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martes, octubre 05, 2010

2 de octubre: la vocación de San Josemaría


 Celebramos hoy el aniversario de la Fundación del Opus Dei. Hace 82 años, un joven sacerdote estaba haciendo su retiro espiritual en una residencia sacerdotal de Madrid. Había llevado, entre los elementos para meditar, una serie de papeles que había ido escribiendo durante los últimos años, en los que apuntaba las luces que el Señor le iba dando en su oración y también sus respuestas: eran una exteriorización de su diálogo con Dios.
La historia de su llamada al sacerdocio se remonta varios años atrás: “Tenía yo catorce o quince años cuando comencé a barruntar el Amor, a darme cuenta de que el corazón me pedía algo grande y que fuese amor”, recordaría hacia el final de su vida. 
En otra ocasión predicaba: “El Señor me fue preparando a pesar mío, con cosas aparentemente inocentes, de las que se valía para meter en mi alma esa inquietud divina. Por eso he entendido muy bien aquel amor tan humano y tan divino de Teresa del Niño Jesús, que se conmueve cuando por las páginas de un libro asoma una estampa con la mano herida del Redentor. También a mí me han sucedido cosas de este estilo, que me removieron y me llevaron a la comunión diaria, a la purificación, a la confesión... y a la penitencia”.
Para aprender a ser buenos cristianos, es muy recomendable leer biografías de santos. Descubriremos que algunos son muy cercanos a nosotros. Por eso, los últimos Papas han procurado promover que haya muchas vidas ejemplares que nos sirvan como modelos. Uno de los momentos más entrañables en la vida de esos santos es el de su vocación.
Sobre la llamada de Josemaría Escrivá tenemos varios relatos, que nos ayudan a hacernos una idea clara y quizá nos sirvan para preguntarnos cuál es nuestra vocación, qué espera el Señor de nosotros y cómo será nuestra respuesta. La juventud es una época para plantearse grandes ideales: el corazón me pedía algo grande y que fuese amor.
Hace pocos días, el Papa decía a un grupo de jóvenes en Inglaterra: “Dios quiere vuestra amistad. Y cuando comenzáis a ser amigos de Dios, todo en la vida empieza a cambiar. A medida que lo vais conociendo mejor, percibís el deseo de reflejar algo de su infinita bondad en vuestra propia vida. Os atrae la práctica de las virtudes. Comenzáis a ver la avaricia y el egoísmo y tantos otros pecados como lo que realmente son, tendencias destructivas y peligrosas que causan profundo sufrimiento y un gran daño, y deseáis evitar caer en esas trampas. Empezáis a sentir compasión por la gente con dificultades y ansiáis hacer algo por ayudarles. Queréis prestar ayuda a los pobres y hambrientos, consolar a los tristes, deseáis ser amables y generosos. Cuando todo esto comience a sucederos, estáis en camino hacia la santidad”.
Probablemente a nosotros también el corazón nos pide algo grande y que sea amor. Por algo estamos compartiendo estos momentos… Llevamos un tiempo, más o menos largo, tratando de ser amigos de Dios y esta actitud ha cambiado –en mayor o menor medida- nuestra vida. Podemos decir que, a pesar de nuestras limitaciones, también esperamos estar en camino hacia la santidad. Aunque quizá todavía nos falta camino por recorrer hasta llegar a la comunión diaria, a la purificación, a la confesión... y a la penitencia.
Pero volvamos a meditar en la vocación de San Josemaría: su décimo sexto cumpleaños estuvo más invernal que nunca: con nieves y temperaturas de hasta 16o C bajo cero y varios muertos por hipotermia. Cuenta su biógrafo que “una mañana de esas vacaciones navideñas vio en la calle las huellas que habían dejado en la nieve unos pies descalzos. Se paró a examinar con curiosidad la blanca impronta marcada por la pisada desnuda de un fraile y, conmovido en la raíz del alma, se preguntó: Si otros hacen tantos sacrificios por Dios y por el prójimo, ¿no voy a ser yo capaz de ofrecerle algo?” De un hecho tan sencillo -aunque heroico-, el Señor se sirvió para hacerle ver que esperaba mucho de él, aún adolescente. Después de meditarlo y pedir consejo, decidió hacerse sacerdote.
Sin embargo, Dios le hacía ver que aquella decisión no concluía su llamada. Que ingresaba al Seminario para “algo más”. Y así llegamos al 2 de octubre de 1928, al retiro de aquel sacerdote con tres años de ordenado. Él mismo nos cuenta que, después de la Misa, “recibí la iluminación sobre toda la Obra, mientras leía aquellos papeles. Conmovido me arrodillé -estaba solo en mi cuarto, entre plática y plática- di gracias al Señor, y recuerdo con emoción el tocar de las campanas de la parroquia de N. Sra. de los Ángeles”.
El mismo biógrafo nos cuenta que “fueron unos instantes de indescriptible grandeza. Ante su vista, dentro del alma, aquel sacerdote en oración vio desplegado el panorama histórico de la redención humana, iluminado por el Amor de Dios. En ese momento, de manera indecible, captó el meollo divino de la excelsa vocación del cristiano, que, en medio de sus tareas terrenales, era llamado a la santificación de su persona y de su trabajo”.
Esta es la clave de nuestra celebración de hoy: hace 82 años, quiso el Señor recordar a esta sociedad postmoderna que estamos llamados a santificarnos y a santificar las realidades en que nos movemos. Con esas campanadas recordaba la predicación de Jesucristo: Tienes obligación de santificarte. –Tú también. –¿Quién piensa que ésta es labor exclusiva de sacerdotes y religiosos? A todos, sin excepción, dijo el Señor: "Sed perfectos, como mi Padre Celestial es perfecto" (Camino, n. 291).
Esa doctrina se había ido difuminando hasta llegar a pensar que, si alguien sentía que Dios le llamaba, su único destino posible era el convento. Los demás, los que nos quedábamos en la calle, teníamos una vocación de segunda categoría. “A la vuelta de tantos siglos, quiere el Señor servirse de nosotros para que todos los cristianos descubran, al fin, el valor santificador y santificante de la vida ordinaria —el trabajo profesional— y la eficacia del apostolado de la doctrina con el ejemplo, la amistad y la confidencia”. Hoy le damos gracias al Señor por este descubrimiento y le pedimos su ayuda para llevarlo a la práctica: a nuestro trabajo, a nuestra familia, a nuestra labor cotidiana.
En una Carta a sus hijos del Opus Dei, San Josemaría explica que la vida interior, el trato con Dios, no se realiza a pesar del trabajo sino en medio de él: «Donde quiera que estemos, en medio del rumor de la calle y de los afanes humanos —en la fábrica, en la universidad, en el campo, en la oficina o en el hogar—, nos encontramos en sencilla contemplación filial, en un constante diálogo con Dios. Porque todo —personas, cosas, tareas— nos ofrece la ocasión y el tema para una continua conversación con el Señor”.
El último aspecto que podemos considerar es que “con esa luz vio la esencia de la Obra, destinada a promover el designio divino de la llamada universal a la santidad. (…) Con inmenso pasmo, entendió, en el centro de su alma, que dicha iluminación no sólo era respuesta a sus peticiones, sino también la invitación a aceptar un encargo divino” (Vázquez de Prada A. El Fundador del Opus Dei). Fue una “iluminación”, pero también una misión. La respuesta fue generosísima: arrodillarse y comenzar a trabajar para cumplir la voluntad divina.
Pidamos al Señor que nosotros seamos igual de generosos. Que se cumplan en nuestra vida las palabras de Benedicto XVI: “Cuando os invito a ser santos, os pido que no os conforméis con ser de segunda fila. Os pido que no persigáis una meta limitada y que ignoréis las demás. (…) La verdadera felicidad se encuentra en Dios, (…) no en el dinero, la carrera, el éxito mundano o en nuestras relaciones personales. Sólo él puede satisfacer las necesidades más profundas de nuestro corazón”.
Podemos concluir con la oración para la devoción a San Josemaría: “Oh Dios (...) haz que yo sepa también convertir todos los momentos y circunstancias de mi vida en ocasión de amarte y de servir con alegría y con sencillez a la Iglesia, al Romano Pontífice y a las almas, iluminando los caminos de la tierra con la luminaria de la fe y del amor”.

viernes, febrero 12, 2010

80 años de las mujeres del Opus Dei



1. Hace 80 años, Nuestro Señor hizo entender a San Josemaría, durante la celebración del Sacrificio eucarístico, que la luz fundacional del Opus Dei abarcaba también a las mujeres. Así lo describía él mismo: “el 14 de febrero de 1930, celebraba yo la misa en la capillita de la vieja marquesa de Onteiro, madre de Luz Casanova, a la que yo atendía espiritualmente, mientras era Capellán del Patronato. Dentro de la Misa, inmediatamente después de la Comunión, ¡toda la Obra femenina! No puedo decir que vi, pero sí que intelectualmente, con detalle (después yo añadí otras cosas, al desarrollar la visión intelectual), cogí lo que había de ser la Sección femenina del Opus Dei. Di gracias, y a su tiempo me fui al confesonario del P. Sánchez. Me oyó y me dijo: esto es tan de Dios como lo demás” [Cf. Vázquez de Prada A. El Fundador del Opus Dei. vol. I, p. 323].


Se cumplen ochenta años desde que el Fundador del Opus Dei “cogió intelectualmente” lo que había de ser el apostolado de las mujeres de la Obra. Hace unos días, el Prelado escribía a los fieles de la Obra que “desde el 14 de febrero de 1930, San Josemaría trabajó por abrir este camino de santidad en medio del mundo, el Opus Dei, a mujeres de todas las profesiones, razas y condiciones sociales. Ahora manifestamos nuestra gratitud a la Santísima Trinidad, porque es una realidad que esa labor ha arraigado con hondura y extensión en todo el mundo, a pesar de las grandes dificultades que tuvo que superar, especialmente en los comienzos”. Si ya era difícil predicar que los hombres no tenían que salirse del mundo para buscar la santidad, con mayor razón –estamos hablando de 80 años atrás- si esa invitación se dirigía a las mujeres…


El Prelado ayuda a entender esas contradicciones haciendo ver que entonces era muy raro que las mujeres cursaran estudios universitarios o que trabajaran fuera del hogar —a excepción de los trabajos manuales que siempre habían realizado—, y más raro aún que ocuparan puestos de responsabilidad civil, social o académica. Recuerdo que alguien entendió mejor esta idea cuando supo que las mujeres del Opus Dei fueron de las primeras en tener licencia de conducción. También fueron grandes las dificultades que tuvo que sortear San Josemaría para lograr que sus hijas pudieran estudiar altos estudios teológicos.


Por eso damos gracias a Dios, por haber suscitado esta corriente espiritual que –unida a otras realidades, espirituales y humanas- han forjado el reconocimiento —también en las leyes civiles— de la dignidad de la mujer, su igualdad de derechos y deberes respecto al varón. ¡Qué bien hace sus cosas, el Señor! Por eso le damos gracias, porque ha recordado esa dimensión de familia que caracteriza a la Iglesia, en la cual cada miembro tiene su peculiar papel, para mostrar la imagen de Dios (Uno y Trino).


La teología católica no deja de reconocer el papel insustituible del genio femenino en la familia, en la sociedad, en todos los campos. Por eso, el Concilio Vaticano II proclamó con toda solemnidad: “Llega la hora, ha llegado la hora en que la vocación de la mujer se cumple en plenitud, la hora en que la mujer adquiere en el mundo una influencia, un peso, un poder jamás alcanzados hasta ahora. Por eso, en este momento en que la humanidad conoce una mutación tan profunda, las mujeres llenas del espíritu del Evangelio pueden ayudar tanto a que la humanidad no decaiga”.


2. Pero volvamos a esa mañana, a aquella capilla donde un joven sacerdote celebraba la Eucaristía: “Dentro de la Misa, inmediatamente después de la Comunión, ¡toda la Obra femenina!”. Por eso, cada vez que San Josemaría recordaba esta fecha, procuraba pasar oculto, insistiendo en que el protagonismo del aniversario es del Señor. Por ejemplo, decía en una charla en 1959: “Quería estar hoy con vosotras, mis hijas, porque celebramos el aniversario de aquel día en que Nuestro Señor se dignó abrir a las mujeres este camino divino en la tierra”.


Estamos en mitad del año sacerdotal, y no es simple coincidencia el contexto de esta luz de Dios que hoy celebramos. ¿En cuál mejor momento podría ver San Josemaría la voluntad de Dios sobre su Obra, sino dentro de la Misa? Después de la Comunión, en momentos de especial unión con Cristo sacramentado. Nos sirve para pensar en nuestra propia Misa: ¿escuchamos a Dios con hambre de cumplir su Voluntad? ¿Estamos atentos para escuchar sus deseos?


Para vivir mejor la Santa Misa, nos pueden servir estas palabras del Siervo de Dios Juan Pablo II, pronunciadas en 1995: «En el arco de casi cincuenta años de sacerdocio, la celebración de la Eucaristía sigue siendo para mí el momento más importante y más sagrado. Tengo plena conciencia de celebrar en el altar in persona Christi. Jamás en el curso de estos años, he dejado la celebración del Santísimo Sacrificio. Si esto sucedió alguna vez, fue sólo por motivos independientes de mi voluntad. La Santa Misa es de modo absoluto el centro de mi vida y de toda mi jornada».


Por eso, en todos los centros del Opus Dei se procurará dar el mayor realce posible a esta fecha, celebrando, donde sea posible, la Santa Misa cantada y la exposición solemne con Te Deum. Y le pediremos a la Virgen que, en este nuevo año que comienza, La Santa Misa sea de modo absoluto el centro de nuestra vida y de toda nuestra jornada.


El apunte de San Josemaría continúa: “No puedo decir que vi, pero sí que intelectualmente, con detalle (después yo añadí otras cosas, al desarrollar la visión intelectual), cogí lo que había de ser la Sección femenina del Opus Dei. Di gracias, y a su tiempo me fui al confesonario del P. Sánchez. Me oyó y me dijo: esto es tan de Dios como lo demás”. Desarrollar la visión intelectual, estudiar, trabajar cada día, pues ése es el núcleo del mensaje sobrenatural de la Obra: santificar el trabajo ordinario. Dar gracias, como hacemos hoy. Y acudir a la dirección espiritual. Es una muestra de docilidad a la gracia, de humildad, de confiar en la luz que el Espíritu Santo brinda a la persona que guía nuestra alma. También, un motivo de confirmar lo que se ve en la oración o en la Misa: esto es tan de Dios como lo demás. Damos gracias a la Trinidad por ese designio suyo, como lo hacía el Fundador, que decía en 1955: “La Obra, verdaderamente, sin esa voluntad expresa del Señor y sin vuestras hermanas, hubiera quedado manca”.


3. ¿Y cuál es la mejor manera de dar gracias a Dios? – Haciéndolas llegar a la Santísima Trinidad por manos de la Santísima Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra. Por eso, para que todos en la Obra celebren este aniversario muy unidos a Santa María, el Prelado ha querido que desde esa fecha, y hasta el 14-II-2011, se viva en la Prelatura un Año mariano en acción de gracias a la Santísima Trinidad, acudiendo a la intercesión de nuestra Madre del Amor Hermoso, bajo la mirada complacida de San Josemaría, para que los fieles de la Prelatura sirvan lealmente a la Iglesia Santa, y a las almas.


El Prelado apuntaba en la carta de febrero unos detalles sobre la forma en que quería que se viviera el año mariano: A lo largo de estos meses, nos esforzaremos por honrar más y mejor a nuestra Madre, sobre todo cuidando con esmero el rezo y contemplación del Santo Rosario, difundiendo esta devoción entre nuestras familias y nuestros amigos. Y demos gracias a Dios, expresamente, por la tarea de las mujeres que se ocupan de la atención material de los Centros de la Prelatura, que contribuye decisivamente a mantener y mejorar el clima de hogar que el Señor infundió en la Obra, cuando la inspiró a nuestro Padre en 1928”.


Nos pueden servir, para este agradable empeño, unas palabras de San Josemaría: “María santifica lo más menudo, lo que muchos consideran erróneamente como intrascendente y sin valor: el trabajo de cada día, los detalles de atención hacia las personas queridas, las conversaciones y las visitas con motivo de parentesco o de amistad. ¡Bendita normalidad, que puede estar llena de tanto amor de Dios! Porque eso es lo que explica la vida de María: su amor. Un amor llevado hasta el extremo, hasta el olvido completo de sí misma, contenta de estar allí, donde la quiere Dios, y cumpliendo con esmero la voluntad divina. Eso es lo que hace que el más pequeño gesto suyo, no sea nunca banal, sino que se manifieste lleno de contenido. María, Nuestra Madre, es para nosotros ejemplo y camino. Hemos de procurar ser como Ella, en las circunstancias concretas en las que Dios ha querido que vivamos” (Es Cristo que pasa, 148).


La Virgen María, Madre del Amor Hermoso, nos ayudará a recorrer este camino con la ilusión renovada. Además, coincidirá el primer semestre con la recta final del año sacerdotal. Por eso, también le pediremos a Ella por los frutos de este Año convocado por el Papa Benedicto XVI, rezando especialmente para que todos los fieles tengamos un alma sacerdotal vibrante, y para que sepamos comunicar la alegría de ese don a las personas que tratamos.


Podemos terminar con unas palabras de San Josemaría, con las que terminaba la homilía que citamos antes: “El Señor quiere de nosotros que no desaprovechemos esta ocasión de crecer en su Amor a través del trato con su Madre. Que cada día sepamos tener con Ella esos detalles de hijos —cosas pequeñas, atenciones delicadas—, que se van haciendo grandes realidades de santidad personal y de apostolado, es decir, de empeño constante por contribuir a la salvación que Cristo ha venido a traer al mundo” (Es Cristo que pasa, 149).

sábado, octubre 03, 2009

Identificación con Cristo



Se cumple hoy el 81º aniversario de la fundación del Opus Dei. Día de acción de gracias. A Dios, por haber querido la Obra; a San Josemaría, por haber sido instrumento fidelísimo en las manos de Dios. Damos gracias a Dios por la belleza de la Obra, por su juventud madura: por los países nuevos a los que se ha llegado en este año, por los fieles que han coronado su carrera terrena y gozan de Dios en el Cielo, por las vocaciones que han llegado, por la expansión, por la formación, por la fidelidad de todos. Por los frutos que ha tenido el año paulino en la Obra, por el año sacerdotal. Y pensaba que ese puede ser nuestro tema de diálogo hoy con el Señor: qué nos dice un nuevo aniversario del Opus Dei en medio del año sacerdotal.

Habremos oído –y escucharemos muchas veces, sobre todo este año- aquellas palabras de San Josemaría sobre el alma sacerdotal: “Todos, por el Bautismo, hemos sido constituidos sacerdotes de nuestra propia existencia, para ofrecer víctimas espirituales, que sean agradables a Dios por Jesucristo (1 Pe 2,5), para realizar cada una de nuestras acciones en espíritu de obediencia a la voluntad de Dios, perpetuando así la misión del Dios-Hombre” (Es Cristo que pasa, 96).

Sacerdotes de nuestra propia existencia. Alma sacerdotal. La cita de San Pedro “no deja lugar a dudas sobre el ámbito teológico en que se mueve lo que se está diciendo” (Rancan): también vosotros –como piedras vivas– sois edificados como edificio espiritual para un sacerdocio santo, con el fin de ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios por medio de Jesucristo. Piedras vivas, edificadas sobre el fundamento que es Cristo, que es la piedra angular rechazada por los arquitectos. Toda la vida de este nuevo templo debe ser un acto de culto a Dios, por la unión con Cristo.

En este argumento se basaba San Josemaría para explicar la unidad de vocación en la Obra: en la figura de Cristo Sacerdote y en la identificación con Él que los fieles alcanzan por medio de la consagración bautismal. Por eso el cristiano no es solo otro Cristo, alter Christus, sino el mismo Cristo, ipse Christus. Al principio, San Josemaría aplicaba estas expresiones exclusivamente al sacerdote; más tarde, las aplicó a todos los cristianos. En Camino –cuyos setenta años de publicación estamos celebrando- aparecen en los números 66 y 67. Se trata del capítulo sobre dirección espiritual: “El Sacerdote —quien sea— es siempre otro Cristo”. “No quiero —por sabido— dejar de recordarte otra vez que el Sacerdote es «otro Cristo». —Y que el Espíritu Santo ha dicho: «nolite tangere Christos meos» —no queráis tocar a «mis Cristos»”.

Se trataba de una doctrina tradicional, pues así llamaban al sacerdote San Pío X y el Cardenal Mercier, entre otros. Pedro Rodríguez explica que esa expresión tiene dos sentidos: uno indicativo, que es lo que explica el n. 66: “El Sacerdote —quien sea— es siempre otro Cristo”, y otro imperativo: el sacerdote debe ser otro Cristo para los demás. Y aclara, en relación con la vida y la doctrina de San Josemaría, que “esta urgencia de transmitir a otros el misterio del sacerdote hay que ponerla en relación, me parece, con la renovada autoconciencia de su propio sacerdocio, que le fue concedida en los Ejercicios Espirituales que hizo en Segovia el mes anterior a nuestro texto, donde sacó este propósito (el noveno de una lista de once): «Recordar frecuentemente que soy... ¡alter Christus!»”.

Alter Christus, ipse Christus. Qué buen tema para recordar un 2 de octubre, cuando celebramos los 81 años del Opus Dei, en medio del año sacerdotal. San Josemaría plantea el mismo ideal para sacerdotes y laicos, la identificación con Cristo, el alma sacerdotal: «La llamada de Dios, el carácter bautismal y la gracia, hacen que cada cristiano pueda y deba encarnar plenamente la fe. Cada cristiano debe ser alter Christus, ipse Christus, presente entre los hombres» (Conversaciones, 58).

Encarnar plenamente la fe. Recordar frecuentemente que debemos ser alter Christus, ipse Christus. ¡Qué buen propósito para este día! Pidamos a la Virgen Santísima que nos ayude a ver, en este rato de oración, cómo conseguirlo, qué vía recorrer para lograrlo.

San Josemaría nos da una pista para comenzar el camino: Para acercarnos a Dios hemos de emprender el camino justo, que es la Humanidad Santísima de Cristo (Amigos de Dios, 299). El Padre Cipriano Rodríguez cuenta que, estando en el Oratorio de la Santísima Trinidad, decorado con hermosos bajorrelieves del escultor romano Sciancalepore, le dijo San Josemaría: «Aquí, en este Oratorio, me he pasado horas enteras contemplando la Humanidad Santísima de Jesucristo». Y otro fiel de la Prelatura le preguntó precisamente cómo tratar la Humanidad Santísima de Jesucristo, y recuerda que el Fundador de la Obra le respondió: -Repite muchas veces la jaculatoria: «Iesu, Iesu, esto mihi semper Iesu» (Jesús, Jesús, sé para mí siempre Jesús). No es otro el camino: contemplar la naturaleza humana de Cristo, “rozarla”, en la oración y en los sacramentos.

Oración. Un día como hoy, debemos tomar esa decisión de nuevo: aprender a ser almas de oración. Tratar de conocer más a Jesucristo, de hablar más frecuentemente con Él, de contemplar más su vida, para que sea nuestro modelo en todos los momentos y circunstancias de la vida. No basta con tener una idea general del espíritu de Jesús, sino que hay que aprender de El detalles y actitudes. Y, sobre todo, hay que contemplar su paso por la tierra, sus huellas, para sacar de ahí fuerza, luz, serenidad, paz. (Es Cristo que pasa, 107). Oración contemplativa, que cuaja en propósitos, que eleva nuestra temperatura interior.

Y sacramentos, que son las huellas de la Encarnación del Verbo (Conversaciones, 115). En la Confesión, nos revestimos de nuestro Señor Jesucristo (Rm 13,14), que nos despoja del hombre viejo. Renovamos el rechazo al pecado, nuestra opción por Dios. A pesar de la atracción que ejercen sobre nosotros las cosas de la tierra, nos dejamos atraer por Cristo, le demostramos nuestro deseo de ser fieles y le pedimos su gracia para lograrlo.

En la Eucaristía, nos hacemos consanguíneos suyos, como decía Benedicto XVI el pasado Jueves Santo: “¿Podemos ahora hacernos al menos una idea de lo que ocurrió en la hora de la última Cena y que, desde entonces, se renueva cada vez que celebramos la Eucaristía? Dios, el Dios vivo establece con nosotros una comunión de paz, más aún, Él crea una “consanguinidad” entre Él y nosotros. Por la encarnación de Jesús, por su sangre derramada, hemos sido injertados en una consanguinidad muy real con Jesús y, por tanto, con Dios mismo. La sangre de Jesús es su amor, en el que la vida divina y la humana se han hecho una cosa sola. Pidamos al Señor que comprendamos cada vez más la grandeza de este misterio. Que Él despliegue su fuerza trasformadora en nuestro interior, de modo que lleguemos a ser realmente consanguíneos de Jesús, llenos de su paz y, así, también en comunión unos con otros”.

Consanguíneos, transformados por Él en otros Cristos, el mismo Cristo. En cuáles campos, nos dirá el Señor a cada uno, en la oración y en la dirección espiritual. Un ejemplo concreto: en la carta de este mes el Prelado glosa la última encíclica con unas ideas muy concretas que nos pueden ayudar en esa labor de dejarnos transformar por Cristo, de ser Ipse Christus: “Un hombre o una mujer de fe ha de aprovechar esta situación para mejorar personalmente en la práctica de la virtud, cuidando con esmero el espíritu de desprendimiento, la rectitud de intención, la renuncia a bienes superfluos, y tantos detalles más. Sabe, por otra parte, que en todo instante estamos en las manos de Dios, nuestro Padre; y que si la Providencia divina permite estas dificultades, lo hace para que saquemos bien del mal: Dios escribe derecho con renglones torcidos. Atravesamos un tiempo propicio para acrisolar la fe, fomentar la esperanza y favorecer la caridad; y para desempeñar nuestra tarea —la que sea— con rigor profesional, con rectitud de intención, ofreciendo todo para que en la sociedad se cree un auténtico sentido de responsabilidad y de solidaridad. ¿Rezamos para que se resuelva el grave problema del paro?”

«Nuestra Señora, Santa María, hará que seas alter Christus, ipse Christus, otro Cristo, ¡el mismo Cristo!” Así concluye San Josemaría la homilía “Vocación cristiana”, ofreciendo como la síntesis de esa llamada. Nuestra Señora hará que, en este nuevo año de la Obra, vivamos cada vez mejor la vida de oración y de sacramentos, como medios para identificarnos con Cristo, para poder decir, como San Pablo: no soy yo el que vivo, es Cristo quien vive en mí (Gal 2,20)

lunes, diciembre 08, 2008

Cristo Rey


El año litúrgico termina siempre conmemorando el reinado de Jesucristo: «Digno es el Cordero sacrificado de poder, riqueza, sabiduría, fortaleza y honor. A El la gloria y el poderío por los siglos» (Ap 5, 12).

En la oración colecta se alaba a Dios porque quiso fundar todas las cosas en su Hijo «muy amado, Rey del universo». Y el prefacio describe las características de ese Reino: dice que Cristo, ofreciéndose a sí mismo, redimió a la humanidad y, sometiendo a su poder la creación entera, entregó a la Majestad infinita del Padre «un reino eterno y universal: el Reino de la verdad y la vida, el Reino de la santidad y la gracia, el Reino de la justicia, el amor y la paz»

La formulación negativa sería: un reino sin final, sin límites; un reino sin mentiras, sin muerte; sin pecado, sin odios, un reino sin guerra... San Pablo expresa una idea similar en la primera carta a los corintios (15, 20-28): Cristo le entregará el Reino a su Padre«porque conviene que El reine, hasta que ponga a todos sus enemigos debajo de sus pies».

Cristo es Rey y nosotros sus siervos. La clave de la existencia cristiana es reconocer el primado de Cristo, como pedimos en la oración después de la Comunión: «que quienes nos gloriamos en obedecer a Cristo, Rey universal, podamos reinar eternamente con El en el Cielo». ¡Qué maravilla reinar con Cristo en el Cielo! Pero la condición es «gloriarnos en obedecerle» ahora, en la tierra...

En el prefacio del día también se explica que ese fue el camino de Jesús: en primer lugar, el Padre consagró a Jesucristo Sacerdote eterno y Rey del universo, «ungiéndolo con óleo de alegría, para que, ofreciéndose a sí mismo, como Víctima perfecta y pacificadora en el altar de la Cruz, consumara el misterio de la Redención humana». Hubo un tiempo en que algunos se oponían a la celebración de esta fiesta, pues les parecía «triunfalista». Quizá es que no comprendían que el triunfo de Cristo, su reinado, no consiste en apabullar, en imponerse, en dominar. Todo lo contrario: la alegría de Jesús, su gobierno, está en el inclinarse para lavar los pies a sus discípulos -entre ellos, al traidor-, su reinado es fruto de ofrecerse a sí mismo como Víctima en el altar de la Cruz...

2. Otro punto importantísimo para distinguir el reinado de Cristo de los reinados terrenos es la finalidad: Cristo posee el reinado para entregarlo, no para quedarse con él: «Sometiendo a su poder la creación entera, entregó a la Majestad infinita un Reino eterno y universal...»

Decía A. Malraux, en su biografía de Disraeli, que lo mejor de los triunfos es tener a quién dedicarlos. Y el Señor «dedica» este reinado al Padre, y nos quiere unir en esa dedicación. Nosotros también podemos unirnos voluntariamente, no queremos ser como los siervos de la parábola, a los que Jesús mencionaba con dolor, cuando decían: no queremos que éste reine sobre nosotros. Por el contrario, nuestra respuesta será: «Regnare Christum volumus!» (Queremos que Cristo reine), o, como dice Pablo en la primera lectura, «Oportet illum regnare» (Conviene que Él reine).

San Josemaría se preguntaba cómo puede reinar Jesús hoy, dónde debe reinar. Y se respondía: «Debe reinar, primero, en nuestras almas. Debe reinar en nuestra vida, porque toda ella tiene que ser testimonio de amor. ¡Con errores! No os preocupe tener errores, yo también los tengo. ¡Con flaquezas! Siempre que luchemos, no importan. ¿Acaso no han tenido errores los santos que hay en los altares? Pero errores que están dentro de nuestro camino de hombres; de esos errores Nuestro Señor se debe de sonreír».

Podemos continuar pidiendo, sobre la falsilla de es oración: Queremos, Señor, que Tú gobiernes nuestra vida, que seas Tú quien nos dé sentido sobrenatural y eficacia divina. Queremos que seas Tú quien hagas que podamos decir con todas nuestras fuerzas: ¡queremos que Él reine!

3. El Señor quiere unirnos a su reinado, a pesar de nuestras flaquezas. Lo resalta la oración colecta de la Misa: «Concede que toda la creación, libre de la esclavitud, te sirva y te glorifique sin cesar». Reinar sirviendo. Esa es la clave para entender el reinado de Cristo.

También predicaba San Josemaría un día como hoy: «Servicio. ¡Cómo me gusta esta palabra! Servir a mi Rey, Cristo Jesús. Servir, y servir siempre».

Quiere la Iglesia que el último domingo del año litúrgico pensemos en Jesús que reina sirviendo... y que mide nuestro amor a El por el cariño que le manifestamos a nuestros hermanos (Mateo 25,31-46): Venid, benditos de mi Padre, poseed el Reino, porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era huésped y me hospedasteis, desnudo y me cubristeis, enfermo y me visitasteis, estaba en la cárcel y vinisteis a verme.

El motivo de la canonización en el Evangelio no son las palabras bonitas que le dirigimos, ni siquiera lo bien que hacemos las cosas, cómo cumplimos los plazos o cuánto nos movemos. Jesús llama al Cielo a los que le han reconocido en sus hermanos los hombres. Como enseña el Catecismo de la Iglesia, «la actitud hacia el prójimo revelará la acogida o el rechazo de la gracia y del amor divino» (n. 678).

San Josemaría explicaba que las labores de servicio en la Prelatura son tarea gratísima a Dios, que multiplica eficazmente el apostolado de la Obra. Sin él, decía, "se haría imposible gran parte de la labor y faltaría el ambiente de hogar, que tanto nos ayuda en el servicio de Dios".

Servir a nuestros hermanos los hombres, reconocer en ellos a Jesucristo, que nos sale al encuentro. Esa es la clave del cristianismo, que ha fecundado el mundo a lo largo de veinte siglos: «Para remediar los tormentos (...) el verdadero bálsamo es el amor, la caridad: todos los demás consuelos apenas sirven para distraer un momento y dejar más tarde amargura y desesperación. Los cristianos (...) han de coincidir en el idéntico afán de servir a la humanidad» (Josemaría Escrivá. Es Cristo que pasa, n. 167).

Por eso Benedicto XVI comenzó su pontificado con una encíclica sobre la caridad, porque la considera parte importante de la identidad de la Iglesia. Así lo predicaba a un grupo de cardenales: «todo auténtico discípulo de Cristo sólo puede aspirar a una cosa: a compartir su pasión sin reivindicar recompensa alguna. El cristiano está llamado a asumir la condición de «siervo», siguiendo las huellas de Jesús, entregando su vida por los demás de manera gratuita y desinteresada. No debe caracterizar cada uno de vuestros gestos y palabras la búsqueda del poder y del éxito, sino la humilde entrega de sí mismo por el bien de la Iglesia. La verdadera grandeza cristiana, de hecho, no consiste en dominar, sino en servir» (Homilía, 24-XI-07).

Terminamos con una oración de San Josemaría para acudir a la Santísima Virgen pidiéndole que nos enseñe la clave para reinar junto a su Hijo, que es aprender a servir: «Danos, Madre nuestra, este sentido de servicio. Tú, que ante la maravilla del Dios que se iba a hacer hombre, dijiste: ecce ancilla!, enséñame a servir así».


Homilía

Con la fe en el poder de Cristo-Rey, la Iglesia le pide hoy en varias ocasiones la paz del mundo: después de la presentación de los dones, se dirige a Dios para que le conceda a todos los pueblos la unidad y la paz; y antes de comulgar nos invita a considerar el salmo 28: El Señor bendice a su pueblo con la paz.

Tanto la primera lectura (Ezequiel 34) como el salmo responsorial (22) nos invitan a acogernos a ese Rey que, si bien es nuestro Juez («Os juzgaré a vosotros, mis rebaños») es, también, nuestro buen Pastor («El Señor es mi Pastor, nada me faltará»).

Con esa misma fe del buen ganadico, renovamos hoy en el Opus Dei la Consagración que San Josemaría hizo por primera vez en 1952 al Corazón Sacratísimo y Misericordioso de Jesús, divino propiciatorio por el cual prometió el eterno Padre que oiría siempre nuestras oraciones.

Le consagraremos toda la Obra, este Centro, y cada uno de nosotros, especialmente nuestros pobres corazones, para que no tengamos otra libertad que la de amarte a Ti, Señor.

Le pediremos que esa libertad se comprometa en amor a Jesús y a su Madre bendita, a la Iglesia y al Papa, en unión a la Obra, en celo ardiente por las almas.

Sobre todo, le pediremos la gracia de encontrar en el divino Corazón de Jesús nuestra morada y, al mismo tiempo, que El establezca en nuestros corazones el lugar de su reposo. Mutua inmanencia, que prometió Jesús: el que coma mi carne y beba mi sangre habita en Mí y yo en él. De esa manera, podremos permanecer íntimamente unidos.

Podemos hacer el propósito de rezar muchas veces esa jaculatoria que recuerda la Consagración hecha por nuestro Fundador, y que tanto bien hará al mundo -traerá la paz- si nos decidimos a encontrar en el divino Corazón de Jesús nuestra morada: Cor Iesu Sacratissimum et Misericors, dona nobis pacem! Corazón Sacratísimo y Misericordioso de Jesús, danos la paz.

Y a la Virgen le pedimos que interceda por nuestro país, por la Iglesia, por el mundo entero: Regina pacis, ora pro nobis! Reina de la paz, ruega por nosotros.

jueves, noviembre 27, 2008

El Opus Dei, Prelatura personal (28-XI)


Celebramos hoy un nuevo aniversario del cumplimiento de la intención especial de San Josemaría: la erección del Opus Dei como Prelatura Personal. Hace un año, escribía el Prelado: “¡Cuántos recuerdos se agolpan en mi memoria, al considerar los dones que hemos recibido de Dios a lo largo de estos años! Tengo muy presente a nuestro Padre, que aceptó con alegría no ver cumplida esa intención especial suya, para que se realizase en los años de su sucesor; y la fe y la fortaleza del queridísimo don Álvaro, que se apoyaba en la oración y en el sacrificio de innumerables personas del mundo entero, para que el Cielo nos la concediera”.

Es una fiesta especial, pues son muchos los dones del Señor que se conmemoran. Por eso, podemos cantar como el Rey Salomón (1 Re 8, 55-61): Bendito sea el Señor ha concedido tranquilidad a su pueblo, que no ha fallado a ninguna de sus promesas. Y con el Salmo 137: Te doy gracias, Señor, de todo corazón, porque me has escuchado. Delante de los ángeles entonaré salmos para ti. Te daré gracias por tu misericordia y fidelidad. Tú me escuchaste, diste fuerza a mi alma. Le agradecemos al Señor por el ejemplo de la oración de San Josemaría: tantos años pidiendo por la solución jurídica, desde 1928. Nuestro Señor le hizo ver que se trataba de una jurisdicción personal, no territorial y también le mostró que era necesario el sacrificio abnegado de muchísimas personas. Por eso, durante su vida reaccionaba con alegría ante el dolor y la contradicción, pues sabía que la Obra saldría adelante gracias a los enfermos y a las dificultades que Dios permitía:¡Y ésas fueron las armas para vencer! ¡Y ese fue el tesoro para pagar! ¡Y ésa fue la fuerza para ir adelante!”

En la misma carta de hace un año, el Prelado insistía en que “no podemos considerar esos momentos como una época de oro de la historia de la Obra, en el sentido de algo que se recuerda, sí, con gratitud, pero que ya ha pasado; han de ser siempre tiempos de gran actualidad: lo conseguiremos con nuestra fidelidad al espíritu del Opus Dei, con la intensidad de nuestra oración, con el afán apostólico que perseverantemente nos ha de mover”. Fidelidad, oración, apostolado. También decía Monseñor Echevarría que el Fundador la llamaba intención sine die (sin día final) para que todos sus hijos, de todos los tiempos, nos diésemos cuenta de que es una intención que debe cumplirse constantemente en nuestra vida. ¿Cómo? Defendiendo que somos ciudadanos corrientes, que procuramos santificar la tarea profesional en la que nos encontramos; o sacerdotes diocesanos que no nos diferenciamos de los demás. Fidelidad, oración, apostolado: defender el camino con la propia vida, procurando que se entienda cada vez mejor la llamada universal a la santidad.

Y la clave para que un camino no se pierda, tragado por la maleza, es recorrerlo. Cada día hemos de hacer vida nuestra la llamada a la santidad, como lo hizo la Virgen Santísima en su vida ordinaria. Recordamos en el Evangelio de hoy la visita a su prima Isabel, a la que canta ensalzando al Señor: “Proclama mi alma las grandezas del Señor y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador: porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava; por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones. Porque ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso, cuyo nombre es Santo”. Ese es nuestro camino: proclamar las alabanzas del Señor en la vida cotidiana.

Escribe José Morales, teólogo que vivió en Inglaterra: Dicen que el aburrimiento nació en Londres un domingo. La gran ciudad inglesa es solo un símbolo de nuestra civilización, que es presa del tedio, porque está dominada por el egoísmo y no entiende el espíritu de servicio. Podemos estar bien seguros de que la Virgen nunca se aburrió y de que en su vida no hubo horas muertas. Servía a los demás y en su humildad se asombraría sin duda al verse servida por ellos” (Madre de la Gracia, p. 80). Se santificó en la vida cotidiana, era una ciudadana corriente, encontró la santidad en el trabajo de ama de casa, de la casa de Dios en la tierra.

Contemplar su ejemplo nos sirve para formular propósitos de mayor fidelidad, de oración cada vez más intensa, de un afán apostólico perseverante. Así concluye la bendición de Salomón que mencionamos al comienzo: “que incline nuestros corazones hacia él para que andemos según todos sus caminos y guardemos todos los mandamientos, los decretos y las sentencias que ordenó a nuestros padres” o el Salmo 137: “excelso es el Señor y se fija en el humilde, pero al soberbio lo conoce de lejos”.

Llamada universal a la santidad. San Pablo inicia su carta a los efesios (1, 3-14) con un himno de elevada teología sobre la vocación: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda bendición espiritual en los cielos, ya que en él nos eligió antes de la creación del mundo para que fuéramos santos y sin mancha en su presencia, por el amor”. Al hablar de elección, utiliza el mismo verbo que aparece en el Antiguo Testamento para mencionar la llamada de Israel: ahora los llamados somos todo el mundo. Antes de crear el universo, Dios contaba con cada uno de nosotros para que fuéramos santos y sin mancha en su presencia, por el amor… Y comenta San Josemaría (Forja, n. 10): “Piensa en lo que dice el Espíritu Santo, y llénate de pasmo y de agradecimiento: “elegit nos ante mundi constitutionem —nos ha elegido, antes de crear el mundo, “ut essemus sancti in conspectu eius! —para que seamos santos en su presencia. —Ser santo no es fácil, pero tampoco es difícil. Ser santo es ser buen cristiano: parecerse a Cristo. —El que más se parece a Cristo, ése es más cristiano, más de Cristo, más santo. —Y ¿qué medios tenemos? —Los mismos que los primeros fieles, que vieron a Jesús, o lo entrevieron a través de los relatos de los Apóstoles o de los Evangelistas”.

Parecernos a Cristo en nuestra vida ordinaria de ciudadanos corrientes, conscientes de nuestra filiación divina: que el Padre “nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por Jesucristo conforme al beneplácito de su voluntad, para alabanza y gloria de su gracia, con la cual nos hizo gratos en el Amado”. El ejemplo de María nos muestra que es posible portarse como buenos hijos si contamos con Dios, cuya “misericordia se derrama de generación en generación sobre los que le temen”.

Concluyo con un recuerdo personal, que tiene su actualidad porque hoy termina el año mariano de acción de gracias por los primeros 25 años del cumplimiento de la intención especial. En 1994 comenzaba mi paso por el Seminario Internacional de la Prelatura y pude preguntarle al Padre –entonces, recién elegido- cómo seguir la devoción a la Virgen después de terminar un año mariano. Recuerdo que nos animó a “coger carrerilla”, a tomar impulso para seguir siempre en tiempo dedicado a la Virgen. Concretamente, aconsejó repetir esa invocación que tanto removía a San Josemaría: Monstra te esse Matrem! (¡Muestra que eres Madre!), pidiéndole que nos enseñe a comportarnos como buenos hijos. Y concluía animando a rezar como San Josemaría: “si en algo tenemos que corregirnos para comportarnos como hijos, dínoslo y haremos el esfuerzo”.

viernes, octubre 10, 2008

Opus Dei, trabajo de Dios



A comienzos de octubre se celebran dos aniversarios en el Opus Dei: el 2, la fundación en 1928 y el 6, la canonización del Fundador en 2002. La oración colecta de la Misa pide al Señor: “Oh Dios, que has suscitado en la Iglesia a san Josemaría, sacerdote, para proclamar la vocación universal a la santidad y al apostolado, concédenos, por su intercesión y su ejemplo, que en el ejercicio del trabajo ordinario nos configuremos a tu Hijo Jesucristo y sirvamos con ardiente amor a la obra de la Redención”.

Vocación universal a la santidad y al apostolado. Una idea por la que fue acusado de herejía y que el Concilio Vaticano II proclamaría con toda la fuerza: “todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad” (Lumen Gentium, 40). La misma oración nos da la clave para alcanzar esa santidad a la cual estamos llamados: “concédenos, por su intercesión y su ejemplo, que en el ejercicio del trabajo ordinario nos configuremos a tu Hijo Jesucristo”.

En el ejercicio del trabajo ordinario. Ya no hace falta salirse del mundo, si no se tiene esa vocación. Las realidades cotidianas no solo no son obstáculo para encontrar a Dios, sino que son el medio para hacerlo, el escenario de nuestra relación con Él. Como predicaba San Josemaría, “debéis comprender ahora —con una nueva claridad— que Dios os llama a servirle en y desde las tareas civiles, materiales, seculares de la vida humana: en un laboratorio, en el quirófano de un hospital, en el cuartel, en la cátedra universitaria, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar de familia y en todo el inmenso panorama del trabajo, Dios nos espera cada día. Sabedlo bien: hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir”(Conversaciones con Josemaría Escrivá).

Es lo que explica la primera lectura de la Misa: después de haber creado el mundo, “el Señor Dios plantó un jardín en Edén, al oriente, y puso allí al hombre que había formado para que lo trabajara y lo guardara. (Gn 2, 8.15). El trabajo no es un castigo por el pecado original, sino parte del don originario de Dios al ser humano. Es la realidad que Jesucristo mismo quiso asumir durante los primeros 30 años de su vida en Nazaret.

Hace poco lo explicaba Benedicto XVI en Francia: “En el mundo griego el trabajo físico se consideraba tarea de siervos. El sabio, el hombre verdaderamente libre se dedicaba únicamente a las cosas espirituales; dejaba el trabajo físico como algo inferior a los hombres incapaces de la existencia superior en el mundo del espíritu. Absolutamente diversa era la tradición judaica: todos los grandes rabinos ejercían al mismo tiempo una profesión artesanal. Pablo que, como rabino y luego como anunciador del Evangelio a los gentiles, era también tejedor de tiendas y se ganaba la vida con el trabajo de sus manos, no constituye una excepción, sino que sigue la común tradición del rabinismo. (…)

Los cristianos, que con esto continuaban la tradición ampliamente practicada por el judaísmo, tenían que sentirse sin embargo cuestionados por la palabra de Jesús en el Evangelio de Juan, con la que defendía su actuar en sábado: «Mi Padre sigue actuando y yo también actúo» (5, 17). El mundo greco-romano no conocía ningún Dios Creador; la divinidad suprema, según su manera de pensar, no podía, por decirlo así, ensuciarse las manos con la creación de la materia. «Construir» el mundo quedaba reservado al demiurgo, una deidad subordinada.

Muy distinto el Dios cristiano: Él, el Uno, el verdadero y único Dios, es también el Creador. Dios trabaja; continúa trabajando en y sobre la historia de los hombres. En Cristo entra como Persona en el trabajo fatigoso de la historia. «Mi Padre sigue actuando y yo también actúo». Dios mismo es el Creador del mundo, y la creación todavía no ha concluido. Dios trabaja, ergázetai! Así el trabajo de los hombres tenía que aparecer como una expresión especial de su semejanza con Dios y el hombre, de esta manera, tiene capacidad y puede participar en la obra de Dios en la creación del mundo” (Benedicto XVI, Discurso, 12 de septiembre de 2008).

Concluimos acudiendo a la Virgen Santísima para que nos ayude a configurarnos con su Hijo Jesucristo en el ejercicio del trabajo ordinario.

viernes, octubre 05, 2007

2 de octubre, aniversario de la Fundación del Opus Dei


(2 de octubre de 1931) Día de los Santos Ángeles, vísperas de Santa Teresita: Hoy hace tres años (recibí la iluminación sobre toda la Obra, mientras leía aquellos papeles. Conmovido me arrodillé ‑estaba solo en mi cuarto, entre plática y plática‑ di gracias al Señor, y recuerdo con emoción el to­car de las campanas de la parroquia de Ntra. Sra. de los Ángeles) que, en el Convento de los Paúles, re­copilé con alguna unidad las notas sueltas, que hasta entonces venía tomando; desde aquel día el borrico sarnoso se dio cuenta de la hermosa y pesada carga que el Señor, en su bondad inexplicable, ha­bía puesto sobre sus espaldas. Ese día el Señor fundó su Obra: desde entonces comencé a tratar almas de seglares, estudiantes o no, pero jóvenes. Y a formar grupos. Y a rezar y a hacer rezar. Y a sufrir… ¡siempre sin una vacilación, aunque ¡yo no quería! (Anotación del Fundador del Opus Dei en sus Apuntes íntimos, n. 306 (2‑X‑1931)]

Solo un pequeño comentario, sobre la respuesta a la vocación. Es toda una historia:

1) recibí la iluminación: El Señor desvela el propósito para el que venía llamándolo desde hacía diez años. La iniciativa es divina.

2)
Conmovido me arrodillé (...) di gracias al Señor: La respuesta libre. En este caso es de fe: hasta físicamente, arrodillarse. Y, aunque se sabe que conllevará cruz, dar gracias. Después de la fe, la vocación es el regalo más grande que el Señor puede hacer a una criatura.

3)
recuerdo con emoción el to­car de las campanas de la parroquia de Ntra. Sra. de los Ángeles: La presencia de la Virgen en toda vocación, como reafirmando el llamado divino y garantizando su protección materna: "Si quieres ser fiel, sé muy mariano".