tan importantes en la vida actual, en nuestra vida de ciudadanos corrientes, iguales a los demás, que procuran santificarse en la vida ordinaria sin hacer cosas llamativas. Madre nuestra, podemos pedirle, enséñanos a tener la cabeza en la constante realidad de la vida diaria, a vivir con «naturalidad».

Naturalidad que es discreción, humildad, espíritu de servicio. En otra enseñanza sobre el Evangelio de hoy, decía el fundador del Opus Dei que la roca es “el hondo sentimiento de que Dios Nuestro Padre es quien hace todas las cosas, con estos pobres instrumentos que somos cada uno de nosotros (…). Cuando procuramos ser humildes, sentimos que la energía poderosa del Señor actúa, apoyada en nuestra flaqueza; y que nunca somos más fuertes que cuando solamente podemos contar con Dios”. Humildad para reconocer que nuestra fuerza viene de Dios. Y para darnos cuenta de que su energía poderosa quiere servirse de nosotros para llenar el mundo de paz y de alegría, precisamente con nuestra disposición a servir.

Contemplando el ejemplo de la Virgen aprenderemos que una clave de su humildad fue el espíritu de servicio a Dios y a los demás en la vida ordinaria. María era una campesina más de aquél pequeño pueblo de Nazaret, era una mujer normal, una madre de familia como las demás. Un sitio turístico en Tierra Santa es precisamente “la fuente de María”, que ayuda a imaginar su jornada cotidiana empeñada en recoger agua, cocinar, limpiar, hacer oficios caseros, visitar a Jesús y a José en su trabajo, pasear con ellos al final de la tarde, acompañar a algún vecino anciano o enfermo, etc. Por eso es que podemos pensar que Nuestra Madre vivía con naturalidad, con la cabeza en la constante realidad de la vida diaria.

No basta, sin embargo, con admirarla. ¡Debemos imitarla! Y no solo con detalles materiales como los que ella haría, sino también con amor sincero. Fray Luis de Granada decía que los seres humanos deberíamos tener "para con Dios un corazón de hijos, para con los hombres un corazón de madre, y para con nosotros mismos un corazón de juez". Y comenta J. Eugui: “Buen consejo, que muchas veces no seguimos. Porque con nosotros mismos somos de un maternal y blando que espanta: contemplamos nuestros defectos como menudencias; pero para los demás, para sus defectos, en cuanto nos descuidamos somos jueces implacables, que condenan casi, y sin casi, sin escuchar al "reo"”. ¡Qué comprensión y cariño derrocharía la Virgen! Podemos vislumbrar un poco en la reacción de su Hijo en la Cruz, cuando intercede por sus malhechores: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”.

Aprendamos de la Inmaculada, que –como ya hemos dicho-, “servía a los demás y en su humildad se asombraría al verse servida por ellos”. Si acudimos a ella, encontraremos maneras de servir en nuestra casa: comprendiendo a los demás con corazón de madre, visitando a personas ancianas o enfermas, escogiendo para nosotros lo menos apetecible, haciendo nuestros deberes, ayudando con arreglos o gestiones domésticas, cumpliendo el horario, dejando el televisor o el computador a otra persona y un largo etcétera, que la Virgen nos sugerirá, si se lo pedimos con confianza de hijos.

Podemos terminar con otro punto de Camino (n. 509) relacionado con el que citamos antes: «¡María, Maestra del sacrificio escondido y silencioso! —Vedla, casi siempre oculta, colaborar con el Hijo: sabe y calla». Sacrificio escondido y silencioso, no bullicioso y manifiesto, sin espectáculo. Por esta senda se llega a la santidad del cristiano en medio de las circunstancias ordinarias de la vida en el mundo. Es una manera concreta de construir sobre roca, como preparación para la Navidad. Y la roca es esta, recordamos: «piedad, filiación divina, abandono en las manos de Dios, sinceridad y tener la cabeza en la constante realidad de la vida diaria», como María.